LA COMUNIDAD DEL ANILLO II


LIBRO SEGUNDO

 

 

1

 

MUCHOS ENCUENTROS

 

                Frodo despertó y se encontró tendido en una cama.  Al principio creyó que había dormido mucho, luego de una larga pesadilla que todavía le flotaba en las márgenes de la memoria. ¿O quizás había estado enfermo?  Pero el cielo raso le parecía extraño: chato, y con vigas oscuras, muy esculpidas.  Se quedó acostado todavía un momento, mirando los parches de sol en la pared y escuchando el rumor de una cascada.

      -¿Dónde estoy y qué hora es? -le preguntó en voz alta al cielo raso.

      -En la casa de Elrond, y son las diez de la mañana -dijo una voz-.  Es la mañana del veinticuatro de octubre, si quieres saberlo.

      -¡Gandalf! -exclamó Frodo, incorporándose.

      Allí estaba el viejo mago, sentado en una silla junto a la ventana abierta.

      -Sí -dijo Gandalf -, aquí estoy.  Y tú tienes suerte de estar también aquí, luego de todos los disparates que hiciste últimamente.

      Frodo se acostó de nuevo.  Se sentía demasiado cómodo y en paz para discutir, y de cualquier manera sabía que no llevaría la mejor parte en una discusión.  Estaba completamente despierto ahora y recordaba los acontecimientos del viaje: el desastroso «atajo» por el Bosque Viejo, el accidente en el Poney Pisador y la tontería de haberse puesto el Anillo en la cañada, al pie de la Cima de los Vientos.  Mientras pensaba todas estas cosas, tratando en vano de recordar qué había ocurrido luego y cómo había llegado a Rivendel, hubo un largo silencio, interrumpido sólo por las suaves bocanadas de la pipa de Gandalf, que lanzaba por la ventana anillos de humo blanco.

      -¿Dónde está Sam? -preguntó Frodo al fin-. ¿Y los otros, cómo se encuentran?

      -Sí, todos están sanos y salvos -respondió Gandalf -. Sam estuvo aquí hasta que yo lo mandé a descansar, hace una media hora.

      -¿Qué pasó en el vado? -dijo Frodo-.  Parecía todo tan confuso, y todavía lo parece.

      -Sí, lo creo.  Empezabas a desaparecer -respondió Gandalf-.  La herida al fin estaba terminando contigo; pocas horas más y no hubiésemos podido ayudarte.  Pero hay en ti una notable resistencia, ¡mi querido hobbit!  Como mostraste en los Túmulos.  Te salvaste por un pelo; quizá fue el momento más peligroso de todos.  Ojalá hubieses resistido en la Cima de los Vientos.

      -Parece que ya sabes mucho -dijo Frodo-.  No les hablé del Túmulo a los otros.  Al principio era demasiado horrible y luego hubo otras cosas en que pensar. ¿Cómo te enteraste?

      -Has estado hablando en sueños, Frodo -dijo Gandalf gentilmente-.  Y no me ha sido difícil leerte los pensamientos y la memoria. ¡No te preocupes!  Aunque hablé de «disparates», no lo dije en serio.  Pienso bien de ti y de los demás.  No es poca hazaña haber llegado tan lejos y a través de tantos peligros y conservar todavía el Anillo.

      -No hubiésemos podido sin la ayuda de Trancos -dijo Frodo-.  Pero te necesitábamos.  Sin ti, yo no sabía qué hacer.

      -Me retrasé -dijo Gandalf -, y esto casi fue nuestra pérdida.  Sin embargo, no estoy seguro.  Quizás haya sido mejor así.

      -¡Pero cuéntame qué pasó!

      -¡Todo a su tiempo!  Hoy no tienes que hablar ni preocuparse por nada; son órdenes de Elrond.

      -Pero hablar me impediría pensar y hacer suposiciones, lo que es casi tan agotador -dijo Frodo-.  Estoy ahora muy despierto y recuerdo tantas cosas que necesitan de una explicación. ¿Porqué te retrasaste?  Al menos tendrías que contarme eso.

      -Ya oirás todo lo que quieres saber -dijo Gandalf -. Tendremos un Concilio, tan pronto como estés bien.  Por el momento sólo te diré que estuve prisionero.

      -¿Tú? -exclamó Frodo.

      -Sí, yo, Gandalf el Gris -dijo el mago solemnemente-.  Hay muchos poderes en el mundo, para el bien y para el mal.  Algunos son más grandes que yo.  Contra otros, todavía no me he medido.  Pero mi tiempo se acerca.  El Señor de Morgul y los Jinetes Negros han dejado la guarida. ¡La guerra está próxima!

      -Entonces tú sabías de los Jinetes… antes que yo los encontrara.

      -Sí, sabía de ellos.  En verdad te hablé de ellos una vez; los Jinetes Negros son los Espectros que guardan el Anillo, los Nueve Siervos del Señor de los Anillos.  Pero yo ignoraba que hubiesen reaparecido, o te hubieran acompañado desde un comienzo.  No tuve noticias de ellos hasta después de dejarte, en junio; pero esta historia tiene que esperar.  Por el momento, Aragorn nos ha salvado del desastre.

      -Sí -dijo Frodo-, fue Trancos quien nos salvó.  Sin embargo, tuve miedo de él al principio.  Creo que Sam nunca le tuvo confianza, por lo menos no hasta que encontramos a Glorfindel.

      Gandalf sonrió. -Sé todo acerca de Sam -dijo-.  Ya no tiene más dudas.

      -Me alegra -dijo Frodo-, pues he llegado a apreciar de veras a Trancos.  Bueno, apreciar no es la palabra justa.  Quiero decir que me es muy querido.  Aunque a veces es raro y torvo.  En verdad me recuerda a ti a menudo.  Yo no sabía que hubiese alguien así entre la Gente Grande.  Pensaba, bueno, que sólo eran grandes y bastante estúpidos; amables y estúpidos como Mantecona; o estúpidos y malvados como Bill Helechal.  Pero es cierto que no sabemos mucho de los hombres en la Comarca, excepto quizá las gentes de Bree.

      -Sabes de veras muy poco si crees que el viejo Cebadilla es estúpido -dijo Gandalf -. Es bastante sagaz en su propio terreno.  Piensa menos de lo que habla y más lentamente; sin embargo puede ver a través de una pared de ladrillos (como dicen en Bree).  Pero pocos quedan en la Tierra Media como Aragorn hijo de Arathorn.  La raza de los Reyes de Más Allá del Mar está casi extinguida.  Es posible que esta Guerra del Anillo sea su última aventura.

      -¿Quieres decir realmente que Trancos pertenece al pueblo de los viejos Reyes? -dijo Frodo, asombrado-.  Pensé que habían desaparecido todos, hace ya mucho tiempo.  Pensé que era sólo un montaraz.

      -¡Sólo un montaraz! -exclamó Gandalf -. Mi querido Frodo, eso son justamente los montaraces: los últimos vestigios en el Norte de un gran pueblo, los Hombres del Oeste.  Me ayudaron ya en el pasado y necesitaré que me ayuden en el futuro; pues aunque hemos llegado a Rivendel, el Anillo no ha encontrado todavía reposo.

      -Imagino que no -dijo Frodo-, pero hasta ahora mi único pensamiento era llegar aquí, y espero no tener que ir más lejos.  El simple descanso es algo muy agradable.  He tenido un mes de exilio y aventuras y pienso que es suficiente para mí.

      Calló y cerró los ojos.  Al cabo de un rato habló de nuevo: -He estado sacando cuentas -dijo-, y el total no llega al veinticuatro de octubre.  Hoy sería el veintiuno de octubre.  Tuvimos que haber llegado al vado el día veinte.

      -En tu estado actual, has hablado demasiado y has sacado demasiadas cuentas -dijo Gandalf-. ¿Cómo sientes ahora el hombro y el costado?

      -No sé -dijo Frodo-.  No los siento nada, lo que quizás es un adelanto, pero -hizo un esfuerzo- el brazo puedo moverlo un poco. Sí, está volviendo a la vida.  No está frío -añadió, tocándose la mano izquierda con la derecha.

      -¡Bien! -dijo Gandalf-.  Se está restableciendo.  Pronto estarás curado del todo.  Elrond ha estado cuidándote, durante días, desde que te trajeron aquí.

      -¿Días? -dijo Frodo.

      -Bueno, cuatro noches y tres días, para ser exactos.  Los elfos te trajeron del vado en la noche del veinte y es ahí donde perdiste la cuenta.  Hemos estado muy preocupados, y Sam no dejó tu cabecera ni de día ni de noche, excepto para llevar algún mensaje.  Elrond es un maestro del arte de curar, pero las armas del enemigo son mortíferas.  Para decirte la verdad, yo tuve muy pocas esperanzas, pues se me ocurrió que en la herida cerrada había quedado algún fragmento de la hoja.  Pero no pudimos encontrarlo hasta anoche.  Elrond extrajo una esquirla.  Estaba muy incrustada en la carne y abriéndose paso hacia dentro.

      Frodo se estremeció recordando el cruel puñal de hoja mellada que se había desvanecido en manos de Trancos.

      -¡No te alarmes! – dijo Gandalf -. Ya no existe.  Ha sido fundida.  Y parece que los hobbits se desvanecen de muy mala gana.  He conocido guerreros robustos de la Gente Grande que hubiesen sucumbido en seguida a esa esquirla que tú llevaste diecisiete días.

      -¿Qué me hubiesen hecho? -preguntó Frodo-. ¿Qué trataban de hacer esos Jinetes?

      -Trataban de atravesarte el corazón con un puñal de Morgul, que queda en la herida.  Si lo hubieran logrado, serías ahora como ellos, sólo que más débil, y te tendrían sometido.  Serías un espectro, bajo el dominio del Señor Oscuro, y te habría atormentado por haber querido retener el Anillo, si hay tormento mayor que el de perder el Anillo y verlo en el dedo del Señor Oscuro.

      -¡Gracias sean dadas por no haberme enterado de ese horrible peligro! -dijo Frodo con voz débil-.  Yo estaba mortalmente asustado, por supuesto, pero si hubiera sabido más no me hubiese atrevido ni a moverme. ¡Es una maravilla que haya escapado con vida!

      -Sí, la fortuna o el destino te ayudaron sin duda -dijo Gandalf-, para no mencionar el coraje.  Pues no te tocaron el corazón y sólo te hirieron en el hombro y esto fue así porque resististe hasta el fin.  Pero te salvaste no se sabe cómo.  El peligro mayor fue cuando tuviste puesto el Anillo, pues entonces tú mismo estabas a medias en el mundo de los espectros y ellos podían haberte alcanzado.  Tú podías verlos y ellos te podían ver.

      -Sí, es cierto – dijo Frodo- ¡Mirarlos fue algo terrible! ¿Pero cómo vemos siempre a los caballos?

      -Porque son verdaderos caballos, así como las ropas negras son verdaderas ropas, que dan forma a la nada que ellos son, cuando tienen tratos con los vivos.

      -¿Por qué esos caballos negros soportan entonces a semejantes Jinetes?  Todos los otros animales se espantan cuando los Jinetes andan cerca, aun el caballo élfico de Glorfindel.  Los perros les ladran y los gansos les graznan.

      -Porque esos caballos nacieron y fueron criados al servicio del Señor Oscuro. ¡Los sirvientes y animales de Mordor no son todos espectros!  Hay orcos y trolls, huargos y licántropos; y ha habido y todavía hay muchos hombres, guerreros y reyes, que andan a la luz del sol y sin embargo están sometidos a Mordor.  Y el número de estos servidores crece todos los días.  -¿Y Rivendel y los elfos? ¿Está Rivendel a salvo?

      -Sí, por ahora, hasta que todo lo demás sea conquistado.  Los elfos pueden temer al Señor Oscuro y quizás huyan de él, pero nunca jamás lo escucharán o le servirán.  Y aquí, en Rivendel, viven algunos de los principales enemigos de Mordor: los Sabios Elfos, Señores del Eldar, de más allá de los mares lejanos.  Ellos no temen a los Espectros del Anillo, pues quienes han vivido en el Reino Bienaventurado viven a la vez en ambos mundos y tienen grandes poderes contra lo Visible y lo Invisible.

      -Creí ver una figura blanca que brillaba y no empalidecía como las otras. ¿Era entonces Glorfindel?

      -Sí, lo viste un momento tal como es en el otro lado, uno de los poderosos Primeros Nacidos.  Es el Señor Elfo de una casa de príncipes.  En verdad hay poder en Rivendel capaz de resistir la fuerza de Mordor, por un tiempo al menos, y hay también otros poderes afuera.  Hay poder también, de otra especie, en la Comarca.  Pero todos estos lugares pronto serán como islas sitiadas, si las cosas continúan como hasta ahora.  El Señor Oscuro está desplegando toda su fuerza.

      »Sin embargo -continuó Gandalf, incorporándose de pronto y adelantando el mentón mientras se le erizaban los pelos de la barba como alambre de púas-, no nos desanimemos.  Pronto te curarás, si no te mato con mi charla.  Estás en Rivendel, y no te preocupes por ahora.

      -No tengo ningún ánimo y no sé cómo podría desanimarme -dijo Frodo -, pero ahora no hay nada que me preocupe.  Dame simplemente noticias de mis amigos y dime cómo terminó el asunto del vado, como he venido preguntando, y me declararé satisfecho por el momento.  Luego dormiré otro poco, me parece, pero no podré cerrar los ojos hasta que hayas terminado esa historia para mí.

      Gandalf acercó la silla a la cabecera del lecho y miró con atención a Frodo.  El color le había vuelto a la cara; los ojos se le habían aclarado y tenía una mirada despejada y lúcida.  Sonreía y parecía que todo andaba bien.  Pero el ojo del mago alcanzó a notar un cambio imperceptible, como una cierta transparencia alrededor de Frodo y sobre todo alrededor de la mano izquierda, que descansaba sobre el cubre-cama.

      «Sin embargo, era algo que podía esperarse», reflexionó Gandalf. «No está ni siquiera curado a medias y lo que le pasará al fin ni siquiera Elrond podría decirlo.  Creo que no será para mal.  Podría convertirse en algo parecido a un vaso de agua clara, para los ojos que sepan ver.»

      -Tienes un aspecto espléndido -dijo en voz alta-.  Me arriesgaré a contarte una breve historia, sin consultar a Elrond.  Pero muy breve, recuérdalo, y luego dormirás otra vez.  Esto es lo que ocurrió, según lo que he averiguado.  Los Jinetes fueron directamente detrás de ti, tan pronto como escapaste.  Ya no necesitaban que los caballos los guiaran: te habías vuelto visible para ellos: estabas en el umbral del mundo de los fantasmas.  Y además el Anillo los llamaba de algún modo.  Tus amigos saltaron a un lado, fuera del camino, o los hubieran aplastado sin remedio.  Sabían que estabas perdido, si no te salvaba el caballo blanco.  Los Jinetes eran demasiado rápidos y hubiese sido inútil perseguirlos, y demasiado numerosos y hubiese sido inútil oponerse.  A pie, ni siquiera Glorfindel y Aragorn luchando juntos hubieran podido resistir a los Nueve a la vez.

      »Cuando los Espectros del Anillo pasaron rápidos como el viento, tus amigos corrieron detrás.  Muy cerca del vado hay una pequeña hondonada, oculta tras unos pocos árboles achaparrados junto al camino.  Allí encendieron rápidamente un fuego, pues Glorfindel sabía que habría una crecida, si los Jinetes trataban de cruzar; él entonces tendría que vérselas con quienes estuvieran de este lado del río.  En el momento en que llegó la creciente, Glorfindel corrió hacia el agua, seguido por Aragorn y los otros, todos llevando antorchas encendidas.  Atrapados entre el fuego y el agua y viendo a un Señor de los Elfos, que mostraba todo el poder de su furia, los Jinetes se acobardaron y los caballos enloquecieron.  Tres fueron arrastrados río abajo por el primer asalto de la crecida; luego los caballos echaron a los otros al agua.

      -¿Y ese fue el fin de los Jinetes? -preguntó Frodo.

      -No -dijo Gandalf -. Los caballos tienen que haber muerto, y sin ellos son como impedidos.  Pero los Espectros del Anillo no pueden ser destruidos con tanta facilidad.  Sin embargo, y por el momento, no son ya criaturas de temer.  Tus amigos cruzaron, cuando pasó la inundación, y te encontraron tendido de bruces en lo alto de la barranca, con una espada rota bajo el cuerpo.  El caballo hacía guardia a tu lado.  Tú estabas pálido y frío y temieron que hubieses muerto o algo peor.  La gente de Elrond los encontró allí y te trajeron lentamente a Rivendel.

      -¿Quién provocó la crecida? -dijo Frodo.

      -Elrond la ordenó -respondió Gandalf -. El río de este valle está bajo el dominio de Elrond.  Las aguas se levantan furiosas cuando él cree necesario cerrar el vado.  Tan pronto como el capitán de los Espectros del Anillo entró a caballo en el agua, soltaron la avenida.  Si me lo permites añadiré un toque personal a la historia: quizá no lo notaste, pero algunas de las olas se encabritaron como grandes caballos blancos montados por brillantes Jinetes blancos; y había muchas piedras que rodaban y crujían.  Por un momento temí que hubiésemos liberado una furia demasiado poderosa y que la crecida se nos fuera de las manos y os arrastrara a todos vosotros.  Hay gran vigor en las aguas que bajan de las nieves de las Montañas Nubladas.

      -Sí, todo me viene a la memoria ahora -dijo Frodo-: el tremendo rugido.  Pensé que me ahogaba, con mis amigos y todos. ¡Pero ahora estamos a salvo!

      Gandalf echó una rápida mirada a Frodo, pero el hobbit había cerrado los ojos.

      -Sí, estamos todos a salvo por el momento.  Pronto habrá fiesta y regocijo para celebrar la victoria en el Vado del Bruinen y allí estaréis todos vosotros ocupando sitios de honor.

      -¡Espléndido! – dijo Frodo -. Es maravilloso que Elrond y Glorfindel y tan grandes señores, sin hablar de Trancos, se molesten tanto y sean tan bondadosos conmigo.

      -Bueno, hay muchas razones para que así sea -dijo Gandalf, sonriendo-.  Yo soy una buena razón.  El Anillo es otra; tú eres el Portador del Anillo.  Y eres el heredero de Bilbo, que encontró el Anillo.

      -¡Querido Bilbo! -dijo Frodo, soñoliento-.  Me pregunto dónde andará.  Me gustaría que estuviese aquí y pudiese oír toda esta historia.  Se hubiera reído con ganas. ¡La vaca que saltó por encima de la luna! ¡Y el pobre viejo troll!

      Luego de esto, se durmió rápidamente.

      Frodo estaba ahora a salvo en la Ultima Casa Hogareña al este del Mar.  Esta casa era, como Bilbo había informado hacía tiempo, «una casa perfecta, tanto te guste comer como dormir o contar cuentos o cantar, o sólo quedarte sentado pensando, o una agradable combinación de todo».  Bastaba estar allí para curarse del cansancio, el miedo y la melancolía.

      A la caída de la noche, Frodo despertó de nuevo y descubrió que ya no sentía necesidad de dormir o descansar y que en cambio tenía ganas de comer y beber y quizá cantar y contar luego alguna historia.  Salió de la cama y descubrió que podía utilizar el brazo casi como antes.  Encontró ya preparadas unas ropas limpias de color verde que le caían muy bien.  Mirándose en el espejo se sobresaltó al descubrir que nunca había estado antes tan delgado; la imagen se parecía notablemente al joven sobrino de Bilbo, que había acompañado al tío en muchos paseos a pie por la Comarca; pero los ojos del espejo le devolvieron una mirada pensativa.

      -Sí, desde la última vez que te miraste en un espejo te ocurrieron algunas cosas -le dijo a la imagen-.  Pero ahora, ¡por un feliz encuentro!

      Se estiró de brazos y silbó una melodía.

      En ese momento, golpearon a la puerta y entró Sam.  Corrió hacia Frodo y le tomó la mano izquierda, torpe y tímidamente.  La acarició un momento con dulzura y luego enrojeció y se volvió en seguida para irse.

      -¡Hola, Sam! -dijo Frodo.

      -¡Está caliente! -dijo Sam-.  Quiero decir la mano de usted, señor Frodo.  Ha estado tan fría en las largas noches. ¡Pero victoria y trompetas! -gritó, dando otra media vuelta con ojos brillantes y bailando-. ¡Es maravilloso verlo de pie y recuperado del todo, señor!  Gandalf me pidió que viniera a ver si usted podía bajar y pensé que bromeaba.

      -Estoy listo -dijo Frodo-. ¡Vamos a buscar a los demás!

      -Puedo llevarlo hasta ellos, señor -dijo Sam-.  Es una casa grande ésta y muy peculiar.  A cada paso se descubre algo nuevo y nunca se sabe qué encontrará uno a la vuelta de un corredor. ¡Y elfos, señor Frodo! ¡Elfos por aquí y elfos por allá!  Algunos como reyes, terribles y espléndidos, y otros alegres como niños.  Y la música y el canto… aunque no he tenido tiempo ni ánimo para escuchar mucho desde que llegamos aquí.  Pero empiezo a conocer los recovecos de la casa.

      -Sé lo que has estado haciendo, Sam -dijo Frodo, tomándolo por el brazo-.  Pero tienes que estar contento esta noche y prestar oídos a la alegría que te llega del corazón. ¡Vamos, muéstrame lo que hay a la vuelta de los corredores!

      Sam lo llevó por distintos pasillos y luego escaleras abajo y por último salieron a un jardín elevado sobre la barranca escarpada del río.  Los amigos de Frodo estaban allí sentados en un pórtico que miraba al este.  Las sombras habían cubierto el valle, abajo, pero en las faldas de las montañas lejanas había aún un resto de luz.  El aire era cálido.  El sonido del agua que corría y caía en cascadas llegaba a ellos claramente y un débil perfume de árboles y flores flotaba en la noche, como si el verano se hubiese demorado en los jardines de Elrond.

      -¡Hurra! -gritó Pippin incorporándose de un salto-. ¡He aquí a nuestro noble primo! ¡Abran paso a Frodo, Señor del Anillo!

      -¡Calla! -dijo Gandalf desde el fondo sombrío del pórtico-.  Las cosas malas no tienen cabida en este valle, pero aun así es mejor no nombrarlas.  El Señor del Anillo no es Frodo, sino el amo de la Torre Oscura de Mordor, ¡cuyo poder se extiende otra vez sobre el mundo!  Estamos en una fortaleza.  Afuera caen las sombras.

      -Gandalf ha estado diciéndonos cosas así, todas tan divertidas -dijo Pippin-.  Piensa que es necesario llamarme al orden, pero de algún modo parece imposible sentirse triste o deprimido en este sitio.  Tengo la impresión de que podría ponerme a cantar, si conociese una canción apropiada.

      -Yo también cantaría -rió Frodo-. ¡Aunque por ahora preferiría comer y beber!

      -Eso tiene pronto remedio -dijo Pippin-.  Has mostrado tu astucia habitual levantándote justo a tiempo para una comida.

      -¡Más que una comida! ¡Una fiesta! -dijo Merry-.  Tan pronto como Gandalf informó que ya estabas bien, comenzaron los preparativos.

      Apenas había acabado de hablar cuando un tañido de campanas los convocó al salón de la casa.

 

 

            El salón de la casa de Elrond estaba colmado de gente: elfos en su mayoría, aunque había unos pocos huéspedes de otra especie.  Elrond estaba sentado en un sillón a la cabecera de una mesa larga sobre el estrado; a un lado tenía a Glorfindel y al otro a Gandalf.

      Frodo los observó maravillado, pues nunca había visto a Elrond, de quien se hablaba en tantos relatos; y sentados a la izquierda y a la derecha, Glorfindel y aun Gandalf, a quienes creía conocer tan bien, se le revelaban como grandes y poderosos señores.

      Gandalf era de menor estatura que los otros dos, pero la larga melena blanca, la abundante barba gris y los anchos hombros, le daban un aspecto de rey sabio, salido de antiguas leyendas.  En la cara trabajada por los años, bajo las espesas cejas nevadas, los ojos oscuros eran como carbones encastrados que de súbito podían encenderse y arder.

      Glorfindel era alto y erguido, el cabello de oro resplandeciente, la cara joven y hermosa, libre de temores y luminosa de alegría; los ojos brillantes y vivos y la voz como una música; había sabiduría en aquella frente y fuerza en aquella mano.

      El rostro de Elrond no tenía edad; no era ni joven ni viejo, aunque uno podía leer en él el recuerdo de muchas cosas, felices y tristes.  Tenía el cabello oscuro como las sombras del atardecer y ceñido por una diadema de plata; los ojos eran grises como la claridad de la noche y en ellos había una luz semejante a la luz de las estrellas.  Parecía venerable como un rey coronado por muchos inviernos y vigoroso sin embargo como un guerrero probado en la plenitud de sus fuerzas.  Era el Señor de Rivendel, poderoso tanto entre los elfos como entre los hombres.

      En el centro de la mesa, apoyada en los tapices que pendían del muro, había una silla bajo un dosel y allí estaba sentada una hermosa dama -tan parecida a Elrond, bajo forma femenina, que no podía ser», pensó Frodo, «Sino una pariente próxima».  Era joven y al mismo tiempo no lo era, pues aunque la escarcha no había tocado las trenzas de pelo sombrío y los brazos blancos y el rostro claro eran tersos y sin defecto y la luz de las estrellas le brillara en los ojos, grises como una noche sin nubes, había en ella verdadera majestad, y la mirada revelaba conocimiento y sabiduría, como si hubiera visto todas las cosas que traen los años.  Le cubría la cabeza una red de hilos de plata entretejida con pequeñas gemas de un blanco resplandeciente, pero las delicadas vestiduras grises no tenían otro adorno que un cinturón de hojas cinceladas en plata.

      Así vio Frodo a Arwen, hija de Elrond, a quien pocos mortales habían visto hasta entonces y de quien se decía que había traído de nuevo a la tierra la imagen viva de Lúthien; y la llamaban Undómiel, pues era la Estrella de la Tarde para su pueblo.  Había permanecido mucho tiempo en la tierra de la familia de la madre, en Lórien, más allá de las montañas, y había regresado hacía poco a Rivendel, a la casa del padre.  Pero los dos hermanos de Arwen, Elladan y Elrohir, llevaban una vida errante y a menudo iban a caballo hasta muy lejos junto con los Montaraces del Norte; y jamás olvidaban los tormentos que la madre de ellos había sufrido en los antros de los orcos.

      Frodo no había visto ni había imaginado nunca belleza semejante en una criatura viviente, y el hecho de encontrarse sentado a la mesa de Elrond entre tanta gente alta y hermosa lo sorprendía y abrumaba a la vez.  Aunque tenía una silla apropiada y contaba con el auxilio de varios almohadones, se sentía muy pequeño y bastante fuera de lugar; pero esta impresión pasó rápidamente.  La fiesta era alegre y la comida todo lo que un estómago hambriento pudiese desear.  Pasó un tiempo antes que mirara de nuevo alrededor o se volviera hacia la gente vecina.

      Buscó primero a sus amigos.  Sam había pedido que le permitieran atender a su amo, pero le respondieron que por esta vez él era invitado de honor.  Frodo podía verlo ahora junto al estrado, sentado con Pippin y Merry a la cabecera de una mesa lateral.  No alcanzó a ver a Trancos.

      A la derecha de Frodo estaba sentado un enano que parecía importante, ricamente vestido.  La barba, muy larga y bifurcado, era blanca, casi tan blanca como el blanco de nieve de las ropas.  Llevaba un cinturón de plata, y una cadena de plata y diamantes le colgaba del cuello.  Frodo dejó de comer para mirarlo.

      -¡Bien venido y feliz encuentro! -dijo el enano volviéndose hacia él y levantándose del asiento hizo una reverencia-.  Glóin, para servir a usted -dijo inclinándose todavía más.

      -Frodo Bolsón, para servir a usted y a la familia de usted -dijo Frodo correctamente, levantándose sorprendido y desparramando los almohadones-. ¿Me equivoco al pensar que es usted el Glóin, uno de los doce compañeros del gran Thorin Escudo-de-Roble?

      -No se equivoca -dijo el enano, juntando los almohadones y ayudando cortésmente a Frodo a volver a la silla-.  Y yo no pregunto, pues ya me han dicho que es usted pariente y heredero de nuestro célebre amigo Bilbo.  Permítame felicitarlo por su restablecimiento.

      -Muchas gracias -dijo Frodo.

      -Ha tenido usted aventuras muy extravías, he oído -dijo Glóin-.  No alcanzo a imaginarme qué motivo pueden tener cuatro hobbits para emprender un viaje tan largo.  Nada semejante había ocurrido desde que Bilbo estuvo con nosotros.  Pero quizá yo no debiera hacer preguntas tan precisas, pues ni Elrond ni Gandalf parecen dispuestos a hablar del asunto.

      -Pienso que no hablaremos de eso, al menos por ahora – dijo Frodo cortésmente.  Entendía que, aun en la casa de Elrond, el Anillo no era tema común de conversación y de cualquier modo deseaba olvidar las dificultades pasadas, por un tiempo-.  Pero yo también me pregunto -continuó – qué traerá a un enano tan importante a tanta distancia de la Montaña Solitaria.

      Glóin lo miró. -Si todavía no lo sabe, tampoco hablaremos de eso, me parece.  El Señor Elrond nos convocará a todos muy pronto, creo, y oiremos entonces muchas cosas.  Pero hay todavía otras, de las que se puede hablar.

      Conversaron durante todo el resto de la comida, pero Frodo escuchaba más de lo que hablaba, pues las noticias de la Comarca, aparte de las que se referían al Anillo, parecían menudas, lejanas e insignificantes, mientras que Glóin en cambio tenía mucho que decir de las regiones septentrionales de las Tierras Asperas.  Frodo supo que Grimbeorn el Viejo, hijo de Beorn, era ahora el señor de muchos hombres vigorosos y que ni orcos ni lobos se atrevían a entrar en su país, entre las montañas y el Bosque Negro.

      -En verdad -dijo Glóin-, si no fuera por los Beórnidas, ir del valle a Rivendel hubiese sido imposible desde hace mucho tiempo.  Son hombres valientes y mantienen abierto el Paso Alto y el Vado de Carroca.  Pero el peaje es elevado -añadió sacudiendo la cabeza-, y como los Beorn de antaño, no gustan mucho de los enanos.  Sin embargo, son gente en la que se puede confiar y eso es mucho en estos días.  Pero en ninguna parte hay hombres que nos muestren tanta amistad como los del valle.  Son buena gente los Bárdidos.  El nieto de Bard el Arquero es quien los gobierna, Brand hijo de Bain hijo de Bard.  Es un rey poderoso, y sus dominios llegan ahora muy al sur y al este de Esgarot.

      -¿Y qué me dice de la gente de usted? -preguntó Frodo.

      -Hay mucho que decir, bueno y malo -respondió Glóin-, pero casi todo bueno.  Hemos tenido suerte hasta ahora, aunque no escapamos al ensombrecimiento de la época.  Si realmente quiere oír de nosotros, le daré todas las noticias que quiera. ¡Pero hágame callar cuando esté cansado!  La lengua se les suelta a los enanos cuando hablan de sí mismos, dicen.

      Y luego de esto Glóin se embarcó en un largo relato sobre el Reino de los Enanos.  Le encantaba haber encontrado un oyente tan cortés, pues Frodo no daba señales de fatiga y no trataba de cambiar el tema, aunque en verdad pronto se encontró perdido entre los extraños nombres de personas y lugares de los que nunca había oído hablar.  Le interesó saber sin embargo que Dáin reinaba todavía bajo la montaña, que era viejo (habiendo cumplido ya doscientos cincuenta años), venerable y fabulosamente rico.  De los diez compañeros que habían sobrevivido a la Batalla de los Cinco Ejércitos, siete estaban todavía con él: Dwalin, Glóin, Dori, Nori, Bifur, Bofur y Bombur.  Bombur era ahora tan gordo que no podía trasladarse por sus propios medios de la cama a la mesa, y se necesitaban seis jóvenes enanos para levantarlo.

      -¿Y qué se hizo de Balin y Ori y Oin? -preguntó Frodo.

      Una sombra cruzó la cara de Glóin. -No lo sabemos -respondió-.  He venido a pedir consejo a gentes que moran en Rivendel en gran parte a causa de Balin. ¡Pero por esta noche hablemos de cosas más alegres!

      Glóin se puso entonces a hablar de las obras de los enanos y le comentó a Frodo los trabajos que habían emprendido en el valle y bajo la montaña.

      -Hemos trabajado bien -dijo-, pero en metalurgia no podemos rivalizar con nuestros padres, muchos de cuyos secretos se han perdido.  Hacemos buenas armaduras y espadas afiladas, pero las hojas y las cotas de malla no pueden compararse con las de antes de la venida del dragón.  Sólo en minería y en construcciones hemos superado los viejos tiempos. ¡Tendría usted que ver los canales del valle, Frodo, y las montañas y las fuentes! ¡Tendría usted que ver las calzadas de piedras de distintos colores! ¡Y las salas y calles subterráneas con arcos tallados como árboles y las terrazas y torres que se alzan en las faldas de la montaña!  Vería usted entonces que no hemos estado ociosos.

      -Iré y lo veré, si me es posible alguna vez -dijo Frodo -. ¡Cómo se hubiera sorprendido Bilbo viendo todos esos cambios en la Desolación de Smaug!

      Glóin miró a Frodo y sonrió. -¿Usted quería mucho a Bilbo, no es así? -preguntó.

      -Sí -respondió Frodo-.  Preferiría verlo a él antes que todas las torres y palacios del mundo.

 

 

            El banquete concluyó por fin.  Elrond y Arwen se incorporaron y atravesaron la sala y los invitados los siguieron en orden.  Las puertas se abrieron de par en par y todos salieron a un pasillo ancho y cruzaron otras puertas y llegaron a otra sala.  No había mesas allí, pero un fuego claro ardía en una amplia chimenea entre pilares tallados a un lado y a otro.

      Frodo se encontró marchando al lado de Gandalf.

      -Esta es la Sala del Fuego -dijo el mago-.  Escucharás aquí muchas canciones y relatos, si consigues mantenerte despierto.  Pero fuera de las grandes ocasiones la sala está siempre vacía y silenciosa y sólo vienen aquí quienes buscan tranquilidad y recogimiento.  La chimenea está encendida todo el año, pero casi no hay otra luz.

      Mientras Elrond entraba e iba hacia el asiento preparado para él, unos trovadores elfos comenzaron a tocar una música suave.  La sala se fue llenando lentamente y Frodo observó con deleite las muchas caras hermosas que se habían reunido allí; la luz dorada del fuego jugueteaba sobre las distintas facciones y relucía en los cabellos.  De pronto vio, no muy lejos del extremo opuesto del fuego, una pequeña figura oscura sentada en un taburete, la espalda apoyada en una columna. Junto a él, en el suelo, un tazón y un poco de pan.  Frodo se preguntó si el personaje estaría enfermo (si alguien podía enfermarse en Rivendel), y no habría podido asistir al festín.  Parecía dormir, la cabeza inclinada sobre el pecho, y ocultaba la cara en un pliegue del manto negro.

      Elrond se adelantó y se quedó de pie junto a la silenciosa figura.

      -¡Despierta, pequeño señor! -dijo con una sonrisa.  En seguida se volvió hacia Frodo y le indicó que se acercara-.  He aquí llegada la hora que tanto has deseado, Frodo.  He aquí un amigo que te ha faltado mucho tiempo.

      La figura oscura alzó la cabeza y se descubrió la cara.

      -¡Bilbo! -gritó Frodo reconociéndolo de pronto y dando un salto hacia adelante.

      -¡Hola, Frodo, mi muchacho! -dijo Bilbo-.  Así que llegaste al fin.  Esperaba que tuvieras éxito. ¡Bueno, bueno!  De modo que estos festejos son todos en tu honor, me han dicho.  Espero que lo hayas pasado bien.

      -¿Por qué no estuviste presente? – gritó Frodo -. ¿Y por qué no me permitieron que te viera antes?

      -Porque estabas dormido.  Pero yo te vi bastante.  He estado sentado a tu lado junto con Sam todos estos días.  Pero en cuanto a la fiesta, ya no frecuento mucho esas cosas.  Y tenía otra cosa que hacer.

      -¿Qué estabas haciendo?

      -Bueno, estaba sentado aquí, meditando.  Lo hago con frecuencia desde hace un tiempo y este sitio es en general el más adecuado. ¡Despierta, qué noticia! -dijo Bilbo guiñándole un ojo a Elrond.  Frodo alcanzó a ver un centelleo en el ojo de Bilbo y no advirtió ninguna señal de somnolencia-. ¡Despierta!  No estaba dormido, señor Elrond.  Si queréis saberlo, habéis venido todos demasiado pronto de la fiesta y me habéis perturbado… mientras componía una canción.  Me enredé en una línea o dos y estaba recomponiendo los versos, pero supongo que ahora ya no tienen remedio.  Habéis cantado tanto que las ideas se me fueron de la cabeza.  Tendré que recurrir a mi amigo el Dúnadan para que me ayude. ¿Dónde está?

      Elrond rió.

      -Lo encontraremos -dijo-.  Luego los dos os iréis a un rincón a acabar vuestra tarea y nosotros la oiremos y la juzgaremos antes que terminen los festejos.

Se enviaron mensajeros en busca del amigo de Bilbo, aunque nadie sabía dónde estaba, ni por qué no había asistido al banquete.

      Mientras tanto Frodo y Bilbo se sentaron y Sam se acercó rápidamente y se quedó junto a ellos.  Frodo y Bilbo hablaron en voz baja, sin prestar atención a la alegría y a la música que estallaban en la sala de un extremo a otro.  Bilbo no tenía mucho que decir de sí mismo.  Luego de dejar Hobbiton había ido como sin rumbo, siguiendo a veces el camino, o cruzando los campos a un lado o a otro, pero de algún modo había caminado todo el tiempo hacia Rivendel.

      -Llegué aquí sin muchas aventuras -dijo-, y luego de un descanso fui hasta el valle acompañando a los enanos: mi último viaje.  Ya no iré por los caminos.  El viejo Balin había partido.  Entonces volví aquí y aquí me he quedado hasta ahora.  He estado ocupado.  He seguido escribiendo mi libro.  Y compuse algunas canciones, por supuesto.  Las cantan aquí de vez en cuando: aunque sólo para complacerme, creo yo; pues no son bastante buenas para Rivendel, naturalmente.  Y escucho y pienso.  Aquí parece que el tiempo no pasara: existe, nada más.  Un sitio notable desde cualquier punto de vista.

      »Me han llegado toda clase de noticias de más allá de las montañas y del Sur, pero ninguna de la Comarca.  He tenido noticias del Anillo, por supuesto.  Gandalf ha estado aquí a menudo.  Aunque no me contó gran cosa; en estos últimos años se ha vuelto cada vez más reservado.  El Dúnadan me dijo más. ¡Imagínate mi Anillo causando tantos problemas!  Es una lástima que Gandalf no lo hubiese averiguado antes.  Yo mismo podía haberlo traído aquí hace mucho sin tantas dificultades.  Pensé alguna vez en volver a buscarlo a Hobbiton, pero estoy poniéndome viejo y ellos no me dejarían: Gandalf y Elrond quiero decir.  Parecen pensar que el enemigo revuelve cielo y tierra buscándome y que me haría picadillo si me sorprendiera al descubierto.

      »Y Gandalf dijo: “Bilbo, el Anillo ha pasado a otro.  No sería bueno para ti ni para nadie si te entremetieras otra vez.” Curiosa observación, digna de Gandalf.  Pero me dijo que cuidaba de ti, de modo que no me preocupé.  Me hace terriblemente feliz verte sano y salvo.

      Hizo una pausa y miró a Frodo como dudando.

      -¿Lo tienes aquí? -preguntó en un murmullo-.  No me aguanto de curiosidad, entiendes, luego de todo lo que he oído.  Me gustaría mucho echarle un vistazo.

      -Sí, lo tengo aquí -respondió Frodo, sintiendo de pronto una rara resistencia-.  Tiene el mismo aspecto de siempre.

      -Bueno, me gustaría verlo un momento, nada más -dijo Bilbo.

      Mientras se vestía, Frodo había descubierto que le habían colgado al cuello el Anillo y que la cadena era nueva, liviana y fuerte.  Sacó lentamente el Anillo.  Bilbo extendió la mano.  Pero Frodo retiró en seguida el Anillo.  Descubrió con pena y asombro que ya no miraba a Bilbo; parecía como si una sombra hubiese caído entre ellos y detrás de esa sombra alcanzaba a ver una criatura menuda y arrugada, de rostro ávido y manos huesudas y temblorosas.  Tuvo ganas de golpearla.

      La música y los cantos de alrededor se apagaron de algún modo y hubo un silencio.  Bilbo echó una rápida mirada a la cara de Frodo y se pasó una mano por los ojos.

      -Ahora entiendo -dijo-. ¡Apártalo!  Lo lamento; lamento que te haya tocado esa carga: lo lamento todo. ¿Las aventuras no terminan nunca?  Supongo que no.  Alguien tiene que llevar adelante la historia.  Bueno, no puede evitarse.  Me pregunto si valdrá la pena que termine mi libro.  Pero no nos preocupemos por eso ahora. ¡Veamos las noticias! ¡Cuéntame de la Comarca!

      Frodo ocultó el Anillo y la sombra pasó dejando apenas una hilacha de recuerdo.  La luz y la música de Rivendel lo rodearon otra vez.  Bilbo sonreía y reía, feliz.  Todas las noticias que Frodo le daba de la Comarca -ahora de cuando en cuando aumentadas y corregidas por Sam- le parecían del mayor interés, desde la tala de un arbolito hasta las travesuras del niño más pequeño de Hobbiton.  Estaban tan absortos en los acontecimientos de las Cuatro Cuadernas que no advirtieron la llegada de un hombre vestido de verde oscuro.  Durante algunos minutos se quedó mirándolos con una sonrisa.

      De pronto Bilbo alzó los ojos. -¡Ah, al fin llegaste, Dúnadan! – exclamó.

      -¡Trancos! -dijo Frodo-.  Parece que tienes muchos nombres. -Bueno, Trancos nunca lo había oído hasta ahora -dijo Bilbo-. ¿Por qué lo llamas así?

      -Así me llaman en Bree -dijo Trancos riéndose- y así fui presentado.

      -¿Y por qué lo llamas tú Dúnadan? -preguntó Frodo.

      –El Dúnadan – dijo Bilbo -. Así lo llaman aquí a menudo.  Pensé que conocías bastante élfico como para entender dún-adan: Hombre del Oeste, Númenorean. ¡Pero no es momento de lecciones! -Se volvió hacia Trancos. – ¿Dónde has estado, amigo mío? ¿Por qué no asististe al festín?  La Dama Arwen estaba presente.

      Trancos miró gravemente a Bilbo. -Lo sé -dijo-, pero a menudo tengo que dejar la alegría a un lado.  Elladan y Elrohir han vuelto inesperadamente de las Tierras Asperas y traían noticias que yo quería oír en seguida.

      -Bueno, querido compañero -dijo Bilbo-, ahora que oíste las noticias, ¿puedes dedicarme un momento?  Necesito tu ayuda en algo urgente.  Elrond dice que mi canción tiene que estar terminada antes de la noche y me encuentro en un atolladero. ¡Vayamos a un rincón a darle un último toque!

      Trancos sonrió. -¡Vamos! -dijo-. ¡Házmela escuchar!

 

 

            Dejaron un rato a Frodo a solas consigo mismo, pues Sam dormía ahora, y el hobbit se sintió como aislado del mundo y bastante abandonado, aunque todas las gentes de Rivendel se apretaban alrededor.  Pero quienes estaban más cerca callaban, atentos a la música de las voces y los instrumentos, sin reparar en ninguna otra cosa.  Frodo se puso a escuchar.

      Al principio y tan pronto como prestó atención, la belleza de las melodías y de las palabras entrelazadas en lengua élfica, aunque entendía poco, obraron sobre él como un encantamiento.  Le pareció que las palabras tomaban forma y visiones de tierras lejanas y objetos brillantes que nunca había visto hasta entonces se abrieron ante él; y la sala de la chimenea se transformó en una niebla dorada sobre mares de espuma que suspiraban en las márgenes del mundo.  Luego el encantamiento fue más parecido a un sueño y en seguida sintió que un río interminable de olas de oro y plata venía acercándose, demasiado inmenso para que él pudiera abarcarlo; el río fue parte del aire vibrante que lo rodeaba, lo empapaba y lo inundaba.  Frodo se hundió bajo el peso resplandeciente del agua y entró en un profundo reino de sueños.

Allí fue largamente de un lado a otro en un sueño de música que se transformaba en agua corriente y luego en una voz.  Parecía la voz de Bilbo, que cantaba un poema.  Débiles al principio y luego más claras se alzaron las palabras.

 

Eärendil era un marino

que en Arvernien se demoró;

y un bote hizo en Nimrethel

de madera de árboles caídos;

tejió las velas de hermosa plata,

y los faroles fueron de plata;

el mascarón de proa era un cisne

y había luz en las banderas.

 

De una panoplia de antiguos reyes

obtuvo anillos encadenados,

un escudo con letras rúnicas

para evitar desgracias y heridas,

un arco de cuerno de dragón

y flechas de ébano tallado;

la cota de malla era de plata

y la vaina de piedra calcedonia,

de acero la espada infatigable

y el casco alto de adamanto;

llevaba en la cimera una pluma de águila

y sobre el pecho una esmeralda.

 

Bajo la luna y las estrellas

erró alejándose del norte,

extraviándose en sendas encantadas

más allá de los días de las tierras mortales.

 

De los chirridos del Hielo Apretado,

donde las sombras yacen en colinas heladas,

de los calores infernales y del ardor de los desiertos

huyó de prisa, y errando todavía

por aguas sin estrellas de allá lejos

llegó al fin a la Noche de la Nada,

y así pasó sin alcanzar a ver

la luz deseada, la orilla centelleante.

Los vientos de la cólera se alzaron arrastrándolo

y a ciegas escapó de la espuma

del este hacia el oeste, y de pronto

volvió rápidamente al país natal.

 

La alada Elwin vino entonces a él

y la llama se encendió en las tinieblas;

más clara que la luz del diamante

ardía el fuego encima del collar;

y en él puso el Silmaril

coronándolo con una luz viviente;

Eärendil, intrépido, la frente en llamas,

viró la proa, y en aquella noche

del Otro Mundo más allá del Mar

furiosa y libre se alzó una tormenta,

un viento poderoso en Termanel,

y como la potencia de la muerte

soplando y mordiendo arrastró el bote

por sitios que los mortales no frecuentan

y mares grises hace tiempo olvidados;

y así Eärendil pasó del este hacia el oeste.

 

Cruzando la Noche Eterna fue llevado

sobre las olas negras que corrían

por sombras y por costas inundadas

ya antes que los Días empezaran,

hasta que al fin en márgenes de perlas

donde las olas siempre espumosas

traen oro amarillo y joyas pálidas,

donde termina el mundo, oyó la música.

Vio la montaña que se alzaba en silencio

donde el crepúsculo se tiende en las rodillas

de Valinor, y vio a Eldamar

muy lejos más allá de los mares.

Vagabundo escapado de la noche

llegó por último a un puerto blanco,

al hogar de los elfos claro y verde,

de aire sutil; pálidas como el vidrio,

al pie de la colina de Ilmarin

resplandeciendo en un valle abrupto

las torres encendidas del Tirion

se reflejan allí, en el Lago de Sombras.

 

Allí dejó la vida errante

y le enseñaron canciones,

los sabios le contaron maravillas de antaño,

y le llevaron arpas de oro.

De blanco élfico lo vistieron

y precedido por siete luces

fue hasta la oculta tierra abandonada

cruzando el Calacirian.

Al fin entró en los salones sin tiempo

donde brillando caen los años incontables,

y reina para siempre el Rey Antiguo

en la montaña escarpada de Ilmarin;

palabras desconocidas se dijeron entonces

de la raza de los hombres y de los elfos,

le mostraron visiones del trasmundo

prohibidas para aquellos que allí viven.

 

Un nuevo barco para él construyeron

de mitril y de vidrio élfico,

de proa brillante; ningún remo desnudo,

ninguna vela en el mástil de plata:

el Silmaril como linterna

y en la bandera un fuego vivo

puesto allí mismo por Elbereth,

y otorgándole alas inmortales

impuso a Eärendil un eterno destino:

navegar por los cielos sin orillas

detrás del Sol y la luz de la Luna.

 

De las altas colinas de Evereven

donde hay dulces manantiales de plata

las alas lo llevaron, como una luz errante,

más allá del Muro de la Montaña.

Del fin del mundo entonces se volvió

deseando encontrar otra vez

la luz del hogar; navegando entre sombras

y ardiendo como una estrella solitaria

fue por encima de las nieblas

como fuego distante delante del sol,

maravilla que precede al alba,

donde corren las aguas de Norlanda.

 

Y así pasó sobre la Tierra Media

y al fin oyó los llantos de dolor

de las mujeres y las vírgenes élficas

de los Tiempos Antiguos, de los días de antaño.

Pero un destino implacable pesaba sobre él:

hasta la desaparición de la Luna

pasar como una estrella en órbita

sin detenerse nunca en las orillas

donde habitan los mortales, heraldo

de una misión que no conoce descanso

llevar allá lejos la claridad resplandeciente,

la luz flamígera de Oesternesse.

 

      El canto cesó.  Frodo abrió los ojos y vio que Bilbo estaba sentado en el taburete en medio de un círculo de oyentes que sonreían y aplaudían.

      -Ahora oigámoslo de nuevo -dijo un elfo.

      Bilbo se incorporó e hizo una reverencia. -Me siento halagado, Lindir -dijo-.  Pero sería demasiado cansado repetirlo de cabo a rabo.

      -No demasiado cansado para ti -dijeron los elfos riendo-.  Sabes que nunca te cansas de recitar tus propios versos. ¡Pero en verdad una sola audición no nos basta para responder a tu pregunta!

      -¡Qué! -exclamó Bilbo-. ¿No podéis decir qué partes son mías y cuáles de Dúnadan?

      -No es fácil para nosotros señalar diferencias entre dos mortales -dijo el elfo.

      -Tonterías, Lindir -gruñó Bilbo-.  Si no puedes distinguir entre un hombre y un hobbit, tu juicio es más pobre de lo que yo había imaginado.  Son como guisantes y manzanas, así de diferentes.

      -Quizás.  A una oveja otra oveja le parece sin duda diferente -rió Lindir-. O a un pastor.  Pero no nos hemos dedicado a estudiar a los mortales.  Hemos tenido otras ocupaciones.

      -No discutiré contigo -dijo Bilbo-.  Tengo sueño luego de tanta música y canto.  Dejaré que lo adivines, si tienes ganas.

      Se incorporó y fue hacia Frodo. -Bueno, se terminó -dijo en voz baja-.  Salí mejor parado de lo que creía.  Pocas veces me piden una segunda audición. ¿Qué piensas tú?

      -No trataré de adivinar -dijo Frodo sonriendo.

      -No tienes por qué hacerlo -dijo Bilbo-.  En realidad es todo mío.  Aunque Aragorn insistió en que incluyera una piedra verde.  Parecía creer que era importante.  No sé por qué.  Pensaba además que el tema era superior a mis fuerzas y me dijo que si yo tenía la osadía de hacer versos acerca de Eärendil en casa de Elrond era asunto mío.  Creo que tenía razón.

      -No sé -dijo Frodo-.  A mí me pareció adecuado de algún modo, aunque no podría decirte por qué.  Estaba casi dormido cuando empezaste y me pareció la continuación de un sueño.  No caí en la cuenta de que estabas aquí cantando sino casi cerca del fin.

      -Es difícil mantenerse despierto en este sitio, hasta que te acostumbras -dijo Bilbo-.  Aparte de que los hobbits nunca llegarán a necesitar de la música y la poesía tanto como los elfos.  Parece que los necesitaran como la comida o más.  Seguirán así por mucho tiempo hoy. ¿Qué te parece si nos escabullimos y tenemos por ahí una charla tranquila?

      -¿Podemos hacerlo? -dijo Frodo.

      -Por supuesto.  Esto es una fiesta, no una obligación.  Puedes ir y venir como te plazca, si no haces ruido.

 

 

            Se pusieron de pie y se retiraron en silencio a las sombras y fueron hacia la puerta.  A Sam lo dejaron atrás, durmiendo con una sonrisa en los labios.  A pesar de la satisfacción de estar en compañía de Bilbo, Frodo sintió una punzada de arrepentimiento cuando dejaron la Sala del Fuego.  Cruzaban aún el umbral cuando una voz clara entonó una canción.

 

A Elbereth Gilthoniel,

silivren penna míriel

o menel aglar elenath! 

Na-chaered palan-díriel

o galadhremmin ennorath,

Fanuilos, le linnathon

nef aear, sí nef aearon!

 

      Frodo se detuvo un momento volviendo la cabeza.  Elrond estaba en su silla y el fuego le iluminaba la cara como la luz de verano entre los árboles.  Cerca estaba sentada la Dama Arwen.  Sorprendido, Frodo vio que Aragorn estaba de pie junto a ella.  Llevaba recogido el manto oscuro y parecía estar vestido con la cota de malla de los elfos y una estrella le brillaba en el pecho.  Hablaban juntos.  De pronto le pareció a Frodo que Arwen se volvía hacia la puerta y que la luz de los ojos de la joven caía sobre él desde lejos y le traspasaba el corazón.

      Se quedó allí como esperando mientras las dulces sílabas de la canción élfica le llegaban como joyas claras de palabras y música.

      -Es un canto a Elbereth -dijo Bilbo -. Cantarán esa canción y otras del Reino Bienaventurado muchas veces esta noche. ¡Vamos!

      Fueron hasta el cuartito de Bilbo que se abría sobre los jardines y miraba al sur por encima de las barrancas del Bruinen.  Allí se sentaron un rato, mirando por la ventana las estrellas brillantes sobre los bosques que crecían en las laderas abruptas y charlando en voz baja.  No hablaron más de las menudas noticias de la Comarca distante, ni de las sombras oscuras y los peligros que los habían amenazado, sino de las cosas hermosas que habían visto juntos en el mundo, de los elfos, de las estrellas, de los árboles y de la dulce declinación del año brillante en los bosques.

 

 

            Alguien golpeó al fin la puerta.

      -Con el perdón de ustedes -dijo Sam asomando la cabeza-, pero me preguntaba si necesitarían algo.

      -Con tu perdón, Sam Gamyi -replicó Bilbo-.  Sospecho que quieres decir que es hora de que tu amo se vaya a la cama.

      -Bueno, señor, hay un Concilio mañana temprano, he oído, y hoy es el primer día que pasa levantado.

      -Tienes mucha razón, Sam -rió Bilbo-.  Puedes ir a decirle a Gandalf que Frodo ya se fue a acostar. ¡Buenas noches, Frodo! ¡Qué bueno ha sido verte otra vez!  En verdad, para una buena conversación no hay nadie como los hobbits.  Me estoy poniendo viejo y ya me pregunto si llegaré a ver los capítulos que te corresponderán en nuestra historia. ¡Buenas noches!  Estiraré un rato las piernas, me parece, y miraré las estrellas de Elbereth desde el jardín. ¡Que duermas bien!

 

2

 

EL CONCILIO DE ELROND

 

            A la mañana siguiente Frodo despertó temprano, sintiéndose descansado y bien.  Caminó a lo largo de las terrazas que dominaban las aguas tumultuosas del Bruinen y observó el sol pálido y fresco que se elevaba por encima de las montañas distantes proyectando unos rayos oblicuos a través de la tenue niebla de plata; el rocío refulgía sobre las hojas amarillas y las telarañas centelleaban en los arbustos.  Sam caminaba junto a Frodo, sin decir nada, pero husmeando el aire y mirando una y otra vez con ojos asombrados las grandes elevaciones del este.  La nieve blanqueaba las cimas.

      En una vuelta del sendero, sentados en un banco tallado en la Piedra, tropezaron con Gandalf y Bilbo que conversaban, abstraídos.

      -¡Hola! ¡Buenos días! -dijo Bilbo-. ¿Listo para el gran Concilio?

      -Listo para cualquier cosa –respondió Frodo-.  Pero sobre todas las cosas me gustaría caminar un poco y explorar el valle.  Me gustaría visitar esos pinares de allá arriba. -Señaló las alturas del lado norte de Rivendel.

      -Quizás encuentres la ocasión más tarde -dijo Gandalf-.  Hoy hay mucho que oír y decidir.

 

 

            De pronto mientras caminaban se oyó el claro tañido de una campana.

      -Es la campana que llama al Concilio de Elrond -exclamó Gandalf -. ¡Vamos!  Se requiere tu presencia y la de Bilbo.

      Frodo y Bilbo siguieron rápidamente al mago a lo largo del camino serpeante que llevaba a la casa; detrás de ellos trotaba Sam, que no estaba invitado y a quien habían olvidado por el momento.

Gandalf los llevó hasta el pórtico donde Frodo había encontrado a sus amigos la noche anterior.  La luz de la clara mañana otoñal brillaba ahora sobre el valle.  El ruido de las aguas burbujeantes subía desde el espumoso lecho del río.  Los pájaros cantaban y una paz serena se extendía sobre la tierra.  Para Frodo, la peligrosa huida, los rumores de que la oscuridad estaba creciendo en el mundo exterior, le parecían ahora meros recuerdos de un sueño agitado, pero las caras que se volvieron hacia ellos a la entrada de la sala eran graves.

      Elrond estaba allí y muchos otros que esperaban sentados en Silencio, alrededor.  Frodo vio a Glorfindel y Glóin; y en un rincón estaba sentado Trancos, envuelto otra vez en aquellas gastadas ropas de viaje.  Elrond le indicó a Frodo que se sentara junto a él y lo presentó a la compañía, diciendo:

      -He aquí, amigos míos, al hobbit Frodo, hijo de Drogo.  Pocos han llegado atravesando peligros más grandes o en una misión más urgente.

      Luego señaló y nombró a todos aquellos que Frodo no conocía aún.  Había un enano joven junto a Glóin: su hijo Gimli.  Al lado de Glorfindel se alineaban otros consejeros de la casa de Elrond, de quienes Erestor era el jefe; y unto a él se encontraba Galdor, un elfo de los Puertos Grises a quien Cirdan, el carpintero de barcos, le había encomendado una misión.  Estaba allí también un elfo extraño, vestido de castaño y verde, Legolas, que traía un mensaje de su padre, Thranduil, el Rey de los Elfos del Bosque Negro del Norte.  Y sentado un poco aparte había un hombre alto de cara hermosa y noble, cabello oscuro y ojos grises, de mirada orgullosa y seria.

      Estaba vestido con manto y botas, como para un viaje a caballo, y en verdad aunque las ropas eran ricas y el manto tenía borde de piel, parecía venir de un largo viaje.  De una cadena de plata que tenía al cuello colgaba una piedra blanca; el cabello le llegaba a los hombros.  Sujeto a un tahalí llevaba un cuerno grande guarnecido de plata que ahora apoyaba en las rodillas.  Examinó a Frodo y Bilbo con repentino asombro.

      -He aquí -dijo Elrond volviéndose hacia Gandalf – a Boromir, un hombre del Sur.  Llegó en la mañana gris y busca consejo.  Le pedí que estuviera presente, pues las preguntas que trae tendrán aquí respuesta.

 

 

            No es necesario contar ahora todo lo que se habló y discutió en el Concilio.  Se dijeron muchas cosas a propósito de los acontecimientos del mundo exterior, especialmente en el Sur y en las vastas regiones que se extendían al este de las montarías.  De todo esto Frodo ya había oído muchos rumores, pero el relato de Glóin era nuevo para él y escuchó al enano con atención.  Era evidente que en medio del esplendor de los trabajos manuales los enanos de la Montaña Solitaria estaban bastante perturbados.

      -Hace ya muchos años -dijo Glóin- una sombra de inquietud cayó sobre nuestro pueblo.  Al principio no supimos decir de dónde venía.  Hubo ante todo murmullos secretos: se decía que vivíamos encerrados en un sitio estrecho y que en un mundo más ancho encontraríamos mayores riquezas y esplendores.  Algunos hablaron de Moria: las poderosas obras de nuestros padres que en la lengua de los enanos llamamos Khazad-dûm y decían que al fin teníamos el poder y el número suficiente para emprender la vuelta. -Glóin suspiró.- ¡Moria! ¡Moria! ¡Maravilla del mundo septentrional!  Allí cavamos demasiado hondo y despertamos el miedo sin nombre.  Mucho tiempo han estado vacías esas grandes mansiones, desde la huida de los niños de Durin.  Pero ahora hablamos de ella otra vez con nostalgia y sin embargo con temor, pues ningún enano se ha atrevido a cruzar las puertas de Khazad-dûm durante muchas generaciones de reyes, excepto Thrór, que pereció.  No obstante, Balin prestó atención al fin a los rumores y resolvió partir y, aunque Dáin no le dio permiso de buena gana, llevó consigo a Ori y Oin y muchas de nuestras gentes, y fueron hacia el sur.

      »Esto ocurrió hace unos treinta años.  Durante un tiempo tuvimos noticias y parecían buenas.  Los informes decían que habían entrado en Moria y que habían iniciado allí grandes trabajos.  Luego siguió un silencio y ni una palabra llegó de Moria desde entonces.

      »Más tarde, hace un alío, un mensajero llegó a Dáin, pero no de Moria… de Mordor: un jinete nocturno que llamó a las puertas de Dáin.  El Señor Sauron el Grande, así dijo, deseaba nuestra amistad.  Por esto nos daría anillos, como los que había dado en otro tiempo.  Y en seguida el mensajero solicitó información perentoria sobre los hobbits, de qué especie eran y dónde vivían.  “Pues Sauron sabe”, nos dijo, “que conocisteis a uno de ellos en otra época”.

      »Al oír esto nos sentimos muy confundidos y no contestamos.  Entonces el tono feroz del mensajero se hizo más bajo, y hubiera endulzado la voz, si hubiese podido.  “Sólo como pequeña prueba de amistad Sauron os pide”, dijo, “que encontréis a ese ladrón”, tal fue la palabra, “y que le saquéis a las buenas o a las malas un anillito, el más insignificante de los anillos, que robó hace tiempo.  Es sólo una fruslería, un capricho de Sauron y una demostración de buena voluntad de vuestra parte.  Encontradlo y tres anillos que los señores enanos poseían en otro tiempo os serán devueltos y el reino de Moria será vuestro para siempre.  Dadnos noticias del ladrón, si todavía vive y dónde y obtendréis una gran recompensa y la amistad imperecedera del Señor.  Rehusad y no os irá tan bien. ¿Rehusáis?”.

      »El soplo que acompañó a estas palabras fue como el silbido de las serpientes y aquellos que estaban cerca sintieron un escalofrío, pero Dáin dijo: “No digo ni sí ni no.  Tengo que pensar detenidamente en este mensaje y en lo que significa bajo tan hermosa apariencia.”

      »”Piénsalo bien, pero no demasiado tiempo”, dijo él.

      »”El tiempo que me lleve pensarlo es cosa mía”, respondió Dáin.

      »”Por el momento”, dijo él y desapareció en la oscuridad.

      »Desde aquella noche un peso ha agobiado los corazones de nuestros jefes.  No hubiésemos necesitado oír la voz lóbrega del mensajero para saber que palabras semejantes encerraban a la vez una amenaza y un engaño, pues el poder que se había aposentado de nuevo en Mordor era el mismo de siempre y ya nos había traicionado antes.  Dos veces regresó el mensajero y las dos veces se fue sin respuesta.  La tercera y última vez, así nos dijo, llegar  pronto, antes que el año acabe.

      »Al fin Dáin me encomendó advertirle a Bilbo que el enemigo lo busca y averiguar, si esto era posible, por qué deseaba ese Anillo, el más insignificante de los anillos.  Deseábamos oír además el consejo de Elrond.  Pues la Sombra crece y se acerca.  Hemos sabido que otros mensajeros han llegado hasta el Rey Brand en el valle y que está asustado.  Tememos que ceda.  La guerra ya está a punto de estallar en las fronteras occidentales del valle.  Si no respondemos, el enemigo puede atraerse a algunos hombres y atacar al Rey Brand y también a Dáin.

      -Has hecho bien en venir -dijo Elrond-.  Oirás hoy todo lo que necesitas saber para entender los propósitos del enemigo.  No hay nada que podáis hacer, aparte de resistimos, con esperanza o sin ella.  Pero no estáis solos.  Sabrás que vuestras dificultades son sólo una parte de las dificultades del mundo del Oeste. ¡El Anillo! ¿Qué haremos con el Anillo, el más insignificante de los Anillos, la fruslería que es un capricho de Sauron?  Ese es el destino que hemos de considerar.

      »Para este propósito habéis sido llamados.  Llamados, digo, pero yo no os he llamado, no os he dicho que vengáis a mí, extranjeros de tierras distantes.  Habéis venido en un determinado momento y aquí estáis todos juntos, parecía que por casualidad, pero no es así.  Creed en cambio que ha sido ordenado de esta manera: que nosotros, que estamos sentados aquí y no otras gentes, encontremos cómo responder a los peligros que amenazan al mundo.

      »Hoy, por lo tanto, se hablará  claramente de cosas que hasta este momento habían estado ocultas a casi todos.  Y como principio y para que todos entiendan de qué peligro se trata, se contará la historia del Anillo, desde el comienzo hasta el presente.  Y yo comenzaré esa historia, aunque otros la terminen.

 

 

Todos escucharon mientras la voz clara de Elrond hablaba de Sauron y los Anillos de Poder y de cuando fueron forjados en la Segunda Edad del Mundo, mucho tiempo atrás.  Algunos conocían una parte de la historia, pero nadie del principio al fin, y muchos ojos se volvieron a Elrond con miedo y asombro mientras les hablaba de los herreros elfos de Eregion y de la amistad que tenían con las gentes de Moria y de cómo deseaban conocerlo todo y de cómo esta inquietud los hizo caer en manos de Sauron.  Pues en aquel tiempo nadie había sido testigo de maldad alguna, de modo que recibieron la ayuda de Sauron y se hicieron muy hábiles, mientras que él en tanto aprendía todos los secretos de la herrería y los engañaba forjando secretamente en la Montaña de Hierro el Anillo Unico, para dominarlos a todos.  Pero Celebrimbor entró en sospechas y escondió los Tres que había fabricado; y hubo guerra y la tierra fue devastada y las puertas de Moria se cerraron.

      Durante todos los años que siguieron, Celebrimbor buscó la pista del Anillo; pero como esa historia se cuenta en otra parte y Elrond mismo la ha anotado en los archivos de Rivendel, no se la recordará aquí.  Es una larga historia, colmada de grandes y terribles aventuras, y aunque Elrond la contó brevemente, el sol subió en el cielo y la mañana ya casi había pasado antes que él terminara.

      Habló de Númenor, de la gloria y la caída del reino y de cómo habían regresado a la Tierra Media los Reyes de los hombres, traídos desde los abismos del océano en alas de la tempestad.  Luego Elendil el Alto y sus poderosos hijos, Isildur y Anárion, llegaron a ser grandes señores y fundaron en Arnor el Reino del Norte y Gondor, cerca de las bocas del Anduin, el Reino del Sur.  Pero Sauron de Mordor los atacó y convinieron la Ultima Alianza de los elfos y los hombres y las huestes de Gil-galad y Elendil se reunieron en Arnor.

      En este punto Elrond hizo una pausa y suspiró. -Todavía veo el esplendor de los estandartes -dijo-.  Me recordaron la gloria de los Días Antiguos y las huestes de Beleriand, tantos grandes príncipes y capitanes estaban allí presentes.  Y sin embargo no tantos, no tan hermosos como cuando destruyeron a Thangorodrim y los elfos pensaron que el Mal había terminado para siempre, lo que no era cierto.

      -¿Recuerda usted? – dijo Frodo asombrado, pensando en voz alta -. Pero yo creía -balbució cuando Elrond se volvió a mirarlo-, yo creía que la caída de Gil-galad ocurrió hace muchísimo tiempo.

      -Así es -respondió Elrond gravemente-.  Pero mi memoria llega aún a los Días Antiguos.  Eärendil era mi padre, que nació en Gondolin antes de la caída, y mi madre era Elwing, hija de Dior, hijo de Lúthien de Doriath.  He asistido a tres épocas en el mundo del Oeste y a muchas derrotas y a muchas estériles victorias.

      »Fui heraldo de Gil-galad y marché con su ejército.  Estuve en la Batalla de Dagorlad frente a la Puerta Negra de Mordor, donde llevábamos ventaja, pues nada podía resistirse a la lanza de Gil-galad y a la espada de Elendil: Aiglos y Narsil.  Fui testigo del último combate en las laderas del Orodruin donde murió Gil-galad y cayó Elendil y Narsil se le quebró bajo el cuerpo, pero Sauron fue derrotado, e Isildur le sacó el Anillo cortándole la mano con la hoja rota de la espada de su padre y se lo guardó.

      Oyendo estas palabras, Boromir, el extranjero, interrumpió a Elrond. -¡De modo que eso pasó con el Anillo! – exclamó -. Si alguna vez se oyó esa historia en el Sur, hace tiempo que está olvidada.  He oído hablar del Gran Anillo de aquel a quien no nombramos, pero creíamos que había desaparecido del mundo junto con la destrucción del primer reino. ¡Isildur se lo guardó!  Esto sí que es una noticia.

      -Ay, sí -dijo Elrond-.  Isildur se lo guardó y se equivocó.  Tendría que haber sido echado al fuego de Orodruin, muy cerca del sitio donde lo forjaron.  Pero pocos advirtieron lo que había hecho Isildur.  Estaba solo junto a su padre en este último combate mortal, y cerca de Gil-galad sólo nos encontrábamos Cirdan y yo.  Pero Isildur no quiso oír nuestros consejos.

      »”Lo guardaré como prenda de reparación por mi padre y mi hermano”, dijo, y sin tenernos en cuenta, tomó el anillo y lo conservó como un tesoro.  Pero pronto el Anillo lo traicionó y le causó la muerte, y por eso en el Norte se le llama el Daño de Isildur.  Y sin embargo la muerte era quizá mejor que cualquier otra cosa que pudiera haberle ocurrido.

      »Esas noticias llegaron sólo al Norte y sólo a unos pocos.  No es nada raro que no las hayas oído, Boromir.  De la ruina de los Campos Gladios, donde murió Isildur, no volvieron sino tres hombres, que cruzaron las montañas luego de muchas idas y venidas.  Uno de ellos fue Othar, el escudero de Isildur, quien llevaba los trozos de la espada de Elendil; y se los trajo a Valandil, heredero de Isildur, quien se había quedado en Rivendel, pues era todavía un niño.

      »¿Dije que la victoria de la Ultima Alianza había sido estéril?  No del todo, pero no conseguimos lo que esperábamos.  Sauron fue debilitado, pero no destruido.  El Anillo se perdió y no alcanzamos a fundirlo.  La Torre Oscura fue demolida, pero quedaron los cimientos; pues habían sido puestos con el poder del Anillo y mientras haya Anillo nada podrá desenterrarlos.  Muchos elfos y muchos hombres poderosos y muchos otros amigos habían perecido en la guerra.  Anárion había muerto e Isildur había muerto y Gilgalad y Elendil no estaban más con nosotros.  Nunca jamás habrá otra alianza semejante de elfos y hombres, pues los hombres se multiplican y los Primeros Nacidos disminuyen y las dos familias están separadas.  Y desde ese día la raza de Númenor ha declinado y ya tiene menos años por delante.

»En el Norte, luego de la guerra y la masacre de los Campos Gladios, los Hombres de Oesternesse quedaron muy disminuidos, y la ciudad de Annúminas a orillas del Lago Evendim fue un montón de ruinas, y los herederos de Valandil se mudaron y se aposentaron en Fornost en las altas Quebradas del Norte y esto es ahora también una región desolada.  Los hombres la llaman Muros de los Muertos y temen caminar por allí.  Pues el pueblo de Arnor decayó y los enemigos los devoraron y el señorío murió dejando sólo unos túmulos verdes en las colinas de hierbas.

      »En el Sur el reino de Gondor duró mucho tiempo y acrecentó su esplendor durante una cierta época, recordando de algún modo el poderío de Númenor, antes de la caída.  El pueblo de Gondor construyó torres elevadas, plazas fuertes y puertos de muchos barcos; y la corona alada de los Reyes de los Hombres fue reverenciada por gentes de distintas lenguas.  La ciudad capital era Osgiliath, Ciudadela de las Estrellas, que el río atravesaba de parte a parte.  Y edificaron Minas lthil, la Torre de la Luna Naciente, al este, en una estribación de la Montaña de la Sombra, y al oeste, al pie de las Montañas Blancas, levantaron Minas Anor, la Torre del Sol Poniente.  Allí, en los patios del Rey, crecía un árbol blanco, nacido de la semilla del árbol que Isildur había traído cruzando las aguas profundas, y la semilla de ese árbol había venido de Eressëa y antes aún del Extremo Oeste en el Día anterior a los días en que el mundo era joven.

      »Pero mientras los rápidos años de la Tierra Media iban pasando, la línea de Meneldil hijo de Anárion se extinguió del todo y el árbol se secó y la sangre de los numenoreanos se mezcló con la de otros hombres menores.  Descuidaron la vigilancia de las Murallas de Mordor y unas criaturas sombrías volvieron disimuladamente a Gorgoroth.  Y luego de un tiempo vinieron criaturas malvadas y tomaron Minas Lthil y allí se establecieron y lo transformaron en un sitio de terror, llamado luego Minas Morgul, la Torre de la Hechicería.  Luego Minas Anor fue rebautizada Minas Tirith, la Torre de la Guardia y estas dos ciudades estuvieron siempre en guerra; Osgiliath, que estaba entre las dos, fue abandonada y las sombras se pasearon entre sus ruinas.

      »Así ha sido durante muchas generaciones.  Pero los Señores de Minas Tirith continúan luchando, desafiando a nuestros enemigos, guardando el pasaje del río, desde Argonath al mar.  Y ahora la parte de la historia que a mí me toca ha llegado a su fin.  Pues en los días de Isildur el Anillo Soberano desapareció y nadie sabía dónde estaba, y los Tres se libraron del dominio del Unico.  Pero en los últimos tiempos se encuentran en peligro una vez más, pues muy a nuestro pesar el Unico ha sido descubierto de nuevo.  Del descubrimiento del Anillo hablarán otros, pues en esto he intervenido poco.

 

 

            Elrond dejó de hablar y en seguida Boromir se puso de pie, alto y orgulloso.

      -Permitidme ante todo, señor Elrond -comenzó-, decir algo más de Gondor, pues yo vengo en verdad del país de Gondor.  Y será bueno que todos sepan lo que pasa allí.  Pues son pocos, creo, los que conocen nuestra ocupación principal y no sospechan por lo tanto el peligro que corren, si acaso somos vencidos.

      »No creáis que en las tierras de Gondor se haya extinguido la sangre de Númenor, ni que todo el orgullo y la dignidad de aquel pueblo hayan sido olvidados.  Nuestro valor ha contenido a los bárbaros del Este y al terror de Morgul, y sólo así han sido aseguradas la paz y la libertad en las tierras que están detrás de nosotros, el baluarte del Oeste.  Pero si ellos tomaran los pasos del río, ¿qué ocurriría?

      »Sin embargo esta hora, quizá, no esté muy lejos.  El Enemigo Sin Nombre ha aparecido otra vez.  El humo se alza una vez más del Orodriun, que nosotros llamamos Montaña del Destino.  El poder de la Tierra Tenebrosa crece día a día, acosándonos.  El enemigo volvió y nuestra gente tuvo que retirarse de Ithilien, nuestro hermoso dominio al este del río, aunque conservamos allí una cabeza de puente y un grupo armado.  Pero este mismo año, en junio, nos atacaron de pronto, desde Mordor, y nos derrotaron con facilidad.  Eran más numerosos que nosotros, pues Mordor se ha aliado a los Hombres del Este y a los crueles Haradrim, pero no fue el número lo que nos derrotó.  Había allí un poder que no habíamos sentido antes.

      »Algunos dijeron que se lo podía ver, como un gran jinete negro, una sombra oscura bajo la luna.  Cada vez que aparecía, una especie de locura se apoderaba de nuestros enemigos, pero los más audaces de nosotros sentían miedo, de modo que los caballos y los hombres cedían y escapaban.  De nuestras fuerzas orientales sólo una parte regresó, destruyendo el único puente que quedaba aún entre las ruinas de Osgiliath.

      »Yo estaba en la compañía que defendió el puente, hasta que lo derrumbamos detrás de nosotros.  Sólo cuatro nos salvamos, nadando: mi hermano y yo, y otros dos.  Pero continuamos la lucha, defendiendo toda la costa occidental del Anduin, y quienes buscan refugio detrás de nosotros nos alaban cada vez que alguien nos nombra.  Muchas alabanzas y poca ayuda.  Sólo los caballeros de Rohan responden a nuestros llamados.

      »En esta hora nefasta he recorrido muchas leguas peligrosas para llegar a Elrond; he viajado ciento diez días, solo.  Pero no busco aliados para la guerra.  El poder de Elrond es el de la sabiduría y no el de las armas, dicen.  He venido a pedir consejo y a descifrar palabras difíciles.  Pues en la víspera del ataque repentino mi hermano durmió agitado y tuvo un sueño, que después se le repitió otras noches y que yo mismo soñé una vez.

      »En ese sueño me pareció que el cielo se oscurecía en el este y que se oía un trueno creciente, pero en el oeste se demoraba una luz pálida y de esta luz salía una voz remota y clara, gritando:

 

Busca la espada quebrada

que está en Imladris;

habrá concilios más fuertes

que los hechizos de Morgul.

 

Mostrarán una señal

de que el Destino está cerca:

el Daño de Isildur despertará,

y se presentará el Mediano.

 

      »No comprendimos mucho estas palabras y consultamos a nuestro padre, Denethor, Señor de Minas Tirith, versado en cuestiones de Gondor.  Lo único que consintió en decirnos fue que Imladris era desde tiempos remotos el nombre que daban los elfos a un lejano valle del norte, donde vivían Elrond y el Medio Elfo, los más grandes maestros del saber.  Entonces mi hermano, entendiendo nuestra desesperada necesidad, decidió tener en cuenta el sueño y buscar a Imladris, pero el camino era peligroso e incierto y yo mismo emprendí el viaje.  Mi padre me dio permiso de mala gana y durante largo tiempo anduve por caminos olvidados, buscando la casa de Elrond, de la que muchos habían oído hablar, pero pocos sabían dónde estaba.

 

 

            -Y aquí en Casa de Elrond se te aclararán muchas cosas -dijo Aragorn poniéndose de pie.  Echó la espada sobre la mesa, frente a Elrond, y la hoja estaba quebrada en dos-.  Aquí está la espada quebrada.

      -¿Y quién eres tú y qué relación tienes con Minas Tirith? -preguntó Boromir, que miraba con asombro las enjutas facciones del montaraz y el manto estropeado por la vida a la intemperie.

      -Es Aragorn hijo de Arathorn –dijo Elrond-, y a través de muchas generaciones desciende de Isildur, el hijo de Elendil de Minas Lthil.  Es el jefe de los Dúnedain del Norte, de quienes pocos quedan ya.

      -¡Entonces te pertenece a ti y no a mí! -exclamó Frodo azorado, poniéndose de pie, como si esperara que le pidieran el Anillo en seguida.

      -No pertenece a ninguno de nosotros – dijo Aragorn -, pero ha sido ordenado que tú lo guardes un tiempo.

      -¡Saca el Anillo, Frodo! -dijo Gandalf con tono solemne-.  El momento ha llegado.  Muéstralo y Boromir entenderá el resto del enigma.

 

 

            Hubo un murmullo y todos volvieron los ojos hacia Frodo, que sentía de pronto vergüenza y temor.  No tenía ninguna gana de sacar el Anillo y le repugnaba tocarlo.  Deseó estar muy lejos de allí.  El Anillo resplandeció y centelleó mientras lo mostraba a los otros alzando una mano temblorosa.

      -¡Mirad el Daño de Isildur! -dijo Elrond.

      Los ojos de Boromir relampaguearon mientras miraba el Anillo dorado.

      -¡El Mediano! – murmuró -. ¿Entonces el destino de Minas Tirith ya está echado? ¿Pero por qué hemos de buscar una espada quebrada?

      -Las palabras no eran el destino de Minas Tirith -dijo Aragorn-.  Pero hay un destino y grandes acontecimientos que ya están por revelarse.  Pues la Espada Quebrada es la Espada de Elendil, que se le quebró debajo del cuerpo al caer.  Cuando los otros bienes ya se habían perdido, los herederos continuaron guardando la espada como un tesoro, pues se dice desde hace tiempo entre nosotros que será templada de nuevo cuando reaparezca el Anillo, el Daño de Isildur.  Ahora que has visto la espada que buscabas, ¿qué pedirás? ¿Deseas que la Casa de Elendil retorne al País de Gondor?

      -No me enviaron a pedir favores, sino a descifrar un enigma -respondió Boromir, orgulloso-.  Sin embargo, estamos en un aprieto y la Espada de Elendil sería una ayuda superior a todas nuestras esperanzas, si algo así pudiera volver de las sombras del pasado.

      Miró de nuevo a Aragorn y se le veía la duda en los ojos.

      Frodo sintió que Bilbo se movía al lado, impaciente.  Era evidente que estaba molesto por Aragorn.  Incorporándose de pronto estalló:

 

No es oro todo lo que reluce,

ni toda la gente errante anda perdida;

a las raíces profundas no llega la escarcha,

el viejo vigoroso no se marchita.

 

De las cenizas subirá un fuego,

y una luz asomará en las sombras;

el descoronado será de nuevo rey,

forjarán otra vez la espada rota.

 

      »No muy bueno quizá -continuó Bilbo-, pero apropiado, si necesitas algo más que la palabra de Elrond.  Si para oír valía la pena un viaje de ciento diez días, será mejor que escuches. -Se sentó con un bufido.- Lo compuse yo mismo -le murmuró a Frodo-, para el Dúnadan, hace ya mucho tiempo, cuando me dijo quién era.  Casi desearía que mis aventuras no hubieran terminado y así yo podría ir con él cuando le llegue el día.

      Aragorn le sonrió y se volvió otra vez a Boromir.

      -Por mi parte perdono tus dudas -dijo-.  Poco me parezco a esas estatuas majestuosas de Elendil e Isildur tal como puedes verlas en las salas de Denethor.  Soy sólo el heredero de Isildur, no Isildur mismo.  He tenido una vida larga y difícil; y las leguas que nos separan de Gondor son una parte pequeña en la cuenta de mis viajes.  He cruzado muchas montañas y muchos ríos y he recorrido muchas llanuras, hasta las lejanas de Rhún y Harad donde las estrellas son extrañas.

      »Pero mi hogar está en el Norte, si es que tengo hogar.  Pues aquí los herederos de Valandil han vivido siempre en una línea continua de padres a hijos durante muchas generaciones.  Nuestros días se han ensombrecido y somos menos ahora, aunque la Espada siempre encontró un nuevo guardián.  Y esto te diré, Boromir, antes de concluir.  Somos hombres solitarios, los montaraces del desierto, cazadores; pero las presas son siempre los siervos del enemigo, pues se los encuentra en muchas partes y no sólo en Mordor.

      »Si Gondor, Boromir, ha sido una firme fortaleza, nosotros hemos cumplido otra tarea.  Muchas maldades hay más poderosas que vuestros muros y vuestras brillantes espadas.  Conocéis poco de las tierras que se extienden más allá de vuestras fronteras. ¿Paz y libertad, dijiste?  El Norte no las hubiera conocido mucho sin nosotros.  El temor hubiese dominado pronto toda la región.  Pero cuando unas criaturas sombrías vienen de las lomas deshabitadas, o se arrastran en bosques que no conocen el sol, huyen de nosotros. ¿Qué caminos se atreverían a transitar, qué seguridad habría en las tierras tranquilas, o de noche en las casas de los simples mortales si los Dúnedain se quedasen dormidos, o hubiesen bajado todos a la tumba?

      »Y no obstante nos lo agradecen menos aún que a vosotros.  Los viajeros nos miran de costado y los aldeanos nos ponen motes ridículos.  Trancos soy para un hombre gordo que vive a menos de una jornada de ciertos enemigos que le helarían el corazón, o devastarían la aldea, si no montáramos guardia día y noche.  Sin embargo no podría ser de otro modo.  Si las gentes simples están libres de preocupaciones y temor, simples serán y nosotros mantendremos el secreto para que así sea.  Esta ha sido la tarea de mi pueblo, mientras los años se alargaban y el pasto crecía.

      »Pero ahora el mundo está cambiando otra vez.  Llega una nueva hora.  El Daño de Isildur ha sido encontrado.  La batalla es inminente.  La Espada será forjada de nuevo.  Iré a Minas Tirith.

      -El Daño de Isildur ha sido encontrado, dices -replicó Boromir-.  He visto un anillo brillante en la mano del Mediano, pero Isildur pereció antes que comenzara esta edad del mundo, dicen. ¿Cómo saben los Sabios que este anillo es el mismo? ¿Y cómo ha sido transmitido a lo largo de los años, hasta el momento en que es traído aquí por tan extraño mensajero?

      -Eso se explicará -dijo Elrond.

      -Pero no ahora, ¡te lo suplico, Señor! –dijo Bilbo-.  El sol ya sube al mediodía y necesito algo que me fortalezca.

      -No te había nombrado -dijo Elrond sonriendo-.  Pero lo hago ahora. ¡Acércate!  Cuéntanos tu historia.  Y si todavía no la has puesto en verso, puedes contarla en palabras sencillas.  Cuanto más breve seas, más pronto tendrás tu refrigerio.

      -Muy bien -dijo Bilbo-, seré breve, si tú me lo pides.  Pero contaré ahora la verdadera historia y si a alguien se la he contado de otro modo -miró de soslayo a Glóin-, le ruego que la olvide y me perdone.  Sólo deseaba probar que el tesoro era de veras mío en aquellos días y librarme del nombre de ladrón que algunos me pusieron.  Pero quizás yo entienda las cosas un poco mejor ahora.  De cualquier modo, esto es lo que ocurrió.

 

 

            Para algunos de los que estaban allí la historia de Bilbo era completamente nueva y escucharon asombrados mientras el viejo hobbit, no de mala gana, volvía a relatar su aventura con Gollum, de cabo a rabo.  No omitió ninguno de los enigmas.  Hubiera hablado también de la fiesta y de cómo había dejado la Comarca, si se lo hubieran permitido; pero Elrond alzó la mano.

      -Bien dicho, amigo mío -dijo-, pero ya es suficiente.  Basta para saber que el Anillo ha pasado a Frodo tu heredero. ¡Que él nos hable ahora!

      Menos complacido que Bilbo, Frodo contó todo lo que concernía al Anillo desde el día en que había pasado a él.  Hubo muchas preguntas y discusiones acerca de cada uno de los pasos del viaje, desde Hobbiton hasta el Vado del Bruinen y todo lo que él podía recordar de los Jinetes Negros fue examinado con atención.  Al fin Frodo se sentó de nuevo.

      -No estuvo mal -le dijo Bilbo-.  Hubieras contado una buena historia, si no te hubiesen interrumpido de ese modo.  Traté de sacar algunas notas, pero tendremos que revisarlas juntos algún día, si me decido a transcribirlas. ¡Hay materia para capítulos enteros en lo que te pasó antes de llegar!

      -Sí, es una historia muy larga – respondió Frodo -. Pero a mí no me parece todavía completa.  Hay partes que aún no conozco, sobre todo las que se refieren a Gandalf.

 

 

            Galdor de los Puertos, que estaba sentado no muy lejos, alcanzó a oírlo.

      -Hablas también por mí -exclamó y volviéndose a Elrond le dijo-: Los Sabios pueden tener buenas razones para creer que el trofeo del Mediano es en verdad el Gran Anillo largamente discutido, aunque pueda parecer inverosímil a aquellos que saben menos. ¿Pero no oiremos las pruebas?  Y haré otra pregunta. ¿Qué hay de Saruman?  Es muy versado en la ciencia de los Anillos y sin embargo no se encuentra entre nosotros. ¿Qué nos aconseja, si está enterado de lo que hemos oído?

      -Las preguntas que haces, Galdor -dijo Elrond-, están ligadas entre sí.  No las he pasado por alto y serán todas contestadas.  Pero estas cosas tendrá que aclararlas Gandalf mismo, y lo llamo ahora en último lugar, pues es el lugar de honor y en todos estos asuntos ha sido siempre la autoridad.

      -Algunos, Galdor -dijo Gandalf -, pensarían que las noticias de Glóin y la persecución de Frodo bastan para probar que el trofeo del Mediano es de mucha importancia para el enemigo.  Sin embargo, es un anillo. ¿Entonces?  Los Nazgûl guardan los Nueve.  Los Siete han sido tomados o destruidos. -Al oír esto Glóin se sobresaltó, pero no dijo una palabra. – Los Tres, sabemos qué pasa. ¿Qué es entonces este otro anillo que él tanto desea?

      »Hay en verdad un amplio espacio de tiempo entre el río y la montaña, entre la pérdida y el hallazgo.  Pero la laguna que había en la ciencia de los Sabios ha sido llenada al fin.  Aunque con demasiada lentitud.  Pues el enemigo ha estado siempre cerca, más cerca de lo que yo temía.  Y quiso la buena ventura que hasta este año, este último verano, parece, no averiguara toda la verdad.

      »Algunos aquí recordarán que hace muchos años me atreví a cruzar las puertas del Nigromante en Dol Guldur; examiné secretamente sus costumbres y descubrí que nuestros temores tenían fundamento; el Nigromante no era otro que Sauron, nuestro antiguo enemigo, que de nuevo tomaba forma y poder.  Algunos recordarán también que Saruman nos disuadió de que emprendiéramos acciones contra él y por mucho tiempo nos contentamos con vigilarlo.  Al fin, mientras la sombra crecía, Saruman fue cediendo y el Concilio se esforzó realmente y consiguió que el mal dejara el Bosque Negro… y esto ocurrió el mismo año en que se descubrió el Anillo.  Rara casualidad, si fue casualidad.

      »Pero ya era demasiado tarde, como Elrond había previsto.  Sauron también había estado observándonos, y se había preparado para resistir nuestro ataque, gobernando Mordor desde lejos por medio de Minas Morgul, donde vivían los Nueve sirvientes, hasta que todo estuviese dispuesto.  Luego cedió terreno ante nosotros, pero era una huida fingida y poco después llegó a la Torre Oscura y allí se manifestó abiertamente.  Entonces el Concilio se reunió de nuevo, pues ahora sabíamos que estaba buscando el Unico, aún con mayor avidez.  Temimos entonces que supiera algo del Anillo que nosotros ignorábamos.  Pero Saruman dijo no, repitiendo lo que ya nos había dicho antes: que el Unico nunca aparecería de nuevo en la Tierra Media.

      »”En el peor de los casos”, nos dijo, “el enemigo sabe que nosotros no lo tenemos y que está todavía perdido.  Pero lo que está perdido puede encontrarse, piensa. ¡No temáis!  Esta esperanza se volverá contra él. ¿No he estudiado seriamente estas cuestiones?  Cayó en las aguas del Anduin el Grande y hace tiempo, mientras Sauron dormía, fue río abajo hacia el Mar.  Que se quede allí hasta el Fin”.

Gandalf calló, mirando en el este, por encima del pórtico, los picos lejanos de las Montañas Nubladas, en cuyas grandes raíces el peligro del mundo había estado oculto tanto tiempo.  Suspiró.

      -Me equivoqué entonces -dijo-.  Me dejé acunar por las palabras de Saruman el Sabio, pero yo tenía que haber averiguado antes, y el peligro sería menor.

      -Todos nos equivocamos -dijo Elrond- y si no hubiese sido por tu vigilancia quizá las Tinieblas ya habrían caído sobre nosotros. ¡Pero continúa!

      -Desde el principio tuve malos presentimientos, a pesar de las supuestas evidencias -dijo Gandalf – y quise saber cómo había llegado esta cosa a Gollum y cuánto tiempo la había tenido consigo.  Monté pues una guardia pensando que no tardaría en salir de las tinieblas en busca de su tesoro.  Salió, pero consiguió escapar y no pudimos encontrarlo.  Después, ay, descuidé el asunto y me contenté con observar y esperar como hemos hecho demasiado a menudo.

      »Pasó el tiempo y trajo muchas preocupaciones y al fin mis dudas despertaron y se encontraron convertidas en miedo. ¿De dónde venía el Anillo del hobbit?  Y si mi miedo estaba justificado, ¿qué haríamos entonces?  Había que decidirse.  Pero no le hablé de mis temores a nadie, sabiendo qué peligroso podía ser un susurro intempestivo, si llegaba a oídos equivocados.  En el curso de las largas guerras con la Torre Oscura la traición ha sido nuestro mayor enemigo.

»Eso fue hace diecisiete años.  Muy pronto advertí que espías de toda clase, aun bestias y pájaros, se habían reunido alrededor de la Comarca, y mis temores crecieron.  Pedí ayuda a los Dúnedain, que doblaron la guardia, y abrí mi corazón a Aragorn, el heredero de Isildur.

      -Y yo -dijo Aragorn- aconsejé que diéramos caza a Gollum, aunque fuera demasiado tarde.  Y como parecía justo que el heredero de Isildur reparara la falta de Isildur, acompañé a Gandalf en la larga y desesperanzado persecución.

      Luego Gandalf contó cómo habían explorado de extremo a extremo las Tierras Asperas, hasta las mismas Montañas de Sombra y las defensas de Mordor.

      -Allí nos llegaron rumores de Gollum y supusimos que vivía en las lomas oscuras desde hacía tiempo, pero nunca lo encontramos y al fin me desesperé.  Y esa misma desesperación me llevó a pensar en una prueba que podía hacer innecesario ir en busca de Gollum.  El anillo mismo podía decir si era el Unico.  Recordé unas palabras que había oído en el Concilio, palabras de Saruman a las que no había prestado mucha atención en aquel entonces.  Las oía ahora claramente en mi corazón.

      »”Los Nueve, los Siete, y los Tres”, nos dijo, “tienen todos una gema propia.  No el Unico.  Es redondo y sin adornos, como si fuese de menor importancia, pero el hacedor del Anillo le grabó unas marcas que quizá las gentes versadas aún podrían ver y leer”.

      »No nos dijo qué eran esas marcas. ¿Quién podía saberlo?  El hacedor. ¿Y Saruman?  Por mayor que fuera su ciencia, debía de haber una fuente. ¿En qué mano, exceptuando a Sauron, había estado esta cosa, antes que se perdiera?  Sólo en la mano de Isildur.

      »Junto con este pensamiento, abandoné la caza y pasé rápidamente a Gondor.  En otras épocas los miembros de mi orden eran bien recibidos allí, pero sobre todo Saruman, que fue durante mucho tiempo huésped de los Señores de la Ciudad.  El Señor Denethor me recibió más fríamente que en aquella época y me permitió de mala gana que buscara en el montón de pergaminos y libros.

      »”Sí en verdad sólo buscas, como dices, registros de días antiguos y de los comienzos de la ciudad, ¡lee!”, me dijo.  “Para mí, lo que fue es menos oscuro que lo que viene y esa es mi preocupación.  Pero a no ser que tu ciencia supere a la de Saruman, que estudió aquí mucho tiempo, no encontrarás nada que no me sea conocido, pues soy maestro del saber en esta ciudad.”

      »Así dijo Denethor.  Y sin embargo hay allí en sus archivos muchos documentos que ya pocos son capaces de leer, ni siquiera los maestros, pues la escritura y la lengua se han vuelto oscuras para los hombres más recientes.  Y a ti te digo, Boromir: encontrarás en Minas Tirith un pergamino de la mano misma de Isildur que nadie ha leído desde la caída de los Reyes, excepto Saruman y yo.  Pues Isildur no se retiró directamente de la guerra en Mordor, como han dicho algunos.

      -Algunos en el Norte, quizás -interrumpió Boromir-.  Todos saben en Gondor que primero fue a Minas Anor y allí habitó un tiempo con su sobrino Meneldil, instruyéndolo, antes de encomendarle el reinado del Sur.  En ese tiempo plantó allí el último retoño del Arbol Blanco, en memoria de su hermano.

      -Pero en ese tiempo escribió también este pergamino -dijo Gandalf- y eso no se recuerda en Gondor, parece.  Pues el pergamino se refiere al Anillo y ahí ha escrito Isildur:

 

El Gran Anillo pasará a ser ahora una herencia del Reino del Norte; pero los documentos sobre él serán dejados en Gondor, donde también viven los herederos de Elendil, para el tiempo en que el recuerdo de estos importantes asuntos pudiera debilitarse.

 

      »Luego de estas palabras Isildur describe el Anillo, tal como lo encontró:

 

Estaba caliente cuando lo tomé, caliente como una brasa y me quemé la mano, tanto que dudo que pueda librarme alguna vez de ese dolor.  Sin embargo se ha enfriado mientras escribo y parece que se encogiera, aunque si n perder belleza ni forma.  Ya la inscripción que lleva el Anillo, que al principio era clara corno una llama, se ha borrado y ahora apenas puede leerse.  Los caracteres son élficos, de Eregion, pues no hay letras en Mordor para un trabajo tan delicado, pero el lenguaje me es desconocido.  Pienso que se trata de una lengua del País Tenebroso, pues es grosera y bárbara.  Ignoro que mal anuncia, pero la he copiado aquí, para que no caiga en el olvido.  El Anillo perdió, quizás, el calor de la mano de Sauron, que era negra y sin embargo ardía como el fuego, y así Gil-galad fue destruido; quizás si el oro se calentara de nuevo, la escritura reaparecería.  Pero por mi parte no me arriesgaré a dañarlo: de todas las obras de Sauron, la única hermosa.  Me es muy preciado, aunque lo he obtenido con mucho dolor.

     

      »Leí estas palabras y supe que mi pesquisa había terminado.  Pues como Isildur había supuesto, la inscripción había sido grabada en la lengua de Mordor y los sirvientes de la torre y lo que ahí se decía, era ya conocido.  Pues el día en que Sauron se puso el Unico por primera vez, Celebrimbor, hacedor de los Tres, estaba mirándolo y oyó desde lejos cómo pronunciaba estas palabras y así se conocieron los malvados propósitos de Sauron.

      »Me despedí en seguida de Denethor, pero iba aún hacia el norte cuando me llegaron mensajes de Lórien: que Aragorn había estado allí y que había encontrado a la criatura llamada Gollum.  Lo primero que hice fue ir a buscarlo y escuchar su historia.  No me atrevía a imaginar los peligros mortales a que habría estado expuesto.

      -No hay por qué recordarlos -dijo Aragorn-.  Si un hombre tiene que pasar delante de la Puerta Negra, o pisar las flores mortales del Valle de Morgul, conocerá el peligro.  Yo también desesperé al fin y emprendí el camino de vuelta.  Y he ahí que la fortuna me ayudó entonces y tropecé con lo que buscaba: las huellas de unos pies blandos a orillas de un estanque cenagoso.  Las huellas eran frescas, de pasos rápidos, y no iban hacia Mordor: se alejaban.  Las seguí por las orillas de las Ciénagas Muertas y al fin lo alcancé.  En acecho junto a una laguna, mirando las aguas estancadas mientras caía la noche, así atrapé a Gollum.  Un barro verde le cubría el cuerpo.  Nunca nos entenderemos, parece, pues me mordió y yo no me mostré amable.  No obtuve nada de su boca, excepto la marca de unos dientes.  Creo que esa fue la peor parte del viaje, el camino de vuelta, vigilándolo día y noche, obligándolo a caminar delante de mí con una cuerda al cuello, amordazado, llevándolo siempre hacia el Bosque Negro, hasta que la falta de agua y comida lo ablandaron un poco.  Al fin llegamos allí y lo entregué a los elfos, como habíamos convenido, y me alegró librarme de él, pues hedía.  Por mi parte espero no verlo más.  Pero Gandalf llegó y tuvo con él una larga conversación.

      -Sí, larga y fatigosa -dijo Gandalf pero no sin provecho.  Ante todo, lo que me dijo de la pérdida del Anillo concuerda con lo que Bilbo nos ha contado por vez primera abiertamente.  Aunque esto no importa mucho, pues yo había adivinado la verdad.  Pero me enteré entonces de que el Anillo de Gollum procedía del Río Grande, cerca de los Campos Gladios.  Y me enteré también de que lo tenía desde hacía tanto tiempo que habían pasado ya varias generaciones de la pequeña especie de Gollum.  El poder del Anillo le había alargado la vida más allá de lo normal y sólo los Grandes Anillos tienen ese poder.

      »Y si esto no es prueba suficiente, Galdor, hay otra de la que ya he hablado.  En este mismo Anillo que habéis visto ante vosotros, redondo y sin adornos, las letras a las que se refiere Isildur pueden todavía leerse, si uno se atreve a poner un rato al fuego esta cosa de oro.  Así lo hice y esto he leído:

 

Ash nazg durbatulûk, ash nazg gimbatul, ash nazg

thrakatuûúk agh burzum-ishi krimpatul.

 

      Hubo un cambio asombroso en la voz del mago, de pronto amenazadora, poderosa, dura como piedra.  Pareció que una sombra pasaba sobre el sol del mediodía y el pórtico se oscureció un momento.  Todos se estremecieron y los elfos se taparon los oídos.

      -Nunca jamás se ha atrevido voz alguna a pronunciar palabras en esa lengua aquí en Imladris, Gandalf el Gris -dijo Elrond mientras la sombra pasaba y todos respiraban otra vez.

      -Y esperemos que nadie las repita aquí de nuevo -respondió Gandalf -. Sin embargo, no pediré disculpas, Elrond.  Pues si no queremos que esa lengua se oiga en todos los rincones del Oeste, no dudemos de que este Anillo es lo que dijeron los Sabios: el tesoro del enemigo, cargado de maldad; y en él reside gran parte de esa fuerza que nos amenaza desde hace tiempo.  De los Años Oscuros vienen las palabras que los herreros de Eregion oyeron una vez, cuando supieron que habían sido traicionados.

 

Un Anillo para gobernarlos a todos, un Anillo

para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a

todos y atarlos en las Tinieblas.

 

      »Sabed también, mis amigos, que aprendí todavía más de Gollum.  Se resistía a hablar y su relato no era claro, pero no hay ninguna duda de que estuvo en Mordor y que allí le sacaron todo lo que sabía.  De modo que el enemigo sabe que el Unico fue encontrado y que desde hace tiempo está en la Comarca, y como sus sirvientes lo han perseguido casi hasta estas puertas, pronto sabrá, quizás ya sabe, ahora mismo, que lo tenemos aquí.

 

 

            Todos callaron un rato, hasta que al fin Boromir habló. -Una criatura pequeña es este Gollum, dijiste, pequeña, pero muy dañina. ¿Qué se hizo de él? ¿Qué destino le reservaste?

      -Lo tenemos encarcelado, pero nada más -dijo Aragorn-.  Ha sufrido mucho.  No hay duda de que fue atormentado y el miedo a Sauron es un peso que le oscurece el corazón.  Sin embargo, soy el primero en alegrarse de que esté al cuidado de los elfos del Bosque Negro.  La malicia de Gollum es grande y le da una fuerza difícil de creer en alguien tan flaco y macilento.  Podría hacer aún muchas maldades, si estuviese libre.  Y no dudo de que le permitieron salir de Mordor con alguna misión funesta.

      -¡Ay! ¡Ay! – gritó Legolas y el hermoso rostro élfico mostraba una gran inquietud-.  Las noticias que me ordenaron traer tienen que ser dichas ahora.  No son buenas, pero sólo aquí he llegado a entender qué malas pueden ser para vosotros.  Sméagol, ahora llamado Gollum, ha escapado.

      -¿Escapado? -gritó Aragorn-.  Malas noticias en verdad.  Todos lo lamentaremos amargamente, me temo. ¿Cómo es posible que la gente de Thranduil haya fracasado de este modo?

      -No por falta de vigilancia -dijo Legolas-, pero quizá por exceso de bondad.  Y tememos que el prisionero haya recibido ayuda de otros y que estén enterados de nuestros movimientos más de lo que desearíamos.  Vigilamos a esta criatura día y noche, como pidió Gandalf, aunque la tarea era de veras fatigosa.  Pero según Gandalf había alguna posibilidad de que Gollum llegara a curarse y no nos pareció bien tenerlo encerrado todo el tiempo en un calabozo subterráneo, donde recaería en los pensamientos negros de siempre.

      -Fuisteis menos tiernos conmigo -dijo Glóin con un relámpago en los ojos recordando días lejanos, cuando lo habían tenido encerrado en los sótanos de los Reyes Elfos.

      -Un momento -dijo Gandalf -. Te ruego que no interrumpas, mi buen Glóin.  Aquello fue un lamentable malentendido, ya aclarado hace tiempo.  Si hemos de discutir aquí todos los pleitos entre elfos y enanos, será mejor que suspendamos el Concilio.

      Glóin se puso de pie e hizo una reverencia y Legolas continuó: -En los días de buen tiempo llevábamos a Gollum a los bosques y había allí un árbol alto muy separado de los otros al que le gustaba subir.  A menudo le permitíamos que trepara a las ramas más elevadas, donde el viento soplaba libremente, pero montábamos guardia al pie.  Un día se negó a bajar y los guardias no tuvieron ganas de ir a buscarlo.  Gollum había aprendido a sostenerse con los pies tanto como con las manos y los guardias se quedaron junto al árbol hasta muy entrada la noche.

      »Esa misma noche de verano, a la sazón sin luna ni estrellas, los orcos cayeron de pronto sobre nosotros.  Los rechazamos al cabo de un tiempo; eran muchos y feroces, pero venían de las montañas y no estaban acostumbrados a los bosques.  Cuando la lucha terminó, descubrimos que Gollum había desaparecido y que habían matado o apresado a los guardias.  Nos pareció evidente entonces que el propósito del ataque había sido liberar a Gollum y que él lo sabía de antemano.  Cómo habrán urdido todo esto, no pudimos entenderlo, pero Gollum es astuto y los espías del enemigo muy numerosos.  Las criaturas tenebrosas que fueron ahuyentadas el Año de la Caída del Dragón, han vuelto en mayor número y el Bosque Negro es de nuevo un sitio nefasto, fuera de los límites del reino.

      »No hemos podido recapturar a Gollum.  Le seguimos las huellas, entre las de muchos orcos, y vimos que se internaban profundamente en el bosque, hacia el sur.  Pero poco después las perdimos y no nos atrevimos a continuar la caza, pues ya estábamos muy cerca de Dol Guldur, que es todavía un sitio maléfico y que evitamos siempre.

      -Bueno, bueno, se ha ido -dijo Gandalf -. No tenemos tiempo de buscarlo otra vez.  Que haga lo que quiera.  Pero todavía puede desempeñar un papel que ni él ni Sauron han previsto.

      »Y ahora responderé a otras preguntas de Galdor. ¿Qué se hizo de Saruman? ¿Qué nos aconseja en esta contingencia?  Esta historia tendré que contarla entera, pues sólo Elrond la ha oído y muy resumida.  Es el último capítulo de la historia del Anillo, hasta ahora.

 

 

            -A fines de junio yo estaba en la Comarca, pero una nube de ansiedad me ensombrecía la mente y fui cabalgando hasta las fronteras del sur; tenía el presentimiento de un peligro, todavía oculto, pero cada vez más cercano.  Allí me llegaron noticias de guerra y derrota en Gondor y cuando me hablaron de la Sombra Negra, se me heló el corazón.  Pero no encontré nada excepto unos pocos fugitivos del sur; sin embargo me pareció que había en ellos un miedo del que no querían hablar.  Me volví entonces al este y al norte y fui a lo largo del Camino Verde y no lejos de Bree tropecé con un viajero que estaba sentado en el terraplén a orillas del camino, mientras el caballo pacía allí cerca.  Era Radagast el Pardo, que en un tiempo vivió en Rhosgobel, cerca del Bosque Negro.  Pertenece a mi orden, pero no lo veía desde hacía muchos años.

      »”¡Gandalf!”, exclamó.  “Estaba buscándote.  Pero soy un extraño en estos sitios.  Todo lo que sabía es que podías estar en una región salvaje que lleva el raro nombre de Comarca.”

      »”Tu información era correcta”, dije.  “Pero no hables así si te encuentras con algún lugareño.  En este momento estás muy cerca de los lindes de la Comarca. ¿Y qué quieres de mí?  Tiene que ser algo urgente.  Nunca fuiste aficionado a los viajes, si no son muy necesarios.”

      »”Tengo una misión urgente”, me dijo.  “Las noticias son malas.” Miró alrededor, como si los setos pudieran oír.  “Nazgûl”, murmuró.  “Los Nueve han salido otra vez.  Han cruzado el río en secreto y van hacia el oeste.  Han tomado el aspecto de Jinetes vestidos de oscuro.”

      »Supe entonces qué era lo que yo había estado temiendo.

      »”El enemigo ha de tener alguna gran necesidad o propósito”, dijo Radagast, “pero no alcanzo a imaginar qué lo trae a estas regiones distantes y desoladas”.

      » ¿Qué quieres decir?”, pregunté.

      »”Me han dicho que adonde van, los Jinetes piden noticias de una tierra llamada Comarca.”

      »”La Comarca”, dije y sentí que se me encogía el corazón.  Pues aún los Sabios temen enfrentarse a los Nueve, cuando andan juntos y al mando de ese jefe feroz, que antes fue gran rey y mago y que ahora alimenta un miedo mortal.  “¿Quién te lo ha dicho y quién te envió?”,

pregunté.

      »”Saruman el Blanco”, respondió Radagast.  “Y me mandó a decirte que si te parece necesario, él te ayudará, pero tendrías que pedírselo en seguida, o será demasiado tarde.”

      »Y este mensaje me dio esperanzas.  Pues Saruman el Blanco es el más grande de mi orden.  Radagast es, por supuesto, un mago de valor, maestro de formas y tonalidades y sabe mucho de hierbas y bestias y tiene especial amistad con los pájaros.  Pero Saruman estudió hace tiempo las artes mismas del enemigo y gracias a esto a menudo hemos sido capaces de adelantarnos a él.  Fueron las estratagemas de Saruman lo que nos ayudó a echarlo de Dol Guldur.  Era posible que hubiese encontrado alguna arma que haría retroceder a los Nueve.

      »”Iré a ver a Saruman”, dije.

      »”Entonces tienes que ir ahora”, dijo Radagast, “pues perdí mucho tiempo buscándote y los días empiezan a faltar.  Me dijeron que te encontrara antes del solsticio de verano y ya estamos ahí.  Aunque partieras ahora, es difícil que llegues a él antes que los Nueve descubran esa tierra que andan buscando.  Por mi parte me vuelvo en seguida”, y diciendo esto montó y se dispuso a partir.

      »”¡Un momento!”, dije.  “Necesitaremos tu ayuda y la de todas las criaturas que estén de nuestro lado.  Mándales mensajes a todas las bestias y pájaros que son tus amigos.  Diles que transmitan a Saruman y a Gandalf todo lo que sepan sobre este asunto.  Que los mensajes sean enviados a Orthanc.”

      »”Así lo haré”, dijo Radagast, y se alejó al galope como si lo persiguieran los Nueve.

 

 

            -No pude seguirlo en ese momento.  Yo había viajado mucho ese día y me sentía tan cansado como el caballo y tenía que pensar algunas cosas.  Pasé la noche en Bree y decidí que no tenía tiempo de regresar a la Comarca. ¡Nunca cometí mayor error!

      »No obstante, le escribí una nota a Frodo y le pedí a mi amigo el posadero que se la enviase.  Me alejé a caballo al amanecer y al cabo de una larga marcha llegué a la morada de Saruman.  Esta se encuentra lejos en el sur, en Isengard, donde terminan las Montañas Nubladas, no lejos de la Quebrada de Rohan.  Y Boromir os dirá que se trata de un gran valle abierto entre las Montañas Nubladas y las estribaciones septentrionales de Ered Nimrais, las Montañas Blancas de su país.  Pero Isengard es un círculo de rocas desnudas que rodea un valle, como un muro, y en medio de ese valle hay una torre de piedra llamada Orthanc.  No fue edificada por Saruman, sino por los Hombres de Númenor, en otra época; y es muy elevada y tiene muchos secretos; sin embargo no parece ser obra de verdaderos artesanos.  Para llegar a ella hay que atravesar necesariamente el círculo de Isengard y en ese círculo hay sólo una puerta.

      »Tarde, una noche llegué a esa puerta, como un arco amplio en la pared de roca y muy custodiada.  Pero los guardias de la puerta ya habían sido prevenidos y me dijeron que Saruman estaba esperándome.  Pasé bajo el arco y la puerta se cerró en silencio a mis espaldas y de pronto tuve miedo, aunque no supe por qué.

      »Seguí a caballo hasta la torre y tomé la escalera que llevaba a Saruman y allí él salió a mi encuentro y me condujo a una cámara alta.  Llevaba puesto un anillo en el dedo.

      »”Así que has venido, Gandalf”, me dijo gravemente; pero parecía tener una luz blanca en los ojos, como si ocultara una risa fría en el corazón.

      »”Sí, he venido”, dije.  “He venido a pedir ayuda, Saruman el Blanco”, y me pareció que este título lo irritaba.

      »”¡Qué me dices, Gandalf el Gris!”, se burló.  “¿Ayuda?  Pocas veces se ha oído que Gandalf el Gris pidiera ayuda, alguien tan astuto y tan sabio, que va de un lado a otro por las tierras, metiéndose en todos los asuntos, le conciernan o no.”

      »Lo miré asombrado.

      »”Pero si no me engaño”, dije, “hay cosas ahora que requieren la unión de todas nuestras fuerzas”.

      »”Es posible”, me dijo, “pero este pensamiento se te ha ocurrido tarde. ¿Durante cuánto tiempo, me pregunto, estuviste ocultándome, a mí, cabeza del Concilio, un asunto de la mayor gravedad? ¿Qué te trae de tu escondite en la Comarca?”.

      »”Los Nueve han salido otra vez”, respondí.  “Han cruzado el Río.  Así me dijo Radagast.”

      »”¡Radagast el Pardo!”, rió Saruman y no ocultó su desprecio.  “¡Radagast, el domesticador de pajaritos! ¡Radagast el Simple! ¡Radagast el Tonto!  Sin embargo, la inteligencia le alcanzó para interpretar el papel que yo le asigné.  Pues has venido y ese era todo el propósito de mi mensaje.  Y aquí te quedarás, Gandalf el Gris, y descansarás de tus viajes. ¡Pues yo soy Saruman el Sabio, Saruman el Hacedor de Anillos, Saruman el Multicolor!”

      »Lo miré entonces y vi que sus ropas, que habían parecido blancas, no lo eran, pues estaban tejidas con todos los colores, y cuando él se movía las ropas refulgían, como irisadas, confundiendo la vista.

      »”Me gusta el blanco”, le dije.

      »”¡El blanco!”, se mofó.  “Está bien para el principio.  La ropa blanca puede teñirse.  La página blanca puedes cubrirla de letras.  La luz blanca puede quebrarse.”

      »”Y entonces ya no es blanca”, dije.  “Y aquel que quiebra algo para averiguar qué es, ha abandonado el camino de la sabiduría.”

      »”No necesitas hablarme como a uno de esos simplones que tienes por amigos”, dijo.  “No te he hecho venir para que me instruyas, sino para darte una posibilidad.”

»Se puso de pie y comenzó a declamar como si estuviera diciendo un discurso ensayado muchas veces.

      »”Los Días Antiguos han terminado.  Los Días Medios ya están pasando.  Los Días jóvenes comienzan ahora.  El tiempo de los elfos ha quedado atrás, pero el nuestro está ya muy cerca: el mundo de los hombres, que hemos de gobernar.  Pero antes necesitamos poder, para ordenarlo todo como a nosotros nos parezca y alcanzar ese bien que sólo los Sabios entienden.”

      »Saruman se acercó y me habló en voz más baja.

      »”¡Y escucha, Gandalf mi viejo amigo y asistente!  Digo nosotros, y podrá ser nosotros, si te unes a mí.  Un nuevo Poder está apareciendo.  Ya no podemos poner nuestras esperanzas en los elfos o el moribundo Númenor.  Contra ese poder no nos servirán los aliados y métodos de antes.  Hay una sola posibilidad para ti, para nosotros.  Tenemos que unirnos a ese Poder.  Es el camino de la prudencia, Gandalf.  Hay esperanzas de ese modo.  La victoria del Poder está próxima y habrá grandes recompensas para quienes lo ayuden.  A medida que el Poder crezca, también crecerán los amigos probados, y los Sabios como tú y yo podríamos con paciencia llegar al fin a dominarlo, a gobernarlo.  Podemos tomarnos tiempo, podemos esconder nuestros designios, deplorando los males que se cometan al pasar, pero aprobando las metas elevadas y últimas: Conocimiento, Dominio, Orden, todo lo que hasta ahora hemos tratado en vano de alcanzar, entorpecidos más que ayudados por nuestros perezosos o débiles amigos.  No tiene por qué haber, no habrá ningún cambio real en nuestros designios, sólo en nuestros medios.”

»”Saruman”, dije, “he oído antes discursos parecidos, pero sólo en boca de los emisarios que Mordor envía para engañar a los ignorantes.  No puedo pensar que me hayas hecho venir de tan lejos sólo para fatigarme los oídos”.

      »Saruman me miró de soslayo, e hizo una pausa, reflexionando.

      »”Bueno, ya veo que este sabio camino no te parece recomendable”, dijo.  “¿No todavía? ¿No si pudiésemos arbitrar otros medios mejores?”

      »Se acercó y me puso una larga mano sobre el brazo.

      »”¿Y por qué no, Gandalf?”, murmuró.  “¿Por qué no? ¿El Anillo Soberano?  Si pudiéramos tenerlo, el Poder pasaría a nosotros.  Por eso en verdad te hice venir.  Pues tengo muchos ojos a mi servicio y creo que sabes dónde está ahora ese precioso objeto, ¿no es así? ¿Por qué si no, preguntan los Nueve por la Comarca, y qué haces tú en ese sitio?”

      »Y mientras esto decía una codicia que no pudo ocultar le brilló de pronto en los ojos.

      »”Saruman”, le dije, apartándome de él, “sólo una mano por vez puede llevar el Unico, como tú sabes, ¡de modo que no te molestes en decir nosotros!  Pero no te lo daré, no, ni siquiera te daré noticias sobre él, ahora que sé lo que piensas.  Eras jefe del Concilio, pero al fin te sacaste la máscara.  Bueno, las posibilidades son, parece, someterme a Sauron, o a ti.  No me interesa ninguna de las dos. ¿No tienes otra cosa que ofrecerme?”

      “Sí”, dijo. “No esperé que mostraras mucha sabiduría, ni aun para tu propio beneficio, pero te di la posibilidad de que me ayudaras por tu propia voluntad, evitándote así dificultades y sinsabores.  La tercera solución es que te quedes aquí, hasta el fin”.

      »”¿Hasta el fin?”

      »”Hasta que me reveles dónde está el Unico.  Puedo encontrar medios de persuadirte. O hasta que se lo encuentre, a pesar de ti, y el Soberano tenga tiempo para asuntos de importancia menor: pensar por ejemplo cómo retribuir adecuadamente a Gandalf el Gris por tantos estorbos e insolencias.”

»”Quizá no sea ese un asunto de importancia menor”, dije, pero Saruman se rió de mí, pues mis palabras no tenían ningún sentido, y él lo sabía.

 

 

            -Me tomaron y me encerraron solo en lo más alto de Orthanc, en el sitio donde Saruman acostumbraba mirar las estrellas.  No hay otro modo de descender que por una estrecha escalera de muchos miles de escalones y parece que el valle estuviera muy lejos allá abajo.  Lo miré y vi que la hierba y la hermosura de otro tiempo habían desaparecido y que ahora había allí pozos y fraguas.  Lobos y orcos habitaban en Isengard, pues Saruman estaba alistando una gran fuerza y emulando a Sauron, aún no a su servicio.  Sobre todas aquellas fraguas flotaba un humo oscuro que se apretaba contra los flancos de Orthanc.  Yo estaba solo en una isla rodeada de nubes; no tenía ninguna posibilidad de escapar y mis días eran de amargura.  Me sentía traspasado de frío y tenía poco espacio para moverme y me pasaba las horas cavilando sobre la llegada de los Jinetes del Norte.

      »De que los Nueve estaban otra vez activos, no me cabía ninguna duda, aun no teniendo en cuenta las palabras de Saruman, que quizás eran mentiras.  Mucho antes de entrar en Isengard me habían llegado noticias en el camino que no podían inducir a error.  El destino de mis amigos de la Comarca me preocupaba de veras, pero todavía abrigaba alguna esperanza.  Y esperaba que Frodo se hubiese puesto en seguida en camino, como le había recomendado en mi carta, y que hubiera llegado a Rivendel antes que comenzara la mortal persecución.  Tanto mi temor como mi esperanza resultaron infundados.  Pues la raíz de mi esperanza era un hombre gordo en Bree y la raíz de mi temor la astucia de Sauron.  Pero los hombres gordos que venden cerveza tienen muchas llamadas que atender y el miedo le atribuye a Sauron un poder que todavía le falta.  Pero en el círculo de Isengard, prisionero y solo, no era fácil pensar que los cazadores ante quienes todos habían huido, o caído, fracasarían en la lejana Comarca.

      -¡Yo te vi! – gritó Frodo -. Caminabas retrocediendo y avanzando.  La luna te brillaba en los cabellos.

Gandalf se detuvo asombrado y lo miró.

      -Fue sólo un sueño -dijo Frodo-, pero lo recordé de pronto.  Lo había olvidado.  Ocurrió hace algún tiempo; después de haber dejado la Comarca, me parece.

      -Entonces te llegó tarde -dijo Gandalf-, como verás.  Yo me encontraba en un verdadero apuro.  Y quienes me conocen convendrán en que me he visto pocas veces en una situación parecida y que no las soporto bien. ¡Gandalf el Gris cazado como una mosca en la tela traicionera de una araña!  Sin embargo, aun las arañas más hábiles pueden dejar un hilo flojo.

      »Temí al principio, como Saruman sin duda se había propuesto, que Radagast hubiese sucumbido también.  Sin embargo, yo no había llegado a distinguir nada malo en la voz o los ojos de Radagast, el día de nuestro encuentro.  Si así no hubiese sido, yo no habría ido nunca a Isengard, o habría ido con más cuidado.  Eso mismo pensó Saruman y no había confesado sus propósitos y había engañado al mensajero.  De cualquier modo hubiera sido inútil tratar de que el honesto Radagast apoyara la traición.  Me buscó de buena fe, y por eso me convenció.

      »Esto fue la ruina del plan de Saruman.  Pues Radagast no tenía razones para no hacer lo que yo le había pedido y cabalgó hacia el Bosque Negro donde contaba con viejos amigos.  Y las Aguilas de las Montañas volaron lejos y alrededor y vieron muchas cosas: la concentración de lobos y el alistamiento de orcos; y los Nueve Jinetes que iban de acá para allá por las tierras; y oyeron rumores de la huida de Gollum.  Y enviaron un mensajero para que me llevara esas noticias.

»Así ocurrió que una noche de luna, ya terminando el verano, Gwaihir el Señor de los Vientos, la más rápida de las Grandes Aguilas, llegó de pronto a Orthanc; y me encontró de pie en la cima de la torre.  Le hablé entonces y me llevó por los aires, antes que Saruman se diera cuenta.  Yo ya estaba lejos cuando los lobos y los orcos salieron por las puertas de Isengard en mi persecución.

      »”¿Hasta dónde puedes llevarme?”, le dije a Gwaihir.

      »”Muchas leguas”, me dijo, “pero no hasta el fin de la tierra.  Me enviaron a llevar noticias y no cargas”.

      »”Entonces tendré que conseguir un caballo en tierra”, dije “y un caballo de veras rápido, pues nunca en mi vida tuve tanta prisa”.

      »”Si es así te llevaré a Edoras, donde reside el Señor de Rohan”, me dijo, “pues no está muy lejos”.

      »Me alegré, pues en la Marca de los Jinetes de Rohan, habitan los Rohirrim, los Señores de los Caballos, y no hay caballos como aquellos que se crían en el valle, entre las Montañas Nubladas y las Blancas.

      »”¿Podemos confiar todavía en los Hombres de Rohan, tú crees?”, le dije a Gwaihir pues la traición de Saruman había debilitado mi confianza.

      »”Pagan un tributo de caballos”, me respondió, “y todos los años mandan muchos a Mordor, o así se dice; pero no han caído aún bajo el yugo.  Pero si Saruman se ha vuelto malo, como dices, la ruina de esta gente no podrá tardar mucho”.

 

 

            .-Poco antes del alba me dejó en tierras de Rohan, y he alargado demasiado mi historia.  El resto tendrá que ser más breve.  En Rohan descubrí que el mal ya estaba trabajando: las mentiras de Saruman; y el rey no quiso prestar atención a mis advertencias.  Me invitó a que tomara un caballo y me fuera, y elegí uno muy a mi gusto, pero poco al suyo.  Tomé el mejor caballo de aquellas tierras y nunca he visto nada que se le parezca.

      -Entonces tiene que ser una bestia muy noble -dijo Aragorn y saber que Sauron recibe tales tributos me entristece más que muchas otras noticias que pudieran parecer peores.  No era así cuando estuve por última vez en esa tierra.

      -Ni lo es ahora, lo juraría -dijo Boromir-.  Es una mentira que viene del enemigo.  Conozco a los Hombres de Rohan, sinceros y valientes, nuestros aliados; aún viven en las tierras que les dimos hace mucho tiempo.

      -La sombra de Mordor se extiende sobre países lejanos -respondió Aragorn-.  Saruman ha caído bajo esa sombra.  Rohan está sitiada.  Quién sabe lo que encontrarás allí, si vuelves alguna vez.

      -No por lo menos eso -dijo Boromir- de que regalan caballos para salvar la vida.  Aman tanto a los caballos como a sus familias.  Y no sin razón, pues los caballos de la Marca de los Jinetes vienen de los campos del Norte, lejos de la Sombra, y la raza de estos animales, como la de los amos, se remonta a los días libres de antaño.

      -¡Muy cierto! – dijo Gandalf -. Y hay uno entre ellos que debe de haber nacido en la mañana del mundo.  Los caballos de los Nueve no podrían competir con él: incansable, rápido como el soplo del viento.  Sombragrís lo llaman.  Durante el día el pelo le reluce como plata y de noche es como una sombra y pasa inadvertido.  Tiene el paso leve.  Nunca un hombre lo había montado antes, pero yo lo tomé y lo domé y me llevó tan rápidamente que yo ya había llegado a la Comarca cuando Frodo estaba aún en los Túmulos, aunque salí de Rohan cuando él dejaba Hobbiton.

      »Pero el miedo crecía en mí mientras cabalgaba.  A medida que iba hacia el Norte me llegaban noticias de los Jinetes y aunque les ganaba terreno día a día, siempre estaban delante de mí.  Habían dividido las fuerzas, supe; algunas quedaron en las fronteras del este, no lejos del Camino Verde y otras invadieron la Comarca desde el sur.  Llegué a Hobbiton y Frodo ya había partido, pero cambié unas palabras con el viejo Gamyi.  Demasiadas palabras y pocas pertinentes.  Tenía mucho que decirme de los defectos que afligían a los nuevos propietarios de Bolsón Cerrado.

      »”No soporto los cambios”, dijo, “no a mi edad y menos aún los cambios para peor.  Cambios para peor”, repitió varias veces.

»”Peor es fea palabra”, le dije, “y espero que no vivas para verlo”. »Pero entre toda esta charla alcancé a oír al fin que Frodo había dejado Hobbiton una semana antes y que un jinete Negro había visitado la loma esa misma noche.  Me alejé al galope, asustado.  Llegué a Los Gamos y lo encontré alborotado, activo como un hormiguero que ha sido removido con una vara.  Fui a Cricava y la casa estaba abierta y vacía, pero en el umbral encontré una capa que había sido de Frodo.  Entonces y por un tiempo perdí toda esperanza; no me quedé a recoger noticias, que me hubiesen aliviado, y corrí tras las huellas de los Jinetes.  Eran difíciles de seguir, pues se separaban en muchas direcciones, y al fin me desorienté.  Me pareció que uno o dos habían ido hacia Bree y allá fui yo también, pues se me habían ocurrido unas palabras que quería decirle al posadero.

      »”Mantecona lo llaman”, pensé.  “Si es culpable de esta demora, le derretiré toda la manteca, asándolo a fuego lento a ese viejo tonto.”

      »El no esperaba menos, pues cuando me vio cayó redondo al suelo y comenzó a derretirse allí mismo.

      -¿Qué le hiciste? -gritó Frodo, alarmado-.  Fue realmente muy amable con nosotros e hizo todo lo que pudo.

      Gandalf rió.

      -¡No temas! -dijo-.  No muerdo y ladré pocas veces.  Tan contento estaba yo con las noticias que le saqué, cuando se le fueron los temblores, que abracé al buen hombre.  Yo no entendía cómo habían pasado las cosas, pero supe que habías estado en Bree la noche anterior y que esa misma mañana habías partido con Trancos.

      »”¡Trancos!”, dije con un grito de alegría.

      »”Sí, señor, temo que sí, señor”, dijo Mantecona malentendiéndome.  “No pude impedir que se acercara a ellos y ellos se fueron con él.  Actuaron de un modo muy raro todo el tiempo que estuvieron aquí; tercos, diría yo.”

      »”¡Asno! ¡Tonto! ¡Tres veces digno y querido Cebadilla!”, dije.  “Son las mejores noticias que he tenido desde el solsticio de verano; valen por lo menos una pieza de oro. ¡Que tu cerveza se beneficie con un encantamiento de excelencia insuperable durante siete años!”, dije.  “Ahora puedo tomarme una noche de descanso, la primera desde no sé cuánto tiempo.”

 

 

            -De modo que pasé allí la noche, preguntándome qué habría sido de los Jinetes; en Bree no se habían visto sino dos o tres, parecía.  Aunque esa noche oímos más.  Cinco por lo menos llegaron del oeste y echaron abajo las puertas y atravesaron Bree como un viento que aúlla; y las gentes de Bree están todavía temblando y esperando el fin del mundo.  Me levanté antes del alba y fui tras ellos.

      »No estoy seguro, pero yo diría que fue esto lo que ocurrió.  El capitán de los Jinetes permaneció en secreto al sur de Bree, mientras dos de ellos cruzaban la aldea y cuatro más invadían la Comarca.  Pero luego de haber fracasado en Bree y Cricava, llevaron las noticias al capitán, descuidando un rato la vigilancia del camino, donde sólo quedaron los espías.  Entonces el capitán mandó a algunos hacia el este, cruzando la región en línea recta, y él y el resto fueron al galope a lo largo del camino, furiosos.

      »Corrí hacia la Cima de los Vientos y llegué allí antes de la caída del sol en mi segunda jornada desde Bree y ellos ya estaban allí.  Se retiraron en seguida, pues sintieron la llegada de mi cólera y no se atrevían a enfrentaría mientras el sol estuviese en el cielo.  Pero durante la noche cerraron el cerco y me sitiaron en la cima de la montaña, en el antiguo anillo de Amon Sûl.  Fue difícil para mí en verdad.  Una luz y una llama semejantes no se habían visto en la Cima de los Vientos desde las hogueras de guerra de otras épocas.

      »Al amanecer escapé de prisa hacia el norte.  No podía hacer otra cosa.  Era imposible encontrarte en el desierto, Frodo, y hubiese sido una locura intentarlo con los Nueve pisándome los talones.  De modo que tenía que confiar en Aragorn.  Yo esperaba desviar a algunos de ellos y llegar a Rivendel antes que tú y enviar ayuda.  Cuatro Jinetes vinieron detrás de mí, pero se volvieron al cabo de un rato y me pareció que iban hacia el vado.  Esto ayudó un poco, pues eran sólo cinco, no nueve, cuando atacaron tu campamento.

      »Llegué aquí al fin siguiendo un camino largo y difícil, remontando el Fontegrís y cruzando las Landas de Etten y descendiendo desde el norte.  Tardé casi quince días desde la Cima de los Vientos, pues no es posible cabalgar entre las rocas en las colinas de los trolls, y despedí al caballo.  Lo envié de vuelta a su amo, pero una gran amistad ha nacido entre nosotros y si lo necesito vendrá a mi llamada.  Y así sucedió que llegué a Rivendel sólo tres días antes que el Anillo y las noticias del peligro que corría ya se conocían aquí, lo que era buena señal.

      »Y esto, Frodo, es el fin de mi relato.  Que Elrond y los demás me perdonen que haya sido tan extenso.  Pero esto nunca había ocurrido antes, que Gandalf faltara a una cita y no cumpliera lo prometido.  Había que dar cuenta de un suceso tan raro al Portador del Anillo, me parece.

      »Bueno, la historia ya ha sido contada, del principio al fin.  Henos aquí reunidos y he aquí el Anillo.  Pero no estamos más cerca que antes de nuestro propósito. ¿Qué haremos?

 

 

            Hubo un silencio.  Luego Elrond habló otra vez.

      -Las noticias que conciernen a Saruman son graves -dijo-, pues confiamos en él y está muy enterado de lo que pasa en los concilios.  Es peligroso estudiar demasiado a fondo las artes del enemigo, para bien o para mal.  Mas tales caídas y traiciones, ay, han ocurrido antes.  De los relatos que hoy hemos oído, el de Frodo me parece el más raro.  He conocido pocos hobbits, excepto a Bilbo aquí presente, y creo que no es quizás una figura tan solitaria y peculiar como yo había pensado.  El mundo ha cambiado mucho desde mis últimos viajes por los caminos del oeste.

      »Las Quebradas de los Túmulos las conocemos bajo muchos nombres y del Bosque Viejo se han contado muchas historias.  Todo lo que queda de él es un macizo en lo que era la frontera norte.  Hubo un tiempo en que una ardilla podía ir de árbol en árbol desde lo que es ahora la Comarca hasta las Tierras Brunas al oeste de Isengard.  Por esas tierras yo viajé una vez y conocí muchas cosas extrañas y salvajes.  Pero había olvidado a Bombadil, si en verdad éste es el mismo que caminaba hace tiempo por los bosques y colinas, y ya era el más viejo de todos los viejos.  No se llamaba así a la sazón. Iarwain Ben-adar lo llamábamos: el más antiguo y el que no tiene padre.  Aunque otras gentes lo llamaron de otro modo: fue Forn para los enanos, Orald para los Hombres del Norte y tuvo muchos otros nombres.  Es una criatura extraña, pero quizá debiéramos haberlo invitado a nuestro Concilio.

      -No hubiese venido -dijo Gandalf.

      -¿No habría tiempo aún de enviarle un mensaje y obtener su ayuda? -preguntó Erestor-.  Parece que tuviera poder aún sobre el Anillo.

      -No, yo no lo diría así -respondió Gandalf -. Diría mejor que el Anillo no tiene poder sobre él.  Es su propio amo.  Pero no puede cambiar el Anillo mismo, ni quitar el poder que tiene sobre otros.  Y ahora se ha retirado a una región pequeña, dentro de límites que él mismo ha establecido, aunque nadie puede verlos, esperando quizás a que los tiempos cambien, y no dará un paso fuera de ellos.

      -Sin embargo dentro de esos límites nada parece amedrentarlo -dijo Erestor-. ¿No tomaría él el Anillo guardándolo allí, inofensivo para siempre?

      -No -dijo Gandalf -, no voluntariamente.  Lo haría si la gente libre del mundo llegara a pedírselo, pero no entendería nuestras razones.  Y si le diésemos el Anillo, lo olvidaría pronto, o más probablemente lo tiraría.  No le interesan estas cosas.  Sería el más inseguro de los guardianes y esto solo es respuesta suficiente.

      -De cualquier modo -dijo Glorfindel- enviarle el Anillo sería sólo posponer el día de la sentencia.  Vive muy lejos.  No podríamos llevárselo sin que nadie sospechara, sin que nos viera algún espía.  Y aunque fuese posible, tarde o temprano el Señor de los Anillos descubriría el escondite y volcaría allí todo su poder. ¿Bombadil solo podría desafiar todo ese poder?  Creo que no.  Creo que al fin, si todo lo demás es conquistado, Bombadil caerá también, el Ultimo, así como fue el Primero y luego vendrá la noche.

      -Poco sé de Iarwain excepto el nombre -dijo Galdor-, pero Glorfindel, pienso, tiene razón.  El poder de desafiar al enemigo no está en él, a no ser que esté en la tierra misma.  Y sabemos sin embargo que Sauron puede torturar y destruir las colinas.  El poder que todavía queda está aquí entre nosotros, en Imladris, o en Cirdan de los Puertos, o en Lórien. ¿Pero tienen ellos la fuerza, tendremos nosotros la fuerza de resistir al enemigo, la llegada de Sauron en los últimos días, cuando todo lo demás ya haya sido dominado?

      -Yo no tengo la fuerza -dijo Elrond-, ni tampoco ellos.

      -Entonces si la fuerza no basta para mantener el Anillo fuera del alcance del enemigo -dijo Glorfindel- sólo nos queda intentar dos cosas: llevarlo al otro lado del mar, o destruirlo.

      -Pero Gandalf nos ha revelado que los medios de que nosotros disponemos no podrían destruirlo -dijo Elrond-.  Y aquellos que habitan más allá del mar no lo recibirán: para mal o para bien pertenece a la Tierra Media.  El problema tenemos que resolverlo nosotros, los que aún vivimos aquí.

      -Entonces -dijo Glorfindel- arrojémoslo a las profundidades y que las mentiras de Saruman sean así verdad.  Pues es claro que aun en el Concilio ha venido siguiendo un camino tortuoso.  Sabía que el Anillo no se había perdido para siempre, pero deseaba que nosotros lo creyéramos, pues ya estaba codiciándolo.  La verdad se oculta a veces en la mentira.  Estaría seguro en el mar.

      -No seguro para siempre -dijo Gandalf -. Hay muchas cosas en las aguas profundas y los mares y las tierras pueden cambiar.  Y nuestra tarea aquí no es pensar en una estación, o en unas pocas generaciones de hombres, o en una época pasajera del mundo.  Tenemos que buscar un fin definitivo a esta amenaza, aunque no esperemos encontrarlo.

      -No lo encontraremos en los caminos que van al mar -dijo Galdor-.  Si se cree que llevárselo a Iarwain es demasiado peligroso, en la huida hacia el mar hay ahora un peligro mucho mayor.  El corazón me dice que Sauron esperará que tomemos el camino del oeste, cuando se entere de lo ocurrido.  Se enterará pronto.  Los Nueve han quedado a pie, es cierto, pero esto no nos da más que un respiro, hasta que encuentren nueve cabalgaduras y más rápidas.  Sólo la menguante fuerza de Gondor se alza ahora entre él y una marcha de conquista a lo largo de las costas, hacia el norte, y si viene y llega a apoderarse de las torres blancas y los puertos, es posible que los elfos ya no puedan escapar a las sombras que se alargan sobre la Tierra Media.

      -Esa marcha será impedida por mucho tiempo -dijo Boromir-.  Gondor mengua, dices.  Pero se mantiene en pie, y aun declinante, la fuerza de Gondor es todavía poderosa.

      -Y sin embargo ya no es capaz de parar a los Nueve -dijo Galdor-.  Y el enemigo puede encontrar otros caminos que Gondor no vigila.

      -Entonces -dijo Erestor- hay sólo dos rumbos, como Glorfindel ya ha dicho: esconder el Anillo para siempre, o destruirlo.  Pero los dos están más allá de nuestro alcance. ¿Quién nos resolverá este enigma? -Nadie aquí puede hacerlo -dijo Elrond gravemente-.  Al menos nadie puede decir qué pasará si tomamos este camino o el otro.  Pero ahora creo saber ya qué camino tendríamos que tomar.  El occidental parece el más fácil.  Por lo tanto hay que evitarlo.  Lo vigilarán.  Los elfos han huido a menudo por ese camino.  Ahora, en circunstancias extremas, hemos de elegir un camino difícil, un camino imprevisto.  Esa es nuestra esperanza, si hay esperanza: ir hacia el peligro, ir a Mordor.  Tenemos que echar el Anillo al Fuego.

 

 

            Hubo otro silencio.  Frodo, aun en aquella hermosa casa, que miraba a un valle soleado, de donde llegaba un arrullo de aguas claras, sintió que una oscuridad mortal le invadía el corazón.  Boromir se agitó en el asiento y Frodo lo miró.  Tamborileaba con los dedos sobre el cuerno y fruncía el ceño.  Al fin habló.

      -No entiendo todo esto -dijo-.  Saruman es un traidor, pero ¿no tuvo ni una chispa de sabiduría? ¿Por qué habláis siempre de ocultar y destruir? ¿Por qué no pensar que el Gran Anillo ha llegado a nuestras manos para servirnos en esta hora de necesidad?  Llevando el Anillo, los Señores de los Libres podrían derrotar al enemigo.  Y esto es lo que él teme, a mi entender.

      »Los Hombres de Gondor son valientes y nunca se someterán; pero pueden ser derrotados.  El valor necesita fuerza ante todo y luego un arma.  Que el Anillo sea vuestra arma, si tiene tanto poder como pensáis. ¡Tomadlo y marchad a la victoria!

      -Ay, no -dijo Elrond-.  No podemos utilizar el Anillo Soberano.  Esto lo sabemos ahora demasiado bien.  Le pertenece a Sauron, pues él lo hizo solo y es completamente maléfico.  La fuerza del Anillo, Boromir, es demasiado grande para que alguien lo maneje a voluntad, salvo aquellos que ya tienen un gran poder propio.  Pero para ellos encierra un peligro todavía más mortal.  Basta desear el Anillo para que el corazón se corrompa.  Piensa en Saruman.  Si cualquiera de los Sabios derrocara con la ayuda del Anillo al Señor de Mordor, empleando las mismas artes que él, terminaría instalándose en el trono de Sauron y un nuevo Señor Oscuro aparecería en la tierra.  Y esta es otra razón por la que el Anillo tiene que ser destruido; en tanto esté en el mundo será un peligro aun para los Sabios.  Pues nada es malo en un principio.  Ni siquiera Sauron lo era.  Temo tocar el Anillo para esconderlo.  No tomaré el Anillo para utilizarlo.

      -Ni yo tampoco -dijo Gandalf.

      Boromir los miró con aire de duda, pero asintió inclinando la cabeza.

      -Que así sea entonces -dijo-.  La gente de Gondor tendrá que confiar en las armas ya conocidas.  Y al menos mientras los Sabios guarden el Anillo, seguiremos luchando.  Quizá la Espada sea capaz aún de contener la marea, si la mano que la esgrime no sólo ha heredado un arma sino también el nervio de los Reyes de los Hombres.

      -¿Quién puede decirlo? -dijo Aragorn-.  La pondremos a prueba algún día.

      -Que ese día no tarde -dijo Boromir-.  Pues aunque no pido ayuda la necesitamos.  Nos animaría saber que otros luchan también con todos los medios de que disponen.

      -Anímate, entonces -dijo Elrond-.  Pues hay otros poderes y reinos que no conoces, que están ocultos para ti.  El caudal del Anduin el Grande baña muchas orillas antes de llegar a Argonath y a las Puertas de Gondor.

      -Aun así podría convenir a todos -dijo Glóin el enano- que todas estas fuerzas se unieran y que los poderes de cada uno se utilizaran de común acuerdo.  Puede haber otros anillos, menos traicioneros, a los que podríamos recurrir.  Los Siete están perdidos para nosotros, si Balin no ha encontrado el anillo de Thrór, que era el último.  Nada se ha sabido de él desde que Thrór pereció en Moria.  En verdad, puedo revelar ahora que uno de los motivos del viaje de Balin era la esperanza de encontrar ese anillo.

      -Balin no encontrará ningún anillo en Moria -dijo Gandalf-.  Thrór se lo dio a su hijo Thráin, pero Thráin no se lo dio a Thorin.  Se lo quitaron a Thráin torturándolo en los calabozos de Dol Guldur.  Llegué demasiado tarde.

      -¡Ah, ay! -gritó Glóin-. ¿Cuándo será el día de nuestra venganza?  Pero todavía quedan los Tres. ¿Qué hay de los Tres Anillos de los Elfos?  Anillos muy poderosos, dicen. ¿No los guardan consigo los Señores de los Elfos?  Sin embargo ellos también fueron hechos por el Señor Oscuro tiempo atrás. ¿Están ociosos?  Veo Señores de los Elfos aquí. ¿No dirán nada?

      Los elfos no respondieron.

      -¿No me has oído, Glóin? -dijo Elrond-.  Los Tres no fueron hechos por Sauron, ni siquiera llegó a tocarlos alguna vez.  Pero de ellos no es permitido hablar.  Aunque algo diré, en esta hora de dudas.  No están ociosos.  Pero no fueron hechos como armas de guerra o conquista; no es ese el poder que tienen.  Quienes los hicieron no deseaban ni fuerza ni dominio ni riquezas, sino el poder de comprender, crear y curar, para preservar todas las cosas en cierta medida, y con dolor.  Pero todo lo que haya sido alcanzado por quienes se sirven de los Tres se volverá contra ellos, y Sauron leerá en las mentes y los corazones de todos, si recobra el Unico.  Habría sido mejor que los Tres nunca hubieran existido.  Esto es lo que Sauron pretende.

      -¿Pero qué sucederá si el Anillo Soberano es destruido, como aconsejas? -preguntó Glóin.

      -No lo sabemos con seguridad -respondió Elrond tristemente-.  Algunos esperan que los Tres Anillos, que Sauron nunca tocó, se liberen entonces y quienes gobiernen los Anillos podrían curar así las heridas que el Unico ha causado en el mundo.  Pero es posible también que cuando el Unico desaparezca, los Tres se malogren y que junto con ellos se marchiten y olviden muchas cosas hermosas.  Eso es lo que creo.

      -Sin embargo todos los elfos están dispuestos a correr ese riesgo -dijo Glorfindel-, si pudiéramos destruir el poder de Sauron y librarnos para siempre del miedo a que domine el mundo.

      -Así volvemos otra vez a la destrucción del Anillo -dijo Erestor y sin embargo no estamos más cerca. ¿De qué fuerza disponemos para encontrar el Fuego en que fue forjado?  Es el camino de la desesperación.  De la locura, podría decir, si la larga sabiduría de Elrond no me lo impidiese.

      -¿Desesperación, o locura? -dijo Gandalf-.  No desesperación, pues sólo desesperan aquellos que ven el fin más allá de toda duda.  Nosotros no.  Es sabiduría reconocer la necesidad, cuando todos los otros cursos ya han sido considerados, aunque pueda parecer locura a aquellos que se atan a falsas esperanzas.  Bueno, ¡que la locura sea nuestro manto, un velo en los ojos del enemigo!  Pues él es muy sagaz y mide todas las cosas con precisión, según la escala de su propia malicia.  Pero la única medida que conoce es el deseo, deseo de poder, y así juzga todos los corazones.  No se le ocurrirá nunca que alguien pueda rehusar el poder, que teniendo el Anillo queramos destruirlo.  Si nos ponemos en meta, confundiremos todas sus conjeturas.

      -Al menos por un tiempo -dijo Elrond-.  Hay que tomar ese camino, pero recorrerle será difícil.  Y ni la fuerza ni la sabiduría podrían llevarnos muy lejos.  Los débiles pueden intentar esta tarea con tantas esperanzas como los fuertes.  Sin embargo, así son a menudo los trabajos que mueven las ruedas del mundo.  Las manos pequeñas hacen esos trabajos porque es menester hacerlos, mientras los ojos de los grandes se vuelven a otra parte.

      -¡Muy bien, muy bien, señor Elrond! – dijo Bilbo de pronto -. ¡No digas más!  El propósito de tu discurso es bastante claro.  Bilbo el hobbit tonto comenzó este asunto y será mejor que Bilbo lo termine, o que termine él mismo.  Yo estaba muy cómodo aquí, ocupado en mi obra.  Si quieres saberlo, en estos días estoy escribiendo una conclusión.  Había pensado poner: y desde entonces vivió feliz hasta el fin de sus días.  Era un buen final, aunque se hubiera usado antes.  Ahora tendré que alterarlo: no parece que vaya a ser verdad, y de todos modos es evidente que habrá que añadir otros varios capítulos, si vivo para escribirlos.  Es muy fastidioso. ¿Cuándo he de ponerme en camino?

Boromir miró sorprendido a Bilbo, pero la risa se le apagó en los labios cuando vio que todos los otros miraban con grave respeto al viejo hobbit.  Sólo Glóin sonreía, pero la sonrisa le venía de viejos recuerdos.

      -Por supuesto, mi querido Bilbo -dijo Gandalf-.  Si tú iniciaste realmente este asunto, tendrás que terminarlo.  Pero sabes muy bien que decir he iniciado es de una pretensión excesiva para cualquiera, y que los héroes desempeñan siempre un pequeño papel en las grandes hazañas.  No tienes por qué inclinarte.  Sabemos que tus palabras fueron sinceras, y que bajo esa apariencia de broma nos hacías un ofrecimiento valeroso.  Pero que supera tus fuerzas, Bilbo.  No puedes empezar otra vez, el problema ha pasado a otras manos.  Si aún tienes necesidad de mi consejo, te diría que tu parte ha concluido, excepto como cronista. ¡Termina el libro, y no cambies el final!  Todavía hay esperanzas de que sea posible.  Pero prepárate a escribir una continuación, cuando ellos vuelvan.

Bilbo rió.

      -No recuerdo que me hayas dado antes un consejo agradable -dijo-.  Como todos tus consejos desagradables han resultado buenos, me pregunto si éste no será malo.  Sin embargo, no creo que me quede bastante fuerza o suerte como para tratar con el Anillo.  Ha crecido y yo no. Pero dime, ¿a quién te refieres cuando dices ellos?

      -A los mensajeros que llevarán el Anillo.

      -¡Exactamente! ¿Y quiénes serán?  Eso es lo que el Concilio ha de decidir, me parece, y ninguna otra cosa.  Los elfos se alimentan de palabras y los enanos soportan grandes fatigas; yo soy sólo un viejo hobbit y extraño el almuerzo. ¿Se te ocurren algunos nombres? ¿O lo dejamos para después de comer.

 

 

            Nadie respondió.  Sonó la campana del mediodía.  Nadie habló tampoco ahora.  Frodo echó una ojeada a todas las caras, pero no lo miraban a él; todo el Concilio bajaba los ojos, como sumido en profundos pensamientos.  Sintió que un gran temor lo invadía, como si estuviese esperando una sentencia que ya había previsto hacía tiempo, pero que no deseaba oír.  Un irresistible deseo de descansar y quedarse a vivir en Rivendel junto a Bilbo le colmó el corazón.  Al fin habló haciendo un esfuerzo y oyó sorprendido sus propias palabras, como si algún otro estuviera sirviéndose de su vocecita.

      -Yo llevaré el Anillo -dijo-, aunque no sé cómo.

 

 

            Elrond alzó los ojos y lo miró y Frodo sintió que aquella mirada penetrante le traspasaba el corazón.

      -Si he entendido bien todo lo que he oído -dijo Elrond-, creo que esta tarea te corresponde a ti, Frodo y, si tú no sabes cómo llevarla a cabo, ningún otro lo sabrá.  Esta es la hora de quienes viven en la Comarca, de quienes dejan los campos tranquilos para estremecer las torres y los concilios de los grandes. ¿Quién de todos los Sabios pudo haberlo previsto?  Y si son sabios, ¿por qué esperarían saberlo, antes que sonara la hora?

      »Pero es una carga pesada.  Tan pesada que nadie puede pasársela a otro.  No la pongo en tiPero si túla tomas libremente, te diré que tu elección es buena; y aunque todos los poderosos amigos de los elfos de antes, Hador y Húrin y Túrin y Beren mismo aparecieran juntos aquí, tu lugar estaría entre ellos.

      -¿Pero seguramente usted no lo enviará solo, señor? -gritó Sam, que ya no pudo seguir conteniéndose y saltó desde el rincón donde había estado sentado en el suelo.

      -¡No por cierto! -dijo Elrond volviéndose hacia él con una sonrisa-.  Tú lo acompañarás al menos.  No parece fácil separarte de Frodo, aunque él haya sido convocado a un Concilio secreto y tú no.

      Sam se sentó, enrojeciendo y murmurando.

      -¡En bonito enredo nos hemos metido, señor Frodo! -dijo moviendo la cabeza.

 

3

 

EL ANILLO VA HACIA EL SUR

 

   Más tarde ese día los hobbits tuvieron una reunión privada en el cuarto de Bilbo.  Merry y Pippin se mostraron indignados cuando supieron que Sam se había metido de rondón en el Concilio y había sido elegido como compañero de Frodo.

      -Es muy injusto -dijo Pippin-.  En vez de expulsarlo y ponerlo en cadenas, ¡Elrond lo recompensa por su desfachatez!

      -¡Recompensa! -dijo Frodo-.  No podría imaginar un castigo más severo.  No piensas en lo que dices: ¿condenado a hacer un viaje sin esperanza, una recompensa?  Ayer soñé que mi tarea estaba cumplida y que podía descansar aquí un rato, quizá para siempre.

      -No me sorprende -dijo Merry- y ojalá pudieras.  Pero estábamos envidiando a Sam, no a ti.  Si tú tienes que ir, sería un castigo para cualquiera de nosotros quedarnos atrás, aun en Rivendel.  Hemos recorrido un largo camino juntos y hemos pasado momentos difíciles.  Queremos continuar.

      -Es lo que yo quería decir -continuó Pippin-.  Nosotros los hobbits tenemos que mantenernos unidos y eso haremos.  Partiré contigo, a menos que me encadenen.  Tiene que haber alguien con inteligencia en el grupo.

      -¡En ese caso no creo que te elijan, Peregrin Tuk! -dijo Gandalf asomando la cabeza por la ventana, que estaba cerca del suelo -. Pero no tenéis por qué estar preocupados.  Nada se ha decidido aún.

      -¡Nada se ha decidido! – exclamó Pippin -. ¿Entonces qué estuvisteis haciendo, encerrados durante horas?

      -Hablando -dijo Bilbo-.  Había mucho que hablar y todos escucharon algo que los dejó boquiabiertos.  Hasta el viejo Gandalf.  Creo que las breves noticias que dio Legolas sobre Gollum le cayeron como un balde de agua fría, aunque no hizo comentarios.

      -Estás equivocado -dijo Gandalf -. No prestaste atención.  Ya me lo había dicho Gwaihir.  Quienes dejaron boquiabiertos a los otros, como tú dices, fueron tú y Frodo; yo fui el único que no se sorprendió.

      -Bueno, de todos modos -dijo Bilbo-, nada se decidió aparte de la elección del pobre Frodo y Sam.  Este final me lo temí siempre, si yo quedaba descartado.  Pero pienso que Elrond enviará una partida numerosa, cuando tenga los primeros informes. ¿Han partido ya, Gandalf?

      -Sí -dijo el mago– Ya han salido algunos exploradores y mañana irán más.  Elrond está enviando elfos y se pondrán en contacto con los montaraces y quizá con la gente de Thranduil en el Bosque Negro.  Y Aragorn ha partido con los hijos de Elrond.  Se hará una batida en varias leguas a la redonda antes de decidir la primera movida. ¡De modo que anímate, Frodo!  Quizá te quedes aquí un tiempo largo.

      -Ah -dijo Sam con aire sombrío-.  Bastante largo como para que llegue el invierno.

      -Eso es inevitable -dijo Bilbo- y en parte tu culpa, querido Frodo; insististe en esperar mi cumpleaños.  Curiosa celebración diría yo.  No es en verdad el día que yo hubiese elegido para que los S-B entraran en Bolsón Cerrado.  Y esta es la situación ahora: no puedes esperar hasta la primavera y no puedes salir antes que lleguen los informes.  Me temo que esa sea justamente tu suerte:

 

Cuando el viento comienza a morder

y las piedras crujen en la noche helada

de charcos negros y árboles desnudos,

no es bueno viajar por tierras ásperas.

 

      -Yo también temo que esa sea la suerte de Frodo -dijo Gandalf No podemos partir hasta que sepamos algo de los Jinetes.

      -Pensé que habían sido destruidos en la crecida.

      -Los Espectros del Anillo no pueden ser destruidos con tanta facilidad -dijo Gandalf -. Llevan en ellos el poder del amo y resisten o caen junto con él.  Esperamos que hayan quedado todos a pie y sin disfraces, de modo que durante un tiempo serán menos peligrosos; pero no lo sabemos bien todavía.  Entretanto, Frodo, trata de olvidar tus dificultades.  No sé si puedo hacer algo que te sirva de ayuda; pero te soplaré un secreto: Alguien dijo que este grupo necesitaba una inteligencia.  Tenía razón.  Creo que iré contigo.

      Tan grande fue la alegría de Frodo al oír este anuncio que Gandalf dejó el alféizar de la ventana, donde había estado sentado, y se sacó el sombrero haciendo una reverencia.

      -Sólo dije Creo que iré.  No cuentes aún con nada.  En este asunto, Elrond tendrá mucho que decir y también tu amigo Trancos.  Lo que me recuerda que quiero ver a Elrond.  No puedo demorarme más.

      -¿Cuánto tiempo crees que estaré aquí? -le preguntó Frodo a Bilbo una vez que Gandalf se retiró.

      -Oh, no sé.  En Rivendel se me van los días sin darme cuenta -dijo Bilbo-.  Pero bastante tiempo, creo.  Podremos tener muchas buenas charlas. ¿Qué te parece si me ayudas con el libro y empiezas el próximo? ¿Has pensado en algún final?

      -Sí, en varios; todos sombríos y desagradables -dijo Frodo. -¡Oh, eso no sirve! – dijo Bilbo -. Los libros han de tener un final feliz.  Qué te parece éste: y vivieron juntos y felices para siempre.

      -Estaría bien, si eso llegara a ocurrir -dijo Frodo.

      -Ah -dijo Sam-. ¿Y dónde vivirán?  Es lo que me pregunto a menudo.

 

 

   Durante un rato los hobbits continuaron hablando y pensando en el viaje pasado y en los peligros que les esperaban en el futuro; pero era tal la virtud de la tierra de Rivendel que pronto se sintieron libres de miedos y ansiedades.  El futuro, bueno O malo, no fue olvidado, pero ya no tuvo ningún poder sobre el presente.  La salud y la esperanza se acrecentaron en ellos y estaban contentos, tomando los días tal como se presentaban, disfrutando de las comidas, las charlas y las canciones.

      Así el tiempo pasó deslizándose y todas las mañanas eran hermosas y brillantes y todas las noches claras y frescas.  Pero el otoño menguaba rápidamente; poco a poco la luz de oro declinaba transformándose en plata pálida y unas hojas tardías caían de los árboles desnudos.  Un viento helado empezó a soplar hacia el este desde las Montañas Nubladas.  La Luna del Cazador crecía en el cielo nocturno y todas las estrellas menores huían.  Pero en el horizonte del sur brillaba una estrella roja.  Cuando la luna menguaba otra vez, el brillo de la estrella aumentaba, noche a noche.  Frodo podía verla desde la ventana, hundida en el cielo, ardiendo como un ojo vigilante que resplandecía sobre los árboles al borde del valle.

 

 

   Los hobbits habían pasado cerca de dos meses en la Casa de Elrond y noviembre se había llevado los últimos jirones del otoño, y concluía diciembre cuando los exploradores comenzaron a volver.  Algunos habían ido al norte, más allá del nacimiento del Fontegrís, internándose en las Landas de Etten, y otros habían ido al oeste y con la ayuda de Aragorn y los montaraces llegaron a explorar las tierras todo a lo largo del Aguada Gris, hasta Tharbad, donde el viejo Camino del Norte cruzaba el río junto a una ciudad en ruinas.  Muchos habían ido al este y al sur y algunos de ellos habían cruzado las montañas entrando luego en el Bosque Negro, mientras que otros habían escalado el paso en las fuentes del Río Gladio, descendiendo a las Tierras Asperas y atravesando los Campos Gladios hasta llegar al viejo hogar de Radagast en Rhosgobel.  Radagast no estaba allí y volvieron cruzando el desfiladero que llamaban Escalera del Arroyo Sombrío.  Los hijos de Elrond, Elladan y Elrohir, fueron los últimos en volver; habían hecho un largo viaje, marchando a la vera del Cauce de Plata hasta un extraño país, pero de sus andanzas no hablaron con nadie excepto con Elrond.

      En ninguna región habían tropezado los mensajeros con señales o noticias de los Jinetes o de otros sirvientes del enemigo.  Ni siquiera las Aguilas de las Montañas Nubladas habían podido darles noticias frescas.  Nada se había visto ni oído de Gollum; pero los lobos salvajes continuaban reuniéndose y cazaban otra vez muy arriba del Río Grande.  Tres de los caballos negros aparecieron ahogados en las aguas crecidas del vado.  Más abajo, en las piedras de los rápidos, se encontraron los cadáveres de cinco caballos más y también un manto largo y negro, hecho jirones.  De los Jinetes Negros no había ninguna señal y no se sentía que anduviesen cerca.  Parecía que hubieran desaparecido de los territorios del norte.

      -En todo caso, sabemos qué ocurrió con ocho de los Nueve -dijo Gandalf -. No es prudente estar demasiado seguro, pero me atrevería a creer que los Espectros del Anillo fueron dispersados y regresaron como pudieron a Mordor, vacíos y sin forma.

      »Si es así, pasará un tiempo antes que reinicien la cacería.  El enemigo tiene otros sirvientes, por supuesto.  Pero tendrían que hacer todo el camino hasta Rivendel antes que encontraran nuestras huellas.  Y si tenemos cuidado será difícil encontrarlas.  Pero no podemos retrasarnos más.

 

 

   Elrond les indicó a los hobbits que se acercaran.  Miró gravemente a Frodo.

      -Ha llegado la hora -dijo-.  Si el Anillo ha de partir, que sea cuanto antes.  Pero que quienes lo acompañan no cuenten con ningún apoyo, ni de guerra ni de fuerzas.  Tendrán que entrar en los dominios del enemigo, lejos de toda ayuda. ¿Todavía mantienes tu palabra, Frodo, de que serás el Portador del Anillo?

      -Sí -dijo Frodo-.  Iré con Sam.

      -Pues bien, no podré ayudarte mucho, ni siquiera con consejos -dijo Elrond-.  No alcanzo a ver cuál será tu camino y no sé cómo cumplirás esa tarea.  La Sombra se ha arrastrado ahora hasta el pie de las montañas y ha llegado casi a las orillas del Fontegrís; y bajo la Sombra todo es oscuro para mí.  Encontrarás muchos enemigos, algunos declarados, otros ocultos, y quizá tropieces con amigos, cuando menos los busques.  Mandaré mensajes, tal como se me vayan ocurriendo, a aquellos que conozco en el ancho mundo; pero las tierras han llegado a ser tan peligrosas que algunos se perderán sin duda, o no llegarán antes que tú.

      »Y elegiré los compañeros que irán contigo, siempre que ellos quieran o lo permita la suerte.  Tienen que ser pocos, ya que tus mayores esperanzas dependen de la rapidez y el secreto.  Aunque contáramos con una tropa de elfos con armas de los Días Antiguos, sólo conseguiríamos despertar el poder de Mordor.

      »La Compañía del Anillo será de Nueve y los Nueve Caminantes se opondrán a los Nueve Jinetes malvados.  Contigo y tu fiel sirviente irá Gandalf; pues éste será el mayor de sus trabajos y quizás el último.

      »En cuanto al resto, representarán a los otros Pueblos Libres del mundo: elfos, enanos y hombres.  Legolas irá por los elfos y Gimli hijo de Glóin por los enanos.  Están dispuestos a llegar por lo menos a los pasos de las montañas y quizá más allá.  Por los hombres tendrán a Aragorn hijo de Arathorn, pues el Anillo de Isildur le concierne íntimamente.

      -¡Trancos! -exclamó Frodo.

      -Sí -dijo Trancos con una sonrisa-.  Te pido una vez más que me permitas ser tu compañero.

      -Yo te hubiera rogado que vinieras -dijo Frodo-, pero pensé que irías a Minas Tirith con Boromir.

      -Iré -dijo Aragorn-.  Y la Espada Quebrada será forjada de nuevo antes que yo parta para la guerra.  Pero tu camino y el nuestro corren juntos por muchos cientos de millas.  Por lo tanto Boromir estará también en la Compañía.  Es un hombre valiente.

      -Faltan todavía dos -dijo Elrond-.  Lo pensaré.  Quizás encuentre a alguien entre las gentes de la casa que me convenga mandar.

      -¡Pero entonces no habrá lugar para nosotros! -exclamó Pippin consternado-.  No queremos quedarnos.  Queremos ir con Frodo.

      -Eso es porque no entiendes y no alcanzas a imaginar lo que les espera -dijo Elrond.

      -Tampoco Frodo -dijo Gandalf, apoyando inesperadamente a Pippin-.  Ni ninguno de nosotros lo ve con claridad.  Es cierto que si estos hobbits entendieran el peligro, no se atreverían a ir.  Pero seguirían deseando ir, o atreviéndose a ir, y se sentirían avergonzados e infelices.  Creo, Elrond, que en este asunto sería mejor confiar en la amistad de estos hobbits que en nuestra sabiduría.  Aunque eligieras para nosotros un Señor de los Elfos, como Glorfindel, los poderes que hay en él no alcanzarían para destruir la Torre Oscura ni abrirnos el camino que lleva al Fuego.

      -Hablas con gravedad -dijo Elrond-, pero no estoy seguro.  La Comarca, presiento, no está libre ahora de peligros y había pensado enviar a estos dos de vuelta como mensajeros y para que trataran allí de prevenir a la gente, de acuerdo con las normas del país.  De cualquier modo me parece que el más joven de los dos, Peregrin Tuk, tendría que quedarse.  Me lo dice el corazón.

      -Entonces, señor Elrond, tendrá usted que encerrarme en prisión, o mandarme a casa metido en un saco -dijo Pippin-.  Pues de otro modo yo seguiría a la Compañía.

      -Que sea así entonces.  Irás -dijo Elrond y suspiró-.  La cuenta de Nueve ya está completa.  La Compañía partirá dentro de siete días.

 

 

   La Espada de Elendil fue forjada de nuevo por herreros élficos, que grabaron sobre la hoja el dibujo de siete estrellas, entre la Luna creciente y el Sol radiante, y alrededor trazaron muchas runas; pues Aragorn hijo de Arathorn iba a la guerra en las fronteras de Mordor.  Muy brillante pareció la espada cuando estuvo otra vez completa; era roja a la luz del sol y fría a la luz de la luna y tenía un borde duro y afilado.  Y Aragorn le dio un nuevo nombre y la llamó Andúril, Llama del Oeste.

      Aragorn y Gandalf paseaban juntos o se sentaban a hablar del camino y de los peligros que podrían encontrar y estudiaban los mapas historiados y los libros de ciencia que había en casa de Elrond.  A veces Frodo los acompañaba, pero estaba contento de poder confiar en ellos como guías y se pasaba la mayor parte del tiempo con Bilbo.

      En aquellos últimos días los hobbits se reunían a la noche en la Sala de Fuego y allí entre muchas historias oyeron completa la balada de Beren y Lúthien y la conquista de la Gran joya, pero de día mientras Merry y Pippin iban de un lado a otro, Frodo y Sam se pasaban las horas en el cuartito de Bilbo.  Allí Bilbo les leía pasajes del libro (que parecía aún muy incompleto), o fragmentos de poemas, o tomaba notas de las aventuras de Frodo.

      En la mañana del último día Frodo estaba a solas con Bilbo y el viejo hobbit sacó de debajo de la cama una caja de madera.  Levantó la tapa y buscó dentro.

      -Se te quebró la espada, creo -le dijo a Frodo titubeando- y pensé que quizá te interesara tener ésta, ¿la conoces?

      Sacó de la caja una espada pequeña, guardada en una raída vaina de cuero.  La desenvainó y la hoja pulida y bien cuidada relució de pronto, fría y brillante.

      -Esta es Dardo -dijo y sin mucho esfuerzo la hundió profundamente en una viga de madera-.  Tómala, si quieres.  No la necesitaré más, espero.

      Frodo la aceptó agradecido.

      -Y aquí hay otra cosa -dijo Bilbo.

      Y sacó un paquete que parecía bastante pesado para su tamaño.  Desenvolvió viejas telas y sacó a la luz una pequeña cota de malla de anillos entrelazados, flexible casi como un lienzo, fría como el hielo, y más dura que el acero.  Brillaba como plata a la luz de la luna y estaba tachonada de gemas blancas y tenía un cinturón de cristal y perlas.

      -¡Es hermosa!, ¿no es cierto? -dijo Bilbo moviéndola a la luz-.  Y útil además.  Es la cota de malla de enano que me dio Thorin.  La recuperé en Cavada Grande, antes de salir.  Llevo siempre conmigo todos los recuerdos del Viaje excepto el Anillo.  Pero nunca esperé usarla y ahora no la necesito sino para mirarla algunas veces.  Apenas sientes el peso cuando la llevas.

      -Parecerá… bueno, no creo que me quede bien -dijo Frodo.

      -Lo mismo dije yo -continuó Bilbo-.  Pero no te preocupes por tu apariencia.  Puedes usarla debajo de la ropa. ¡Vamos!  Tienes que compartir conmigo este secreto. ¡No se lo digas a nadie!  Pero me sentiré más feliz si sé que la llevas puesta.  Se me ha ocurrido que hasta podría desviar los cuchillos de los Jinetes Negros -concluyó en voz baja.

      -Muy bien, la tomaré -dijo Frodo.

      Bilbo le colocó la malla y aseguró a Dardo al cinturón resplandeciente. Luego Frodo se puso encima las viejas ropas manchadas por la vida a la intemperie: pantalones de montar, túnica y chaqueta.

      -Un simple hobbit, eso pareces ser -dijo Bilbo-.  Pero ahora hay algo más en ti, que sale a la superficie. ¡Te deseo mucha suerte!

      Dio media vuelta y miró por la ventana, tratando de tararear una canción.

      -Nunca te lo agradeceré bastante, Bilbo, esto y todas tus bondades pasadas -dijo Frodo.

      -¡Pues no lo intentes! -dijo el viejo hobbit, y volviéndose palmeó a Frodo en la espalda-. ¡Huy! -gritó-. ¡Estás demasiado duro ahora para palmearte!  Pero escúchame: los hobbits tienen que estar siempre unidos y especialmente los Bolsón.  Todo lo que te pido a cambio es esto: cuídate bien, tráeme todas las noticias que puedas y todas las viejas canciones e historias que encuentres.  Haré lo posible por terminar el libro antes que vuelvas.  Me gustaría escribir el segundo volumen, si vivo bastante.

      Se interrumpió y se volvió otra vez a la ventana canturreando:

 

Me siento junto al fuego y pienso

en todo lo que he visto,

en flores silvestres y mariposas

de veranos que han sido.

 

En hojas amarillas y telarañas,

en otoños que fueron,

la niebla en la mañana, el sol de plata

y el viento en mis cabellos.

 

Me siento junto al fuego y pienso

cómo el mundo será,

cuando llegue el invierno sin una primavera

que yo pueda mirar.

 

Pues hay todavía tantas cosas

que yo jamás he visto:

en todos los bosques y primaveras

hay un verde distinto.

 

Me siento junto al fuego y pienso

en las gentes de ayer,

y en gentes que verán un mundo

que no conoceré.

 

Y mientras estoy aquí sentado

pensando en otras épocas

espero oír unos pasos que vuelven

y voces en la puerta.

 

      Era un día frío y gris de fines de diciembre.  El viento del este soplaba entre las ramas desnudas de los árboles y golpeaba los pinos oscuros de las lomas. Jirones de nubes se apresuraban allá arriba, oscuras y bajas.  Cuando las sombras tristes del crepúsculo comenzaron a extenderse, la Compañía se aprestó a partir.  Saldrían al anochecer, pues Elrond les había aconsejado que viajaran todo lo posible al amparo de la noche, hasta que estuvieran lejos de Rivendel.

      -No olvidéis los muchos ojos sirvientes de Sauron -dijo-.  Las noticias de la derrota de los Jinetes ya le han llegado sin duda y tiene que estar loco de furia.  Pronto los espías pedestres y alados se habrán diseminado por las tierras del norte.  Cuando estéis en camino, guardaos hasta del cielo que se extiende sobre vosotros.

 

 

   La Compañía cargó poco material de guerra, pues confiaban más en pasar inadvertidas que en la suerte de una batalla.  Aragorn llevaba a Andúril y ninguna otra arma, e iba vestido con ropas de color verde y pardo mohosos, como un jinete del desierto.  Boromir tenía una larga espada, parecida a Andúril, pero de menor linaje, y cargaba además un escudo y el cuerno de guerra.

      -Suena alto y claro en los valles de las colinas -dijo-, ¡y los enemigos de Gondor ponen pies en polvorosa!

      Llevándose el cuerno a los labios, Boromir sopló y los ecos saltaron de roca en roca y todos los que en Rivendel oyeron esa voz se incorporaron de un salto.

      -No te apresures a hacer sonar de nuevo ese cuerno, Boromir -dijo Elrond-, hasta que hayas llegado a las fronteras de tu tierra y sea necesario.

      -Quizá –dijo Boromir-, pero siempre en las partidas he dejado que mi cuerno grite, y aunque más tarde tengamos que arrastrarnos en la oscuridad, no me iré ahora como un ladrón en la noche.

      Sólo Gimli el enano exhibía una malla corta de anillos de acero (pues los enanos soportan bien las cargas) y un hacha de regular tamaño le colgaba de la cintura.  Legolas tenía un arco y un carcaj, y en la cintura un largo cuchillo blanco.  Los hobbits más jóvenes cargaban las espadas que habían sacado del túmulo, pero Frodo no disponía de otra arma que Dardo y llevaba oculta la cota de malla, como Bilbo se lo había pedido.  Gandalf tenía su bastón, pero se había ceñido a un costado la espada élfica que llamaban Glamdring, hermana de Orcrist, que descansa ahora sobre el pecho de Thorin bajo la Montaña Solitaria.

      Todos fueron bien provistos por Elrond con ropas gruesas y abrigadas, y tenían chaquetas y mantos forrados de piel.  Las provisiones y ropas de repuesto fueron cargadas en un poney, nada menos que la pobre bestia que habían traído de Bree.

      La estadía en Rivendel lo había transformado de un modo asombroso: le brillaba el pelo y parecía haber recuperado todo el vigor de la juventud.  Fue Sam quien insistió en elegirlo, declarando que Bill (así lo llamaba ahora) se iría consumiendo poco a poco si no lo llevaban con ellos.

      -Ese animal casi habla -dijo- y llegaría a hablar si se quedara aquí más tiempo.  Me echó una mirada tan elocuente como las palabras del señor Pippin: Si no me dejas ir contigo, Sam, te seguiré por mi cuenta.

      De modo que Bill sería la bestia de carga; sin embargo era el único miembro de la Compañía que no parecía deprimido.

 

 

   Ya se habían despedido de todos en la gran sala junto al fuego y ahora sólo estaban esperando a Gandalf, que aún no había salido de la casa.  Por las puertas abiertas podían verse los reflejos del fuego y en las ventanas brillaban unas luces tenues.  Bilbo estaba de pie y en silencio junto a Frodo, arropado en un manto.  Aragorn se había sentado en el suelo y apoyaba la cabeza en las rodillas; sólo Elrond entendía de veras qué significaba esta hora para él.  Los otros eran como sombras grises en la oscuridad.

      Sam, junto al poney, se pasaba la lengua por los dientes y miraba morosamente la sombra de allá abajo donde el río cantaba sobre un lecho de piedras; en este momento no tenía ningún deseo de aventuras.

      -Bill, amigo mío -dijo-, no tendrías que venir con nosotros.  Podrías quedarte aquí y comerías el heno mejor, hasta que crecieran los nuevos pastos.

      Bill sacudió la cola y no dijo nada.

      Sam se acomodó el paquete sobre los hombros y repasó mentalmente todo lo que llevaba, preguntándose con inquietud si no habría olvidado algo: el tesoro principal, los utensilios de cocina; la cajita de sal que lo acompañaba siempre y que llenaba cada vez que le era posible; una buena porción de hierba para pipa, «no suficiente», pensaba; pedernal y yesca; medias de lana; ropa blanca; varias pequeñas pertenencias que Frodo había olvidado y que él había guardado para mostrarlas en triunfo cuando las necesitasen.  Lo repasó todo.

      -¡Cuerda! -murmuró-. ¡Ninguna cuerda!  Y anoche mismo te dijiste: «Sam, ¿qué te parece un poco de cuerda?  Si no la llevas la necesitarás.» Bueno, ya la necesito.  No puedo conseguirla ahora.

 

 

   En ese momento Elrond salió con Gandalf y pidió a la Compañía que se acercase.

      -He aquí mis últimas palabras -dijo en voz baja-.  El Portador del Anillo parte ahora en busca de la Montaña del Destino.  Toda responsabilidad recae sobre él: no librarse del Anillo, no entregárselo a ningún siervo de Sauron y en verdad no dejar que nadie lo toque, excepto los miembros del Concilio o la Compañía y esto en caso de extrema necesidad.  Los otros van con él como acompañantes voluntarios, para ayudarlo en esa tarea.  Podéis detenemos, o volver, o tomar algún otro camino, según las circunstancias.  Cuanto más lejos lleguéis, menos fácil será retroceder, pero ningún lazo ni juramento os obliga a ir más allá de vuestros propios corazones, y no podéis prever lo que cada uno encontrará en el camino.

      -Desleal es aquel que se despide cuando el camino se oscurece -dijo Gimli.

      -Quizá -dijo Elrond-, pero no jure que caminará en las tinieblas quien no ha visto la caída de la noche.

      -Sin embargo, un juramento puede dar fuerzas a un corazón desfalleciente.

      -O destruirlo -dijo Elrond-. ¡No miréis demasiado adelante! ¡Pero partid con buen ánimo!  Adiós y que las bendiciones de los elfos y los hombres y toda la gente libre vayan con vosotros. ¡Que las estrellas os iluminen!

      -Buena… ¡buena suerte! gritó Bilbo tartamudeando de frío-.  No creo que puedas llevar un diario, Frodo, compañero, pero esperaré a que me lo cuentes todo cuando vuelvas. ¡Y no tardes demasiado! ¡Adiós!

 

 

            Muchos otros de la Casa de Elrond los miraban desde las sombras y les decían adiós en voz baja.  No había risas ni canto ni música.  Al fin la Compañía se volvió, desapareciendo en la oscuridad.

      Cruzaron el puente y remontaron lentamente los largos senderos escarpados que los llevaban fuera del profundo valle de Rivendel, y al fin llegaron a los páramos altos donde el viento siseaba entre los brezos.  Luego, echando una mirada al Ultimo Hogar que centelleaba allá abajo, se alejaron a grandes pasos perdiéndose en la noche.

 

 

   En el Vado del Bruinen dejaron el camino y doblando hacia el sur fueron por unas sendas estrechas entre los campos quebrados.  Tenían el propósito de seguir bordeando las laderas occidentales de las montañas durante muchas millas y muchos días.  La región era más accidentada y desnuda que el valle verde del Río Grande del otro lado de las montañas, en las Tierras Asperas.  La marcha era necesariamente lenta, pero esperaban escapar de este modo a miradas hostiles.  Los espías de Sauron habían sido vistos raras veces en estas extensiones desiertas y los senderos eran poco conocidos excepto para la gente de Rivendel.

      Gandalf marchaba delante y con él iba Aragorn, que conocía estas tierras aun en la oscuridad.  Los otros los seguían en fila y Legolas que tenía ojos penetrantes cerraba la marcha.  La primera parte del viaje fue dura y monótona y Frodo sólo guardaría el recuerdo del viento.  Durante muchos días sin sol, un viento helado sopló de las montarías del este y parecía que ninguna ropa pudiera protegerlos contra aquellas agujas penetrantes.  Aunque la Compañía estaba bien equipada, pocas veces sintieron calor, tanto moviéndose como descansando.  Dormían inquietos en pleno día, en algún repliegue del terreno o escondiéndose bajo unos arbustos espinosos que se apretaban a los lados del camino.  A la caída de la tarde los despertaba quien estuviera de guardia y tomaban la comida principal: fría y triste casi siempre, pues pocas veces podían arriesgarse a encender un fuego.  Ya de noche partían otra vez, buscando los senderos que llevaban al sur.

      Al principio les pareció a los hobbits que aun caminando y trastabillando hasta el agotamiento, iban a paso de caracol y no llegaban a ninguna parte.  Pasaban los días y el paisaje era siempre igual.  Sin embargo, poco a poco, las montañas estaban acercándose.  Al sur de Rivendel eran aún más altas y se volvían hacia el oeste; a los pies de la cadena principal se extendía una tierra cada vez más ancha de colinas desiertas y valles profundos donde corrían unas aguas turbulentas.  Los senderos eran escasos y tortuosos y muchas veces los llevaban al borde de un precipicio, o a un traicionero pantano.

 

 

   Llevaban quince días de marcha cuando el tiempo cambió.  El viento amainó de pronto y viró al sur.  Las nubes rápidas se elevaron y desaparecieron y asomó el sol, claro y brillante.  Luego de haber caminado tropezando toda una noche, llegó el alba fría y pálida.  Estaban ahora en una loma baja, coronada de acebos; los troncos de color verde grisáceo parecían estar hechos con la misma piedra de las lomas.  Las hojas oscuras relucían y las bayas eran rojas a la claridad del sol naciente.

Lejos, en el sur, Frodo alcanzaba a ver los perfiles oscuros de unas montañas elevadas que ahora parecían interponerse en el camino que la Compañía estaba siguiendo.  A la izquierda de estas alturas había tres picos; el más alto y cercano parecía un diente coronado de nieve; el profundo y desnudo precipicio del norte estaba todavía en sombras, pero donde lo alcanzaban los rayos oblicuos del Sol, el pico llameaba, rojizo.

      Gandalf se detuvo junto a Frodo y miró amparándose los ojos con la mano.

      -Hemos llegado a los límites de la región que los hombres llaman Acebeda; muchos elfos vivieron aquí en días más felices, cuando tenía el nombre de Eregion.  Hemos hecho cuarenta y cinco leguas a vuelo de pájaro, aunque nuestros pies caminaran otras muchas millas.  El territorio y el tiempo serán ahora más apacibles, pero quizá también más peligrosos.

      -Peligroso o no, un verdadero amanecer es siempre bien recibido -dijo Frodo echándose atrás la capucha y dejando que la luz de la mañana le cayera en la cara.

      -¡Las montañas están frente a nosotros! -dijo Pippin-.  Nos desviamos al este durante la noche.

      -No -dijo Gandalf -. Pero ves más lejos a la luz del día.  Más allá de esos picos la cadena dobla hacia el sudoeste.  Hay muchos mapas en la Casa de Elrond, aunque supongo que nunca pensaste en mirarlos.

      -Sí, lo hice, a veces -dijo Pippin-, pero no los recuerdo.  Frodo tiene mejor cabeza que yo para estas cosas.

      -Yo no necesito mapas -dijo Gimli, que se había acercado con Legolas y miraba ahora ante él con una luz extraña en los ojos profundos-.  Esa es la tierra donde trabajaron nuestros padres, hace tiempo, y hemos grabado la imagen de esas montañas en muchas obras de metal y de piedra y en muchas canciones e historias.  Se alzan muy altas en nuestros sueños: Baraz, Zirak, Shathûr.

»Sólo las vi una vez de lejos en la vigilia, pero las conozco y sé cómo se llaman, pues debajo de ellas está Khazad-dûm, la Mina del Enano, que ahora: llaman el Pozo Oscuro, Moria en la lengua élfica.  Más allá se encuentra Barazinbar, el Cuerno Rojo, el cruel Caradhras; y aún más allá el Cuerno de Plata y el Monte Nuboso: Celebdil el Blanco y Fanuidhol el Gris, que nosotros llamamos Zirak-zigil y Bundushathûr.

»Allí las Montañas Nubladas se dividen y entre los dos brazos se extiende el valle profundo y oscuro que no podemos olvidar: Azanulbizar, el Valle del Arroyo Sombrío, que los elfos llaman Nanduhirion.

      -Hacia ese valle vamos -dijo Gandalf-.  Si subimos por el paso llamado la Puerta del Cuerno Rojo, en la falda opuesta del Caradhras, descenderemos por la Escalera del Arroyo Sombrío al valle profundo de los enanos; allí se encuentran el Lago Espejo y los helados manantiales del Cauce de Plata.

      -Oscura es el agua del Kheled-zâram -dijo Gimll- y frías son las fuentes del Kibil-nâla.  Se me encoge el corazón pensando que los veré pronto.

      -Que esa visión te traiga alguna alegría, mi querido enano -dijo Gandalf-.  Pero hagas lo que hagas, no podremos quedarnos en ese valle.  Tenemos que seguir el Cauce de Plata aguas abajo hasta los bosques secretos y así hasta el Río Grande y luego…

      Hizo una pausa.

      -Sí, ¿y luego qué? -preguntó Merry.

      -Hacia nuestro destino, el fin del viaje -dijo Gandalf-.  No podemos mirar demasiado adelante.  Alegrémonos de que la primera etapa haya quedado felizmente atrás.  Creo que descansaremos aquí, no sólo hoy sino también esta noche.  El aire de Acebeda tiene algo de sano.  Muchos males han de caer sobre un país para que olvide del todo a los elfos, si alguna vez vivieron ahí.

      -Es cierto – dijo Legolas -. Pero los elfos de esta tierra no eran gente de los bosques como nosotros, y los árboles y la hierba no los recuerdan.  Sólo oigo el lamento de las piedras, que todavía los lloran: Profundamente cavaron en nosotras, bellamente nos trabajaron, altas nos erigieron; pero han desaparecido.  Han desaparecido.  Fueron en busca de los puertos mucho tiempo atrás.

 

 

   Aquella mañana encendieron un fuego en un hueco profundo, velado por grandes macizos de acebos, y por vez primera desde que dejaran Rivendel tuvieron un almuerzo-desayuno feliz.  No corrieron en seguida a la cama, pues esperaban tener toda la noche para dormir y no partirían de nuevo hasta la noche del día siguiente.  Sólo Aragorn guardaba silencio, inquieto.  Al cabo de un rato dejó la Compañía y caminó hasta el borde del hoyo; allí se quedó a la sombra de un árbol, mirando al sur y al oeste, con la cabeza ladeada como si estuviera escuchando.  Luego se volvió y miró a los otros que reían y charlaban.

      -¿Qué pasa, Trancos? -llamó Merry-. ¿Qué estás buscando? ¿Echas de menos el Viento del Este?

      -No por cierto -respondió Trancos-.  Pero algo echo de menos.  He estado en el país de Acebeda en muchas estaciones.  Ninguna gente las habita ahora, pero hay animales que viven aquí en todas las épocas, especialmente pájaros.  Ahora sin embargo todo está callado, excepto vosotros.  Puedo sentirlo.  No hay ningún sonido en muchas millas a la redonda y vuestras voces resuenan como un eco.  No lo entiendo.

      Gandalf alzó la vista con repentino interés.

      -¿Cuál crees que sea la razón? -preguntó -. ¿Habría otra aparte de la sorpresa de ver a cuatro hobbits, para no mencionar el resto, en sitios donde no se ve ni se oye a casi nadie?

      -Ojalá sea así -respondió Trancos-.  Pero tengo una impresión de acechanza y temor que nunca conocí aquí antes.

      -Entonces tenemos que cuidarnos -dijo Gandalf-.  Si traes a un montaraz contigo, es bueno prestarle atención, más aún si el montaraz es Aragorn.  No hablemos en voz alta.  Descansemos tranquilos y vigilemos.

 

 

   Ese día le tocaba a Sam hacer la primera guardia, pero Aragorn se le unió.  Los otros se durmieron.  Luego el silencio creció de tal modo que hasta Sam lo advirtió.  La respiración de los que dormían podía oírse claramente.  Los meneos de la cola del poney y los ocasionales movimientos de los cascos se convirtieron en fuertes ruidos.  Sam se movía y alcanzaba a oír cómo le crujían las articulaciones.  Un silencio de muerte reinaba alrededor y por encima del todo se extendía un cielo azul y claro, mientras el sol ascendía en el este.  A lo lejos, en el sur, apareció una mancha oscura que creció y fue hacia el norte como un humo llevado por el viento.

      -¿Qué es eso, Trancos?  No parece una nube -le susurró Sam a Aragorn.

      Aragorn no respondió; tenía los ojos clavados en el cielo.  Pero Sam no tardó en reconocer lo que se acercaba.  Bandadas de pájaros, que volaban muy rápidamente y en círculos, yendo de un lado a otro, como buscando algo; y estaban cada vez más próximas.

      -¡Échate al suelo y no te muevas! – siseó Aragorn, arrastrando a Sam a la sombra de una mata de acebos-, pues todo un regimiento de pájaros acababa de desprenderse de la bandada principal y se acercaba volando bajo.  Sam pensó que eran una especie de grandes cuervos.  Mientras pasaban sobre la loma, en una columna tan apretada que la sombra los seguía oscuramente por el suelo, se oyó un único y ronco graznido.

      No hasta que los pájaros hubieron desaparecido en la distancia, al norte y al oeste, y el cielo se hubo aclarado otra vez, se incorporó de nuevo Aragorn.  Dio un salto entonces y fue a despertar a Gandalf.

      -Regimientos de cuervos negros están volando de aquí para allá entre las montañas y el Fontegrís -dijo- y han pasado sobre Acebeda.  No son nativos de aquí; son crebain de Fangorn y de las Tierras Brunas.  No sé qué les ocurre; quizás hay algún problema allá en el sur del que vienen huyendo; pero creo que están espiando la región.  He visto además algunos halcones volando alto en el cielo.  Pienso que debiéramos partir de nuevo esta misma noche.  Acebeda ya no es un lugar seguro para nosotros; es un lugar vigilado.

      -Y en ese caso lo mismo será en la Puerta del Cuerno Rojo -dijo Gandalf -. Y no alcanzo a imaginar cómo podríamos pasar por allí sin ser vistos.  Pero lo pensaremos cuando sea el momento.  En cuanto a partir cuando oscurezca, temo que tengas razón.

      -Por suerte nuestro fuego humeó poco y sólo quedaban unas brasas cuando vinieron los crebain – dijo Aragorn-.  Hay que apagarlo y ya no encenderlo más.

 

 

   -Bueno, ¡qué calamidad y qué fastidio! -dijo Pippin.  Las noticias: no más fuego y caminar otra vez de noche, le habían sido transmitidas tan pronto como despertó poco después de media tarde-. ¡Todo a causa de una bandada de cuervos!  Yo había estado esperando que esta noche comiésemos bien, algo caliente.

      -Bueno, puedes seguir esperando -dijo Gandalf-.  Quizá tengas todavía muchos banquetes inesperados.  En cuanto a mí me gustaría fumar cómodamente una pipa y calentarme los pies.  Sin embargo, de algo al menos estamos seguros: habrá más calor a medida que vayamos hacia el sur.

      -Demasiado calor, no me sorprendería -le murmuró Sam a Frodo-.  Pero empiezo a pensar que es tiempo de echarle un vistazo a esa Montaña de Fuego y ver el fin del camino, por así decir.  Yo creía al principio que este Cuerno Rojo, o como se llame, sería la Montaña, hasta que Gimli nos habló.  Qué lenguaje este de los enanos, ¡para romperle a uno las mandíbulas!

      Los mapas no le decían nada a Sam y en estas tierras desconocidas todas las distancias parecían tan vastas que él ya había perdido la cuenta.

      Todo aquel día la Compañía permaneció oculta.  Los pájaros oscuros pasaron sobre ellos una y otra vez y cuando el sol poniente enrojeció desaparecieron en el sur.  Al anochecer, la Compañía se puso en marcha y volviéndose ahora un poco al este se encaminaron hacia el lejano Caradhras, que era todavía un débil reflejo rojo a la última luz del sol desvanecido.  Una tras otra fueron asomando las estrellas blancas, en el cielo que se apagaba.

      Guiados por Aragorn encontraron un buen sendero.  Le pareció a Frodo que eran los restos de un antiguo camino, en otro tiempo ancho y bien trazado, y que iba de Acebeda al paso montañoso.  La luna, llena ahora, se alzó por encima de las montañas y difundió una pálida luz en donde las sombras de las piedras eran negras.  Muchas de ellas parecían trabajadas a mano, aunque ahora yacían tumbadas y arruinadas en una tierra desierta y árida.

      Era la hora de frío glacial que precede a la aparición del alba y la luna había descendido.  Frodo alzó los ojos al cielo.  De pronto vio o sintió que una sombra cruzaba por delante de las estrellas, como si se hubieran apagado un momento y en seguida brillaran otra vez.  Se estremeció.

      -¿Viste algo que pasó por allá arriba? -le susurró a Gandalf-.

      Quizá no era nada, sólo un jirón de nube.

      -Se movía rápido entonces -dijo Aragorn- y no con el viento.

 

 

            Ninguna otra cosa ocurrió esa noche.  A la mañana siguiente el alba fue todavía más brillante, pero de nuevo hacía mucho frío y ya el viento soplaba otra vez del este.  Marcharon dos noches más, subiendo siempre pero más lentamente a medida que el camino torcía hacia las lomas y las montañas subían acercándose.  En la tercera mañana el Caradhras se elevaba ante ellos, una cima majestuosa, coronada de nieve plateada, pero de faldas desnudas y abruptas, de un rojo cobrizo, como tinto en sangre.

El cielo parecía negro y el sol era pálido.  El viento había cambiado ahora al nordeste.  Gandalf husmeó el aire y se volvió.

      -El invierno avanza detrás de nosotros -le dijo en voz baja a Aragorn -. Las cimas aquellas del norte están más blancas; la nieve ha descendido a las estribaciones.  Esta noche estaremos ya a bastante altura, camino del Cuerno Rojo.  En ese camino angosto es muy posible que nos vean y quizá nos tiendan alguna trampa; pero creo que el mal tiempo será nuestro peor enemigo. ¿Qué piensas ahora de este itinerario, Aragorn?

      Frodo alcanzó a oír estas palabras y entendió que Gandalf y Aragorn estaban continuando una discusión que había comenzado mucho antes.  Prestó atención, con cierta ansiedad.

      -No pienso nada bueno del principio al fin y tú lo sabes bien, Gandalf -respondió Aragorn-.  Y a medida que vayamos adelante aumentarán los peligros, conocidos y desconocidos.  Pero tenemos que seguir; de nada serviría demorar el cruce de las montañas.  Más al sur no hay desfiladeros hasta llegar al Paso de Rohan.  Desde tus informes sobre Saruman, no me atrae ese camino.  Quién sabe a qué bando sirven ahora los mariscales de los Señores de los Caballos.

      -¡Quién sabe, en verdad! -dijo Gandalf -. Pero hay otro camino, que no es el paso de Caradhras: el camino secreto y oscuro del que ya hablamos una vez.

      -¡No volvamos a nombrarlo!  No todavía.  No digas nada a los otros, te lo suplico, no hasta estar seguros de que no hay otro remedio.

      -Tenemos que decidirnos antes de continuar -respondió Gandalf.

      -Entonces consideremos ahora el asunto, mientras los otros descansan y duermen -dijo Aragorn.

 

 

   Al atardecer, mientras los demás concluían el desayuno, Gandalf y Aragorn se hicieron a un lado y se quedaron mirando el Caradhras.  Los flancos parecían ahora sombríos y lúgubres y había una nube sobre la cima.  Frodo los observaba, preguntándose qué rumbos tomaría la discusión.  Por fin los dos volvieron al grupo y Gandalf habló y Frodo supo que habían decidido enfrentar el mal tiempo y los peligros del paso.  Se sintió aliviado.  No imaginaba qué podía ser ese otro camino, oscuro y secreto, pero había bastado que Gandalf lo mencionase para que Aragorn pareciera espantado.  Era una suerte que hubieran abandonado ese plan.

      -Por los signos que hemos visto últimamente -dijo Gandalf -, temo que estén vigilando la entrada del Cuerno Rojo, y tengo mis dudas sobre el tiempo que está preparándose ahí detrás.  Puede haber nieve.  Tenemos que viajar lo más rápido posible.  Aun así necesitaremos dos jornadas de marcha para llegar a la cima del paso.  Hoy oscurecerá pronto.  Partiremos en cuanto estéis listos.

      -Yo añadiría una pequeña advertencia, si se me permite -dijo Boromir-.  Nací a la sombra de las Montañas Blancas y algo sé de viajes por las alturas.  Antes de descender del otro lado, encontraremos un frío penetrante, si no peor.  De nada servirá ocultarnos hasta morir de frío.  Cuando dejemos este lugar, donde hay todavía unos pocos árboles y arbustos, cada uno de nosotros ha de llevar un haz de leña, tan grande como le sea posible.

      -Y Bill podrá llevar un poco más, ¿no es cierto, compañero? -dijo Sam.

      El poney lo miró con aire de pesadumbre.

      -Muy bien -dijo Gandalf -. Pero no usaremos la leña… no mientras no haya que elegir entre el fuego y la muerte.

 

 

   La Compañía se puso de nuevo en marcha, muy rápidamente al principio; pero pronto el sendero se hizo abrupto y dificultoso; serpeaba una y otra vez subiendo siempre y en algunos lugares casi desaparecía entre muchas piedras caídas.  La noche estaba oscura, bajo un cielo nublado.  Un viento helado se abría paso entre las rocas.  A medianoche habían llegado a las faldas de las grandes montañas.  El estrecho sendero bordeaba ahora una pared de acantilados a la izquierda y sobre esa pared los flancos siniestros del Caradhras subían perdiéndose en la oscuridad; a la derecha se abría un abismo de negrura en el sitio en que el terreno caía a pique en una profunda hondonada.

      Treparon trabajosamente por una cuesta empinada y se detuvieron arriba un momento.  Frodo sintió que algo blando le tocaba la mejilla.  Extendió el brazo y vio que unos diminutos copos de nieve se le posaban en la manga.

      Continuaron.  Pero poco después la nieve caía apretadamente, arremolinándose ante los ojos de Frodo.  Apenas podía ver las figuras sombrías y encorvadas de Gandalf y Aragorn, que marchaban delante a uno o dos pasos.

      -Esto no me gusta -jadeó Sam, que venía detrás-.  No tengo nada contra la nieve en una mañana hermosa, pero prefiero estar en cama cuando cae.  Sería bueno que toda esta cantidad llegara a Hobbiton.  La gente de allí le daría la bienvenida.

      Excepto en los páramos altos de la Cuaderna del Norte las nevadas copiosas eran raras en la Comarca y se las recibía como un acontecimiento agradable y una posibilidad de diversión.  Ningún hobbit viviente (excepto Bilbo) podía recordar el terrible invierno de 1311, cuando los lobos blancos invadieran la Comarca cruzando las aguas heladas del Brandivino.

      Gandalf se detuvo.  La nieve se le acumulaba sobre la capucha y los hombros y le llegaba ya a los tobillos.

      -Esto es lo que me temía -dijo-. ¿Qué opinas ahora, Aragorn? -También yo lo temía -respondió Aragorn-, pero menos que otras cosas.  Conozco el riesgo de la nieve, aunque pocas veces cae copiosamente tan al sur, excepto en las alturas.  Pero no estamos aún muy arriba; estamos bastante abajo, donde los pasos no se cierran casi nunca en el invierno.

      -Me pregunto si no será una treta del enemigo -dijo Boromir-.  Dicen en mi país que él comanda las tormentas en las Montañas de Sombra que rodean a Mordor.  Dispone de raros poderes y de muchos aliados.

      -El brazo le ha crecido de veras -dijo Gimli- si puede traer nieve desde el norte para molestarnos aquí a trescientas leguas de distancia.

      -El brazo le ha crecido -dijo Gandalf.

 

 

   Mientras estaban allí detenidos, el viento amainó y la nieve disminuyó hasta cesar casi del todo.  Echaron a caminar otra vez.  Pero no habían avanzado mucho cuando la tormenta volvió con renovada furia.  El viento silbaba y la nieve se convirtió en una cellisca enceguecedora.  Pronto aun para Boromir fue difícil continuar.  Los hobbits, doblando el cuerpo, iban detrás de los más altos, pero era obvio que no podrían seguir así, si continuaba nevando.  Frodo sentía que los pies le pesaban como plomo.  Pippin se arrastraba detrás.  Aun Gimli, tan fuerte como cualquier otro enano, refunfuñaba tambaleándose.

      De pronto la Compañía hizo alto, como si todos se hubiesen puesto de acuerdo sin que mediara una palabra.  De las tinieblas de alrededor les llegaban unos ruidos misteriosos.  Quizá no era más que una jugarreta del viento en las grietas y hendiduras de la pared rocosa, pero los sonidos parecían chillidos agudos, o salvajes estallidos de risa.  Unas piedras comenzaron a caer desde la falda de la montaña, silbando sobre las cabezas de los viajeros, o estrellándose en la senda.  De cuando en cuando se oía un estruendo apagado, como si un peñasco bajara rodando desde las alturas ocultas.

      -No podemos avanzar más esta noche – dijo Boromir-.  Que llamen a esto el viento, si así lo desean; hay voces siniestras en el aire y estas piedras están dirigidas contra nosotros.

      -Yo lo llamaré el viento -dijo Aragorn-.  Pero eso no quita que hayas dicho la verdad.  Hay muchas cosas malignas y hostiles en el mundo que tienen poca simpatía por quienes andan en dos patas; sin embargo no son cómplices de Sauron y tienen sus propios motivos.  Algunas estaban en este mundo mucho antes que él.

      -Caradhras era llamado el Cruel y tenía mala reputación -dijo Gimli- hace ya muchos años, cuando aún no se había oído de Sauron en estas tierras.

      -Importa poco quién es el enemigo, si no podemos rechazarlo -dijo Gandalf.

      -¿Pero qué haremos? -exclamó Pippin, desesperado.

      Se había apoyado en Merry y Frodo y temblaba de pies a cabeza.

      -O nos detenemos aquí mismo, o retrocedemos -dijo Gandalf-.  No conviene continuar.  Apenas un poco más arriba, si mal no recuerdo, el sendero deja el acantilado y corre por una ancha hondonada al pie de una pendiente larga y abrupta.  Nada nos defenderá allí de la nieve, o las piedras, o cualquier otra cosa.

      -Y no conviene volver mientras arrecia la tormenta -dijo Aragorn-.  No hemos pasado hasta ahora por ningún sitio que nos ofrezca un refugio mejor.

      -¡Refugio! -murmuró Sam-.  Si esto es un refugio, entonces una pared sin techo es una casa.

 

 

   La Compañía se apretó todo lo posible contra la pared de roca.  Miraba al sur y cerca del suelo sobresalía un poco y ellos esperaban que los protegiera del viento del norte y las piedras que caían.  Pero las ráfagas se arremolinaban alrededor y la nieve descendía en nubes cada vez más espesas.

      Estaban todos juntos, de espaldas a la pared.  Bill el poney se mantenía en pie pacientemente pero con aire abatido frente a los hobbits, resguardándolos un poco; la nieve amontonada no tardó en llegarle a los corvejones y seguía subiendo.  Si no hubiesen tenido compañeros de mayor tamaño, los hobbits habrían quedado pronto sepultados bajo la nieve.

      Una gran somnolencia cayó sobre Frodo, y sintió que se hundía en un sueño tibio y confuso.  Pensó que un fuego le calentaba los pies, y desde las sombras al otro lado de las llamas le llegó la voz de Bilbo: No me parece gran cosa tu diario, dijo.  Tormentas de nieve el doce de enero.  No había necesidad de volver para traer esa noticia.

      Pero yo quería descansar y dormir, Bilbo, respondió Frodo con un esfuerzo; sintió entonces que lo sacudían y recuperó dolorosamente la conciencia.  Boromir lo había levantado sacándolo de un nido de nieve.

      -Esto será la muerte de los medianos, Gandalf -dijo Boromir-.  Es inútil quedarse aquí sentado mientras la nieve sube por encima de nuestras cabezas.  Tenemos que hacer algo para salvarnos.

      -Dale esto -dijo Gandalf buscando en sus alforjas y sacando un frasco de cuero-.  Sólo un trago cada uno.  Es muy precioso.  Es miruvor, el cordial de Imladris que Elrond me dio al partir. ¡Pásalo!

Tan pronto como Frodo hubo tragado un poco de aquel licor tibio y perfumado, sintió una nueva fuerza en el corazón y los miembros libres de aquel pesado letargo.  Los otros revivieron también, con una esperanza y un vigor renovados.  Pero la nieve no cesaba.  Giraba alrededor más espesa que nunca y el viento soplaba con mayor ruido.

      -¿Qué tal un fuego? -preguntó Boromir bruscamente-.  Parecería que ha llegado el momento de decidirse: el fuego o la muerte, Gandalf.  Cuando la nieve nos haya cubierto estaremos sin duda ocultos a los ojos hostiles, pero eso no nos ayudará.

      -Haz un fuego si puedes -respondió Gandalf-.  Si hay centinelas capaces de aguantar esta tormenta, nos verán de todos modos, con fuego o sin fuego.

      Aunque habían traído madera y ramitas por consejo de Boromir, estaba más allá de la habilidad de un elfo o aun de un enano encender una llama que no se apagase en los remolinos de viento o que prendiera en el combustible mojado.  Al fin Gandalf mismo intervino, de mala gana.  Tomando un leño lo alzó un momento y luego junto con una orden, naur an edraith ammen!, le hundió en el medio la punta de su vara.  Inmediatamente brotó una llama verde y azul y la madera ardió chisporroteando.

      -Si alguien ha estado mirándonos, entonces yo al menos me he revelado a él – dijo -. He escrito Gandalf está aquí en unos caracteres que cualquiera podría leer, desde Rivendel hasta las Bocas del Anduin.

      Pero ya poco le importaban a la Compañía los centinelas o los ojos hostiles.  El resplandor del fuego les regocijaba el corazón.  La madera ardía animadamente y aunque todo alrededor sisease la nieve y un agua enlodada les mojase los pies, se complacían en calentarse las manos al calor del fuego.  Estaban de pie, inclinados, en círculo alrededor de las llamitas danzantes.  Una luz roja les encendía las caras fatigadas y ansiosas; detrás la noche era como un muro negro.  Pero la madera ardía con rapidez y aún caía la nieve.

 

 

   El fuego se apagaba; echaron el último leño.

      -La noche envejece -dijo Aragorn-.  El amanecer no tardará.

      -Si hay algún amanecer capaz de traspasar estas nubes -dijo Gimli.

      Boromir se apartó del círculo y clavó los ojos en la oscuridad.

      -La nieve disminuye y amaina el viento.

      Frodo observó cansadamente los copos que todavía caían saliendo de la oscuridad y revelándose un momento a la luz del fuego moribundo, pero durante largo rato no notó que nevara menos.  Luego, de pronto, cuando el sueño comenzaba de nuevo a invadirle, se dio cuenta de que el viento había cesado de veras, y que los copos eran ahora más grandes y escasos.  Muy lentamente, una luz pálida comenzó a insinuarse.  Al fin la nieve dejó de caer.

      A medida que aumentaba, la luz iba descubriendo un mundo silencioso y amortajado.  Desde la altura del refugio se veían abismos informes y jorobas y cúpulas blancas que ocultaban el camino por donde habían venido; pero unas grandes nubes, todavía pesadas, amenazando nieve, envolvían las cimas más altas.

      Gimli alzó los ojos y sacudió la cabeza.

      -Caradhras no nos ha perdonado -dijo-.  Tiene todavía más nieve para echárnosla encima, si seguimos adelante.  Cuanto más pronto volvamos y descendamos, mejor será.

      Todos estuvieron de acuerdo, pero la retirada era ahora difícil, quizás imposible.  Sólo a unos pocos pasos de la ceniza de la hoguera, la capa de nieve era de varios pies, más alta que los hobbits; en algunos sitios el viento la había amontonado contra la pared.

      -Si Gandalf fuera delante de nosotros con una llama, quizá pudiera fundirnos un sendero -dijo Legolas.

      La tormenta no lo había molestado mucho y era el único de la Compañía que aún parecía animado.

      -Si los elfos volaran por encima de las montarías, podrían traernos el sol y salvarnos -contestó Gandalf-.  Pero necesito materiales para trabajar.  No puedo quemar nieve.

      -Bueno -dijo Boromir-, cuando las cabezas no saben qué hacer hay que recurrir a los cuerpos, como dicen en mi país.  Los más fuertes de nosotros tienen que buscar un camino. ¡Mirad!  Aunque ahora todo está cubierto de nieve, nuestro sendero, cuando subíamos, se desviaba en aquella saliente de roca de allí abajo.  Fue allí donde la nieve comenzó a pesarnos.  Si pudiéramos llegar a ese sitio, quizá fuera más fácil continuar.  No estamos a más de doscientas yardas, me parece.

      -¡Entonces vayamos allí, tú y yo! -dijo Aragorn.

      Aragorn era el más alto de la Compañía, pero Boromir, apenas más bajo, era más fornido y ancho de hombros.  Fue delante y Aragorn lo siguió.  Se alejaron, lentamente, y pronto les costó trabajo moverse.  En algunos sitios la nieve les llegaba al pecho y muy a menudo Boromir parecía nadar o cavar con los grandes brazos más que caminar.

      Legolas los observó un rato con una sonrisa en los labios y luego se volvió hacia los otros.

      -¿Los más fuertes tienen que buscar un camino, dijeron?  Pero yo digo: que el labrador empuje el arado, pero elige una nutria para nadar, y para correr levemente sobre la hierba y las hojas, o sobre la nieve… un elfo.

      Diciendo esto saltó ágilmente y entonces Frodo notó como si fuese la primera vez, aunque lo sabía desde hacía tiempo, que el elfo no llevaba botas sino el calzado liviano de costumbre y que sus pies apenas dejaban huellas en la nieve.

      -¡Adiós! -le dijo Legolas a Gandalf-.  Voy en busca del sol.  Luego, con la rapidez de un corredor sobre arenas firmes, se precipitó hacia delante, y alcanzando en seguida a los hombres que se esforzaban en la nieve, saludándolos con la mano los dejó atrás, continuó corriendo y desapareció detrás de la saliente rocosa.

 

 

   Los otros esperaron apretados unos contra otros, mirando hasta que Boromir y Aragorn fueron dos motas negras en la blancura.  Al fin ellos también se perdieron de vista.  El tiempo pasó arrastrándose.  Las nubes bajaron y unos copos de nieve giraron en el aire, cayendo.

      Transcurrió quizás una hora, aunque pareció mucho más, y al fin vieron que Legolas regresaba.  Al mismo tiempo Boromir y Aragorn reaparecieron muy atrás en la vuelta del sendero y subieron trabajosamente la pendiente.

      -Bueno -exclamó Legolas mientras trepaba corriendo-, no he traído el sol.  Ella está paseándose por los campos azules del sur y una coronita de nieve sobre la cima del Cuerno Rojo no la incomoda demasiado.  Pero traigo un rayo de buena esperanza para quienes están condenados a seguir a pie.  La nieve se ha amontonado de veras justo después de la saliente, y allí nuestros hombres fuertes casi mueren enterrados.  No sabían qué hacer hasta que volví y les dije que la nieve no era más espesa que un muro.  Y del otro lado hay mucha menos nieve, y un poco más abajo es sólo un mantillo blanco, bueno para refrescarles los pies a los hobbits.

      -Ah, como dije antes -se quejó Gimli-.  No era una tormenta ordinaria, sino la mala voluntad de Caradhras.  No gusta de los elfos ni de los enanos y acumuló esa nieve para cerrarnos el paso.

      -Pero por suerte tu Caradhras olvidó que venían hombres contigo -dijo Boromir-.  Y hombres valientes también, si puedo decirlo; aunque unos hombres menores pero con palas hubiesen servido mejor.  Sin embargo, hemos abierto un sendero entre la nieve y aquellos que no corren tan levemente como los elfos nos estarán sin duda agradecidos.

      -¿Pero cómo llegaremos allí abajo, aunque hayáis abierto esa senda? -dijo Pippin, expresando el pensamiento de todos los hobbits.

      -¡Tened esperanza! -dijo Boromir-.  Estoy cansado, pero todavía me quedan fuerzas y lo mismo Aragorn.  Cargaremos a los más pequeños.  Los otros se las arreglarán sin duda para seguirnos. ¡Vamos, señor Peregrin!  Comenzaré contigo.

      Levantó al hobbit.

      -¡Sujétate a mi espalda!  Necesitaré de mis brazos -dijo, y se lanzó hacia adelante.

      Lo siguió Aragorn cargando a Merry.  Pippin estaba maravillado de la fuerza de Boromir, viendo el pasaje que había logrado abrir sin otro instrumento que el de sus grandes miembros.  Aun ahora, cargado como estaba, echaba nieve a los costados ensanchando la senda para quienes venían detrás.

      Llegaron al fin a la barrera de nieve.  Cruzaba el sendero montañoso como una pared inesperada y desnuda, y el borde superior, afilado, como tallado a cuchillo, se elevaba a una altura dos veces mayor que Boromir, pero por el medio corría un pasaje que subía y bajaba como un puente.  Merry y Pippin fueron depositados en el suelo, del otro lado y allí esperaron con Legolas a que llegara el resto de la Compañía.

      Al cabo de un rato Boromir volvió trayendo a Sam.  Detrás, en el sendero estrecho, pero ahora firme, apareció Gandalf conduciendo a Bill; Gimli venía montado entre el equipaje.  Al fin llegó Aragorn, con Frodo.  Vinieron por la senda, pero apenas Frodo había tocado el suelo cuando se oyó un gruñido sordo y una cascada de piedras y nieve se precipitó detrás de ellos.  La polvareda encegueció casi a la Compañía mientras se acurrucaban contra la pared, y cuando el aire se aclaró vieron que el sendero por donde habían venido estaba ahora bloqueado.

      -¡Basta! ¡Basta! -gritó Glmli-. ¡Nos iremos lo antes posible!

      Y en verdad con este último golpe la malicia de la montaña pareció agotarse, como si a Caradhras le bastara que los invasores hubiesen sido rechazados y que no se atrevieran a volver.  La amenaza de nieve pasó; las nubes empezaron a abrirse y la luz aumentó.

      Como Legolas había informado, descubrieron que la nieve era cada vez menos espesa, a medida que avanzaban, de modo que hasta los hobbits podían ir a pie.  Pronto se encontraron una vez más sobre la cornisa en que terminaba la ladera y donde la noche anterior habían sentido caer los primeros copos de nieve.

      La mañana no estaba muy avanzada.  Volvieron la cabeza y miraron desde aquella altura las tierras más bajas del oeste.  Lejos, en los terrenos abruptos que se extendían al pie de la montaña, se encontraba la hondonada donde habían comenzado a subir hacia el paso.

      A Frodo le dolían las piernas.  Estaba helado hasta los huesos y hambriento y la cabeza le daba vueltas cuando pensaba en la larga y dolorosa bajada.  Unas manchas negras le flotaban ante los ojos.  Se los frotó, pero las manchas negras no desaparecieron.  A lo lejos, abajo, pero ya encima de las primeras estribaciones, unos puntos oscuros describían círculos en el aire.

      -¡Otra vez los pájaros! -dijo Aragorn señalando.

      -No podernos hacer nada ahora -dijo Gandalf-.  Sean bondadosos o malvados, o aunque no tengan ninguna relación con nosotros, tenemos que bajar en seguida. í No esperemos ni siquiera en las rodillas de Caradhras a que caiga de nuevo la noche!

      Un viento frío los siguió mientras daban la espalda a la Puerta del Cuerno Rojo y bajaban por la pendiente tropezando de fatiga.  Caradhras los había derrotado.

 

4

 

UN VIAJE EN LA OSCURIDAD

 

            La luz gris menguaba otra vez rápidamente, cuando se detuvieron a pasar la noche.  Estaban muy cansados.  La oscuridad creciente velaba las montañas y el aire era frío.  Gandalf le dio a cada uno un trago más del miruvor de Rivendel.  Luego de comer invitó a los otros a discutir la situación.

      -No podemos, por supuesto, continuar esta noche -dijo-.  El ataque a la entrada del Cuerno Rojo nos ha dejado agotados y tenemos que descansar.

      -¿Y luego adónde iremos? -preguntóFrodo.

      -El viaje no ha terminado y no hemos cumplido aún nuestra misión -respondió Gandalf-.  No podemos hacer otra cosa que continuar, o regresar a Rivendel.

      El rostro se le iluminó a Pippin ante la sola mención de retornar a Rivendel.  Merry y Sam se miraron esperanzados.  Pero Aragorn y Boromir no reaccionaron.  Frodo parecía preocupado.

      -Me gustaría estar allí de vuelta -dijo-. ¿Pero cómo regresar sin sentirnos avergonzados?  A no ser que no haya en verdad otro camino y que nos declaremos vencidos.

      -Tienes razón, Frodo -dijo Gandalf -, regresares admitir la derrota y enfrentar luego derrotas peores.  Si regresamos ahora, el Anillo tendrá que quedarse allí; no podremos partir otra vez.  Luego, tarde o temprano, Rivendel será sitiada y destruida a corto y amargo plazo.  Los Espectros del Anillo son enemigos mortales, pero sólo sombras del poder y del terror que llegarían a manejar si el Anillo Soberano cae de nuevo en manos de Sauron.

      -Entonces tenemos que continuar, si hay un camino -dijo Frodo suspirando.

Sam tenía de nuevo un aire lúgubre.

      -Hay un camino que podemos probar -dijo Gandalf -. Desde el comienzo, cuando consideré por vez primera este viaje, pensé que valía la pena intentarlo.  Pero no es un camino agradable y no os dije nada.  Aragorn no estaba de acuerdo, al menos no hasta que intentáramos cruzar las montañas.

      -Si es un camino peor que el de la Puerta del Cuerno Rojo, tiene que ser realmente malo -dijo Merry-.  Pero será mejor que nos hables y nos enteremos en seguida de lo peor.

      -El camino de que hablo conduce a las Minas de Moria -dijo Gandalf.

      Sólo Gimli alzó la cabeza, con un fuego de brasas en la mirada.  Todos los demás sintieron miedo de pronto.  Aun para los hobbits era una leyenda que evocaba un oscuro terror.

      -El camino puede llevar a Moria, ¿pero cómo podríamos saber si nos sacará de Moria? -dijo Aragorn, sombrío.

      -Es un nombre de malos augurios -dijo Boromir-.  Y no veo la necesidad de ir allí.  Si no podemos cruzar las montañas, viajemos hacia el sur hasta el Paso de Rohan donde los hombres son amigos de mi pueblo, tomando el camino que yo seguí hasta aquí. O podemos ir todavía más lejos y cruzar el Isen hasta Playa Larga y Lebennin y así llegar a Gondor desde las regiones cercanas al mar.

      -Las cosas han cambiado desde que viniste al norte, Boromir -replicó Gandalf -. ¿No oíste lo que dije de Saruman?  Quizá tengamos que arreglar cuentas antes que esto haya terminado.  Pero el Anillo no ha de acercarse a Isengard, si podemos impedirlo.  El Paso de Rohan está cerrado para nosotros mientras vayamos con el Portador.

      »En cuanto al camino más largo: no tenemos tiempo.  Un viaje semejante podría llevarnos un alío y tendríamos que pasar por muchas tierras desiertas donde no encontraríamos ningún refugio.  Y no estaríamos seguros.  Los ojos vigilantes de Saruman y el enemigo están puestos en esas tierras.  Cuando viniste al norte, Boromir, no eras a los ojos del enemigo más que un viajero extraviado del sur y asunto de poca monta para él; no pensaba en otra cosa que en perseguir el Anillo.  Pero ahora volverías como miembro de la Compañía del Anillo y estarías en peligro mientras permanecieses con nosotros.  El peligro aumentaría con cada legua que hiciésemos hacia el sur bajo el cielo desnudo.

      »Desde que intentamos cruzar el paso, nuestra situación se ha hecho aún más difícil, temo.  Veo pocas esperanzas, si no nos perdemos de vista durante un tiempo y cubrimos nuestras huellas.  Por lo tanto aconsejo que no vayamos por encima de las montañas, ni rodeándolas, sino por debajo.  De cualquier modo es una ruta que el enemigo no esperará que tomemos.

      -No sabemos lo que él espera -dijo Boromir-.  Quizá vigile todas las rutas, las probables y las improbables.  En ese caso entrar en Moria sería meterse en una trampa, apenas mejor que ir a golpear las puertas de la Torre Oscura.  El nombre de Moria es tétrico.

      -Hablas de lo que no sabes, cuando comparas a Moria con la fortaleza de Sauron -respondió Gandalf-. De todos nosotros yo he sido el único que he estado alguna vez en los calabozos del Señor Oscuro y esto sólo en la morada de Dol Guldur, más antigua y menos importante.  Quienes cruzan las puertas de Baradûr no vuelven nunca. Pero yo no os llevaría a Moria si no hubiese ninguna esperanza de salir.  Si hay orcos allí, lo pasaremos mal, es cierto.  Pero la mayoría de los orcos de las Montañas Nubladas fueron diseminados o destruidos en la Batalla de los Cinco Ejércitos.  Las águilas informan que los orcos están viniendo otra vez desde lejos, pero hay esperanzas de que Moria esté todavía libre.

      »Hasta es posible que haya enanos allí y que en alguna sala subterránea construida en otro tiempo encontremos a Balin hijo de Fundin.  De cualquier modo, la necesidad nos dicta este camino.

      -¡Iré contigo, Gandalf! -dijo Gimli-.  Iré contigo y exploraré las salas de Durin, cualquiera sea el riesgo, si encuentras las puertas que están cerradas.

      -¡Bien, Gimli! -dijo Gandalf -. Tú me alientas.  Buscaremos juntos las puertas ocultas y las cruzaremos.  En las ruinas de los Enanos, una cabeza de enano se confundirá menos que un elfo, o un hombre o un Hobbit.  No será la primera vez que entro en Moria.  Busqué allí mucho tiempo a Thráin hijo de Thrór, después que desapareció. ¡Estuve en Moria y salí con vida!

      -Yo también crucé una vez la Puerta del Arroyo Sombrío -dijo Aragorn serenamente-.  Pero aunque salí como tú, guardo un recuerdo siniestro.  No deseo entrar en Moria una segunda vez.

      -Y yo ni siquiera una vez -dijo Pippin.

      -Yo tampoco -murmuró Sam.

      -¡Claro que no! -dijo Gandalf-. ¿Quién lo desearía?  Pero la pregunta es: ¿quién me seguirá, si os guío hasta allí?

      -Yo -dijo Gimli con vehemencia.

      -Yo -masculló Aragorn-.  Tú me seguiste casi hasta el desastre en la nieve y no te quejaste ni una vez.  Yo te seguiré ahora, si esta última advertencia no te conmueve.  No pienso ahora en el Anillo ni en ninguno de nosotros, Gandalf, sino en ti.  Y te digo: si cruzas las puertas de Moria, ¡cuidado!

      -Yo no iré -dijo Boromir-, a menos que todos voten contra mí. ¿Qué dicen Legolas y la gente pequeña?  Tendríamos que oír, me parece, la opinión del Portador del Anillo.

      -Yo no deseo ir a Moria -dijo Legolas.

      Los hobbits no dijeron nada.  Sam miró a Frodo.  Al fin Frodo habló.

      -No deseo ir -dijo-, pero tampoco quiero rechazar el consejo de Gandalf.  Ruego que no se vote hasta que lo hayamos pensado bien.  Apoyaremos a Gandalf más fácilmente a la luz de la mañana que en esta fría oscuridad. ¡Cómo aúlla el viento!

      Con estas palabras todos se sumieron en una silenciosa reflexión.  El viento silbaba entre las rocas y los árboles y había aullidos y lamentos en los vacíos ámbitos de la noche.

De pronto Aragorn se incorporó de un salto.

      -¿Cómo aúlla el viento? – exclamó -. Aúlla con voz de lobo. ¡Los huargos han pasado al este de las montañas!

      -¿Es necesario entonces esperar a que amanezca? -dijo Gandalf Como dije antes, la caza ha empezado.  Aunque vivamos para ver el alba, ¿quién querrá ahora viajar al sur de noche con los lobos salvajes pisándonos los talones?

      -¿A qué distancia está Moria? -preguntó Boromir.

      -Hay una puerta al sudoeste de Caradhras, a unas quince millas a vuelo de cuervo y a unas veinte a paso de lobo -respondió Gandalf con aire sombrío.

      -Partamos entonces con las primeras luces, si podemos -dijo Boromir-.  El lobo que se oye es peor que el orco que se teme.

      -¡Cierto! -dijo Aragorn, soltando la espada en la vaina-.  Pero donde el huargo aúlla, el orco ronda.

      -Lamento no haber seguido el consejo de Elrond -le murmuró Pippin a Sam-.  Al fin y al cabo sirvo de muy poco.  No hay bastante en mí de la raza de Bandobras el Toro Bramador: esos aullidos me hielan la sangre.  No recuerdo haberme sentido nunca tan desdichado.

      -El corazón se me ha caído a los pies, señor Pippin -dijo Sam-.  Pero todavía no nos han devorado y tenemos aquí alguna gente fuerte.  No sé qué le estará reservado al viejo Gandalf, pero apostaría que no es la barriga de un lobo.

 

 

   Para defenderse durante la noche, la Compañía subió a la loma que los había abrigado hasta entonces.  Allá arriba en la cima había un grupo de viejos árboles retorcidos y alrededor un círculo incompleto de grandes piedras.  Encendieron un fuego en medio de las piedras, pues no había esperanza de que la oscuridad y el silencio los ocultaran a las manadas de lobos cazadores.

      Se sentaron alrededor del fuego y aquellos que no estaban de guardia cayeron en un sueño intranquilo.  El pobre Bill, el poney, temblaba y transpiraba.  El aullido de los lobos se oía ahora todo alrededor, a veces cerca y a veces lejos.  En la oscuridad de la noche alcanzaban a verse muchos ojos brillantes que se asomaban al borde de la loma.  Algunos se adelantaban casi hasta el círculo de piedras.  En una brecha del círculo pudo verse una oscura forma lobuna, que los miraba.  De pronto estalló en un aullido estremecedor, como si fuera un capitán incitando a la manada al asalto.

      Gandalf se incorporó y dio un paso adelante, alzando la vara.

      -¡Escucha, bestia de Sauron! -gritó-.  Soy Gandalf. ¡Huye, si das algún valor a tu horrible pellejo!  Te secaré del hocico a la cola, si entras en este círculo.

      El lobo gruñó y dio un gran salto hacia adelante.  En ese momento se oyó un chasquido seco.  Legolas había soltado el arco.  Un grito espantoso se alzó en la noche y la sombra que saltaba cayó pesadamente al suelo; la flecha élfica le había atravesado la garganta.  Los ojos vigilantes se apagaron.  Gandalf y Aragorn se adelantaron unos pasos, pero la loma estaba desierta; la manada había huido.  El silencio invadió la oscuridad de alrededor; el viento suspiraba y no traía ningún grito.

 

 

   La noche terminaba y la luna menguante se ponía en el oeste, brillando de cuando en cuando entre las nubes que comenzaban a abrirse.  Frodo despertó bruscamente.  De improviso, una tempestad de aullidos feroces y amenazadores estalló alrededor del campamento.  Una hueste de huargos se había acercado en silencio y ahora atacaban desde todos los lados a la vez.

      -¡Rápido, echad combustible al fuego! -gritó Gandalf a los hobbits-. ¡Desenvainad y poneos espalda contra espalda!

A la luz de la leña nueva que se inflamaba y ardía, Frodo vio muchas sombras grises que entraban saltando en el círculo de piedras.  Otras y otras venían detrás.  Aragorn lanzó una estocada y le atravesó la garganta a un lobo enorme, uno de los jefes.  Golpeando de costado, Boromir le cortó la cabeza a otro.  Gimli estaba de pie junto a ellos, las piernas separadas, esgrimiendo su hacha de enano.  El arco de Legolas cantaba.

      A la luz oscilante del fuego pareció que Gandalf crecía de súbito: una gran forma amenazadora que se elevaba como el monumento de piedra de algún rey antiguo en la cima de una colina.  Inclinándose como una nube, tomó una rama y fue al encuentro de los lobos.  Las bestias retrocedieron.  Gandalf arrojó al aire la tea llameante.  La madera se inflamó con un resplandor blanco, como un relámpago en la noche, y la voz del mago rodó como el trueno:

      -Naur an edraith ammen!  Naur dan i ngaurhoth!

      Hubo un estruendo y un crujido y el árbol que se alzaba sobre él estalló en una floración de llamas enceguecedoras.  El fuego saltó de una copa a otra.  Una luz resplandeciente coronó toda la colina.  Las espadas y cuchillos de los defensores brillaron y refulgieron.  La última flecha de Legolas se inflamó en pleno vuelo, y ardiendo se clavó en el corazón de un gran jefe lobo.  Todos los otros escaparon.

      El fuego se extinguió lentamente hasta que sólo quedó un movimiento de cenizas y chispas y una humareda acre subió en volutas de los muñones quemados de los árboles, envolviendo oscuramente la loma mientras las primeras luces del alba aparecían pálidas en el cielo.  Los lobos habían sido vencidos y no volverían.

      -¿Qué le dije, señor Pippin? -comentó Sam envainando la espada-.  Los lobos no pudieron con él.  Fue de veras una sorpresa. ¡Casi se me chamuscan los cabellos!

 

 

   Entrada la mañana no se vio ninguna señal de los lobos, ni se encontró ningún cadáver.  Las únicas huellas del combate de la noche eran los árboles carbonizados y las flechas de Legolas en la cima de la loma.  Todas estaban intactas excepto una que no tenía punta.

      -Tal como me lo temía -dijo Gandalf-.  Estos no eran lobos comunes que buscan alimento en el desierto. ¡Comamos en seguida y partamos!

      Ese día el tiempo cambió otra vez, casi como si obedeciese a algún poder que ya no podía servirse de la nieve, desde que ellos se habían retirado del paso, un poder que ahora deseaba tener una luz clara, de manera que todo aquello que se moviese en el desierto pudiera ser visto desde muy lejos.  El viento había estado cambiando durante la noche del norte al noroeste y ahora ya no soplaba.  Las nubes desaparecieron en el sur descubriendo un cielo alto y azul.  Estaban en la falda de la loma, listos para partir, cuando un sol pálido iluminó las cimas de los montes.

      -Tenemos que llegar a las puertas antes que oscurezca -dijo Gandalf – o temo que no lleguemos nunca.  No están lejos, pero corremos el riesgo de que nuestro camino sea demasiado sinuoso, pues aquí Aragorn no nos puede guiar; conoce poco el país y yo estuve sólo una vez al pie de los muros occidentales de Moria y eso fue hace tiempo. -Señaló el lejano sudeste donde los flancos de las montañas caían a pique en hondonadas sombrías. – Es allá -continuó.  En la distancia alcanzaba a verse una línea de riscos desnudos y en medio, más alta que el resto, una gran pared gris-.  Cuando dejamos el paso os llevé hacia el sur y no de vuelta a nuestro punto de partida como alguno de vosotros habrá notado.  Era mejor así, pues ahora tenemos varias millas menos que recorrer y hay que darse prisa. ¡Vamos!

      -No sé qué esperar -dijo Boromir ceñudamente-: que Gandalf encuentre lo que busca, o que llegando a los riscos descubramos que las puertas han desaparecido para siempre.  Todas las posibilidades parecen malas, y que quedemos atrapados entre los lobos y el muro es quizá la posibilidad mayor. ¡En marcha!

 

 

   Gimli caminaba ahora delante junto al mago, tan ansioso estaba de llegar a Moria. Juntos guiaron a los otros de vuelta hacia las montañas.  El único camino antiguo que llevaba a Moria desde el oeste seguía el curso de un río, el Sirannon, que corría desde los riscos, no muy lejos de donde habían estado las puertas.  Pero pareció que Gandalf había errado el camino, o que la región había cambiado en los últimos años, pues el río no estaba donde esperaba encontrarlo, a unas pocas millas al sur de la pared.

Era casi mediodía y la Compañía iba aún de un lado a otro, ayudándose a veces con manos y pies, por un terreno desolado de piedras rojas.  No se veía ningún brillo de agua, ni se oía el menor ruido.  Todo era desierto y seco.  No había allí aparentemente criaturas vivas y ningún pájaro cruzaba el aire.  Nadie quería pensar qué podía traerles la noche, si los alcanzaba en aquellas regiones perdidas.

      De pronto Gimli que se había adelantado les gritó que se acercaran.  Se había subido a una pequeña loma y apuntaba a la derecha.  Se apresuraron y vieron allí abajo un cauce estrecho y profundo.  Estaba vacío y silencioso y entre las piedras del lecho, pardas y manchadas de rojo, corría apenas un hilo de agua. Junto al borde más cercano había un sendero ruinoso que serpeaba entre las paredes derruidas y las piedras de una antigua carretera.

      -¡Ah! ¡Aquí estamos al fin! -dijo Gandalf -. Es aquí donde corría el río, el Sirannon, el Río de la Puerta como solían llamarlo.  No puedo imaginar qué le pasó al agua; antes era rápida y ruidosa. ¡Vamos!  Tenemos que darnos prisa.  Estamos retrasados.

 

 

   Todos estaban cansados y tenían los pies doloridos, pero siguieron tercamente por aquella senda sinuosa y áspera durante muchas millas.  El sol comenzó a descender.  Luego de un breve descanso y una rápida comida, continuaron la marcha.  Las montarías parecían observarlos de mala manera, pero el sendero corría por una profunda hondonada y sólo veían las estribaciones más altas y los picos lejanos del este.

      Al fin llegaron a una vuelta brusca del sendero.  Habían estado marchando hacia el sur entre el borde del canal y una pendiente abrupta a la izquierda; pero ahora el sendero corría de nuevo hacia el este.  Casi en seguida vieron ante ellos un risco bajo, de unas cinco brazas de alto, que terminaba en un borde mellado y roto.  Un hilo de agua bajaba del risco, goteando a lo largo de una grieta que parecía haber sido cavada por un salto de agua, en otro tiempo caudaloso.

      -¡Las cosas han cambiado en verdad! – dijo Gandalf -. Pero no hay error posible respecto del sitio.  Esto es todo lo que queda de los Saltos de la Escalera.  Si recuerdo bien hay unos escalones tallados en la roca a un lado, pero el camino principal se pierde doblando a la izquierda y sube así hasta el terreno llano de la cima.  Había también un valle poco profundo que subía más allá de las cascadas hasta las Murallas de Moria y el Sirannon atravesaba ese valle con el camino a un lado. ¡Vayamos a ver cómo están las cosas ahora!

      Encontraron los escalones de piedra sin dificultad y Gimli los subió saltando, seguido por Gandalf y Frodo.  Cuando llegaron a la cima vieron que por ese lado no podían ir más allá y descubrieron las causas del secamiento del Arroyo de la Puerta.  Detrás de ellos el sol poniente inundaba el fresco cielo occidental con una débil luz dorada.  Ante ellos se extendía un lago oscuro y tranquilo.  Ni el cielo ni el crepúsculo se reflejaban en la sombría superficie.  El Sirannon había sido embalsado y las aguas cubrían el valle.  Más allá de esas aguas ominosas se elevaba una cadena de riscos, finales e infranqueables, de paredes torvas y pálidas a la luz evanescente.  No había signos de puerta o entrada, ni una fisura o grieta que Frodo pudiera ver en aquella piedra hostil.

      -He ahí las Murallas de Moria -dijo Gandalf apuntando a través del agua-.  Y allí hace un tiempo estuvo la Puerta, la Puerta de los Elfos en el extremo del camino de Acebeda, por donde hemos venido.  Pero esta vía está cerrada.  Nadie en la Compañía, me parece, querría nadar en estas aguas tenebrosas a la caída de la noche.  Tienen un aspecto malsano.

      -Busquemos un camino que bordee el lado norte -dijo Gimli-.  La Compañía tendría que subir ante todo por el camino principal y ver adónde lleva.  Aunque no hubiera lago, no conseguiríamos que nuestro poney de carga trepara por estos escalones.

      -De cualquier modo no podríamos llevar a la pobre bestia a las Minas -dijo Gandalf-.  El camino que corre por debajo de las montañas es un camino oscuro y hay trechos angostos y escarpados por donde él no pasaría, aunque pasáramos nosotros.

      -¡Pobre viejo Bill! -dijo Frodo-.  No lo había pensado. ¡Y pobre Sam!  Me pregunto qué dirá.

      -Lo lamento -dijo Gandalf -. El pobre Bill ha sido un compañero muy útil y siento en el alma tener que abandonarlo ahora.  Yo hubiera preferido viajar con menos peso y sin ningún animal y menos que ninguno este que Sam quiere tanto.  Temí todo el tiempo que estuviésemos obligados a tomar ese camino.

 

 

   El día estaba terminando y las estrellas frías parpadeaban en el cielo bien por encima del sol poniente, cuando la Compañía trepó con rapidez por las laderas y bajó a la orilla del lago.  No parecía tener de ancho más de un tercio de milla, como máximo.  La luz era escasa y no alcanzaban a ver hasta dónde iba hacia el sur, pero el extremo norte no estaba a más de media milla y entre las crestas rocosas que encerraban el valle y la orilla del agua había una franja de tierra descubierta.  Se adelantaron de prisa, pues tenían que recorrer una milla o dos antes de llegar al punto de la orilla opuesta indicado por Gandalf, y luego había que encontrar las puertas.

      Llegaron al extremo norte del lago y descubrieron allí que una caleta angosta les cerraba el paso.  Era de aguas verdes y estancadas y se extendía como un brazo cenagoso hacia las cimas de alrededor.  Gimli dio un paso adelante sin titubear y descubrió que el agua era poco profunda y que allí en la orilla no le llegaba más arriba del tobillo.  Los otros caminaron detrás de él, en fila, pisando con cuidado, pues bajo las hierbas y el musgo había piedras viscosas y resbaladizas.  Frodo se estremeció de repugnancia cuando el agua oscura y sucia le tocó los pies.

      Cuando Sam, el último de la Compañía, llevó a Bill a tierra firme, del otro lado del canal, se oyó de pronto un sonido blando: un roce, seguido de un chapoteo, como si un pez hubiera perturbado la superficie tranquila del agua.  Miraron atrás y alcanzaron a ver unas ondas que la sombra bordeaba de negro a la luz declinante; unos grandes anillos concéntricos se abrían desde un punto lejano del lago.  Hubo un sonido burbujeante y luego silencio.  La oscuridad creció y unas nubes velaron los últimos rayos del sol poniente.

      Gandalf marchaba ahora a grandes pasos y los otros lo seguían tan de cerca como les era posible.  Llegaron así a la franja de tierra seca entre el lago y los riscos, que no tenía a menudo más de doce yardas de ancho, y donde había muchas rocas y piedras; pero encontraron un camino siguiendo el contorno de los riscos y manteniéndose alejados todo lo posible del agua oscura.  Una milla más al sur tropezaron con unos acebos.  En las depresiones del Suelo se pudrían tocones y ramas secas: restos, parecía, de viejos setos o de una empalizada que alguna vez había bordeado el camino a través del valle anegado.  Pero muy pegados al risco, altos y fuertes, había dos árboles, más grandes que cualquier otro acebo que Frodo hubiera visto o imaginado.  Las grandes raíces se extendían desde la muralla hasta el agua.  Vistos desde el pie de aquellas elevaciones, aún lejos de la escalera habían parecido meros arbustos, pero ahora se alzaban dominantes, tiesos, oscuros y silenciosos, proyectando en el suelo unas apretadas sombras nocturnas, irguiéndose como columnas que guardaban el término del camino.

      -¡Bueno, aquí estamos al fin! – dijo Gandalf -. Aquí concluye el Camino de los Elfos que viene de Acebeda.  El acebo era el signo de las gentes de este país y los plantaron aquí para señalar los límites del dominio, pues la Puerta del Oeste era utilizada para traficar con los Señores de Moria.  Eran aquellos días más felices, cuando había a veces una estrecha amistad entre gentes de distintas razas, aun entre enanos y elfos.

      -El debilitamiento de esa amistad no fue culpa de los enanos -dijo Gimli.

      -Nunca oí decir que la culpa fuera de los elfos -dijo Legolas.

      -Yo oí las dos cosas -dijo Gandalf-, y no tomaré partido ahora.  Pero os ruego a los dos, Legolas y Gimli, que al menos seáis amigos y que me ayudéis.  Las puertas están cerradas y ocultas y cuanto más pronto las encontremos mejor. ¡La noche se acerca!

      Volviéndose hacia los otros continuó:

      -Mientras yo busco, ¿queréis todos vosotros preparamos para entrar en las Minas?  Pues temo que aquí tengamos que despedirnos de nuestra buena bestia de carga.  Tendremos que abandonar también mucho de lo que trajimos para protegernos del frío; no lo necesitaremos adentro, ni, espero, cuando salgamos del otro lado y bajemos hacia el sur.  En cambio cada uno de nosotros tomará una parte de lo que trae el poney, especialmente comida y los odres de agua.

      -¡Pero no podemos dejar al pobre Bill en este sitio desolado, señor Gandalf! -gritó Sam, irritado y desesperado a la vez-.  No lo permitiré y punto. ¡Después que ha venido tan lejos y todo lo demás!

      -Lo lamento, Sam -dijo el mago-.  Pero cuando la puerta se abra, no creo que seas capaz de arrastrar a tu Bill al interior, a la larga y tenebrosa Moria.  Tendrás que elegir entre Bill y tu amo.

      -Bill seguiría al señor Frodo a un antro de dragones, si yo lo llevara -protestó Sam-.  Sería casi un asesinato dejarlo aquí solo con todos esos lobos alrededor.

      -Espero que sea casi un asesinato y nada más -dijo Gandalf.  Puso la mano sobre la cabeza del poney y habló en voz baja-.  Ve con palabras de protección y cuidado.  Eres una bestia inteligente y has aprendido mucho en Rivendel.  Busca los caminos donde haya pasto y llega a casa de Elrond, o a donde quieras ir.

      »¡Ya está, Sam!  Tendrá tantas posibilidades como nosotros de escapar a los lobos y volver a casa.

Sam estaba de pie, abatido, junto al poney, y no respondió.  Bill, como si entendiera lo que estaba ocurriendo, se frotó contra Sam, pasándole el hocico por la oreja.  Sam se echó a llorar y tironeó de las correas, descargando los bultos del poney y echándolos a tierra.  Los otros sacaron todo, haciendo una pila de lo que podían dejar y repartiéndose el resto.

      Luego se volvieron a mirar a Gandalf.  Parecía que el mago no hubiera hecho nada.  Estaba de pie entre los árboles mirando la pared desnuda del risco, como si quisiera abrir un agujero con los ojos.  Gimli iba de un lado a otro, golpeando la piedra aquí y allá con el hacha.  Legolas se apretaba contra la pared, como escuchando.

      -Bueno, aquí estamos, todos listos -dijo Merry-, ¿pero dónde están las puertas?  No veo ninguna indicación.

      -Las puertas de los enanos no se hicieron para ser vistas, cuando están cerradas -dijo Gimli-.  Son invisibles.  Ni siquiera los amos de estas puertas pueden encontrarlas o abrirlas, si el secreto se pierde.

      -Pero ésta no se hizo para que fuera un secreto, conocido sólo por los enanos -dijo Gandalf, volviendo de súbito a la vida y dando media vuelta-.  Si las cosas no cambiaron aquí demasiado, un par de ojos que sabe lo que busca tendría que encontrar los signos.

      Fue otra vez hacia la pared. Justo entre la sombra de los árboles había un espacio liso y Gandalf pasó por allí las manos de un lado a otro, murmurando entre dientes.  Luego dio un paso atrás.

      -¡Mirad! -dijo-. ¿Veis algo ahora?

      La luna brillaba en ese momento sobre la superficie de roca gris; pero durante un rato no vieron nada nuevo.  Luego lentamente, en el sitio donde el mago había puesto las manos, aparecieron unas líneas débiles, como delgadas vetas de plata que corrían por la piedra.  Al principio no eran más que hilos pálidos, como unos centelleos a la luz plena de la luna, pero poco a poco se hicieron más anchos y claros, hasta que al fin se pudo distinguir un dibujo.

      Arriba, donde Gandalf ya apenas podía alcanzar, había un arco de letras entrelazadas en caracteres élficos.  Abajo, aunque los trazos estaban en muchos sitios borrados o rotos, podían verse los contornos de un yunque y un martillo y sobre ellos una corona con siete estrellas.  Más abajo había dos árboles y cada uno tenía una luna creciente.  Más clara que todo el resto una estrella de muchos rayos brillaba en medio de la puerta.

      -¡Son emblemas de Durin! -exclamó Gimli.

      -¡Y ese es el árbol de los Altos Elfos! -dijo Legolas.

      -Y la estrella de la Casa de Fëanor -dijo Gandalf -. Están labrados en ithildin que sólo refleja la luz de las estrellas y la luna y que duerme hasta el momento en que alguien lo toca pronunciando ciertas palabras que en la Tierra Media se olvidaron tiempo atrás.  Las oí hace ya muchos años y tuve que concentrarme para recordarlas.

      -¿Qué dice la escritura? -preguntó Frodo mientras trataba de descifrar la inscripción en el arco-.  Pensé que conocía las letras élficas, pero éstas no las puedo leer.

      -Está escrito en una lengua élfica del Oeste de la Tierra Media en los Días Antiguos -respondió Gandalf -. Pero no dicen nada de importancia para nosotros.  Dicen sólo Las Puertas de Durin, Señor de Moria. Habla, amigo y entra.  Y más abajo en caracteres pequeños y débiles está escrito: Yo, Narvi, construí estas puertas.  Celebrimbor de Acebeda grabó estos signos.

      -¿Qué significa habla, amigo y entra? -preguntó Merry.

      -Es bastante claro -dijo Gimli-.  Si eres un amigo, dices la contraseña y las puertas se abren y puedes entrar.

      -Sí -dijo Gandalf -, es probable que estas puertas estén gobernadas por palabras.  Algunas puertas de enanos se abren sólo en ocasiones especiales, o para algunas personas en particular, y a veces hay que recurrir a cerraduras y llaves aun conociendo las palabras y el momento oportuno.  Esta puerta no tiene llave.  En los tiempos de Durin no eran secretas.  Estaban de ordinario abiertas y los guardias vigilaban aquí.  Pero si estaban cerradas, cualquiera que conociese la contraseña podía decirla y pasar.  Al menos eso es lo que se cuenta, ¿no es así, Gimli?

      -Así es -dijo el enano-, pero qué palabra era ésa, nadie lo sabe.  Narvi y el arte de Narvi y todos los suyos han desaparecido de la faz de la tierra.

      -¿Pero tú no conoces la palabra, Gandalf? -preguntó Boromir sorprendido.

      -¡No! -dijo el mago.

      Los otros parecieron consternados; sólo Aragorn, que había tratado largo tiempo a Gandalf, permaneció callado e impasible.

      -¿De qué sirve entonces habernos traído a este maldito lugar? -exclamó Boromir, echando una ojeada al agua oscura y estremeciéndose-.  Nos dijiste que una vez atravesaste las Minas. ¿Cómo fue posible si no sabes cómo entrar?

      -La respuesta a tu primera pregunta, Boromir -dijo el mago- es que no conozco la palabra… todavía.  Pero pronto atenderemos a eso.  Y -añadió y los ojos le chispearon bajo las cejas erizadas- puedes preguntar de qué sirven mis actos cuando hayamos comprobado que son del todo inútiles.  En cuanto a tu otra pregunta: ¿dudas de mi relato? ¿O has perdido la facultad de razonar?  No entré por aquí.  Vine del Este.

      »Si deseas saberlo, te diré que estas puertas se abren hacia afuera.  Puedes abrirlas desde dentro empujándolas con las manos.  Desde fuera nada las moverá excepto la contraseña indicada.  No es posible forzarlas hacia adentro.

      -¿Qué vas a hacer entonces? -preguntó Pippin a quien no intimidaban las pobladas cejas del mago.

      -Golpear a las puertas con tu cabeza, Peregrin Tuk – dijo Gandalf

      Y si eso no las echa abajo, tendré por lo menos un poco de paz, sin nadie que me haga preguntas estúpidas.  Buscaré la contraseña.

      »Conocí en un tiempo todas las fórmulas mágicas que se usaron alguna vez para estos casos, en las lenguas de los elfos, de los hombres, o de los orcos.  Aún recuerdo unas doscientas sin necesidad de esforzarme mucho.  Pero sólo se necesitarán unas pocas pruebas, me parece, y no tendré que recurrir a Gimli y a esa lengua secreta de los enanos que no enseñan a nadie.  Las palabras que abren la puerta son élficas, sin duda, como la escritura del arco.

      Se acercó otra vez a la roca y tocó ligeramente con la vara la estrella de plata del medio, bajo el signo del yunque, y dijo con una voz perentoria:

 

Annon edhellen, edro hi ammen!

Fennas nogothrim, lasto beth lammen!

 

      Las líneas de plata se apagaron, pero la piedra gris y desnuda no se movió.

      Muchas veces repitió estas palabras, en distinto orden, o las cambió.  Luego probó diversas fórmulas, una tras otra, hablando ahora más rápido y más alto, ahora más bajo y más lentamente.  Luego dijo muchas palabras sueltas en élfico.  Nada ocurrió.  La cima del risco se perdió en la noche, las estrellas innumerables se encendieron allá arriba, sopló un viento frío y las puertas continuaron cerradas.

      Gandalf se acercó de nuevo a la pared y alzando los brazos habló con voz de mando, cada vez más colérico.  Edro!  Edro!,  exclamó, golpeando la piedra con la vara. ¡Ábrete! ¡Ábrete!, gritó y continuó con todas las órdenes de todos los lenguajes que alguna vez se habían hablado al oeste de la Tierra Media.  Al fin arrojó la vara al suelo y se sentó en silencio.

 

 

   En ese instante el viento les trajo desde muy lejos el aullido de los lobos.  Bill el poney se sobresaltó, asustado, y Sam corrió a él y le habló en voz baja.

      -¡No dejes que se escape! -dijo Boromir-.  Parece que pronto lo necesitaremos, si antes no nos descubren los lobos. ¡Cómo odio esta laguna siniestra!

      Inclinándose, recogió una piedra grande y la arrojó lejos al agua oscura.  La piedra desapareció con un suave chapoteo, pero casi al mismo tiempo se oyó un silbido y un sonido burbujeante.  Unos grandes anillos de ondas aparecieron en la superficie más allá del sitio donde había caído la piedra y se acercaron lentamente a los pies del risco.

      -¿Por qué hiciste eso, Boromir? -dijo Frodo-.  Yo también odio este lugar y tengo miedo.  No sé de qué: no de los lobos, o de la oscuridad que espera detrás de las puertas; de otra cosa.  Tengo miedo de la laguna. ¡No la perturbes!

      -¡Ojalá pudiéramos irnos! -dijo Merry.

      -¿Por qué Gandalf no hace algo? -dijo Pippin.

      Gandalf no les prestaba atención.  Sentado, cabizbajo, parecía desesperado, o inquieto.  El aullido lúgubre de los lobos se oyó otra vez.  Las ondas de agua crecieron y se acercaron; algunas lamían ya la costa.

      De pronto, tan de improviso que todos se sobresaltaron, el mago se incorporó vivamente. ¡Se reía!

      -¡Lo tengo! -gritó-. ¡Claro, claro!  De una absurda simpleza, como todos los acertijos una vez que encontraste la solución.

      Recogiendo la vara y de pie ante la roca, dijo con voz clara: -Mellon!

      La estrella brilló brevemente y se apagó.  En seguida, en silencio, se dibujó una gran puerta, aunque hasta entonces no habían sido visibles ni grietas ni junturas.  Se dividió lentamente en el medio y se abrió hacia afuera pulgada a pulgada hasta que ambas hojas se apoyaron contra la pared.  A través de la abertura pudieron ver una escalera sombría y empinada, pero más allá de los primeros escalones la oscuridad era más profunda que la noche.  La Compañía miraba con ojos muy abiertos.

      -Después de todo, yo estaba equivocado – dijo Gandalf – y también Gimli.  Merry, quién lo hubiese creído, encontró la buena pista. ¡La contraseña estaba inscrita en el arco!  La traducción tenía que haber sido: Di «amigo» y entra.  Sólo tuve que pronunciar la palabra amigo en élfico y las puertas se abrieron.  Simple, demasiado simple para un docto maestro en estos días sospechosos.  Aquellos eran tiempos más felices. ¡Bueno, vamos!

 

 

   Gandalf se adelantó y puso el pie en el primer escalón.  Pero en ese momento ocurrieron varias cosas.  Frodo sintió que algo lo tomaba por el tobillo y cayó dando un grito.  Se oyó un relincho terrible y Bill el poney corrió espantado a lo largo de la orilla perdiéndose en la oscuridad.  Sam saltó detrás y oyendo en seguida el grito de Frodo regresó de prisa, llorando y maldiciendo.  Los otros se volvieron y observaron que las aguas huían, como si un ejército de serpientes viniera nadando desde el extremo sur.

      Un largo y sinuoso tentáculo se había arrastrado fuera del agua; era de color verde pálido, fosforescente y húmedo.  La extremidad provista de dedos había, aferrado a Frodo y estaba llevándolo hacia el agua.  Sam, de rodillas, lo atacaba a cuchilladas.

      El brazo soltó a Frodo y Sam arrastró a su amo alejándolo de la orilla y pidiendo auxilio.  Aparecieron otros veinte tentáculos extendiéndose como ondas.  El agua oscura hirvió y el hedor era espantoso.

      -¡Por la puerta! ¡Subid las escaleras! ¡Rápido! -gritó Gandalf saltando hacia atrás.

      Arrancándolos al horror que parecía haberlos encadenado a todos al suelo, excepto a Sam, Gandalf consiguió que corrieran hacia la puerta.

      Habían reaccionado justo a tiempo.  Sam y Frodo estaban unos pocos escalones arriba y Gandalf comenzaba a subir cuando los tentáculos se retorcieron tanteando la playa angosta y palpando la pared del risco y las puertas.  Uno reptó sobre el umbral, reluciendo a la luz de las estrellas, Gandalf se volvió e hizo una pausa.  Estaba considerando Qué palabra podría cerrar la galería desde dentro cuando unos brazos serpentinas se enroscaron a las puertas y con un terrible esfuerzo las hicieron girar, Las puertas batieron resonando y la luz desapareció.  Un ruido de crujidos y golpes llegó sordamente a través de la piedra maciza.

      Sam, asiéndose del brazo de Frodo, se dejó caer sobre un escalón en la negra oscuridad.

      -¡Pobre viejo Bill! -dijo con voz entrecortado-. ¡Lobos y serpientes!  Pero las serpientes fueron demasiado para él.  Tuve que elegir, señor Frodo.  Tuve que venir con usted.

      Oyeron que Gandalf bajaba los escalones y arrojaba la vara contra la puerta.  Hubo un estremecimiento en la piedra y los escalones temblaron, pero las puertas no se abrieron.

 

 

            -¡Bueno, bueno! -dijo el mago-.  Ahora el pasadizo está bloqueado a nuestras espaldas y hay una sola salida… del otro lado de la montaña.  Temo que estos ruidos últimos vengan de unos peñascos que han caído ¡arrancando árboles y apiñándolos frente a la puerta!. Lo lamento, pues los árboles eran hermosos y habían resistido tantos años.

      -Sentí que había algo horrible cerca desde el momento en que mi pie tocó el agua -dijo Frodo-. ¿Qué era eso, o había muchos?

      -No lo sé -respondió Gandalf -, pero todos los brazos tenían un solo propósito.  Algo ha venido arrastrándose o ha sido sacado de las aguas oscuras bajo las montañas.  Hay criaturas más antiguas y horribles que los orcos en las profundidades del mundo.

      No dijo lo que pensaba: cualquiera que fuese la naturaleza de aquello que habitaba en la laguna, había atacado a Frodo antes que a los demás.

      Boromir susurró entre dientes, pero la piedra resonante amplificó el sonido convirtiéndolo en un murmullo ronco que todos pudieron oír:

      -¡En las profundidades del mundo!  Y ahí vamos, contra mi voluntad. ¿Quién nos conducirá en esta oscuridad sin remedio?

      -Yo – dijo Gandalf -. Y Gimli caminará a mi lado. ¡Seguid mi vara!

      Mientras el mago se adelantaba subiendo los grandes escalones, alzó la vara y de la punta brotó un débil resplandor.  La ancha escalinata era segura y se conservaba bien.  Doscientos escalones, contaron, anchos y bajos; y en la cima descubrieron un pasadizo abovedado que llevaba a la oscuridad.

      -¿Por qué no nos sentamos a descansar y a comer aquí en el pasillo, ya que no encontramos un comedor? -preguntó Frodo.

      Estaba empezando a olvidar el horrible tentáculo, y de pronto sentía mucha hambre.

      La propuesta tuvo buena acogida y se sentaron en los últimos escalones, unas figuras oscuras envueltas en tinieblas.  Después de comer, Gandalf le dio a cada uno otro sorbo del miruvor de Rivendel.

      -No durará mucho más, me temo -dijo-, pero lo creo necesario luego de ese horror de la puerta.  Y a no ser que tengamos mucha suerte, ¡nos tomaremos el resto antes de llegar al otro lado! ¡Tened cuidado también con el agua!  Hay muchas corrientes y manantiales en las Minas, pero no se los puede tocar.  Quizá no tengamos oportunidad de llenar las botas y botellas antes de descender al Valle del Arroyo Sombrío.

      -¿Cuánto tiempo nos llevará? -preguntó Frodo.

      -No puedo decirlo -respondió Gandalf-.  Depende de muchas cosas.  Pero yendo directamente, sin contratiempos ni extravíos, tardaremos tres o cuatro jornadas, espero.  No hay menos de cuarenta millas entre la Puerta del Oeste y el Portal del Este en línea recta y es posible que el camino dé muchas vueltas.

 

 

   Luego de un breve descanso, se pusieron otra vez en marcha.  Todos ellos deseaban terminar esta parte del viaje lo antes posible y estaban dispuestos, a pesar de sentirse tan cansados, a caminar durante horas.  Gandalf iba al frente como antes.  Llevaba en la mano izquierda la vara centelleante, que sólo alcanzaba a iluminar el piso ante él; en la mano derecha esgrimía la espada Glamdring.  Detrás de Gandalf iba Gimli, los ojos brillantes a la luz débil mientras volvía la cabeza a los lados.  Detrás del enano caminaba Frodo, que había desenvainado la espada corta, Dardo.  De las hojas de Dardo y Glamdring no venía ningún reflejo y esto era auspicioso, pues habiendo sido forjadas por elfos de los Días Antiguos estas espadas brillaban con una luz fría si había algún orco cerca.  Detrás de Frodo marchaba Sam y luego Legolas y los hobbits jóvenes y Boromir.  En la oscuridad de la retaguardia, grave y silencioso, caminaba Aragorn.

      Después de doblar a un lado y a otro unas pocas veces el pasadizo empezó a descender.  Siguió así un largo rato, en un descenso regular y continuo hasta que corrió otra vez horizontalmente.  El aire era ahora cálido y sofocante, aunque no viciado, y de vez en cuando sentían en la cara una corriente de aire fresco que parecía venir de unas aberturas disimuladas en las paredes.  Había muchas de estas aberturas.  Al débil resplandor de la vara del mago, Frodo alcanzaba a ver escaleras y arcos y pasadizos y túneles, que subían, o bajaban bruscamente, o se abrían a las tinieblas de ambos lados.  Hubiera sido fácil extraviarse y nadie hubiera podido recordar el camino de vuelta.

      Gimli ayudaba a Gandalf muy poco, excepto mostrando resolución y coraje.  Al menos no parecía perturbado por la mera oscuridad, como la mayoría de los otros.  El mago lo consultaba a menudo cuando la elección del camino se hacía dudosa, pero la última palabra la daba siempre Gandalf.  Las Minas de Moria eran de una vastedad y complejidad que desalaban la imaginación de Gimli, hijo de Glóin, nada menos que un enano de la Raza de las Montañas.  A Gandalf los borrosos recuerdos de un viaje hecho en el lejano pasado no le servían de mucho, pero aun en la oscuridad y a pesar de todos los meandros del camino él sabía adónde quería ir y no cejaría mientras hubiera un sendero que llevase de algún modo a la meta.

 

 

   -¡No temáis! -dijo Aragorn.  Hubo una pausa más larga que de costumbre y Gandalf y Gimli murmuraron entre ellos; los otros se apretaron detrás, esperando ansiosamente-. ¡No temáis!  Lo he acompañado en muchos viajes, aunque en ninguno tan oscuro, y en Rivendel se cuentan hazañas de él más extraordinarias que todo lo que yo haya visto alguna vez.  No se extraviará, si es posible encontrar un camino.  Nos ha conducido aquí contra nuestros propios deseos, pero nos llevará de vuelta afuera, cueste lo que cueste.  Estoy seguro de que en una noche cerrada encontraría el camino de vuelta más fácilmente que los gatos de la Reina Berúthiel.

      Era bueno para la Compañía contar con un guía semejante.  No disponían de combustible ni de ningún material para preparar una antorcha.  En la huida precipitada hacia la puerta, habían dejado atrás muchos bultos.  Pero sin luz hubieran caído pronto en la desesperación.  No sólo eran muchas las sendas posibles, también abundaban agujeros y fosas y a lo largo del camino se abrían pozos oscuros que devolvían el eco de los pasos.  Había fisuras y grietas en las paredes y el piso y de cuando en cuando aparecía un abismo justo ante ellos.  El más ancho medía cerca de dos metros y Pippin tardó bastante en animarse a saltar.  De muy abajo venía un rumor de aguas revueltas, como si una gigantesca rueda de molino estuviera girando en las profundidades.

      -¡Una cuerda! -murmuró Sam-.  Sabía que la necesitaría, si no la traía conmigo.

 

 

   A medida que estos peligros eran más frecuentes, la marcha se hacía más lenta.  Les parecía ya que habían estado caminando y caminando, interminablemente, hacia las raíces de la montaría.  La fatiga los abrumaba y sin embargo no tenían ganas de detenerse.  Frodo había recuperado un poco el ánimo luego de la comida y un sorbo del cordial; pero ahora una profunda inquietud, que llegaba al miedo, lo invadía otra vez.  Aunque le habían curado la herida en Rivendel, la terrible cuchillada había tenido algunas consecuencias.  Se le habían agudizado los sentidos y advertía ahora la presencia de muchas cosas que no podían ser vistas.  Un síntoma de esos cambios, y que había notado muy pronto, era que podía ver en la oscuridad quizá más que cualquiera de los otros, excepto Gandalf.  Y de todos modos él era el Portador del Anillo; le colgaba de la cadena sobre el pecho y a veces lo sentía como una carga pesada.  Estaba seguro de que el mal los esperaba allá delante y que a la vez venía siguiéndolos, pero no hacía ningún comentario.  Apretaba la empuñadura de la espada y se adelantaba tercamente.

      Detrás de él la Compañía hablaba poco y nada más que en murmullos apresurados.  Sólo se oía el sonido de las pisadas: el golpe sordo de las botas de enano de Gimli; los pesados pies de Boromir; el paso liviano de Legolas; el trote ligero y casi imperceptible de los hobbits y en la retaguardia las pisadas lentas y firmes de Aragorn, que caminaba a grandes trancos.  Cuando se detenían un momento, no oían nada, excepto el débil goteo ocasional de un hilo de agua que se escurría invisible.  No obstante, Frodo comenzó a oír, o a imaginar que oía, alguna otra cosa: el blando sonido de unos pies descalzos.  El sonido no era nunca bastante alto, ni bastante próximo, como para que él estuviera seguro de haberlo oído, pero una vez que empezaba ya no cesaba nunca, mientras la Compañía continuara marchando.  Pero no era un eco, pues cuando se detenían proseguía un rato, solo, antes de apagarse.

 

 

   Ya caía la noche cuando habían entrado en las Minas.  Habían caminado durante horas, haciendo breves escalas, y Gandalf tropezó de pronto con el primer problema serio.  Ante él se alzaba un arco amplio y oscuro que se abría en tres pasajes; todos iban en la misma dirección, hacia el este; pero el pasaje de la izquierda bajaba bruscamente, el de la derecha subía, y el del medio parecía correr en línea recta, liso y llano, pero muy angosto.

      -¡No tengo ningún recuerdo de este sitio! -dijo Gandalf titubeando ha o el arco.  Sostuvo en alto la vara con la esperanza de encontrar alguna marca o inscripción que lo ayudara a elegir, pero no había nada de esta especie-.  Estoy demasiado cansado para decidir -dijo, moviendo la cabeza-.  Y supongo que todos vosotros estáis tan cansados como yo, o más.  Mejor que nos detengamos aquí por lo que queda de la noche. ¡Sé que me entendéis!  Aquí está siempre oscuro, pero fuera la luna tardía va hacia el oeste y la medianoche ha quedado atrás.

      -¡Pobre viejo Bill! -dijo Sam-.  Me pregunto dónde anda.  Espero que esos lobos todavía no lo hayan atrapado.

      A la izquierda del gran arco encontraron una puerta de piedra; estaba a medio cerrar pero un leve empellón la abrió fácilmente.  Más allá parecía haber una sala amplia tallada en la roca.

      -¡Tranquilos! ¡Tranquilos! -exclamó Gandalf mientras Merry y Pippin empujaban hacia adelante, contentos de haber encontrado un sitio donde podían descansar sintiéndose más amparados que en el corredor-.  Tranquilos.  Todavía no sabéis lo que hay dentro.  Iré primero.

      Entró con cuidado y los otros lo siguieron en fila.

      -¡Mirad! -dijo apuntando al suelo con la vara.

      Todos miraron y vieron un agujero grande y redondo, como la boca de un pozo.  Unas cadenas rotas y oxidadas colgaban de los bordes y bajaban al pozo negro.  Cerca había unos trozos de piedra.

      -Uno de vosotros pudo haber caído aquí y todavía estaría preguntándose cuándo golpearía el fondo -le dijo Aragorn a Merry-.  Deja que el guía vaya delante, mientras tienes uno.

      -Esto parece haber sido una sala de guardia, destinada a la vigilancia de los tres pasadizos -dijo Gimli-.  El agujero es evidentemente un pozo para uso de los guardias y que se tapaba con una losa de piedra.  Pero la losa está rota y hay que tener cuidado en la oscuridad.

      Pippin se sentía curiosamente atraído por el pozo.  Mientras los otros desenrollaban mantas y preparaban camas contra las paredes del recinto, se arrastró hasta el borde y se asomó.  Un aire helado pareció pegarle en la cara, como subiendo de profundidades invisibles.  Movido por un súbito impulso repentino, tanteó alrededor buscando una piedra suelta y la dejó caer.  Sintió que el corazón le latía muchas veces antes que hubiera algún sonido.  Luego, muy abajo, como si la piedra hubiera caído en las aguas profundas de algún lugar cavernoso, se oyó un pluf, muy distante, pero amplificado y repetido en el hueco del pozo.

      -¿Qué es eso? -exclamó Gandalf.  Se mostró un instante aliviado cuando Pippin confesó lo que había hecho, pero en seguida montó en cólera y Pippin pudo ver que le relampagueaban los ojos-. ¡Tuk estúpido! -gruñó el mago-.  Este es un viaje serio y no una excursión hobbit.  Tírate tú mismo la próxima vez y no molestarás más. ¡Ahora quédate quieto!

      Nada más se oyó durante algunos minutos, pero luego unos débiles golpes vinieron de las profundidades: tom-tap, tap-tom.  Hubo un silencio y cuando los ecos se apagaron, los golpes se repitieron: tap-tom, tom-tap, tap-tap, tom.  Sonaban de un modo inquietante, pues parecían señales de alguna especie, pero al cabo de un rato se apagaron y no se oyeron más.

      -Eso era el golpe de un martillo, o nunca he oído uno -dijo Gimli. -Sí -dijo Gandalf-, y no me gusta.  Quizá no tenga ninguna relación con la estúpida piedra de Peregrin, pero es posible que algo haya sido perturbado y hubiese sido mejor dejarlo en paz. ¡Por favor, no vuelvas a hacer algo parecido!  Espero que podamos descansar sin más dificultades.  Tú, Pippin, harás la primera guardia, como recompensa -gruñó mientras se envolvía en una manta.

      Pippin se sentó miserablemente junto a la puerta en la cerrada oscuridad, pero no dejaba de volver la cabeza, temiendo que alguna cosa desconocida se arrastrara fuera del pozo.  Hubiese querido cubrir el agujero, por lo menos con una manta, pero no se atrevía a moverse ni a acercarse, aunque Gandalf parecía dormir.

      Gandalf en realidad estaba despierto, aunque acostado y en silencio, y trataba de recordar todos los detalles de su viaje anterior a las Minas, preguntándose ansiosamente qué rumbo convendría tomar; una media vuelta equivocada podía ser desastrosa.  Al cabo de una hora se incorporó y fue hacia Pippin.

      -Vete a un rincón y trata de dormir, mi muchacho -dijo en un tono amable-.  Quieres dormir, supongo.  Yo no he cerrado un ojo, de modo que puedo reemplazarte en la guardia.

      »Ya sé lo que me ocurre -murmuró mientras se sentaba junto a la puerta-. ¡Necesito un poco de humo!  No he fumado desde la mañana anterior a la tormenta de nieve.

      Lo último que vio Pippin, mientras el sueño se lo llevaba, fue la sombra del viejo mago encogida en el piso, protegiendo un fuego incandescente entre las manos nudosas, puestas sobre las rodillas.  La luz temblorosa mostró un momento la nariz aguileña y una bocanada de humo.

 

 

   Fue Gandalf quien los despertó a todos.  Había estado sentado y vigilando solo alrededor de seis horas, dejando que los otros descansaran.

      -Y mientras tanto tomé mi decisión -dijo -. No me gusta la idea del camino del medio y no me gusta el olor del camino de la izquierda: el aire está viciado allí, o no soy un guía.  Tomaré el pasaje de la derecha.  Es hora de que volvamos a subir.

      Durante ocho horas oscuras, sin contar dos breves paradas, continuaron marchando y no encontraron ningún peligro, ni oyeron nada y no vieron nada excepto el débil resplandor de la luz del mago, bailando ante ellos como un fuego fatuo.  El túnel que habían elegido llevaba regularmente hacia arriba, torciendo a un lado y al otro, describiendo grandes curvas ascendentes, y a medida que subía se hacía más elevado y más ancho.  No había a los lados aberturas de otras galerías o túneles y el suelo era llano y firme, sin pozos o grietas.  Habían tomado evidentemente lo que en otro tiempo fuera una ruta importante y progresaban con mucha mayor rapidez que en la jornada anterior.

      De este modo avanzaron unas quince millas, medidas en línea recta hacia el este, aunque en realidad debían de haber caminado veinte millas o más.  A medida que el camino subía, el ánimo de Frodo mejoraba un poco; pero se sentía aún oprimido y aún oía a veces, o creía oír, detrás de la Compañía, más allá de los ajetreos de la marcha, pisadas que venían siguiéndolos y que no eran un eco.

 

 

   Habían marchado hasta los límites de las fuerzas de los hobbits y estaban todos pensando en un lugar donde pudieran dormir, cuando de pronto las paredes de la izquierda y la derecha desaparecieron; luego de atravesar una puerta abovedada habían salido a un espacio negro y vacío.  Una corriente de aire tibio soplaba detrás de ellos y delante una fría oscuridad les tocaba las caras.  Se detuvieron y se apretaron inquietos unos contra otros.

      Gandalf parecía complacido. -Elegí el buen camino -dijo-.  Por lo menos estamos llegando a las partes habitables y sospecho que no estamos lejos del lado este.  Pero nos encontramos en un sitio muy alto, más alto que la Puerta del Arroyo Sombrío, a menos que me equivoque.  Tengo la impresión de que estamos ahora en una sala amplia.  Me arriesgaré a tener un poco de verdadera luz.

      Alzó la vara, que relampagueó brevemente.  Unas grandes sombras se levantaron y huyeron y durante un segundo vieron un vasto cielo raso sostenido por numerosos y poderosos pilares tallados en la piedra.  Ante ellos y a cada lado se extendía un recinto amplio y vacío: las paredes negras, pulidas y lisas como el vidrio, refulgían y centelleaban.  Vieron también otras tres entradas; un túnel negro se abría ante ellos y corría en línea recta hacia el este y había otros dos a los lados.  Luego la luz se apagó.

      -No me atrevería a nada más por el momento -dijo Gandalf-.  Antes había grandes ventanas en los flancos de la montaría y túneles que llevaban a la luz en las partes superiores de las Minas.  Creo que hemos llegado ahí, pero afuera es otra vez de noche y no podremos saberlo hasta mañana.  Si no me equivoco, quizá veamos apuntar el amanecer.  Pero mientras tanto será mejor no ir más lejos.  Descansemos, si es posible.  Las cosas han ido bien hasta ahora y la mayor parte del camino oscuro ha quedado atrás.  Pero no hemos llegado todavía al fin y hay un largo trayecto hasta las puertas que se abren al mundo.

 

 

   La Compañía pasó aquella noche en la gran sala cavernosa, apretados todos en un rincón para escapar a la corriente de aire frío que parecía venir del arco del este.  Todo alrededor de ellos pendía la oscuridad, hueca e inmensa, y la soledad y vastedad de las salas excavadas y las escaleras y pasajes que se bifurcaban interminablemente eran abrumadoras.  Las imaginaciones más descabelladas que unos sombríos rumores hubiesen podido despertar en los hobbits, no eran nada comparados con el miedo y el asombro que sentían ahora en Moria.

      -Tiene que haber habido aquí toda una multitud de enanos en otra época -dijo Sam- y todos más atareados que tejones durante quinientos años haciendo todo esto, ¡y la mayor parte en roca dura! ¿Para qué, me pregunto?  Seguramente no vivirían en estos agujeros oscuros.

      -No son agujeros -dijo Gimli-.  Esto es el gran reino y la ciudad de la Mina del Enano.  Y antiguamente no era oscura sino luminosa y espléndida, como lo recuerdan aún nuestras canciones.

El enano se puso de pie en la oscuridad y empezó a cantar con una voz profunda, y los ecos se perdieron en la bóveda.

 

El mundo era joven y las montañas verdes,

y aún no se veían manchas en la luna

y los ríos y piedras no tenían nombre,

cuando Durin despertó y echó a caminar.

 

Nombró las colinas y los valles sin nombre;

bebió de fuentes ignoradas;

se inclinó y se miró en el Lago Espejo

y sobre la sombra de la cabeza de Durin

apareció una corona de estrellas

como joyas engarzadas en un hilo de plata.

 

El mundo era hermoso en los días de Durin,

en los Días Antiguos antes de la caída

de reyes poderosos en Nargothrond y Gondolin

que desaparecieron más allá de los mares.

El mundo era hermoso y las montañas altas.

 

Fue rey en un trono tallado

y en salas de piedra de muchos pilares

y runas poderosas en la puerta,

de bóvedas de oro y de suelo de plata.

La luz del sol, la luna y las estrellas

en centelleantes lámparas de vidrio

que las nubes y la noche jamás se oscurecían

para siempre brillaban.

 

Allí el martillo golpeaba el yunque,

el cincel esculpía y el buril escribía,

se forjaba la hoja de la espada,

y se fijaban las empuñaduras;

cavaba el cavador, el albañil edificaba.

 

Allí se acumulaban el berilo, la perla

y el pálido ópalo y el metal en escamas,

y la espada y la lanza brillantes,

el escudo, la malla y el hacha.

 

Incansable era entonces la gente de Durin;

bajo las montañas despertaba la música;

los arpistas tocaban, cantaban los cantantes,

y en la puerta las trompetas sonaban.

 

El mundo es gris ahora y vieja la montaña;

el fuego de la forja es sólo unas cenizas;

el arpa ya no suena, el martillo no cae;

la sombra habita en las salas de Durin,

y la oscuridad ha cubierto la tumba

en Moria, en Khazad-dûm.

 

Pero todavía aparecen las estrellas ahogadas

en la oscuridad y el silencio del Lago Espejo,

y hasta que Durin despierte de nuevo

en el agua profunda la corona descansa.

 

      -¡Me gusta eso! – dijo Sam -. Me gustaría aprenderlo. ¡En Moria, en Khazad-dûm!  Pero la imagen de todas esas lámparas hace la oscuridad más pesada, me parece. ¿Hay todavía por aquí montones de oro y joyas?

      Gimli no contestó.  Había cantado su canción y no quería decir más.

      -¿Montones de joyas? -dijo Gandalf -. No. Los orcos han saqueado Moria a menudo.  No queda nada en las salas superiores.  Y desde que los enanos se fueron, nadie se ha atrevido a explorar los pozos o a buscar tesoros en los sitios más profundos; los ha inundado el agua, o una sombra de miedo.

      -¿Entonces por qué los enanos querrían volver? -preguntó Sam.

      -Por el mithril -respondió Gandalf -. La riqueza de Moria no era el oro y las joyas, juguetes de los enanos; tampoco el hierro, sirviente de los enanos.  Tales cosas se encuentran aquí, es cierto, especialmente hierro; pero no cavaban para eso; todo lo que deseaban podían obtenerlo traficando.  Pues este era el único sitio del mundo donde había plata de Moria, o plata auténtica como algunos la llamaban: mithril es el nombre élfico.  Los enanos le dan otro nombre, pero lo guardan en secreto.  El valor del mithril era diez veces superior al del oro y ahora ya no tiene precio, pues queda poco en la superficie y ni siquiera los orcos se atreven a cavar aquí.  Las vetas llevan siempre al norte, hacia Caradhras y abajo, a la oscuridad.  Ellos no hablan de eso, pero si es cierto que el mithril fue la base de la riqueza de los enanos, fue también la perdición de estas criaturas, que cavaron con demasiada codicia, demasiado abajo y perturbaron aquello de que huían, el Daño de Durin.  De lo que llevaron a la luz, los orcos recogieron casi todo y se lo entregaron como tributo a Sauron.

      »Mithril!  Todo el mundo lo deseaba.  Podía ser trabajado como el cobre y pulido como el vidrio; y los enanos podían transformarlo en un metal más liviano y sin embargo más duro que el acero templado.  Tenía la belleza de la plata común, pero nunca se manchaba ni perdía el brillo.  Los elfos lo estimaban muchísimo y lo empleaban entre otras cosas para forjar los ithildin, la estrella-luna que habéis visto en la puerta.  Bilbo tenía una malla de anillos de mithril que Thorin le había dado.  Me pregunto qué se habrá hecho de ella.  Todavía juntando polvo en el museo de Cavada Grande, me imagino.

      -¿Qué? – exclamó Gimli de pronto, saliendo de su silencio -. ¿Una cota de plata de Moria? ¡Un regalo de rey!

      -Sí -continuó Gandalf-.  Nunca se lo dije, pero vale más que la Comarca entera y todo lo que en ella hay.

      Frodo no dijo nada, pero metió la mano bajo la túnica y tocó los anillos de la camisa.  Se le confundía la cabeza pensando que había ido de un lado a otro llevando el valor de la Comarca bajo la chaqueta. ¿Lo había sabido Bilbo?  Estaba seguro de que Bilbo lo sabía muy bien.  Era en verdad un regalo de rey.  Pero ahora ya no pensaba en las minas oscuras, pues se había acordado de Rivendel y de Bilbo, y luego de Bolsón Cerrado en los días en que Bilbo vivía todavía allí.  Deseó de todo corazón estar de vuelta, en aquellos días de antes, segando la hierba, o paseando entre las flores, y no haber oído hablar de Moria, o del mithril, o del Anillo.

 

 

   Siguió un profundo silencio.  Uno a uno los otros fueron durmiéndose.  Como un soplo que venía de las profundidades, cruzando puertas invisibles, el miedo envolvió a Frodo.  Tenía las manos frías y la frente transpirada.  Escuchó, prestando atención durante dos lentas horas, pero no oyó ningún sonido, ni siquiera el eco imaginario de unos pasos.

      La guardia de Frodo había concluido casi, cuando allá lejos, donde suponía que se alzaba el arco oriental, creyó ver dos pálidos puntos de luz, casi como ojos luminosos.  Se sobresaltó.  Había estado cabeceando. «Poco faltó para que me quedara dormido en plena guardia», pensó. «Ya empezaba a soñar.» Se incorporó y se frotó los ojos y se quedó de pie, espiando la oscuridad, hasta que Legolas lo relevó.

 

 

   Cuando se acostó se quedó dormido en seguida, pero tuvo la impresión de que el sueño continuaba: oía murmullos y vio que los pálidos puntos de luz se acercaban lentamente.  Despertó y vio que los otros estaban hablando en voz baja muy cerca y que una luz débil le caía en la cara.  Muy arriba, sobre el arco del este, un rayo de luz largo y pálido asomaba en una abertura de la bóveda, y en el otro extremo del recinto la luz resplandecía también débil y distante entrando por el arco del norte.

      Frodo se sentó.

      -¡Buen día! -le dijo Gandalf-.  Pues al fin es de día.  No me equivoqué.  Estamos muy arriba en el lado este de Moria.  Antes que termine la jornada tenemos que encontrar las Grandes Puertas y ver las aguas del Lago Espejo en el Valle del Arroyo Sombrío ante nosotros.

      -Me alegro -dijo Gimli-.  Ya he visto Moria y es muy grande, pero se ha convertido en un sitio oscuro y terrible y no hemos encontrado señales de mi gente.  Dudo ahora que Balin haya estado alguna vez aquí.

 

 

   Luego de haber desayunado, Gandalf decidió que se pondrían en marcha en seguida.

      -Estamos cansados, pero dormiremos mejor cuando lleguemos afuera -dijo-.  Creo que ninguno de nosotros desearía pasar otra noche en Moria.

      -¡No, en verdad! -dijo Boromir-. ¿Qué camino tomaremos? ¿Ese arco que apunta al este?

      -Quizá -dijo Gandalf-.  Pero aún no sé exactamente dónde nos encontramos.  Si no he perdido el rumbo, creo que estamos encima de los Grandes Portales y un poco al norte; y quizá no sea fácil encontrar el camino que baja a las puertas.  El arco del este tal vez sea la ruta adecuada, pero antes de decidirnos miraremos un poco alrededor.  Vayamos hacia aquella luz de la puerta norte.  Si pudiéramos encontrar una ventana, mejor que mejor, pero temo que la luz descienda sólo a través de largas aberturas.

      Siguiendo a Gandalf, la Compañía pasó bajo el arco del norte.  Se encontraban ahora en un amplio corredor.  A medida que avanzaban el resplandor iba aumentando y vieron que venía de un portal de la derecha.  Era alto, plano arriba, y la puerta de piedra colgaba todavía de los goznes, a medio cerrar.  Del otro lado había un cuarto grande y cuadrado.  Estaba apenas iluminado, pero a los ojos de la Compañía, luego de haber pasado tanto tiempo en la oscuridad, era de una luminosidad enceguecedora y todos parpadearon al entrar.

      El suelo estaba cubierto por una espesa capa de polvo y la Compañía tropezó en el umbral con muchas cosas que estaban allí tiradas y cuyas formas no pudieron reconocer al principio.  Una abertura alta y amplia de la pared del este iluminaba la cámara.  Atravesaba oblicuamente la pared y del otro lado, lejos y arriba, podía verse un cuadradito de cielo azul.  La luz caía directamente sobre una mesa en medio del cuarto: una piedra oblonga, de dos pies de alto, sobre la que habían puesto una losa de piedra blanca.

      -Parece una tumba -murmuró Frodo, y se inclinó hacia adelante, sintiendo un raro presentimiento, para mirar desde más cerca.

      Gandalf se acercó rápidamente.  Sobre la losa había unas runas grabadas:

      -Son runas de Daeron, como se usaban antiguamente en Moria -dijo Gandalf -. Dice aquí en las lenguas de los hombres y los enanos:

 

BALIN HIJO DE FUNDIN

SEÑOR DE MORIA

 

      -Está muerto entonces -dijo Frodo-.  Temía que fuera así.

      Gimli se echó la capucha sobre la cara.

 

5

 

EL PUENTE DE KHAZAD-DÛM

 

   La Compañía del Anillo permaneció en silencio junto a la tumba de Balin.  Frodo pensó en Bilbo, en la larga amistad que había tenido con el enano y en la visita de Balin a la Comarca tiempo atrás.  En aquel cuarto polvoriento de la montaña parecía que eso había ocurrido hacía mil años y en el otro extremo del mundo.

      Por último se movieron y levantaron los ojos y buscaron algo que pudiera aclararles la muerte de Balin, o qué había sido de su gente.  Había otra puerta más pequeña en el lado opuesto de la cámara, bajo la abertura. Junto a las dos puertas podían ver ahora muchos huesos desparramados y entre ellos espadas y hachas rotas y escudos y cascos hendidos.  Algunas de las espadas eran curvas: cimitarras de orcos con hojas negras.

      Había muchos nichos tallados en la piedra de los muros, que contenían grandes cofres de madera aherrojados.  Todo había sido roto y saqueado, pero junto a la tapa destrozada de uno de los cofres encontraron los restos de un libro.  Lo habían desgarrado y lo habían apuñalado, estaba quemado en parte y tan manchado de negro y otras marcas oscuras, como sangre vieja, que poco podía leerse.  Gandalf lo alzó con cuidado, pero las hojas crujieron y se quebraron mientras lo ponía sobre la losa.  Se inclinó sobre él un tiempo sin hablar.  Frodo y Gimli de pie junto a Gandalf, que volvía delicadamente las hojas, alcanzaban a ver que había sido escrito por distintas manos, en runas, tanto de Moria como del Valle y de cuando en cuando en caracteres élficos.

      Al fin Gandalf alzó los ojos. -Parece ser un registro de los azares y fortunas que cayeron sobre el pueblo de Balin -dijo-.  Supongo que empieza cuando llegaron al Valle del Arroyo Sombrío hace treinta años hay números en las páginas que parecen referirse a los años que siguieron.  La primera página está marcada uno-tres, de modo que al menos dos ya faltan desde el principio. ¡Escuchad!

      »Echamos a los orcos de la gran puerta y el cuarto de guar- supongo que diría guardia.  Matamos a muchos a la brillante -creo- luz del valle.  Una flecha mató a Flói.  Él derribó al grande.  Luego hay una mancha seguida por Flói bajo la hierba Junto al Lago Espejo.  Sigue una línea o dos que no puedo leer.  Luego esto: Hemos elegido como vivienda la sala vigesimoprimera del lado norte.  Hay no sé qué.  Se menciona una abertura.  Luego Balin se ha aposentado en la Cámara de Mazarbul.

      -La Cámara de los Registros -dijo Gimli-.  Sospecho que ahí estamos ahora.

      -Bueno, aquí no alcanzo a leer mucho más -dijo Gandalf – excepto la palabra oro y Hacha de Durin y algo así como yelmo.  Luego Balin es ahora señor de Moria.  Esto parece terminar un capítulo.  Luego de algunas estrellas comienza otra mano y aquí se lee encontramos plata auténtica y luego las palabras bien forjada y luego algo. ¡Lo tengo!  Mithril y las dos últimas líneas: Oin buscará las armerías superiores del Tercer Nivel; algo va al oeste, una mancha, a la puerta de Acebeda.

 

 

   Gandalf hizo una pausa y apartó unas pocas hojas.

      -Hay varias páginas de este tipo, escritas bastante de prisa y muy dañadas -dijo-, pero poco puedo sacar en limpio con esta luz.  Tienen que faltar también algunas hojas, pues éstas comienzan con el número cinco, el quinto año de la colonia, supongo.  Veamos.  No, están demasiado rotas y sucias, no puedo leerlas.  Mejor que probemos a la luz del sol. ¡Un momento!  Aquí hay algo: caracteres rápidos y grandes en lengua élfica.

      -Esa tiene que ser la mano de Ori -dijo Gimli mirando por encima del brazo de Gandalf -. Podía escribir bien y rápido y a menudo usaba los caracteres élficos.

      -Temo que esa mano hábil haya tenido que registrar malas noticias -dijo Gandalf -. La primera palabra es pena, pero el resto de la línea se ha perdido, aunque termina en ayer.  Sí, tiene que ser ayer seguido por siendo el diez de noviembre Balin señor de Moria cayó en el Valle del Arroyo Sombrío.  Fue solo a mirar el Lago Espejo.  Un orco lo mató desde atrás de una piedra.  Matamos al orco, pero muchos más..- subiendo desde el este por el Cauce de Plata.  El resto de la página está demasiado borroneado, pero me parece que alcanzo a leer hemos atrancado las puertas y luego resistiremos si y luego quizás horrible y sufrimiento. ¡Pobre Balin!  Parece que no pudo conservar el título que él mismo se dio ni siquiera cinco años.  Me pregunto qué habrá ocurrido después, pero no hay tiempo de descifrar las últimas pocas páginas.  Aquí está la última.

      Hizo una pausa y suspiró.

      -Es una lectura siniestra -continuó-.  Temo que el fin de esta gente haya sido cruel. ¡Escuchad!  No podemos salir.  No podemos salir.  Han tomado el puente y la segunda sala.  Frár y Lóni y Náli murieron allí.  Luego hay cuatro líneas muy manchadas y sólo puedo leer hace cinco días.  Las últimas líneas dicen la laguna llega a los muros de la Puerta del Oeste.  El Guardián del Agua se llevó a Oin.  No podemos salir.  El fin se acerca, y luego tambores, tambores en los abismos.  Me pregunto qué será esto.  Las últimas palabras son un garabateo arrastrado en letras élficas: están acercándose.  No hay nada más.

      Gandalf calló, guardando un pensativo silencio.

      Todos en la Compañía tuvieron un miedo repentino, sintiendo que se encontraban en una cámara de horrores.

      -No podemos salir -murmuró Gimli-.  Fue una suerte para nosotros que la laguna hubiese bajado un poco y que el Guardián estuviera durmiendo en el extremo sur.

Gandalf alzó la cabeza y miró alrededor.

      -Parece que ofrecieron una última resistencia en las dos puertas -dijo-, pero ya entonces no quedaban muchos. ¡Así terminó el intento de recuperar Moria!  Fue valiente, pero insensato.  No ha llegado todavía la hora.  Bien, temo que tengamos que despedirnos de Balin hijo de Fundin.  Que descanse aquí en las salas paternas.  Nos llevaremos este libro, el libro de Mazarbul, y lo miraremos luego con más atención.  Será mejor que tú lo guardes, Gimli, y que lo lleves de vuelta a Dáin, si tienes oportunidad.  Le interesará, aunque se sentirá profundamente apenado.  Bueno, ¡vayamos!  La mañana está quedando atrás.

      -¿Qué camino tomaremos? -preguntó Boromir.

      -Volvamos a la sala -dijo Gandalf -. Pero la visita a este cuarto no ha sido inútil.  Ahora sé dónde estamos.  Esta tiene que ser, como dijo Gimli, la Cámara de Mazarbul, y la sala la vigesimoprimera del extremo norte.  Por lo tanto hemos de salir por el arco del este, e ir a la derecha y al sur, descendiendo.  La Sala Vigesimoprimera tiene que estar en el Nivel Séptimo, es decir seis niveles por encima de las puertas. ¡Vamos! ¡De vuelta a la sala!

 

 

            Apenas Gandalf hubo dicho estas palabras cuando se oyó un gran ruido, como si algo rodara retumbando en los abismos lejanos, estremeciendo el suelo de piedra.  Todos saltaron hacia la puerta, alarmados.  Bum, bum, resonó otra vez, como si unas manos enormes estuvieran utilizando las cavernas de Moria como un vasto tambor.  Luego siguió una explosión, repetida por el eco: un gran cuerno sonó en la sala y otros cuernos y unos gritos roncos respondieron a lo lejos.  Se oyó el sonido de muchos pies que corrían.

      -¡Se acercan! -gritó Legolas.

      -No podemos salir -dijo Gimli.

      -¡Atrapados! – gritó Gandalf -. ¿Por qué me retrasé?  Aquí estamos, encerrados como ellos antes.  Pero entonces yo no estaba aquí.  Veremos qué…

      Bum, bum; el redoble sacudió las paredes. ¡Cerrad las puertas y atrancadlas! – gritó Aragorn -. Y no descarguéis los bultos mientras os sea posible.  Quizás aún tengamos posibilidad de escapar.

      -¡No! -dijo Gandalf-.  Mejor que no nos encerremos. ¡Dejad entreabierta la puerta del este!  Iremos por ahí, si nos dejan.

Otra ronca llamada de cuerno y unos gritos agudos que reverberaron en las paredes.  Unos pies venían corriendo por el pasillo.  Hubo un entrechocar de metales mientras la Compañía desenvainaba las espadas.  Glamdring brilló con una luz pálida y los filos de Dardo centellearon.  Boromir apoyó el hombro contra la puerta occidental.

      -¡Un momento! ¡No la cierres todavía! -dijo Gandalf.

      Alcanzó de un salto a Boromir y levantó la cabeza enderezándose.

      -¿Quién viene aquí a perturbar el descanso de Balin Señor de Moria? -gritó con una voz estentórea.

      Hubo una cascada de risas roncas, como piedras que se deslizan y caen en un pozo; en medio del clamor se alzó una voz grave, dando órdenes.  Bum, bum, bum, redoblaban los tambores en los abismos.

      Con rápido movimiento Gandalf fue hacia el hueco de la puerta y estiró el brazo adelantando la vara.  Un relámpago enceguecedor iluminó el cuarto y el pasadizo.  El mago se asomó un instante, miró y dio un salto atrás mientras las flechas volaban alrededor siseando y silbando.

      -Son orcos, muchos -dijo-.  Y algunos son corpulentos y malvados: uruks negros de Mordor.  No se han decidido a atacar todavía, pero hay algo más ahí.  Un gran troll de las cavernas, creo, o más que uno.  No hay esperanzas de poder escapar por ese lado.

      -Y ninguna esperanza si vienen también por la otra puerta -dijo Boromir.

      -Aquí no se oye nada todavía -dijo Aragorn que estaba de pie junto a la puerta del este, escuchando-.  El pasadizo de este lado desciende directamente a una escalera y es obvio que no lleva de vuelta a la sala.  Pero no serviría de nada huir ciegamente por ahí, con los enemigos pisándonos los talones.  No podemos bloquear la puerta.  No hay llave y la cerradura está rota y se abre hacia dentro.  Ante todo trataremos de demorarlos. ¡Haremos que teman la Cámara de Mazarbul! -dijo torvamente, pasando el dedo por el filo de la espada Andúril.

 

 

   Unos pies pesados resonaron en el corredor.  Boromir se lanzó contra la puerta y la cerró empujándola con el hombro; luego la sujetó acuñándola con hojas de espada quebradas y astillas de madera.  La Compañía se retiró al otro extremo del cuarto.  Pero aún no tenían ninguna posibilidad de escapar.  Un golpe estremeció la puerta, que en seguida comenzó a abrirse lentamente, rechinando, desplazando las cuñas.  Un brazo y un hombro voluminosos, de piel oscura, escamosa y verde, aparecieron en la abertura, ensanchándola.  Luego un pie grande, chato y sin dedos, entró empujando, deslizándose por el suelo.  Afuera había un silencio de muerte.

      Boromir saltó hacia adelante y lanzó un mandoble contra el brazo, pero la espada golpeó resonando, se desvió a un lado y se le cayó de la mano temblorosa.  La hoja estaba mellada.

      De pronto, y algo sorprendido pues no se reconocía a sí mismo, Frodo sintió que una cólera ardiente le inflamaba el corazón.

      -¡La Comarca! -gritó y saltando al lado de Boromir se inclinó y descargó a Dardo contra el pie.  Se oyó un aullido y el pie se retiró bruscamente, casi arrancando a Dardo de la mano de Frodo.  Unas gotas negras cayeron de la hoja y humearon en el suelo.  Boromir se arrojó otra vez contra la puerta y la cerró con violencia.

      -¡Un tanto para la Comarca! – gritó Aragorn -. ¡La mordedura del hobbit es profunda! ¡Tienes una buena hoja, Frodo hijo de Drogo!

      Un golpe resonó en la puerta y luego otro y otro.  Los orcos atacaban ahora con martillos y arietes.  Al fin la puerta crujió y se tambaleó hacia atrás y de pronto la abertura se ensanchó.  Las flechas entraron silbando, pero golpeaban la pared del norte y caían al suelo.  Un cuerno llamó en seguida y unos pies corrieron y los orcos entraron saltando en la cámara.

Cuántos eran, la Compañía no pudo saberlo.  En un principio los orcos atacaron decididamente, pero el furor de la defensa los desanimó muy pronto.  Legolas les atravesó la garganta a dos de ellos.  Gimli le cortó las piernas a otro que se había subido a la tumba de Balin.  Boromir y Aragorn mataron a muchos.  Cuando ya habían caído trece, el resto huyó chillando, dejando a los defensores indemnes, excepto Sam que tenía un rasguño a lo largo del cuero cabelludo.  Un rápido movimiento lo había salvado y había matado al orco: un golpe certero con la espada tumularia.  En los ojos castaños le ardía un fuego de brasas que habría hecho retroceder a Ted Arenas, si lo hubiera visto.

      -¡Ahora es el momento! – gritó Gandalf -. ¡Vamos, antes que el troll vuelva!

      Pero mientras aún retrocedían y antes que Pippin y Merry hubieran llegado a la escalera exterior, un enorme jefe orco, casi de la altura de un hombre, vestido con malla negra de la cabeza a los pies, entró de un salto en la cámara; lo seguían otros, que se apretaron en la puerta.  La cara ancha y chata era morena, los ojos como carbones, la lengua roja; esgrimía una lanza larga.  Con un golpe de escudo desvió la espada de Boromir y lo hizo retroceder, tirándolo al suelo.  Eludiendo la espada de Aragorn con la rapidez de una serpiente, cargó contra la Compañía, apuntando a Frodo con la lanza.  El golpe alcanzó a Frodo en el lado derecho y lo arrojó contra la pared.  Sam con un grito quebró de un hachazo el extremo de la lanza.  Aún estaba el orco dejando caer el asta y sacando la cimitarra, cuando Andúril le cayó sobre el yelmo.  Hubo un estallido, como una llama, y el yelmo se abrió en dos.  El orco cayó, la cabeza hendida.  Los que venían detrás huyeron dando gritos y Aragorn y Boromir acometieron contra ellos.

      Bum, bum continuaban los tambores allá abajo.

      -¡Ahora! -gritó Gandalf -. Es nuestra última posibilidad. ¡Corramos!

 

 

   Aragorn recogió a Frodo, que yacía junto a la pared, y se precipitó hacia la escalera, empujando delante de él a Merry y a Pippin.  Los otros los siguieron; pero Gimli tuvo que ser arrastrado por Legolas; a pesar del peligro se había detenido cabizbajo junto a la tumba de Balin.  Boromir tiró de la puerta este y los goznes chillaron.  Había a cada lado un gran anillo de hierro, pero no era posible sujetar la puerta.

      -Estoy bien -jadeó Frodo-.  Puedo caminar. ¡Bájame!

      Aragorn, asombrado, casi lo dejó caer.

      -¡Pensé que estabas muerto! -exclamó.

      -¡No todavía! -dijo Gandalf -. Pero no es momento de asombrarse. ¡Adelante todos, escaleras abajo!  Esperadme al pie unos minutos, pero si no llego en seguida, ¡continuad!  Marchad rápidamente siempre a la derecha y abajo.

      -¡No podemos dejar que defiendas la puerta tú solo! – dijo Aragorn. -¡Haz como digo! – dijo Gandalf con furia -. Aquí ya no sirven las espadas. ¡Adelante!

 

 

            Ninguna abertura iluminaba el pasaje y la oscuridad era completa. Descendieron una larga escalera tanteando las paredes y luego miraron atrás.  No vieron nada, excepto el débil resplandor de la vara del mago, muy arriba.  Parecía que Gandalf estaba todavía de guardia junto a la puerta cerrada.  Frodo respiraba pesadamente y se apoyó en Sam, que lo sostuvo con un brazo.  Se quedaron así un rato espiando la oscuridad de la escalera.  Frodo creyó oír la voz de Gandalf arriba, murmurando palabras que descendían a lo largo de la bóveda inclinada como ecos de suspiros.  No alcanzaba a entender lo que decían.  Parecía que las paredes temblaban.  De vez en cuando se oían de nuevo los redobles de tambor: bum, bum.

      De pronto una luz blanca se encendió un momento en lo alto de la escalera.  En seguida se oyó un rumor sordo y un golpe pesado.  El tambor redobló furiosamente, bum, bum, bum y enmudeció.  Gandalf se precipitó escaleras abajo y cayó en medio de la Compañía.

      -¡Bien, bien! ¡Problema terminado! – dijo el mago incorporándose con trabajo-.  He hecho lo que he podido.  Pero encontré la horma de mi zapato y estuvieron a punto de destruirme. ¡Pero no os quedéis ahí! ¡Vamos!  Tendréis que ir sin luz un rato, pues estoy un poco sacudido.  ¡Vamos! ¡Vamos! ¿Dónde estás, Gim1i? ¡Ven adelante conmigo! ¡Seguidnos los demás, y no os separéis!

 

 

            Todos fueron tropezando detrás de él y preguntándose qué habría ocurrido.  Bum, bum sonaron otra vez los golpes de tambor; les llegaban ahora más apagados y como desde lejos, pero venían detrás.  No había ninguna otra señal de persecución, ningún ajetreo de pisadas, ninguna voz.  Gandalf no se volvió ni a la izquierda ni a la derecha, pues el pasaje parecía seguir la dirección que él deseaba.  De cuando en cuando encontraban un tramo de cincuenta o más escalones que llevaba a un nivel más bajo.  Por el momento este era el peligro principal, pues en la oscuridad no alcanzaban a ver las escaleras, hasta que ya estaban bajando, o habían puesto un pie en el vacío.  Gandalf tanteaba el suelo con la vara, como un ciego.

      Al cabo de una hora habían avanzado una milla, o quizás un poco más, y habían descendido muchos tramos de escalera.  No se oía aún ningún sonido de persecución.  Hasta empezaban a creer que quizás escaparían.  Al pie del séptimo tramo, Gandalf se detuvo.

      -¡Está haciendo calor! -jadeó-.  Ya tendríamos que estar por lo menos al nivel de las puertas.  Pronto habrá que buscar un túnel a la izquierda, que nos lleve al este.  Espero que no esté lejos.  Me siento muy fatigado.  Tengo que descansar aquí unos instantes, aunque todos los orcos que alguna vez han sido caigan ahora sobre nosotros.

      Gimli lo ayudó a sentarse en el escalón.

      -¿Qué pasó allá arriba en la puerta? -preguntó-. ¿Descubriste al que toca el tambor?

      -No lo sé -respondió Gandalf-.  Pero de pronto me encontré enfrentado a algo que yo no conocía.  No supe qué hacer, excepto recurrir a algún conjuro que mantuviera cerrada la puerta.  Conozco muchos, pero estas cosas requieren tiempo y aun así el enemigo podría forzar la entrada.

      »Mientras estaba ahí oí voces de orcos que venían del otro lado, pero en ningún momento se me ocurrió que podían echar abajo la puerta.  No alcanzaba a oír lo que se decía; parecían estar hablando en ese horrible lenguaje de ellos.  Todo lo que entendí fue ghash, fuego.  En seguida algo, entró en la cámara; pude sentirlo a través de la puerta y los mismos orcos se asustaron y callaron.  El recién llegado tocó el anillo de hierro y en ese momento advirtió mi presencia y mi conjuro.

      »Qué era eso, no puedo imaginarlo, pero nunca me había encontrado con nada semejante.  El contraconjuro fue terrible.  Casi me hace pedazos.  Durante un instante perdí el dominio de la puerta, ¡que comenzó a abrirse!  Tuve que pronunciar un mandato.  El esfuerzo resultó ser excesivo.  La puerta estalló.  Algo oscuro como una nube estaba ocultando toda la luz, y fui arrojado hacia atrás escaleras abajo.  La pared entera cedió y también el techo de la cámara, me parece.

      »Temo que Balin esté sepultado muy profundamente y quizá también alguna otra cosa.  No puedo decirlo.  Pero por lo menos el pasaje que quedó a nuestras espaldas está completamente bloqueado. ¡Ah!  Nunca me he sentido tan agotado, pero ya pasa. ¿Y qué me dices de ti, Frodo?  No hubo tiempo de decírtelo, pero nunca en mi vida tuve una alegría mayor que cuando tú hablaste.  Temí que fuera un hobbit valiente pero muerto lo que Aragorn llevaba en brazos.

      -¿Qué digo de mí? -preguntó Frodo-.  Estoy vivo y entero, creo.  Me siento lastimado y dolorido, pero no es grave.

      -Bueno -dijo Aragorn-, sólo puedo decir que los hobbits son de un material tan resistente que nunca encontré nada parecido.  Si yo lo hubiera sabido antes, ¡habría hablado con más prudencia en la taberna de Bree! ¡Ese lanzazo hubiese podido atravesar a un jabalí de parte a parte!

      -Bueno, no estoy atravesado de parte a parte, me complace decirlo -dijo Frodo-, aunque siento como si hubiese estado entre un martillo y un yunque.

      No dijo más.  Le costaba respirar.

      -Te pareces a Bilbo -dijo Gandalf -. Hay en ti más de lo que se advierte a simple vista, como dije de él hace tiempo.

      Frodo se quedó pensando si esta observación no tendría algún otro significado.

 

 

   Prosiguieron la marcha.  Al rato Gimli habló.  Tenía una vista penetrante en la oscuridad.

      -Creo -dijo – que hay una luz delante.  Pero no es la luz del día.  Es roja. ¿Qué puede ser?

      -Ghash! -murmuró Gandalf -. Me pregunto si era eso a lo que se referían, que los niveles inferiores están en llamas.  Sin embargo, no podemos hacer otra cosa que continuar.

      Pronto la luz fue inconfundible y todos pudieron verla.  Vacilaba y reverberaba en las paredes del pasadizo.  Ahora podían ver por dónde iban: descendían una pendiente rápida y un poco más adelante había un arco bajo; de allí venía la claridad creciente.  El aire era casi sofocante.

      Cuando llegaron al arco, Gandalf se adelantó indicándoles que se detuvieran.  Fue hasta poco más allá de la abertura y los otros vieron que un resplandor le encendía la cara.  El mago dio un paso atrás.

      -Esto es alguna nueva diablura -dijo Gandalf – preparada sin duda para darnos la bienvenida.  Pero sé dónde estamos: hemos llegado al Primer nivel, inmediatamente deba o de las puertas.  Esta es la Segunda Sala de la Antigua Moria y las puertas están cerca: más allá del extremo este, a la izquierda, a un cuarto de milla.  Hay que cruzar el puente, subir por una ancha escalinata, luego un pasaje ancho que atraviesa la Primera Sala, ¡y fuera! ¡Pero venid y mirad!

      Espiaron y vieron otra sala cavernosa.  Era más ancha y mucho más larga que aquella en que habían dormido.  Estaban cerca de la pared del este; se prolongaba hacia el oeste perdiéndose en la oscuridad.  Todo a lo largo del centro se alzaba una doble fila de pilares majestuosos.  Habían sido tallados como grandes troncos de árboles y una intrincada tracería de piedra imitaba las ramas que parecían sostener el cielo raso.  Los tallos eran lisos y negros, pero reflejaban oscuramente a los lados un resplandor rojizo. Justo ante ellos, a los pies de dos enormes pilares, se había abierto una gran fisura.  De allí venía una ardiente luz roja y de vez en cuando las llamas lamían los bordes y abrazaban la base de las columnas.  Unas cintas de humo negro flotaban en el aire cálido.

      -Si hubiésemos venido por la ruta principal desde las salas superiores, nos hubieran atrapado aquí -dijo Gandalf-.  Esperemos que el fuego se alce ahora entre nosotros y quienes nos persiguen. ¡Vamos!  No hay tiempo que perder.

Aún mientras hablaban escucharon de nuevo el insistente redoble de tambor: bum, bum, bum.  Más allá de las sombras en el extremo oeste de la sala estallaron unos gritos y llamadas de cuerno.  Bum, bum: los pilares parecían temblar y las llamas oscilaban.

      -¡Ahora la última carrera! -dijo Gandalf-.  Si afuera brilla el sol, aún podemos escapar. ¡Seguidme!

      Se volvió a la izquierda y echó a correr por el piso liso de la sala.  La distancia era mayor de lo que habían creído.  Mientras corrían oyeron los golpeteos y los ecos de muchos pies que venían detrás.  Se oyó un chillido agudo: los habían visto.  Hubo luego un clamor y un repiqueteo de aceros.  Una flecha silbó por encima de la cabeza de Frodo.

      Boromir rió. -No lo esperaban -dijo-.  El fuego les cortó el paso. ¡Estamos del mal lado!

      -¡Mirad adelante! – llamó Gandalf -. Nos acercamos al puente.  Es angosto y peligroso.

      De pronto Frodo vio ante él un abismo negro.  En el extremo de la sala el piso desapareció y cayó a pique a profundidades desconocidas.  No había otro modo de llegar a la puerta exterior que un estrecho puente de piedra, sin barandilla ni parapeto, que describía una curva de cincuenta pies sobre el abismo.  Era una antigua defensa de los enanos contra cualquier enemigo que pusiera el pie en la primera sala y los pasadizos exteriores.  No se podía cruzar sino en fila de a uno.  Gandalf se detuvo al borde del precipicio y los otros se agruparon detrás.

      -¡Tú adelante, Gimli! -dijo-.  Luego Pippin y Merry. ¡Derecho al principio y escaleras arriba después de la puerta!

      Las flechas cayeron sobre ellos.  Una golpeó a Frodo y rebotó.  Otra atravesó el sombrero de Gandalf y allí se quedó sujeta como una pluma negra.  Frodo miró hacia atrás.  Más allá del fuego vio un enjambre de figuras oscuras, que podían ser centenares de orcos.  Esgrimían lanzas y cimitarras que brillaban rojas como la sangre a la luz del fuego.  Bum, bum resonaba el redoble, cada vez más alto y más alto, bum, bum.

      Legolas se volvió y puso una flecha en la cuerda, aunque la distancia era excesiva para aquel arco tan pequeño.  Iba a tirar de la cuerda cuando de pronto soltó la mano dando un grito de desesperación y terror.  La flecha cayó al suelo.  Dos grandes trolls se acercaron cargando unas pesadas losas y las echaron al suelo para utilizarlas como un puente sobre las llamas.  Pero no eran los trolls lo que había aterrorizado al elfo.  Las filas de los orcos se habían abierto y retrocedían como si ellos mismos estuviesen asustados.  Algo asomaba detrás de los orcos.  No se alcanzaba a ver lo que era; parecía una gran sombra y en medio de esa sombra había una forma oscura, quizás una forma de hombre, pero más grande, y en esa sombra había un poder y un terror que iban delante de ella.

      Llegó al borde del fuego y la luz se apagó como detrás de una nube.  Luego y con un salto, la sombra pasó por encima de la grieta.  Las llamas subieron rugiendo a darle la bienvenida y se retorcieron alrededor; y un humo negro giró en el aire.  Las crines flotantes de la sombra se encendieron y ardieron detrás.  En la mano derecha llevaba una hoja como una penetrante lengua de fuego y en la mano izquierda empuñaba un látigo de muchas colas.

      -¡Ay, ay! -se quejó Legolas-. ¡Un Balrog! ¡Ha venido un Balrog!

      Gimli miraba con los ojos muy abiertos.

      -¡El Daño de Durin! – gritó y dejando caer el hacha se cubrió la cara con las manos.

      -Un Balrog -murmuró Gandalf-.  Ahora entiendo. -Trastabilló y se apoyó pesadamente en la vara.- ¡Qué mala suerte!  Y estoy tan cansado.

 

 

   La figura oscura de estela de fuego corrió hacia ellos.  Los orcos aullaron y se desplomaron sobre las losas que servían como puentes.  Boromir alzó entonces el cuerno y sopló.  El desafío resonó y rugió como el grito de muchas gargantas bajo la bóveda cavernosa.  Los orcos titubearon un momento y la sombra ardiente se detuvo.  En seguida los ecos murieron, como una llama apagada por el soplo de un viento oscuro, y el enemigo avanzó otra vez.

      -¡Por el puente! – gritó Gandalf, recurriendo a todas sus fuerzas ¡Huid!  Es un enemigo que supera todos vuestros poderes.  Yo le cerraré aquí el paso. ¡Huid!

      Aragorn y Boromir hicieron caso omiso de la orden y afirmando los pies en el suelo se quedaron juntos detrás de Gandalf, en el extremo del puente.  Los otros se detuvieron en el umbral del extremo de la sala, y miraron desde allí, incapaces de dejar que Gandalf enfrentara solo al enemigo.

      El Balrog llegó al puente.  Gandalf aguardaba en el medio, apoyándose en la vara que tenía en la mano izquierda; pero en la otra relampagueaba Glamdring, fría y blanca.  El enemigo se detuvo de nuevo, enfrentándolo, y la sombra que lo envolvía se abrió a los lados como dos vastas alas.  En seguida esgrimió el látigo y las colas crujieron y gimieron.  Un fuego le salía de la nariz.  Pero Gandalf no se movió.

      -No puedes pasar -dijo.  Los orcos permanecieron inmóviles y un silencio de muerte cayó alrededor-.  Soy un servidor del Fuego Secreto, que es dueño de la llama de Anor.  No puedes pasar.  El fuego oscuro no te servirá de nada, llama de Udûn. ¡Vuelve a la Sombra!  No puedes pasar.

      El Balrog no respondió.  El fuego pareció extinguirse y la oscuridad creció todavía más.  El Balrog avanzó lentamente y de pronto se enderezó hasta alcanzar una gran estatura, extendiendo las alas de muro a muro; pero Gandalf era todavía visible, como un débil resplandor en las tinieblas; parecía pequeño y completamente solo; gris e inclinado, como un árbol seco poco antes de estallar la tormenta.

      De la sombra brotó llameando una espada roja.

      Glamdring respondió con un resplandor blanco.

      Hubo un sonido de metales que se entrechocaban y una estocada de fuego blanco.  El Balrog cayó de espaldas y la hoja le saltó de la mano en pedazos fundidos.  El mago vaciló en el puente, dio un paso atrás y luego se irguió otra vez, inmóvil.

      -¡No puedes pasar! -dijo.

      El Balrog dio un salto y cayó en medio del puente.  El látigo restalló y silbó.

      -¡No podrá resistir solo! -gritó Aragorn de pronto y corrió de vuelta por el puente-. ¡Elendil! -gritó-. ¡Estoy contigo, Gandalf!

      -¡Gondor! -gritó Boromir y saltó detrás de Aragorn.

      En ese momento, Gandalf alzó la vara y dando un grito golpeó el puente ante él.  La vara se quebró en dos y le cayó de la mano.  Una cortina enceguecedora de fuego blanco subió en el aire.  El puente crujió, rompiéndose justo debajo de los pies del Balrog y la piedra que lo sostenía se precipitó al abismo mientras el resto quedaba allí, en equilibrio, estremeciéndose como una lengua de roca que se asoma al vacío.

      Con un grito terrible el Balrog se precipitó hacia adelante; la sombra se hundió y desapareció.  Pero aún mientras caía sacudió el látigo y las colas azotaron y envolvieron las rodillas del mago, arrastrándolo al borde del precipicio.  Gandalf se tambaleó y cayó al suelo, tratando vanamente de asirse a la piedra, deslizándose al abismo.

      -¡Huid, insensatos! -gritó, y desapareció.

 

 

   El fuego se extinguió y volvió la oscuridad.  La Compañía estaba como clavada al suelo, mirando el pozo, horrorizada.  En el momento en que Aragorn y Boromir regresaban de prisa, el resto del puente crujió y cayó.  Aragorn llamó a todos con un grito.

      -¡Venid! ¡Yo os guiaré ahora!  Tenemos que obedecer la última orden de Gandalf. ¡Seguidme!

      Subieron atropellándose por las grandes escaleras que estaban más allá de la puerta.  Aragorn delante, Boromir detrás.  Arriba había un pasadizo ancho y habitado de ecos.  Corrieron por allí.  Frodo oyó que Sam lloraba junto a él y en seguida descubrió que él también lloraba y corría.  Bum, bum, bum, resonaban detrás los redobles, ahora lúgubres y lentos.

      Siguieron corriendo.  La luz crecía delante; grandes aberturas traspasaban el techo.  Corrieron más rápido.  Llegaron a una sala con ventanas altas que miraban al este y donde entraba directamente la luz del día.  Cruzaron la sala, pasando por unas puertas grandes y rotas y de pronto se abrieron ante ellos las Grandes Puertas, un arco de luz resplandeciente.

      Había una guardia de orcos que acechaba en la sombra detrás de los montantes a un lado y a otro, pero las puertas mismas estaban rotas y caídas en el suelo.  Aragorn abatió al capitán que le cerraba el paso y el resto huyó aterrorizado.  La Compañía pasó de largo, sin prestarles atención.  Ya fuera de las puertas bajaron corriendo los amplios y gastados escalones, el umbral de Moria.

      Así, al fin y contra toda esperanza, estuvieron otra vez bajo el cielo y sintieron el viento en las caras.

      No se detuvieron hasta encontrarse fuera del alcance de las flechas que venían de los muros.  El Valle del Arroyo Sombrío se extendía alrededor.  La sombra de las Montañas Nubladas caía en el valle, pero hacia el este había una luz dorada sobre la tierra.  No había pasado una hora desde el mediodía.  El sol brillaba; la luz era alta y blanca.

      Miraron atrás.  Las puertas oscuras bostezaban a la sombra de la montaña.  Los lentos redobles subterráneos resonaban lejanos y débiles. Bum.  Un tenue humo negro salía arrastrándose.  No se veía nada más; el valle estaba vacío.  Bum.  La pena los dominó a todos al fin y lloraron: algunos de pie y en silencio, otros caídos en tierra.  Bum, bum.  El redoble se apagó.

 

6

 

LOTHLORIEN

 

            -Ay, temo que no podamos demorarnos aquí -dijo Aragorn.  Miró hacia las montarías y alzó la espada-. ¡Adiós, Gandalf! -gritó-. ¿No te dije si cruzas las puertas de Moria, ten cuidado?  Ay, cómo no me equivoqué. ¿Qué esperanzas nos quedan sin ti?

      Se volvió hacia la Compañía.

      -Dejemos de lado la esperanza -dijo-.  Al menos quizá seamos vengados.  Apretemos las mandíbulas y dejemos de llorar. ¡Vamos!  Tenemos por delante un largo camino y muchas cosas todavía pendientes.

Se incorporaron y miraron alrededor.  Hacia el norte el valle corría por una garganta oscura entre dos grandes brazos de las montañas y en la cima brillaban tres picos blancos: Celebdil, Fanuidhol, Caradhras: las Montañas de Moria.  De lo alto de la garganta venía un torrente, como un encaje blanco sobre una larga escalera de pequeños saltos y una niebla de espuma colgaba en el aire a los pies de las montañas.

      -Allá está la Escalera del Arroyo Sombrío -dijo Aragorn apuntando a las cascadas-.  Tendríamos que haber venido por ese camino profundo que corre junto al torrente, si la fortuna nos hubiese sido más propicia.

      -O Caradhras menos cruel -dijo Gimli-. ¡Helo ahí, sonriendo al sol!

      Amenazó con el puño al más distante de los picos nevados y dio media vuelta.

      Al este el brazo adelantado de las montarías terminaba bruscamente y más allá podían verse unas tierras lejanas, vastas e imprecisas.  Hacia el sur las Montañas Nubladas se perdían de vista a la distancia.  A menos de una milla y un poco por debajo de ellos, pues estaban aún a regular altura al costado oeste del valle, había una laguna.  Era larga y ovalada, como una punta de lanza clavada profundamente en la garganta del norte; pero el extremo sur se extendía más allá de las sombras bajo el cielo soleado.  Sin embargo, las aguas eran oscuras: un azul profundo como el cielo claro de la noche visto desde un cuarto donde arde una lámpara.  La superficie estaba tranquila, sin una arruga.  Todo alrededor una hierba suave descendía por las laderas hasta la orilla lisa y uniforme.

      -El Lago Espejo, ¡el profundo Kheled-zâram! -dijo Gimli-.  Recuerdo que él dijo: «¡Ojalá tengáis la alegría de verlo! ¡Pero no podremos demorarnos allí!» Mucho tendré que viajar antes de sentir alguna alegría.  Soy yo quien ha de apresurarse y él quien ha de quedarse.

 

 

La Compañía descendió ahora por el camino que nacía en las puertas.  Era abrupto y quebrado y se convertía casi en seguida en un sendero y corría serpenteando entre los brezos y retamas que crecían en las grietas de las piedras.  Pero todavía podía verse que en otro tiempo un camino pavimentado y sinuoso había subido desde las tierras bajas del Reino de los Enanos.  En algunos sitios había construcciones de piedra arruinadas junto al camino y montículos verdes coronados por esbeltos abedules, o abetos que suspiraban en el viento.  Una curva que iba hacia el este los llevó al prado de la laguna y allí, no lejos del camino, se alzaba una columna de ápice quebrado.

      -¡La Piedra de Durin! -exclamó Gimli-. ¡No puedo seguir sin apartarme un momento a mirar la maravilla del valle!

      -¡Apresúrate entonces! -dijo Aragorn, volviendo la cabeza hacia las puertas-.  El sol se pone temprano.  Quizá los orcos no salgan antes del crepúsculo, pero para ese entonces tendríamos que estar muy lejos.  No hay luna casi y la noche será oscura.

      -¡Ven conmigo, Frodo! -llamó el enano, saltando fuera del camino-.  No te dejaré ir sin que veas el Kheled-zâram.

      Bajó corriendo la ancha ladera verde.  Frodo lo siguió lentamente, atraído por las tranquilas aguas azules, a pesar de la pena y el cansancio.  Sam se apresuró y lo alcanzó.

      Gimli se detuvo junto a la columna y alzó los ojos.  La piedra estaba agrietada y carcomida por el tiempo y había unas runas escritas a un lado, tan borrosas que no se podían leer.

      -Este pilar señala el sitio donde Durin miró por primera vez en el Lago Espejo -dijo el enano-.  Miremos nosotros, antes de irnos.

      Se inclinaron sobre el agua oscura.  Al principio no pudieron ver nada.  Luego lentamente distinguieron las formas de las montañas de alrededor reflejadas en un profundo azul y los picos eran como penachos de fuego blanco sobre ellas; más allá había un espacio de cielo.  Allí como joyas en el fondo del lago brillaban unas estrellas titilantes, aunque la luz del sol estuviera muy alta.  De ellos mismos, inclinados, no veían ninguna sombra.

      -¡Oh bello y maravilloso Kheled-zâram! -dijo Gimli-.  Aquí descansa la corona de Durin, hasta que despierte. ¡Adiós!

      Saludó con una reverencia, dio media vuelta y subió de prisa por la pendiente verde hasta el camino.

      -¿Qué viste? -le preguntó Pippin a Sam, pero Sam estaba demasiado perdido en sus propios pensamientos y no contestó.

 

 

   El camino corría ahora hacia el sur y descendía rápidamente, alejándose de los brazos del valle.  Un poco por debajo del lago tropezaron con un manantial profundo, claro como el cristal; el agua fresca caía sobre un reborde y descendía centelleando y gorgoteando por un canal abrupto abierto en la piedra.

      -Este es el manantial donde nace el Cauce de Plata -dijo Gimli-. ¡No bebáis!  Es frío como el hielo.

      -Pronto se transforma en un río rápido y se alimenta de muchas otras corrientes montañosas -dijo Aragorn-.  Nuestro camino lo bordea durante muchas millas.  Pues os llevaré por el camino que Gandalf eligió y mi primer deseo es llegar a los bosques donde el Cauce de Plata desemboca en el Río Grande y más allá.

      Miraron adonde señalaba Aragorn y vieron ante ellos que la corriente descendía saltando por el valle y luego corría hacia las tierras más bajas perdiéndose en una niebla de oro.

      -¡Allí están los bosques de Lothlórien! -dijo Legolas-.  La más hermosa de las moradas de mi pueblo.  No hay árboles como ésos.  Pues en el otoño las hojas no caen, aunque amarillean.  Sólo cuando llega la primavera y aparecen los nuevos brotes, caen las hojas, y para ese entonces las ramas ya están cargadas de flores amarillas; y el suelo del bosque es dorado y el techo es dorado y los pilares del bosque son de plata, pues la corteza de los árboles es lisa y gris. ¡Cómo se me alegraría el corazón si me encontrara bajo las enramadas de ese bosque y fuera primavera!

      -A mí también se me alegraría el corazón, aunque fuera invierno -dijo Aragorn-.  Pero el bosque está a muchas millas. ¡De prisa!

 

 

   Durante un tiempo, Frodo y Sam consiguieron seguir a los otros de cerca, pero Aragorn los llevaba a paso vivo y al cabo de un rato se arrastraban muy atrás.  No habían probado bocado desde la mañana temprano.  A Sam la herida le quemaba como un fuego y sentía que se le iba la cabeza.  A pesar del sol brillante el viento le parecía helado luego de la tibia oscuridad de Moria.  Se estremeció.  Frodo descubría que cada nuevo paso era más doloroso que el anterior y jadeó sin aliento.

      Al fin Legolas volvió la cabeza y viendo que se habían quedado muy rezagados le habló a Aragorn.  Los otros se detuvieron y Aragorn corrió de vuelta, llamando a Boromir.

      -¡Lo lamento, Frodo! – exclamó, muy preocupado -. Tantas cosas ocurrieron hoy y hubo tanta prisa que olvidé que estabas herido; y Sam también.  Tenías que haber hablado.  No hicimos nada para aliviarte, como era nuestro deber, aunque todos los orcos de Moria vinieran detrás. ¡Vamos!  Un poco más allá hay un sitio donde podríamos descansar un momento.  Allí haré por ti lo que esté a mi alcance. ¡Ven, Boromir!  Los llevaremos en brazos.

      Poco después llegaron a otra corriente de agua que descendía del oeste y se unía burbujeando al tormentoso Cauce de Plata. Juntos saltaban por encima de unas piedras de color verde y caían espumosos en un barranco.  Alrededor se elevaban unos abetos bajos y torcidos; las riberas eran escarpadas y cubiertas con helechos y matas de arándanos.  En el extremo de la hondonada había un espacio abierto y llano que el río atravesaba murmurando sobre un lecho de piedras relucientes.  Aquí descansaron.  Eran casi las tres de la tarde y estaban aún a unas pocas millas de las puertas.  El sol descendía ya hacia el oeste.

      Mientras Gimli y los dos hobbits más jóvenes encendían un fuego con ramas y hojas de abeto y traían agua, Aragorn atendió a Sam y a Frodo.  La herida de Sam no era profunda, pero tenía mal aspecto y Aragorn la examinó con aire grave.  Al cabo de un rato alzó los ojos aliviado.

      -¡Buena suerte, Sam! – dijo -. Muchos han recibido heridas peores como prenda por haber abatido al primer orco.  La herida no está envenenada, como ocurre demasiado a menudo con las provocadas por estas armas.  Cicatrizará bien, una vez que la hayamos atendido.  Báñala, cuando Gimli haya calentado un poco de agua.

      Abrió un saquito y sacó unas hojas marchitas.

      -Están secas y han perdido algunas de sus virtudes -dijo -, pero aún tengo aquí algunas de las hojas de athelas que junté cerca de la Cima de los Vientos.  Machaca una en agua y lávate la herida y luego te vendaré. ¡Ahora te toca a ti, Frodo!

      -¡Yo estoy bien! -dijo Frodo, con pocas ganas de que le tocaran las ropas-.  Todo lo que necesito es comida y descansar un rato.

      -¡No! – dijo Aragorn -. Tenemos que mirar y ver qué te han hecho el martillo y el yunque.  Todavía me maravilla que estés vivo.

      Le quitó a Frodo lentamente la vieja chaqueta y la túnica gastada y ahogó un grito, sorprendido.  En seguida se rió.  El corselete de plata relumbraba ante él como la luz sobre un mar ondulado.  La sacó con cuidado y la alzó, y las gemas de la malla refulgieron como estrellas y el tintineo de los anillos era como el golpeteo de una lluvia en un estanque.

      -¡Mirad, amigos míos! -llamó-. ¡He aquí una hermosa piel de hobbit que serviría para envolver a un pequeño príncipe elfo!  Si se supiera que los hobbits tienen cueros semejantes, todos los cazadores de la Tierra Media ya estarían cabalgando hacia la Comarca.

      -Y todas las flechas de todos los cazadores del mundo serían inútiles -dijo Gimli, observando boquiabierto la malla-.  Es una cota de mithril. ¡Mithril!  Nunca vi ni oí hablar de una malla tan hermosa. ¿Es la misma de la que hablaba Gandalf? Entonces no la estimó en todo lo que vale. ¡Pero ha sido bien dada!

      -Me pregunté a menudo qué hacías tú y Bilbo, tan juntos en ese cuartito -dijo Merry-. ¡Bendito sea el viejo hobbit!  Lo quiero más que nunca. ¡Ojalá tengamos una oportunidad de contárselo!

      En el costado derecho y en el pecho de Frodo había un moretón ennegrecido.  Frodo había llevado bajo la malla una camisa de cuero blando, pero en un punto los anillos habían atravesado la camisa clavándose en la carne.  El lado izquierdo de Frodo que había golpeado la pared estaba también lastimado y contuso.  Mientras los otros preparaban la comida, Aragorn bañó las heridas con agua donde habían macerado unas hojas de athelas.  Una fragancia penetrante flotó en la hondonada y todos los que se inclinaban sobre el agua humeante se sintieron refrescados y fortalecidos.  Frodo notó pronto que se le iba el dolor y que respiraba con mayor facilidad; aunque se sintió anquilosado y dolorido durante muchos días.  Aragorn le sujetó al costado unas blandas almohadillas de tela.

      -La malla es extraordinariamente liviana -dijo-.  Póntela de nuevo, si la soportas.  Me alegra de veras saber que llevas una cota semejante.  No te la quites, ni aún para dormir, a no ser que la fortuna te lleve a algún lugar donde no corras ningún peligro y eso no será muy frecuente mientras dure tu misión.

 

 

   Luego de comer, la Compañía se preparó para partir.  Apagaron el fuego y borraron todas las huellas.  Trepando fuera de la hondonada volvieron al camino.  No habían andado mucho cuando el sol se puso detrás de las alturas del oeste y unas grandes sombras descendieron por las faldas de los montes.  El crepúsculo les velaba los pies y una niebla se alzó en las tierras bajas.  Lejos en el este la luz pálida del anochecer se extendía sobre unos territorios indistintos de bosques y llanuras.  Sam y Frodo que se sentían ahora aliviados y reanimados iban a buen paso y con sólo un breve descanso Aragorn guió a la Compañía durante tres horas más.

      Había oscurecido.  Era ya de noche y había muchas estrellas claras, pero la luna menguante no se vería hasta más tarde.  Gimli y Frodo marchaban a la retaguardia, sin hablar, prestando atención a cualquier sonido que pudiera oírse detrás en el camino.  Al fin Gimli rompió el silencio.

      -Ningún sonido, excepto el viento -dijo-.  No hay nada rondando, o mis oídos son de madera.  Esperemos que los orcos hayan quedado contentos echándonos de Moria.  Y quizá no pretendían nada más, no tenían otra cosa que hacer con nosotros… con el Anillo.  Aunque los orcos persiguen a menudo a los enemigos a campo abierto y durante muchas leguas, si tienen que vengar a un capitán.

      Frodo no respondió.  Le echó una mirada a Dardo y la hoja tenía un brillo opaco.  Sin embargo había oído algo, o había creído oír algo.  Tan pronto como las sombras cayeran alrededor ocultando el camino, había oído otra vez el rápido rumor de unas pisadas.  Aún ahora lo oía.  Se volvió bruscamente.  Detrás de él había dos diminutos puntos de luz, o creyó ver dos puntos de luz, pero en seguida se movieron a un lado y desaparecieron.

      -¿Qué pasa? -preguntó el enano.

      -No sé -respondió Frodo-.  Creí oír el sonido de unos pasos y creí ver una luz… como ojos.  Me ocurrió muchas veces, desde que salimos de Moria.

      Gimli se detuvo y se inclinó hacia el suelo.

      -No oigo nada sino la conversación nocturna de las plantas y las piedras -dijo-. ¡Vamos! ¡De prisa!  Los otros ya no se ven.

 

 

   El viento frío de la noche sopló valle arriba.  Ante ellos se levantaba una ancha sombra gris y había un continuo rumor de hojas, como álamos en el viento.

      -¡Lothlórien! -exclamó Legolas-. ¡Lothlórien!  Hemos llegado a los límites del Bosque de Oro. ¡Lástima que sea invierno!

      Los árboles se elevaban hacia el cielo de la noche y se arqueaban sobre el camino y el arroyo que corría de pronto bajo las ramas extendidas.  A la luz pálida de las estrellas los troncos eran grises y las hojas temblorosas un débil resplandor amarillo rojizo.

      -¡Lothlórien! -dijo Aragorn-. ¡Qué felicidad oír de nuevo el viento en los árboles!  Nos encontramos aún a unas cinco leguas de las puertas, pero no podemos ir más lejos.  Esperemos que la virtud de los elfos nos ampare esta noche de los peligros que vienen detrás.

      -Si hay elfos todavía aquí en este mundo que se ensombrece -dijo Gimli.

      -Ninguno de los míos ha vuelto a estas tierras desde hace tiempo -dijo Legolas-, aunque se dice que Lórien no ha sido abandonado del todo, pues habría aquí un poder que protege a la región contra el mal.  Sin embargo, esos habitantes se dejan ver raramente y quizá viven ahora en lo más profundo del bosque, lejos de las fronteras septentrionales.

      -Viven en verdad en lo más profundo del bosque -dijo Aragorn y suspiró como recordando algo-.  Esta noche tendremos que arreglárnoslas solos.  Iremos un poco más allá, hasta que los árboles nos rodeen, y luego dejaremos la senda y buscaremos donde dormir.

      Dio un paso adelante, pero Boromir parecía irresoluto y no lo siguió. -¿No hay otro camino? -dijo.

      -¿Qué otro camino querrías tú? -dijo Aragorn.

      -Un camino simple, aunque nos llevara a través de setos de espadas -dijo Boromir-.  Esta Compañía ha sido conducida por caminos extraños y hasta ahora con mala fortuna.  Contra mi voluntad pasamos bajo las sombras de Moria y hacia nuestra perdición.  Y ahora tenemos que entrar en el Bosque de Oro, dices.  Pero de estas tierras peligrosas hemos oído hablar en Gondor y se dice que de todos los que entran son pocos los que salen y menos aún los que escapan indemnes.

      -No digas indemne pero sí sin cambios y estarás más en lo cierto -dijo Aragorn- – Pero la sabiduría está perdiéndose en Gondor, Boromir, si en la ciudad de aquellos que una vez fueron sabios ahora se habla así de Lothlórien.  De cualquier modo, no hay para nosotros otro camino, salvo que quieras volver a las Puertas de Moria, escalar las montañas que no tienen caminos, o ir a nado y solo por el Río Grande.

      -¡Entonces, adelante! -dijo Boromir-.  Pero es peligroso.

      -Peligroso, es cierto -dijo Aragorn-.  Hermoso y peligroso, pero sólo la maldad puede tenerle miedo con alguna razón, o aquellos que llevan alguna maldad en ellos mismos. ¡Seguidme!

 

 

   Se habían internado poco más de una milla en el bosque cuando tropezaron con otro arroyo, que descendía rápidamente desde las laderas arboladas que subían detrás hacia las montañas del oeste.  No muy lejos entre las sombras de la derecha, se oía el rumor de una pequeña cascada.  Las aguas oscuras y precipitadas cruzaban el sendero ante ellos y se unían al Cauce de Plata en un torbellino de aguas oscuras entre las raíces de los árboles.

      -¡He aquí el Nimrodel! -dijo Legolas-.  Los Elfos Silvanos lo cantaron muchas veces y esas canciones se cantan aún en el Norte, recordando el arco iris de los saltos y las flores doradas que brotan en la espuma.  Todo es oscuro ahora y el Puente del Nimrodel está roto.  Me mojaré los pies, pues dicen que el agua cura la fatiga.

      Se adelantó, descendió por la barranca escarpada y entró en el arroyo.

      -¡Seguidme! – gritó -. El agua no es profunda. ¡Crucemos!  Podemos descansar en la otra orilla y el susurro del agua que cae nos ayudará a dormir y a olvidar las penas.

      Uno a uno bajaron por la ribera y siguieron a Legolas.  Frodo se detuvo un momento junto a la orilla y dejó que el arroyo le bañara los pies cansados.  El agua era fría y límpida y cuando le llegó a las rodillas Frodo sintió que le lavaba la suciedad del viaje y todo el cansancio que le pesaba en los miembros.

 

 

   Cuando toda la Compañía hubo cruzado, se sentaron a descansar, comieron unos bocados y Legolas les contó las historias de Lothlórien que los elfos del Bosque Oscuro atesoraban aún, historias de la luz del sol y las estrellas en los prados que el Río Grande había bañado antes que el mundo fuera gris.

Al fin callaron y se quedaron escuchando la música de la cascada que caía dulcemente en las sombras.  Frodo llegó a imaginar que oía el canto de una voz, junto con el sonido del agua.

      -¿Alcanzáis a oír la voz de Nimrodel? -preguntó Legolas-.  Os cantaré una canción de la doncella Nimrodel, que vivía junto al arroyo y tenía el mismo nombre.  Es una hermosa canción en nuestra lengua de los bosques y hela aquí en la Lengua del Oeste, como algunos la cantan ahora en Rivendel.

Legolas empezó a cantar con una voz dulce que apenas se oía entre el murmullo de las hojas.

 

Había en otro tiempo una doncella élfica,

una estrella que brillaba en el día,

de manto blanco recamado en oro

y zapatos de plata gris.

 

Tenia una estrella en la frente,

una luz en los cabellos,

como el sol en las ramas de oro

de Lórien la bella.

 

Los cabellos largos, los brazos blancos,

libre y hermosa era Lórien,

y en el viento corría levemente,

como la hoja del tilo.

 

Junto a los saltos de Nimrodel,

cerca del agua clara y fresca,

la voz caía como plata que cae

en el agua brillante.

Por dónde anda ahora, nadie sabe,

a la luz del sol o entre los sombras,

pues hace tiempo que Nimrodel

se extravió en las montañas.

 

Un barco elfo en el puerto gris,

bajo el viento de la montaña,

la esperó muchos días

junto al mar tumultuoso.

 

Un viento nocturno en el norte

se levantó gritando,

y llevó la nave desde las playas élficas

sobre olas que iban y venían.

 

Cuando asomó la pálida aurora

las montañas grises se hundían

más allá de las olas empenachadas

de espuma enceguecedora.

 

Amroth vio que la costa desaparecía

debajo y más allá de la ola,

y maldijo la nave pérfida que lo llevara

lejos de Nimrodel.

 

Había sido antaño un rey élfico

señor del valle y los árboles,

cuando los brotes primaverales se doraban

en Lothlórien la bella.

 

Lo vieron saltar desde la borda

como flecha de un arco

y caer en el agua profunda

como una gaviota.

 

El aire le movía los cabellos,

y la espuma le brillaba alrededor,

lo vieron de lejos hermoso y fuerte

deslizándose como un cisne.

 

Pero del Oeste no llegó una palabra,

y en la Costa Citerior

los elfos nunca tuvieron

noticias de Amroth.

 

      La voz se le quebró a Legolas y dejó de cantar.

      -No puedo seguir -dijo-.  Esto es sólo una parte; he olvidado casi todo.  La canción es larga y triste, pues cuenta las desventuras que cayeron sobre Lothlórien, Lórien de las Flores, cuando los enanos despertaron al mal en las montañas.

      -Pero los enanos no hicieron al mal -dijo Gimli.

      -Yo no dije eso, pero el mal vino -respondió Legolas tristemente-.  Luego muchos de los elfos de la estirpe de Nimrodel dejaron sus moradas y partieron y ella se perdió allá lejos en el Sur, en los pasos de las Montañas Blancas, y no vino al barco donde la esperaba Amroth, su amante.  Pero en la primavera cuando el viento mueve las primeras hojas aún puede oírse el eco de la voz de Nimrodel junto a los saltos de agua de ese nombre.  Y cuando el viento sopla del sur es la voz de Amroth la que sube desde el océano, pues el Nimrodel fluye en el Cauce de Plata, que los elfos llaman Celebrant, y el Celebrant en el Gran Anduin, y el Anduin en la Bahía de Belfalas, donde los elfos de Lórien se lanzaron a la mar.  Pero ellos nunca volvieron, ni Nimrodel ni Amroth.

      »Se dice que ella vive en una casa construida en las ramas de un árbol, cerca de la cascada, pues tal era la costumbre entre los elfos de Lórien, vivir en los árboles y quizá todavía lo hacen.  Por eso se los llamó los Galadrim, las Gentes de los Arboles.  En lo más profundo del bosque los árboles son muy grandes.  La gente de los bosques no habitaba bajo el suelo como los enanos, ni levantó fortalezas de piedra hasta que llegó la Sombra.

      -Y aún ahora podría decirse que vivir en los árboles es más seguro que sentarse en el suelo -dijo Gimli.

      Miró más allá del agua el camino que llevaba de vuelta al Valle del Arroyo Sombrío y luego alzó los ojos hacia la bóveda de ramas oscuras.

      -Tus palabras nos traen un buen consejo, Gimli -dijo Aragorn-.  No podemos construir una casa, pero esta noche haremos como los Galadrim y buscaremos refugio en las copas de los árboles, si podemos.  Hemos estado sentados aquí junto al camino más de lo prudente.

 

 

   La Compañía dejó ahora el sendero y se internó en las sombras más profundas del bosque, hacia el oeste, a lo largo del arroyo montañoso que se alejaba del Cauce de Plata.  No lejos de los saltos de Nimrodel encontraron un grupo de árboles, que en algunos sitios se inclinaban sobre el río.  Los grandes troncos grises eran muy gruesos, pero nadie supo decir qué altura tenían.

      -Subiré -dijo Legolas-.  Me siento en casa entre los árboles, junto a las raíces o en las ramas, aunque estos árboles son de una familia que no conozco, excepto como un nombre en una canción.  Mellyrn los llaman y son los que lucen flores amarillas, pero nunca subí a uno.  Veré ahora qué forma tienen y cómo se desarrollan.

      -De cualquier modo -dijo Pippin- tendrían que ser árboles maravillosos si pueden ser un sitio de descanso para alguien, además de los pájaros. ¡No puedo dormir colgado de una rama!

      -Entonces cava un agujero en el suelo -dijo Legolas-, si está más de acuerdo con tus costumbres.  Pero tienes que cavar hondo y muy rápido, o no escaparás a los orcos.

      Saltando ágilmente se cogió de una rama que nacía del tronco a bastante altura por encima de ellos.  Se balanceó allí un momento y una voz habló de pronto desde las sombras altas del árbol.

      -Daro! -dijo en un tono perentorio y Legolas se dejó caer al suelo sorprendido y asustado.  Se encogió contra el tronco del árbol.

      -¡Quietos todos! -les susurró a los otros-. ¡No os mováis ni habléis!

      Una risa dulce estalló allá arriba y luego otra voz clara habló en una lengua élfica.  Frodo no entendía mucho de lo que se decía, pues la lengua de la gente Silvana del este de las montañas se parecía poco a la del oeste.  Legolas levantó la cabeza y respondió en la misma lengua.

      -¿Quiénes son y qué dicen? -preguntó Merry.

      -Son elfos -dijo Sam-. ¿No oyes las voces? -Sí, son elfos -dijo Legolas- y dicen que respiráis tan fuerte que podrían atravesaras con una flecha en la oscuridad. -Sam se llevó rápidamente la mano a la boca.- Pero también dicen que no tengáis miedo.  Saben que estamos por aquí desde hace rato.  Oyeron mi voz del otro lado del Nimrodel y supieron que yo era de la familia del Norte y por ese motivo no nos impidieron el paso; y luego oyeron mi canción.  Ahora me invitan a que suba con Frodo; pues han tenido alguna noticia de él y de nuestro viaje.  A los otros les dicen que esperen un momento y que monten guardia al pie del árbol, hasta que ellos decidan.

      Una escala de cuerda bajó de las sombras; era de color gris plata y brillaba en la oscuridad, y aunque parecía delgada podía sostener a varios hombres, como se comprobó más tarde.  Legolas trepó ágilmente y Frodo lo siguió más despacio y detrás fue Sam tratando de no respirar con fuerza.  Las ramas del mallorn eran casi horizontales al principio y luego se curvaban hacia arriba; pero cerca de la copa el tronco se dividía en una corona de ramas y vieron que entre esas ramas los elfos habían construido una plataforma de madera, o flet como se la llamaba en esos tiempos; los elfos la llamaban talan.  Un agujero redondo en el centro permitía el acceso a la plataforma y por allí pasaba la escala.

      Cuando Frodo llegó al flet, encontró a Legolas sentado con otros tres elfos.  Llevaban ropas de un color gris sombra y no se los distinguía entre las ramas, a no ser que se movieran bruscamente.  Se pusieron de pie y uno de ellos descubrió un farol pequeño que emitía un delgado rayo de plata.  Alzó el farol y escrutó el rostro de Frodo y el de Sam.  Luego tapó otra vez la luz y dijo en su lengua palabras de bienvenida.  Frodo respondió titubeando.

      -¡Bien venido! -repitió entonces el elfo en la Lengua Común, hablando lentamente-.  Pocas veces usamos otra lengua que la nuestra, pues ahora vivimos en el corazón del bosque y no tenemos tratos voluntarios con otras gentes.  Aun los hermanos del Norte están separados de nosotros.  Pero algunos de los nuestros aún viajan lejos, para recoger noticias y observar a los enemigos y ellos hablan las lenguas de otras tierras.  Soy uno de ellos.  Me llamo Haldir.  Mis hermanos, Rúmil y Orophin, hablan poco vuestra lengua.

      »Pero algo habíamos oído de vuestra venida, pues los mensajeros de Elrond pasan por Lórien cuando vuelven remontando la Escalera del Arroyo Sombrío.  No habíamos oído hablar de… los hobbits, o medianos, desde años atrás y no sabíamos que aún vivieran en la Tierra Media. ¡No parecéis gente mala!  Y como vienes con un elfo de nuestra especie, estamos dispuestos a ayudarte, como lo pidió Elrond, aunque no sea nuestra costumbre guiar a los extranjeros que cruzan estas tierras.  Pero tenéis que quedaros aquí esta noche. ¿Cuántos sois?

      -Ocho -dijo Legolas-.  Yo, cuatro hobbits, y dos hombres; uno de ellos, Aragorn, es de Oesternesse y amigo de los elfos.

      -El nombre de Aragorn, hijo de Arathorn, es conocido en Lórien -dijo Haldir- y tiene la protección de la Dama.  Todo está bien entonces.  Pero sólo me hablaste de siete.

      -El último es un enano -dijo Legolas.

      -¡Un enano! -dijo Haldir-.  Eso no es bueno.  No tenemos tratos con los enanos desde los Días Oscuros.  No se los admite en estas tierras.  No puedo permitirle el paso.

      -Pero es de la Montaña Solitaria, de las fieles gentes de Dáin y amigo de Elrond -dijo Frodo -. Elrond mismo decidió que nos acompañara y se ha mostrado valiente y leal.

      Los elfos hablaron en voz baja, e interrogaron a Legolas en la lengua de ellos.

      -Muy bien -dijo Haldir por último-.  Esto es lo que haremos, aunque no nos complace.  Si Aragorn y Legolas lo vigilan y responden por él, lo dejaremos pasar; aunque cruzará Lothlórien con los ojos vendados.

      »Pero no es momento de discutir.  No conviene que los vuestros se queden en tierra.  Hemos estado vigilando los ríos, desde que vimos una gran tropa de orcos yendo al norte hacia Moria, bordeando las montañas, hace ya muchos días.  Los lobos aúllan en los lindes de los bosques.  Si venís en verdad desde Moria, el peligro no puede estar muy lejos, detrás de vosotros.  Partiréis de nuevo mañana temprano.

»Los cuatro hobbits subirán aquí y se quedarán con nosotros… ¡No les tenemos miedo!  Hay otro talan en el árbol próximo.  Allí se refugiarán los demás.  Tú, Legolas, responderás por ellos.  Llámanos, si algo anda mal. ¡Y no pierdas de vista al enano!

      Legolas bajó por la escala llevando el mensaje de Haldir y poco después Merry y Pippin trepaban al alto flet.  Estaban sin aliento y parecían bastante asustados.

      -¡Bien! -dijo Merry jadeando-.  Hemos traído vuestras mantas junto con las nuestras.  Trancos ha ocultado el resto del equipaje bajo un montón de hojas.

      -No había necesidad de esa carga -dijo Haldir-.  Hace frío en las copas de los árboles en invierno, aunque esta noche el viento sopla del sur, pero tenemos alimentos y bebidas que os sacarán el frío nocturno y pieles y mantos de sobra.

      Los hobbits aceptaron con alegría esta segunda (y mucho mejor) cena.  Luego se envolvieron no sólo en los mantos forrados de los elfos sino también con las mantas que habían traído y trataron de dormir.  Pero aunque estaban muy cansados sólo Sam parecía bien dispuesto.  Los hobbits no son aficionados a las alturas, y no duermen en pisos elevados, aun teniendo escaleras.  El flet no les gustaba mucho como dormitorio.  No tenía paredes, ni siquiera una baranda; sólo en un lado había un biombo plegadizo que podía moverse e instalarse en distintos sitios, según soplara el viento.

      Pippin siguió hablando un rato. -Espero no rodar y caerme si llego a dormirme en este nido de pájaros -dijo.

      -Una vez que me duerma -dijo Sam-, continuaré durmiendo, ruede o no ruede.  Y cuanto menos se diga ahora más pronto caeré dormido, si usted me entiende.

 

 

   Frodo se quedó despierto un tiempo, mirando las estrellas que relucían a través del pálido techo de hojas temblorosas.  Sam se había puesto a roncar aún antes que él cerrara los ojos.  Alcanzaba a ver las formas grises de dos elfos que estaban sentados, los brazos alrededor de las rodillas, hablando en susurros.  El otro había descendido a montar guardia en una rama baja.  Al fin, mecido allí arriba por el viento en las ramas y abajo por el dulce murmullo de las cascadas del Nimrodel, Frodo se durmió con la canción de Legolas dándole vueltas en la cabeza.

      Despertó más tarde en medio de la noche.  Los otros hobbits dormían.  Los elfos habían desaparecido.  La luna creciente brillaba apenas entre las hojas.  El viento había cesado.  No muy lejos oyó una risa ronca y el sonido de muchos pies en el suelo entre los árboles y luego un tintineo metálico.  Los ruidos se perdieron lentamente a lo lejos y parecían ir hacia el sur, adentrándose en el bosque.

      Una cabeza asomó de pronto por el agujero del flet.  Frodo se sentó asustado y vio que era un elfo de capucha gris.  Miró hacia los hobbits.

      -¿Qué pasa? -dijo Frodo.

      -Yrch! –dijo el elfo con un murmullo siseante y echó sobre el flet la escala de cuerda que acababa de recoger.

      -¡Orcos! -dijo Frodo-. ¿Qué están haciendo?

      Pero el elfo había desaparecido.

      No se oían más ruidos.  Hasta las hojas callaban ahora y parecía que las cascadas habían enmudecido.  Frodo, sentado aún, se estremeció de pies a cabeza bajo las mantas.  Se felicitaba de que no los hubieran encontrado en el suelo, pero sentía que los árboles no los protegían mucho, salvo ocultándolos.  Los orcos tenían un olfato fino, se decía, como los mejores perros de caza, pero además podían trepar.  Sacó a Dardo, que relampagueó y resplandeció como una llama azul y luego se apagó otra vez poco a poco.  Sin embargo, la impresión de peligro inmediato no dejó a Frodo; al contrario, se hizo más fuerte.  Se incorporó, se arrastró a la abertura y miró hacia el suelo.  Estaba casi seguro de que podía oír unos movimientos furtivos, lejos, al pie del árbol.

      No eran elfos, pues la gente de los bosques no hacía ningún ruido al moverse.  Luego oyó débilmente un sonido, como si husmearan, y le pareció que algo estaba arañando la corteza del árbol.  Clavó los ojos en la oscuridad, reteniendo el aliento.

      Algo trepaba ahora lentamente y se lo oía respirar, como si siseara con los dientes apretados.  Luego Frodo vio dos ojos pálidos que subían, junto al tronco.  Se detuvieron y miraron hacia arriba, sin parpadear.  De pronto se volvieron y una figura indistinta bajó deslizándose por el tronco y desapareció.

      Casi en seguida Haldir llegó trepando rápidamente por las ramas.

      -Había algo en este árbol que nunca vi antes -dijo-.  No era un orco.  Huyó tan pronto como toqué el árbol.  Parecía astuto y entendido en árboles, o hubiese pensado que era uno de vosotros, un hobbit.

      »No tiré, pues no quería provocar ningún grito: no podemos arriesgar una batalla.  Una fuerte compañía de orcos ha pasado por aquí.  Cruzaron el Nimrodel, y malditos sean esos pies infectos en el agua pura, y siguieron el viejo camino junto al río.  Parecían ir detrás de algún rastro y durante un rato examinaron el suelo, cerca del sitio donde os detuvisteis.  Nosotros tres no podíamos enfrentar a un centenar de modo que nos adelantamos y hablamos con voces fingidas arrastrándolos al interior del bosque.

      »Orophin ha regresado de prisa a nuestras moradas para advertir a los nuestros.  Ninguno de los orcos saldrá jamás de Lórien.  Y habrá muchos elfos ocultos en frontera norte antes que caiga otra noche.  Pero tenéis que tomar el camino del sur tan pronto como amanezca.

 

 

   El día asomó pálido en el este.  La luz creció y se filtró entre las hojas amarillas de los mallorn y a los hobbits les recordó el sol temprano de una fresca mañana de estío.  Un cielo azul claro se mostraba entre las ramas mecidas por el viento.  Mirando por una abertura en el lado sur del flet, Frodo vio todo el valle del Cauce de Plata extendido como un mar de oro rojizo que ondulaba dulcemente en la brisa.

      La mañana había empezado apenas y era fría aún cuando la Compañía se puso en camino guiada esta vez por Haldir y su hermano Rúmil.

      -¡Adiós, dulce Nimrodel! -exclamó Legolas.  Frodo volvió los ojos y vio un brillo de espuma blanca entre los árboles grises-.  Adiós -dijo y le parecía que nunca oiría otra vez un sonido tan hermoso como el de aquellas aguas, alternando para siempre unas notas innumerables en una música que no dejaba de cambiar.

      Regresaron al viejo sendero que iba por la orilla oeste del Cauce de Plata y durante un tiempo lo siguieron hacia el sur.  Había huellas de orcos en la tierra.  Pero pronto Haldir se desvió a un lado y se detuvo junto al río a la sombra de los árboles.

      -Hay alguien de mi pueblo del otro lado del arroyo, aunque no podéis verlo -dijo.

      Llamó silbando bajo como un pájaro y un elfo salió de un macizo de arbustos; estaba vestido de gris, pero tenía la capucha echada hacia atrás y los cabellos le brillaban como el oro a la luz de la mañana.  Haldir arrojó hábilmente una cuerda gris por encima del agua y el otro la alcanzó y ató el extremo a un árbol cerca de la orilla.

      -El Celebrant es aquí una corriente poderosa, como veis -dijo Haldir-, de aguas rápidas y profundas y muy frías.  No ponemos el pie en él tan al norte, si no es necesario.  Pero en estos días de vigilancia no tendemos puentes.  He aquí cómo cruzamos. ¡Seguidme!

      Amarró el otro extremo de la cuerda a un árbol y luego corrió por encima sobre el río y de vuelta, como si estuviese en un camino.

      -Yo podría cruzar así -dijo Legolas-, ¿pero y los otros? ¿Tendrán que nadar?

      -¡No -dijo Haldir-.  Tenemos otras dos cuerdas.  Las ataremos por encima de la otra, una a la altura del hombro y la segunda a media altura y los extranjeros podrán cruzar sosteniéndose en las dos.

      Cuando terminaron de instalar este puente liviano, la Compañía pasó a la otra orilla, unos con precaución y lentamente, otros con más facilidad.  De los hobbits, Pippin demostró ser el mejor pues tenía el paso seguro y caminó con rapidez sosteniéndose con una mano sola, pero con los ojos clavados en la otra orilla y sin mirar hacia abajo.  Sam avanzó arrastrando los pies, aferrado a las cuerdas y mirando las aguas pálidas y tormentosas como si fueran un precipicio.

Respiró aliviado cuando se encontró a salvo en la otra orilla.

      -¡Vive y aprende!, como decía mi padre.  Aunque se refería al cuidado del jardín y no a posarse como los pájaros o caminar como las ararías. ¡Ni siquiera mi tío Andy conocía estos trucos!

Cuando toda la Compañía estuvo al fin reunida en la orilla este del Cauce de Plata, los elfos desataron las cuerdas y las enrollaron.  Rúmil, que había permanecido en la otra orilla, recogió una de las cuerdas, se la echó al hombro y se alejó saludando con la mano, de vuelta a Nimrodel a continuar la guardia.

      -Ahora, amigos -dijo Haldir-, habéis entrado en el Naith de Lórien o el Enclave, como vosotros diríais, pues esta región se introduce como una lanza entre los brazos del Cauce de Plata y el Gran Anduin.  No permitimos que ningún extraño espíe los secretos del Naith.  A pocos en verdad se les ha permitido poner aquí el pie.

      »Como habíamos convenido, ahora le vendaré los ojos a Gimli el enano.  Los demás pueden andar libremente un tiempo hasta que nos acerquemos a nuestras moradas, abajo en Egladil, en el Angulo entre las aguas.

      Esto no era del agrado de Gimli.

      -El arreglo se hizo sin mi consentimiento -dijo-.  No caminaré con los ojos vendados, como un mendigo o un prisionero.  Y no soy un espía.  Mi gente nunca ha tenido tratos con los sirvientes del enemigo.  Tampoco causamos daño a los elfos.  Si creéis que yo llegaría a traicionaros, lo mismo podríais esperar de Legolas, o de cualquiera de mis amigos.

      -No dudo de ti -dijo Haldir-.  Pero es la ley.  No soy el dueño de la ley y no puedo dejarla de lado.  Ya he hecho mucho permitiéndote cruzar el Celebrant.

      Gimli era obstinado.  Se plantó firmemente en el suelo, las piernas separadas, y apoyó la mano en el mango del hacha. -Iré libremente -dijo-, o regresaré a mi propia tierra, donde confían en mi palabra, aunque tenga que morir en el desierto.

      -No puedes regresar -dijo Haldir con cara seria-.  Ahora que has llegado tan lejos tenemos que llevarte ante el Señor y la Dama.  Ellos te juzgarán y te retendrán o te dejarán ir, como les plazca.  No puedes cruzar de nuevo los ríos y detrás de ti hay ahora centinelas que te cerrarán el paso.  Te matarían antes que pudieses verlos.

      Gimli sacó el hacha del cinturón.  Haldir y su compañero tomaron los arcos.

      -¡Malditos enanos, qué testarudos son! -dijo Legolas.

      -¡Un momento! -dijo Aragorn-.  Si he de continuar guiando esta Compañía, haréis lo que yo ordene.  Es duro para el enano que lo pongan así aparte.  Iremos todos vendados, aun Legolas.  Será lo mejor, aunque el viaje parecerá lento y aburrido.

      Gimli rió de pronto. -¡Qué tropilla de tontos pareceremos!  Haldir nos llevará a todos atados a una cuerda, como mendigos ciegos guiados por un perro.  Pero si Legolas comparte mi ceguera, me declaro satisfecho.

      -Soy un elfo y un hermano aquí -dijo Legolas, ahora también enojado.

      -Y ahora gritemos: ¡malditos elfos, qué testarudos son! -dijo Aragorn-.  Pero toda la Compañía compartirá esa suerte.  Ven, Haldir, véndanos los ojos.

      -Exigiré plena reparación por cada caída y lastimadura en los pies -dijo Gimli mientras le tapaban los ojos con una tela.

      -No será necesario -dijo Haldir-.  Te conduciré bien y las sendas son llanas y rectas.

      -¡Ay, qué tiempos de desatino! -dijo Legolas-. ¡Todos somos aqui enemigos del único enemigo y sin embargo hemos de caminar a ciegas mientras el sol es alegre en los bosques bajo hojas de oro!

      -Quizá parezca un desatino -dijo Haldir-.  En verdad nada revela tan claramente el poder del Señor Oscuro como las dudas que dividen a quienes se le oponen.  Sin embargo, hay tan poca fe y verdad en el mundo más allá de Lothlórien, excepto quizás en Rivendel, que no nos atrevemos a tener confianza, exponiéndonos a alguna contingencia.  Vivimos ahora como en una isla, rodeados de peligro, y nuestras manos están más a menudo sobre los arcos que en las arpas.

      »Los ríos nos defendieron mucho tiempo, pero ya no son una protección segura, pues la Sombra se ha arrastrado hacia el norte, todo alrededor de nosotros.  Algunos hablan de partir, aunque para eso ya es demasiado tarde.  En las montañas del oeste aumenta el mal; las tierras del este son regiones desoladas, donde pululan las criaturas de Sauron; y se dice que no podríamos pasar sanos y salvos por Rohan y que las bocas del Río Grande están vigiladas por el enemigo.  Aunque pudiéramos llegar al mar, no encontraríamos allí protección alguna.  Se cuenta que los puertos de los Altos Elfos existen todavía, pero están muy al norte y al oeste, más allá de la tierra de los medianos.  Dónde se encuentran en verdad, quizá lo sepan el Señor y la Dama; yo lo ignoro.

      -Tendrías que adivinarlo por lo menos, ya que nos habéis visto -dijo Merry-.  Hay puertos de elfos al oeste de mi tierra, la Comarca, donde viven los hobbits.

      -¡Felices los hobbits que viven cerca de la orilla del mar! -dijo Haldir-.  Ha pasado mucho tiempo en verdad desde que mi gente vio el mar por última vez.  Pero todavía lo recordamos en nuestras canciones.  Háblame de esos puertos mientras caminamos.

      -No puedo -dijo Merry-.  Nunca los he visto.  Nunca salí antes de mi país.  Y si hubiese sabido cómo era el mundo de afuera, no creo que me hubiese atrevido a dejar la Comarca.

      -¿Ni siquiera para ver la hermosa Lothlórien? -dijo Haldir-.  Es cierto que el mundo está colmado de peligros y que hay en él sitios lóbregos, pero hay también cosas hermosas y aunque en todas partes el amor está unido hoy a la aflicción, no por eso es menos poderoso.

      »Algunos de nosotros cantan que la Sombra se retirará y que volverá la paz.  No creo sin embargo que el mundo que nos rodea sea alguna vez como antes, ni que el sol brille como en otro tiempo.  Para los elfos, temo, esa paz no sería más que una tregua, que les permitiría llegar al mar sin encontrar demasiados obstáculos y dejar la Tierra Media para siempre. ¡Ay por Lothlórien, que tanto amo!  Será una pobre vida estar en un país donde no crecen los mallorn.  Pues si hay mallorn más allá del mar, nadie lo ha dicho.

      Mientras así hablaban, la Compañía marchaba lentamente en fila a lo largo de los senderos del bosque, conducida por Haldir, mientras que el otro elfo caminaba detrás.  Sentían que el suelo bajo los pies era blando y liso y al cabo de un rato caminaron más libremente, sin miedo de lastimarse o caer.  Privado de la vista, Frodo descubrió que el oído y los otros sentidos se le agudizaban.  Podía oler los árboles y las hierbas.  Podía oír muchas notas diferentes en el susurro de las hojas, el río que murmuraba lejos a la derecha y las voces claras y tenues de los pájaros en el cielo.  Cuando pasaban por algún claro sentía el sol en las manos y la cara.

Tan pronto como pisara la otra orilla del Cauce de Plata, Frodo había sentido algo extraño, que crecía a medida que se internaba en el Naith: le parecía que había pasado por un puente de tiempo hasta un rincón de los Días Antiguos y que ahora caminaba por un mundo que ya no existía.  En Rivendel se recordaban cosas antiguas; en Lórien las cosas antiguas vivían aún en el despertar del mundo.  Aquí el mal había sido visto y oído, la pena había sido conocida; los elfos temían el mundo exterior y desconfiaban de él; los lobos aullaban en las lindes de los bosques, pero en la tierra de Lórien no había ninguna sombra.

 

 

   La Compañía marchó todo el día hasta que sintieron el fresco del atardecer y oyeron las primeras brisas nocturnas que suspiraban entre las hojas.  Descansaron entonces y durmieron sin temores en el suelo, pues los guías no permitieron que se quitaran las vendas y no podían trepar.  A la mañana continuaron la marcha, sin apresurarse.  Se detuvieron al mediodía y Frodo notó que habían pasado bajo el sol brillante.  De pronto oyó alrededor el sonido de muchas voces.

      Una tropa de elfos que marchaba por el bosque se había acercado en silencio; iban de prisa hacia las fronteras del norte para prevenir cualquier ataque que viniera de Moria y traían noticias y Haldir transmitió algunas de ellas.  Los orcos merodeadores habían caído en una emboscada y casi todos habían muerto; el resto huía hacia las montañas del norte y eran perseguidos.  Habían visto también a una criatura extraña, que corría inclinándose hacia adelante y con las manos cerca del suelo, como una bestia, aunque no tenía forma de bestia.  Había conseguido escapar; no tiraron sobre ella, no sabiendo si era de buena o mala índole, y al fin desapareció en el sur siguiendo el curso del Cauce de Plata.

      -También -dijo Haldir- me traen un mensaje del Señor y la Dama de los Galadrim.  Marcharéis todos libremente, aun el enano Gimli.  Parece que la Dama sabe quién es y qué es cada miembro de vuestra Compañía.  Quizá llegaron otros mensajes de Rivendel.

      Quitó la venda que ocultaba los ojos de Gimli.

      -¡Perdón! -dijo saludando con una reverencia-. ¡Míranos ahora con ojos amistosos! ¡Mira y alégrate, pues eres el primer enano que contempla los árboles del Naith de Lórien desde el Día de Durin!

      Cuando le llegó el turno de que le descubrieran los ojos, Frodo miró hacia arriba y se quedó sin aliento.  Estaban en un claro.  A la izquierda había una loma cubierta con una alfombra de hierba tan verde como la primavera de los Días Antiguos.  Encima, como una corona doble, crecían dos círculos de árboles; los del exterior tenían la corteza blanca como la nieve y aunque habían perdido las hojas se alzaban espléndidos en su armoniosa desnudez; los del interior eran mallorn de gran altura, todavía vestidos de oro pálido.  Muy arriba entre las ramas de un árbol que crecía en el centro y era más alto que los otros resplandecía un flet blanco.  A los pies de los árboles y en las laderas de la loma había unas florecitas amarillas de forma de estrella.  Entre ellas, balanceándose sobre tallos delgados, había otras flores, blancas o de un verde muy pálido; relumbraban como una llovizna entre el rico colorido de la hierba.  Arriba el cielo era azul y el sol de la tarde resplandecía sobre la loma y echaba largas sombras verdes entre los árboles.

      -¡Mirad!  Hemos llegado a Cerin Amroth -dijo Haldir-.  Pues este es el corazón del antiguo reino y esta es la loma de Amroth, donde en días más felices fue edificada la alta casa de Amroth.  Aquí se abren las flores de invierno en una hierba siempre fresca: la elanor amarilla y la pálida niphredil.  Aquí nos quedaremos un rato y a la caída de la tarde llegaremos a la ciudad de los Galadrim.

 

 

   Los otros se dejaron caer sobre la hierba fragante, pero Frodo se quedó de pie, todavía maravillado.  Tenía la impresión de haber pasado por una alta ventana que daba a un mundo desaparecido.  Brillaba allí una luz para la cual no había palabras en la lengua de los hobbits.  Todo lo que veía tenía una hermosa forma, pero todas las formas parecían a la vez claramente delineadas, como si hubiesen sido concebidas y dibujadas por primera vez cuando le descubrieron los ojos y antiguas como si hubiesen durado siempre.  No veía otros colores que los conocidos, amarillo y blanco y azul y verde, pero eran frescos e intensos, como si los percibiera ahora por primera vez y les diera nombres nuevos y maravillosos.  En un invierno así ningún corazón hubiese podido llorar el verano o la primavera.  En todo lo que crecía en aquella tierra no se veían manchas ni enfermedades ni deformidades.  En el país de Lórien no había defectos.

      Se volvió y vio que Sam estaba ahora de pie junto a él, mirando alrededor con una expresión de perplejidad, frotándose los ojos como si no estuviese seguro de estar despierto.

      -Hay sol y es un hermoso día, sin duda -dijo-.  Pensé que los elfos no amaban otra cosa que la luna y las estrellas: pero esto es más élfico que cualquier otra cosa que yo haya conocido alguna vez, aun de oídas.  Me siento como si estuviera dentro de una canción, si usted me entiende.

Haldir los miró y parecía en verdad que había entendido tanto el pensamiento como las palabras de Sam.  Sonrió.

      -Estáis sintiendo el poder de la Dama de los Galadrim -les dijo-. ¿Queréis trepar conmigo a Cerin Amroth?

      Siguieron a Haldir, que subía con paso ligero las pendientes cubiertas de hierba.  Aunque Frodo caminaba y respiraba y el viento que le tocaba la cara era el mismo que movía las hojas y las flores de alrededor, tenía la impresión de encontrarse en un país fuera del tiempo, un país que no languidecía, no cambiaba, no caía en el olvido.  Cuando volviera otra vez al mundo exterior, Frodo, el viajero de la Comarca, caminaría aún aquí, sobre la hierba entre la elanor y la niphredil, en la hermosa Lothlórien.

      Entraron en el círculo de árboles blancos.  En ese momento el viento del sur sopló sobre Cerin Amroth y suspiró entre las ramas.  Frodo se detuvo, oyendo a lo lejos el rumor del mar en playas que habían desaparecido hacía tiempo y los gritos de unos pájaros marinos ya extinguidos en el mundo.

      Haldir se había adelantado y ahora trepaba a la elevada plataforma.  Mientras Frodo se preparaba para seguirlo, apoyó la mano en el árbol junto a la escala; nunca había tenido antes una conciencia tan repentina e intensa de la textura de la corteza del árbol y de la vida que había dentro.  La madera, que sentía bajo la mano, lo deleitaba, pero no como a un leñador o a un carpintero; era el deleite de la vida misma del árbol.

      Cuando al fin llegó al flet, Haldir le tomó la mano y lo volvió hacia el sur. -¡Mira primero a este lado! -dijo.

      Frodo miró y vio, todavía a cierta distancia, una colina donde se alzaban muchos árboles magníficos, o una ciudad de torres verdes, no estaba seguro.  De ese sitio venían, le pareció entonces, el poder y la luz que reinaban sobre todo el país y tuvo el deseo de volar como un pájaro para ir a descansar a aquella ciudad verde.  Luego miró hacia el este y vio las tierras de Lórien que bajaban hasta el pálido resplandor del Anduin, el Río Grande.  Miró más allá del río: toda la luz desapareció y se encontró otra vez en el mundo conocido.  Más allá del río la tierra parecía chata y vacía, informe y borrosa, hasta que más lejos se levantaba otra vez como un muro, oscuro y terrible.  El sol que alumbraba a Lothlórien no tenía poder para ahuyentar las sombras de aquellas distantes alturas.

      -Allí está la fortaleza del Bosque del Sur -dijo Haldir-.  Está cubierta por una floresta de abetos oscuros, donde los árboles se oponen unos a otros y las ramas se marchitan y se pudren.  En medio, sobre una altura rocosa, se alza Dol Guldur, donde en otro tiempo se ocultaba el enemigo.  Tememos que esté habitada de nuevo y con un poder septuplicado.  Desde hace un tiempo se ve a veces encima una nube negra.  Desde esta elevación puedes ver los dos poderes en oposición, luchando siempre con el pensamiento; pero aunque la luz traspasa de lado a lado el corazón de las tinieblas, el secreto de la luz misma todavía no ha sido descubierto.  Todavía no.

      Se volvió y descendió rápidamente y los otros lo siguieron.

      Al pie de la loma, Frodo encontró a Aragorn, erguido, inmóvil y silencioso como un árbol; pero sostenía en la mano un capullo dorado de elanor y una luz le brillaba en los ojos.  Parecía que estuviera recordando algo hermoso y Frodo supo que veía las cosas como habían sido antes en ese mismo sitio.  Pues los años torvos se habían borrado de la cara de Aragorn y parecía todo vestido de blanco, un joven señor alto y hermoso, que le hablaba en lengua élfica a alguien que Frodo no podía ver.  Arwen vanimalda, namárië! dijo, y en seguida respiró profundamente y saliendo de sus pensamientos miró a Frodo y sonrió.

      -Aquí está el corazón del mundo élfico -dijo- y aquí mi corazón vivirá para siempre, a menos que encontremos una luz más allá de los caminos oscuros que hemos de recorrer, tú y yo. ¡Ven conmigo!

      Y tomando la mano de Frodo, dejó la loma de Cerin Amroth a la que nunca volvería en vida.

 

7

 

EL ESPEJO DE GALADRIEL

 

   El sol descendía detrás de las montañas y las sombras crecían en el bosque cuando se pusieron otra vez en camino.  Los senderos pasaban ahora por unos setos donde la oscuridad ya estaba cerrándose.  Mientras marchaban, la noche cayó bajo los árboles y los elfos descubrieron los faroles de plata.

      De pronto salieron otra vez a un claro y se encontraron bajo un pálido cielo nocturno salpicado por unas pocas estrellas tempranas.  Un vasto espacio sin árboles se extendía ante ellos en un gran círculo abriéndose a los lados.  Más allá había un foso profundo perdido entre las sombras, pero la hierba de las márgenes era verde, como si brillara aún en memoria del sol que se había ido.  Del otro lado del foso una pared verde se levantaba a gran altura y rodeaba una colina verde cubierta de los mallorn más altos que hubieran visto hasta entonces en esa región.  Qué altos eran no se podía saber, pero se erguían a la luz del crepúsculo como torres vivientes.  Entre las muchas ramas superpuestas y las hojas que no dejaban de moverse brillaban innumerables luces, verdes y doradas y plateadas.  Haldir se volvió hacia la Compañía.

      -¡Bien venidos a Caras Galadon! – dijo -. He aquí la ciudad de los Galadrim donde moran el Señor Celeborn y Galadriel, la Dama de Lórien.  Pero no podemos entrar por aquí pues las puertas no miran al norte.  Tenemos que dar un rodeo hasta el lado sur y habrá que caminar un rato, pues la ciudad es grande.

 

 

   Del otro lado del foso corría un camino de piedras blancas.  Fueron por allí hacia el este, con la ciudad alzándose siempre a la izquierda como una nube verde; y a medida que avanzaba la noche, aparecían más luces, hasta que toda la colina pareció inflamada de estrellas.  Llegaron al fin a un puente blanco, y luego de cruzar se encontraron ante las grandes puertas de la ciudad: miraban al sudoeste, entre los extremos del muro circular que aquí se superponían, y eran altas y fuertes y había muchas lámparas.

      Haldir golpeó y habló y las puertas se abrieron en silencio, pero Frodo no vio a ningún guardia.  Los viajeros pasaron y las puertas se cerraron detrás.  Estaban en un pasaje profundo entre los dos extremos de la muralla y atravesándolo rápidamente entraron en la Ciudad de los Arboles.  No vieron a nadie ni oyeron ningún ruido de pasos en los caminos, pero sonaban muchas voces alrededor y en el aire arriba.  Lejos sobre la colina se oía el sonido de unas canciones que caían de lo alto como una dulce lluvia sobre las hojas.

      Recorrieron muchos senderos y subieron muchas escaleras hasta que llegaron a unos sitios elevados y vieron una fuente que refulgía en un campo de hierbas.  Estaba iluminada por unas linternas de plata que colgaban de las ramas de los árboles, y el agua caía en un pilón de plata que desbordaba en un arroyo blanco.  En el lado sur del prado se elevaba el mayor de todos los árboles; el tronco enorme y liso brillaba como seda gris y subía rectamente hasta las primeras ramas que se abrían muy arriba bajo sombrías nubes de hojas.  A un lado pendía una ancha escala blanca y tres elfos estaban sentados al pie.  Se incorporaron de un salto cuando vieron acercarse a los viajeros, y Frodo observó que eran altos y estaban vestidos con unas mallas grises y que llevaban sobre los hombros unas túnicas largas y blancas.

      -Aquí moran Celeborn y Galadriel -dijo Haldir-.  Es deseo de ellos que subáis y les habléis.

      Uno de los guardias tocó una nota clara en un cuerno pequeño y le respondieron tres veces desde lo alto.

      -Iré primero -dijo Haldir-.  Que luego venga Frodo y con él Legolas.  Los otros pueden venir en el orden que deseen.  Es una larga subida para quienes no están acostumbrados a estas escalas, pero podéis descansar de vez en cuando.

      Mientras trepaba lentamente, Frodo vio muchos flets: unos a la derecha, otros a la izquierda y algunos alrededor del tronco, de modo que la escala pasaba atravesándolos.  Al fin, a mucha altura, llegó a un talan grande, parecido al puente de un navío.  Sobre el talan había una casa, tan grande que en tierra hubiese podido servir de habitación a los hombres.  Entró detrás de Haldir y descubrió que estaba en una cámara ovalada y en el medio crecía el tronco del gran mallorn, ahora ya adelgazándose pero todavía un pilar de amplia circunferencia.

      Una luz clara iluminaba aquel espacio; las paredes eran verdes y plateadas y el techo de oro.  Había muchos elfos sentados.  En dos asientos que se apoyaban en el tronco del árbol, y bajo el palio de una rama, estaban el Señor Celeborn y Galadriel.  Se incorporaron para dar la bienvenida a los huéspedes, según la costumbre de los elfos, aun de aquellos que eran considerados reyes poderosos.  Muy altos eran, y la Dama no menos alta que el Señor, y hermosos y graves.  Estaban vestidos de blanco y los cabellos de la Dama eran de oro y los cabellos del Señor Celeborn eran de plata, largos y brillantes; pero no había ningún signo de vejez en ellos, excepto quizás en lo profundo de los ojos, pues éstos eran penetrantes como lanzas a la luz de las estrellas y sin embargo profundos, como pozos de recuerdos.

      Haldir llevó a Frodo ante ellos y el Señor le dio la bienvenida en la lengua de los hobbits.  La Dama Galadriel no dijo nada pero contempló largamente el rostro de Frodo.

      -¡Siéntate junto a mí, Frodo de la Comarca! -dijo Celeborn-.  Hablaremos cuando todos hayan llegado.

      Saludó cortésmente a cada uno de los compañeros, llamándolos por sus nombres.

      -¡Bien venido, Aragorn, hijo de Arathorn! -dijo-.  Han pasado treinta y ocho años del mundo exterior desde que viniste a estas tierras; y esos años pesan sobre ti.  Pero el fin está próximo, para bien o para mal. ¡Descansa aquí de tu carga por un momento!

      »¡Bien venido, hijo de Thranduil!  Pocas veces las gentes de mi raza vienen aquí del Norte.

      »¡Bien venido, Gimli, hijo de Glóin!  Hace mucho en verdad que no se ve a alguien del pueblo de Durin en Caras Galadon.  Pero hoy hemos dejado de lado esa antigua ley.  Quizás es un anuncio de mejores días, aunque las sombras cubran ahora el mundo, y de una nueva amistad entre nuestros pueblos.

Gimli hizo una profunda reverencia.

 

 

            Cuando todos los huéspedes terminaron de sentarse, el Señor los miró de nuevo. -Aquí hay ocho -dijo-.  Partieron nueve, así decían los mensajes.  Pero quizás hubo algún cambio en el Concilio y no nos enteramos.  Elrond está lejos y las tinieblas crecen alrededor, este año más que nunca.

      -No, no hubo cambios en el Concilio -dijo la Dama Galadriel hablando por vez primera.  Tenía una voz clara y musical, aunque de tono grave-.  Gandalf el Gris partió con la Compañía, pero no cruzó las fronteras de este país.  Contadnos ahora dónde está, pues mucho he deseado hablar con él otra vez.  Pero no puedo verlo de lejos, a menos que pase de este lado de las barreras de Lothlórien; lo envuelve una niebla gris y no sé por dónde anda ni qué piensa.

      -¡Ay! – dijo Aragorn -. Gandalf el Gris ha caído en la sombra.  Se demoró en Moria y no pudo escapar.

      Al oír estas palabras todos los elfos de la sala dieron grandes gritos de dolor y de asombro.

      -Una noticia funesta -dijo Celeborn-, la más funesta que se haya anunciado aquí en muchos años de dolorosos acontecimientos. -Se volvió a Haldir.- ¿Por qué no me dijeron nada hasta ahora? -preguntó en la lengua élfica.

      -No le hemos hablado a Haldir ni de lo que hicimos ni de nuestros propósitos -dijo Legolas-.  Al principio nos sentíamos cansados y el peligro estaba aún demasiado cerca; y luego casi olvidamos nuestra pena durante un tiempo, mientras veníamos felices por los hermosos senderos de Lórien.

      -Nuestra pena es grande sin embargo y la pérdida no puede ser reparada -dijo Frodo-.  Gandalf era nuestro guía y nos condujo a través de Moria, y cuando parecía que ya no podíamos escapar, nos salvó y cayó.

      -¡Contadnos toda la historia! -dijo Celeborn.

Entonces Aragorn contó todo lo que había ocurrido en el paso de Caradhras y en los días que siguieron, y habló de Balin y del libro y de la lucha en la Cámara de Mazarbul y el fuego y el puente angosto y la llegada del Terror.

      -Un mal del Mundo Antiguo me pareció, algo que nunca había visto antes -dijo Aragorn-.  Era a la vez una sombra y una llama, poderosa y terrible.

      -Era un Balrog de Morgoth -dijo Legolas-; de todos los azotes de los elfos el más mortal, excepto aquel que reside en la Torre Oscura.

      -En verdad vi en el puente a aquel que se nos aparece en las peores pesadillas, vi el Daño de Durin -dijo Gimli en voz baja y el miedo le asomó a los ojos.

      -¡Ay! -dijo Celeborn-.  Temimos durante mucho tiempo que hubiese algo terrible durmiendo bajo el Caradhras.  Pero si hubiese sabido que los enanos habían reanimado este mal en Moria, yo te hubiera impedido pasar por las fronteras del norte, a ti y a todos los que iban contigo.  Y hasta se podría decir quizá que Gandalf cayó al fin de la sabiduría a la locura, metiéndose sin necesidad en las redes de Moria.

      -Sería imprudente en verdad quien dijera tal cosa -dijo con aire grave Galadriel-.  En todo lo que hizo Gandalf en vida no hubo nunca nada inútil.  Quienes lo seguían no estaban enterados de lo que pensaba y no pueden explicarnos lo que él se proponía.  De cualquier modo estos seguidores no tuvieron ninguna culpa.  No te arrepientas de haber dado la bienvenida al enano.  Si nuestra gente hubiese vivido mucho tiempo lejos de Lothlórien, ¿quién de los Galadrim, incluyendo a Celeborn el Sabio, hubiera pasado cerca sin el deseo de ver el antiguo hogar, aunque se hubiese convertido en morada de dragones?

      »Oscuras son las aguas del Kheled-zâram y frías son las fuentes del Kibil-nâla y hermosas eran las salas de columnas de Khazad-dûm en los Días Antiguos antes que los reyes poderosos cayeran bajo la piedra.

      Galadriel miró a Gimli que estaba sentado y triste y le sonrió.  Y el enano, al oír aquellos nombres en su propia y antigua lengua, alzó los ojos y se encontró con los de Galadriel y le pareció que miraba de pronto en el corazón de un enemigo y que allí encontraba amor y comprensión.  El asombro le subió a la cara y en seguida respondió con una sonrisa.

      Se incorporó torpemente y saludó con una reverencia al modo, de los Enanos diciendo: -Pero más hermoso aún es el país viviente de Lórien, y la Dama Galadriel está por encima de todas las joyas de la tierra.

 

 

   Hubo un silencio.  Al fin Celeborn volvió a hablar.

      -Yo no sabía que vuestra situación era tan mala -dijo-.  Que Gimli olvide mis palabras duras; hablé con el corazón perturbado.  Haré todo lo que pueda por ayudaros, a cada uno de acuerdo con sus deseos y necesidades, pero en especial al pequeño que lleva la carga.

      -Conocemos tu misión -dijo Galadriel mirando a Frodo-, pero no hablaremos aquí más abiertamente.  Quizá podamos probar que no habéis venido en vano a esta tierra en busca de ayuda, como parecía ser el propósito de Gandalf.  Pues se dice del Señor de los Galadrim que es el más sabio de los Elfos de la Tierra Media y un dispensador de dones que superan los poderes de los reyes.  Ha residido en el oeste desde los tiempos del alba y he vivido con él innumerables años, pues crucé las montañas antes de la caída de Norgothrond o Gondolin y juntos hemos combatido durante siglos la larga derrota.

      »Yo fui quien convocó por vez primera el Concilio Blanco, y si hubiera podido llevar adelante mis designios, Gandalf el Gris hubiese presidido la reunión y quizá las cosas hubieran pasado entonces de otro modo.  Pero aún ahora queda alguna esperanza.  No os aconsejaré que hagáis esto o aquello.  Pues si puedo ayudaros no será con actos o maquinaciones, O decidiendo que toméis tal o cual rumbo, sino por el conocimiento de lo que ha sido y lo que es y en parte de lo que será.  Pero te diré esto: tu misión marcha ahora por el filo de un cuchillo.  Un solo paso en falso y fracasará, para ruina de todos.  Hay esperanzas sin embargo mientras todos los miembros de la Compañía continúen siendo fieles.

      Y con estas palabras los miró a todos y en silencio escrutó el rostro de cada uno.  Nadie excepto Legolas y Aragorn soportó mucho tiempo esta mirada.  Sam enrojeció en seguida y bajó la cabeza.

      Por último la Dama Galadriel dejó de observarlos y sonrió. -Que vuestros corazones no se turben -dijo-.  Esta noche dormiréis en paz.

      En seguida ellos suspiraron y se sintieron cansados de pronto, como si hubiesen sido interrogados a fondo mucho tiempo, aunque no se había dicho abiertamente ninguna palabra.

      -Podéis iros -dijo Celeborn-.  El dolor y los esfuerzos os han agotado.  Aunque vuestra misión no nos concerniese de cerca, podríais quedaros en la ciudad hasta que os sintierais curados y recuperados.  Ahora id a descansar y durante un tiempo no hablaremos de vuestro camino futuro.

 

 

   Aquella noche la Compañía durmió en el suelo, para gran satisfacción de los hobbits.  Los elfos prepararon para ellos un pabellón entre los árboles próximos a la fuente y allí pusieron unos lechos mullidos; luego murmuraron palabras de paz con dulces voces élficas y los dejaron.  Durante un rato los viajeros hablaron de cómo habían pasado la noche anterior en las copas de los árboles, de la marcha del día, del Señor y de la Dama, pues no estaban todavía en ánimo de mirar más atrás.

      -¿Por qué enrojeciste, Sam? -dijo Pippin-.  Te turbaste en seguida.  Cualquiera hubiese pensado que tenías mala conciencia.  Espero que no haya sido nada peor que un plan retorcido para robarme una manta.

      -Nunca pensé nada semejante -dijo Sam que no tenía ánimos para bromas-.  Si quiere saberlo, me sentí como si no tuviera nada encima y no me gustó.  Me pareció que ella estaba mirando dentro de mí y preguntándome qué haría yo si ella me diera la posibilidad de volver volando a la Comarca y a un bonito y pequeño agujero con un jardincito propio.

      -Qué raro -dijo Merry-.  Casi exactamente lo que yo sentí, sólo que… bueno, creo que no diré más -concluyó con una voz débil.

      A todos ellos, parecía, les había ocurrido algo semejante: cada uno había sentido que se le ofrecía la oportunidad de elegir entre una oscuridad terrible que se extendía ante él y algo que deseaba entrañablemente, y para conseguirlo sólo tenía que apartarse del camino y dejar a otros el cumplimiento de la misión y la guerra contra Sauron.

      -Y a mí me pareció también -dijo Gimli- que mi elección permanecería en secreto y que sólo yo lo sabría.

      -Para mí fue algo muy extraño -dijo Boromir-.  Quizá fue sólo una prueba y ella quería leernos el pensamiento con algún buen propósito, pero yo casi hubiera dicho que estaba tentándonos y ofreciéndonos algo que dependía de ella.  No necesito decir que me rehusé a escuchar.  Los hombres de Minas Tirith guardan la palabra empeñada.

      Pero lo que le había ofrecido la Dama, Boromir no lo dijo.

      En cuanto a Frodo se negó a hablar, aunque Boromir lo acosó con preguntas.

      -Te miró mucho tiempo, Portador del Anillo -dijo.

      -Sí -dijo Frodo-, pero lo que me vino entonces a la mente ahí se quedará.

      -Pues bien, ¡ten cuidado! -dijo Boromir-.  No confío demasiado en esta Dama Elfica y en lo que se propone.

      -¡No hables mal de la Dama Galadriel! -dijo Aragorn con severidad-.  No sabes lo que dices.  En ella y en esta tierra no hay ningún mal, a no ser que un hombre lo traiga aquí él mismo.  Y entonces ¡que él se cuide!  Pero esta noche y por vez primera desde que dejamos Rivendel dormiré sin ningún temor. ¡Y ojalá duerma profundamente y olvide un rato mi pena!  Tengo el cuerpo y el corazón cansados.

      Se echó en la cama y cayó en seguida en un largo sueño.

      Los otros pronto hicieron lo mismo y durmieron sin ser perturbados por ruidos o sueños.  Cuando despertaron vieron que la luz del día se extendía sobre la hierba ante el pabellón y que el agua de la fuente se alzaba y caía refulgiendo a la luz del sol.

 

 

   Se quedaron algunos días en Lothlórien, o por lo menos eso fue lo que ellos pudieron decir o recordar más tarde.  Todo el tiempo que estuvieron allí brilló el sol, excepto en los momentos en que caía una lluvia suave que dejaba todas las cosas nuevas y limpias.  El aire era fresco y dulce, como si estuviesen a principios de la primavera, y sin embargo sentían alrededor la profunda y reflexiva quietud del invierno.  Les pareció que casi no tenían otra ocupación que comer y beber y descansar y pasearse entre los árboles; y esto era suficiente.

      No habían vuelto a ver al Señor y a la Dama y apenas conversaban con el resto de los elfos, pues eran pocos los que hablaban otra cosa que la lengua silvana.  Haldir se había despedido de ellos y había vuelto a las defensas del norte, muy vigiladas ahora luego que la Compañía había traído aquellas noticias de Moria.  Legolas pasaba muchas horas con los Galadrim y luego de la primera noche ya no durmió con sus compañeros, aunque regresaba a comer y hablar con ellos.  A menudo se llevaba a Gimli para que lo acompañara en algún paseo y a los otros les asombró este cambio.

      Ahora, cuando los compañeros estaban sentados o caminaban juntos, hablaban de Gandalf y todo lo que cada uno había sabido o visto de él les venía claramente a la memoria.  A medida que se curaban las heridas y el cansancio del cuerpo, el dolor de la pérdida de Gandalf se hacía más agudo.  A menudo oían voces élficas que cantaban cerca y eran canciones que lamentaban la caída del mago, pues alcanzaban a oír su nombre entre palabras dulces y tristes que no entendían.

      Mithrandir, Mithrandir, cantaban los elfos, ¡oh Peregrino Gris!  Pues así les gustaba llamarlo.  Pero si Legolas estaba entonces con la Compañía no les traducía las canciones, diciendo que no se consideraba bastante hábil y que para él la pena estaba aún demasiado cerca y era un tema para las lágrimas y no todavía para una canción.

      Fue Frodo el primero que expresó su dolor en palabras titubeantes.  Pocas veces sentía el impulso de componer canciones o versos; aun en Rivendel había escuchado y no había cantado él mismo, aunque recordaba muchas cosas de otros.  Pero ahora sentado junto a la fuente de Lórien y escuchando las voces de los elfos que hablaban de Gandalf, se le ocurrió una canción que a él le parecía hermosa, pero cuando trató de repetírsela a Sam sólo quedaron unos fragmentos, apagados como un manojo de flores marchitas.

 

Cuando la tarde era gris en la Comarca

se oían sus pasos en la colina;

y se iba antes del alba

en silencio a sitios remotos.

 

De las Tierras Asperas a la costa del este,

del desierto del norte a las lomas del sur,

por antros de dragones y puertas ocultas

y bosques oscuros iba a su antojo.

 

Con enanos y hobbits, con ellos y con hombres,

con gentes mortales e inmortales,

con pájaros en árboles y bestias en madrigueras,

en lenguas secretas hablaba.

 

Una espada mortal, una mano benigna,

una espalda que la carga doblaba;

una voz de trompeta, una antorcha encendida,

un peregrino fatigado.

 

Señor de sabiduría entronizado,

de cólera viva y de rápida risa;

un viejo de gastado sombrero

que se apoya en una vara espinosa.

 

Estuvo solo sobre el puente

desafiando al Fuego y la Sombra;

la vara se le quebró en la piedra,

y su sabiduría murió en Khazad-dûm.

 

      -¡Bueno, pronto derrotará al señor Bilbo! -dijo Sam.

      -No, temo que no –dijo Frodo-, pero no soy capaz de nada mejor. -En todo caso, señor Frodo, si un día tiene ganas de componer algo más, espero que diga una palabra de los fuegos de artificio.  Algo así:

 

Los más hermosos fuegos nunca vistos:

estallaban en estrellas azules y verdes,

y después de los truenos un rocío de oro

caía como una lluvia de flores.

 

      »Aunque esto no le hace justicia, lejos de eso.

      -No, te lo dejo a ti, Sam. O quizás a Bilbo.  Pero… bueno, no puedo seguir hablando.  No soporto la idea de darle la noticia a Bilbo.

 

 

   Una tarde Frodo y Sam se paseaban al aire fresco del crepúsculo.

      Los dos se sentían de nuevo inquietos.  La sombra de la partida había caído de pronto sobre Frodo; sabía de algún modo que no faltaba mucho tiempo para que tuvieran que dejar Lothlórien.

      -¿Qué piensas ahora de los elfos, Sam? – dijo -. Ya una vez te hice esta pregunta, hace tanto tiempo, parece; pero los has visto mucho más desde entonces.

      -¡Muy cierto! – dijo Sam -. Y yo diría que hay elfos y elfos.  Todos son bastante élficos, pero no iguales.  Estos de aquí por ejemplo no son gente errante o sin hogar y se parecen más a nosotros; parecen pertenecer a este sitio, más aún que los hobbits a la Comarca.  No sé si hicieron el país o si el país los hizo a ellos, es difícil decirlo, si usted me entiende.  Hay una tranquilidad maravillosa aquí.  Se diría que no pasa nada y que nadie quiere que pase.  Si se trata de alguna magia está muy escondida, en algún sitio que no puedo tocar con las manos, por así decir.

      -Puedes sentirla y verla en todas partes -dijo Frodo.

 

            -Bueno -dijo Sam-, no se ve a nadie trabajando en eso.  Ningún fuego de artificio, como el pobre viejo Gandalf acostumbraba mostrar.  Me pregunto por qué no hemos vuelto a ver al Señor y a la Dama en todos estos días.  Se me ocurre que ella podría hacer algunas cosas maravillosas, si quisiera. ¡Me gustaría tanto ver alguna magia élfica, señor Frodo!

      -A mí no -dijo Frodo-.  Estoy satisfecho.  Y no echo de menos los fuegos artificiales de Gandalf, pero sí sus cejas espesas y su cólera y su voz.

      -Tiene razón -dijo Sam-.  Y no crea que estoy buscando defectos.  Siempre he querido ver un poco de magia, como esa de que se habla en las viejas historias, pero nunca supe de una tierra mejor que ésta.  Es como estar en casa y de vacaciones al mismo tiempo, si usted me entiende.  No quiero irme.  De todos modos, estoy empezando a sentir que si tenemos que irnos lo mejor sería irse en seguida.

      »El trabajo que nunca se empieza es el que más tarda en terminarse, como decía mi padre.  Y no creo que estas gentes puedan ayudarnos mucho más, magia y no magia.  Estoy pensando que cuando dejemos estas tierras extrañaremos a Gandalf más que nunca.

      -Temo que eso sea demasiado cierto, Sam -dijo Frodo-.  Sin embargo espero de veras que antes de irnos podamos ver de nuevo a la Dama de los elfos.

      Estaban todavía hablando cuando vieron que la Dama Galadriel se acercaba como respondiendo a las palabras de Frodo.  Alta y blanca y hermosa, caminaba entre los árboles.  No les habló, pero les indicó que se acercaran.

      Volviéndose, la Dama Galadriel los condujo hacia las faldas del sur de Caras Galadon y luego de cruzar una cerca verde y alta entraron en un jardín cerrado.  No tenía árboles y el cielo se abría sobre él.  La estrella de la tarde se había levantado y brillaba como un fuego blanco sobre los bosques del oeste.  Descendiendo por una larga escalera, la Dama entró en una profunda cavidad verde, por la que corría murmullando la corriente de plata que nacía en la fuente de la colina.  En el fondo de la cavidad, sobre un pedestal bajo, esculpido como un árbol frondoso, había un pilón de plata, ancho y poco profundo, y al lado un jarro también de plata.

      Galadriel llenó el pilón hasta el borde con agua del arroyo y sopló encima, y cuando el agua se serenó otra vez les habló a los hobbits.

      -He aquí el Espejo de Galadriel -dijo-.  Os he traído aquí para que miréis, si queréis hacerlo.

      El aire estaba muy tranquilo y el valle oscuro, y la Dama era alta y pálida.

      -¿Qué buscaremos y qué veremos? -preguntó Frodo con un temor reverente.

      -Puedo ordenarle al espejo que revele muchas cosas -respondió ella- y a algunos puedo mostrarles lo que desean ver.  Pero el espejo muestra también cosas que no se le piden y éstas son a menudo más extravías y más provechosas que aquellas que deseamos ver.  Lo que verás, si dejas en libertad al espejo, no puedo decirlo.  Pues muestra cosas que fueron y cosas que son y cosas que quizá serán.  Pero lo que ve, ni siquiera el más sabio puede decirlo. ¿Deseas mirar?

      Frodo no respondió.

      -¿Y tú? -dijo ella volviéndose a Sam-.  Pues esto es lo que tu gente llama magia, aunque no entiendo claramente qué quieren decir, y parece que usaran la misma palabra para hablar de los engaños del enemigo.  Pero ésta, si quieres, es la magia de Galadriel. ¿No dijiste que querías ver la magia de los elfos?

      -Sí -dijo estremeciéndose, sintiendo a la vez miedo y curiosidad-.  Echaré una mirada, Señora, si me permite.

      En un aparte le dijo a Frodo:

      -No me disgustaría mirar un poco lo que ocurre en casa.  He estado tanto tiempo fuera.  Pero lo más probable es que sólo vea las estrellas, o algo que no entenderé.

      -Lo más probable -dijo la Dama con una sonrisa dulce-.  Pero acércate y verás lo que puedas. ¡No toques el agua!

      Sam subió al pedestal y se inclinó sobre el pilón.  El agua parecía dura y sombría y reflejaba las estrellas.

      -Hay sólo estrellas, como pensé -dijo.

      Casi en seguida se sobresaltó y contuvo el aliento pues las estrellas se extinguían.  Como si hubiesen descorrido un velo oscuro, el espejo se volvió gris y luego se aclaró.  El sol brillaba y las ramas de los árboles se movían en el viento.  Pero antes que Sam pudiera decir qué estaba viendo, la luz se desvaneció; y en seguida creyó ver a Frodo, de cara pálida, durmiendo al pie de un risco grande y oscuro.  Luego le pareció que se veía a sí mismo yendo por un pasillo tenebroso y subiendo por una interminable escalera de caracol.  Se le ocurrió de pronto que estaba buscando algo con urgencia, pero no podía saber qué.  Como un sueño la visión cambió y volvió atrás y mostró de nuevo los árboles.  Pero esta vez no estaban tan cerca y Sam pudo ver lo que ocurría: no oscilaban en el viento, caían ruidosamente al suelo.

      -¡Eh! – gritó Sam indignado -. Ahí está ese Ted Arenas derribando los árboles que no tendría que derribar.  Son los árboles de la avenida que está más allá del Molino y que dan sombra al camino de Delagua.  Si tuviera a ese Ted a mano, ¡lo derribaría a él!

      Pero ahora Sam notó que el Viejo Molino había desaparecido y que estaban levantando allí un gran edificio de ladrillos rojos.  Había mucha gente trabajando.  Una chimenea alta y roja se erguía muy cerca.  Un humo negro nubló la superficie del espejo.

      -Hay algo malo que opera en la Comarca -dijo-.  Elrond lo sabía bien cuando quiso mandar de vuelta al señor Merry. -De pronto Sam dio un grito y saltó hacia atrás.- No puedo quedarme aquí -gritó desesperado-.  Tengo que volver.  Han socavado Bolsón de Tirada y allá va mi pobre padre colina abajo llevando todas sus cosas en una carretilla. ¡Tengo que volver!

      -No puedes volver solo -dijo la Dama-.  No deseabas volver sin tu amo antes de mirar en el espejo y sin embargo sabías que podía ocurrir algo malo en la Comarca.  Recuerda que el espejo muestra muchas cosas y que algunas no han ocurrido aún.  Algunas no ocurrirán nunca, a no ser que quienes miran las visiones se aparten del camino que lleva a prevenirlas.  El espejo es peligroso como guía de conducta.

Sam se sentó en el suelo y se llevó las manos a la cabeza.

      -Desearía no haber venido nunca aquí y no quiero ver más magias -dijo y calló un rato.  Luego habló trabajosamente, como conteniendo el llanto-.  No, volveré por el camino largo junto con el señor Frodo, o no volveré.  Pero espero volver algún día.  Si lo que he visto llega a ser cierto, ¡alguien las pasará muy mal!

 

 

   -¿Quieres mirar tú ahora, Frodo? -dijo la Dama Galadriel-.  No deseabas ver la magia de los elfos y estabas satisfecho.

      -¿Me aconsejáis mirar? -preguntó Frodo.

      -No -dijo ella-.  No te aconsejo ni una cosa ni otra.  No soy una consejera.  Quizás aprendas algo y lo que veas, sea bueno o malo, puede ser de provecho, o no.  Ver es a la vez conveniente y peligroso.  Creo sin embargo, Frodo, que tienes bastante coraje y sabiduría para correr el riesgo, o no te hubiera traído aquí. ¡Haz como quieras!

      -Miraré -dijo Frodo y subiendo al pedestal se inclinó sobre el agua oscura.

      En seguida el espejo se aclaró y Frodo vio un paisaje crepuscular.  Unas montañas oscuras asomaban a lo lejos contra un cielo pálido.  Un camino largo y gris se alejaba serpenteando hasta perderse de vista.  Allá lejos venía una figura descendiendo lentamente por el camino, débil y pequeña al principio, pero creciendo y aclarándose a medida que se acercaba.  De pronto Frodo advirtió que la figura le recordaba a Gandalf.  Iba a pronunciar en voz alta el nombre del mago cuando vio que la figura estaba vestida de blanco y no de gris (un blanco que brillaba débilmente en el atardecer) y que en la mano llevaba un báculo blanco.  La cabeza estaba tan inclinada que Frodo no le veía la cara, y al fin la figura tomó una curva del camino y desapareció de la vista del espejo.  Una duda entró en la mente de Frodo: ¿era ésta una imagen de Gandalf en uno de sus muchos viajes solitarios de otro tiempo, o era Saruman?

      La visión cambió.  Breve y pequeña pero muy vívida alcanzó a ver una imagen de Bilbo que iba y venía nerviosamente por su cuarto.  La mesa estaba cubierta de papeles en desorden; la lluvia golpeaba las ventanas.

      Luego hubo una pausa y en seguida siguieron unas escenas rápidas y Frodo supo de algún modo que eran partes de una gran historia en la que él mismo estaba envuelto.  La niebla se aclaró y vio algo que nunca había visto antes pero que reconoció en seguida: el Mar.  La oscuridad cayó.  El mar se encrespó y se alborotó en una tormenta.  Luego vio contra el sol, que se hundía rojo como sangre en jirones de nubes, la silueta negra de un alto navío de velas desgarradas que venía del oeste.  Luego un río ancho que cruzaba una ciudad populosa.  Luego una fortaleza blanca con siete torres.  Y luego otra vez la nave de velas negras, pero ahora era de mañana y el agua reflejaba la luz, y una bandera con el emblema de una torre blanca brillaba al sol.  Se alzó un humo como de fuego y batalla y el sol descendió de nuevo envuelto en llamas rojas y se desvaneció en una bruma gris; y un barco pequeño se perdió en la bruma con luces temblorosas.  Desapareció y Frodo suspiró y se dispuso a retirarse.

      Pero de pronto el espejo se oscureció del todo, como si se hubiera abierto un agujero en el mundo visible, y Frodo se quedó mirando el vacío.  En ese abismo negro apareció un Ojo, que creció lentamente, hasta que al fin llenó casi todo el espejo.  Tan terrible era que Frodo se quedó como clavado al suelo, incapaz de gritar o de apartar la mirada.  El Ojo estaba rodeado de fuego, pero él mismo era vidrioso, amarillo como el ojo de un gato, vigilante y fijo, y la hendidura negra de la pupila se abría sobre un pozo, una ventana a la nada.

      Luego el Ojo comenzó a moverse, buscando aquí y allá y Frodo supo con seguridad y horror que él, Frodo, era un de esas muchas cosas que el Ojo buscaba.  Pero supo también que el Ojo no podía verlo, no todavía, a menos que él mismo así lo desease.  El Anillo que le colgaba del cuello se hizo pesado, más pesado que una gran piedra y lo obligó a inclinar la cabeza sobre el pecho.  Pareció que el espejo se calentaba y unas volutas de vapor flotaron sobre el agua.  Frodo se deslizó hacia adelante.

      -¡No toques el agua! -le dijo dulcemente la Dama Galadriel.

      La visión desapareció y Frodo se encontró mirando las frías estrellas que titilaban en el pilón.  Dio un paso atrás temblando de pies a cabeza y miró a la Dama.

      -Sé lo que viste al final -dijo ella – pues está también en mi mente. ¡No temas!  Pero no pienses que el país de Lothlórien resiste y se defiende del enemigo sólo con cantos en los árboles, o con las débiles flechas de los arcos élficos.  Te digo, Frodo, que aún mientras te hablo, veo al Señor Oscuro y sé lo que piensa, o al menos lo que piensa en relación con los elfos.  Y él está siempre tanteando, queriendo verme y conocer mis propios pensamientos. ¡Pero la puerta está siempre cerrada!

      La Dama levantó los brazos blancos y extendió las manos hacia el este en un ademán de rechazo y negativa.  Eärendil, la Estrella de la Tarde, la más amada de los elfos, brillaba clara allá en lo alto.  Tan brillante era que la figura de la Dama echaba una sombra débil en la hierba.  Los rayos se reflejaban en un anillo que ella tenía en el dedo y allí resplandecía como oro pulido recubierto de una luz de plata, y una piedra blanca relucía en él como si la Estrella de la Tarde hubiera venido a apoyarse en la mano de la Dama Galadriel.  Frodo miró el anillo con un respetuoso temor, pues de pronto le pareció que entendía.

      -Sí -dijo ella adivinando los pensamientos de Frodo-, no está permitido hablar de él y Elrond tampoco pudo.  Pero no es posible ocultárselo al Portador del Anillo y a alguien que ha visto el Ojo.  En verdad, en el país de Lórien y en el dedo de Galadriel está uno de los Tres.  Este es Nenya, el Anillo de Diamante, y yo soy quien lo guarda.

      »El lo sospecha, pero no lo sabe aún. ¿Entiendes ahora por qué tu venida era para nosotros como un primer paso en el cumplimiento del Destino?  Pues si fracasas, caeremos indefensos en manos del enemigo.  Pero si triunfas, nuestro poder decrecerá y Lothlórien se debilitará, y las marcas del Tiempo la borrarán de la faz de la tierra.  Tenemos que partir hacia el oeste, o transformarnos en un pueblo rústico que vive en cañadas y cuevas, condenados lentamente a olvidar y a ser olvidados.

      Frodo bajó la cabeza. -¿Y vos qué deseáis?

      -Que se cumpla lo que ha de cumplirse -dijo ella-.  El amor de los elfos por esta tierra en que viven y por las obras que llevan a cabo es más profundo que las profundidades del mar, y el dolor que ellos sienten es imperecedero y nunca se apaciguará.  Sin embargo, lo abandonarán todo antes que someterse a Sauron, pues ahora lo conocen.  Del destino de Lothlórien no eres responsable, pero sí del cumplimiento de tu misión.  Sin embargo desearía, si sirviera de algo, que el Anillo Unico no hubiese sido forjado jamás, o que nunca hubiese sido encontrado.

      -Sois prudente, intrépida y hermosa, Dama Galadriel – dijo Frodo y os daré el Anillo Unico, si vos me lo pedís.  Para mí es algo demasiado grande.

      Galadriel rió de pronto con una risa clara.

      -La Dama Galadriel es quizá prudente -dijo-, pero ha encontrado quien la iguale en cortesía.  Te has vengado gentilmente de la prueba a que sometí tu corazón en nuestro primer encuentro.  Comienzas a ver claro.  No niego que mi corazón ha deseado pedirte lo que ahora me ofreces.  Durante muchos largos años me he preguntado qué haría si el Gran Anillo llegara alguna vez a mis manos, ¡y mira!, está ahora a mi alcance.  El mal que fue planeado hace ya mucho tiempo sigue actuando de distintos modos, ya sea que Sauron resista o caiga. ¿No hubiera sido una noble acción, que aumentaría el crédito del Anillo, si se lo hubiera arrebatado a mi huésped por la fuerza o el miedo?

      »Y ahora al fin llega. ¡Me darás libremente el Anillo!  En el sitio del Señor Oscuro instalarás una Reina. ¡Y yo no seré oscura sino hermosa y terrible como la Mañana y la Noche! ¡Hermosa como el Mar y el Sol y la Nieve en la Montaña! ¡Terrible como la Tempestad y el Relámpago!  Más fuerte que los cimientos de la tierra. ¡Todos me amarán y desesperarán!

      Galadriel alzó la mano y del anillo que llevaba brotó una luz que la iluminó a ella sola, dejando todo el resto en la oscuridad.  Se irguió ante Frodo y pareció que tenía de pronto una altura inconmensurable y una belleza irresistible, adorable y tremenda.  En seguida dejó caer la mano, y la luz se extinguió y ella rió de nuevo, y he aquí que fue otra vez una delgada mujer elfa, vestida sencillamente de blanco, de voz dulce y triste.

      -He pasado la prueba -dijo-.  Me iré empequeñeciendo, marcharé al oeste y continuaré siendo Galadriel.

 

 

   Permanecieron largo rato en silencio.  Al fin la Dama habló otra vez. -Volvamos -dijo-.  Tienes que partir en la mañana, pues ya hemos elegido y las mareas del destino están subiendo.

      -Quisiera preguntamos algo antes de partir -dijo Frodo-, algo que ya quise preguntárselo a Gandalf en Rivendel.  Se me ha permitido llevar el Anillo Unico. ¿Por qué no puedo ver todos los otros y conocer los pensamientos de quienes los usan?

      -No lo has intentado -dijo ella-.  Desde que tienes el Anillo sólo te lo has puesto tres veces. ¡No lo intentes!  Te destruiría. ¿No te dijo Gandalf que los Anillos dan poder de acuerdo con las condiciones de cada poseedor?  Antes que puedas utilizar ese poder tendrás que ser mucho más fuerte y entrenar tu voluntad en el dominio de los otros.  Y aun así, como Portador del Anillo y como alguien que se lo ha puesto en el dedo y ha visto lo que está oculto, tus ojos han llegado a ser penetrantes.  Has leído en mis pensamientos más claramente que muchos que se titulan sabios.  Viste el Ojo de aquel que tiene los Siete y los Nueve. ¿Y no reconociste el anillo que llevo en el dedo? ¿Viste tú mi anillo? -preguntó volviéndose hacia Sam.

      -No, Señora -respondió Sam-.  Para decir la verdad, me preguntaba de qué estaban hablando.  Vi una estrella a través del dedo de usted.  Pero si me permiten que hable francamente, creo que mi amo tiene razón.  Yo desearía que tomara usted el Anillo.  Pondría usted las cosas en su lugar.  Impediría que molestasen a mi padre y que lo echaran a la calle.  Haría pagar a algunos por los sucios trabajos en que han estado metidos.

      -Sí -dijo ella-.  Así sería al principio.  Pero luego sobrevendrían otras cosas, lamentablemente.  No hablemos más. ¡Vamos!

 

8

 

ADIOS A LORIEN

 

   Aquella noche la Compañía fue convocada de nuevo a la cámara de Celeborn y allí el Señor y la Dama los recibieron con palabras amables.  Al fin Celeborn habló de la partida.

      -Ha llegado la hora -dijo – en que aquellos que desean continuar la misión tendrán que mostrarse duros de corazón y dejar este país.  Aquellos que no quieren ir más adelante pueden permanecer aquí, durante un tiempo.  Pero se queden o se vayan, nadie estará seguro de tener paz.  Pues hemos llegado al borde del precipicio del destino.  Aquellos que así lo deseen podrán esperar aquí a la hora en que los caminos del mundo se abran de nuevo para todos, o a que sean convocados en última instancia en auxilio de Lórien.  Podrán entonces volver a sus propios países, o marchar al largo descanso de quienes caen en la batalla.

      Hubo un silencio.

      -Todos han resuelto seguir adelante -dijo Galadriel mirándolos a los ojos.

      -En cuanto a mí -dijo Boromir-, el camino de regreso está adelante y no atrás.

      -Es cierto -dijo Celeborn-, ¿pero irá contigo toda la Compañía hasta Minas Tirith?

      -No hemos decidido aún qué curso seguiremos -dijo Aragorn-.  No sé qué pensaba hacer Gandalf más allá de Lothlórien.  Creo en verdad que ni siquiera él tenía un propósito claro.

      -Quizá no -dijo Celeborn-, sin embargo cuando dejéis esta tierra habéis de tener en cuenta el Río Grande.  Como algunos de vosotros lo sabéis bien, ningún viajero con equipaje puede cruzarlo entre Lórien y Gondor, excepto en bote. ¿Y acaso no han sido destruidos los puentes de Osgiliath y no están todos los embarcaderos en manos del enemigo? »¿Por qué lado viajaréis?  El camino de Minas Tirith corre por este lado, al oeste; pero el camino directo de la misión va por el este del río, la orilla más oscura. ¿Qué orilla seguiréis?

      -Si mi consejo vale de algo, yo elegiría la orilla occidental, el camino a Minas Tirith -respondió Boromir-.  Pero no soy el jefe de la Compañía.

      Los otros no dijeron nada y Aragorn parecía indeciso y preocupado. -Ya veo que todavía no sabéis qué hacer -dijo Celeborn-.  No me corresponde elegir por vosotros, pero os ayudaré en lo que pueda.  Hay entre vosotros algunos capaces de manejar una embarcación.: Legolas, cuya gente conoce el rápido Río del Bosque; y Boromir de Gondor y Aragorn el viajero.

      -¡Y un hobbit! -gritó Merry-.  No todos nosotros pensamos que los botes son caballos salvajes.  Mi gente vive a orillas del Brandivino.

      -Muy bien -dijo Celeborn-.  Entonces proveeré de embarcaciones a la Compañía.  Serán pequeñas y livianas, pues si vais lejos por el Río, habrá sitios donde tendréis que transportarlas.  Llegaréis a los rápidos de Sarn Gebir y quizás al fin a los grandes saltos de Rauros donde el Río cae atronando desde Nen Hithoel; y hay otros peligros.  Las embarcaciones harán que vuestro viaje sea menos trabajoso por un tiempo.  Sin embargo, no os aconsejarán: al fin tendréis que dejarlas a ellas y al río y marchar hacia el oeste, o el este.

      Aragorn agradeció a Celeborn repetidas veces.  La noticia de los botes lo tranquilizó, pues durante unos días no sería necesario decidir el curso.  Los otros parecían también más esperanzados.  Cualesquiera fuesen los peligros que los esperaban allá adelante, parecía mejor ir a encontrarlos navegando el ancho Anduin aguas abajo que caminar trabajosamente con las espaldas dobladas.  Sólo Sam titubeaba: él por lo menos pensaba aún que los botes eran tan malos como los caballos salvajes, si no peores y no todos los peligros a los que había sobrevivido le habían probado lo contrario.

      -Todo estará preparado para vosotros y os esperará en el puerto antes del mediodía -dijo Celeborn-.  Os enviaré a mi gente en la mañana para que os ayude en los preparativos del viaje.  Ahora os desearemos a todos buenas noches y un sueño tranquilo.

      -¡Buenas noches, amigos míos! -dijo Galadriel-. ¡Dormid en paz!  No os preocupéis demasiado esta noche pensando en el camino.  Pues los caminos que seguiréis todos vosotros ya se extienden quizás a vuestros pies, aunque no los veáis aún. ¡Buenas noches!

 

 

   La Compañía se despidió y regresó al pabellón.  Legolas fue con ellos, pues ésta era la última noche que pasarían en Lothlórien y a pesar de las palabras de Galadriel deseaban estar todos juntos y discutir los pormenores del viaje.

      Durante largo tiempo hablaron de lo que harían y cómo llevarían a cabo la misión que concernía al Anillo; pero no llegaron a ninguna decisión.  Era obvio que la mayoría deseaba ir primero a Minas Tirith y escapar así al menos por un tiempo al terror del enemigo.  Estaban dispuestos a seguir a un guía hasta la otra orilla y aun entrar en las sombras de Mordor, pero Frodo callaba y Aragorn vacilaba todavía.

      El plan de Aragorn, mientras Gandalf estaba aún con ellos, había sido ir con Boromir y ayudar a la liberación de Gondor.  Pues creía que el mensaje del sueño era un mandato y que había llegado al fin la hora en que el heredero de Elendil aparecería para luchar contra el dominio de Sauron.  Pero en Moria había tenido que tomar la carga de Gandalf y sabía que ahora no podía dejar de lado el Anillo, si Frodo se negaba a ir con Boromir. ¿Y sin embargo de qué modo podría él, o cualquier otro de la Compañía, ayudar a Frodo, salvo acompañándolo a ciegas a la oscuridad?

      -Iré a Minas Tirith, sólo si fuera necesario, pues es mi deber -dijo Boromir y luego calló un rato, sentado y con los ojos clavados en Frodo, como si tratara de leer los pensamientos del mediano.  Al fin retomó la palabra, como discutiendo consigo mismo-.  Si sólo te propones destruir el Anillo -dijo-, la guerra y las armas no servirán de mucho y los Hombres de Minas Tirith no podrán ayudarte.  Pero si deseas destruir el poder armado del Señor Oscuro, sería una locura entrar sin fuerzas en esos dominios y una locura sacrificar… -Se interrumpió de pronto, como si hubiese advertido que estaba pensando en voz alta. Sería una locura sacrificar vidas, quiero decir -concluyó-.  Se trata de elegir entre defender una plaza fortificada y marchar directamente hacia la muerte.  Al menos, así es como yo lo veo.

      Frodo notó algo nuevo y extraño en los ojos de Boromir y lo miró con atención.  Lo que Boromir acababa de decir no era lo que él pensaba, evidentemente.  Sería una locura sacrificar ¿qué? ¿El Anillo de Poder?  Boromir había dicho algo parecido en el Concilio, aunque había aceptado entonces la corrección de Elrond.  Frodo miró a Aragorn, pero el montaraz parecía hundido en sus propios pensamientos y no daba muestras de haber oído las palabras de Boromir.  Y así terminó la discusión.  Merry y Pippin ya estaban dormidos y Sam cabeceaba.  La noche envejecía.

 

 

   A la mañana, mientras comenzaban a embalar las pocas cosas que les quedaban, unos elfos que hablaban la lengua de la Compañía vinieron a traerles regalos de comida y ropa para el viaje.  La comida consistía principalmente en galletas, preparadas con una harina que estaba un poco tostada por afuera y que por dentro tenía un color de crema.  Gimli tomó una de las galletas y la miró con ojos dudosos.

      -Cram -dijo a media voz mientras mordisqueaba una punta quebradiza.  La expresión del enano cambió rápidamente y se comió todo el resto de la galleta saboreándola con delectación.

      -¡Basta, basta! -gritaron los elfos riendo-.  Has comido suficiente para toda una jornada.

      -Pensé que era sólo una especie de cram, como los que preparan los Hombres del Valle para viajar por el desierto -dijo el enano.

      Así es -respondieron los elfos-.  Pero nosotros lo llamamos lembas o pan del camino y es más fortificante que cualquier comida preparada por los hombres y es más agradable que el cram, desde cualquier punto de vista.

      -Por cierto -dijo Gimli-.  En realidad es mejor que los bizcochos de miel de los Beórnidas y esto es un gran elogio, pues no conozco panaderos mejores.  Aunque estos días no parecen estar interesados en darles bizcochos a los viajeros. ¡Sois anfitriones muy amables!

      -De cualquier modo, os aconsejamos que cuidéis de la comida –dijeron los elfos-.  Comed poco cada vez y sólo cuando sea necesario.  Pues os damos estas cosas para que os sirvan cuando falte todo lo demás.  Las galletas se conservarán frescas muchos días, si las guardáis enteras y en las envolturas de hojas en que las hemos traído.  Una sola basta para que un viajero aguante en pie toda una dura jornada, aunque sea un hombre alto de Minas Tirith.

      Los elfos abrieron luego los paquetes de ropas y las repartieron entre los miembros de la Compañía.  Habían preparado para cada uno y en las medidas correspondientes, una capucha y una capa, de esa tela sedosa, liviana y abrigada que tejían los Galadrim.  Era difícil saber de qué color eran: parecían grises, con los tonos del crepúsculo bajo los árboles; pero si se las movía, o se las ponía en otra luz, eran verdes como las hojas a la sombra, o pardas como los campos en barbecho al anochecer, o de plata oscura como el agua a la luz de las estrellas.  Las capas se cerraban al cuello con un broche que parecía una hoja verde de nervaduras de plata.

      ¿Son mantos mágicos? -preguntó Pippin mirándolos con asombro.

      -No sé a qué te refieres -dijo el jefe de los elfos-.  Son vestiduras hermosas y la tela es buena, pues ha sido tejida en este país.  Son por cierto ropas élficas, si eso querías decir.  Hoja y rama, agua y piedra: tienen el color y la belleza de todas esas cosas que amamos a la luz del crepúsculo en Lórien, pues en todo lo que hacemos ponemos el pensamiento de todo lo que amamos.  Sin embargo son ropas, no armaduras y no pararán ni la flecha ni la espada.  Pero os serán muy útiles: son livianas para llevar, abrigadas o frescas de acuerdo con las necesidades del momento.  Y os ayudarán además a mantenemos ocultos de miradas indiscretas, ya caminéis entre piedras o entre árboles. ¡La Dama os tiene en verdad en gran estima!  Pues ha sido ella misma y las doncellas que la sirven quienes han tejido esta tela, y nunca hasta ahora habíamos vestido a extranjeros con las ropas de los nuestros.

 

 

   Luego de un almuerzo temprano la Compañía se despidió del prado junto a la fuente.  Todos sentían un peso en el corazón, pues el sitio era hermoso y había llegado a convertirse en un hogar para ellos, aunque no sabían bien cuántos días y noches habían pasado allí.  Se habían detenido un momento a mirar el agua blanca a la luz del sol cuando Haldir se les acercó cruzando el pasto del claro.  Frodo lo saludé con alegría.

      -Vengo de las Defensas del Norte -dijo el elfo-, y he sido enviado para que os sirva otra vez de guía.  En el Valle del Arroyo Sombrío hay vapores y nubes de humo y las montañas están perturbadas.  Hay ruidos en las profundidades de la tierra.  Si alguno de vosotros ha pensado en regresar por el norte, no podría cruzar. ¡Pero adelante!  Vuestro camino va ahora hacia el sur.

      Caminaron atravesando Caras Galadon, las sendas verdes estaban desiertas, pero arriba en los árboles se oían muchas voces que murmuraban y cantaban.  El grupo marchaba en silencio.  Al fin Haldir los llevó cuesta abajo por la pendiente meridional de la colina y llegaron así de nuevo a la puerta iluminada por faroles y al puente blanco; y por allí salieron dejando la ciudad de los elfos.  Casi en seguida abandonaron la ruta empedrada y tomaron un sendero que se internaba en un bosque espeso de mallorn y avanzaron serpenteando entre bosques ondulantes de sombras de plata, descendiendo siempre al sur y al este hacia las orillas del Río.

      Habían recorrido ya unas diez millas y el mediodía estaba próximo cuando llegaron a una alta pared verde.  Pasaron por una abertura y se encontraron fuera de la zona de árboles.  Ante ellos se extendía un prado largo de hierba brillante, salpicado de elanor doradas que brillaban al sol.  El prado concluía en una lengua estrecha entre márgenes relucientes: a la derecha y al oeste corría centelleando el Cauce de Plata; a la izquierda y al este bajaban las aguas amplias, profundas y oscuras del Río Grande.  En las orillas opuestas los bosques proseguían hacia el sur hasta perderse de vista, pero las orillas mismas estaban desiertas y desnudas.  Ningún mallorn alzaba sus ramas doradas más allá del País de Lórien.

      En las márgenes del Cauce de Plata, a cierta distancia de donde se encontraban las corrientes, había un embarcadero de piedras blancas y maderos blancos, y amarrados allí numerosos botes y barcas.  Algunos estaban pintados con colores muy brillantes, plata y oro y verde, pero casi todos eran blancos o grises.  Tres pequeñas barcas grises habían sido preparadas para los viajeros y los elfos cargaron en ellas los paquetes de ropa y comida.  Y añadieron además unos rollos de cuerda, tres por cada barca.  Las cuerdas parecían delgadas pero fuertes, sedosas al tacto, grises como los mantos de los elfos.

      -¿Qué es esto? -preguntó Sam tocando un rollo que yacía sobre la hierba.

      -¡Cuerdas, por supuesto! -respondió un elfo desde las barcas-. ¡Nunca vayas lejos sin una cuerda!  Una cuerda larga, fuerte y liviana, puede ser una buena ayuda en muchas ocasiones.

      -¡Que me lo digan a mí! -exclamó Sam-.  No traje ninguna y he estado preocupado desde entonces.  Pero me preguntaba qué material es éste, pues algo sé de confección de cuerdas: está en la familia, por así decirlo.

      -Son cuerdas de hithlain -dijo el elfo-; pero no hay tiempo ahora de instruirte en el arte de fabricar cuerdas.  Si hubiéramos sabido de tu interés, podríamos haberte enseñado muchas cosas.  Pero ahora, ay, a menos que un día vuelvas aquí, tendrás que contentarte con nuestro regalo. ¡Que te sea útil!

      -¡Vamos! – dijo Haldir-.  Está todo listo. ¡Embarcad! ¡Pero tened cuidado al principio!

      -¡No olvidéis este consejo! -dijeron los otros elfos-.  Estas son embarcaciones livianas y distintas de las de otras gentes.  No se hundirán, aunque las carguéis demasiado, pero no son fáciles de manejar.  Deberíais acostumbraras a subir y a bajar, aprovechando que hay aquí un embarcadero, antes de lanzaros aguas abajo.

 

 

   La Compañía se repartió así: Aragorn, Frodo y Sam iban. en una barca; Boromir, Merry y Pippin en otra; y en la tercera Legolas y Gimli, que ahora eran grandes amigos.  Esta última embarcación llevaba además la mayor parte de las provisiones y paquetes.  Las barcas eran impulsadas y dirigidas con unos remos cortos de pala ancha en forma de hoja.  Cuando todo estuvo preparado, Aragorn decidió probarlas en el Cauce de Plata.  La corriente era rápida y progresaban lentamente.  Sam, sentado en la proa, las manos aferradas a los bordes, miraba nostálgico la orilla.  Los reflejos del sol en el agua lo enceguecían.  Más allá del campo verde de la Lengua los árboles crecían otra vez en las márgenes.  Aquí y allá unas hojas doradas se balanceaban en el agua.  El aire era brillante y tranquilo y todo estaba en silencio, excepto el canto de las alondras.

      Doblaron en un recodo del río y allí, navegando orgullosamente hacia ellos, vieron un cisne de gran tamaño.  El agua se abría en ondas a cada lado del pecho blanco, bajo el cuello curvo.  El pico del ave chispeaba como oro bruñido y los ojos relucían como azabache engarzado en piedras amarillas; las inmensas alas blancas se alzaban a medias.  Una música lo acompañaba mientras descendía por el río; y de pronto se dieron cuenta de que el cisne era una nave construida y esculpida con todo el arte élfico.  Dos elfos vestidos de blanco la impulsaban con la ayuda de unas palas negras.  En medio de la embarcación estaba sentado Celeborn y detrás venía Galadriel, de pie, alta y blanca; una corona de flores doradas le ceñía los cabellos y en la mano sostenía un arpa pequeña y cantaba.  Triste y dulce era el sonido de la voz de Galadriel en el aire claro y fresco.

 

He cantado las hojas, las hojas de oro, y allí crecían hojas de oro;

he cantado el viento, y un viento vino y sopló entre las ramas.

Más allá del sol, más allá de la luna, había espuma en el mar,

y cerca de la playa de Ilmarin crecía un árbol de oro, y brillaba

en Eldamar bajo las estrellas de la Noche Eterna,

en Eldamar junto a los muros de Tirion de los Elfos.

Allí crecieron durante largos años las hojas doradas,

Mientras que aquí, más allá de los Mares Separadores, corren ahora las lágrimas élficas.

Oh Lórien.  Llega el invierno, el día desnudo y deshojado;

las hojas caen en el agua, el río fluye alejándose.

Oh Lórien.  Demasiado he vivido en estas costas

y he entretejido la elanor de oro en una corona evanescente.

Pero si ahora he de cantar a las naves, ¿qué nave vendrá a mí,

qué nave me llevará de vuelta por un océano tan ancho?

 

      Aragorn detuvo la barca mientras la nave-cisne se acercaba.  La Dama dejó de cantar y les dio la bienvenida.

      -Hemos venido a daros nuestro último adiós -dijo- y acompañar vuestra partida con nuestras bendiciones.

      -Aunque habéis sido nuestros huéspedes -dijo Celeborn- todavía no habéis comido con nosotros, y os invitamos por lo tanto a un festín de despedida, aquí entre las aguas que os llevarán lejos de Lórien.

El Cisne se adelantó lentamente hacia el embarcadero y los otros botes dieron media vuelta y fueron detrás.  Allí, en los extremos de Egladil y sobre la hierba verde se celebró el festín de despedida; pero Frodo comió y bebió poco, atento sólo a la belleza de la Dama y a su voz.  Ya   no le parecía ni peligrosa ni terrible, ni poseedora de un poder oculto.      La veía ya como los hombres de tiempos ulteriores vieron a los elfos      presentes y sin embargo remotos, una visión animada de aquello que la corriente incesante del Tiempo había dejado atrás.

 

 

   Luego de haber comido y bebido, sentados en la hierba, Celeborn les habló otra vez del viaje y alzando la mano señaló al sur los bosques que se extendían más allá de la Lengua.

      -Cuando vayáis aguas abajo -dijo-, veréis que los árboles irán disminuyendo hasta que al fin llegaréis a una región árida.  Allí el río corre por valles pedregosos entre altos páramos, hasta que después de muchas leguas se encuentra con Escarpa, la isla alta que llamamos Tol Brandir.  El agua rodea las costas escarpadas de la isla para precipitarse luego con mucho estrépito y humo por las cataratas de Rauros al cauce del Nindalf, el Cancha Aguada en vuestra lengua.  Es una vasta región de pantanos inertes donde las aguas se dividen en muchos tortuosos brazos.  En este sitio el Entaguas afluye por numerosas bocas desde Rohan.  Del otro lado se elevan las colinas desnudas de Emyn Muil.  El viento sopla allí del este, pues estas elevaciones llevan por encima de las Ciénagas Muertas y las Tierras de Nadie a Cirith Gorgor y las puertas negras de Mordor.

      »Boromir y aquellos que vayan con él en busca de Minas Tirith tendrán que dejar el Río Grande antes de Rauros y cruzar el Entaguas antes que desemboque en las ciénagas.  Sin embargo no han de remontar demasiado esa corriente, ni correr el riesgo de perder el rumbo en el Bosque de Fangorn.  Son tierras extrañas, ahora poco conocidas.  Pero seguro que Boromir y Aragorn no necesitan de esta advertencia.

      -Sí, hemos oído hablar de Fangorn en Minas Tirith -dijo Boromir-.  Pero lo que he oído me ha parecido en gran parte cuentos de viejas, adecuados para niños.  Todo lo que se encuentra al norte de Rohan está para nosotros tan lejos que es posible imaginar cualquier cosa.  Fangorn es desde hace tiempo una frontera de Gondor, pero han pasado generaciones sin que ninguno de nosotros visitara esas tierras, probando así o desaprobando las leyendas que nos llegaron de antaño.

      »Yo mismo he estado a veces en Rohan, pero nunca atravesé la región hacia el norte.  Cuando tuve que llevar algún mensaje marché por El Paseo bordeando las Montañas Blancas y crucé el Isen y el Fontegrís para pasar a Norlanda.  Un viaje largo y fatigoso.  Cuatrocientas leguas conté entonces, y me llevaron muchos meses, pues perdí mi caballo en Tharbad, vadeando el Aguada Gris.  Después de ese viaje y el camino que he hecho con esta Compañía, no dudo de que encontraría un modo de atravesar Rohan, y Fangorn también si fuese necesario.

      -Entonces no tengo más que decir -concluyó Celeborn-.  Pero no desprecies las tradiciones que nos llegan de antaño; ocurre a menudo que las viejas guardan en la memoria cosas que los sabios de otro tiempo necesitaban saber.

 

 

   Galadriel se levantó entonces de la hierba y tomando una copa de manos de una doncella, la llenó de hidromiel blanco y se la tendió a Celeborn.

      -Ahora es tiempo de beber la copa del adiós – dijo- ¡Bebed, Señor de los Galadrim!  Y que tu corazón no esté triste, aunque la noche tendrá que seguir al mediodía y ya la tarde lleva a la noche.

      En seguida ella llevó la copa a cada uno de los miembros de la Compañía, invitándolos a beber y a despedirse.  Pero cuando todos hubieron bebido les ordenó que se sentaran otra vez en la hierba, y las doncellas trajeron unas sillas para ella y Celeborn.  Las doncellas esperaron un rato a los huéspedes.  Al fin habló otra vez.

      -Hemos bebido la copa de la despedida -dijo- y las sombras caen ahora entre nosotros.  Pero antes que os vayáis, he traído en mi barca unos regalos que el Señor y la Dama de los Galadrim os ofrecen ahora en recuerdo de Lothlórien.

      En seguida los llamó a uno por uno. -Este es el regalo de Celeborn y Galadriel al guía de vuestra Compañía -le dijo a Aragorn y le dio una vaina que habían hecho especialmente para la espada que llevaba el nombre de Andúril, y que estaba adornada por flores y hojas entretejidas de oro y plata y por numerosas gemas dispuestas como runas élficas en las que se leía el nombre y el linaje de la espada-.  La hoja que sale de esta vaina no tendrá manchas ni se quebrará, aun en la derrota. ¿Pero hay alguna otra cosa que desearías de mí en este momento de la separación?  Pues las tinieblas descenderán entre nosotros y es posible que no volvamos a encontrarnos, a no ser lejos de aquí en un camino del que no se vuelve.

      Y Aragorn respondió: -Señora, conoces bien todos mis deseos, y durante mucho tiempo guardaste el único tesoro que busco.  Sin embargo, no depende de ti dármelo, aunque ésa fuera tu voluntad; y sólo llegaré a él internándome en las tinieblas.

      -Entonces quizás esto te alivie el corazón -dio Galadriel-, pues quedó a mi cuidado para que te lo diera si llegabas a pasar por aquí. – Galadriel alzó entonces una piedra de color verde claro que tenía en el regazo, montada en un broche de plata que imitaba a un águila con las alas extendidas, y mientras ella la sostenía en lo alto la piedra centelleaba como el sol que se filtra entre las hojas de la primavera. – Esta piedra se la he dado a mi hija Celebrian y ella a su hija y ahora llega a ti como una señal de esperanza.  En esta hora toma el nombre que se previó para ti: ¡Elessar, la Piedra de Elfo de la casa de Elendil!

      Aragorn tomó entonces la piedra y se la puso al pecho y quienes lo vieron se asombraron mucho, pues no habían notado antes qué alto y majestuoso era, como si se hubiera desprendido de muchos años.

      -Te agradezco los regalos que me has dado -dijo Aragorn-, oh Dama de Lórien de quien descienden Celebrian y Arwen, la Estrella de la Tarde. ¿Qué elogio podría ser más elocuente?

      La Dama inclinó la cabeza y luego se volvió a Boromir y le dio un cinturón de oro, y a Merry y a Pippin les dio pequeños cinturones de plata, con broches labrados como flores de oro.  A Legolas le dio un arco como los que usan los Galadrim, más largo y fuerte que los arcos del Bosque Negro, y la cuerda era de cabellos élficos.  Había también un carcaj de flechas.

      -Para ti, pequeño jardinero y amante de los árboles -le dijo a Sam-, tengo sólo un pequeño regalo -y le puso en la mano una cajita de simple madera gris, sin ningún adorno excepto una runa de plata en la tapa.  Esto es una G por Galadriel -dijo-, pero podría referirse a jardín1, en vuestra lengua.  Esta caja contiene tierra de mi jardín y lleva las bendiciones que Galadriel todavía puede otorgar.  No te protegerá en el camino ni te defenderá contra el peligro, pero si la conservas y vuelves un día a tu casa, quizá tengas entonces tu recompensa.  Aunque encontrarás todo seco y arruinado, pocos jardines de la Comarca florecerán como el tuyo si esparces allí esta tierra.  Entonces te acordarás de Galadriel y tendrás una visión de la lejana Lórien, que viste en invierno.  Pues nuestra primavera y nuestro verano han quedado atrás y nunca se verán otra vez, excepto en la memoria.

      Sam enrojeció hasta las orejas y murmuró algo ininteligible y tomando la caja saludó como pudo con una reverencia.

      -¿Y qué regalo le pediría un enano a los elfos? -dijo Galadriel volviéndose a Gimli.

      -Ninguno, Señora  -respondió Gimli-.  Es suficiente para mí haber visto a la Dama de los Galadrim y haber oído tan gentiles palabras.

      -¡Escuchad vosotros, elfos! -dijo la Dama mirando a la gente de alrededor-.  Que nadie vuelva a decir que los enanos son codiciosos y antipáticos.  Pero tú, Gimli hijo de Glóin, algo desearás que yo pueda darte. ¡Nómbralo, y es una orden!  No serás el único huésped que se va sin regalo.

      -No deseo nada, Dama Galadriel -dijo Gimli inclinándose y balbuciendo -. Nada, a menos que… a menos que se me permita pedir, qué digo, nombrar uno solo de vuestros cabellos, que supera al oro de la tierra así como las estrellas superan a las gemas de las minas.  No pido ese regalo, pero me ordenasteis que nombrara mi deseo.

      Los elfos se agitaron y murmuraron estupefactos, y Celeborn miró con asombro a Gimli, pero la Dama sonreía.

      -Se dice que los enanos son más hábiles con las manos que con la lengua -dijo-, pero esto no se aplica a Gimli.  Pues nadie me ha hecho nunca un pedido tan audaz y sin embargo tan cortés. ¿Y cómo podría rehusarme si yo misma le ordené que hablara?  Pero dime, ¿qué harás con un regalo semejante?

      -Atesorarlo, Señora -respondió Gimli-, en recuerdo de lo que me dijisteis en nuestro primer encuentro.  Y si vuelvo alguna vez a las forjas de mi país, lo guardaré en un cristal imperecedero como tesoro de mi casa y como prenda de buena voluntad entre la Montaña y el Bosque hasta el fin de los días.

      La Dama se soltó entonces una de las largas trenzas, cortó tres cabellos dorados y los puso en la mano de Gimli.

      -Estas palabras acompañan al regalo -dijo-.  No profetizo nada, pues toda profecía es vana ahora; de un lado hay oscuridad y del otro nada más que esperanza.  Si la esperanza no falla, yo te digo, Gimli hijo de Glóin, que el oro te desbordará en las manos, y sin embargo no tendrá ningún poder sobre ti.

      »Y tú, Portador del Anillo -dijo la Dama, volviéndose a Frodo-; llego a ti en último término, aunque en mis pensamientos no eres el último.  Para ti he preparado esto. -Alzó un frasquito de cristal, que centelleaba cuando ella lo movía, y unos rayos de luz le brotaron de la mano.- En este frasco -dijo ella- he recogido la luz de la estrella de Eärendil, tal como apareció en las aguas de mi fuente.  Brillará más en la noche.  Que sea para ti una luz en los sitios oscuros, cuando todas las otras luces se hayan extinguido. ¡Recuerda a Galadriel y el espejo!

      Frodo tomó el frasco y la luz brilló un instante entre ellos y él la vio de nuevo erguida como una reina, grande y hermosa, pero ya no terrible.  Se inclinó, sin saber qué decir.

 

 

   La Dama se puso entonces de pie y Celeborn los guió de vuelta al muelle.  La luz amarilla del mediodía se extendía sobre la hierba verde de la Lengua y en el agua había reflejos plateados.  Todo estaba listo al fin.  La Compañía ocupó los puestos de antes en las barcas.  Mientras gritaban adiós, los elfos de Lórien los empujaron con las largas varas grises a la corriente del río y las aguas ondulantes los llevaron lentamente.  Los viajeros estaban sentados y no hablaban ni se movían.  De pie sobre la hierba verde, en la punta misma de la Lengua, la figura de la Dama Galadriel se erguía solitaria y silenciosa.  Cuando pasaron ante ella los viajeros se volvieron y miraron cómo iba alejándose lentamente sobre las aguas.  Pues así les parecía: Lórien se deslizaba hacia atrás como una nave brillante que tenía como mástiles unos árboles encantados; se alejaba navegando hacia costas olvidadas, mientras que ellos se quedaban allí, descorazonados, a orillas de un mundo deshojado y gris.

      Miraban aún cuando el Cauce de Plata desapareció en las aguas del Río Grande, y las embarcaciones viraron y fueron hacia el sur.  La forma blanca de la Dama fue pronto distante y pequeña.  Brillaba como el cristal de una ventana a la luz del sol poniente en una lejana colina, o como un lago remoto visto desde una cima montañosa: un cristal caído en el regazo de la tierra.  En seguida le pareció a Frodo que ella alzaba los brazos en un último adiós, y el viento que venía siguiéndolos les trajo desde lejos pero con una penetrante claridad, la voz de la Dama, que cantaba.  Pero ahora ella cantaba en la antigua lengua de los Elfos de Más Allá del Mar y Frodo no entendía las palabras; bella era la música, pero no le traía ningún consuelo.

      Sin embargo, como ocurre con las palabras élficas, los versos se le grabaron en la memoria y tiempo después los tradujo como mejor pudo: el lenguaje era el de las canciones y hablaba de cosas poco conocidas en la Tierra Media.

 

Ai! laurië lantar lassi súrinen! 

Yéni únótime ve rámar aldaron,

yéni ve linte yuldar vánier

mi oromardi lisse-miruvóreva

Andúne pella Vardo tellumar

nu luini yassen tintilar í eleni

ómaryo airetári-lírínen.

Sí rnan i yulna nin enquantuva?

 

An sí Tintalle Varda Oiolossëo

ve fanyar máryat Elentári ortane

ar ilye tier unduláve lumbule,

ar sindanóriello carta mornië

i falmalinnar imbe met, ar hísië

untúpa Calaciryo míri oiale.

Sí vanwa na, Rómello vanwa, Valimar!

 

Namárië Nai biruvalye Valimar.

Nai elye hiruwa.  Namárië!

 

      «¡Ah, como el oro caen las hojas en el viento!  E innumerables como las alas de los árboles son los años.  Los años han pasado como sorbos rápidos y dulces de hidromiel blanco en las salas de más allá del Oeste, bajo las bóvedas azules de Varda, donde las estrellas tiemblan cuando oyen el sonido de esa voz, bienaventurada y real. ¿Quién me llenará de nuevo la copa?  Pues ahora la Hechicera, Varda, la Reina de las Estrellas, desde el Monte Siempre Blanco ha alzado las manos como nubes, y todos los caminos se han ahogado en sombras y la oscuridad que ha venido de un país gris se extiende sobre las olas espumosas que nos separan, y la niebla cubre para siempre las joyas de Calacirya.  Ahora se ha perdido, ¡perdido para aquellos del Este, Valimar! ¡Adiós!  Quizás encuentres a Valimar.  Quizá tú lo encuentres. ¡Adiós!» Varda es el nombre de la Dama que los elfos de estas tierras de exilio llaman Elbereth.

 

 

   De pronto el río describió una curva y las orillas se elevaron a los lados, ocultando la luz de Lórien.  Frodo no vería nunca más aquel hermoso país.

      Los viajeros volvieron la cabeza y miraron adelante: el sol se levantaba ante ellos, encegueciéndolos, y todos tenían lágrimas en los ojos.  Gimli sollozaba.

      -Mi última mirada ha sido para aquello que era más hermoso -le dijo a su compañero Legolas-.  De aquí en adelante a nada llamaré hermoso si no es un regalo de ella.

      Se llevó la mano al pecho.

      -Dime, Legolas -continuó-, ¿cómo me he incorporado a esta misión? ¡Yo ni siquiera sabía dónde estaba el peligro mayor!  Elrond decía la verdad cuando anunciaba que no podíamos prever lo que encontraríamos en el camino.  El peligro que yo temía era el tormento en la oscuridad y eso no me retuvo.  Pero si hubiese conocido el peligro de la luz y de la alegría, no hubiese venido.  Mi peor herida la he recibido en esta separación, aunque cayera hoy mismo en manos del Señor Oscuro. ¡Ay de Gimli hijo de Glóin!

      -¡No! -dijo Legolas- ¡Ay de todos nosotros!  Y de todos aquellos que recorran el mundo en los días próximos.  Pues tal es el orden de las cosas: encontrar y perder, como le parece a aquel que navega siguiendo el curso de las aguas.  Pero te considero una criatura feliz, Gimli hijo de Glóin, pues tú mismo has decidido sufrir esa pérdida, ya que hubieras podido elegir de otro modo.  Pero no has olvidado a tus compañeros, y como última recompensa el recuerdo de Lothlórien no se te borrará del corazón y será siempre claro y sin mancha y nunca empalidecerá ni se echará a perder.

      -Quizá -dijo Gimli- y gracias por tus palabras.  Palabras verdaderas sin duda, pero esos consuelos no me reconfortan.  Lo que el corazón desea no son recuerdos.  Eso es sólo un espejo, aunque sea tan claro como Kheled-zâram. O al menos eso es lo que dice el corazón de Gimli el enano.  Quizá los elfos vean las cosas de otro modo.  En verdad he oído que para ellos la memoria se parece al mundo de la vigilia más que al de los sueños.  No es así para los enanos.

      »Pero dejemos el tema. ¡Mira la barca!  Está muy hundida en el agua con tanto peso y el Río Grande es rápido.  No tengo ganas de ahogar las penas en agua fría.

      Gimli tomó una pala y guió el bote hacia la orilla occidental, siguiendo la embarcación de Aragorn que iba adelante y ya había dejado la corriente del medio.

 

 

   Así la compañía continuó navegando en aquellas aguas rápidas y anchas, arrastrada siempre hacía el sur.  Unos bosques desnudos se levantaban en una y otra orilla y nada podían ver de las tierras que se extendían por detrás.  La brisa murió y el río fluyó en silencio.  No se oían cantos de pájaros.  El sol fue velándose a medida que el día avanzaba, hasta que al fin brilló en un cielo pálido como una alta perla blanca.  Luego se desvaneció en el oeste y el crepúsculo fue temprano y lo siguió una noche gris y sin estrellas.  Llegaron las horas negras y calladas y ellos siguieron navegando, guiando los botes a la sombra de los bosques occidentales.  Los grandes árboles pasaban junto a ellos como espectros, hundiendo en el agua a través de la bruma las raíces retorcidas y sedientas.  La noche era lúgubre y fría.  Frodo, inmóvil, escuchaba el débil golpeteo de las aguas en la orilla y los gorgoteos entre las raíces y las maderas flotantes, hasta que al fin sintió que le pesaba la cabeza y cayó en un sueño intranquilo.

 

9

 

EL RIO GRANDE

 

   Sam despertó a Frodo.  Frodo vio que estaba tendido, bien arropado, bajo unos árboles altos de corteza gris en un rincón tranquilo del bosque, en la margen occidental del Río Grande, el Anduin.  Había dormido toda la noche, y el gris del alba asomaba apenas entre las ramas desnudas.  Gimli estaba allí cerca, cuidando de un pequeño fuego.

      Partieron otra vez antes que aclarara del todo.  No porque la mayoría de los viajeros tuviera prisa en llegar al sur: estaban contentos de poder esperar algunos días antes de tomar una decisión, la que sería inevitable cuando llegaran a Rauros y a la Isla de Escarpa; y se dejaron llevar por las aguas del río, pues no tenían ningún deseo de correr hacia los peligros que les esperaban más allá, cualquiera fuese el curso que tomaran.  Aragorn dejaba que se desplazaran según criterio de cada uno, ahorrando fuerzas para las fatigas que vendrían luego.  Insistía, sin embargo, en la necesidad de iniciar la jornada temprano, todos los días, y de prolongarla hasta bien caída la tarde, pues le decía el corazón que el tiempo apretaba y no creía que el Señor Oscuro se hubiese quedado cruzado de brazos mientras ellos se retrasaban en Lórien.

      Ese día al menos no vieron ninguna señal del enemigo y tampoco al día siguiente.  Pasaban las horas, grises y monótonas, y no ocurría nada.  En el tercer día de viaje el paisaje fue cambiando poco a poco: ralearon los árboles y al fin desaparecieron del todo.  Sobre la orilla oriental, a la izquierda, unas lomas alargadas subían aseándose; parecían resecas y quemadas, como si un fuego hubiese pasado sobre ellas y no hubiera dejado con vida ni una sola hoja verde: era una región hostil donde no había ni siquiera un árbol quebrado o una piedra desnuda que aliviaran aquella desolación.  Habían llegado a las Tierras Pardas, una región vasta y abandonada que se extiende entre el Bosque Negro del Sur y las colinas de Emyn Muil.  Ni siquiera Aragorn sabía qué pestilencia, qué guerra o qué mala acción del enemigo había devastado de ese modo toda la región.

      Hacia el oeste y a la derecha el terreno era también sin árboles, pero llano y verde en muchos sitios con amplios prados de hierba.  De este lado del río crecían florestas de juncos, tan altos que ocultaban todo el oeste, y los botes pasaban rozando aquellas márgenes oscilantes.  Los plumajes sombríos y resecos se inclinaban y alzaban con un susurro blando y triste en el leve aire fresco.  De cuando en cuando Frodo alcanzaba a ver brevemente entre los juncos unos terrenos ondulados y mucho más allá unas colinas envueltas en la luz del crepúsculo y sobre el horizonte una línea oscura: las estribaciones meridionales de las Montañas Nubladas.

      No habían encontrado hasta entonces ninguna criatura, excepto pájaros.  Los pequeños volátiles silbaban y piaban entre los juncos, pero se los veía muy raramente.  Una o dos veces oyeron el movimiento rápido y el sonido quejoso de unas alas de cisnes y alzando los ojos vieron una bandada que atravesaba el cielo.

      -¡Cisnes! -dijo Sam-. ¡Y muy grandes!

      -Sí -dijo Aragorn-, cisnes negros.

      -¡Qué inmenso y desierto y lúgubre me parece todo este país! -dijo Frodo-.  Siempre creí que yendo hacia el sur uno encontraba regiones cada vez más cálidas y alegres, hasta que ya no había invierno.

      -Pero aún no hemos llegado bastante al sur -dijo Aragorn-.  Todavía es invierno y estamos lejos del mar.  Aquí el mundo es frío y la primavera llega bruscamente; puede haber nieve todavía.  Allá abajo en la Bahía de Belfalas donde desemboca el Anduin, las tierras son más cálidas y alegres, quizás, o lo serían si no existiera el enemigo.  Pero no creo que estemos a más de sesenta leguas, me parece, al sur de la Cuaderna del Sur en tu Comarca, a cientos de millas más allá.  Ahora estás mirando hacia el sudoeste, por encima de las llanuras septentrionales de la Marca de los Jinetes, Rohan, el país de los Señores de los Caballos.  No tardaremos en llegar a las bocas del Limclaro que desciende de Fangorn para unirse al Río Grande.  Esa es la frontera norte de Rohan y todo lo que se extiende entre el Limclaro y las Montañas Blancas perteneció en otro tiempo a los Rohirrim.  Es una tierra amable y rica, de pastos incomparables, pero en estos días nefastos la gente no habita junto al río ni cabalga a menudo hasta la orilla.  El Anduin es ancho y sin embargo los orcos pueden disparar sus flechas por encima de la corriente, y se dice que en los últimos años se han atrevido a atravesar las aguas y atacar las manadas y establos de Rohan.

      Sam miraba a una y otra orilla, intranquilo.  Antes los árboles habían parecido hostiles, como si ocultaran ojos secretos y peligros inminentes.  Ahora deseaba que los árboles estuviesen todavía allí.  Le parecía que la Compañía estaba demasiado expuesta, navegando en botes abiertos entre tierras que no ofrecían ningún abrigo y en un río que era una frontera de guerra.

      En los dos o tres días siguientes, mientras avanzaban regularmente hacia el sur, esta impresión de inseguridad invadió a toda la Compañía.  Durante un día entero empuñaron las palas para apresurar la marcha.  Las orillas desfilaron.  El río pronto se ensanchó y se hizo más profundo; unas largas playas pedregosas se extendieron al este y había bancos de arena en el agua, que demandaban atención.  Las Tierras Pardas se elevaron en planicies desiertas, sobre las que soplaba un viento helado del este.  En el otro lado los prados se habían convertido en terrenos quebrados de hierba seca, en una región de matas y zarzas.  Frodo se estremeció recordando los prados y fuentes, el sol claro y las lluvias suaves de Lothlórien.  En los botes no había mucha conversación y ninguna risa.  Todos parecían ensimismados.

      El corazón de Legolas corría bajo las estrellas de una noche de verano en algún claro septentrional entre los bosques de hayas; Gimli tocaba oro mentalmente, preguntándose si ese metal servirla para guardar el regalo de la Dama.  Merry y Pippin en el bote del medio no se sentían tranquilos, pues Boromir no dejaba de murmurar entre dientes, a veces mordiéndose las uñas, como consumido por alguna duda o inquietud, a veces tomando una pala y tratando de poner la barca detrás de la de Aragorn.  Pippin, que estaba sentado en la proa mirando hacia atrás, vio entonces una luz rara en los ojos de Boromir, que se inclinaba espiando a Frodo.  Sam estaba convencido desde hacía tiempo: las barcas no le parecían ahora tan peligrosas como antes, pero nunca había pensado que fueran tan incómodas.  Se sentía agarrotado y descorazonado, no teniendo nada que hacer excepto clavar los ojos en los paisajes invernales que se arrastraban a lo largo de las orillas y en el agua gris a los lados.  Aun cuando tenían que recurrir a las palas, no le confiaban ninguna.

      En el cuarto día, a la caída de la tarde, Sam miraba hacia atrás por encima de las cabezas de Frodo y Aragorn y los otros botes; soñoliento, no pensaba en otra cosa que en pisar tierra f irme y acampar.  De pronto creyó ver algo; al principio miró distraídamente y en seguida se sentó frotándose los ojos, pero cuando miró de nuevo ya no se veía nada.

 

 

   Aquella noche acamparon en un pequeño islote, cerca de la orilla occidental.  Sam, envuelto en mantas, estaba acostado junto a Frodo.

      -Tuve un sueño curioso una hora o dos antes de detenernos, señor Frodo – dijo-. O quizá no fue un sueño.  De todos modos fue curioso.

      -Bueno, cuéntame -dijo Frodo sabiendo que Sam no se quedaría tranquilo hasta que hubiera contado la historia, o lo que fuera-.  Desde que dejamos Lothlórien no he visto ni he pensado nada que me haya hecho sonreír.

      -No fue curioso en ese sentido, señor Frodo.  Fue extraño.  Disparatado, si no se tratara de un sueño.  Y será mejor que se lo cuente. ¡Vi un leño con ojos!

      -Lo del leño está bien – dijo Frodo -. Hay muchos en el río. ¡Pero olvídate de los ojos!

      -Eso no -dijo Sam-.  Si me senté fue a causa de los ojos, por así decirlo.  Vi lo que me pareció un leño: venía flotando en la penumbra detrás del bote de Gimli, pero no le presté mucha atención.  Luego tuve la impresión de que el tronco estaba acercándose a nosotros.  Y esto era demasiado peculiar, podría decirse, pues todos flotábamos juntos en la corriente.  En seguida vi los ojos: algo así como dos puntos pálidos, brillantes, sobre una joroba en el extremo más cercano del tronco.  Además no era un tronco, pues tenía unas patas palmeadas, casi de cisne pero más grandes y las metía en el agua y las sacaba del agua, continuamente.

      »En ese momento me senté, frotándome los ojos, con la intención de gritar si aquello seguía allí cuando acabara de sacarme el sopor que me nublaba la cabeza.  El no-sé-qué venía ahora rápidamente y ya estaba cerca de Gimli.  No sé si aquellas dos luces vieron cómo me movía y miraba, o si recobré mis sentidos.  Cuando miré de nuevo, no había nada.  Creo sin embargo, que algo llegué a ver de reojo, como dicen, algo oscuro que corrió a ocultarse a la sombra de la orilla.  Los ojos no los vi más.

      »Soñando de nuevo, Sam Gamyi, me dije y no hablé con nadie.  Pero he estado pensando desde entonces y ahora no estoy tan seguro. ¿Qué le parece a usted, señor Frodo?

      -Me parecería que viste de veras un tronco, de noche y con mirada soñolienta -dijo Frodo-, si esos ojos no hubiesen aparecido antes.  Pero no es así.  Los vi allá lejos en el norte antes que llegáramos a Lórien.  Y vi una extraña criatura con ojos que subió a la plataforma de los elfos, aquella noche.  Haldir la vio también. ¿Y recuerdas lo que dijeron los elfos que habían ido detrás de la manada de orcos?

      -Ah -dijo Sam-, sí y recuerdo otra cosa.  No me gusta lo que tengo en la cabeza, pero pensando esto y aquello, en las historias del señor Bilbo y lo demás, me parece que yo podría darle un nombre a esta criatura.  Un nombre desagradable. ¿Gollum, quizá?

      -Sí -dijo Frodo-, he venido temiéndolo desde hace un tiempo.  Desde la noche de la plataforma.  Supongo que estaba escondido en la Moria y que a partir de ahí empezó a seguirnos, pero se me ocurrió que nuestra estancia en Lórien le haría perder el rastro. ¡La miserable criatura tuvo que haberse escondido en los bosques del Cauce de Plata, esperando a que saliéramos!

      -Algo parecido -dijo Sam-.  Y será mejor que vigilemos un poco más nosotros mismos, o una de estas noches sentiremos que unos dedos desagradables nos aprietan el cuello, si alcanzamos a despertar.  Y a eso iba.  No vale la pena molestar a Trancos o los otros esta noche.  Yo vigilaré.  Puedo dormir mañana, pues casi no soy otra cosa que un baúl en un bote, si así se puede decir.

      -Yo lo diría -concluyó Frodo-, pero me parece mejor «baúl con ojos».  Tú vigilarás, pero sólo si prometes despertarme a la madrugada y sí nada pasa antes.

 

 

   En plena noche, Frodo salió de un sueño profundo y sombrío y descubrió que Sam estaba sacudiéndolo.

      -Es una vergüenza despertarlo -dijo Sam en voz baja-, pero usted me lo pidió.  No hay nada nuevo, o no mucho.  Creí oír unos chapoteos y la respiración de alguien, hace un momento; pero de noche y en un río se oyen muchos sonidos raros.

      Sam se acostó y Frodo se sentó envuelto en las mantas, luchando contra el sueño.  Los minutos o las horas pasaron lentamente y nada ocurrió.  Frodo estaba ya cediendo a la tentación de acostarse de nuevo cuando una forma oscura, apenas visible, flotó muy cerca de una de las barcas.  Una mano larga y blanquecina asomó pálidamente y se aferró a la borda; dos ojos claros brillaron fríamente como linternas mientras miraban dentro del bote y luego se alzaron posándose en Frodo.  No se encontraban a más de unos dos metros de distancia y Frodo alcanzó a oír que la criatura tomaba aliento, siseando.  Se incorporó, sacando a Dardo de la vaina y se enfrentó a los ojos.  La luz se extinguió en seguida.  Se oyó otro siseo y un chapoteo y la oscura forma de leño se precipitó aguas abajo en la noche.  Aragorn se movió en sueños, dio media vuelta y se sentó.

      -¿Qué pasa? -murmuró, incorporándose de un salto y acercándose a Frodo-.  Sentí algo en sueños. ¿Por qué sacaste la espada?

      -Gollum -respondió Frodo-, o al menos así me pareció.

      -¡Ah! -dijo Aragorn-. ¿Así que conoces a nuestro pequeño salteador de caminos?  Vino detrás de nosotros mientras cruzábamos Moria y bajó hasta Nimrodel.  Desde que tomamos los botes nos sigue tendido de bruces sobre un leño y remando con pies y manos.  Traté de atraparlo una o dos veces de noche, pero es más astuto que un zorro y resbaladizo como un pez.  Yo esperaba que el viaje por el río acabaría con él, pero es una criatura acostumbrada al agua y demasiado hábil.

      »Trataremos de ir más rápido mañana.  Acuéstate ahora y yo montaré guardia el resto de la noche.  Ojalá pudiera echarle las manos encima a ese desgraciado.  Quizá lográramos que nos fuera útil.  Pero si no lo atrapo, sería mejor perderlo de vista.  Es muy peligroso.  Además de intentar atacamos de noche por su propia cuenta, podría guiar hacia nosotros a cualquier enemigo.

 

 

   Pasó la noche sin que Gollum mostrara ni siquiera una sombra.  Desde entonces la Compañía estuvo alerta y vigilante, pero en el resto del viaje no vieron más a Gollum.  Si todavía los seguía, era muy cuidadoso y sagaz.  Aragorn había aconsejado que remaran durante largos períodos y las orillas desfilaban rápidamente.  Pero veían poco de la región, pues viajaban sobre todo de noche y a la luz del crepúsculo, descansando de día, tan ocultos como lo permitía el terreno.  El tiempo pasa sin ningún incidente hasta el séptimo día.

      El cielo estaba todavía gris y nublado y un viento soplaba del este, pero a medida que la tarde se mudaba en noche, unos claros de luz débil, amarilla y verde, se abrieron bajo los bancos de nubes grises.  La forma blanca de la luna nueva se reflejaba en los lagos lejanos.  Sam la miró, frunciendo el ceño.

      Al día siguiente el paisaje empezó a cambiar con rapidez a ambos lados.  Las orillas se levantaron y se hicieron pedregosas.  Pronto se encontraron cruzando un terreno accidentado y rocoso y las costas eran unas pendientes abruptas cubiertas de matas espinosas y endrinos, confundidos con zarzas y plantas trepadoras.  Detrás había unos acantilados bajos y desmoronados a medias y chimeneas de una carcomida piedra gris, cubiertas por una hiedra oscura, y aún más allá se alzaban unas cimas coronadas de abetos retorcidos por el viento.  Estaban acercándose al país de las colinas grises de Emyn Muil, la frontera sur de las Tierras Asperas.

      Había muchos pájaros en los acantilados y las chimeneas de piedra, y durante todo el día unas bandadas habían estado revoloteando allá arriba, negras contra el cielo pálido.  Mientras descansaban en el campamento, Aragorn observaba los vuelos con aire receloso, preguntándose si Gollum no habría hecho de las suyas y las noticias de la expedición no estarían propasándose ya por el desierto.  Luego, cuando se ponía el sol y la Compañía estaba atareada preparándose para partir otra vez, alcanzó a ver un punto oscuro que se movía a la luz moribunda: un pájaro grande que volaba muy alto y lejos, ya dando

vueltas, ya volando lentamente hacia el sur.

      -¿Qué es eso, Legolas? -preguntó apuntando al cielo del norte-. ¿Es como yo creo un águila?

      -Sí -dijo Legolas-.  Es un águila de caza.  Me pregunto qué presagiará.  Estamos lejos de los montes.

      -No partiremos hasta que sea noche cerrada -dijo Aragorn.

      Llegó la noche octava del viaje.  Era una noche silenciosa y tranquila; el viento gris del este había cesado.  El delgado creciente de la luna había caído temprano en la pálida puesta de sol, pero el cielo era todavía claro arriba y aunque allá lejos en el sur había grandes franjas de nubes que brillaban aún débilmente, en el oeste resplandecían las estrellas.

      -¡Vamos! -dijo Aragorn-.  Correremos el riesgo de otra jornada nocturna.  Estamos llegando a unos tramos del río que no conozco bien, pues nunca he viajado aquí por el agua, no entre este sitio y los rápidos de Sarn Gebir.  Pero estos rápidos, si no me equivoco, están aún a muchas millas.  Nos encontraremos con muchos peligros antes de llegar: rocas e islotes de piedra en la corriente.  Abramos bien los ojos y no rememos demasiado rápido.

      A Sam que iba en el borde de delante le fue encomendada la tarea de vigía.  Tendido en la proa, clavaba los ojos en la oscuridad.  La noche era cada vez más oscura, pero arriba las estrellas brillaban de un modo extraño y había un resplandor sobre la superficie del río.  No faltaba mucho para la medianoche y desde hacía tiempo se dejaban llevar por la corriente, recurriendo raramente a las palas, cuando de pronto Sam dio un grito.  Delante, a unos pocos metros, se alzaban unas formas y se oían los remolinos de unas aguas rápidas.  Una fuerte corriente iba hacia la izquierda, donde el cauce no presentaba obstáculos.  Mientras el agua los llevaba así a un lado, los viajeros alcanzaron a ver, ahora muy de cerca, las blancas espumas del río que golpeaban unas rocas puntiagudas, inclinadas hacia adelante como una hilera de dientes.  Los botes estaban todos agrupados.

      La barca de Boromir golpeó contra la de Aragorn.

      -¡Eh, Aragorn! -gritó Boromir-. ¡Esto es una locura! ¡No podemos cruzar los rápidos de noche!  Pero no hay bote que resista en Sarn Gebir, de noche o de día.

      -¡Atrás! ¡Atrás! -gritó Aragorn-. ¡Virad! ¡Virad si podéis!

      Hundió la pala en el agua tratando de detener la barca y de hacerla girar.

      -Me he equivocado -le dijo a Frodo-.  No sabía que habíamos llegado tan lejos.  El Anduin fluye más rápido de lo que pensaba.  Sarn Gebir tiene que estar ya al alcance de la mano.

 

 

   Luego de muchos esfuerzos lograron dominar los botes, haciéndolos girar en redondo, pero al principio el agua no los dejaba avanzar y cada vez estaban más cerca de la orilla del este, que ahora se levantaba negra y siniestra en la noche.

      -¡Todos juntos, rememos! – gritó Boromir-. ¡Rememos! O el agua nos arrastrará a los bajíos.

      Se oía aún la voz de Boromir cuando Frodo sintió que la quilla rozaba el fondo rocoso.

      En ese momento se oyó el ruido seco de unos arcos: algunas flechas pasaron por encima de ellos y otras cayeron en las barcas.  Una alcanzó a Frodo entre los hombros; Frodo vaciló y cayó adelante, gritando y soltando la pala; pero la flecha rebotó en la malla escondida.  Otra le atravesó la capucha a Aragorn y una tercera se clavó en la borda del segundo bote, cerca de la mano de Merry.  Sam creyó ver unas figuras negras corriendo a lo largo de las playas pedregosas de la orilla oriental.  Le pareció que estaban muy cerca.

      -Yrch! -dijo Legolas, volviendo involuntariamente a su propia lengua.

      -¡Orcos! -gritó Gimli.

      -Obra de Gollum, apuesto la cabeza -le dijo Sam a Frodo-.  Y qué buen lugar eligieron.  El río parece decidido a ponernos directamente en manos de esas bestias.

      Todos se doblaron hacia adelante trabajando con las palas; hasta Sam dio una mano.  Pensaban que en cualquier momento sentirían la mordedura de las flechas de penachos negros.  Muchas les pasaban por encima, silbando; otras caían en el agua cercana; pero ninguna los alcanzó.  La noche era oscura, no demasiado oscura para los ojos de los orcos, y a la luz de las estrellas los viajeros debían de ser un buen blanco para aquellos astutos enemigos, aunque era posible que los mantos grises de Lórien y la madera gris de las barcas élficas desconcertaran a los maliciosos arqueros de Mordor.

      La compañía no soltaba las palas.  En la oscuridad era difícil afirmar que estuvieran moviéndose de veras, pero los remolinos de agua fueron apagándose poco a poco y la sombra de la orilla oriental retrocedió en la noche.  Al fin, les pareció, habían llegado de nuevo al medio del río y habían alejado las embarcaciones de aquellas rocas afiladas.  Dando entonces media vuelta, remaron esforzadamente hacia la orilla occidental y se detuvieron a tomar aliento a la sombra de unos arbustos que se inclinaban sobre el río.

      Legolas dejó la pala y tomó el arco que había traído de Lórien.  Luego saltó a tierra y subió unos pocos pasos por la orilla.  Puso una flecha en el arco, estiró la cuerda y se volvió a mirar por encima del río en la oscuridad.  Del otro lado venían unos gritos estridentes, pero no se veía nada.

      Frodo miró al elfo que se erguía allí arriba, observando la noche, buscando un blanco.  Sobre la cabeza sombría había una corona de estrellas blancas que resplandecían vivamente en los charcos negros del cielo.  Pero ahora, elevándose y navegando desde el sur, las grandes nubes avanzaron enviando unos adelantados oscuros a los campos de estrellas.  Un temor repentino invadió a los viajeros.

      -Elbereth Gilthoniel! -suspiró Legolas mirando al cielo.  Una sombra negra, parecida a una nube, pero que no era una nube, pues se movía con demasiada rapidez, vino de la oscuridad del sur y se precipitó hacia la Compañía, cegando todas las luces mientras se acercaba.  Pronto apareció como una gran criatura alada, más negra que los pozos en la noche.  Unas voces feroces le dieron la bienvenida desde la otra orilla del río.  Un escalofrío repentino le corrió por el cuerpo a Frodo estrujándole el corazón; sentía en el hombro un frío mortal, como el recuerdo de una vieja herida.  Se agachó, como para esconderse.

      De pronto el gran arco de Lórien cantó.  La flecha subió silbando, desde la cuerda élfica.  Frodo alzó los ojos.  Casi encima de él la forma alada retrocedió encogiéndose.  Hubo un graznido ronco y la sombra cayó del aire, desvaneciéndose en la penumbra de la costa oriental.  El cielo era claro otra vez.  Lejos se oyó un tumulto de muchas voces, que maldecían y se quejaban en la oscuridad, y luego silencio.  Ni flechas ni gritos llegaron otra vez del este aquella noche.

 

 

   Al cabo de un rato Aragorn guió las embarcaciones aguas arriba.  Siguieron tanteando la orilla del agua un cierto trecho hasta que encontraron una bahía pequeña, poco profunda.  Había unos árboles bajos cerca de la orilla y luego se elevaba una barranca rocosa y abrupta.  La Compañía decidió quedarse allí a esperar el alba; era inútil tratar de seguir viaje de noche.  No acamparon y no encendieron un fuego, se quedaron en las barcas, amarradas juntas.

      -¡Alabados sean el arco de Galadriel y la mano y el ojo de Legolas! -dijo Gimli mientras masticaba una oblea de lembas-. ¡Un buen tiro en la oscuridad, amigo mío!

      -¿Pero quién puede decir qué blanco fue ése?

      -Yo no -dijo Gimli-.  Pero agradezco que la sombra no se haya acercado más.  No me gusta nada.  Me recordaba demasiado a la sombra de Moria… la sombra del Balrog -concluyó en un suave susurro.

      -No era un Balrog -dijo Frodo, todavía temblando de frío-.  Era algo más helado.  Creo que era…

      Frodo se detuvo y no siguió hablando.

      -¿Qué crees? -preguntó Boromir con interés, inclinándose fuera de su barca, como tratando de verle la cara a Frodo.

      -Creo… No, no lo diré -respondió Frodo-.  De cualquier manera, esa caída aterrorizó a nuestros enemigos.

      -Así parece -dijo Aragorn-.  Sin embargo no sabemos dónde están, ni cuántos son, ni qué harán mañana. ¡Esta noche nadie dormirá!  La oscuridad nos protege. ¿Pero qué nos mostrará el día? ¡Tened las armas al alcance de la mano!

 

 

Sam estaba sentado golpeteando con las puntas de los dedos la vaina de la espada, como si estuviese sacando cuentas.

      -Es muy raro -murmuró-.  La luna es la misma que en la Comarca y en las Tierras Asperas, o tendría que serlo.  Pero ha cambiado de curso, o estoy contando mal.  Recuerde, señor Frodo: la luna decrecía cuando descansamos aquella noche en la plataforma del árbol; una semana después del plenilunio, me pareció.  Anoche se cumplía una semana de viaje y he aquí que se aparece una luna nueva, tan delgada como una raedura de uña, como si no hubiésemos pasado un tiempo en el país de los elfos.

      »Bien, recuerdo que estuvimos allí tres noches al menos y creo recordar muchas otras; pero juraría que no pasó un mes. ¡Uno casi podría pensar que allá el tiempo no cuenta!

      -Y quizás así era -dijo Frodo-.  Es posible que en ese país hayamos estado en un tiempo que era ya el pasado en otros sitios.  Sólo cuando el Cauce de Plata nos llevó al Anduin, me parece, volvimos al tiempo que fluye por las tierras de los mortales hacia las Grandes Aguas.  Y no recuerdo ninguna luna, nueva o vieja, en Caras Galadon: sólo las estrellas de noche y el sol de día.

      Legolas se movió en su barca.

      -No, el tiempo nunca se detiene del todo -dijo-, pero los cambios y el crecimiento no son siempre iguales para todas las cosas y en todos los sitios.  Para los elfos el mundo se mueve y es a la vez muy rápido y muy lento.  Rápido, porque los elfos mismos cambian poco y todo lo demás parece fugaz; lo sienten como una pena.  Lento, porque no cuentan los años que pasan, no en relación con ellos mismos.  Las estaciones del año no son más que ondas que se repiten una y otra vez a lo largo de la corriente.  Sin embargo todo lo que hay bajo el sol ha de terminar un día.

      -Pero el proceso es lento en Lórien -dijo Frodo-.  El poder de la Dama se manifiesta ahí claramente.  Las horas son plenas, aunque parecen breves, en Caras Galadon, donde Galadriel guarda el anillo élfico.

      -Esto no hay que decirlo fuera de Lórien, ni siquiera a mí -dijo Aragorn-. ¡No hables más!  Pero así es, Sam: en esas tierras no valen las cuentas.  Allí el tiempo pasó tan rápidamente para nosotros como para los elfos.  La vieja luna ha muerto y otra ha crecido y decrecido en el mundo exterior, mientras nos demorábamos allí.  Y anoche la luna nueva apareció otra vez.  El invierno casi ha terminado.  El tiempo fluye hacia una primavera de flacas esperanzas.

 

 

   La noche fue silenciosa.  Ninguna voz, ninguna llamada volvió a elevarse del otro lado del agua.  Los viajeros acurrucados en las barcas sintieron el cambio en el aire.  Era tibio ahora y estaba muy quieto bajo los nubarrones húmedos que habían venido del sur y los mares lejanos.  Las aguas que golpeaban las rocas de los rápidos parecían más ruidosas y más próximas.  Sobre ellos las ramas de los árboles empezaron a gotear.

      Cuando llegó el día, el mundo de alrededor tenía un aspecto blando y triste.  Lentamente el alba dio paso a una luz gris, difusa y sin sombras.  Había una bruma sobre el río y una niebla blanca cubría la costa; la orilla opuesta no se veía.

      -No soporto la niebla -dijo Sam-, pero ésta parece de buena suerte.  Ahora quizá podamos irnos sin que esos malditos nos vean.

      -Quizá -dijo Aragorn-.  Pero nos costará encontrar el camino si esa niebla no se levanta un poco dentro de un rato.  Y tenemos que encontrarlo, si queremos cruzar Sarn Gebir y llegar a Emyn Muil.

      -No entiendo por qué razón tenemos que cruzar los rápidos o seguir el curso del río todavía más -dijo Boromir-.  Si Emyn Muil está ahí delante, podríamos abandonar estas cáscaras de nuez y marchar hacia el oeste y el sur hasta llegar al Entaguas y pasar a mi propio país.

      -Sí, si vamos a Minas Tirith -dijo Aragorn-, pero todavía no está decidido.  Y ese rumbo puede ser más peligroso de lo que parece.  El valle del Entaguas es llano y pantanoso, y la niebla es un peligro mortal para quienes van cargados y a pie.  Yo no abandonaría las barcas hasta que fuese indispensable.  En el río al menos no podremos extraviarnos.

      -Pero el enemigo domina la costa oriental -dijo Boromir-.  Y aunque cruzáramos las Puertas de Argonath y llegáramos sanos y salvos a Escarpa, ¿qué haríamos entonces? ¿Saltar por encima de las Cascadas y caer en los pantanos?

      -¡No! -respondió Aragorn-.  Di mejor que llevaremos las barcas por el viejo camino hasta el pie del Rauros, donde volveremos al agua. ¿Ignoras, Boromir, o prefieres olvidar la Escalera del Norte y el elevado sitial de Amon Hen, que fueron construidos en los días de los grandes reyes?  Yo al menos tengo la intención de detenerme en esas alturas antes de decidir qué camino seguiremos.  Quizá veamos allí alguna señal que pueda orientarnos.

      Boromir discutió este plan largo rato, pero cuando fue evidente que Frodo seguiría a Aragorn, no importaba dónde, cedió de pronto.

      -Los hombres de Minas Tirith no abandonan a sus amigos en los momentos difíciles -dijo-, y necesitaréis de mis fuerzas, si llegáis a Escarpa.  Iré hasta la isla alta, pero no más adelante.  De allí me volveré a mi país, solo, si no me gané con mi ayuda la recompensa de un compañero.

 

 

   El día avanzaba y la niebla se había disipado un poco.  Se decidió que Aragorn y Legolas se adelantaran a lo largo de la costa, mientras los otros se quedaban en las barcas.  Aragorn esperaba encontrar algún camino por el que pudieran llevar las barcas y el equipaje hasta las aguas tranquilas de más allá de los rápidos.

      -Las barcas de los elfos no se hundirían quizá -dijo-, pero eso no significa que podríamos sobrevivir a los rápidos.  Nadie lo ha conseguido hasta ahora.  Los Hombres de Gondor no abrieron ningún camino en esta región, pues aun en los mejores días el reino no llegaba hasta el Anduin más allá de Emyn Muil; pero hay una senda para bestias de carga en alguna parte de la orilla occidental y espero encontrarla.  No creo que haya desaparecido, pues en otro tiempo las embarcaciones lógicas cruzaban las Tierras Asperas descendiendo hasta Osgiliath y esto hasta hace pocos años, cuando los orcos de Mordor empezaron a multiplicarse.

      -He visto pocas veces a lo largo de mi vida que una barca viniera del norte, y los orcos dominan la orilla oriental -dijo Boromir-.  Si seguimos adelante, el peligro crecerá con cada milla y aún falta encontrar un camino.

      -El peligro acecha en todos los caminos que van al sur –respondió Aragorn-.  Esperadnos un día.  Si en ese tiempo no volvemos, sabréis que el infortunio nos ha alcanzado esta vez.  Entonces tendréis que elegir un nuevo jefe y luego seguirlo como mejor podáis.

      Frodo sintió una congoja en el corazón mientras miraba cómo Aragorn y Legolas ascendían la empinada barranca y desaparecían en la niebla; pero no había por qué preocuparse.  Sólo habían pasado dos o tres horas y era aún el mediodía cuando las formas borrosas de los exploradores aparecieron de nuevo.

      -Todo bien -dijo Aragorn, bajando por la barranca-.  Hay una senda, lleva a un embarcadero todavía útil.  No está lejos.  Los rápidos empiezan media milla aguas abajo y no se extienden por más de una milla.  No mucho después la corriente se vuelve de nuevo clara y mansa, aunque sigue siendo rápida.  El trabajo más duro será llevar las barcas y el equipaje hasta el viejo sendero.  Lo hemos encontrado, pero corre bastante lejos de la orilla, a unas doscientas yardas, y al amparo de una pared de roca.  No hemos visto el desembarcadero del norte.  Si aún existe tenemos que haber pasado anoche por allí.  Podríamos remontar con mucho trabajo la corriente y quizá no lo viéramos en la niebla.  Temo que tengamos que dejar el río ahora mismo y tomar como podamos ese camino.

      -No será fácil, aunque todos fuéramos hombres -dijo Boromir.

      -Lo intentaremos sin embargo, tal como somos -dijo Aragorn.

      -Claro que sí -dijo Gimli-. ¡Las piernas se les doblan a los hombres cuando el camino es duro, pero un enano nunca cae, aunque lleve una carga dos veces más pesada que él mismo, señor Boromir!

 

 

   El trabajo fue duro en verdad, pero se llevó a cabo.  Descargaron los bultos de las embarcaciones y los llevaron a la cima de la barranca.  Luego sacaron las barcas del agua y las arrastraron hasta arriba.  Habían temido que fuesen mucho más pesadas.  Ni siquiera Legolas sabía de qué árbol del país élfico era aquella madera, dura y sin embargo muy liviana.  En terreno llano, Merry y Pippin podían llevar solos la barca y con facilidad.  Pero se necesitaba la fuerza de dos hombres para transportarlas en vilo por aquel terreno; nacía en pendiente a orillas del río y era un amontonamiento de piedras calcáreas de color gris, con muchos agujeros escondidos, tapados con zarzas y matorrales; las matas espinosas abundaban y también las grietas; había aquí y allá charcos pantanosos que eran alimentados por unos hilos de agua que venían de las tierras altas del interior.

      Aragorn y Boromir fueron llevando las barcas, una a una, mientras los otros se afanaban y tambaleaban detrás con el equipaje.  Al fin todo fue mudado y depositado en el sendero.  Luego, sin encontrar otros obstáculos que las plantas rampantes y las numerosas piedras caídas, marcharon todos juntos.  La niebla colgaba todavía en velos sobre la casi desmoronada pared de roca; a la izquierda la bruma ocultaba el río: podían oír cómo se precipitaba en espumas contra las salientes afiladas y los dientes de piedra de Sarn Gebir, pero no lo veían.  Hicieron dos veces el viaje antes que todo estuviera a salvo en el embarcadero del sur.

      Allí la senda se acercaba a la orilla, descendiendo poco a poco hasta el borde apenas elevado de una pequeña laguna.  La cuenca no parecía ser obra de alguna mano sino de los remolinos del agua que descendía de Sarn Gebir, golpeando una roca baja que se adentraba en el río.  Más allá la orilla subía a pique en una muralla gris y no había ningún pasaje para los que iban a pie.

      La breve tarde había quedado atrás y ya caía el crepúsculo pálido y nuboso.  Los viajeros se habían sentado junto al río escuchando la confusa precipitación de las aguas, el rugido de los rápidos ocultos en la bruma.  Se sentían cansados y con sueño, tan melancólicos como el día moribundo.

      -Bueno, aquí estamos y aquí tendremos que pasar otra noche -dijo Boromir-.  Necesitamos dormir y si a Aragorn se le ha ocurrido cruzar de noche las Puertas de Argonath… bueno, estamos todos demasiado cansados; excepto sin duda nuestro vigoroso enano.

      Gimli no replicó; cabeceaba sentado.

      -Descansemos ahora todo lo posible -dijo Aragorn-.  Mañana viajaremos otra vez de día.  Si el tiempo no cambia una vez más y no se pone contra nosotros, tenemos una buena posibilidad de escurrirnos sin que nos vean desde la orilla de enfrente.  Pero esta noche se turnarán dos en la guardia: tres horas de reposo y una de vigilia.

 

 

   No hubo esa noche nada peor que una corta llovizna, una hora antes del alba.  Llegó el día y se pusieron en camino.  La niebla estaba desvaneciéndose.  Se mantenían lo más cerca posible de la orilla occidental y se podían ver las formas oscuras de las barrancas, más altas cada vez; muros sombríos que hundían los pies en las aguas apresuradas.  A media mañana las nubes descendieron y empezó a llover copiosamente.  Extendieron las cubiertas de pieles sobre las barcas, para que no entrara el agua, y continuaron dejándose llevar río abajo.  Las cortinas grises de la lluvia no les permitían ver lo que había delante o alrededor.

      La lluvia, sin embargo, no duró mucho.  El cielo fue aclarándose lentamente y luego las nubes se abrieron, y arrastrando unos flecos desaliñados se alejaron hacia el norte.  Las nieblas y brumas habían desaparecido.  Delante de los viajeros se extendía una amplia hondonada, de grandes paredes rocosas, de donde colgaban unos pocos arbustos retorcidos, aferrados a las salientes y las grietas.  El cauce se hizo más estrecho y el río más rápido.  Las aguas corrían con las barcas y parecía difícil que pudieran detenerse o cambiar el rumbo, cualquiera fuese el obstáculo que se les presentara delante.  Sobre ellos el cielo era un prado azul; alrededor se extendía el río oscurecido, y delante, negras, las colinas de los Emyn Muil al sol, y en ellas no se veía ninguna abertura.

      Frodo miraba hacia adelante y de pronto vio dos rocas que se acercaban desde lejos: parecían dos grandes pináculos o pilares de piedra.  Altas, verticales, amenazadoras, se erguían a ambos lados del río.  Una estrecha abertura apareció entre ellas, y el río arrastró hacia allí las barcas.

      -¡Mirad los Argonath, los Pilares de los Reyes! – gritó Aragorn-.  Los cruzaremos pronto. ¡Mantened las barcas en fila y tan apartadas como sea posible! ¡Siempre por el medio de la corriente!

      Frodo, arrastrado por las aguas, sintió que las dos torres se adelantaban a recibirlo.  Eran unas formas gigantescas, vastas figuras grises, mudas pero peligrosas.  En seguida vio que los pilares eran en verdad unas tallas enormes, que el arte y los antiguos poderes habían trabajado en ellos y que a pesar de los soles y las lluvias de años olvidados todavía seguían siendo unas poderosas imágenes.  Sobre unos grandes pedestales apoyados en el fondo de las aguas se levantaban dos grandes reyes de piedra: los ojos velados bajo unas cejas hendidas aún miraban ceñudamente al norte.  Los dos adelantaban la mano izquierda, mostrando la palma en un ademán de advertencia: en la mano derecha tenían una hacha y sobre la cabeza llevaban un casco y una corona desmoronados.  Aún daban impresión de poder y majestad, guardianes silenciosos de un reino desaparecido hacía tiempo.  Frodo se sintió invadido por un temor reverente y se encogió cerrando los ojos, sin atreverse a mirar mientras la barca se acercaba.  Hasta Boromir inclinó la cabeza cuando las embarcaciones pasaron en un torbellino, como hojitas frágiles y voladizas, a la sombra permanente de los centinelas de Númenor.  Así cruzaron la abertura oscura de las Puertas.

      Los terribles acantilados se alzaban ahora a cada lado a alturas inescrutables.  El cielo pálido parecía estar muy lejos.  Las aguas negras rugían y resonaban, y un viento chillaba sobre ellas.  Frodo, la cabeza entre las rodillas, oyó a Sam que gruñía y murmuraba adelante.

      -¡Qué sitio! ¡Qué sitio horrible! ¡Que pueda yo salir de este bote y nunca volveré a mojarme los pies en un charco y menos en un río!

      -¡No temas! -dijo una voz extraña, detrás de él.

      Frodo se volvió y vio a Trancos, y sin embargo no era Trancos, pues el curtido montaraz ya no estaba allí.  En la popa venía sentado Aragorn hijo de Arathorn, orgulloso y erguido, guiando la barca con hábiles golpes de pala; se habla echado atrás la capucha, los cabellos negros le flotaban al viento y tenía una luz en los ojos: un rey que vuelve del exilio.

      -¡No temas! -repitió-.  Durante muchos años anhelé contemplar las imágenes de Isildur y Anárion, mis señores de otro tiempo.  A la sombra de estos señores, Elessar, Piedra de Elfo, hijo de Arathorn de la casa de Valandil hijo de Isildur, heredero de Elendil, ¡no tiene nada que temer!

      En seguida la luz se le apagó en los ojos y Aragorn dijo como hablándose a sí mismo:

      -¡Ah, si ahora Gandalf estuviera aquí! ¡Qué nostalgia tengo de Minas Anor y las murallas de mi ciudad! ¿A dónde iré ahora?

      El paso era largo y oscuro y había allí un ruido de viento, de aguas tormentosas y de ecos que resonaban en las paredes de piedra.  Describía una curva hacia el oeste, de modo que al principio todo era oscuro delante, pero Frodo vio luego una alta brecha luminosa, que crecía con rapidez.  De pronto las barcas salieron precipitadas a una luz vasta y clara.

 

 

   El sol, que ya había dejado muy atrás el mediodía, brillaba en un cielo ventoso.  Las aguas se extendían ahora en un largo lago oval, el pálido Nen Hithoel, rodeado de colinas grises y abruptas; las faldas estaban cubiertas de árboles, pero las cimas desnudas brillaban fríamente a la luz del sol.  En el extremo sur había tres picos.  El del medio se inclinaba un poco hacia adelante, apartándose de los otros: una isla en medio del agua, entre los brazos pálidos y centelleantes del río.  De lejos venía un rugido profundo, como un trueno distante.

      -¡Mirad el Tol Brandir! -dijo Aragorn señalando el pico alto del sur-.  A la izquierda se alza el Amon Lhaw y a la derecha el Amon Hen, las colinas del Oído y de la Vista.  En los días de los grandes reyes había sitiases ahí arriba y una guardia permanente.  Pero se dice que ningún pie de hombre o de bestia ha hollado alguna vez el Tol Brandir.  Antes que caigan las sombras de la noche ya estaremos allí.  Escucho la voz eterna del Rauros, que nos llama.

      La Compañía descansó un rato, dejando que la corriente los llevara hacia el sur por el medio del lago.  Comieron algo y luego tomaron las palas para ir más de prisa.  La sombra cayó en las laderas del oeste y el sol descendió redondo y rojo.  Aquí y allá asomó una estrella neblinosa.  Los tres picos se erguían ante ellos, cada vez más oscuros.  El vozarrón del Rauros rugía no muy lejos.  Cuando los viajeros llegaron por último a la sombra de las colinas, la noche se extendía ya sobre las aguas.

      El décimo día de viaje había terminado.  Las Tierras Asperas quedaban atrás.  No podían continuar sin decidir entre el camino del este y, el camino del oeste.  La última etapa de la Búsqueda estaba ante ellos.

 

10

 

LA DISOLUCION

DE LA COMUNIDAD

 

   Aragorn los llevó hacia el brazo derecho del río.  Aquí, en la ladera del oeste, a la sombra del Tol Brandir, había un prado verde que descendía hacia el agua desde los pies del Amon Hen.  Detrás se elevaban las primeras estribaciones de la colina, sembradas de árboles, y otros árboles se alejaban hacia el oeste siguiendo la orilla curva del lago.  Un pequeño manantial subía y caía alimentando la hierba.

      -Descansaremos aquí esta noche -dijo Aragorn-.  Estos son los prados de Parth Galen: un hermoso sitio en los días de verano de otro tiempo.  Esperemos que ningún mal haya llegado aún aquí.

Llevaron las embarcaciones a la barranca y acamparon.  Pusieron una guardia, pero no oyeron ningún ruido ni vieron ninguna señal de los enemigos.  Si Gollum los seguía aún, había encontrado el modo de que no lo vieran ni lo oyeran.  Sin embargo, a medida que pasaba la noche, Aragorn iba sintiéndose más y más intranquilo, agitándose en sueños y despertando a menudo.  En las primeras horas del alba, se incorporó y se acercó a Frodo, a quien le tocaba montar guardia.

      -¿Por qué estás despierto? -preguntó Frodo-.  No es tu turno.

      -No sé -respondió Aragorn-, pero una sombra y una amenaza han estado creciendo en mis sueños.  Sería bueno que sacaras la espada.

      -¿Por qué? -preguntó Frodo-. ¿Hay enemigos cerca?

      -Veamos qué nos muestra Dardo -dijo Aragorn.

      Frodo desenfundó entonces la hoja élfica.  Aterrorizado, vio que los filos brillaban débilmente en la noche.

      -¡Orcos! – dijo -. No muy cerca y sin embargo demasiado cerca, me parece.

      -Tal como me lo temía -dijo Aragorn-.  Pero no creo que estén de este lado del río.  La luz de Dardo es débil y quizá sólo apunta a los espías de Mordor en las laderas del Amon Lhaw.  Nunca oí hablar de orcos que hubieran llegado al Amon Hen.  Sin embargo quién sabe qué puede ocurrir en estos días nefastos, ahora que Minas Tirith ya no guarda los pasajes del Anduin.  Tendremos que avanzar con cuidado mañana.

 

 

   El día llegó como fuego y humo.  Abajo en el este había barras negras de nubes, como la humareda de un gran incendio.  El sol naciente las iluminó desde abajo con oscuras llamas rojas, pero pronto subió al cielo claro.  La cima del Tol Brandir estaba guarnecida de oro.  Frodo miró hacia el este donde se levantaba la isla.  Los flancos salían abruptamente del agua, y dominando los altos acantilados había pendientes escarpadas a las que se aferraban los árboles, de copas superpuestas, y más arriba de nuevo unas paredes grises e inaccesibles, coronadas por una aguja de piedra.  Muchos pájaros volaban alrededor, pero no había otros signos de vida.

      Después del desayuno, Aragorn reunió a la Compañía.

      -El día ha llegado al fin -dijo-, el día de la elección tanto tiempo demorada. ¿Qué será ahora de nuestra Compañía, que ha viajado tan lejos en comunidad? ¿Iremos al este con Boromir, a las guerras de Gondor, o iremos al oeste, hacia el Miedo y la Sombra, o disolveremos la comunidad y cada uno tomará el camino que prefiera?  Lo que se decida, hay que hacerlo en seguida.  No podemos quedarnos aquí mucho tiempo.  El enemigo está en la costa oriental, ya sabemos; pero temo que los orcos puedan encontrarse de este lado del agua.

      Hubo un largo silencio, en el que nadie habló o se movió.

      -Bueno, Frodo -dijo Aragorn al fin-.  Temo que la responsabilidad pese ahora sobre tus hombros.  Eres el Portador elegido por el Concilio.  Se trata de tu propio camino y sólo tú decides.  En este asunto no puedo aconsejarte.  No soy Gandalf y aunque he tratado de desempeñarme como él, no sé qué designios o esperanzas tenía para esta hora, si tenía algo.  Lo más probable es que si estuviera aquí con nosotros la elección dependería todavía de ti.  Tal es tu destino.

      Frodo no respondió en seguida.  Luego dijo lentamente: -Sé que el tiempo apremia, pero no puedo elegir.  La responsabilidad es muy pesada.  Dame una hora más y hablaré.  Dejadme solo.

      Aragorn lo miró con una piedad conmiserativa.

      -Muy bien, Frodo hijo de Drogo -dijo-.  Tendrás una hora y estarás solo.  Nos quedaremos aquí un rato.  Pero no te alejes tanto que no podamos oírte.

      Frodo se quedó algún tiempo sentado, cabizbajo.  Sam, que había estado observando a su amo muy preocupado, inclinó la cabeza y murmuró: -Es claro como el agua, pero no vale la pena que Sam Gamyi meta la pata justo ahora.

      Al fin Frodo se incorporó y se alejó, y Sam vio que mientras los otros se dominaban y evitaban mirarlo, los ojos de Boromir seguían a Frodo, hasta que se perdió entre los árboles al pie del Amon Hen.

 

 

   Yendo al principio sin rumbo por el bosque, Frodo descubrió que los pies estaban llevándolo hacia las faldas de la montaña.  Llegó a un sendero, las tortuosas ruinas de un camino de otra época.  En los lugares abruptos habían tallado unos escalones, pero ahora estaban agrietados y gastados y las raíces de los árboles habían partido la piedra.  Trepó algún tiempo sin preocuparse por donde iba, hasta que llegó a un sitio con pastos.  Había fresnos alrededor y en medio una gran piedra chata.  El pequeño prado de la colina se abría al este y ahora estaba iluminado por el sol matinal.  Frodo se detuvo y miró por encima del río, que corría muy abajo, los picos del Tol Brandir y los pájaros que revoloteaban en el gran espacio aéreo que se extendía entre él y la isla virgen.  La voz del Rauros era un poderoso rugido acompañado por un bramido retumbante.

      Frodo se sentó en la piedra, apoyando el mentón en las manos, los ojos clavados en el este, pero no viendo mucho.  Todo lo que había ocurrido desde que Bilbo dejara la Comarca le desfiló entonces por la mente y recordó lo que pudo de las palabras de Gandalf.  El tiempo pasó y aún no podía decidirse.

      De pronto despertó de estos pensamientos: tenía la rara impresión de que algo estaba detrás de él, que unos ojos inamistosos lo observaban.  Se incorporó de un salto y se volvió: le sorprendió no ver sino a Boromir, de cara sonriente y bondadosa.

      -Temía por ti, Frodo -dijo Boromir adelantándose-.  Si Aragorn tiene razón y los orcos están cerca, no conviene que nos paseemos solos y menos tú: tantas cosas dependen de ti.  Y mi corazón también lleva una carga. ¿Puedo quedarme y hablarte un rato ya que te he encontrado?  Me confortará.  Cuando hay tantos, toda palabra se convierte en una discusión interminable.  Pero dos quizás encuentren juntos el camino de la sabiduría.

      -Eres amable -dijo Frodo-.  Aunque no creo que un discurso pueda ayudarme.  Pues sé muy bien lo que he de hacer, pero tengo miedo de hacerlo, Boromir, miedo.

      Boromir no replicó.  El Rauros continuaba rugiendo.  El viento murmuraba en las ramas de los árboles.  Frodo se estremeció.

      De pronto Boromir se acercó y se sentó junto a él.

      -¿Estás seguro de que no sufres sin necesidad? -dijo-.  Deseo ayudarte.  Necesitas alguien que te guíe en esa difícil elección. ¿No aceptarías mi consejo?

      -Creo que ya sé qué consejo me darías, Boromir -dijo Frodo-.  Y me parecería un buen consejo si el corazón no me dijese que he de estar prevenido.

      -¿Prevenido? ¿Prevenido contra quién? -dijo Boromir con tono brusco.

      -Contra todo retraso.  Contra lo que parece más fácil.  Contra la tentación de rechazar la carga que me ha sido impuesta.  Contra… bueno, hay que decirlo: contra la confianza en la fuerza y la verdad de los hombres.

      -Sin embargo esa fuerza te protegió mucho tiempo allá en tu pequeño país, aunque tú no lo supieras.

      -No pongo en duda el valor de tu pueblo.  Pero el mundo está cambiando.  Las murallas de Minas Tirith pueden ser fuertes, pero quizá no bastante fuertes.  Si ceden, ¿qué pasará?

      -Moriremos como valientes en el combate.  Sin embargo, hay esperanzas de que no cedan.

      -Ninguna esperanza mientras exista el Anillo.

      -¡Ah! ¡El Anillo! -dijo Boromir y se le encendieron los ojos- ¡El Anillo! ¿No es un extraño destino tener que sobrellevar tantos miedos y recelos por una cosa tan pequeña? ¡Una cosa tan pequeña!  Y yo sólo la vi un instante en la casa de Elrond. ¿No podría echarle otra mirada?

      Frodo alzó la cabeza.  El corazón se le había helado de pronto.  Había alcanzado a ver el extraño resplandor en los ojos de Boromir, aunque la expresión de la cara era aún amable y amistosa.

      -Es mejor que permanezca oculto -respondió.

      -Como quieras.  No me importa -dijo Boromir-. ¿Pero no puedo hablarte de ese Anillo?  Parece que sólo pensaras en el poder que podría alcanzar en manos del enemigo; en los malos usos del Anillo y no en los buenos.  El mundo cambia, dices.  Minas Tirith caerá, si el Anillo no desaparece. ¿Pero por qué?  Así será si lo tiene el enemigo, pero no si lo tenemos nosotros.

      -¿No estuviste en el Concilio? -respondió Frodo-.  No podemos utilizarlo, y lo que consigues con él se desbarata en mal.

      Boromir se incorporó y se puso a caminar de un lado a otro con impaciencia.

      -Sí, ya conozco la cantinela -exclamó-.  Gandalf, Elrond, todos te dijeron lo mismo y tú lo repites.  Quizás esté bien para ellos.  Esos elfos, medio elfos y magos: es posible que alguna desgracia les cayera encima.  Sin embargo me pregunto a menudo si serán sabios de veras y no meramente tímidos.  Pero a cada uno según su especie.  Los hombres de corazón leal no serán corrompidos.  Nosotros los de Minas Tirith nos hemos mostrado fuertes a través de largos años de prueba.  No buscamos el poder de los señores magos, sólo fuerza para defendemos, fuerza para una causa justa. ¡Y mira!  En nuestro aprieto la casualidad trae a la luz el Anillo de Poder.  Es un regalo digo yo, un regalo para los enemigos de Mordor.  Seríamos insensatos si no lo aprovecháramos, si no utilizáramos contra el enemigo ese mismo poder.  El temerario, el audaz, sólo ellos tendrán la victoria. ¿Qué no podría hacer un guerrero en esta hora, un gran jefe? ¿Qué no podría hacer Aragorn?  Y si Aragorn se rehusa, ¿qué no podría hacer Boromir?  El Anillo me daría poder de mando. ¡Ah, cómo perseguiría yo a las huestes de Mordor y cómo todos los hombres servirían a mi bandera!

      Boromir iba y venía hablando cada vez más alto, casi como si hubiera olvidado a Frodo, mientras peroraba sobre murallas y armas y la convocatoria a los hombres y planeaba grandes alianzas y gloriosas victorias futuras; y sometía a Mordor y él se convertía en un rey poderoso, benevolente y sabio.  De pronto se detuvo y sacudió los brazos.

      -¡Y nos dicen que lo tiremos por ahí -gritó-.  Yo no digo como ellos destruidlo.  Esto podría convenir, si hubiese algún motivo razonable.  No lo hay.  El único plan que nos propusieron es que un mediano entrara a ciegas en Mordor y ofreciera al enemigo la posibilidad de recuperar el Anillo. ¡Qué locura!

      »Seguro que tú también lo entiendes así, ¿no es cierto, amigo? -dijo de pronto volviéndose de nuevo hacia Frodo-.  Dices que tienes miedo.  Si es así, el más audaz te lo perdonaría. ¿Pero ese miedo no será tu buen sentido que se rebela?

      -No, tengo miedo -dijo Frodo-.  No hay otra cosa.  Y me alegra haberte oído hablar tan francamente.  Mi mente está más clara ahora.

      -¿Entonces vendrás a Minas Tirith? -exclamó Boromir.

      Tenía los ojos brillantes y el rostro encendido.

      -Me has entendido mal -dijo Frodo.

      -¿Pero vendrás, al menos por un tiempo? -insistió Boromir-.  Mi ciudad no está lejos ahora y no hay más distancia de allí a Mordor que desde aquí.  Hemos estado mucho tiempo en el desierto y necesitas saber qué hace ahora el enemigo antes de dar un paso.  Ven conmigo, Frodo -dijo-.  Necesitas descansar antes de aventurarte más allá, si es necesario que vayas.

      Se apoyó en el hombro de Frodo, en actitud amistosa, pero Frodo sintió que la mano de Boromir temblaba con una excitación contenida.  Dio rápidamente un paso atrás y miró con inquietud al hombre alto, casi dos veces más grande que él y mucho más fuerte.

      -¿Por qué eres tan poco amable? -dijo Boromir-.  Soy un hombre leal, no un ladrón, ni un bandolero.  Necesito tu Anillo, ahora lo sabes, pero te doy mi palabra de que no quiero quedarme con él. ¿No me permitirás al menos que probemos mi plan? ¡Préstame el Anillo!

      -¡No! ¡No! – gritó Frodo -. El Concilio decidió que era yo quien tenía que llevarlo.

      -¡Tu locura nos llevará a la derrota! -gritó Boromir-. ¡Me pones fuera de mí! ¡Insensato! ¡Cabeza dura!  Corres voluntariamente a la muerte y arruinas nuestra causa.  Si algún mortal tiene derecho al Anillo, ha de ser un Hombre de Númenor y no un mediano.  Sólo por una desgraciada casualidad es tuyo.  Tenía que haber sido mío.  Tiene que ser mío. ¡Dámelo!

      Frodo no respondió y fue alejándose hasta que la gran piedra chata se extendió entre ellos.

      -¡Vamos, vamos, mi querido amigo! -dijo Boromir con una voz más endulzada-. ¿Por qué no librarte de él? ¿Por qué no librarte de tus dudas y miedos?  Puedes echarme la culpa, si quieres.  Puedes decir que yo era demasiado fuerte y te lo quité.  ¡Pues soy demasiado fuerte para ti, mediano!

      Boromir dio un salto y se precipitó por encima de la piedra hacia Frodo.  Tenía otra cara ahora, fea y desagradable, y un fuego de furia le ardía en los ojos.

      Frodo lo esquivó y de nuevo puso la piedra entre ellos.  Había una sola solución: temblando sacó el Anillo sujeto a la cadena y se lo deslizó rápidamente en el dedo, en el momento en que Boromir saltaba otra vez hacia él.  El hombre ahogó un grito, miró un momento, asombrado, y luego echó a correr de un lado a otro, buscando aquí y allí entre las rocas y árboles.

      -¡Miserable tramposo! – gritó -. ¡Espera a que te ponga las manos encima!  Ahora entiendo tus intenciones.  Le llevarás el Anillo a Sauron y nos venderás a todos.  Querías abandonarnos y sólo esperabas que se te presentara la ocasión. ¡Malditos tú y todos los medianos, que se los lleven la muerte y las tinieblas!

      En ese momento el pie se le enganchó en una piedra, cayó hacia adelante con los brazos y piernas extendidos y se quedó allí tendido de bruces.  Durante un rato estuvo muy quieto y pareció que lo hubiera alcanzado su propia maldición; luego, de pronto, se echó a llorar.

      Se incoporó y se pasó la mano por los ojos, enjugándose las lágrimas.

      -¿Qué he dicho? -gritó-. ¿Qué he hecho? ¡Frodo! ¡Frodo! -llamó-. ¡Vuelve!  Tuve un ataque de locura, pero ya se me pasó. ¡Vuelve!

 

 

            No hubo respuesta, Frodo ni siquiera oyó los gritos.  Estaba ya muy lejos, saltando a ciegas por el sendero que llevaba a la cima, estremeciéndose de terror y de pena mientras recordaba la cara enloquecida y los ojos ardientes de Boromir.

      Pronto se encontró solo en la cima del Amon Hen y se detuvo, sin aliento.  Vio a través de la niebla un círculo amplio y chato, cubierto de losas grandes y rodeado por un parapeto en ruinas; y en medio, sobre cuatro pilares labrados, en lo alto de una escalera de muchos peldaños, había un asiento.  Frodo subió y se sentó en la antigua silla, sintiéndose casi como un niño extraviado que ha trepado al trono de los reyes de la montaña.

      Al principio poco pudo ver.  Parecía como si estuviese en un mundo de nieblas, donde sólo había sombras; tenía puesto el Anillo.  Luego, aquí y allá, la- niebla fue levantándose y vio muchas escenas, visiones pequeñas y claras corno si las tuviera ante los ojos sobre una mesa y sin embargo remotas.  No había sonidos, sólo imágenes brillantes y vívidas.  El mundo parecía encogido, enmudecido.  Estaba sentado en el Sitial de la Vista, sobre el Amon Hen, la Colina del Ojo de los Hombres de Númenor.  Miró al este y vio tierras que no aparecían en los mapas, llanuras sin nombre y bosques inexplorados.  Miró al norte y vio allá abajo el Río Grande como una cinta, y las Montañas Nubladas parecían pequeñas y de contornos irregulares, como dientes rotos.  Miró al oeste y vio las vastas praderas de Rohan; Orthanc, el pico de Isengard, como una espiga negra.  Miró al sur y vio el Río Grande que rodaba como una ola y caía por los saltos del Rauros a un abismo de espumas; un arco iris centelleaba sobre los vapores.  Y vio el Ethir Anduin, el poderoso delta del río y miríadas de pájaros marinos que revoloteaban al sol como un polvo blanco, y debajo un mar plateado y verde, ondeando en líneas interminables.

      Pero adonde mirara, veía siempre signos de guerra.  Las Montañas Nubladas hervían como hormigueros: los orcos salían de innumerables madrigueras.  Bajo las ramas del Bosque Negro había una lucha enconada de elfos, hombres y bestias feroces.  La tierra de los Beórnidas estaba en llamas; una nube cubría Moria; unas columnas de humo se elevaban en las fronteras de Lórien.

      Unos Jinetes galopaban sobre la hierba de Rohan; desde Isengard los lobos llegaban en manadas.  En los puertos de Harad, las naves de guerra se hacían a la mar y del este venían muchos hombres: de espada, lanceros, arqueros a caballo, carros de comandantes y vagones de suministros.  Todo el poder del Señor Oscuro estaba en movimiento.  Volviéndose de nuevo hacia el sur Frodo contempló Minas Tirith.  Parecía estar muy lejos y era hermosa: de muros blancos, franqueada por numerosas torres, orgullosa y espléndida, encaramada en la montaña; el acero refulgía en las almenas y en las torrecillas brillaban estandartes de muchos colores.  En el corazón de Frodo se encendió una esperanza.  Pero contra Minas Tirith se alzaba otra fortaleza, más grande y más poderosa.  No quería mirar pero se volvió hacia el este y vio los puentes arruinados de Osgiliath y las puertas abiertas como en una mueca de Minas Morgul y las Montañas Encantadas, y se descubrió mirando Gorgoroth, el valle del terror en el País de Mordor.  Las tinieblas se extendían allí bajo el sol.  El fuego brillaba entre el humo.  El Monte del Destino estaba ardiendo y una densa humareda subía en el aire.  Al fin los ojos se le detuvieron y entonces la vio: muro sobre muro, almena sobre almena, negra, inmensamente poderosa, montaña de hierro, puerta de acero, torre de diamante: Barad-dûr, la Fortaleza de Sauron.  Frodo perdió toda esperanza.

      Y entonces sintió el Ojo.  Había un ojo en la Torre Oscura, un ojo que no dormía, y ese ojo no ignoraba que él estaba mirándolo.  Había allí una voluntad feroz y decidida y de pronto saltó hacia él.  Frodo la sintió casi como un dedo que lo buscaba y que en seguida lo encontraría, aplastándolo.  El dedo tocó el Amon Lhaw.  Echó una mirada al Tol Brandir.  Frodo saltó a los pies de la silla y se acurrucó cubriéndose la cabeza con la capucha gris.

      Se oyó a sí mismo gritando: ¡Nunca! ¡Nunca! O quizá decía: Me acerco en verdad, me acerco a ti.  No podía asegurarlo.  Luego como un relámpago venido de algún otro extremo de poder se le presentó un nuevo pensamiento: ¡Sácatelo! ¡Sácatelo! ¡Insensato, sácatelo! ¡Sácate el Anillo!

      Los dos poderes lucharon en él.  Durante un momento, en perfecto equilibrio entre dos puntas afiladas, Frodo se retorció atormentado.  De súbito tuvo de nuevo conciencia de sí mismo: Frodo, ni la Voz ni el Ojo libre de elegir y disponiendo apenas de un instante.  Se sacó el Anillo del dedo.  Estaba arrodillado a la clara luz del sol delante del elevado sitial.  Una sombra negra pareció pasar sobre él, como un brazo; no acertó a dar con el Amon Hen, buscó un poco en el este y se desvaneció.  El cielo era otra vez limpio y azul y los pájaros cantaban en todos los árboles.

      Frodo se puso de pie.  Se sentía muy fatigado, pero estaba decidido ahora y se había quitado un peso del corazón.  Se habló en voz alta.

      -Bien, tengo que hacerlo -dijo-.  Esto al menos es claro: la malignidad del Anillo ya está operando, aun en la Compañía, y antes que haga más daño hay que llevarlo lejos.  Iré solo.  En algunos no puedo confiar y aquellos en quienes puedo confiar me son demasiado queridos: el pobre viejo Sam y Merry y Pippin.  Trancos también: desea tanto volver a Minas Tirith, y quizá lo necesiten allí, ahora que Boromir ha sucumbido al mal.  Iré solo.  En seguida.

      Descendió rápidamente por el sendero y llegó de vuelta al prado donde lo había encontrado Boromir.  Allí se detuvo y escuchó.  Creyó oír gritos y llamados que venían de los bosques cercanos a la costa.

-Estarán buscándome -se dijo-.  Me pregunto cuánto tiempo he estado ausente.  Horas quizá. ¿Qué puedo hacer? -murmuró titubeando-.  Tengo que irme ahora, o no me iré nunca.  No tendré otra oportunidad.  Odio abandonarlos y más de este modo, sin ninguna explicación.  Pero creo que ellos entenderán.  Sam entenderá. ¿Y qué otra cosa puedo hacer?

      Lentamente extrajo el Anillo y se lo puso una vez más.  Desapareció y descendió por la colina, leve como el roce del viento.

 

 

   Los otros permanecieron un tiempo junto al río.  Habían estado callados un rato, yendo de un lado a otro, inquietos, pero ahora estaban sentados en círculo y hablaban.  De cuando en cuando trataban de hablar de alguna otra cosa, del largo camino y de las numerosas aventuras que habían encontrado; interrogaron a Aragorn acerca del reino de Gondor en los tiempos antiguos, y los restos de las grandes obras que podían verse aún en estas extrañas regiones fronterizas de los Emyn Muil: los reyes de piedra y los sitiases de Lhaw y Hen y la gran escalera junto a los saltos del Rauros.  Pero los pensamientos y las palabras de todos volvían una y otra vez a Frodo y el Anillo. ¿Qué decidiría Frodo? ¿Por qué dudaba?

      -Trata de averiguar qué camino es el más desesperado, me parece -dijo Aragorn-.  No me sorprende.  Hay menos esperanzas que nunca para la Compañía si vamos hacia el este.  Gollum nos ha seguido el rastro y es posible que nuestro viaje ya no sea un secreto.  Pero Minas Tirith no está más cerca del Fuego y la destrucción de la Carga.

      »Podemos quedarnos aquí un tiempo y defendernos como bravos, pero el Señor Denethor y todos sus hombres no podrían conseguir lo que no está al alcance de los poderes de Elrond, según dijo él mismo: o mantener en secreto la Carga, o mantener a distancia a las fuerzas del enemigo cuando venga tras ella. ¿Qué camino elegiríamos nosotros en el lugar de Frodo?  No lo sé.  Nunca hemos necesitado más a Gandalf.

      -Cruel ha sido nuestra pérdida -dijo Legolas-, pero tendremos que encontrar alguna solución sin la ayuda de Gandalf. ¿Por qué no lo decidimos entre todos y ayudamos así a Frodo? ¡Llamémoslo de vuelta y votemos!  Yo votaré por Minas Tirith.

      -Y yo también -dijo Gimli -. Nosotros, por supuesto, sólo vinimos a ayudar al Portador a lo largo del camino y no tenemos por qué ir más allá; ninguno de nosotros ha hecho un juramento ni ha recibido la orden de buscar la Montaña del Destino.  Dejar Lothlórien fue duro para mí.  Pero he venido aquí tan lejos y digo ahora -. Ha llegado el momento de la última decisión y es evidente que no dejaré a Frodo.  Yo elegiría Minas Tirith, pero si él piensa otra cosa, lo seguiré.

      -Yo también iré con Frodo -dijo Legolas-.  Sería desleal despedirme de él ahora.

      -Sería de veras una traición, si todos lo abandonáramos -dijo Aragorn-.  Pero si va hacia el este, no es necesario que lo acompañemos todos, ni creo que convenga.  Es un riesgo desesperado, tanto para ocho como para dos o tres, o uno solo.  Si se me permitiera elegir, yo designaría tres compañeros: Sam, que no podría soportar que fuera de otro modo; Gimli y yo mismo.  Boromir volverá a Minas Tirith donde su padre y la gente lo necesitan y junto con él irían los demás, o al menos Meriadoc y Peregrin, si Legolas no está dispuesto a dejarnos.

      -¡Imposible! -exclamó Merry-. ¡No podemos dejar a Frodo!  Pippin y yo decidimos desde un principio acompañarlo a todas partes y aún es así para nosotros.  Aunque antes no entendimos lo que eso significaba.  Parecía distinto allá lejos, en la Comarca o en Rivendel.  Sería una locura y una crueldad permitir que Frodo vaya a Mordor. ¿Por qué no podemos impedírselo?

      -Tenemos que impedírselo -dijo Pippin-.  Y por eso está preocupado, no me cabe ninguna duda.  Sabe que no estaremos de acuerdo si quiere ir al este.  Y no le gusta pedirle a alguien que lo acompañe, pobre viejo.  Y no podría ser de otra manera. ¡Ir a Mordor solo! – Pippin se estremeció. – Pero el viejo, tonto y querido hobbit debiera saber que no tiene nada que pedir.  Debiera saber que si no podemos detenerlo, no lo dejaremos solo.

      -Perdón -dijo Sam-.  No creo que ustedes entiendan del todo a mi amo.  Las dudas que él tiene no se refieren al camino. ¡Claro que no! ¿De qué serviría Minas Tirith de todos modos?  A él quiero decir, si usted me perdona, señor Boromir -añadió, volviéndose.

      Fue entonces cuando descubrieron que Boromir, quien al principio había esperado en silencio fuera del círculo, ya no estaba con ellos.

      -¿Qué ha ido a hacer ahora? -preguntó Sam, preocupado-.  Ha estado raro desde hace un tiempo, me parece.  De cualquier modo no es un problema de él.  Se ha ido a su casa, como siempre ha dicho, y no lo culpo.  Pero el señor Frodo sabe que necesita encontrar las Grietas del Destino, si es posible.  Pero tiene miedo.  Ahora que ha llegado el momento de decidirse, está simplemente aterrorizado.  Este es su problema.  Por supuesto ha ganado un poco de experiencia, por así decir -como todos nosotros- desde que salimos de casa, o estaría tan asustado que tiraría el Anillo al río y se escaparía.  Pero tiene todavía demasiado miedo para ponerse en camino.  Y tampoco está preocupado por nosotros: si vamos a ir con él o no.  Sabe que no lo dejaríamos solo, ¡Recuerden lo que digo!  Vamos a tener dificultades cuando venga.  Y estará de veras decidido, tan cierto como que se llama Bolsón.

      -Pienso que hablas con más sabiduría que ninguno de nosotros, Sam -dijo Aragorn-. ¿Y qué haremos, si tienes razón?

      -¡Detenerlo! ¡No dejarlo ir! -gritó Pippin.

      -No sé –dijo Aragorn-.  Es el Portador y el destino de la Carga pesa sobre él.  No creo que nos corresponda empujarlo en un sentido o en otro.  No creo por otra parte que tuviéramos éxito, si lo intentáramos.  Hay otros poderes en acción, mucho más fuertes.

      -Bueno, me gustaría que Frodo «se decidiera» a volver y concluyéramos el asunto -dijo Pippin-. ¡Esta espera es horrible! ¿No se cumplió ya el tiempo?

      -Sí -dijo Aragorn-.  La hora ha pasado hace rato.  La mañana termina.  Hay que llamarlo.

 

 

   En ese momento reapareció Boromir.  Salió de los árboles y se adelantó hacia ellos sin hablar.  Tenía un aire sombrío y triste.  Se detuvo como para contar quiénes estaban presentes y luego se sentó aparte, los ojos clavados en el suelo.

      -¿Dónde has estado, Boromir? -preguntó Aragorn-. ¿Has visto a Frodo?

      Boromir titubeó un segundo. -Sí, y no -respondió lentamente-.  Sí: lo encontré en la ladera de la colina y le hablé.  Lo insté a que viniera a Minas Tirith y que no fuera al este.  Me enojé y él se fue.  Desapareció.  Nunca vi nada semejante, aunque había oído historias.  Debe de haberse puesto el Anillo.  No volví a encontrarlo.  Pensé que había vuelto aquí. -¿No tienes más que decir? -preguntó Aragorn clavando en Boromir unos ojos poco amables.

      -No -respondió Boromir-, no por el momento.

      -¡Aquí hay algo malo! -gritó Sam, incorporándose de un salto-.  No sé qué pretende este hombre. ¿Por qué Frodo se pondría el Anillo?  No tenía por qué y si lo hizo, ¡quién sabe qué habrá pasado!

      -Pero no se lo dejaría puesto -dijo Merry-.  No después de haber escapado a un visitante indeseable, como hacía Bilbo.

      -¿Pero dónde ha ido? ¿Dónde está? -gritó Pippin-.  Hace siglos que se fue.

      -¿Cuánto tiempo pasó desde que viste a Frodo por última vez, Boromir? -preguntó Aragorn.

      -Media hora quizá -respondió Boromir-. O quizás una hora.  Estuve caminando un poco desde entonces. ¡No sé! ¡No sé!

      Se llevó las manos a la cabeza y se quedó sentado, como abrumado por una pena.

      -¡Una hora desde que desapareció! -exclamó Sam-.  Hay que ir a buscarlo en seguida. ¡Vamos!

      -¡Un momento! -gritó Aragorn-.  Tenemos que dividirnos en parejas y arreglar… ¡Eh, un momento, espera!

      No sirvió de nada.  No le hicieron caso.  Sam había echado a correr antes que nadie.  Lo siguieron Merry y Pippin, que ya estaban desapareciendo entre los árboles de la costa, gritando: ¡Frodo! ¡Frodo!, con aquellas voces altas y claras de los hobbits.  Legolas y Gimli corrían también.  Un pánico o una locura repentina parecía haberse apoderado de la Compañía.

      -Nos dispersaremos y nos perderemos -gruñó Aragorn-. ¡Boromir!  No sé cuál ha sido tu parte en esta desgracia, ¡pero ayuda ahora!  Corre detrás de esos dos jóvenes hobbits y protégelos al menos, aunque no puedas encontrar a Frodo.  Vuelve aquí, si lo encuentras, O si ves algún rastro.  Regresaré pronto.

Aragorn se precipitó en persecución de Sam.  Lo alcanzó en el pequeño prado, entre los acebos.  Sam iba cuesta arriba, jadeando y llamando: ¡Frodo!

      -¡Ven conmigo, Sam! -dijo Aragorn-.  Que ninguno de nosotros se quede solo ni un momento.  Hay algo malévolo en el aire.  Voy a la cima, al Sitial del Amon Hen, a ver lo que se puede ver. ¡Y mira!  Tal como lo presentí: Frodo fue por este lado.  Sígueme, ¡y mantén los ojos abiertos!

      Subió rápidamente por el sendero.  Sam corrió detrás de él, pero no podía competir con Trancos el montaraz y poco después lo perdió de vista.  Sam se detuvo, resoplando.  De pronto se palmeó la frente.

      -Calma, Sam Gamyi -se dijo en voz alta-.  Tienes las piernas demasiado cortas, ¡de modo que usa la cabeza!  Veamos.  Boromir no miente, no es de esa índole, pero no nos dijo todo.  El señor Frodo se asustó mucho por alguna razón y de pronto decidió partir. ¿Adónde?

      Hacia el este. ¿No sin Sam?  Sí, aun sin Sam.  Esto es duro, muy duro.

      Sam se pasó la mano por los ojos, enjugándose las lágrimas.

      -Tranquilo, Gamyi -dijo-. ¡Piensa si puedes!  No puede volar por encima de los ríos y no puede saltar por encima de las cascadas.  No lleva ningún equipo.  Tendrá pues que volver a los botes. ¡A los botes! ¡Corre hacia los botes, Sam, como un rayo!

      Dio media vuelta y bajó a saltos el sendero.  Cayó y se lastimó las rodillas.  Se incorporó y siguió corriendo.  Llegó así al borde del prado de Parth Galen, junto a la orilla, donde habían sacado las barcas del agua.  No había nadie allí.  De los bosques de atrás parecían venir unos gritos, pero no les prestó atención.  Se quedó mirando un momento, inmóvil, boquiabierto.  Una embarcación se deslizaba sola cuesta abajo.  Dando un grito, Sam corrió por la hierba.  La barca entró en el agua.

      -¡Ya voy, señor Frodo! ¡Ya voy! -gritó Sam.

      Se tiró desde la orilla con las manos tendidas hacia la barca que partía.  Dando un grito y con un chapoteo cayó de cabeza a una yarda de la borda en el agua profunda y rápida.  Se hundió gorgoteando; el río se cerró sobre la cabeza rizada de Sam.

      Un grito de consternación se alzó en la barca vacía.  Una pala giró y la barca viró en redondo.  Sam subió a la superficie burbujeando y debatiéndose, y Frodo llegó justo a tiempo para tomarlo por los cabellos.  Los ojos redondos y castaños miraban el aire con miedo.

      -¡Arriba, Sam, muchacho! -dijo Frodo-. ¡Tómame la mano! -¡Sálveme, señor Frodo! -jadeó Sam-.  Estoy ahogándome.  No le veo la mano.

      -Aquí está. ¡No aprietes tanto!  No te soltaré.  Quédate derecho y no te sacudas, o volcarás el bote.  Bueno, aférrate a la borda, ¡y déjame usar la pala!

      Con unos pocos golpes Frodo llevó de vuelta la barca a la orilla y Sam pudo salir arrastrándose, mojado como una rata de agua.  Frodo se sacó el Anillo y pisó otra vez tierra firme.

      -¡De todos los fastidios del mundo tú eres el peor, Sam! -dijo.

      -Oh, señor Frodo, ¡es usted duro conmigo! -dijo Sam temblando de pies a cabeza-.  Es usted duro tratando de irse sin mí y todo lo demás.  Si yo no hubiese adivinado la verdad, ¿dónde estaría usted ahora?

      -A salvo y en camino.

      -¡A salvo! – dijo Sam-. ¿Solo y sin mi ayuda?  No hubiese podido soportarlo, sería mi muerte.

      -Venir conmigo también puede ser tu muerte, Sam -dijo Frodo y entonces yo no hubiese podido soportarlo.

      -No es tan seguro como si me quedara -dijo Sam.

      -Pero voy a Mordor.

      -Lo sé de sobra, señor Frodo.  Claro que sí.  Y yo iré con usted.

      -Por favor, Sam -dijo Frodo-, ¡no me pongas obstáculos!  Los otros pueden volver en cualquier instante.  Si me encuentran aquí, tendré que discutir y explicar y ya nunca tendré el ánimo o la posibilidad de irme.  Pero he de partir en seguida.  No hay otro modo.

      -Sí, ya lo sé -dijo Sam-.  Pero no solo.  Voy yo también, o ninguno de los dos.  Antes desfondaré todas las barcas.

      Frodo rió con ganas.  Sentía en el corazón un calor y una alegría repentinos.

      -¡Deja una! -dijo-.  La necesitaremos.  Pero no puedes venir así, sin equipo ni comida ni nada.

      -¡Un momento nada más y traeré mis cosas! -exclamó Sam animado-.  Todo está listo.  Pensé que partiríamos hoy.

      Corrió al sitio donde habían acampado, quitó un bulto de la pila donde Frodo lo había puesto, cuando sacara de la barca las pertenencias de los otros, tomó otra manta y algunos paquetes más de provisiones y volvió corriendo.

      -¡He aquí todo mi plan estropeado! -dijo Frodo-.  Imposible escapar de ti.  Pero estoy contento, Sam.  No puedo decirte qué contento. ¡Vamos!  Es evidente que estábamos destinados a ir juntos.  Partiremos, ¡y que los otros encuentren un camino seguro!  Trancos los cuidará.  No creo que volvamos a verlos.

      -Quizá sí, señor Frodo.  Quizá sí -dijo Sam.

 

 

   Así Frodo y Sam iniciaron juntos la última etapa de la Búsqueda.  Frodo remó alejándose de la costa y el río los llevó rápidamente, a lo largo del brazo occidental, más allá de los acantilados amenazadores del Tol Brandir.  El rugido de las cataratas fue acercándose.  Aun con la ayuda de Sam costó trabajo atravesar la corriente en el extremo sur de la isla y virar al este hacia la orilla lejana.

      Al fin llegaron de nuevo a tierra en el flanco sur del Amon Lhaw.  Allí encontraron una costa empinada y sacaron la barca del río, la arrastraron arriba y la ocultaron como mejor pudieron detrás de unos peñascos.  Luego, cargando al hombro los bultos partieron en busca de un sendero que los llevara por encima de las colinas grises de los Emyn Muil y descendiera internándose en el País de la Sombra.

 

 

1Garden en inglés.

IMG_0373.JPG

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