EL ADOLESCENTE


EL ADOLECENTE
Fedor Dostoiewski
PRIMERA PARTE
CAPITULO PRIMERO
Sin resistir más, empiezo (1) a escribir esta historia de mis primeros pasos en la carrera
de la vida. Y sin embargo, muy bien podría pasarme sin esto. Una cosa es segura: que ya
nunca más escribiré mi autobiografía, aunque tenga que vivir cien años. Hay que estar
prendado muy bajamente de uno mismo para hablar así sin avergonzarse. La sola excusa
que me doy, es que no escribo por el mismo motivo que todo el mundo, es decir, para
obtener las alabanzas del lector. Si de repente se me ha ocurrido anotar palabra por
palabra todo to que me ha pasado desde ei año anterior, es por una necesidad íntima: ¡tan
impresionado me he quedado por los hechos acaecídos! Me limito a registrar los
acontecimientos, evitando con todas mis fuerzas lo que les es ajeno, y sobre todo los
artificios literarios; un literato se lleva escribiendo treinta años, y al final ignora por qué
ha escrito tanto tiempo. No soy literato ni quiero serlo. Arrastrar la intimidad de mi alma
y una bonita descripción de mis sentimientos por el mercado literario sería a mis ojos una
inconveniencia y una bajeza. Preveo no obstante, no sin disgusto, que será probablemente
imposible evitar del todo las descripciones de sentimientos y las reflexiones (quizás
incluso vulgares): ¡tanto desmoraliza al hombre todo trabajo literario, hasta el
emprendido únicamente para sí! Y estas reflexiones pueden aún ser muy vulgares, porque
to que uno estima puede muy bien no tener valor alguno para un extraño. Pero quede
diçho todo esto entre paréntesis. He aquí hecho mi prefacio: no habrá nada más por el
estilo. ¡Manos a la obra! Aunque no haya nada más embarazoso que emprender una obra,
y quizás el poner manos a la obra en general.
II
Comienzo; es decir, querría comenzar mis memorias en la fecha del 19 de septiembre
del año pasado (2), o sea precisamente el día en que por primera vez me encontré con…
Pero explicar con quién me encontré, así como así, de buenas a primeras, cuando nadie
sabe nada, será una vulgaridad; este tono mismo, a mi parecer, es ya vulgar: después de
haberme jurado evitar los adornos literarios, he aquí que caigo en ellos desde la primera
línea. Además, para escribir de manera sensata, no basta con quererlo. Haré notar
también que no hay, estoy convencido, una sola lengua europea que sea tan difícil para
escribir como el ruso. Acabo de releer lo que he escrito hace un instante, y veo que soy
mucho más inteligente que lo que ha quedado escrito. ¿Cómo puede suceder esto de que
las cosas enunciadas por un hombre inteligente sean infínitamente más estúpidas que lo
que se queda en su cerebro? Lo he notado más de una vez en mí y en mis relaciones
orales con los demás hombres durante todo este último año fatal, y me he sentido bien
atormentado por eso.
Aunque comience en la fecha del 19 de septiembre, diré sin embargo en dos palabras
quién soy, dónde he estado antes de esa fecha y por añadidura lo que yo podía tener en la
cabeza, a lo menos parcialmente, en aquella mañana del 19 de septiembre, para que todo
sea más inteligible al lector, y quizás a mí mismo también.
III
Soy un antiguo bachiller, y heme aquí ahora con veintiún años cumplidos. Me llamo
Dolgoruki, y mi padre legal es Makar Ivanov (3) Dolgoruki, ex siervo criado de los
señores Versilov. Así pues, soy hijo legítimo, aunque ilegítimo en el más alto grado, no
cabiendo la menor duda sobre mi origen. He aquí cómo fue la cosa: hace veintidós años,
el propietario Versilov (mi padre), que entonces tenía veinticinco años, visitó sus
propiedades de la provincia de Tula. Supongo que en aquella época era todavía un ser de
escasa personalidad. Es curioso cómo este hombre que me ha impresionado tanto desde
mi infancia, que ha tenido una influencia tan capital en la formación de mi alma y que,
por mucho tiem.po quizá, ha contaminado todo mi porvenir, siga siendo para mí, incluso
hoy y en una infinidad de puntos, un verdadero enigma. Pero volveremos sobre eso más
tarde. No es tan fácil de referir. Pero, de todas formas, mi cuaderno entero estará lleno de
este hombre.
En aquella época, a los veinticinco años, acababa de perder a su mujer. Era una
muchacha del gran mundo, pero no muy rica, una Fanariotova, y él tenía de ella un hijo y
una hija. Mis noticias sobre esa esposa desaparecida tan pronto son bastante incompletas
y se pierden en el conjunto de mis materiales; por lo demás, muchas circunstancias de la
vida de Versilov se me han escapado, hasta tal punto se ha mostrado siempre conmigo
orgulloso, altivo, reservado y negligente, a pesar de una especie de humildad, pasmosa a
veces, hacia mí. Menciono sin embargo, a título de indicación, que ha gastado en el curso
de su existencia tres fortunas a incluso bastante grandes, por un total de más de
cuatrocientos mil rublos (4) y quizá me quedo corto. Ahora, naturalmente, no tiene ya un
copec. . .
Pues sucedió que fue a sus propiedades «Dios sabe por qué»; por lo menos así es
como.se explicó él más tarde conmigo. Sus hijitos no estaban con él, sino en casa de
parientes, según su costumbre; así es como se comportó toda la vida con su prole,
legítima o ilegítima. Había en aquella hacienda una gran cantidad de criados: entre ellos,
el jardinero Makar Ivanov Dolgoruki. Agregaré aquí, para no tener que volver sobre lo
mismo, lo siguiente: pocas personas han podido maldecir su apellido tanto como yo lo he
hecho a lo largo de toda mi vida. Era una cosa estúpida, pero era así. Cada vez que yo
entraba en una escuela o me encontraba con gente a la que mi edad me obligaba a rendir
cuentas, en una palabra, cada maestro de escuela, preceptor, censor, cura, no importa
quién, después de haberme preguntado el nombre y de haberse enterado de que yo era
Dolgoruki, experimentaba la necesidad de añadir:
-¿El príncipe Dolgoruki?
Y cada una de las veces me veía obligado a explicarles a todos aquellos holgazanes:
-No, Dolgoruki tout court (5).
Aquel tout court terminó por volverme loco. Anotaré como una especic de fenómeno
que no me acuerdo de una sola excepción: todos me hacían la pregunta. Algunos,
indudablemente, la hacían sin el menor interés; por lo demás, no sé qué podía interesar
aquello a quienquiera que fuese. Pero todos lo hacían, todos, hasta el último. Al enterarse
de que yo era simplemente Dolgoruki, el interrogador me examinaba de ordinario con
una mirada obtusa y estúpidamente indiferente, poniendo de manifiesto que él mismo no
sabía por qué me había interrogado, y se iba. Pero los más ofensivos eran los camaradas
de la escuela. ¿Cómo pregunta un escolar a un novato? El novato, aturdido y confuso, el
primer día de su entrada en la escuela (en no importa qué escuela) es la víctima
propiciatoria en general: se le ordena, se le irrita, se le trata como a un criado. Un
mocetón lleno de salud se planta de repente delante del infeliz, bien cara a cara, y lo
observa algunos instantes con ojos severos a insolentes. El nuevo se mantiene delante de
él en silencio, le mira a hurtadillas, si no es un cobarde, y aguarda los acontecimientos.
-¿Cómo te llamas?
-Dolgoruki.
.¿Príncipe Dolgoruki?
-No, Dolgoruki a secas.
-¡Ah!… ¡a secas! ¡Idiota!
Y tienen razón: nada más estúpido que llamarse Dolgoruki cuando no se es príncipe.
Esa estupidez la arrastro conmigo sin que haya culpa por mi parte. Más tarde, cuando
empecé a enfadarme seriamente, ante la pregunta «¿Eres príncipe?», respondía siempre:
-No, soy hijo de un criado, antiguo siervo.
Más tarde todavía, cuando llegué por fin a encolerizarme, a la pregunta «¿Es usted
príncipe?», respondî firmemente un día:
-No, Dolgoruki a secas, hijo natural de mi antiguo señor, el caballero Versilov.
Fue en clase de retórica donde hice ese descubrimiento y, aunque me convencí pronto
de que era una tontería, no renuncié en seguida. Me acuerdo de que uno de los profesores
– por lo demás, el único – descubrió que yo estaba «lleno de ideas de venganza y de
civismo». De una manera general, se acogió aquella salida con una seriedad un poco
ofensiva para mí. Por fin uno de mis camaradas, un bajito muy mordaz con el cual yo
apenas hablaba más de una vez al año, me dijo con aire profundo, pero mirándome
ligeramente de costado:
-Esos sentimientos le honran a usted, desde luego, y, sin duda alguna, tiene motivos
para estar orgulloso. Sin embargo, en su lugar, yo no me jactaría tanto de ser hijo
natural… ¡Se diría en realidad que está usted en una situación envidiable!
Desde entonces cesé de jactarme de mi ilegitimidad.
Lo repito, es difícil escribir en ruso: he ennegrecido ya tres hojas de papel para explicar
cómo he abominado toda mi vida de mi apellido, y el lector ha sacado seguramente la
conclusión de que lo único que me pasa es que estoy rabioso por no ser príncipe, sino
sencillamente Dolgoruki a secas. No me rebajaré a explicarme ni a justificarme una vez
más.
IV
Así pues, entre aquella servidumbre que era legión, además de Makar Ivanov se hallaba
una muchacha que tenía ya los díeciocho años cuando Makar Dolgoruki, a los cincuenta,
manifestó de repente la intención de casarse con ella. En el régimen de servidumbre, los
casamientos entre siervos domésticos se realizaban, como se sábe, con autorización de los
señores, a veces incluso por orden de los mismos. En la propiedad habitaba entonces una
tía; a decir verdad, no era tía mía, sino la señora del castillo; solamente que, no sé por
qué, todo el mundo la llamaba tía, tía en general, y lo mismo ocurría entre los Versilov,
con los cuales, por lo demás, puede que estuviera emparentada. Era Tatiana Pavlovna
Prutkova. Poseía aún en aquella época, en la misma provincia y en el mismo distrito,
treinta y cinco «almas» (6) de su propiedad exclusiva. Adrninistraba, o vigilaba más bien,
a título de vecina, la hacienda de Versilov (quinientas almas), y aquella vigilancia, por lo
que he oído decir, era tan eficaz como la de no importa qué intendente especialmente
instruido. Por lo demás sus conocimientos no me interesan en absoluto; quiero agregar
solamente, rechazando todo pensamiento de alabanza y de adulación, que esta Tatiana
Pav1ovna es una criatura noble y hasta original.
Fue, pues, ella quien, lejos de contrariar las inclinaciones matrimoniales del sombrío
Makar Dolgoruki (parece que era muy sombrío), las animó en el más alto grado. Sofía
Andreievna (aquella sierva de dieciocho años, mi madre) era huérfana desde hacía varios
años; su padre, que sentía por Makar Dolgoruki un respeto extraordinario y le estaba, no
sé por qué, muy agradecido, siervo él también, al morir seis años antes, en su lecho de
muerte, y se pretende incluso que un cuarto de hora antes de entregar el último suspiro,
tanto que se podría haber visto en aquello, en caso de necesidad, un efecto del delirio si
no hubiese sido ya incapaz como tal siervo, había llamado a Makar Dolgoruki y, delante
de todo el personal y en presencia del sacerdote, le había expresado en voz alta y
apremiante aquella última voluntad, señalándole a su hija:
-¡Edúcala y tómala por esposa!
Aquellas palabras fueron oídas por todo el mundo. En lo que concierne a Makar
Ivanov, ignoro con qué sentimientos se casó seguidamente, si con gran placer o
solamente para cumplir un deber. Lo más probable es que presentara el aire exterior de
una perfecta indiferencia. Era un hombre que, ya entonces, sabía adoptar una pose. Sin
estar versado en las Escrituras ni ser un letrado (se sabía de memoria todos los oficios y
sobre todo algunas vidas de santos, pero principalmente de oídas), sin ser una especie de
razonador de profesión, tenía sencillamente un carácter resuelto, a veces incluso
aventurero; hablaba con aplomo, tenía juicios categóricos y, en una palabra, « vivía
respetablemente», según su pasmosa expresión. He ahí la clase de hombre que era
entonces. Naturalmente, disfrutaba del respeto universal, pero, se dice, se hacía
insoportable a todo el mundo. Todo cambió cuando salió de la casa: no se habló ya de él
más que como de un santo y un mártir. Todo esto lo sé de buena fuente.
Por lo que se refiere al carácter de mi madre, Tatiana Pavlovna la guardó a su vera
hasta que cumplió los dieciocho años, a pesar del intendente, que quería ponerla como
aprendiza en Moscú, y le dio alguna educación, es decir, le enseñó la costura, el corte, las
buenas maneras a incluso le hizo aprender un poco a leer. En lo que se refiere a escribir,
mi madre no llegó a hacerlo nunca pasablemente. A sus ojos, aquel matrimonio con
Makar Ivanov era desde hacía mucho tiempo una cosa resuelta y todo lo que le sucedió
entonces le pareció excelente y perfecto; se dejó conducir al altar con la fisonomía más
tranquila que se pueda tener en caso semejante, tanto que la misma Tatiana Pavlovna la
trató entonces de «pava». Por esta misma Tatiana Pavlovna me he enterado de lo que
concíerne al carácter de mi madre en aquella época. Versilov llegó a sus tierras
exactamente seis meses después de aquel matrimonio.
V
Quiero indicar solamente que jamás he podido saber ni adivinar de manera satisfactoria
cómo comenzaron las cosas entre él y mi madre. Estoy totalmente dispuesto a creer,
como él mismo me lo aseguró el año pasado, con rubor en las mejillas, aunque me hiciera
todo el relato con el aire más desenvuelto y más «espiritual», que no hubo a11í ni la
novela más mínima, y que todo pasó «como pasan esas cosas». Creo que es verdad, y el
«como pasan esas cosas» es una expresión encantadora. A pesar de todo, siempre he
tenido deseos de saber cómo pudo iniciarse aquello. Esas porquerías siempre me han
inspirado horror y me lo siguen inspirando. No, desde luego no es porque haya curiosidad
malsana por mi parte. Haré notar que hasta el año pasado no he conocido a mi madre, por
así decirlo; desde la infancia he estado confiado a extraños, para mayor comodidad de
Versilov (más tarde se tratará de eso), y por consiguiente soy incapaz de figurarme la
fisonomía que ella pudiera tener entonces. Si no era hermosa, ¿qué había en ella que
pudiese seducir a un hombre como Versilov? Esta cuestión es importante para mí, porque
este hombre se dibuja aquí en un aspecto extremadamente curioso. He ahí por qué me
planteo la pregunta, y no por perversión. Él mismo, este hombre sombrío y reservado, me
decía, con esa amable ingenuidad que se sacaba Dios sabe de dónde (como se saca un
pañuelo del bolsillo) cuando le era necesario, que, por aquel entonces, no era más que
«un cachorrillo estúpido» y, sin ser sentimental, acababa de leer, « como quien no quiere
la cosa», Antonio el Desgraciado (7) y Paulina Saxe (8), dos producciones literarias que
han tenido un inapreciable influjo civilizador sobre la generación de aquellos tiempos.
Agregaba que había sido quizás a causa del personaje de Antonio por lo que había vuelto
al campo, y decía eso muy seriamente. ¿En qué forma aquel «cachorrillo estúpido» pudo
entrar en relaciones con mi madre? Acabo de pensar que, si yo tuviese solamente un
lector, éste no dejaría de prorrumpir en carcajadas a mis expensas: ridículo adolescente
que, conservando su tonta inocencia, pretende razonar sobre cosas de las que no entiende
ni jota. Sí, desde luego, todavía no entiendo nada de eso, y lo confieso sin el menor
orgullo, porque sé hasta qué punto esta inexperiencia es algo estúpido en un chicarrón de
veinte años; solamente que diré a ese señor que tampoco él entiende nada y se lo probaré.
Es cierto que en cuestión de mujeres no sé nada, y nada quiero saber, porque me burlaré
de ellas toda mi vida, me lo he jurado decididamente. Y sé sin embargo que una mujer
puede encantarle a uno con su belleza, o sabe Dios con qué, en un abrir y cerrar de ojos; a
otra, hace falta estarla trabajando seis meses antes de comprender lo que lleva en la
mollera; a la de más a11á, para verla del todo y quererla, no basta con mirarla, no basta
con estar dispuesto a todo. Hace falta además ser un superdotado. Estoy convencido de
ello, aunque no entienda nada; de no ser así, se necesitaría de golpe y porrazo rebajar a
todas las mujeres a la categoría de simples animales domésticos y no mantenerlas cerca
de uno más que en esta forma. Eso es lo que querría quizá muchísima gente.
Lo sé positivamente por varios conductos, mi madre no era una belleza, aunque yo no
haya visto jamás su retrato de aquellos tiempos, retrato que existe en alguna parte. Prendarse
de ella a la primera mirada era pues imposible. Para una simple «distracción»,
Versilov podía elegir a otra cualquiera, y había una, en efecto, una jovencita, Anfisa
Constantinovna Sapojkova, una criadita. Por lo demás, para un hombre que llegaba allí
con el desgraciado Antonio, atentar, en virtud del derecho señorial, contra la felicidad
conyugal de su siervo, habría resultado muy vergonzoso a sus propios ojos, puesto que, lo
repito, apenas hace unos meses, es decir, después de transcurridos veinte años, hablaba
aún de aquel infeliz Antonio con una seriedad extraordinaria. Ahora bien, a Antonio no le
habían quitado más que el caballo, y no la mujer. Sucedió, pues, alguna cosa rara, en
detrimento de la señorita Sapojkova (a mi entender, para ventaja de ella)j Una o dos
veces, el año pasado, en los momentos en que se podía hablar con él, cosa que no ocurría
todos los días, le hice estas preguntas y noté que, a pesar de toda su cortesía y a veinte
años de distancia, se hacía rogar largo rato antes de decidirse a hablar. Pero yo lograba mi
propósito. Por lo menos, con aquella desenvoltura mundana que se permitía conmigo
muchas veces, esbozó un día cosas muy extrañas: mi madre era una de esas personas sin
defensa a las que no se puede querer, ¡desde luego que no!, pero que de repente, sin que
se sepa por qué, suscitan un sentimiento de lástima, a causa de su dulzura. ¿A causa de
qué en realidad? Nunca se sabe con seguridad. Pero la lástima perdura; a fuerza de
lástima, se siente uno ligado… «En una palabra, pequeño, sucede incluso que no es
posible ya zafarse.» Eso es to que él me dijo. Y si las cosas ocurrieron realmente de
aquella manera, me veo obligado a ver en él algo muy distinto al cachorrillo estúpido de
que él mismo habla, refiriéndose a cómo era en aquella época. Esto es todo lo que yo
quería hacer constar.
Por lo demás, se puso en seguida a asegurarme que mi madre lo había querido por
«humildad»; un poco más, y ya iba a inventar que «por obediencia servil». Mentía por
dárselas de elegante, mentía contra su propia conciencia, contra toda norma de honor y de
generosidad.
Todo esto, desde luego, lo he escrito, pudiera decirse, en alabanza de mi madre, y sin
embargo, como ya lo he declarado, ignoro en absoluto to que ella fuese entonces. Es más,
conozco muy bien la impermeabilidad del ambiente y de las nociones lastimosas entre las
cual.es ella se ha enranciado desde su infancia y entre las cuales ha pasado a continuación
toda su existencia. A pesar de todo, la desgracia terminó por consumarse. A propósito,
una rectificación: me he perdido entre las nubes y he olvidado un hecho que, por el
contrario, era preciso hacer resaltar: todo se inició entre ellos precisamente por la
desgracia. (Espero que el lector no se pondrá a fingir ahora que no comprende todo
aquello de lo que inmediatamente quiero hablar.) En una palabra, aquellos comienzos
fueron señoriales, aunque la señorita Sapojkova hubiese sido dejada a un lado. Pero aquí
intervengo yo y declaro anticipadamente que no me contradigo en lo más mínimo. ¿De
qué, gran Dios, de qué podía en aquella época hablarle un hombre como Versilov a una
persona como mi madre, ni siquiera en el caso de un amor irresistible? Les he oído decir
a personas libertinas que muy frecuentemente el hombre, al abordar a la mujer, empieza
sin pronunciar una palabra, lo que es evidentemente el colmo de la monstruosidad y del
cinismo; Versilov, aunque lo hubiese querido, no habría podido, creo yo, empezar de otra
manera con mi madre. ¿Podría empezar explicándole el argumento de Paulina Saxe? Sin
contar con que la literatura rusa era la menor preocupación de ambos; según sus propias
palabras (un día que se franqueó conmigo), se ociltaban en los rincones, se acechaban el
uno al otro en las escaleras, rebotaban lejos, como globos, con las mejillas rojas, si
alguien pasaba, y el «tirano» temblaba delante de la última de las lavanderas, a pesar de
todos sus derechos feudales. Si las cosas empezaron a la manera señorial, continuaron del
mismo modo, pero no completamente, y en el fondo no hay que buscar explicaciones. No
servirían más que para espesar las tinieblas. Las proporciones que tomó el amor de la
pareja son ya un enigma, puesto que la primera cualidad de individuos como Versilov es
la de dejarlo todo plantado una vez conseguido su objetivo. Pero aquí ocurrió de otra
forma. Pecar con una bonita sierva pazguata (y no es que mi madre fuera tonta), para un «
cachorrillo» libertino (todos eran libertinos, todos, hasta el último, progresistas y
retrógrados) es cosa no solamente posible, sino incluso inevitable, sobre todo si se piensa
en su situación novelesca de viudo joven y a sus anchas. Pero quererla toda la vida, es
demasiado. No garantizo que él la haya querido; pero que la ha arrastrado detrás de él
toda su vida, es un hecho.
He hecho muchas preguntas, pero hay una, la más ímportante, que no me he atrevido a
hacerle a mi madre de una manera formal, aunque me haya compenetrado mucho con ella
el año pasado y, aunque hijo grosero a ingrato que juzga que se es culpable ante él, no me
haya enfadado con ella en absoluto. En cuanto a la pregunta, hela aquí: ¿cómo pudo ella,
casada no hacía más que seis meses y aplastada bajo todas las ideas sobre la santidad del
matrimonio, aplastada como una mosca sin defensa, ella que respetaba a su Makar
Ivanovitch como una especie de Dios, cómo pudo, en quince días escasos, caer en
semejante pecado? No se trataba sin embargo de una mujer descarriada. A1 contrario, to
diré ahora anticipadamente, sería difícil representarse un alma más pura, como lo ha sido
durante toda su vida. La sola explicación es que obró sin darse cuenta de lo que hacía, sin
tener conciencia de ello, no en el sentido en que los abogados de hoy en día lo dicen de
sus asesinos o de sus ladrones (9), sino bajo una de esas impresiones fuertes que, en una
víctima un poco simplota, la arrastran fatal y trágicamente. ¿Quién sabe? Tal vez ella le
amó hasta la locura, amó el porte de sus trajes, la raya a la parisiense de sus cabel.los, su
pronunciación francesa, sí, francesa, de la cual ella no comprendía ni jota, la romanza que
él cantó al piano. Amó algo que ella no había visto ni oído jamás (él era un hombre muy
guapo) y de golpe y porrazo lo amó de cuerpo entero, hasta el desfallecimiento, lo amó
con sus trajes y sus romanzas. He oído decir que esto les sucedía a veces a siervas
jóvenes en la época de la servidumbre, a incluso a las más honradas. Lo comprendo.
Vergüenza para quien lo explique únicamente por la servidumbre y «la humildad». Así
pues, aquel joven pudo tener bastante fuerza y seducción para atraer a una criatura hasta
entonces tan pura, y sobre todo a una criatura tan perfectamente extraña a su naturaleza,
procediendo de un mundo muy distinto y de una tierra muy diferente, pudo atraerla a un
abismo tan manifiesto. Que aquello era un abismo, espero que lo comprendió mi madre
en todo momento; solamente que mientras caminaba hacía él no pensaba en eso; estos
seres «sin defensa» son siempre los mismos: saben que el abismo está ahí y corren hacia
él.
Cometido el pecado, se arrepintieron inmediatamente. Él me ha contado con bastante
ingeniosidad cómo sollozó sobre el hombro de Makar Ivanovitch, llamado expresamente
para eso a su despacho, mientras que ella, durante aquel tiempo… Ella estaba acostada en
algún sitio sin conocimiento, en su cuartito de sierva…
VI
Pero ya he hablado bastante de estas cuestiones y de estos detalles escandalosos.
Versilov rescató a mi madre, comprándosela a Makar Ivanov, se marchó
precipitadamente y desde entonces, como ya he escrito más arriba, la arrastró tras él casi
por todas partes, salvo cuando se ausentaba por mucho tiempo: entonces la dejaba casi
siempre encomendada a los buenos cuidados de la tía, es decir, de Tatíana Pavlovna
Prutkova, que en aquellas ocasiones se encontraba siempre presente. Pasaban temporadas
en Moscú, las pasaban en toda clase de otros dominios o villas, a incluso en el extranjero,
y por fin en Petersburgo. Hablaré de eso más tarde o bien no hablaré en absoluto. Diré
solamente que un año después de la separación de Makar Ivanovitch vine yo al mundo;
un año después de mí nacimiento, vino mi hermana; luego, diez a once años más tarde,
mi hermano menor, un niño enfermizo que murió al cabo de pocos meses. Aquellos
partos dolorosos pusieron fin a la belleza de mi madre. Por ro menos eso es lo que se me
ha dicho: empezó a envejecer y a debilitarse rápidamente.
Pero con Makar Ivanovitch las relaciones no cesaron jamás. O bien estuviesen pasando
temporadas los de Versilov, o bien viviesen varios años seguidos en el mismo sitio o
viajasen, Makar Ivanovitch no dejaba de enviar noticias suyas «a la familia». Se
constituyeron así relaciones singulares, un poco solemnes y casi serias. Entre señores,
fatalmente se habría mezclado en aquello algo de cómico, lo sé muy bien; pero en este
caso, ni hablar de eso. Las cartas llegaban dos veces al año, ni más ni menos,
asombrosamente parecidas las unas a las otras. Las he visto; no contienen casi nada de
índole personal; por el contrario, en todo lo posible, únicamente informaciones
ceremoniosas sobre los acontecimientos más genetales y los sentimientos más generales
también, si es lícito expresarse así a propósito de sentimientos: noticias de su salud, luego
preguntas sobre la salud del destinatario, luego votos de felicidad, saludos y bendiciones
ceremoniosas, y pare usted de contar. Esta generalización y esta impersonalidad
constituyen, a mi entender, el buen tono y el savoir vivre de aquel ambiente. «A nuestra
amable y respetada esposa Sofía Andreievna dirijo nuestro más humilde saludo…» «A
nuestros queridos hijos envío nuestra bendición paternal inalterable por siempre.»
Seguían todos los nombres de los hijos, en el orden en que se habían ido acumulando, yo
incluido. Anotaré aquí que Makar Ivanovitch tenía la suficiente inteligencia para no
calificar a «Su nobleza el muy respetado señor Andrés Petrovitch» como «bienhechor»
suyo, pero en cada carta le dirigía invariablemente sus más humildes saludos, pidiéndole
su bendición a impetrando para él la gracia de Dios. Las respuestas a Makar Ivanovitch
eran remitidas prontamente por mi madre, redactadas siempre en el mismo estilo.
Versilov no participaba en la correspondencia. Makar Ivanovitch escribía desde todos los
rincones de Rusia, desde las ciudades y desde los monasterios donde residía, a veces
durante mucho tiempo. Llegó a convertirse en un «errabundo» (10). No pedía nunca
nada; pot el contrario, tres veces al año venía sin falta a casa y se detenía en las
habitaciones de mi madre, que siempre resultaba tener entonces un apartamiento
exclusivo para ella, distinto del ocupado pot Versilov. Tendré que volver más tarde sobre
este particular, pero anotaré aquí solamente que Makar Ivanovitch no se tendía a pierna
suelta en los divanes del salón, sino que se instalaba modestamente en algún sitio detrás
de un biombo. No se quedaba mucho tiempo: cinco días, una semana.
Se me ha olvidado decir que él amaba y respetaba mucho el apellido de Dolgoruki.
Naturalmente, es una estupidez ridícula. Lo más ridículo es que aquel nombre le agradaba
precisamente porque hay príncipes Dolgoruki. ¡Extraña idea, lo más contrario al sentido
común!
He dicho que la familia estaba siempre completa: ni que decir tiene que sin mí. Yo
había sido, por decirlo así, como arrojado pot la borda y colocado, casi inmediatamente
después de mi nacimiento, en casa de extraños. No hubo en eso la menor intención; fue
una cosa que se produjo con la mayor naturalidad. Cuando me trajo al mundo, mi madre
era todavía joven y hermosa: a él le servía por tanto para algo, y un niño de pecho
resultaba muy molesto, sobre todo en los viajes. He ahí cómo se explica que, hasta no
cumplir los veinte años, no vi, por decirlo así, a mi madre fuera de dos o tres ocasiones
pasajeras. La falta no podía achacársele a los sentimientos de mi madre, sino a la actitud
altiva de Versilov hacia la gente.
VII
Pasemos ahora a otra cosa.
Hace un mes, es decir, un mes antes del diecinueve de septiembre en Moscú, resolví
renunciar a todos ellos y retirarme definitivamente dentro de mi idea. Escribo a propósito
«retirarme dentro de mi idea», porque esta expresión puede significar todo mi
pensamiento esencial, por lo que sigo estando vivo. En cuanto a lo que sea « mi idea», no
haré más que hablar con mucha extensión en lo que sigue. En la soledad soñadora de mis
largos años de Moscú se ha formado en mí desde los primeros años de estudio y desde
entonces no me ha abandonado un instante. Ha devorado toda mi existencia. También
antes de concebirla, yo vivía en el sueño, he vivido desde mi infancia en un reino
encantado de un cierto matiz, pero, con la aparición de esa idea esencial y devoradora,
mis sueños se han consolidado y han revestido de golpe y porrazo una forma
determinada: absurdos que eran, se han hecho sensatos. El Instituto no impedía los
sueños; tampoco impidió la llegada de la idea. Añadiré sin embargo que mi último curso
fue malo, mientras que en todas las clases hasta entonces yo había estado en los primeros
puestos: aquello se debió a esa misma idea, a la consecuencia tal vez falsa que extraje de
ella. Así pues el Instituto no molestó a la idea, pero la idea molestó al Instituto. Molestó
también a la Universidad. Salido del Instituto, tuv a inmediatamente la intención de
romper de una manera radical no sólo con todos los míos, sino, si era preciso, con el
mundo entero, aunque no tuviese aún más que veinte años. Escribí sin ambages, a
Petersburgo, que se me dejase definitivamente tranquilo, que no se enviase más dinero
para mi sostenimiento, y, que si era posible, se me olvidase del todo (en el caso, claro es,
en que se acordasen un poco de mí), y, en fin, que «por nada de este mundo» entraría yo
en la Universidad. El dilema que se me planteaba era ineluctable: o bien la Universidad y
la continuación de mis estudios, o bien retrasar cuatro años todavía la puesta en práctica
de mi «idea». Tomé sin vacilar el partido de mi idea, porque yo estaba convencido
matemáticamente. Versilov, mi padre, al que yo solamente había visto una vez en mi
vida, por espacio de un instante, cuando yo tenía diez años (y que con aquel instante
había tenido tiempo para dejarme estupefacto), Versilov, en respuesta a mi carta, que por
lo demás no había estado dirigida a él, me llamó a Petersburgo con un billete escrito de su
puño y letra, prometiéndome un empleo en casa de un señor particular. Aquella
invitación de un hombre seco y orgulloso, lleno de altivez y de negligencia respecto a mí
y que hasta entonces, después de haberme engendrado y abandonado en manos de
desconocidos, no solamente no me había tratado, sino que ni siquiera se había arrepentido
jamás (¿quién sabe?, quizá de mi propia existencia no tenía más que una noción vaga a
imprecisa, puesto que, como se reveló más tarde, no era él el que entregaba el dinero
necesario para mi estancia en Moscú, sino otras personas); la invitación de aquel hombre,
digo, acordándose de mí de repente y honrándome con una carta autógrafa, esta
invitación, al halagarme, decidió mi suerte. Cosa singular, lo que me agradó entre otros
detalles en su billete (una paginita de formato pequeño) era que no decía una palabra de
la Universidad, no me pedía que cambiase de intención, no me censuraba por no querer
proseguir mis estudios, en una palabra, no usaba ninguno de los sermones paternales que
son obligados en semejantes casos: y sin embargo era aquello precisamente lo que estaba
mal de su parte, al testimoniar aún más su indiferencia hacia mí. Resolví partir por otro
motivo además, el que aquello no dificultaba en nada mi sueño principal: « Ya veremos
qué pasará: en todo caso, me ligaré con ellos únicamente durante algún tiempo, y quizá
muy breve. En cuanto que me dé cuenta de que este viaje, por condicional a
insignificante que sea, me aleja sin embargo de lo esencial, romperé inmediatamente, lo
abandonaré todo y volveré a entrar en mi concha.» ¡En mi concha, qué bien está eso!
«Me acurrucaré en ella como la tortuga»; la comparación me agradaba enormemente.
«No estaré solo», continuaba yo haciendo mis cálculos mientras corría de un extremo a
otro de Moscú durante aquellos días como una ardilla; «ya nunca estaré solo, como lo he
estado hasta aquí durante tantos años espantosos: tendré conmigo mi idea, a la que no
traicionaré jamás, aunque me agradasen todos los de por allá, aunque me diesen la
felicidad más completa y aunque viviera con ellos diez años». He ahí la impresión, lo
digo anticipadamente, he ahí la dualidad de planes y de objetivos que, esbozada ya en
Moscú, no me abandonó ni un solo instante en Petersburgo (no sé si ha habido un solo día
en Petersburgo que no me lo haya fijado de antemano como el plazo definitivo para
ruptura con ellos y para mi partida); esta dualidad, digo, ha sido, creo yo, una de las
causas principales de muchas de mis imprudencias en el curso de este año, de muchas de
mis infamias, de mis bajezas incluso, sin hablar, naturalmente, de mis estupideces.
De repente hacía irrupción en mi vida un padre que antes no existía. Esa idea me
embriagaba durante mis preparativos en Moscú, durante el viaje en el tren. Un padre no
era todavía nada, a mí no me gustaban los mimos: pero aquel hombre no habia querido
conocerme y me había humillado, mientras que, durante todos aquellos años, yo no
soñaba más que con él hasta la saciedad (si esta expresión puede aplicarse a un sueño).
Cada uno de mis sueños, desde mi infancia, se refería a él, flotaba en torno a él,
terminaba por volver a él una y otra vez. No sé si lo odiaba o si lo quería, pero él llenaba
todo mi porvenir, todas mis previsiones sobre la vida, y aquello había ido formándose por
su cuenta, a medida que yo crecía.
Lo que influyó en mi partida de Moscú fue también una circunstancia poderosa, una
tentación que, tres meses antes de mi partida (en un momento en que, por consiguiente, ni
siquiera había surgido la más remota posibilidad de lo de Petersburgo), hacía ya latir y
encogerse mi corazón. Lo que me atraía en aquel océano desconocido, era que yo podía
entrar en él como dueño y señor de la suerte de otra persona, ¡y de quién! Pero en mí
borboteaban sentimientos magnánimos, y no despóticos. lo prevengo con anticipación
para que mis palabras no induzcan a error. Versilov podía pensar (si es que en general se
dignaba pensar en mí) que iba a recibir a un jovencito recién salido del Instituto, un
adolescente, entornando los ojos a la luz. Ahora bien, yo sabía, yo en persona, todo lo que
él se traía entre manos y yo tenía en mi poder un documento de suma importancia, a
cambio del cual (hoy lo sé con toda seguridad) él habría dado varios años de su vida, si
yo le hubiese descubierto entonces el secreto. Pero me doy cuenta de que estoy hablando
con enigmas. Imposible describir sentimientos sin hechos. Por lo demás, de todo esto se
hablará suficientemente en el lugar que le corresponde, y por eso precisamente he cogido
la pluma. Escribir de esta manera es casi estar sumergido en un delirio o ir andando por
las nubes.
VIII
En fin, para llegar definitivamente a la fecha del 19, diré en pocas palabras, y, por
decirlo así, de paso, que los encontré a todos, a Versilov, a mi madre y a mi hermana
(veía a ésta por primera vez en mi vida) en un estado lamentable, casi en la miseria o al
borde de la miseria. Ya me había enterado de eso en Moscú, pero estaba lejos de suponer
que la cosa llegase a tal extremo. Desde mi infancia, me había acostumbrado a representarme
a aquel hombre, «mi futuro padre, con una especie de aureola; yo no podía
figurármelo de otra manera que ocupando en todas partes el primer puesto. Versilov
jamás había habitado con mi madre, le alquilaba siempre un apartamiento particular:
obraba así, desde luego, a causa de innobles «conveniencias». Ahora, por el contrario,
vivían todos juntos, en un pabellón de madera de una callejuela del Semenovski Polk
(11). Todo el mobiliario estaba ya en el Monte de Piedad, de forma que tuve incluso que
entregar a mi madre, a espaldas de Versilov, mis misteriosos sesenta rublos. Misteriosos,
porque se habían ido acumulando, con el dinero para mis gastos menudos que se me daba
a razón de cinco rublos por mes, durante dos años; la acumuiación había comenzado
desde el primer día de mi «idea», y por eso precisamente Versilov no debía saber nada de
aquel dinero. Era algo que me daba pánico.
Aquella ayuda no fue más que una gota de agua en el océano. Mi madre trabajaba, mi
hermana hacía también labores de costura; Versilov vivía en la ociosidad, se mostraba
caprichoso y conservaba una multitud de viejas costumbres pasablemente dispendiosas.
Era terriblemente difícil de contentar, sobre todo en la mesa, y sus aires eran siempre los
de un verdadero déspota. Pero mi madre, mi hermana, Tatiana Pav1ovna y toda la familia
del difunto Andronikov (un jefe de oficina muerto tres meses antes y que llevaba también
los asuntos de Versilov), comprendiendo una infinidad de mujeres, estaban de rodillas
delante de él como delante de un fetiche. Yo no podía figurarme espectáculo semejante.
Debo decir que nueve años antes él era infinitamente más seductor. He dicho ya que se
me aparecía en mis sueños con una especie de aureola, y además me costaba trabajo creer
que hubiese podido envejecer y estropearse hasta aquel punto en nueve años escasos;
experimenté por ello inmediatamente pena, lástima y vergüenza. Entre mis primeras
impresiones de llegada, la de verle a él fue una de las más penosas. Distaba mucho de ser
un anciano, apenas tenía cuarenta y cinco años. Examinándolo más de cerca, descubrí en
su belleza algo más impresionante aún que lo que se me había quedado en la memoria.
Menos brillo, menos apariencia, menos rebuscamiento, pero la vida había marcado aquel
rostro con un no sé qué mucho más curioso que antaño.
Sin embargo, la miseria no era más que la décima o vigésima parte de sus desgracias;
eso yo lo sabía muy bien. Además de la miseria, había algo infinitamente más grave, sin
hablar de la esperanza que él conservaba aún de ganar un proceso entablado desde hacía
un año contra los príncipes Sokolski a propósito de una herencia, y que podía reportarle
en breve plazo una hacienda de setenta mil rublos y quizá más. Ya he dicho más arriba
que este Versilov se había tragado en su vida tres herencias: ¡una vez más iba a sér
salvado por otra! El asunto debía decidirse muy en breve. Yo había llegado con aquella
esperanza. Únicamente que nadie prestaba dinero contando con una simple esperanza, no
había nadie a quien pedirle prestado; mientras se aguardaba, había que sufrir.
Por lo demás, Versilov no iba a pedirle nada a nadie, aunque a veces estuviese todo el
día fuera de casa. Hacía más de un año que lo habían expulsado de la buena sociedad.
Aquella historia, a pesar de todos sus esfuerzos, seguía estando para mí inexplicada, no
obstante llevar ya más de un mes en Petersburgo. ¿Versilov era culpable o no? ¡Aquello
era lo que me importaba y por lo que yo estaba a11í! Todo el mundo le había vuelto la
espalda, entre otros todos los personajes influyentes con los que siempre había sabido
mantener relaciones. La causa eran ciertos rumores relativos a la conducta extremadamente
baja y, lo que es peor a los ojos del mundo, extremadamente escandalosa, de la
que se habría hecho culpable poco más de un año antes en Alemania, habiendo recibido
entonces de forma muy ostentosa una bofetada justamente de un príncípe Sokolski, al
cual no habría respondido con un desafío. Incluso su prole (legítima), su hijo y su hija, le
habían vuelto la espalda y vivían separados de él. Cierto que este hijo y esta hija
frecuentaban los medios más elevados de la buena sociedad, por su parentesco con los
Fanariotov y el viejo príncipe Sokolski (ex amigo de Versilov). En realidad, al
examinarlo en el curso de aquel mes, vi a un hombre orgulloso al que la sociedad no
había excluido de su seno, sino que más bien era él quien había rechazado de su vera a la
sociedad, ¡tan índependiente era el aire que tenía! Pero ¿tenía derecho a adoptar aquel
aire? Eso era lo que me turbaba. Yo tenía que saber forzosamente toda la verdad en el
plazo más breve posible, porque yo había venido a juzgar a aquel hombre. Yo le ocultaba
todavía mis fuerzas, pero me era preciso o bien adoptarlo, o bien rechazarlo enteramente.
La segunda solución me habría resultado demasiado penosa, y de esta forma me atormentaba
a mí mismo. Haré, en fin, una confesión: ¡quería a aquel hombre!
De momento vivía con ellos, en su mismo alojamiento, trabajaba y a duras penas
refrenaba mis groserías. No es que me abstuviese de ellas enteramente. Después de
transcurrido un mes, estaba cada día más convencido de que la explicación definitiva no
tenía que pedírsela a él. Aquel hombre orgulloso se erguía delante de mí como un
enigma, profundamente ofensivo. Conmigo se mostraba incluso amable y complaciente,
pero yo habría preferido las disputas a las bromas. Todas mis conversaciones con él
tenían siempre no sé qué ambigüedad, o sencillamente no sé qué ironía singular por su
parte. Desde el principio, a mi llegada de Moscu, no me había tomado en serio. Yo no
llegaba a comprender por qué obraba él así. Sin duda, había conseguido aquel resultado
consistente en permanecer impenetrable ante mí; pero, por mi parte, yo no me habría
rebajado jamás pidiéndole que me tratase más en serio. Además, él tenía procedimientos
sorprendentes a imperiosos ante los cuales yo no sabía qué hacer. En una palabra, me trataba
como al último de los mocosos, cosa que me costaba trabajo soportar, aun sabiendo
que aquello debía ser así. Consiguientemente, dejé incluso de hablar- casi en absoluto. Yo
esperaba a una persona cuya llegada a Petersburgo podría descubrirme definitivamente la
verdad: en eso estribaba mi última esperanza. De todos modos, me preparaba a romper
definitivamente y tomé todas las medidas necesarias para eso. Mi madre me daba lástima,
pero… «o él, o yo»: he ahí lo que, quería proponerle, a ella y a mi hermana. El día incluso
estaba fijado; mientras tanto, yo iba a mi oficina.
CAPÍTULO II
I
Aquel día diecinueve, yo debía también percibir mi primer mes de sueldo en casa del
«partícular» en cuestión. No sé me había pedido mi opinión sobre aquella colocación, se
me había entregado simplemente, por las buenas, a mi patrón, creo, el primer día de mi
llegada. Era demasiado grosero, y casi me vi obligado a protestar. El sitio estába en casa
del viejo príncipe Sokolski. Pero protestar inmediatamente habría sido romper de golpe
con ellos, lo que no me asustaba en lo más mínimo, pero era contrario a mis objetivos
esenciales. Así, pues, acepté la colocación, esperando, sin decir palabra; defender mi
dignidad con mi silencio. Diré ahora mismo que este príncipe Sokolski, rico y consejero
privado (12), no era en forma alguna pariente de los príncipes Sokolski de Moscú
(miserables desde hacía varias generaciones) con los que Versilov estaba enfrentado en
aquel proceso. Lo único que tenían de semejante era el apellido. Sin embargo, el viejo
príncipe se interesaba mucho por ellos y quería de uná manera muy especial a uno de
ellos, el jefe por así decirlo de la familia, un oficial joven. Versilov, hasta hacía poco,
había tenido una influencia inmensa en los asuntos de aquel viejo y era su amigo, un
amigo muy singular, puesto que aquel pobre príncipe, según he podido darme cuenta, le
tenía un miedo terrible, no solamente en la época que entré a su servicio, sino también,
creo, en todo el tiempo que duró aquella amistad. Por lo demás, desde hacía tiempo, ya
no se veían; el acto deshonroso del que se acusaba a Versilov afectaba directamente a la
familia del príncipe; pero Tatiana Pavlovna se encontró alií muy a propósito y por intermedio
de ella fui colocado en casa del viejo, que quería tener a su vera « a un hombre
joven», en su despacho. Sucedió también que él tenía un gran deseo de mostrarse
agradable con Versilov, de dar en suma un primer paso hacia el otro, y que Versilov lo
apreciara. El viejo príncipe había decidido de esta forma en ausencia de su hija, viuda de
un general, que desde luego no le habría permitido hacer aquel avance. De eso se tratará
más tarde, pero anotaré en seguida que esta rareza en sus relaciones con Versilov me
impresionó en favor de éste. Yo pensaba que, si el jefe de una familia ofendida
continuaba así teniendo respeto hacia Versilov, los rumores extendidos sobre la
inmoralidad de éste debían ser falsos o por lo menos estar expuestos a interpretación.
Aquello fue to que en parte me impidió protestar: yo esperaba, al entrar en casa del príncipe,
poder comprobar todo aquello.
Esta Tatiana Pavlovna desempeñaba un raro papel en la época en que me la encontré en
Petersburgo. Casi me había olvidado de su existencia y no esperaba en absoluto que tuviese
que atribuirle semejante importancia. Me la había encoritrado tres o cuatro veces en
Moscú; ella surgía, no se sabía de dónde ni por orden de quién, cada vez que hacía falta
instalarme en alguna parte, hacerme entrar en la triste pensión Tuchard o bien, dos años y
medio más tarde, trasladarme al Instituto o bien alojarme en casa del inoividable Nicolás
Semenovitch. Una vez aparecida, se quedaba conmigo todo el día, pasaba revista a mi
ropa blanca, a mis trajes, iba conmigo al Kuznetski (13), me compraba todos los objetos
necesarios, me constituía, en una palabra, todo mi equipo, hasta el último maletín y el
último portaplumas; y, mientras hacía aquello, no cesaba de gruñirme, de regañarme, de
abrumarme de reproches, de hacerme sufrir exámenes, de proponerme como ejemplo a yo
no sé qué otros muchachos imaginarios de sus conocidos o de su parentela, todos mejores
que yo, según ella, a incluso, a fe mía, me pellizcaba, me daba verdaderos golpes, en
varias tandas y dolorosos. Después de haberme instalado y colocado, desaparecía durante
varios años sin dejar rastro. Pues bien, fue ella la que, inmediatamente después de mi llegada,
se presentó de nuevo para colocarme. Era una personilla bajita y seca, con una
naricilla puntiaguda de pájaro y ojillos penetrantes, de pájaro también. Para Versilov, era
una verdadera esclava. Estaba en adoración delante de él como delante de un Papa, pero
por convicción. Sin embargo, note bien pronto con asombro que todo el mundo sin
excepción y en todas partes la respetaba y sobre todo que todo el mundo sin excepción y
en todas partes la conocía. El viejo príncipe Sokolski tenía para ella una veneración
extraordinaria; en su familia, pasaba lo mismo; los orgullosos hijos de Versilov, también;
en casa de los Fanariotov, también. Sin embargo, ella vivía de la costura, del lavado de yo
no sé qué encajes, y trabajaba para un almacén. Nos peleamos desde la primera palabra,
porque pretendió regañarme como seis años antes; a continuación seguimos disputando
cada día; pero eso no nos impedía conversar juntos a veces y confieso que al terminar el
mes ya ella comenzaba a agradarme; esto era, pienso, a causa de la independencia de su
carácter. Por to demás, me guardé muy mucho de decírselo.
Comprendí en seguida que se me había colocado junto a aquel enfermo únicamente
para «ocuparlo» y que en eso consistía mi servicio. Naturalmente, aquello me humilló y
tomé al punto mis medidas; pero bien pronto el viejo original me causó una impresión
inesperada, como una especie de lástima, y, hacia fin de mes, sentía ya por él un raro
afecto: en todo caso, abandoné mi intención de dejarlo plantado. Por lo demás no tenía
mucho más de sesenta años. Había tenido toda una historia. Dieciocho meses antes había
sufrido un ataque: en viaje para no sé dónde, perdió la cabeza por el camino, lo que dio
lugar a una especie de escándalo del que se habló en Petersburgo. Como es conveniente
en tales casos, se le condujo instantáneamente al extranjero, pero cinco meses después
hizo su reaparición en perfecto estado de salud, únicamente que retirado. Versilov
aseguraba seriamente (y con visible calor) que lo que le había pasado no era en modo
alguno locura, sino un simple ataque de nervios. Aquel calor de Versilov, lo noté
inmediatamente. Diré por lo demás que yo casi compartía su opinión. El viejo parecía
únicamente a veces de una excesiva ligereza que no convenía en nada a su edad, lo que,
según se dice, no le pasaba antes en ningún momento. Se decía que en otros tiempos daba
yo no sé qué consejos ni dónde y que había ejecutado con mucha distinción una misión
que le había sido confiada. Conociéndole desde hacía un mes, yo no le habría supuesto
jamás capacidades especiales para ser consejero. Se había notado (aunque yo, por mi
parte, no haya observado nada) que después de su ataque había quedado afectado por la
singular manía de querer casarse lo antes posible y que, más de una vez en el curso de
aquellos dieciocho meses, había pensado realizar aquella idea. En el mundo, a1 parecer,
se sabía aquello y se estaba interesado en el asunto. Pero como aquella inclinación no
respondía apenas a los intereses de ciertas personas que le rodeaban, por todas partes se
montaba la guardia en torno al anciano. Su familia no era numerosa; hacía ya veinte años
que.él estaba viudo y no tenía más que una hija única, aquella viuda de general que se
esperaba que llegase de Moscú de un día a otro, una persona joven cuyo carácter él temía
visiblemente. Pero tenía una masa de parientes lejanos, sobre todo por parte de su difunta
esposa, y todos los cuales estaban, por así decirlo, en la miseria; además de eso, existía la
multitud de sus pupilos varones y hembras, objetos de sus beneficencias, y todos los
cuales aguardaban una pequeña parte en el testamento y por consiguiente ayudaban a la
generala a vigilar al anciano. Tenía éste además, desde su juventud, una singularidad de
la que no sabría decir si era ridícula o no: la de casar a muchachas pobres. Las casaba
desde hacía veinticinco años: parientes lejanos, nietas de primos hermanos de su mujer,
ahijadas, y hasta la hija de su portero. Empezaba trayéndolas a su lado, muy niñas
todavía, las hacía educar por institutrices y criadas francesas, luego las enviaba a los
mejores establecimientos de instrucción, y por fin las dotaba. Todo aquel mundo giraba
perpetuamente en torno a él. Naturalmente, las pupilas, una vez casadas, tenían a su vez
hijas, todas estas hijas aspiraban también a su protección, en todas partes era padrino,
todo aquel mundo venía a felicitarle en su fiesta y todo aquello le resultaba
extremadamente agradable.
Una vez en su casa, noté en seguida que en el cerebro del anciano se albergaba una
convicción – era imposible no notarlo -, a saber que la gente le consideraba ahora con un
aire extraño, que no se le trataba ya como antes, cuando el estado de su salud era
perfecto; esa impresión no le abandonaba jamás, ni siquiera en las reuniones mundanas
más alegres. El anciano se hizo susceptible; notaba algo en todos los ojos. La idea de que
se le tuviese aún por loco le atormentaba visiblemente; incluso a mí mismo me miró a
veces con desconfianza. Y si alguna vez se hubiese enterado de que alguien propagaba o
confirmaba aquel rumor respecto a él, creo que ese hombre absolutamente sin rencor
alguno se habría convertido en su enemigo mortal. Esto es lo que os ruego que tengáis en
cuenta. Añadiré que esto fue también lo que me decidió desde el primer día a no tratarlo
brutalmente; incluso me sentía feliz cuando por casualidad se me presentaba la ocasión
de alegrarlo o de distraerlo; no creo que esta confesión pueda echar ninguna sombra sobre
mi dignidad.
Tenía invertida en negocios una gran parte de su fortuna. Después de su enfermedad
había adquirido una participación en una gran sociedad anónima. Por lo demás muy
sólida (14). Y aunque la empresa fuera gobernada por otros, él se interesaba también,
frecuentaba las reuniones de los accionistas, se hizo elegir miembro fundador, asistía a
los consejos, pronunciaba largos discursos, refutaba, hacía ruido, con una satisfacción
manifiesta. Le encantaba pronunciar discursos: por lo menos todo el mundo podia así ver
su ingenio. Y de una manera general, incluso en su vida privada más íntima, le encantaba
enormemente colocar en su conversación algunas sentencias profundas o algunas frases
brillantes; y yo lo comprendo. Había en su palacio, en el piso inferior, una especie de
mostrador doméstico en el que un empleado se ocupaba de los negocios, hacía las cuentas
y llevaba los libros, sin dejar de gobernar la casa. Este empleado, que tenía además un
puesto oficial, era completamente suficiente, pero, por deseos del príncipe, se me colocó
junto a él, con el pretexto de ayudarle.
Ünicamente que fui trasladado en seguida a1 gabinete del príncipe, y con mucha
frecuencia no tenía delante de mí, ni siquiera para cubrir las apariencias, ni trabajo ni
papeles ni libro.
Escribo hoy como un hombre que se ha serenado hace mucho tiempo y está de vuelta
de muchas cosas; pero ¿cómo representaría yo la pena (de la que me acuerdo aún tan vivamente)
que invadía entonces mi corazón y sobre todo mi turbación de aquella época,
que me condujo a un estado tal de inquietud y de acaloramiento, que ya no dormía por las
noches, a causa de mi misma impaciencia y de los enigmas que me proponía a mí
mismo?
II
Pedir dinero es una cosa muy sucia; incluso un salario, si en alguna parte de los
repliegues de la conciencia se siente que ese salario no está bien ganado. Ahora bien, la
víspera, mi madre, cuchicheando con mi hermana a propósito de Versilov («para no
causarle pena a Andrés Petrovitch»). había manifestado su intención de llevar al Monte
de Piedad un icono al que ella estimaba mucho. Yo tenía un salario de cincuenta rublos
por mes, pero ignoraba en absoluto cómo lo percibiría; al colocarme, no se había
precisado nada. Tres días después, al encontrarme abajo con el empleado, le pregunté
dónde podría hacer que me pagaran. El otro me miró con una sonrisa de hombre
asombrado (no me tenía la menor simpatía):
-¿Es que tiene usted que cobrar algo?
Yo esperaba que él agregase, inmediatamente después de mi respuesta:
-¿Y por qué?
Pero se limitó a responder secamente:
-No sé nada -sumergiéndose luego en su libro rayado al que iba volcando cuentas
escritas en tiras de papel.
Por lo demás, él bien sabía que yo realizaba algún trabajo, a pesar de todo. Quince días
antes, me había llevado exactamente cuatro días ocupado en un trabajo que él mismo me
encargó: copiar en limpio un borrador. Había sido preciso redactarlo casi todo de nuevo.
Era un amasijo de « ideas» del príncipe, ideas que se disponía a presentar al comité de los
accionistas. De todo aquello había que componer un todo, y arreglar el estilo. A
continuación el príncipe y yo nos pasamos todo un día hablando de aquel documento, y
discutió muy vivamente conmigo; pero se quedó satisfecho. Solamente ignoro si el
escrito fue remitido o no. No mencionaré dos o tres cartas de negocios que escribí
también a petición suya.
Si me fastidiaba lo de pedir mi salario, era porque había resuelto dejar la colocación,
presintiendo que me vería obligado a irme también de allí, a causa de ciertas
circunstancias inevitables. Aquella mañana, una vez despierto y dispuesto a vestirme en
el piso alto, en mi habitacioncita, sentí que el corazón me latía con fuerza y tuve que
imponerme a mí mismo para fingir indiferencia, pero al entrar en las habitaciones del
príncipe, volví a sentir todavía la misma turbación: aquella mañana debería llegar la
persona, la mujer de la que yo aguardaba la explicación de todo lo que me atormentaba.
Era la hija del príncipe, la generala Akhmakova, aquella viuda joven de la que ya he
hablado y que estaba en guerra abierta con Versilov. ¡He escrito ese nombre por fin!
Naturalmente yo no la había visto nunca y no podía figurarme cómo le hablaría ni si le
hablaría; pero me parecía (quizá con razones suficientes) que con su venida se disiparían
las tinieblas que, a mis ojos, rodeaban a Versilov. No podía estar tranquilo: era un terrible
fracaso encontrarse desde el primer momento tan cobarde y tan torpe; era terriblemente
curioso y sobre todo odioso: tres impresiones a la vez. Aquel día lo recuerdo con todo
detalle.
Mi príncipe no sabía nada aún de la llegada probable de su hija. No la aguardaba antes
de una semana. Yo me había enterado la víspera y totalmente por azar: Tatiana Pavlovna,
que había recibido una carta de la generala, había dejado escapar su secreto delante de
mí, hablando con mi madre. En vano se habían esforzado en hablar en voz baja y con
términos vagos; yo lo había adivinado todo. No es que estuviese escuchando, eso es
evidente; pero no pude menos que poner el oído alerta cuando vi de repente hasta qué
punto mi madre se turbaba al enterarse de la llegada próxima de aquella mujer. Versilov
no estaba en casa.
Yo no quería avisar al anciano, porque había podido notar durante todo aquel tiempo
cómo temía él aquella llegada. E incluso, tres días antes, se había dejado decir, tímida y
vagamente, que aquella llegada la temía por mí, o más bien que por mi causa habría una
discusión. Debo añadir sin embargo que, con respecto a su familia, conservaba su
independencia y su superioridad, sobre todo en asuntos de dinero. Mi primera conclusión
respecto a él fue que no era más que una mujercilla; pero en seguida tuve que enmendar
aquel juicio en el sentido de que, si era una mujercilla, le quedaba sin embargo a veces
una cierta terquedad, a falta de virilidad verdadera.
Había instantes en los que, con su carácter en apariencia cobarde y maleable, se ponía
casi insufrible. Versilov me explicó la cosa en seguida más detalladamente. Anoto ahora
con curiosidad que casi nunca hablábamos de la generala, por así decirlo evitábamos
hablar de ella: era yo sobre todo quien lo evitaba, y él a su vez evitaba hablar de Versilov,
y yo adivinaba que no me respondería en caso de hacerle una de esas preguntas delicadas
sobre cosas que me intrigaban tanto.
Si se quiere saber de qué hablamos durante todo aquel mes, responderé: en resumen, de
todo, pero siempre de cosas raras. Lo que me agradaba mucho era la extrema
bonachonería con la que me trataba. A veces yo consideraba a aquel hombre con un
asombro extremado y me preguntaba: « ¿Dónde ha podido encajar bien? En el Instituto,
en el cuarto curso por ejemplo, habría sido un camarada encantador.» Yo estaba también
impresionado por su rostro: parecía extraordinariamente serio (y casi guapo), seco;
cabellos rizados, blancos, espesos, ojos abiertos; en toda su persona era enjuto, de buena
estatura; pero su rostro tenía la particularidad más bien desagradable, casi inconveniente,
de pasar de pronto de una seriedad extrema a una alegría excesiva, que el que le veía por
primera vez no habría podido prever jamás. Se lo dije a Versilov, que me escuchó con
curiosidad; sin duda no me creía capaz de hacer tales observaciones; pero indicó como de
paso que eso le acontecía al príncipe desde su enfermedad y en la época más reciente.
Con frecuencia hablábamos de dos temas abstractos: Dios y su existencia – ¿existe o
no? – y de las mujeres. El príncïpe era muy religioso y muy sensible. Tenía en su
despacho un inmenso armario de iconos con una lámpara. Pero en ciertos rnomentos le
asaltaba la murria y se ponía de golpe y porrazo a dudar de la existencia de Dios, y decía
cosas sorprendentes, para provocar mi réplica. Yo era bastante indiferente, de una manera
general, a aquella idea, pero esto no impedía que nos enzarzásemos los dos y siempre
sinceramente. Por lo demás, todas aquellas conversaciones me han dejado, hasta hoy día,
un recuerdo agradable. Sin embargo, lo más agradable para él era charlar sobre las
mujeres, y como, no gustándome apenas ese tema de conversación, yo no podía ser un
buen interlocutor, a veces se mostraba dolido por eso.
Se puso justamente a hablar de ese tema desde el momento en que llegué a su casa
aquella mañana. Me lo encontré de muy buen humor, siendo así que la víspera lo había
dejado extremadamente cariacontecido. Ahora bien, me hacía una falta enorme resolver
aquel mismo día la cuestión de mi salario, antes de la llegada de ciertas personas. Yo
preveía que aquel día seríamos seguramente interrumpidos (no en vano me latía tan
fuertemente el corazón); y entonces no tendría quizá valor para hablar de dinero. Pero
como la conversación no recaía sobre el dinero, me enfurecí naturalmente contra mi estupidez
y, me acuerdo muy bien de ello, por reacción contra alguna pregunta suya
verdaderamente demasiado alegre, le expuse mis ideas sobre las mujeres de un solo tirón
y con una vivacidad extraordinaria. Resultó así que .se desbocó todavía más y siempre a
mi costa.
III
… No me gustan las mujeres, porque son groseras, porque son torpes, porque no tienen
iniciativa y porque llevan un vestido absurdo.
Tal fue la conclusión desordenada de mi larga parrafada.
-¡Piedad para ellas, querido mío! – exclamó él, terriblemente divertido, lo que me
enfureció aún más.
Soy conciliador y minucioso solamente en las cosas pequeñas; en las grandes no cedo
jamás. En las cosas pequeñas, en vagas actitudes mundanas, se puede hacer de mí todo lo
que se quiera, y maldigo siempre ese rasgo de mi carácter. Por no sé qué infecta
bonachonería, he estado a veces dispuesto a aprobar incluso a un fatuo mundano,
únicamente porque me sentía encantado por su cortesía, o a emprender una discusión con
un imbécil, cosa que es de lo más imperdonable. Todo eso a causa de no saberme
contener y porque he crecido en mi rincón. Uno se va furioso y jura no volver a empezar,
pero al día siguiente es la misma historia. He ahí por qué se me ha tratado a veces como a
un chiquillo de dieciséis años. Pero en lugar de adquirir el dominio de mí mismo,
prefiero, aun hoy día, encerrarme más y más en mi rincón, aunque sea en la forma más
misántropa: « ¡Torpe si queréis, pero os digo adiós! » Y lo digo en serio y para siempre.
Por lo demás, no escribo esto en absoluto a propósito del príncipe, ni a propósito de la
conversación de marras.
No estoy hablando para divertirle a usted – casi le grité -. Expreso sencillamente mi
opinión.
-Pero ¿en qué son groseras las mujeres y por qué están vestidas de una manera absurda?
Eso es lo que me parece nuevo.
-Son groseras. Vaya usted al teatro, vaya al paseo. Todos los hombres saben caminar
por la derecha, se llega a un cruce y se cede el paso, yo cojo por la derecha y el otro
también. La mujer, quiero decir la señora, porque estoy hablando de las señoras, arremete
contra uno sin mirarlo siquiera, como sí estuviésemos obligados a desviarnos para
cederles el sitio. Yo estoy dispuesto a ceder ante una criatura más débil, pero aquí no es
cuestión de derecho. ¿Por qué está ella tan segura de que estoy obligado a hacerlo? ¡He
ahí lo indignante! En esos encuentros escupo siempre de disgusto. Después de lo cual,
ellas gritan que se las humilla, reclaman la igualdad. ¡La igualdad! ¡Cuando me empujan
o me llenan la boca de polvo!
-¡De polvo!
-Sí. Porque van vestidas de una manera inconveniente. Hay que ser tan depravado para
no notarlo. En los tribunales se hacen los juicios a puerta cerrada cuando se va a tratar de
cosas inconvenientes: ¿por qué se permiten esas cosas en la calle, donde el público es aún
más numeroso?
»Se cuélgan ostensiblemente polisones en el trasero, para demostrar que son mujeres
guapas. ¡Ostensiblemente! Yo no puedo dejar de notarlo, los muchachos lo notan
también, el niño, el jovencito que empieza, también lo nota. Es una infamia. ¡Que los
viejos libertinos las admiren y corran detrás con la lengua afuera, ¡sea!, pero hay una
juventud pura, a la que es preciso preservar. No queda más que escupir de disgusto. Va
andando por el bulevar y detrás de ella una cola de un metro barre el polvo. Usted, que va
detrás, tiene que salir corriendo para rebasarla o bien dar un salto de costadillo, de lo
contrario ella le meterá en la boca y en la nariz dos kilos de polvo. A más de eso, esa
seda, la pasea ella sobre los guijarros durante tres kilómetros, simplemente para obedecer
a la moda, y su marido gana quinientos rublos por año en el Senado: ¡he ahí de donde
vienen todos los tiestos! Yo escupo encima, escupo ruidosamente y suelto un juramento.
Anoto esta conversación de manera un poco humorística y con mi vivacidad de
entonces; pero las ideas siguen siendo aún las mías.
-¿Y no te ha pasado nada? – se interesa el príncipe.
-Escupo y paso. Naturalmente, ella comprende, pero no lo deja entrever, avanza
majestuosamente sin volver la cabeza. Una solo vez he disputado muy en serio con dos
mujeres, las dos con cola, en el bulevar, sin palabras feas, desde luego, solamente he
hecho la observación en voz alto de que aquellas colas me ofendían.
-¿Así lo dijiste?
-Desde luego. Ante todo, ese tipo de mujer traspasa las reglas de la buena sociedad.
Además levanta polvo, y el bulevar es para todo el mundo: yo me paseo por él, otro se
pasea, un tercero… Fedor, Iván, poco importa. Eso es lo que dije. Y por lo general no me
gusta el andar de las mujeres, vistas de espalda; lo he dicho también, pero por alusión.
-Pero, amigo mío, puedes buscarte un 1ío desagradable. Podrían llevarte ante el juez de
paz.
-¡Imposible! ¿De qué podían ellas quejarse? Un hombre pasa a su lado y va hablando
solo. Cada cual tiene derecho a expresar sus opiniones en voz alto. Yo hablaba en
abstracto, sin dirigirma a ellas. Son ellas las que me han atacado: ellas se han puesto a
decir palabras gruesas mucho más feas que las mías; que yo era un vago, que debían
dejarme sin postre, que era un nihilista, que se me debía llevar al calabozo municipal, que
las había insultado porque eran solas y débiles y que, si hubiesen tenido un hombre con
ellas, me habría escapado aprisa y corriendo. Declaré fríamente que sería mejor que me
dejasen tranquilo y yo pasaría por el otro lado. Pero, para demostrarles que no tenía
miedo de sus maridos y que estaba dispuesto a aceptar el desafío, las seguiría a veinte
pasos hasta sus casas, luego me apostaría delante de su puerta y aguardaría a11í a sus
maridos. Eso es lo que hice.
-¿Es posible?
-Desde luego. Era una tontería, pero yo estaba rabioso. Ellas me arrastraron así más de
tres kilómetros, con un color tórrido, hasta los Institutos de señoritas. En seguída entraron
en una casa de madera sin pisos, muy decorosa, tengo que reconocerlo, en las ventanas de
la cual se veían muchas flores, dos canarios, tres perritos y grabados puestos en sus
marcos. Me quedé una media hora delante de la casa, en plena calle. Ellas miraron tres
veces a hurtadillas, luego bajaron todas las persianas. Por fin, por una puertecita salió un
funcionario de edad madura. A juzgar por su aspecto, debía de estar durmiendo y lo
habían despertado a propio intento; estaba con ropa de dormir o, por lo menos, vestido
muy sumariamente; se apostó ante la puertecilla, con las manos detrás de la espalda, y se
dedicó a mirarme; yo le miraba. Luego él apartó la vista, me miró después una vez más, y
de pronto me sonrió. Volví la espalda y me fui.
-¡Pero, amigo mío, eso es Schiller! (15). Una cosa me ha asombrado siempre: tienes las
mejillas rojas, la cara te brilla de salud, y… semejante…, sí, se le puede llamar así, ¡semejante
repugnancia hacia las mujeres! ¿Es posible que la mujer no te produzca, a tu edad,
una cierta impresión? Yo. mon cher yo no tenía más que once años cuando mi preceptor
me hacía observar que miraba demasiado de cerca las estatuas del Jardín de Verano (16).
-Está usted empeñado en que haga una visita a cualquier Josefina de esos parajes y le
traiga luego noticias. ¡Es inútil! A los trece años he visto la desnudez femenina, toda por
entero. Desde aquel momento no tengo más que rcpugnancia por ella.
-¿En serio? Pero, cher enfant (17), una mujer hermosa y joven es como una manzana.
¿Qué hay en eso de repugnante?
-En mi antigua pensión, en casa de Tuchard, antes del Instituto, yo tenía un camarada
llamado Lambert. Me pegaba siempre, pordue tenía tres años más que yo, y yo le servía y
le sacaba las botas. El día de su confirmación, el abate Rigaud vino a visitarlo con motivo
de su primera comunión; los dos se lanzaron al cuello el uno del otro con grandes llantos
y el sacerdote to estrechó contra su pecho con toda clase de gestos. Yo lloraba también, y
sentía muchos celos. Cuando su padre murió, salió de la pensión, estuve sin verle más de
dos años, y luego me lo encontré en la calle. Dijo que me vendría a ver. Yo estaba
entonces en el Instituto y vivía en casa de Nicolás Semenovitch. Vino una mañana, me
enseñó quinientos rublos y me invitó a seguirle. Por más que dos años antes me pegara,
siempre había tenido necesidad de mí, y no solamente para quitarse las botas; me contaba
todos sus asuntos. Me dijo que aquel mismo día había robado el dinero a su madre,
haciendo un duplicado de la llave de su cofrecito, porque el dinero del padre le pertenecía
legalmente y ella no tenía derecho a negárselo; que el abate Rigaud había venido la
víspera por la noche a sermonearlo: había entrado, se había colocado delante de él y se
había puesto a gimotear, fingiendo horror y levantando los brazos al cielo: «yo saqué mi
navaja y dije que iba a degollarlo» (pronunciaba degoyallo). Nos fuimos juntos al
Kuznetski. Me contó por el camino que su madre tenía relaciones con el abate Rigaud,
que él se había dado cuenta, que se ciscaba en todo, que todo lo que decían de la comunión
eran tonterías. Habló todavía muchísimo más, y a mí me daba miedo. En el
Kuznetski compró una escopeta de dos tiempos, un morral, cartuchos, una fusta y una
libra de bombones. Nos fuimos a cazar por los alrededores y por el camino nos
encontramos a un pajarero con jaulas. Lambert le compró un canario. En un bosquecillo,
soltó el canario, que no podía volar bien, al salir de la jaula, y le tiró, pero sin darle. Era
la primera vez en su vida que tiraba, pero, desde hacía mucho tiempo ya, quería comprar
una escopeta; en casa de Tuchard aquello había sido por mucho tiempo el sueño de
nosotros dos. Estaba como ahogado por la emoción. Sus cabellos eran de un negro
espantoso, la cara blanca y roja, como una máscara, la nariz larga y corva como la tienen
los franceses, los dientes blancos, los ojos negros. Ató al canario con un hilo a una rama
y, con los dos cañones, a boca de jarro, a cuatro centímetros de distancia, soltó dos
disparos que lo destrozaron en mil plumitas. En seguida deshicimos el camino, entramos
en un hotel, tomamos una habitación, comimos, y bebimos champaña. Llegó una señora…
me acuerdo que me quedé muy impresionado por el lujo de su indumentaria, su vestido
de seda verde. Allí fue donde vi todo… eso de lo que le he hablado a usted… En seguida
nos pusimos otra vez a beber y a enfadarla y a injuriarla. Estaba desnuda. Él escondió la
ropa y, cuando ella se enfadó y reclamó la ropa para vestirse, le dio con toda su fuerza un
fustazo en las espaldas desnudas. Me levanté, le cogí por los cabellos y le golpeé tan
diestramente que, al primer golpe, cayó en tierra. Se apoderó de un tenedor y me lo clavó
en el muslo. A mis gritos, la gente acudió, y pude huir. Desde entonces la desnudez me
causa horror. Y, créalo usted, era una belleza.
A medida que yo hablaba veía como la fisonomía del príncipe pasaba del regocijo a la
tristeza.
-Mon pauvre enfant! Siempre he estado convencido de que tu infancia ha conocido
muchos días desgraciados.
-No se inquiete usted por rní, se to ruego.
-Pero estabas solo, tú mismo me lo has dicho. En cuanto a ese Ambert, me has hecho
un retrato de él…: ese canario, esa confirmación con llanto sobre el pecho, y
seguidamente, un año después, esa historia de su madre con el abate… O mon cher! Esta
cuestión de la infancia es sencillamente terrible en nuestra época: mientras esas cabecitas
doradas, con sus bucles y su inocencia, en su primera infancia, evolucionan delante de
uno, mirándolo, con sus risas claras y sus ojos luminosos, se creería estar viendo ángeles
del buen Dios o pajarillos encantadores; pero más tarde… ¡más tarde sucede que mejor
habrían hecho no creciendo!
-¡Oh, príncipe, he aquí que se desanima usted! Se diría en realidad que tiene usted
hijos. Sin embargo, no los tiene ni los tendrá nunca.
-Tiens! – y todo su rostro cambió de pronto -. justamente Alexandra Petrovna, anteayer,
¡ja, ja! Alexandra Petrovna Sinitskaia, tú debes de haberla encontrado aquí hace tres
semanas, figúrate que anteayer, a mi observación burlona de que, si yo me casaba ahora,
podría estar seguro por lo menos de no tener hijos, me replicó súbitamente, casi con una
especie de rabia: «Al contrario, usted los tendrá, la gente como usted es la que los tiene
oblígatoriamente, y vendrán dentro del primer año, ya lo verá.» ¡Ja, ja! Todo el mundo se
figura, no sé por qué, que voy a casarme. En fin, aunque esto se diga con malignidad,
confiesa que es ingenioso.
-Ingenioso, pero ofensivo.
-Oh, cher enfant, hay gente con la que no se puede uno ofender. Lo que aprecio más en
la gente es el ingenio, que por lo visto está en vías de desaparecer. Pero, ¿es que hay que
echar cuenta de lo que pueda decir Alexandra Petrovna?
-¿Cómo, que ha dicho usted? Hay gente con la que no se puede… ¡Está muy bien eso!
No todo hombre merece que se le preste atención. ¡Regla admirable! Justamente es una
regla así la que yo necesito. Voy a anotarla. Príncipe, de vez en cuando dice usted cosas
maravillosas.
Todo su rostro se iluminó.
-Nest-ce pas? Cher enfant, el verdadero ingenio desaparece, y cada día más. Eh mais…
C’est moi qui connais les femmes. Créeme, la vida de toda mujer, cualesquiera que sean
sus palabras, no es más que la búsqueda eterna de un amo… Una sed de obediencia, por
decirlo así. Y, nótalo bien, sin la menor excepción.
-¡Absolutamente justo, admirable! -exclamé yo, entusiasmado.
En otro momento cualquiera, nos habríamos lanzado inmediatamente a consideraciones
filosóficas sobre este tema, a lo menos durante una hora larga, pero de repente me sentí
como mordido y me ruboricé hasta la raíz de los cabellos. Me pareció que, alabando sus
frases brillantes, yo lo halagaba por su dinero y que, de todos modos, se quedaría
persuadido de aquello cuando le formulase mi petición. Por eso menciono el hecho aquí.
-Príncipe, le quedaría muy reconocido si me hiciera entregar hoy mismo los cincuenta
rublos que me debe de este mes – dije de una tirada y con una irritación que rozaba la
grosería.
Me acuerdo (porque se me ha quedado impresa er la memoria toda aquella mañana
hasta en sus menores detalles) que entonces se produjo entre nosotros una escena odiosa,
por su realismo. Al principio, no me comprendió, me miró largo rato, sin llegar a
entender de qué dinero quería yo hablarle. Era evidente que ni siquiera tenía la más
mínima idea de que yo percibiese un salario. ¿Y por qué, por otra parte? Es cierto que en
seguida me aseguró que se había olvidado y que, inmediatamente después de haber
comprendido, sacó instantáneamente cincuenta rublos, apresurándose a incluso
poniéndose colorado. Viendo aquello, me levanté y declaré categóricametite que ahora ya
no podía yo aceptar dinero alguno, que si se me había hablado de un sueldo, era sin duda
error o engaño, para que yo no me negase a aceptar el puesto, y que yo comprendía ahora
demasiado bien que no tenía nada que percibir, puesto que nada tenía que hacer. El
príncipe se asustó y se esforzó en persuadirme de que yo le prestaba servicios inmensos,
que se los prestaría todavía más y que cincuenta rublos eran una suma tan ínfima, que,
por el contrario, me la aumentaría, porque era deber suyo, y que él mismo se había puesto
de acuerdo con Tatiana Pavlovna, pero que había cometido «un olvido imperdonable».
Estallé y declaré definitivamente que me deshonraría percibiendo dinero por relatos
escandalosos sobre la manera como había acompañado a dos suripantas hasta los
Institutos, que yo no estaba a su servicio para divertirle, sino para trabajar en serio, que, si
él no tenía trabajo, era preciso poner punto final, etc., etc. Yo no tenía la menor idea de
que uno pudiese asustarse tanto como él se asustó después de aquellas palabras.
Evidentemente, el asunto terminó de esta forma: dejé de protestar, y él me metió entre las
manos, a pesar de todo, aquellos cincuenta rublos. ¡Todavía me acuerdo con la frente
llena de vergüenza habérselos aceptado! En este mundo todo termina con alguna bajeza.
Y, lo que es peor, casi llegó a demostrarme que yo había ganado indiscutiblemente aquel
dinero, y cometí la estupidez de creerlo. Me parecía absolutamente imposible no
tomarlos.
-Cher, cher enfant! – exclamaba abrazándome y cubriéndome de besos (lo confieso, yo
estaba a punto de llorar, el diablo sabe por qué, pero me contuve a incluso hoy día, al
escribir, el rubor me sube a la cara) -. Querido amigo, tú eres para mí casi un hijo, tú te
has convertido durante este mes en un pedazo de mi corazón. En el «gran mundo» no hay
más que el «gran mundo» y nada más. Catalina Nicolaievna – su hija – es una mujer
brillante y estoy orgulloso de ella, pero con mucha frecuencia, querido mío, ella me
hiere… En cuanto a esas muchachas (elles sont charmantes) y a sus madres, que vienen a
felicitarme en mai onomástica, se traen consigo sus labores y son incapaces de decir una
palabra. Tengo ya, hechos por ellas, docenas de cojines, siempre con perros y ciervos.
Las quiero mucho, pero contigo me siento casi como con un hijo, o, mejor, con un
hermano y me gusta sobre todo cuando me replicas… Tú tienes letras, tú has leído, tú eres
capaz de entusiasmo…
-No he leído nada y no tengo letras en absoluto. He leído todo lo que me ha caído en las
manos, y estos dos últimos años no he leído nada de nada y nunca leeré ya.
-¿Y por qué eso?
-Mis propósitos son otros.
–Cher…, será una lástima si, al fin de tu vida, te dices como yo: Je sais tout, mais je ne
sais rien de bon. ¡No sé verdaderamente para qué he vivido! Pero… te debo tanto… quería
incluso…
Se interrumpió de repente, se ensombreció, y se quedó pensativo. Después de cualquier
arrebato (y esos arrebatos podían ocurrirle en cualquier instante, Dios sabe por qué motivo),
solía perder durante cierto tiempo la facultad de razonar y de comportarse; por lo
demás, se recuperaba tan rápidamente y de una manera tan total, que todo aquello no le
causaba demasiado daño. Nos quedamos así por espacio de un minuto. Su labio inferior,
muy ancho, le colgaba completamente… Lo que más me asombraba, era que hubiese
nombrado a su hija, y sobre todo con tanta franqueza. Se lo atribuía al desarreglo de su
espíritu.
-Cher enfant, no me tomarás a mal, ¿verdad?, que te hable de tú – soltó de improviso.
En lo más mínimo. Al principio, las primeras veces, lo confieso, la cosa me chocó un
poco y quería hablarle a usted también de tú. Pero después he visto que era una tontería,
puesto que usted no me tuteaba para humillarme.
Ya no me escuchaba y había olvidado su pregunta.
-Bueno, ¿y tu padre?
Bruscamente alzó hacia mí su mirada pensativa.
Me estremecí. Por lo pronto, llamaba a Versilov mi padre, cosa que no se permitía
hacer jamás conmigo; además, era él el primero que había hablado de, Versilov, lo que no
ocurría nunca.
-¡Está sin dinero y se lo llevan los diablos! -respondí secamente, pero ardiendo de
curiosidad.
-Sí, sin dinero. Hoy precisamente va su asunto al tribunal de apelación, y estoy
esperando el príncipe Sergio para ver qué me dice. Me ha prometido que vendrá
directamente desde el tribunal aquí. Hoy se decide el destino de todos ellos: se trata de
sesenta mil o de ochenta mil. Evidentemente, yo siempre le he tenido simpatía a Andrés
Petrovitch (es decir, a Versilov), y creo qua será él quien ganará, pero los príncipes se
quedarán sin nada. ¡Es la ley!
-¿Hoy? -exclamé estupefacto.
La idea de que Versilov ni siquiera se había dignado comunicarme esta noticia me
llenaba de estupor. «Entonces no ha dicho nada a mi madre, ni a nadie quizá – pensé yo al
punto -. ¡Vaya un carácter! »
-¿Y el príncipe Sokolski está en Petersburgo? -De golpe y porrazo se me había ocurrido
una idea muy distinta.
-Desde ayer. Ha venido directamente de Berlín, especialmente para este día.
Otra noticia de extrema importancia para mí. «Y vendrá hoy, el mismo individuo que le
dio a él una bofetada»
-Bueno – la fisonomía del príncipe cambió súbitamente -, continuará predicando, y sin
duda… cortejará a las jóvenes, a las muchachitas sin experiencia. ¡Ja, ja! A propósito de
esto, tengo una anécdota muy divertida… ¡Ja, ja!
-¿Quién predica? ¿Quién corteja a las muchachas?
-¡Andrés Petrovitch! ¿Podrás creerlo? Entonces estaba pendiente de todos nosotros:
¿qué comemos?, ¿en qué pensamos? O cosas por el estilo. Nos llegaba a dar miedo: «Si
sois religiosos, ¿por qué no entráis en el convento?» ¡Ni más ni menos! Mais quelle idée!
Quizá tenía razón, pero ¿no era algo demasiado riguroso? A mí sobre todo, a mí era cosa
que le encantaba asustarme con el juicio final.
-Yo no he notado nada de esa índole, y, sin embargo, hace ya un mes que estamos
viviendo juntos – respondí con impaciencia.
Estaba muy molesto al ver que no se recuperaba del todo y que balbuceaba sin orden ni
concierto.
-Entonces es que ahora ya no lo dice, pero, créelo, es completamente cierto. Es un
hombre espiritual, indudablemente, y de una ciencia profunda; pero ¿tiene la cabeza en su
sitio? Todo eso le ha pasado después de sus tres años de estancia en el extranjero. Y to
confieso, me sentí trastornado… como todo el mundo, por otra parte… Cher enfant, j’aime
le bon Dieu… yo creo, creo todo lo que me es posible creer, pero en aquellos momentos…
me hizo salir de mis casillas. Admitamos que empleé un procedimiento poco
caballeresco, pero lo hice adrede, por despecho, y por lo demás, en el fondo, mi objeción
era tan seria como lo ha sido siempre desde el principio del mundo: «Si existe un Ser
Supremo, le decía yo, y si existe personalmente, y no bajo la forma de un espíritu
repartido a través de la creación, bajo la forma de un líquido por ejemplo (porque.
entonces es todavía más difícil de comprender), ¿dónde reside, pues? Amigo mío, c’était
béte, sin duda alguna, pero ¿es que todas las objeciones no vienen a desembocar ahí? Un
domicile, es una cosa grave. Se enfadó terriblemente. Era que allá abajo se había
convertido al catolicismo.
-También yo to he oído decir. Seguramente es una mentira.
-Te lo garantizo, por lo que haya de más sagrado. Obsérvalo bien… Por lo demás, tú
mismo dices que ha cambiado. Pues bien, en el momento que nos atormentaba tanto,
¿podrás creerlo?, se daba aires de santo, ¡no le faltaban más que los milagros; Nos pedía
cuentas de nuestra conducta, ¡te lo juro! ¡Milagros! En voilà une autre! Todo lo monje o
ermitaño que quieras, pero el caso es que se paseaba con traje de paisano y todo lo
demás… ¡y después de eso, milagros! Extraño deseo para un hombre de mundo y, lo
confieso, un gusto raro. No digo… desde luego, son cosas sagradas, y todo puede suceder…
Además, todo eso, es de l’inconnu, pero para un hombre de mundo es incluso una
inconveniencia. Si la cosa me sucediera a mí, o si se me ofreciera, yo rehusaría, lo juro.
Supongamos por ejemplo que ceno hoy en el círculo, que en seguida, de golpe y porrazo,
he aquí que me pongo a hacer milagros. ¡Se reirían de mí! Es lo que le dije entonces…
Llevaba cadenas (18 ).
Enrojecí de cólera.
-¿Las vio usted esas cadenas?
-No es que las viera, pero…
-Entonces, se lo digo a usted, son mentiras, no es más que un amasijo de viles
comadreos, una calumnia de enemigos, o más bien de un enemigo, principal a inhumano,
puesto que él. no tiene más que un enemigo, ¡y es su hija de usted!
El príncipe estalló a su vez.
-Mon cher, te to ruego, a insisto en ello, te encarezco que, a partir de hoy, el nombre de
mi hija no se pronuncie jamás delante de mí a propósito de esa historia infame.
Hice ademán de levantarme. Ël estaba fuera de sí; le temblaba la barbilla.
-Cette histoire infâme!… Yo no me la creía, no he querido jamás creer en eso… Pero…
me lo han dicho: créeme, créeme, yo…
En aquel momento entró un criado y anunció una visita. Me volví a sentar.
IV
Entraron dos señoras, o más bien dos muchachas. Una era la nieta de un primo hermano
de la difunta mujer del príncipe, o algo por el estilo, protegida suya, a la cual le había
otorgado ya una dote y que (lo anoto para el porvenir) tenía ya fortuna; la segunda era
Ana Andreievna Versilova, hija de Versilov, tres años mayor que yo y que vivía con su
hermano en casa de los Fanariotova, no habiéndola yo visto hasta ahora más que una sola
vez, de paso, en la calle, aunque, por otra parte, tuve unas palabras, también de paso, en
Moscú, con su hermano (es muy posible que más ádelante mencione esta escaramuza, si
tengo ocasión, porque en el fondo no vale la pena). Esta Ana Andreievna había sido
desde su infancia la gran favorita del príncipe (las relaciones de Versilov con el príncipe
se habían iniciado hacía muchísimo tiempo). Yo estaba tan turbado por lo que acababa de
suceder, que, a su entrada, ni siquiera me levanté, aunque el príncipe se hubiese levantado
para acogerlas; después pensé que ya sería vergonzoso levantarse, y me quedé en mi sitio.
Sobre todo estaba desorientado por el hecho de que el príncipe me hubiese gritado tres
minutos antes, y seguía sin saber si debía irme o no. Pero mi buen viejo lo había olvidado
ya todo, como era su costumbre, y se animó del todo, muy agradablemente, al ver a las
jóvenes. Incluso se las arregló, con una fisonomía cambiada rápidamente y un guiño de
ojos misterioso, para susurrarme a toda prisa, justo un segundo antes de que entraran:
-Observa-bien a Olimpia, mírala atentamente, muy atentamente… ya te contaré luego…
La mire con bastante atención y no le encontré nada de particular: una muchacha de una
estatura media, fuerte, con mejillas extraordinariamente rojas. Un rostro por lo demás
bastante agradable, de los que agradan a los materialistas. Quizás una expresión de
bondad, pero con sus reservas. No sería precisamente por su inteligencia por lo que
podría brillar, por lo menos en el sentido superior de la palabra, puesto que en sus ojos se
leía la astucia. No más de diecinueve años. En una palabra, nada digno de atención. En el
Instituto habríamos dicho: una pavita. (Si la describo de manera tan detallada, es
únicamente porque esto me servirá más tarde.)
Por lo demás, todo lo que he descrito hasta aquí, con tantos detalles en apariencia
inútiles, todo eso prepara la continuación y será necesario más adelante. Todo se volverá
a encontrar en su debido momento; no he encontrado medio de evitarlo; si resulto
aburrido, no me leáis.
La hija de Versilov era una persona completamente distinta. Alta, incluso un poco
delgada; un rostro ovalado y notablemente pálido, aero cabellos negros y abundantes;
ojos sombríos y grandes, la mirada profunda; labios pequeños y bermejos, una boca
fresca. La primera mujer cuyos andares no me inspiraban repugnancia; por lo demás era
fina y un poco seca. Una expresión que no era del todo bondadosa, pero seria; veintidós
años. Casi ningún parecido exterior con Versilov, y sin embargo, no sé por qué milagro,
un parecido extraordinario en la expresión, en la fisonomía. No sé si era bonita; eso es
cuestión de gusto. Las dos iban vestidas muy modestamente: nada que describir. Yo
contaba ser ofendido inmediatamente por alguna mirada o algún gesto de Versilova, y
estaba preparado; desde luego había sido bien ofendido por su hermano, en Moscú, en el
primer encuentro que tuvimos en la vida. Ella no podía conocerme de vista, pero desde
luego había oído decir que estaba en casa del príncipe. Todo lo que proyectaba o hacía el
príncipe suscitaba inmediato interés y parecía un acontecimiento en toda aquella banda de
parientes y de «postulantes»: con mucha más razón el apasionamiento súbito que había
concebido por mí. En compensación, yo sabía que el príncipe se interesaba muchísimo
por la suerte de Ana Andreievna y le buscaba un novio. Pero encontrar ese novio era más
difícil para Versilova que para las que se dedicaban a hacer labores.
Ahora bien, contra toda previsión, Versilova, después de haber estrechado la mano del
príncipe y cambiado con él algunos festivos cumplidos mundanos, me miró con una
curiosidad extrema, y, viendo que yo la miraba también, se inclinó bruscamente con una
sonrisa. En suma, acababa de entrar y se inclinaba como la que ha llegado la última, pero
aquella sonrisa era tan bondadosa, que, indudablemente, era algo querido a propio
intento. Me acuerdo de eso; experimenté una sensación asombrosamente agradable.
-Y aquí—. aquí, es mi joven y querido amigo Arcadio-Andreievitch Dol… – balbuceó el
príncipe notando que ella no había saludado, y que yo seguía sentado.
De repente se interrumpió: quizá se sintió confuso al presentarme a ella (es decir, al
preserítar el hermano a la hermana). La pavita me saludó también; pero súbitamente y de
una manera muy estúpida estallé y salté de mi asiento: un arrebato de orgullo ficticio,
absolutamente insensato; ¡siempre mi amor propio!
-Dispense, príncipe, no soy Arcadio Andreievitch, sino Arcadio Makarovitch — corté
violentamente, olvidando por completo que era preciso responder a la señora con un
saludo.
¡Al diablo aquella minucia incongruente!
-Mais. .. tiens! – exclamaba ya el príncipe, dándose con la mano en la frente.
-¿Dónde ha hecho usted sus estudios? – resonó en mis oídos la pregunta un poco tonta y
lánguida de la pavita que se había acercado muchísimo.
-En Moscú, en el Instituto.
-Ah, ya me lo habían dicho. Bueno, ¿y enseñan bien allí?
Muy bien.
Yo seguía estando de pie, y respondía como un soldado a su jefe.
Las preguntas de aquella muchacha no denotaban ciertamente mucha imaginación, pero
no por eso había dejado de encontrar algo con lo que hacer olvidar mi absurda salida de
tono y calmar la turbación del príncipe, que escuchaba ya con una sonrisa gozosa las
cosas alegres que le cuchicheaba al oído Versilova; se veía que no estaban hablando de
mí. Pero ¿por qué aquella muchacha, que me era absolutamente desconocida, había
juzgado necesario hacer olvidar mi absurda salida de tono y todo lo demás? Sin embargo,
era imposible admitir que se condujera así -conmigo sin razón: ella tenía una intención
determinada. Me examinaba con demasiada curiosidad; se hubiera dicho que deseaba que
yo también por mi parte la observase lo más posible. Todo aquello me lo dije a mí mismo
inmediatamente… y no me equivoqué.
-¿Cómo, hoy? – exclamó de repente el príncipe, saltando de su asiento.
-¿No lo sabía usted entonces? – se asombró Versilova -. Olympe!, el príncipe no sabía
que Catalina Nicolaievna llega hoy. Hemos ido a casa de ella, pensábamos que había
cogido el tren de la mañana y que estaba en casa desde hacía mucho tiempo. Pero
acabamos de encontrárnosla en el zaguán; llegaba directamente de la estación y nos ha
dicho que entremos a verle a usted; ella también va a venir de un momento a otro… ¡por
lo demás, hela aquí!
La puerta lateral se abrió y ¡apareció aquella mujer!
Yo la conocía ya de cara, por un retrato sorprendente colgado en el despacho del
principe; me había estudiado aquel retrato a lo largo de todo el mes. Frente a ella pasé en
aquel despacho tres minutos, sm apartar los ojos de su rostro ni un solo segundo. Pues
bien, sí yo no hubiese conocido el retrato y si me hubiesen preguntado después de
aquellos tres minutos: « ¿Cómo la encuentra usted? », no habría respondido nada, porque
veía turbio.
Me ha quedado de esos tres minutos el recuerdo de una mujer verdaderamente hermosa,
a la que el príncipe abrazaba y bendecía con la mano y que de repente dirigió una mirada
rápida – completamente de improviso, entrada apenas – hacia mí. Distinguí claramente
que el príncipe, sin duda señalándome, musitaba algo, con una risita, a propósito de su
nuevo secretario y pronunciaba mi nombre. Ella hizo una mueca, me lanzó una mirada
desagradable y sonrió tan insolentemente, que di un paso, me aproximé al príncipe y
balbuceé, temblando locamente, sin acabar una sola palabra, y, a lo que creo, rechinando
los dientes:
-Así pues, yo… yo tengo ahora que hacer… me voy.
Volví la espalda y salí. Nadie me dijo una palabra, ni siquiera el príncipe; todos se
limitaban a mirar. El príncipe me contó luego que yo estaba tan pálido, que él «había
tenido miedo».
¡No había por qué!
CAPÍTULO III
I
No había por qué tener miedo: una consideración superior absorbía todos los detalles,
un sentimiento potente compensaba para mí todo el resto. Salí sumido en una especie de
entusiasmo. A1 poner el pie en la calle, estaba dispuesto a echarme a cantar. Como hecha
adrede, la mañana era espléndida: sol, transeúntes, ruido, movimiento, alegría,
muchedumbre. ¿Cómo, es que esa mujer no me ha ofendido? ¿De quién habría yo
tolerado aquella mirada y aquella sonrisa insolente sin una protesta inmediata, por tonta
que fuera, poco importa, de mi parte? Y notadlo, había llegado justamente con la idea de
ofenderme lo antes posible, antes de haberme visto: yo era a sus ojos «el comisionado de
Versilov», y estaba persuadida ya en aquel momento, y lo ha seguido estando mucho
tiempo después, de que Versilov tenía entre sus manos todo el destino de ella y tenía el
medio de perderla en el momento mismo, si quisiera, gracias a un determinado
documento; por lo menos ella lo sospechaba. Era un duelo a muerte. Pues bien, sin embargo
yo no estaba ofendido. Había ofensa, pero yo no la sentía. ¿Qué digo?, estaba
incluso contento; venido para odiar, sentía incluso que empezaba a amarla. «Me pregunto
si la araña puede odiar a la mosca a la que acecha y a la que atrapa. ¡Querida mosca! Me
parece que uno quiere a su víctima; por lo menos se la puede amar. De esta manera yo,
por lo que a mí se refiere, amo a mi enemiga: estoy terriblemente contento de que sea tan
bella. Estoy terriblemente contento, señora, de que sea usted tan arrogante y tan altiva: si
fuese más modesta, tendría yo menos placer. Ha escupido usted sobre mí y yo triunfo;. si
me hubiese usted escupido efectivamente al rostro, quizá no me habría enfadado, porque
usted es mi víctima, la mía, y no la suya. ¡Qué seductora es esta idea! No, la conciencia
secreta que se tiene de su poder es infinitamente más agradable que una dominación
manifiesta. Si yo fuese rico hasta el punto de tener muchos millones, creo que encontraría
un gran placer llevando vestidos raídos y haciéndome pasar por el más miserable de los
hombres, casi por un mendigo, haciéndome despreciar y dar de empellones: la convicción
de mi riqueza me bastaría. »
He aquí cómo podría traducir mis pensamientos de entonces y mi alegría y mucho de lo
que sentía. Agregaré solamente que lo que acabo de escribir es más superficial: en
realidad, yo era más profundo y más pudibundo. Todavía ahora, soy más pudibundo en
mí mismo que en mis palabras y en mis actos. A Dios gracias.
Quizá he hecho mal en ponerme a escribir: quedan dentro de mí infinitamente más
cosas que lo que se trasluce en las palabras. El pensamiento de uno, por mezquino que
sea, en tanto que está en uno, es siempre más profundo; una vez expresado, es siempre
más ridículo y más desleal. Versilov me ha dicho que lo contrario no sucede más que en
la gente malvada. Éstos no hacen más que mentir, eso les resulta fácil; en cuanto a mí, me
esfuerzo en escribir toda la verdad: ¡es terriblemente difícil!
II
Aquel 19 hice aún otra gestión.
Por primera vez desde mi llegada, me veía teniendo dinero en el bolsillo, puesto que los
sesenta rublos reunidos en dos años se los había dado a mi madre, como ya he dicho más
arriba; desde hacía algunos días, había decidido realizar, el día en que percibiese mi
sueldo, una «experiencia» en la que pensaba desde hacía mucho tiempo. La víspera, había
recortado de un periódico un anuncio de «el secretario ministerial en el consejo de los
jueces de paz de San Petersburgo», etc., diciendo qu.e « este diecinueve de septiembre, a
mediodía, en el barrió de Kazán, comisaría N.°- x, etc., etc., en la casa N.° x, serán
vendidos los bienes muebles de la señora Lebrecht», y que «el inventario, las tasaciones
de precio y los objetos que han de venderse podían ser vistos el día de la venta», etc., etc.
No eran mucho más de las dos. Me dirigí a pie a la dirección indicada Era el tercer año
que no cogía nunca un coche: me había hecho el juramento a mí mismo (de otra forma no
habría ahorrado jamás sesenta rublos). No iba nunca a las subastas públicas, todavía no
me lo permitía a mí mismo, y mi aproximación ahora no iba a ser más que experimental.
Había decidido no emprender nada de aquello más qúe cuando hubiese salido del
Instituto, después de haber roto con todo el mundo, cuando hubiera vuelto a entrar en mi
concha y estuviese completamente libre. En realidad, estaba muy lejos de estar a11í, en
mi concha, y lejos de estar libre; pero esta gestión había decidido hacerla únicamente a
título de experiencia, para ver, casí para soñar un poco, y no volver a ello en mucho
tiempo quizá, mientras no llegase el día en que me ocuparía de eso seriamente. Para los
demás, no era más que una pequeña venta sin importancia; para mí, era la primera
cuaderna del barco sobre el que Cristóbal Colón partió para descubrir América. He ahí
cuáles eran entonces mis sentimientos.
Una vez llegado, penetré en un hueco del patio del inmueble designado en el anuncio y
entré en el apartamiento de la señora Lebrecht. Se componía de un recibidor y de cuatro
habitaciones pequeñas y bajas. En la primera a partir de la entrada se apretujaba una
multitud de una treíntena de personas: la mitad eran pastores; los otros, a primera vista, o
curiosos o aficionados, o gente que operaba a favor de los Lebrecht; había comerciantes,
judíos que acechaban los objetos dorados, y algunas personas de «buen porte». Las
fisonomías de algunos de estos señores se han quedado grabadas en mi memoria. En la
puerta grande y abierta de la habitación de la derecha, justamente entre l.os dos batientes,
se había colocado una mesa, de forma que era imposible entrar en dicha habitacióm a11í
se encontraban los objetos inventariados y destinados a ser vendidos. A la izquierda había
otra habitación, pero su puerta estaba cerrada, aunque se entreabriese de vez en cuando
dejando una pequeña hendidura por la que se veía mirar a alguien: sin duda un miembro
de la numerosa familia de la señora Lebrecht, presa naturalmente de una gran vergüenza.
Detrás de la mesa, de cara al público, se sentaba el señor secretario ministerial, revestido
con sus insignias y que procedía a la subasta. Cuando llegué iban ya casi por la mitad;
inmediatamente me abrí paso hasta la mesa. Estaban vendiendo candelabros de bronce.
Miré.
Miré y me dije en seguida: ¿qué puedo comprar aquí? ¿Y dónde depositar estos
candelabros de bronce, una vez adquiridos? ¿Es así como se hacen los negocios? ¿Pueden
realizarse mis cálculos? ¿No era un cálculo infantil? Yo agitaba aquellos pensamientos y
aguardaba. Era poco más o menos el sentimiento que se experimenta delante de una mesa
de juego en el momento en que uno no ha coloeado aún su postura, pero en que se acerca
ya con su carta: «Puedo poner, puedo marcharme, todo depende de mí.» El corazón no os
late aún, pero comienza a fallaros, palpita ligeramente, sensación que no carece de un
cierto agrado. Pero la indecision os pesa pronto, y estáis como ciego: tendéis la mano,
cogéis una carta, pero maquinalmente, casi contra vuestra voluntad. Como si vuestra
mano estuviese regida por otro; por fin, heos aquí decididos, apostáis, y la sensación es
completamente distinta, inmensa (19). No hablo de la venta, hablo de mí: ¿qué otra
persona sentiría latir su corazón en una venta en pública subasta?
Había gente que se acaloraba. Había otros que se callaban y acechaban. Había algunos
que compraban y se arrepentían. En cuanto a mí, no sentí la menor lástima de un señor
que por error, por haber oído mal, había comprado una lecherita de imitación de plata,
creyéndola de plata, por cinco rublos, en lugar de dos; incluso yo mismo me divertí
mucho. El comisario-subastador variaba los objetos: después de los candelabros vinieron
unos zarcillos, un cojín de cuero bordado, luego un cofrecito, sin duda por conseguir
mayor variedad, o bien para responder a las exigencias del público. No pude contenerme
más de diez minutos, me aproximé primeramente al cojín, luego al cofrecito, pero cada
una de las veces me detuve en seco en el instance decisivo: aquellos objetos me parecían
verdaderamente imposibles. Por fin entre las manos del comisario apareció un álbum.
-Un álbum, encuadernado en cuero rojo, usado, con dibujos en acuarela y en tinta
china, en un estuche de marfil esculpido, con broches de plata: ¡dos rublos!
Me adelanté: el objeto parecía exquisito, pero había un defecto en el trabajado del
marfil. Fui el único que me acerqué a mirar; todo el mundo se callaba, ningún
competidor. Podía deshacer los atados y sacar el álbum de su estuche para examinarlo,
pero no hice use de mi derecho a hice la señal, con una mano que temblaba: «¡Poco
importa!»
-¡Dos rublos, cinco copeques! – dije rechinando los dientes, creo.
El álbum fue para mí. Saqué en seguida el dinero, pagué, cogí el álbum y me fui a un
rincón de la estancia. Allí, lo saqué de su escuche y, febrilmente, con apresuramiento, me
puse a examinarlo: con excepción del estuche, era la cosa más miserable del mundo, un
álbum pequeñito, no más grande que una hoja de papel de cartas de formato pequeño,
delgado, con los cantos desdorados ya, como aquellos álbumes que tenían antiguamente
las jovencitas que salían de los colegios. En colores y con tinta china estaban dibujados
templos sobre montañas, amorcillos, un estanque donde nadaban cisnes. Había también
versos:
Me voy para una larga ausencia,
Abandono Moscú para siempre,
A mi amor digo adiós con tristeza,
A Crimea me marcho sin verte.
(¡Se me han quedado en la memoria!) Deduje que había cometido una pifia; si podía
existir un objeto inútil para todo el mundo, aquél desde luego lo era.
«Es igual – me dije -; la primera postura se pierde siempre. Incluso eso es una señal
excelente.»
Estaba decididamente satisfecho.
–¡Ah, llego demasiado tarde! ¿Es usted quien lo tiene? ¿Lo ha comprado usted? –
resonó completamente de improviso y cerca de mí la voz de un caballero de abrigo azul,
de buen porte y bien parecido.
Llegaba retrasado.
-¡Demasiado tarde! ¡Ah, qué desgracia! ¿Y por cuánto?
-Dos rublos cinco copeques.
-¡Ah! ¡Qué lástima! ¿Y no me lo cedería usted?
-Salgamos – le musité al oído, latiéndome el corazón.
Salimos al rellano.
-Se lo cederé por diez rublos – dije, corriéndome un escalofrío por la espalda.
-¡Diez rublos! Perdone, ¿qué está usted diciendo?
-Como usted quiera.
Me miró con los ojos abiertos de par en par; yo iba bien vestido, no me parecía en lo
más mínimo a un judío o a un revendedor.
-Pero, permítame, es un viejo álbum sin valor. ¿De qué puede servirle a usted? Ni
siquiera el estuche vale nada. No encontrará a quien vendérselo.
-Sin embargo, usted quiere comprarlo.
-Pero es que yo tengo mis motivos particulares. Solamente me enteré ayer. Soy el único
comprador posible.
-Debería pedirle veinticinco rublos; pero como, a pesar de todo, hay el riesgo de que
renuncie usted a él, le he pedido solamente diez, para mayor seguridad. No rebajaré ni un
solo copes.
Volvfíla espalda y me fui.
–¡Acepte usted cuatro rublos! – dijo alcanzándome, ya en el patio. ¡Vamos, cinco!
Continué andando sin responder.
-¡Vamos, tome! – sacó diez rublos, y le entregué el álbum -. Confiese que no es una
acción muy honrada. ¡De dos rublos a diez!
-¿Y por qué no ha de ser honrada? ¡Es el mercado!
-¿Qué mercado? – Empezaba ya a enfadarse.
-Donde hay demanda, hay mercado. Si usted no lo hubiese pedido, yo no lo habría
podido vender ni siquiera en cuarenta copeques.
Tenía que hacer grandes esfuerzos para no echarme a reír a carcajadas y conservar mi
seriedad; reía interiormente, reía no de entusiasmo, sino sin saber por qué. Me ahogaba
un poco.
-Escúcheme — rezongué yo completamente a mi pesar, pero amistosamente y con un
gran afecto hacia él -, escuche. Cuando el difunto James Rothschüd de París, el que ha
dejado mil setecientos millones de francos (él agachó la cabeza), en su juventud, se
enteró por casualidad, unas horas antes que los demás, del asesinato del duque de Berry,
se apresuró a visitar a quien le correspondía, y por eso, en un abrir y cerrar de ojos, ganó
varios millones (20). He ahí cómo se hacen las cosas.
-Entonces, ¿usted es Rothschild, usted? – me gritó indignado, como si estuviera
dirígiéndose a un imbécil.
Salí vivamente de la casa. ¡Una sola gestïón, y siete rublos noventa y cinco copeques de
ganancias! La maniobra había sido insensata, era un juego de niños, convengo en ello,
pero lo cierto era que coincidía con mi idea y no podía menos que conmoverme
profundamente. Por lo demás, no hay en esto sentimientos que describir. El billete de
diez rublos estaba en el bolsillo de mi chaleco, hundí allí dos dedos para palparlo y
caminé así sin retirar la mano. A cien pasos de la casa, cogí el billete para mirarlo, lo
examiné y tuve ganas de besarlo. De repente un coche se detuvo delante de una casa; el
portero abrió la puerta y una señora subió al carruaje, lujosa, joven, bella, rica, envuelta
en sedas y terciopelos, con una cola de metro y medio. De pronto, un bonito
portamonedas se le escapó de las manos y cayó al suelo; ella se acomodó; el criado se
bajó para recoger el objeto, pero yo di un brinco, lo cogí y se lo alargué a la señora
alzándome el sombrero (un bombín; iba vestido como un joven elegante, no mal del
todo). La señora me dijo con discreción, pero con una sonrisa muy agradable:
-Merci, caballero.
El coche partió. Besé el billete de diez rublos.
Aquel mísmo día tenía yo que ver a Efim Zvierev, uno de mis antiguos camaradas del
Instituto, que lo había abandonado para entrar en una escuela especial de Petersburgo. No
vale la pena de una descripción y, en suma, yo no tenía con él ningún lazo de amistad;
pero me había puesto en su búsqueda; él podía (en virtud de ciertas circunstancias que
tampoco merecen ser mencionadas) proporcionarme la dirección de un tal Kraft, del que
yo tenía una necesidad extrema, en el momento en que ese Kraft volviese de Vilna.
Zvierev lo aguardaba justamente aquel mismo día o al otro, y me to había hecho saber la
antevíspera. Era preciso it a Petersburgskaia storona (21), pero yo no sentía ningún
cansancio.
Encontré a Zvierev (él también tenía los diecinueve años cumplidos) en el patio de la
casa de su tía, con la que vivía provisionalmente. Acababa de comer y se paseaba por el
patio en zancos; me anunció de sopetón que Kraft había- llegado la víspera y que había
bajado a su antiguo apartamiento, también en Petersburgskaia storona, y que deseaba, él
también, verme lo más pronto posible, para comunicarme inmediatamente una noticia
urgente.
-Se vuelve a marchar no sé dónde – agregó Zvierev.
Como para mí era de una importancia capital, dadas las circunstancias, ver a Kraft, le
rogué a Efim que me condujera inmediatamente a su casa, puesto que resultaba que vivía
en una callejuela vecina, a dos pasos de a11í. Pero Zvierev me declaró que se lo había
encontrado una hora antes, cuando se dirigía a casa de Dergatchev.
-¡Pero vamos a11í! – me invitó -. ¿Por qué has de negarte siempre? ¿Es que tienes
miedo?
Efectivamente, Kraft podía demorarse en casa de Dergatchev, y entonces, ¿dónde iba a
poder encontrarlo? Yo no le tenía miedo a Dergatchev, pero no tenía ganas de ir a su
casa, aunque aquella fuese por lo menos la tercera vez que Efim quería arrastrarme hasta
a11í. Pronunciaba siempre aquel «¿tienes miedo?» con una sonrisa muy desagradable
para mí. Sin embargo, no era cuestión de miedo, lo digo de antemano, y si temía algo, era
una cosa muy distinta. Aquella vez resolví ir; la casa estaba también a dos pasos. Por el
camino le pregunté a Efim si seguía teniendo intenciones de marcharse a América.
-Quizás espere todavía – respondió con una risita.
Yo no lo apreciaba mucho, en realidad no lo apreciaba en absoluto. Tenía los cabellos
casi blancos, una cara redonda, demasiado blanca, blanca hasta la inconveniencia, casi
infantil; era más alto que yo, pero era imposible calcularle más de diecisiete años. Con él
no era posible sostener ninguna conversación.
-¿Y qué pasa por a11á? ¿Siempre hay tanta gente? – pregunté por decir algo.
-Pero, ¿por qué has de tener siempre miedo? – dijo una vez más, echándose a reír.
-¡Vete al diablo! – respondí furioso.
-No hay gente en lo más mínimo. No vienen más que conocidos, ningún extraño, estáte
tranquilo.
-Extraños o no, ¿qué quieres tú que eso me importe? ¿Y yo, es que no soy yo un
extraño en esa casa? ¿Por qué quieres que tengan confianza en mí?
-Soy yo quien te lleva y eso basta. Han oído hablar de ti. Kraft también puede decir lo
que piensa de ti.
-Oye, ¿estará Vassine?
-No sé.
-Si está, empújame con el codo cuando entremos y señálamelo; en el mismo momento
que entremos, ¿comprendes?
Yo había oído hablar tan bien de Vassine, que hacía mucho tiempo que me interesaba
por él.
Dergatchev vivía en un pequeño pabellón en el patio de la casa de madera de una mujer
de comerciante, pero él solo ocupaba todo aquel pabellón. Tenía tres hermosas habitaciones.
Las cuatro ventanas tenían las persianas echadas. Era casi ingeniero y ocupaba un
puesto en Petersburgo; incidentalmente the había enterado de que le proponían una
colocación muy ventajosa en provincias y que iba a marcharse a11í.
Acabábamos de entrar en un minúsculo recibidor, cuando resonaron voces. Se habría
dicho que era una discusión animada y alguien gritaba: «Quae medicamenta non sanat,
ferrum sanat; quae ferrum non sanat, ignis sanat!» (22).
Yo estaba realmente inquieto. Sin duda no estaba acostumbrado a la sociedad,
cualquiera que fuese. En el Instituto nos tuteábamos todos, pero, por así decirlo, yo no
tenía ni un solo camarada; me había hecho mi rinconcito para mí y a11í me quedaba.
Pero no era eso lo que me tenía preocupado. Me había hecho a mí mismo la promesa de
no participar en ninguna discusión y no pronunciar más que las palabras indispensables,
para que nadie pudiese formular conclusión alguna sobre mí; sobre todo, no discutir.
En la habitación, muy exigua, había siete personas, y diez con las señoras. Dergatchev
tenía veinticinco años y estaba casado. Su mujer tenía una hermana y otra parienta; vivían
también con él. La habitación estaba amueblada de cualquier manera, suficientemente, a
incluso con pulcritud. En la pared se veía un retrato litografiado, pero sin valor, y en el
ángulo un icono sin adornos de metal, pero con una lámpara encendida. Dergatchev
avanzó a mi encuentro, me estrechó la mano y me ofreció una silla.
-Siéntese usted; está aquí en su casa.
-Háganos el favor – agregó inmediatamente una mujer joven de figura bastante
agradable, vestida muy modestamente, y a continuación, después de haberme dirigido un
ligero saludo, salió. Era su mujer y parecía haber tomado parte en la discusión; ahora iba
a darle de mamar a su niño. Pero quedaban todavía dos señoras, una de estatura muy baja,
de unos veinte años, vestida de negro y tampoco fea; la otra, de unos treinta años, seca y
de ojos penetrantes. Estaban sentadas, escuchaban mucho, pero no intervenían en la
conversación.
En cuanto a los hombres, todos estaban de pie, excepto Kraft, Vassine y yo. Efim me
los señaló en seguida, puesto que yo veía a Kraft también por primera vez. Me levanté y
me aproximé a ellos para entablar conocimiento. No olvidaré jamás el rostro de Kraft:
ninguna belleza particular, pero algo de delicado y de desprovisto de malicia, con una
dignidad personal que se marcaba en todo. Veintiséis años, una cierta delgadez, una
estatura superior a la estatura media, rubio, la fisonomía seria, pero dulce; una especie de
tranquilidad en toda su persona. Y sin embargo, si queréis saberlo, no cambiaría jamás mi
rostro tan vulgar por el suyo, que me parecía tan seductor. Había en su fisonomía un no
sé qué que no me habría gustado en la mía, una especie de tranquilidad excesiva en el
sentido moral de la palabra, una especie de orgullo secreto, ignorándose a sí mismo. Sin
embargo, yo no podía juzgar exactamente de esta manera en aquel tiempo; es ahora
cuando me parece haber juzgado así, después de consumado el hecho.
-Encantado de verle – dijo Kraft –. Tengo una carta que le interesará. Nos quedaremos
aquí un momento y en seguida iremos a casa.
Dergutehev era (23) de estatura mediana, un moreno robusto, de hombros anchos, con
una gran barba. Se veía en su mirada la inteligencia práctica y la reserva en todas sus
cosas, una cierta prudencia jamás desmentida; en vano se esforzaba en callarse la mayor
parte del tiempo; era él quien evidentemente dirigía la conversación. La fisonomía de
Vassine no me impresionó apenas, aunque yo hubiese oído alabar su rara inteligencia:
rubio, de grandes ojos de un gris claro, el rostro muy abierto, pero al mismo tiempo algo
de un exceso de firmeza. Se le presentía poco sociable, pero la mirada era realmente
inteligente, más que la de Dergatchev, más profunda, más inteligente que las de todos los
presentes. Por lo demás, puede ser que yo esté exagerando ahora. De los restantes, no me
acuerdo más que de dos personas entre toda aquella juventud: un hombre alto, bronceado,
con patillas negras, hablando mucho, de edad de unos veintisiete años, profesor o algo
por el estilo, y un muchacho de mi edad, con cazadora de campesino, el rostro corroído,
taciturno, y todo oídos. Resultó ser en efecto de origen aldeano.
-¡No, no es así como hay que plantear la cuestión! – comenzó, reanudando por lo visto
la discusión del momento, el profesor de las patillas negras, más acalorado que todos los
demás -. Por lo que se refiere a las pruebas matemáticas, no tengo nada que decir, pero
esta idea, que estoy dispuesto a aceptar incluso sin pruebas matemáticas…
-Espere un momento, Tikhomirov (24)-interrumpió ruidosamente Dergatchev -, los
recién llegados no comprenden. Miren ustedes, se trata – y se volvió bruscamente hacia
mí sólo (confieso que, si tenía intención de hacer sufrir un examen al «nuevo» a
obligarrne a hablar, el procedimiento era muy hábil por su parte; lo percibí
inmediatamente y me preparé) -, miren ustedes, se trata de que el señor Kraft, por
ejemplo, del que todos conocemos su fuerza de carácter y la firmeza de sus convicciones,
ha sido conducido por un hecho muy ordinario a una conclusión totalmente extraordinaria
y que a todos nos ha asombrado. Ha llegado a la conclusión de que el pueblo ruso es un
pueblo de segunda categoría…
-¡De tercera categoría! – le gritó alguien.
-… De segunda categoría, destinado a servir de materia prima a una raza más noble, sin
tener jamás un papel independiente en los destinos de la humanidad. Basándose en esta
conclusión, quizá justa, el señor Kraft ha llegado a decir que toda la actividad de los
rusos, cualquiera que sea, debe quedar en lo sucesivo paralizada por esta idea, que, por
así decirlo, los brazos se nos deben caer a todos y…
-¡Permite, Dergatchev! ¡No es así como hay que plantear la cuestión! – intervino
Tikhomirov con impaciencia. (Dergatchev le cedió la palabra en seguida) -. Siendo asi
que Kraft ha realizado estudios serios, ha extraído de la fisiología deducciones que él
estima matemáticas y ha consagrado quizá dos años a su idea (que estoy dispuesto a
adoptar con toda tranquilidad a priori), siendo así esto, quiero decir, la alarma y la
seriedad de Kraft, la cosa se me aparece como un fenómeno. Todo nos conduce a la
cuestión que Kraft no puede comprender, y de eso es de lo que debemos ocuparnos,
quiero decir, de la incomprensión de Kraft, porque se trata de un fenómeno. Hay que
decidir si este fenómeno corresponde a la clínica como caso aislado, o bien si es una
propiedad que puede reproducirse normalmente en otros casos; es interesante para la
causa común. Por lo que se refiere a Rusia, yo creo lo mismo que Kraft, y diría incluso
que me alegro de ello; si esta idea fuese aceptada por todos, nos dejaría las manos libres y
desembarazaría a mucha gente del prejuicio patriótico…
-No es por patriotismo – dijo Kraft con una especie de esfuerzo.
Todos aquellos debates parecían resultarle desagradables.
-¡Patriotismo o no, dejemos eso a un lado! – declaró Vassine, silencioso desde hacía
mucho tiempo.
-Pero ¿de qué forma, decidme, la conclusión de Kraft podría debilitar las aspiraciones
hacía la obra común de la humanidad? – gritó el profesor (él solo gritaba, todos los demás
hablában.en voz baja)-. Yo bien quiero que Rusia sea colocada en un segundo rango; pero
se puede trabajar para otros que no sean Rusia. Además, ¿cómo puede ser Kraft patriota
si ha dejado de creer en Rusia?
-¡Por otra parte, él es alemán! – lanzó de nuevo una voz.
-¡Soy ruso! -dijo Kraft,
-Ésa es una cuestión que no afecta al fondo de las cosas – le hizo observar Dergatchev
al interruptor.
–Salid, pues, de la estrechez de vuestra idea – continuó Tikhomirov, que no quería oír
nada -. Si Rusia no es más que una materia para razas más nobles, ¿por qué no había ella
de aceptar ese papel de materia? Es todavía un papel bastante brillante. ¿Por qué no
descansar sobre esa idea para extender a continuación los puntos de vista? La humanidad
está en vísperas de su regeneración, que ha comenzado ya. Hace falta estar ciego para
negar las tareas que van a presentarse. Dejen ustedes a Rusia, si no tienen ya fe en ella, y
trabajen por el porvenir, por el porvenir de un pueblo todavía desconocido, pero que se
compondrá de toda la humanidad, sin distinción de razas. De todos modos, Rusia estará
muerta un día; los pueblos, incluso los mejor dotados, viven mil quinientos años, dos mil
años como máximo; dos mil años o doscientos años, ¿no es eso casi lo mismo? Los
romanos, ¿no han triunfado durante mil quinientos años, y se han cambiado también en
materia? Hace mucho tiempo que no existen, pero han dejado una idea, y esta idea ha
sido un elemento de progreso en la evolución de la humanidad. ¿Cómo se le puede decir
a un hombre que no tiene nada que hacer? Trabajad por la humanidad y no os preocupéis
del resto. Hay tantas cosas que hacer, que la vida no bastará, sí se considera bien.
-¡Hay que vivir según la ley de la naturaleza y de la verdad! – dijo desde detrás de la
puerta la señora Dergatcheva.
La puerta estaba entreabierta, y se la veía de pie, con el niño en el seno, el pecho
semicubierto, escuchando ardientemente.
Kraft escuchaba sonriendo ligeramente. Al fin dijo, con aire un poco cansado, y además
con una sinceridad enérgica:
-No comprendo cómo se puede, si se está bajo la influencia de alguna idea dominante a
la cual se subordina enteramente vuestro espíritu y vuestro corazón, tener una razón
cualquiera para vivir fuera de esa idea.
-Pero si se os ha dicho lógicamente, matemáticamente, que vuestra conclusión es
errónea, que toda vuestra idea es falsa, que no tenéis el menor derecho a apartaros de la
actividad útil común por la sola razón de que Rusia sería irrevocablemente un valor de
segundo orden; si se os ha mostrado en lugar de un horizonte estrecho un infinito que se
nos ofrece, en lugar de vuestra idea estrecha de patriotismo…
-¡Ah! – dijo Kraft haciendo un gesto con la mano –, os he dicho va que no se trata de
patriotismo.
-Aquí hay una equivocación evidente – intervino de golpe Vassine -. El error consiste
en que no tenemos en Kraft una simple deducción lógica, sino, por decirlo así, una deducción
que degenera en sentimiento. Todas las naturalezas no son idénticas; hay muchos en
quienes la deducción lógica se transforma a veces en un sentimiento violento que se
apodera de todo el ser y que es muy difícil de expulsar o de modificar. Para curar al
hombre así alcanzado, es preciso cambiar ese sentimiento, y la cosa no es posible más
que reemplazándola por otra fuerza igual. Es siempre penoso, y en muchos casos
imposible.
-¡Eso es un error! – clamó el disputador -. La conclusión lógica disuelve por si misma
los prejuicios. La convicción razonable engendra un sentimiento apropiado. ¡El pensamiento
emana del sentimiento y a su vez, al instalarse en nosotros, formula uno nuevo!
-Los hombres son muy diferentes. Unos cambian fácilmente de sentirnientos; otros, con
dolor – respondió Vassine con aire de no querer prolongar la discusión.
Por mí, yo estaba encantado con su idea.
-¡Es exactamente como usted dice! – exclamé bruscamente, rompiendo el hielo y
comenzando de pronto a hablar -. En efecto, en el lugar de un sentimiento es necesario
poner otro capaz de substituirlo. En Moscú, hace cuatro años de esto, un general… es que,
fíjense, yo no lo conocía, pero… Puede ser que, en el fondo, por sí mismo no fuese digno
de inspirar respeto… Además el hecho mismo podía parecer irracional, pero… En fin,
vean lo que pasó, perdió un hijo, o más bien dos hijas, una después de la otra, de la
escarlatina… ¡Y bien!, se quedó súbitamente tan abrumado, que no olvidó jamás su dolor;
daba lástima verle, y finalmente se murió apenas seis meses más tarde. Que murió de ese
dolor, es un hecho. ¡Y bien!, ¿cómo se le habría podido resucitar? Respuesta: ¡por un
sentimiento de una fuerza equivalente! Se necesitaba sacar de la tumba a esas dos hijitas
y dárselas, eso es todo, quiero decir… alguna cosa de ese género. Él está muerto. Y sin
embargo se le habrian podido ofrecer deducciones admirables: que la vida es corta, que
todos nosotros somos mortales; se habría podido tomar del almanaque la estadística de
los niños muertos por la escarlatina… estaba retirado…
Me interrumpí, oprimido, y miré a mi alrededor.
-¡Eso no es por completo lo mismo! – dijo alguien.
-El hecho que usted alega, sin ser de la misma naturaleza que el caso presente, es sin
embargo análogo y lo aclara – dijo Vassine, volviéndose hacia mí.
IV
Debo confesar aquí por qué he estado entusiasmado por el argumento de Vassine sobre
«la idea-sentimiento», y al mismo tiempo debo confesar una vergüenza infernal. Sí, yo
tenía miedo de ir a casa de Dergatchev, pero por una razón distinta a la que suponía Efim.
Yo tenía miedo porque los creía ya en Moscú. Sabía que esas gentes (ellos, a otros de la
misma clase, poco importa) son dialécticos y que muy probablemente destrozarían «mi
idea». Yo estaba muy seguro de que esta idea no se la comunicaría a ellos jamás, no se la
diría nunca; pero podían (una vez más, ellos o la gente de la misma clase) decirme cosas
que me harían perder confianza en mi idea, incluso sin que hiciesen alusión a la misma.
Había en mí «idea» problemas no resueltos, pero yo no quería que otro los resolviese por
mí. En estos dos últimos años yo había dejado incluso de leer, temiendo tropezar con
cualquier pasaje que no estuviese a favor de mi «idea», y que habría podido turbarme. Y
he aquí que Vassine del primer golpe resuelve el problema y me calma
extraordinariamente. En efecto: ¿de qué, por tanto, tenía yo miedo y qué podían hacerme
con toda su dialéctica? He sido tal vez el único en comprender lo que Vassine quería
decir con su «idea-sentimiento». No basta con refutar una hermosa idea, es preciso
reemplazarla por otra no menos bella; de otra forma, no queriendo separarme a ningún
precio de mis sentimientos, yo refutaría en mi corazón la refutación, incluso haciéndome
violencia, sea lo que fuere lo que ellos pudiesen decir. Y ellos, ¿qué podían darme a
cambio? También yo habría debido ser más osado; tenía el deber de ser más valiente. Y
al entusiasmarme por Vassine, experimentaba cierta vergüenza, ¡me encontraba como un
hijo indigno!
Todavía otro motivo de vergüenza. No es el despreciable sentimiento de hacer valer mi
talento lo que me ha impulsado a romper el hielo y a hablar, sino que es también un deseo
de «saltar al cuello» de la gente. Este deseo de saltar al cuello, para que se me encuentre
bueno, para que se pongan a abrázarme o yo no sé qué de ese tipo (una porquería, en una
palabra), estimo que es el más infame de todos mis motivos de vergüenza. Desde hace
mucho tiempo, sospechaba la existencia de eso en mí, y precisamente en aquel rincón
donde me he mantenido durante tantos años, aunque no tenga por qué arrepentirme de
ello. Yo sabía que debía mostrarme más sombrío en el mundo. La única cosa que me
consolaba, después de cada una de aquellas vergüenzas, era que, a pesar de todo, me
quedaba todavía mi «idea» , siempre en su escondite, y que yo no la había entregado. Con
un encogimiento de corazón, me imaginaba a veces que, el día mismo en que hubiera
comunicado mi idea a alguien, de pronto no me quedaría ya nada, de forma que yo sería
semejante a todo el mundo y que quizás hasta abandonaría mi idea; por eso la guardaba,
la conservaba y temía los cotilleos. Y he aquí que en casa de Dergatchev, casi desde el
primer encuentro, no había sabido contenerme: cierto que no había entregado nada, pero
había charloteado de manera imperdonable; me había cubierto de vergüenza. ¡Triste
recuerdo! No, no puedo vivir con los hombres; incluso hoy día estoy convencido de ello;
y hablo con cuarenta años de anticipación. Mi idea es mi rincón.
Apenas me hubo aprobado Vassine, me sentí presa de unas ganas incontenibles de
hablar.
-En mi opinión, cada cual tiene derecho a tener sus sentimientos propios… con tal de
que eso se haga por convicción… Y nadie tiene derecho a reprochárselo – dije dirigiéndome
a Vassine.
La frase había sido pronunciada contuadentemente, pero me parecía que yo no tenía
nada que ver con aquello, como si fuese la lengua de otra persona la que se hubiese
movido en mi boca.
-¿Que-no-es-po-si-ble? – preguntó con ironía y recalcando las sílabas la misma voz que
había interrumpido a Dergatchev y que le había gritado a Kraft que era, alemán.
Juzgándolo una completa nulidad, me volví hacia el profesor, como si fuera él el que
hubiese gritado.
-Mi convicción es que no tengo ningún derecho para juzgar a nadie.
Yo estaba ya temblando, sabiendo de antemano que no podría contenerme.
-¿Y por qué hacer tanto misterio de eso? – resonó de nuevo la voz de la nulidad.
-¡Que cada cual tenga su idea! – dije yo mirando fijamente al profesor, que, por el
contrario, se callaba y me examinaba con una sontisa.
-¿Y cuál es la suya? – gritó la nulidad.
-Es demasiado larga para contarla… En parte consiste en esto: ¡que los demás me dejen
en paz! Mientras que tenga dos rublos, quiero vivir solo, no depender de nadie
(tranquilícense, me sé las objeciones) y no hacer nada, ni siquiera para la gran humanidad
por venir, al servicio de la cual se quería hacer trabajar al señor Kraft. La libertad
individual, es decir, mi libertad para mí, ante todo; no quiero saber nada fuera de eso.
Mi error fue que me irrité.
-¿Eso es decir que usted predica la tranquilidad de la vaca satisfecha?
-Lo reconozco. La vaca no tiene nada de ofensivo. Yo no debo nada a nadie, pago mi
tributo a la sociedad en forma de impuestos para que no me roben, no me den la lata y no
me maten), y nadie tiene derecho a reclamarme más. Tal vez yo tenga personalmente
otras ideas, tal vez querría servir a la humanidad y la serviré, quizás incluso diez veces
más que todos los predicadores. Únicamente que no quiero que nadie exija de mí ese
servicio, que nadie me obligue a ello, como se quiere obligar al señor Kraft. Quiero que
mi libertad permanezca completa, aunque yo no mueva ni el dedo meñique. En cuanto a
eso de salir corriendo para ir a colgarse del cuello de todo el mundo por amor a la
humanidad y derramar lágrimas de enternecimiento, no es más que una moda. ¿Y para
qué tendría yo que amar al prójimo o a vuestra humanidad futura, que no veré nunca, que
no me conocerá, y que a su vez desaparecerá sin dejar rastro ni recuerdo (el tiempo nada
tiene que ver con esto), cuando la tierra se cambiará a su vez en un bloque de hielo y
volará por el espacio sin aire como una multitud infinita de otros bloques semejantes, lo
que es con mucho la más absurda de las cosas que se pueda imaginar? ¡He ahí vuestra
doctrina! Díganme, ¿por qué tendría yo que ser totalmente generoso? Especialmente si
todo no dura más que un instante.
-¡Vamos! ¡Vamos! — gritó una voz.
Yo había soltado aquella parrafada nerviosa y malévolamente, quemando todas mis
naves. Sabía que me lanzaba al abismo, pero me apresuraba, temiendo las objeciones. Me
daba perfecta cuenta de que rodaba al azar, sin orden, sin concierto, pero me daba prisa
en convencerlos y en aplastarlos. ¡Era para mí tan importante! ¡Llevaba tres años
preparándome! Lo curioso es que se callaron repentinamente, como si nunca hubiesen
dicho nada, limitíndose a escuchar. Continué dirigiéndome al profesor:
-Perfectamente. Un hombre en extremo inteligente ha dicho entre otros que no hay nada
más difícil que responder a la pregunta: « ¿Por qué hace falta en forma alguna ser
virtuoso?» Existen aquí abajo, vean ustedes, tres especies de pillos: los pillos ingenuos,
convencidos de que su pillería es la virtud suprema; los pillos vergonzantes, los que se
ruborizan de su propia pillería, aun teniendo la firme intención de practicarla hasta el
colmo, y, por fin, los pillos sin más ni más, los pillos pura-sangre. Permítanme: he tenido
como camarada a un cierto Lambert que me decía ya a los dieciséis años que, cuando
fuera rico, su mayor placer consistiría en alimentar a perros con pan y carne cuando los
hijos de los pobres estuvieran muriéndose de hambre y que, cuando no tuvieran con qué
calentarse, él compraría todo un pedazo de bosque, lo transportaría al campo abierto y
caldearía el aire, sin dar a los pobres ni una sola ramita. ¡He ahí los sentimientos que él
tenía! Pues bien, díganme ustedes qué podré responder a ese canalla pura-sangre si me
pregunta: «¿Por qué hace falta en forma alguna ser virtuoso?» Y sobre todo en nuestra
época, que ustedes han hecho de esta manera. ¡Puesto que las cosas nunca han ido peor
que hoy, señores! La situación no está del todo clara en nuestra sociedad. Ustedes niegan
a Dios, niegan la santidad; ¿cuál es entonces la rutina, sorda, ciega y obtusa, que puede
obligarme a obrar de una determinada manera, si me resulta más ventajoso obrar de otra?
Ustedes dicen: «Obrar razonablemente hacia la humanidad es también obrar en mi propio
interés.» Pero ¿qué pasa si yo encuentro irrazonables todas esas cosas razonables, todos
esos cuarteles, esas falanges? ¿Qué tengo yo que hacer con todo eso, qué tengo yo que
ver con eso y con el porvenir de ustedes, si no tengo más que una vida que vivir? Que me
dejen saber a mí mismo cuál es mi propio interés: extraeré más placer de eso. ¿Cómo voy
a interesarme por lo que sucederá en vuestra humanidad de dentro de mil años, si vuestro
código no me concede a cambio ni amor, ni vida futura, ni patente de virtud? No,
caballeros, si la cosa es así, viviré, con la mayor insolencia del mundo, para mí mismo.
¡Al diablo los demás!
-¡Bonito deseo!
-Estoy dispuesto a seguirlo.
-¡Mejor todavía! – Seguía siendo la misma voz.
Todos los demás continuaban callados, mirándome y observándome; pero poco a poco,
desde varios rincones de la habitación, empezaron a elevarse unas risitas, al principio discretas.
Luego todos se me echaron a reír en la cara. Únicamente Vassine y Kraft no reían.
El. hombre de las patillas negras sonreía también; me miraba fijamente y escuchaba.
-Señores – yo temblaba con todo mi cuerpo -, no les diré mi idea, por nada del mundo.
Les preguntaré, por el contrario, según el punto de vista que ustedes tienen, no según el
punto de vista mío, puesto que quizá yo amo a la humanidad mil veces más que todos
ustedes juntos. Díganme, y están ustedes obligados a responderme inmediatamente, están
ustedes obligados a ello – precisamente porque se están riendo, díganme entonces: ¿Qué
tienen ustedes que ofrecerme para que yo les siga? Díganme cómo me van a probar que
todo irá mejor con el sistema de ustedes. ¿Qué harán de la protesta de mi individuo en el
cuartel de ustedes, en los alojamientos comunes, en el strict nécessaire, en el ateísmo, en
las mujeres comunes y sin hijos…? Porque ésa es la conclusión final, lo sé muy bien. ¡Y
por todo eso, por esa porción ínfima de interés medio que me asegurará la racionalidad de
ustedes, por un trozo de pan y un poco de calor, toman ustedes a cambio toda mi persona!
¡Aguarden un poco! Se me quita a la mujer; ¿aplastarán ustedes lo bastante mi
individualidad como para impedirme matar a mi rival? Me dirán ustedes que en ese
momento habré llegado a ser más razonable; pero mi mujer, ¿qué pensará de un marido
tan rarzonable, si ella se respeta por poco que sea? Confiesen que es algo contra
naturaleza. ¿No les da a ustedes vergüenza? (25).
-¿Es usted especialista… en temas femeninos? – se burló la voz de la nulidad.
Por un instante tuve ganas de lanzarme contra él y molerlo a golpes. Era un hombrecillo
pelirrojo y cubierto de pecas … . En realidad, al cuerno su aspecto.
-Tranquilícese, todavía no he conocido a la mujer – solté yo, volviéndome por primera
vez hacia su lado.
-Preciosa comunicación, que podría haber sido hecha en forma más educada, dada la
presencia de las señoras.
Pero todo el mundo empezó a agitarse; cada cual cogía su sombrero y hacía ademán de
marcharse, no por causa mía, sino porque ya era hora. Únicamente que aquella manera de
tratarme con el silencio me cubrió de vergüenza. Me levanté también.
-¿Quiere usted decirme, a pesar de todo, cómo se llama? No ha hecho usted más que
mirarme – dijo el profesor, dando un paso hacia mí, con una innoble sonrisa.
-Dolgoruki.
-¿Príncipe Dolgoruki?
-No, Dolgoruki a secas, hijo del ex siervo Makar Dolgoruki a hijo natural de mi ex amo
señor Versilov. Cálmense, señores: no digo eso para que se me lancen ustedes al cuello y
se pongan a llorar de enternecimiento como vacas.
Hubo un estallido de risas sonoras y sin acritud, de forma que el niño que estaba
durmiendo en la otra parte se despertó y se echó a llorar. Yo temblaba de furor. Todos
estrechaban la mano a Dergatchev y se iban sin prestarme la menor atención.
-¡Vámonos!
Era Kraft, que me empujaba con el codo. Me dirigí hacia Dergatchev, y le estreché la
mano con todas mis fuerzas y se la sacudí varias veces, con todas mis fuerzas también.
-Discúlpeme – me dijo – si Kudriumov – el tipo pelirrojo – no ha hecho más que
ofenderle.
Seguí a Kraft. No me avergonzaba de nada.
VI
Evidentemente, entre mi yo de hoy y mi yo de entonces hay una distancia infinita.
Persistiendo en mi empeño de «no avergonzaxme de nada», alcancé a Vassine en 1a
escalera, abandonando para eso a Kraft, personaje de segunda categoría, y, con el aire
más natural del mundo, como si nada hubiese pasado le pregunté:
-Creo que conoce usted a mi padre, quiero decir a Versilov, ¿no es así?
-No lo conozco muy a fondo – respondió inmediatamente (sin el más mínimo matiz de
esa cortesía refinada, pero ofensiva, de la que usan las personas delicadas respecto a
quienes acaban de cubrirse de oprobio) -, pero lo conozco un poco. He coincidido con él
y lo he oído hablar.
-Si lo ha oído usted, entonces lo conoce, porque usted es usted. Pues bien, ¿qué piensa
de él? Perdóneme esta pregunta a quemarropa, pero necesito su respuesta. Necesito saber
qué piensa usted de él, qué opinión tiene.
-Es mucho pedir. Me parece que es un hombre capaz de formularse a sí mismo
exigencias enormes y cumplirlas quizá, pero sin dar cuentas a nadie.
-¡Exacto, completamente justo, es muy orgulloso! Pero, ¿es sincero? Escuche usted un
poco. ¿Qué piensa usted de su catolicismo? Pero he olvidado que quizás usted no está al
corriente. . .
Si yo no hubiese estado tan turbado, indudablemente no le habría hecho a quemarropa
preguntas semejantes a un hombre con el que nunca había hablado y al que no conocía
más que de oídas. Me asombraba que Vassine no pareciera notar mi locura.
-He oído decir algo de eso, pero ignoro hasta qué punto puede ser verdad – respondió
con un tono siempre igual y tranquilo.
-¡No hay nada de verdad en todo esto! ¡Nó son más que mentiras! ¿Se imagina usted
que él pueda creer en Dios?
-Es un hombre muy orgulloso, como usted mismo ha dicho, y a muchos hombres muy
orgullosos les gusta creer en Dios sobre todo los que desprecian un poco a los hombres.
Muchos hombres fuertes experimentan una especie de necesidad material de encontrar a
alguien o algo que adorar. Al hombre fuerte le cuesta a veces mucho trabajo soportar su
propia fuerza.
-¡Escuche, eso debe de ser terriblemente cierto! – exclamé yo -. Solamente que me
gustaría comprender…
-Oh, el motivo de eso es bastante claro: eligen a Dios para no tener que adorar a los
hombres, naturalmente sin darse cuenta de lo que ocurre en ellos mismos. Adorar a Dios
no tiene nada de humillante, he ahí cómo se reclutan los creyentes más apasionados, o
con más exactitud, los que apasionadamente desean creer; pero toman su deseo por una fe
verdadera. Y esos son también los que, al final, pierden con más frecuencia sus ilusiones.
En cuanto al señor Versilov, creo que tiene rasgos de carácter extremadamente sinceros.
De una manera general, me interesa.
-Vassine – exclamé yo -, usted me agrada. No es su inteligencia lo que me asombra,
sino que pueda usted, un hombre tan puro y tan inconmensurablemente superior a mí,
caminar a mi lado y hablar con tanta sencillez y cortesía como si nada hubiese pasado.
Vassine sonrió:
-Me adula usted. Lo único que ha pasado allí es únicamente que a usted le gustan
demasiado las conversaciones abstractas. Sin duda usted ha permanecido hasta ahora
silencioso durante mucho tiempo.
-He estado tres años callado; durante tres años me he estado preparando para hablar…
Es natural; no le he parecido a usted un tonto, porque usted mismo es extraordinariamente
inteligente; aunque me haya sido imposible conducirme de una manera más
estúpida. Pero estoy seguro de que le he parecido una persona vil.
-¿Una persona vil?
-¡Sí, sin duda alguna! Dígame, ¿no me desprecia usted en secreto por haber dicho que
soy híjo natural de Versilov… por haberme jactado de ser hijo de un siervo?
-Se atormenta usted demasiado. Si le parece que ha hablado mal, no tiene más sino no
hablar la próxima vez; aún le quedan cincuenta años por delante.
-¡Oh! Ya sé que es preciso mantenerse en silencio frente a los demás. La más innoble
de todas las perversiones es la de colgarse del cuello de la gente. A ellos acabo de decírselo.
¡Y he aquí que ahora me cuelgo del cuello de usted! Pero hay una diferencia, ¿no es
verdad? Si ha comprendido usted esta diferencia, si ha sido capaz de comprenderla, bendigo
este minuto.
Vassine sonrió de nuevo:
-Véngame a ver, si gusta. Ahora tengo trabajo y estoy ocupado, pero será un placer para
mí.
-Acabo de deducir por su cara de usted, que es usted muy tenaz y poco comunicativo.
-Quizá sea bastante cierto. El año pasado conocí en Luga a su hermana de usted. Isabel
Makarovna… Kraft se ha parado y le está aguardando. Ahora tendrá usted que retroceder.
Estreché fuertemente la mano de Vassine y alcancé a Kraft, que había seguido andando
mientras yo hablaba con Vassine. Caminamos en silencio hasta su alojamiento; yo todavía
ni quería ni podía hablarle. Uno de los rasgos, más acusados del carácter de Kraft
era la delicadeza.
CAPÍTULO IV
Kraft había tenido en tiempos un cargo oficial, y además ayudaba al difunto
Andronikov (mediante una remuneración) a tratar ciertos asuntos privados de los que el
último se ocupaba constantemente fuera de las horas de servicio. Lo que a mí me
importaba era que Kraft, dada su intimidad con Andronikov, podía estar enterado de
ciertas cosas que por su índole me interesaban. Pero yo sabía por María Ivanovna, mujer
de Nicolás Semenovitch, en cuya casa yo había vivido tantos años mientras estaba en el
Instituto – y que era la propia sobrina, la pupila y la favorita de Andronikov -, que Kraft
había incluso recibido el «encargo» de entregarme algo. Yo lo estaba aguardando desde
hacía un mes largo.
Vivía en un pequeño apartamiento de dos habitaciones completamente aislado, y, de
momento, recién llegado, de vuelta de Vilna, estaba incluso sin servidumbre. Tenía abierta
la maleta, pero los objetos no colocados estaban aún esparcidos sobre las sillas. Una
mesa, delante del diván, sostenía un maletín, un cofrecillo, un revólver, etc… Cuando entramos,
Kraft iba sumergido en sus pensamientos, como si me hubiese olvidado
completamente, quizá ni siquiera había notado que yo no le había dirigido ni una sola
palabra por el camino. Se puso en seguida a buscar algo, pero viendo de pronto un espejo,
se detuvo y se miró fijamente un minuto largo. Noté aquella singularidad (no he hecho
más que acordarme demasiado de todo aquello, más tarde), pero me sentía triste y muy
turbado. No tenía fuerzas para concentrarme. Por un instante, experimenté el deseo súbito
de marcharme y de abandonarlo todo a11í para siempre. ¿De qué se trataba en el fondo?
¿No era una preocupación ficticia la que yo me estaba proporcionando? Me desesperaba
al ver cómo desperdiciaba mi energía en futilidades indignas, por pura sensibilidad,
siendo así que tenía frente a mí toda una meta enérgica. Ahora bien, mi ineptitud para
toda acción seria era evidente, en vista de to que había pasado en casa de Dergatchev.
-Kraft, ¿seguirá usted yendo a casa de ellos? -pregunté completamente de improviso.
Se volvió despacio hacia mí, como si me comprendiese mal. Yo me senté.
-Perdónelos usted – me dijo de pronto Kraft.
Naturalmente me pareció que se burlaba; pero, al mirarle, vi en su rostro una
bonachonería tan extraña a incluso tan asombrosa, que yo mismo me asombré de la
seriedad con que me rogaba que los «perdonase». Cogió una silla y se sentó a mi lado.
-Yo sé muy bien que soy quizás un amasijo de todas las clases que haya de amor propio
y nada más — empecé a decir -, pero no pido ningún perdón.
-¿Y a quién iba usted a pedírselo? -preguntó, dulcemente y con seriedad.
Siempre hablaba dulcemente y muy despacio.
-Admitamos que soy culpable ante mí mismo… Me gusta ser culpable ante mí mismo…
Kraft, perdóneme si en este momento digo tonterías. Dígame, ¿es que también usted forma
parte de ese círculo? Eso era lo que le quería preguntar.
-No son ni más tontos ni más sensatos que los demás; están chalados, como todo el
mundo.
-¿Es que todo el mundo está chalado?
Me volví hacia él con una curiosidad involuntaria.
-Entre la gente bien, todo el mundo está hoy chalado. Sólo los mediocres y los
incapaces se divierten… Pero ¿de qué sirve todo eso?
Mientras hablaba, miraba al vacío, empezaba frases y las interrumpía. Me chocó sobre
todo observar un cierto aburrimiento en su voz.
-¿Y también Vassine está con ellos? Vassine tiene por su parte una inteligencia, una
idea moral – exclamé yo.
-Hoy día no hay ideas morales. Han desaparecido súbitamente, todas, hasta la última.
Se podría creer que nunca las ha habido.
-¿No las había en otros tiempos?
-Dejemos ese tema – dijo con un cansancio evidente.
Me sentí conmovido por su amarga seriedad. Ruborizándome por mi egoísmo, me puse
a tono con él.
-La época presente – dijo él de una manera espontánea después de unos minutos de
silencio, y mirando siempre al vacío – es la época del justo medio y de la insensibilidad.
Pasión de la ignorancia, pereza, incapacidad de obrar, necesidad de que todo esté hecho.
Nadie reflexiona ya; muy pocos podrían forjarse una idea.
Se volvió a interrumpir y se calló un instante. Yo escuchaba.
-Ahora se está desboscando a Rusia, se agota su suelo, se le transforma en estepa y se le
prepara con vistas a los calmucos. Si un hombre llega esperanzado y planta un árbol, todo
el mundo se echará a reír: «¿Es que piensas que lo verás crecer? » Por otra parte, los que
desean el bien discuten lo que pasará dentro de mil años. La idea estabilizadora ha
desaparecido. Todos estamos como en una posada, dispuestos a salir mañana mismo de
Rusia. Cada cual vive como para desembarazarse…
-Permita usted, Kraft. Usted ha dicho: «se ocupan de lo que pasará dentro de mil años».
Pero, esa desesperación suya… en cuanto al destino de Rusia … .¿no es una inquietud del
mismo tipo?
-¡Es… es la cuestión más esencial que pueda existir! -. declaró con irritación
levantándose rapidamente -. ¡Ah, sí! ¡Ya se me olvidaba! – dijo completamente de
improviso, con una voz muy distinta, mirándome con embarazo -. Le he hecho venir a
usted por cuestión de negocios, y… ¡Perdóneme, por el amor a Dios!
Se hubiera dicho que acababa de salír de un sueño. Estaba casi confuso. Cogió una
carte que estaba dentro de un vade colgado sobre la mesa y me la alargó.
-He aquí lo que tenía que entregarle a usted. Es un documento de alguna importancia –
empezó a decir con precaución y con aire de hombre de negocios.
Mucho tiempo después, al reflexionar en aquello, me asombré por aquella facultad que
él tenía (en horas tan graves pare él) de tratar con tanta cordialidad los asuntos de otros,
de referirlos con tanta calma y firmeza.
-Es una carte de ese mismo Stolbieiev cuyo testamento ha dado lugar, después de su
muerte, al proceso de Versilov contra los príncipes Sokolski. Ese proceso se está
juzgando actualmente y terminará sin dude a favor de Versilov. La ley está de su lado.
Ahora bien, en esta carta particular, escrita hace dos años, el testador anuncia él mismo su
voluntad auténtica, o más bien su deseo, y la anuncia más bien en favor de los príncipes
que de Versilov. Por lo menos, los puntos sobre los que se apoyan los príncipes Sokolski
para impugnar el testamento encuentran en esta carta una poderosa confirmación. Los
adversarios de Versilov darían cualquier cosa por este documento, que, por lo demás no
tiene un valor jurídico absoluto. Alexis Nikanorovitch (Andronikov), que se ocupaba del
asunto de Versilov, conservaba esta carta en su casa. Poco antes de su muerte me la
confió con el encargo de «guardarla preciosamente»; quizá temía por sus papeles, viendo
venir la muerte. Yo no tengo por qué juzgar sobre las intenciónes que pudiera tener
Alexis Nikanorovitch en aquellos momentos y confieso que, muerto él, me hallé en una
penosa indecisión: ¿qué hacer con aquel documento? ¿Qué hacer, sobre todo, en
presencia de la vista en cierne? Pero María Ivanovna, en la que Alexis Nikanorovitch
parecía tener mucha confianza, me sacó del apuro: me escribió categóricamente, hace tres
semanas, encargándome que le entregara a usted el documento, lo que, ella cree (es su
expresión) responde a la intención de Andronikov. Helo, pues, aquí, y me siento muy
dichoso al podérselo entregar a usted por fin.
-Escuche – dije yo, intrïgado con una noticia tan inesperada -. ¿Qué voy a hacer ahora
con esta carta? ¿Qué conducta debo seguir?
-Eso depende enteramente de usted.
-Es imposible. No soy libre en absoluto, convenga usted mismo en ello. Versilov
confiaba hasta tal punto en esta herencia… Usted sabe que, sin ella, está perdido. ¡Y de
golpe y portazo aparece un documento semejante!
-No existe más que aquí, en esta habitación.
-¿Es seguro eso? – dije mirándole atentamente.
-Si no encuentra usted por sí mismo la conducta que debe seguir, ¿qué consejo puedo
yo darle?
-Sin embargo, yo no puedo entregárselo al príncipe Sokolski: mataría todas las
esperanzas de Versilov y además ¿qué papel iba a representar yo a sus ojos? El de un traidor…
Por otra pane, entregándoselo a Versilov, arrojo a unos inocentes en brazos de la
miseria, y Versilov no dejaría de encontrarse en una situación sin salida: renunciar a la
herencia, o convertirse en un ladrón.
-Exagera usted la importancia de la cosa.
–Dígame otra cosa: ¿este documento tiene un carácter terminante, decisivo?
-No. Apenas soy jurísta. El abogado de la parte contraria encontraría naturalmente el
medio de utilizer el documen. lo y de extraerle todo el provecho que pudiera. Pero Alexis
Nikanorovitch estimaba realmente que esta carta, si llegaba a ser mostrada, no tendría un
gran valor jurídico, y Versilov podría de todos modos ganar su pleito. Es más bien, por
así decirlo, un asunto de conciencia…
-Pero es que eso es lo que importa sobre todo – le interrumpí yo -; ¡por eso justamente
se verá Versilov en una situación sin salida.
-Pero él puede destruir el documento, y entonces, por el contrario, estará prevenido
contra todo peligro.
-¿Tiene usted motivos especiales para juzgarlo así, Kraft? Esto es lo que yo quería
saber; por esto he venido a su casa.
-Creo que cualquier hombre en su lugar obraría de esa manera.
-¿Y usted también, y usted también obraría así?
-Yo no tengo que recibir ninguna herencia, y por eso no sé lo que haría.
–Bueno – dije guardándome la carta en el bolsillo -. Ya esto es una cosa decidida.
Escúcheme, Kraft. María Ivanovna, que, se lo aseguro a usted, me ha descubierto muchas
cosas, me ha dicho que usted, y solamente usted, podría decirme la verdad sobre lo que
ocurrió en Ems hace dieciocho meses entre Versilov y los Akhmakov. Lo he estado
esperando a usted como al sol que me daría luz. Usted no conoce mi situación Kraft. Le
suplico que me diga toda la verdad. Quiero saber qué clase de hombre es, y ahora ¡ahora,
es más necesario que nunca!
-Me extraña que no se lo hay a contado todo la misma María Ivanovna. Ella ha podido
estar informada de todo por el difunto Andronikov, y seguramente se ha enterado y sabe
mucho más que yo.
-El mismo Andronikov se ha visto embrollado en este asunto: eso es to que dice María
Ivanovna. Es un asunto que, a mi entender, nadie llegará a poner en claro. El mismo
diablo se rompería aquí la crisma, Pero yo sé que usted estaba entonces en Ems…
-Yo no estuve presence en todo, pero quiero contarle lo que sé. Aunque ¿podré
satisfacerle así?
II
No recogeré textualmente su relato, sino que me limitaré a dar brevemente la substancia
del mistno.
Dieciocho meses antes, Versilov, que, por intermedio del viejo príncipe Sokolski, había
llegado a ser amigo de la casa Akhmakov (estaban todos entonces en el extranjero), había
causado una fuerte impresión primeramente en el mismo Akhmakov en persona, el
general, no muy viejo aún, pero que había perdido en el juego la rica dote de su mujer,
Catalina Nicolaievna, en tres años de matrimonio, y a quien sus excesos le habían
producido ya un ataque. Se había recuperado y había partído para el extranjero: vivía en
Ems a causa de su hïja, fruto de un primer matrimonio. Era una jovencita enferrniza de
unos diecisiete años, delicada del pecho, muy bella, según se dice, y también
extraordinariamente caprichosa. No tenía dote; se contaba, como de costumbre, con el
viejo príncipe. Catalina .Nicolaíevna era, al parecer, una buena madrastra. Pero la joven
se prendó de una manera muy particular de Versilov. Éste predicaba entonces «no sé qué
cosa apasionada», para emplear la expresión de Kraft, no sé qué vida nueva, «estaba
presa de una exaltación religiosa del más alto grado», según la expresión extraña, y quizá
bu.rlona, de Andronikov, que me ha sido transmitida. Llamando la atención, bien pronto
fue detestado por todo el mundo. El general mismo le temía; Kraft no desmiente en
manera alguna el rumor según el cual Versilov habría conseguido implantar en el cerebro
de su marido enfermo la idea de que Catalina Nicolaievna no era indiferente al joven
príncipe Sokolski (que pot aquel entonces había salido de Ems para París). Lo hizo no
directamente, sino, «según su costumbre», por alusiones, insinuaciones y con toda clase
de rodeos, «en to que ha llegado a ser maestro», declaró Kraft. En general, debo decir que
Kraft lo juzgaba, y quería juzgarlo, más bien coma un bribón y un íntrigante, nato que
como un hombre realmente poseído por una idea superior o sencillamente original. Yo
sabía por otra parte, por fuera de Kraft, que Versilov, que había ejercido al principio una
inmensa influencia sobre Catalina Nicolaievna, había llegado poco a poco a romper con
ella. En qué consistía todo aquel juego, no he podido jamás hacérmelo explicar por Kraft,
pero el odio mutuo sobrevenido entre ellos dos, después de su enemistad, me había sido
confirmado por todos los conductos. Se produjo a continuación un hecho singular: la
enfermiza hijastra de Catalina Nicolaievna se enamoró sin duda de Versilov, o bien se
quedó impresionada por algún rasgo de su persona, o bien fue influida por sus discursos,
en resumen no sé nada de eso; pero es cosa sabida que, durante algún tiempo, Versilov
pasaba, casi todos los días, horas y horas junto a aquella muchacha. Finalmente, ella
declaró con toda brusquedad a su padre que quería a Versilov por marido. El hecho es
real, está confirmado por todos, y Kraft, y Andronikov, y María Ivanovna a incluso
Tatiana Pavlovna han hecho alusión a él un día en mi presencia. Se aseguraba también
que Versilov no sólo deseaba aquel matrimonio, sino que incluso insistía, y que el
acuerdo de aquellas dos criaturas heterogéneas, de un hombre viejo y de una niña, fue
mutuo. Pero aquella idea espantaba al padre; a medida que iba aborreciendo a Catalina
Nicolaievna, a la que había amado mucho en otros tiempos, se había puesto a adorar a su
hija, sobre todo después de sufrir su ataque. Pero el adversario más encarnizado de
semejante casamiento fue Catalina Nicolaievna. Hubo una cantidad extraordinaria de
conflictos domésticos, secretos y extremadamente desagradables, de disputas, de enfados;
en una palabra, suciedades de toda índole. El padre por fin comenzó a ceder, al ver la
testarudez de su hija, enamorada de Versilov y «fanatizada» por él (la expresión es de
Kraft). Pero Catalina Nicolaievna continuaba rebelándose, con un odio implacable. Y
aquí es donde comienza el embrollo del que nadie comprende una palabra. He aquí sin
embargo la hipótesis construida por Kraft según ciertos datos, pero no es más que una hipótesis.
Versilov habría conseguido sugerir, a su manera, delicada e irresistible, a la jovencita
que, si Catalina Nicolaievna se negaba a dar su consentimiento, era porque ella misma
estaba enamorada de él y desde hacía largo tiempo se hallaba atormentada por los celos:
lo perseguía, intrigaba, le había hecho ya una declaración, y estaba dispuesta ahora a
quemarlo vivo porque él amaba a otra. En resumen, algo por ese estilo. Lo peor era que
habría «deslizado» una palabrita al padre, al marido de la mujer «infiel», explicando que
lo del príncipe no había sido más que una distracción. Según otras variantes, Catalina
Nicolaievna quería con locura a su hijastra y ahora, calumniada ante ella, estaba
entregada a la desesperación, sin hablar de sus relaciones con su marido enfermo. En fin,
existe aún otra variante en la cual, con gran pena por mi parte, creía rotundamente Kraft,
y en la cual creía yo mismo (porque ya de eso había tenido indicios). Se aseguraba (según
se dice, Andronikov lo había sabido por boca de la misma Catalina Nicolaievna) que
Versilov, por el contrario, ya antes, es decir, antes de que la jovencita hubiese conocido
aquellos sentimientos, había ofrecido su amor a Catalina Nicolaievna; que ésta, que era
su amiga a incluso había sido exaltada por él durante algún tiempo, pero que no lo creía
nunca y lo contradecía siempre, había acogido aquella declaración con un odio extraordinario
y lo había abrumado de burlas venenosas. Lo había puesto formalmente de
patitas en la calle, porque el otro le proponía lisa y llanamente hacerla su mujer,
previendo un segundo ataque, inminente, del marido. Así pues, Catalina Nicolaievna
debió de experimentar una aversión particular contra Versilov cuando le vio
seguidamente buscar de una manera tan ostensible la mano de su hijastra. María
Ivanovna, al contarme todo aquello en Moscú, creía en la verdad de una y otra variante,
es decir, todo a la vez: ella aseguraba que todo aquello podía conciliarse, que era la haine
dans l’amour, una especie de orgullo amoroso herido, de una y de otra parte, etcétera; en
una palabra, una especie de embrollo novelesco, indigno de un hombre serio y en
posesión de sus cinco sentidos, y con una mezcla además de infamia. Pero María
Ivanovna estaba repleta de novelas desde su infancia, las leía noche y día, a pesar de tener
un carácter excelente. Lo que se desprendía de aquello, era la evidente ignominia de
Versilov, la mentira y la intriga, algo negro y repugnante, tanto más cuanto que el final
fue trágico: la pobre jovencita, inflamada de amor, se envenenó, se dice, con cerillas de
fósforos; por lo demás, aún no sé hoy día si este último rumor es exacto; de todas
maneras, se trató de ahogarlo por todos los medios. La joven no estuvo enferma más de
quince días y murió. De ese modo la historia de las cerillas quedó dudosa, pero Kraft
creía en ella firmemente. A continuación, muy rápidamente, murió el padre de la joven,
se dice que de pena, pena que le produjo un segundo ataque, pero, sin embargo, no antes
de tres meses. Pero, después del entierro de la muchacha, el joven príncipe Sokolski,
vuelto de París a Ems, abofeteó públicamente a Versilov en pleno jardín, y el otro no
respondió con un desafío; al contrario, al día siguiente se mostró en el paseo como si
nada hubiera pasado. Fue entonces cuando todo el mundo le volvió la espalda, también en
Petersburgo; Versilov conservaba no obstante algunos conocimientos, pero en un
ambiente completamente distinto. Sus amigos del gran mundo se hicieron todos sus
acusadores, aunque muy pocos conociesen todos los detalles; no se sabía más que la
historia de la muerte novelesca de la jovencita y lo de la bofetada. Únicamente dos o tres
individuos poseían datos tan completos como era posible tener; el que más sabía de
aquello fue el difunto Andronikov, que desde hacía mucho tiempo estaba ya en relaciones
de negocios con los Akhmakov y en particular con Catalina Nicolaievna a causa de un
determinado asunto. Pero guardó el secreto incluso en el seno de su propia familia; no se
había franqueado un poco más que a Kraft y a María Ivanovna, y eso por necesidad.
-Lo esencial – concluyó Kraft – es que existe un documento al que la señora
Akhmakova teme espantosamente.
Y he aquí lo que él me comunicó a este respecto.
Catalina Nicolaievna había cometido la imprudencia, en el momento en que el viejo
príncipe su padre se reponía en el extranjero de su ataque, de escribir a Andronikov, con
gran secreto (Catalina Nicolaievna tenía en él una completa confianza), una carta
extremadamente comprometedora. En aquellos momentos, el príncipe convaleciente
había manifestado, según se dice, una cierta inclinación a derrochar su dinero, casi a
tirarlo por la ventana: se había puesto a comprar en el extranjero objetos perfectamente
inútiles, pero costosos, cuadros, jarrones; a hacer regalos y donativos, en grandes cantidades,
incluso a diversos establecimientos del país; había estado a punto de comprarle a
un noble ruso arruinado, a muy alto precio y sin hacer ninguna visita, una hacienda
devastada y cargada de pleitos, y, en fin, pensaba realmente en el matrimonio. Pues bien,
por todas aquellas razones, Catalina Nicolaievna, que no se habia apartado un paso de su
padre durante su enfermedad, le plánteó a Andronikov, en su calidad de jurista y de
«viejo amigo», esta pregunta: «¿Sería posible, conforme a la ley, poner al príncipe bajo
tutela o someterlo a consejo judicial; o sea, cuál es el mejor medio para conseguir eso sin
escándalo, para que nadie encuentre motivos para hacer comentarios, para no herir
tampoco los sentimientos del padre?», etc., etc. Se dice que Andronikov la llamó al orden
y la disuadió de semejante empeño; más tarde, cuando el. príncipe estuvo completamente
curado, no hubo ya ocasión de volver sobre lo mismo; pero la carta se quedó en casa de
Andronikov. Ahora bien, Andronikov muere; Catalina Nicolaievna se acuerda en seguida
de su carta: si algún día la descubrieran entre los papeles del difunto y cayese en manos
del viejo príncipe, seguramente éste la expulsaría para siempre, la desheredaría y no le
daría ya un solo copec en vida. La idea de que su propia hija no creía en su razón a
incluso quería hacerlo declarar loco haría de aquel cordero una verdadera fiera. Ahora
bien, en su viudedad, ella se había quedado, gracias al jugador de su marido, sin la menor
fortuna y no contaba más que con su padre; tenía la firme esperanza de obtener de él una
nueva dote, tan generosa como la primera.
De la suerte que hubiese corrido aquella carta, Kraft sabía muy poco. Había notado sin
embargo que Andronikov «no rompía nunca los papeles que podían servir» y que además
tenía el espíritu amplio, pero la conciencia muy «amplïa» también. (Me asombré entonces
de aquella extraordinaria independencia de Kraft, que quería y respetaba mucho a
Andronikov.) Pero Kraft tenía sin embargo la convicción de que el documento
comprometedor había debido de caer entre las manos de Versilov, dada su intimidad con
la viuda y con las hijas de Andronikov: se sabía ya que ellas habían puesto a su disposición
a inmediatamente todos los papeles del difunto. Kraft sabía además que Catalina
Nicolaievna no ignoraba que la carta estaba en poder de Versílov y que esto era lo que
ella temía, pensando que aquél iría inmediatamente a mostrársela al viejo príncipe; sabía
también que cuando ella regresó del extranjero, había buscado la carta en Petersburgo,
había estado en casa de los Andronikov, y continuaba aún buscándola, puesto que
conservaba, a pesar de todo, la esperanza de que no estuviese en poder de Versilov; en
fin, que había hecho el viaje desde Moscú únicamente con esta intención y le había
suplicado a María Ivanóvna que hiciese una rebusca entre los papeles que se habían
quedado en casa de esta última. En cuanto a la existencia de María Ivanovna y sus relaciones
con el difunto Andronikov, ella se había enterado a última hora, una vez de vuelta
en Petersburgo.
-¿Y cree usted que ella no ha encontrado nada en casa de María Ivanovna? – pregunté
yo, teniendo mi idea.
-Si María Ivanovna no le ha revelado nada a usted, ni siquiera a usted, es quizá porque
no tiene nada.
-Entonces, ¿cree usted que el documento está en poder de Versilov?
-Es lo más verosímil. Por lo demás, no estoy enterado de nada, todo es posible – declaró
éi con un cansancio evidente.
Dejé de interrogarle. ¿Para qué seguir? Todo lo esencial estaba aclarado, a pesar de
aquel abominable embrollo. Todo lo que yo temía se confirmaba.
-Todo esto me hace el efecto de un sueño o de un delirio – dije con una pena profunda,
agarrando mi sombrero.
-¿Quiere usted mucho a ese hombre? – preguntó Kraft, con una simpatía grande y
manifiesta, que leí en aquel momento en su rostro.
-Ha pasado lo que me imaginaba — dije -: que no me enteraría de todo en casa de usted.
Me queda una esperanza, con Akhmakova. Contaba con ella. Tal vez vaya a verla. Tal
vez no.
Kraft me miró, un poco perplejo.
-¡Adiós, Kraft! ¿Para qué aferrarse a la gente que no quiere saber nada de uno? ¿No
vale más romper de una vez?
-¿Y después? – preguntó con aire sombrío y mirando al suelo.
-¡Entrar dentro de uno, dentro de uno! ¡Romper con todo y entrar dentro de sí mismo!
-¿Irse a América? (26).
-¡A América! ¡Dentro de sí, sólo dentro de sí mismo! ¡He ahí en lo que consiste toda
«mi idea», Kraft! – dije con excitación.
Me miró con curiosidad.
-¿Y tiene usted un sitio de ésos: un «dentro de sí»?
-Sí. Hasta la vista, Kraft. Le doy las gracias y lamento haberle importunado. En su
lugar, con una Rusia semejante a la cabeza, yo enviaría a todo el mundo al diablo;
marchaos, intrigad, comeos los unos a los otros; ¿qué me importa a mí eso?
-Quédese todavía un momento – dijo él de pronto, después de haberme acompañado ya
a la puerta.
Ligeramente asombrado, volví y me senté de nuevo. Kraft se sentó enfrente.
Cambiamos algunas sonrisas: vuelvo a ver todo aquello como si estuviese a11í. Recuerdo
que me sentía un poco sorprendido.
-Lo que me agrada de usted, Kraft, es su cortesía -dije de repente.
-¿Es posible?
-Es que yo raramente consign ser cortés, por más que me esfuerce… Por otra parte,
quizá sea preferible ofender a la gente: por lo menos se libra uno así de la desgracia de
amarla.
-¿Qué hora del día es la que prefiere usted más? – preguntó él, evidentemente ya sin
escucharme.
-¿Qué hora? No sé. No me gusta la puesta de sol.
-¿De verdad? – preguntó con una curiosidad extraña.
E inmediatamente volvió a caer en su ensimismamiento.
-¿Vuelve usted a marcharse a alguna parte?
-Sí… me voy…
-¿Pronto?
-Pronto.
-¿Es que, para ir hasta Vilna, hay necesidad de tener un revólver? – pregunté yo sin e1
menor mal pensamiento, incluso sin pensamiento alguno.
La pregunta se me había ocurrido porque había visto un revólver y no sabía qué decir.
Se volvió y miró fijamente el revólver.
No, no tiene importancia, es una mera costumbre.
–Si yo tuviese un revólver, lo guardaría bajo llave en algún sitio. Mire usted, es algo
terriblemente tentador. No creo en las epidemias de suicidios; pero cuando se tiene
siempre un objeto así al alcance de la vista, hay instantes en que está uno tentado.
–¡No diga usted eso! – exclamó él, levantándose bruscamente.
-No me refiero a mí – añadí yo, levantándome también -. Yo nunca haría uso de una
cosa de ésas. Que me den tres vidas, si quieren. Ni aun así tendría bastante.
-¡Que viva usted mucho tiempo!
Aquellas palabras parecieron escapársele.
Sonrió con aire distraído y de una manera rara se dirigió derechamente hacía el
recibidor, como para guiarme hasta la salida, sin darse cuenta a punto fijo de lo que hacía.
-Le deseo toda clase de felicidades, Kraft – dije poniendo el pie en el rellano.
-Eso está por ver – respondió con firmeza,.
-Hasta la vista.
-También eso está por ver.
Me acuerdo de la última mirada que lanzó.
III
Así, pues, he aquí el hombre por el que mi corazón ha latido tantos años. ¿Y qué
esperaba yo de Kraft, qué revelaciones?
A1 salir de casa de Kraft, sentí un hambre terrible. Caía la tarde, y yo no había comido.
Desemboqué en seguida en la Gran Perspectiva de Petersburgskaia storona y entré en un
pequeño traktir (27) con intención de gastar veinte copeques, y en ningún caso más de
veinticinco; por nada del mundo me habría permitido un gasto mayor en aquellos
momentos. Pedí una sopa y, me acuerdo muy bien, después de habérmela tragado, miré
por la ventana. En el interior había mucha gente; un olor de grasa quemada, de servilletas
de posada y de tabaco. Era algo infecto. Por encima de mi cabeza, un ruiseñor mudo,
sombrío y pensativo, golpeaba con el pico en el fondo de su jaula. En la sala de billar
hacían un gran ruido, pero yo me quedé en mi silla reflexionando. La puesta de sol (¿por
qué Kraft se había sorprendido tanto al enterarse de que no me gustaban las puestas de
sol?) me procuró sensaciones nuevas a inesperadas, completamente fuera de lugar. Yo
entreveía siempre la dulce mirada de mi madre, sus hermosos ojos, que, desde hacía un
mes, se posaban en mi tan tímidamente. En aquellos últimos tiempos yo me portaba en
casa muy groseramente, sobre todo con ella; a quien le guardaba rencor era a Versilov,
pero no atreviéndome a decirle groserías, según mi costumbre innoble, era a ella a la que
me dedicaba a atormentar. Hasta me tenía miedo: a menudo me miraba con ojos
suplicantes cuando entraba Andrés Petrovitch temiendo alguna intemperancia por mi
parte… Cosa rara, fue entonces, en el traktir, cuando me di cuenta por primera vez de que
Versilov me hablaba de tú, y ella de usted. Ya me había asombrado antes de eso, y no
precisamente a favor de ella, pero aquí me dabá cuenta de una manera especial, a ideas
raras, unas tras otras, atravesaban mi cerebro. Me quedé mucho tiempo inmóvil, hasta
que el crepusculo imperó por completo. Pensaba también en mi hermana…
¡Instante fatal! Hace falta decidirse a toda costa. ¿Es que soy incapaz de tomar una
decisión? ¿Qué hay de difícil en una ruptura, sobre todo cuando los demás no quieren
saber nada de mí? ¿Mi madre y mi hermana? Pero a ellas yo no las abandonaré en ningún
caso, pase lo que pase.
Es verdad, la aparición de aquel hombre en mi existencia, por espacio de un relámpago,
en mi primera infancia, ha sido el choque fatal que ha hecho tambalear mi conciencia. Si
no me lo hubiese encontrado entonces, mi espíritu, mi manera de pensar, mi destino
habrían sido seguramente distintos, a pesar del carácter que me estaba reservado por la
suerte y que yo no habría podido evitar.
Ahora bien, resulta que este hombre no es más que un sueño, un. sueño de mis años de
infancia. Soy yo quien me lo he imaginado de esta manera: en realidad él es muy
diferente, está muy por debajo de mi fantasía. A quien yo he venido a buscar es a un
hombre honrado, y no a éste. Pero ¿por qué me he prendado de él, de una vez para
siempre, en aquel corto instante en que le vi en tiempos, siendo todavía un niño? Este
«para siempre» debe desaparecer. Un día, si se presenta la ocasión, referiré cómo fue
aquel primer encuentro: es una mera anécdota de la que no se puede extraer consecuencia
alguna. Pero en mí toda una pirámide ha salido de aquel momento. He empezado esa
pirámide bajo mi manta de niño, en el momento en que, antes de dormirme, podía llorar y
pensar. ¿En qué? Yo mismo lo ignoro. ¿En el abandono en que se me tenía?, ¿en los
tormentos que se me hacía sufrir? Pero no se me había atormentado apenas: escasamente
dos años, en la pensión Tuchard, donde él me había metido antes de marcharse para
siempre. A continuación, nadie me atormentó ya; al contrario, era yo quien miraba de
arriba abajo a mis camaradas. Por lo demás, no puedo aguantar a esos huérfanos que
gimotean sobre su suerte. No hay espectáculo más repulsivo que el de esos huérfanós,
esos bastardos, todos esos desechos de la sociedad y, en general, toda esa canalla por la
que no siento la menor lástima, que, de golpe y porrazo, se yergue solemnemente delante
del público y se pone a clamar lastimeramente, pero también para recitar su lección:
«¡Mirad cómo nos han tratado! » ¡Ya les daría yo de latigazos a semejantes huérfanos!
No hay ni siquiera uno en esa turba vil, que comprenda que es diez veces más noble
callarse, en lugar de gimotear y juzgarse digno de lástima. Si tú mismo lo juzgas digno de
lástima, hijo del amor, no tienes más que lo que mereces. Eso es lo que pienso por mi
parte.
Pero lo que resulta curioso, no son los sueños que yo acariciaba en otros tiempos, «bajo
mi manta», sino el hecho de que he venido aquí por él, siempre por este hombre imaginario,
olvidando casi mis objetivos esenciales. He venido a ayudarle a vencer la
calumnia, a aplastar a sus enemigos. El documento del que hablaba Kraft, la carta de
aquella mujer a Andronikov, carta que ella teme tanto, que puede destrozar su felicidad y
sumirla en la miseria, y que ella cree que se encuentra entre las manos de Versilov, esa
carta no estaba en poder de Versilov, sino en el mío, cosida en mi bolsillo lateral. Yo
mismo la había cosido allí. Sí; no lo sabía nadie en el mundo. Si la novelesca María
Ivanovna, que tuvo el documento «en custodia», había juzgado necesario entregármelo a
mí, y no a otra persona, eso era un efecto de sus ideas y de su voluntad, y yo no tengo por
qué explicarlo; quizás un día tendré ocasión de referirlo; pero, armado así de improviso,
yo no podía menos de experimentar el deseo de venir a Petersburgo. Naturalmente,
contaba con ayudar a este hombre en secreto, sin ponerme en evidencia y sin
apasionarme, sin esperar de su parte ni alabanzas ni abrazos. ¡Y jamás, jamás, me habría
juxgado digno de dirigirle un reproche! ¿Era culpa suya que yo me hubiese prendado de
él y que me hubiese forjado con él un ideal fantástico? ¡Quizá ni siquiera le quería! Su
espíritu original, su carácter curioso, sus intrigas y sus aventuras, la presencia cerca de él
de mi madre, todo eso, al parecer, no podía ya detenerme; bastante era que mi muñeca
fantástica se hubiese roto y que yo fuese tal vez incapaz de quererle en lo sucesivo.
Entonces, ¿qué era lo que me detenia aún, qué era lo que me sujetaba? He ahí la cuestión.
Al fin y a la postre, el tonto lo era yo y nadie más.
Pero, porque exijo la franqueza de los demás, seré franco conmigo mismo: debo
confesarlo, el documento cosido en mi bolsillo no despertaba en mí solamente un deseo
apasionado de correr en socorro de Versilov. Ahora está demasiado claro para mí, aunque
entonces me ruborizase ante aquella idea. Yo entreveía a una mujer, a una orgullosa
criatura del gran mundo, con la que me encontraría cara a cara; ella me despreciaría, se
reiría de mí como de un ratón, sin sospechar siquiera que soy el dueño de su destino. Esa
idea me embriagaba ya en Moscú, y más aún en el tren, en el momento en que me dirigía
aquí; ya lo he confesado más arriba. Sí, yo detestaba a esa mujer, pero la quería ya como
víctima que iba a ser mía, y todo aquello era verdad, todo aquello era real. Pero era una
puerilidad como nunca hubiese creído ni siquiera de una criatura como yo. Describo mis
sentimientos de entonces, es decir, lo que me pasaba por la cabeza en el momento en que
estaba sentado en el traktir debajo del ruiseñor, en el momento en que decidí romper con
ellos, aquella misma noche, irrevocablemente. La idea de mi reciente encuentro con
aquella mujer hizo subir de pronto a mi rostro el arrebol de la vergüenza. ¡Vergonzoso
encuentro! ¡Vergonzosa y estúpida impresión, y que sobre todo demostraba, de la mejor
manera posible, mi ineptitud para la acción! Demostraba solamente, pensaba yo entonces,
que yo era incapaz de resistir ni siquiera a los cebos más estúpidos, siendo así que
acababa de declararle a Kraft que yo tenía, en algún lugar al sol, mi obra propia, y que, si
me diesen tres vidas, sería aún demasiado poco para mí. Yo había dicho aquello
orgullosamente. Que hubiese abandonado mi idea para inmiscuirme en los asuntos de
Versilov, era todavía perdonable; pero lanzarme a un lado y a otro, como una liebre
deslumbrada, y mezclarme en toda clase de estupideces. era evidentemente una pura
imbecilidad de mi parte. ¿Qué necesidad tenía yo de haber ido a casa de Dergatchev a
exponer mis tonterías, cuando estaba convencido desde hacía mucho tiempo de que yo
era incapaz de contar nada con ilación y buen sentido y que mi mayor interés estaba en
callarme? Y un Vassine me daba una lección con el pretexto de que yo tenía aún «
cincuenta años de vida por delante, y que por consiguiente no tenía por qué inquietarme».
Magnífica objeción, lo reconozco, objeción que hace honor a su inteligencia indiscutible;
magnífica, porque es la más sencilla, y las cosas sencillas no se comprenden nunca más
que al final, cuando se han tanteado todas las complicaciones y todas las tonterías; pero
esa objeción ya la sabía yo sin necesidad de Vassine; esa idea ya la había experimentado
hacía más de tres años; hay más, en parte era «mi idea». He aquí lo que me decía
entonces a mí mismo en el traktir.
Me sentía muy a disgusto cuando, cansado de andar y de pensar, llegué por la noche,
después de las siete, al Semenovski polk. La oscuridad era completa; el tiempo había
cambiado; estaba ahora seco, pero se había levantado un viento desagradable, el viento de
Petersburgo, cruel y penetrante; lo tenía a la espalda, y hacía girar alrededor la arena y el
polvo. ¡Cuántas caras rudas, entre la gente humilde que se apresuraba a entrar en su
rincón, de vuelta del trabajo o de la oficina! Cada cual llevaba grabado en su rostro su
duro cuidado, ¡y ni siquiera una sola idea común que uniese a toda aquella
muchedumbre! Kraft tiene razón: cada uno tira por su sitio. Me encontré con un niño, tan
pequeño, que se asombraba uno de verlo solo en la calle a semejante hora; debía de
haberse perdido; una buena mujer se detuvo un momento para interrogarlo, pero, no
comprendiendo nada, hizo ademán de que ella nada podía hacer y continuó su camino
abandonándolo solo en la oscuridad. Me acerqué, pero tuvo miedo de mí y huyó. Al
llegar a casa, decidí no ir a visitar nunca a Vassine. Mientras subía la escalera, me sentí
invadido pot unas ganas locas de encontrar a mi familia sola en casa, sin Versilov, para
tener tiempo de decir antes de su llegada algunas palabras amables a mi madre o a mi
querida hermana, a la cual, por así decirlo, no le había dirigido en todo aquel mes una
sola palabra afectuosa. Eso pasó: él no estaba en casa…
IV
A propósito de esto: al introducir en mis «memorias» a este «nuevo personaje» (quiero
decir a Versilov), debo dar brevemente algunos datos sobre la carrera de su vida, datos
que. por lo demás, no significan nada. Lo hago para que el lector me comprenda mejor, y
porque no veo en qué sitio podría situar lógicarriente estos datos en el curso de la narración.
Había estado en la Universidad, pero había entrado en seguida en la guardia, en un
regimiento de caballería. Se casó con una Fanariotova y pidió el retiro. Hizo varios viajes
al extranjero. En los intervalos, vivía en Moscú, entregado a los placeres mundanos.
Después de la muerte de su mujer, se retiró al campo; a11í es donde se sitúa el episodio
de mi madre. Seguidamente, residió largo tiempo en alguna parte del Mediodía. Cuando
estalló la guerra con Europa, volvió a entrar en servicio, pero no fue enviado a Crimea y
no participó en ningún combate. Acabada la guerra, cogió su retiro, viajó por el
extranjero, a incluso con mi madre, a la cual abandonó en Koenigsberg. La infeliz me ha
contado varias veces, con una especie de espanto y agachando la cabeza, cómo tuvo que
pasar seis meses absolutamente sola, con su hijita, sin saber el idioma del país, como en
pleno bosque, y, al final, sin dinero. Entonces vino a buscarla Tatiana Pavlovna y se la
llevó consigo a algún lugar en la provincia de Nijni. A continuación Versilov formó parte
de la primera hornada de los «mediadores de paz» (28) y, según se dice, desempeñó sus
funciones a maravilla. Pero las abandonó pronto y se ocupó, en Petersburgo, de distintos
asuntos civiles privados. Andronikov estimó siempre en mucho su competencia. Lo
respetaba enormemente, agregando tan sólo que no comprendía su carácter. Luego
Versilov abandonó también aquella ocupación y volvió a marcharse al extranjero, esta
vez por mucho tiempo, por varios años. Tras de lo cual se iniciaron sus relaciones muy
estrechas con el viejo príncipe Sokolski. Durante todo aquel tiempo, la situación de su
fortuna cambió radicalmente dos o tres veces: ora caía en la miseria, ora se enriquecía de
nuevo y volvía a salir a flote.
Por lo demás, hoy, al llegar a esta parte de mis memorias, me resuelvo a hablar de «mi
idea». Por primera vez, voy a describirla, comenzando por su nacimiento. Me decido, por
así decirlo, a descubrírsela al lector, y también para dar más claridad a la continuación de
mi relato. No es el lector solamente, sino que también yo mismo, el autor, empiezo a meterme
en dificultades al tratar de explicar mi conducta sin explicar antes lo que me ha
guiado y lo que me ha impulsado. Con esta «figura de preterición», heme aquí caído de
nuevo, por mi torpeza, en los «artificios» de novelista de los que me he burlado más
arriba. A1 entrar en mi novela de Petersburgo, con todas sus aventuras vergonzosas para
mí, encuentro este prefacio indispensable. No son los «artificios» los que me han hecho
guardar silencio hasta aquí, sino la naturaleza de las cosas, es decir, la dificultad del
relato. Incluso hoy día, después de todo lo que ha pasado, experimento una dificultad
insuperable en referir esta «idea». Además, evidentemente debo exponerla en la forma
que la misma tenía entonces, tal como estaba formada y concebida por mí en aquella
época, y no tal como es ahora, to que implica una nueva dificultad. Hay ciertas cosas que
resultan casi imposibles de contar. Precisamente las ideas más simples y más claras son
las menos a propósito para ser comprendidas. Si, antes de descubrir América, Colón
hubiese querido contar su idea a otros, estoy convencido de que se habría estado mucho
tiempo sin comprenderle. En realidad, no se le comprendía. Hablando así, no pretendo en
manera alguna equipararme con Colón, y si alguien extrae esta consecuencia, él es, ni
más ni menos, quien debe avergonzarse.
CAPÍTULO V
Mi idea es ser Rothschild. Invito al lector a que tenga calma y seriedad.
Lo repito: mi idea es ser Rothschild, ser tan rico como Rothschild; no simplemente rico,
sino precisamente como Rothschild. Con qué intención, por qué motivo, qué fines voy
persiguiendo, son cosas de las que se tratará más tarde. De momento, demostraré
solamente que la consecución de mi objetivo está garantizada matemáticamente.
La cosa es de una sencillez infinita; todo el secreto consiste en dos palabras: terquedad
y continuidad.
-Ya sabemos eso – se me dirá -; no es novedad ninguna. En Alemania, cada «Vater» se
lo repite a sus hijos. Y sin embargo su Rothschild de usted (el difunto James Rothschild,
de París, al que me refiero) ha sido siempre único, mientras que hay millones de «Vater».
Responderé:
-Ustedes aseguran que ya lo saben. Pues bien, no saben absolutamente nada. Existe un
punto sin embargo en el que ustedes tienen razón: si he dicho que es una cosa «infinitamente
simple», me he olvidado de añadir que es también la más difícil. Todas las
religiones y todas las morales del mundo se reducen a esto: «Hay que amar la virtud y
huir del vicio.» ¿Cómo, parece que haya nada más sencillo? ¡Pues bien, haced algo
virtuoso, huid de uno solo cualquiera de vuestros vicios, ensayadlo un poco! Todo
consiste en eso.
He aquí por qué vuestros innumerables «Vater», durante una infinidad de siglos,
pueden repetir esas dos palabras asombrosas en las que estriba todo el secreto, mientras
que sin embargo Rothschild sigue siendo único. Por tanto, no se trata de éso en absoluto,
y los «Vater» no repiten en modo alguno el pensamiento que sería necesario.
En cuanto a la terquedad y a la continuidad, sin duda alguna, también ellos han oído
hablar de eso; pero, para llegar a mi objetivo, no es la terquedad de los «Vater» ni la
continuidad de los « Vater» la que hace falta.
Esta sola palabra de «Vater» – y no hablo solamente de los alemanes -, el hecho de que
se tenga familia, de que se viva como todo el mundo, de que se tengan los mismos gastos
que los demás, las mismas obligaciones, todo eso os impide llegar a ser Rothschild y os
obliga a seguir siendo un hombre moderado. Por mi parte, comprendo demasiado bien
que una vez llegado a ser Rothschild o incluso solamente deseando llegar a serlo, no a la
manera de los «Vater», sino seriamente, en el mismo momento salgo fuera de la
sociedad.
Hace algunos años leí en los periódicos que había muerto en un vapor del Volga un
mendigo vestido de harapos, que pedía limosna y que era conocido por todo el mundo en
la comarca entera. Después de su muerte, se le encontraron cosidos en sus andrajos tres
mil rublos en billetes de Banco. Estos días he leído una nueva historia de mendigos: un
noble, ya anciano, que iba de posada en posada tendiendo la mano. Lo han detenido y le
han encontrado encima cinco mil rublos. De ahí se extraen dos conclusiones: la primera,
que la terquedad en la acumulación, aunque se trate de céntimos, da a la larga resultados
inmensos (el tiempo no tiene nada que ver con el asunto); la segunda, que la forma más
fácil de enriquecimiento, con tal que sea continua, tiene el éxito asegurado
matemáticamente.
Existen quizá numerosos hombres honorables, inteligentes y modestos que no tienen
(por más que se empeñen) ni tres mil, ni cinco mil rublos, y que sin embargo desearían
terriblemente tenerlos. ¿Por qué pasa eso? La respuesta es clara: porque ni siquiera uno
solo entre todos ellos, a pesar de todo su deseo, quiere hasta el punto, si no hay otro
medio, de hacerse incluso mendigo; ninguno es lo bastante terco como para, una vez
hecho mendigo, no gastar las primeras monedas recibïdas en procurarse un pedazo más
para él mismo o para su familia. Ahora bien, con este procedimiento de acumulación,
quiero decir, con la mendicidad, hace falta alimentarse, para acumular sumas semejantes,
con pan y con sal y nada más; por lo menos así es como yo comprendo la cosa. Desde
luego, eso es to que hacían los dos mendigos mencionados más arriba; comían pan seco y
dormïan al aire libre. Es muy cierto que no tenían la intención de llegar a ser Rothschild:
no eran más que tipos a to Harpagon o Pliuchkine (29) en el estado puro, y nada más;
pero la acumulación consciente, bajo una forma completamente distinta, con la intención
de llegar a ser Rothschild, no exigirá menos deseo y fuerza de voluntad que los que han
tenido estos dos mendigos. Ningún «Vater» tendrá esa fuerza. En este mundo, las fuerzas
son muy variadas, las fuerzas de voluntad y de deseo sobre todo. Hay la temperatura de
ebullición del agua y hay la temperatura en la que el fuego se pone al rojo.
Es un verdadero monasterio, son verdaderas hazañas de santos. Es un sentimiento, y no
una idea. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Es moral, no es una monstruosidad llevar harapos y comer
pan negro toda la vida, cuando se lleva consigo una fortuna semejante? Estas
cuestiones llegarán más tarde; de momento se trata solamente de la posibiiidad de
alcanzar la meta.
Cuando concebí «mi idea» (precisamente no consiste más que en el caldeamiento al
rojo), quise ponerme a prueba: ¿estaba yo hecho para el monasterio y para la santidad? A
este efecto, durante todo el primer mes no comí más que pan y agua. No me hacían falta
más que dos libras y media de pan negro por día. Para conseguir aquello, tuve que
engañar al astuto Nicolás Semenovitch y a María Ivanovna, que me quería mucho. Insistí,
con gran pena de ella y no sin intrigar al muy delicado Nicolás Semenovitch, para que se
me trajese la comida a la habitación. Allí, la destruía pura y simplemente. Tiraba la sopa
por la ventana, sobre las ortigas o en cualquier otra parte; la carne, o bien se la arrojaba al
perro por la ventana, o bien, envuelta en papel, me la metía en el bolsillo y me la llevaba
afuera, y con el resto por el estilo.
Como me daban mucho menos de dos libras y media de pan, yo me lo compraba en
secreto. Resistí muy bien aquel mes, quizá solamente me estropeé un poco el estómago;
pero durante el mes siguiente añadí al pan un poco de sopa, y por la mañana y por la
noche un vaso de té. Y puedo aseguraros que pasé así un año con perfecta salud y
resistencia, y moralmente sumido en un estado de encantamiento y en una perpetua
exaltación secreta. Lejos de echar de menos mis platos, nadaba en entusiasmo.
Terminado el año, convencido de que me hallaba en condiciones de soportar cualquier
clase de ayuno, volví a comer como todo el mundo, a hice mis comidas con ellos. No
contento con esta prueba, hice una segunda: para mis gastillos menudos tenía derecho,
además de la pension pagada a Nicolás Semenovitch, a cinco rublos por mes. Resolví no
gastar más de la mitad. Fue una prueba muy difícil, pero al cabo de poco más de dos
años, al llegar a Petersburgo, llevaba en el bolsillo, aparte de otro dinero, setenta rublos
producidos únicamente pot esas economías. El resultado de esas dos experiencias fue
para mí colosal: comprobé positivamente que era capaz de querer lo bastante para llegar
a mi objetivo, y es en esto, lo repito, en lo que constste «mi idea»; el resto no es más que
futilidad.
II
Sin embargo, veamos también esas futilidades.
He descrito mis dos experiencias. En Petersburgo, como ya se sabe, hice una tercera:
me dirigí a una subasta pública y, de un solo golpe, obtuve una ganancia de siete rublos
noventa y cinco copeques. Naturalmente no era una verdadera experiencia, sino una
especie de juego, de recreo: había tenido la fantasia de robarle al porvenir un minutito y
ver cómo me comportaría y obraría. De una manera general, desde el principio, en
Moscú, había aplazado la verdadera puesta en marcha hasta el momento en que me viese
enteramente fibre; comprendía demasiado bien que me hacía falta primeramente, por
ejemplo, terminar con el Instituto (como se sabe, a la Universidad ya la había
sacrificado). Indudablemente, yo partía para Petersburgo presa de una cólera secreta:
recién salido del Instituto y fibre por primera vez, había visto de pronto que los asuntos
de Versilov iban a distraerme nuevamente de mi empress hasta una fecha desconocida.
Aunque con cólera, yo partía absolutamente tranquilo hacia mi meta.
Sin duda yo ignoraba la práctica; pero había reflexionado sobre esos tres años seguidos
y no podia albergar duda alguna. Me había figurado mil veces la manera como
procedería: me encuentro de golpe y porrazo, como caído de las nubes, en una de
nuestras dos capitales (había elegido para el estreno las capitales, y, en particular, a
Petersburgo, a la cual le daba la preferencia con motivo de un determinado cálculo) y, así
bajado de mis nubes, pero enteramente libre, no dependo de nadie, tengo salud y cien
rublos escondidos en el bolsillo como primer fondo de inversion. Con menos de cien
rublos, imposible empezar, porque eso habría sido retrasar durante demasiado tiempo
incluso el primerísimo período de éxito. Además de estos cien rublos, tengo, como se
sabe, el valor, la terquedad, la continuidad, el aislamiento perfecto y el secreto. El
aislamiento sobre todo: he detestado terriblemente hasta el último instante las relaciones
y las asociaciones con la gente; de una manera general, estaba decidido a emprender «mi
idea» absolutamente solo, condition sine qua non. La gente es para mí una carga; yo
habría tenido el espíritu turbado, y esa turbación habría perjudicado el objetivo. Por otra
parte, hasta el día de hoy, durante toda mi vida, en todos mis sueños sobre mis relaciones
futuras, con los hombres, siempre he salido del paso muy inteligentemente; apenas
metido en faena, siempre muy estúpidamente. Lo reconozco con indignation y sinceridad,
me he traicionado siempre por mis discursos, siempre demasiado apresurado, y por eso
he resuelto suprimir a los hombres. Beneficio: independencia, tranquilidad de espíritu,
claridad de la meta.
A pesar de los precios espantosos de Petersburgo, decidí de una vez para siempre que
no gastaría más de quince copeques en mi alimentation, y sabía que cumpliría esta
palabra. Había examinado largamente y con detalles este problems de la alimentation;
resolví por ejemplo comer a veces dos días seguidos pan con sal, gastando en el tercero
las economías así realizadas; me parecía que esto sería más ventajoso para mi salud que
un desayuno igual y perpetuo con un mínimo de quince copeques. Seguidamente, para
alojarme, me hacía falta un rincón, literalmente un rincón, únicamente donde pasar la
noche o abrigarme en los días de muy mal tiempo. Resolví vivir en la calle y estaba
dispuesto, en caso de necesidad, a dormir en los asilos nocturnos en los que se da, además
del techo, un trozo de pan y un vaso de té. ¡Oh!, ya sabré yo esconder mi dinero para que
no me roben, en mi rincón o en el asilo; nadie adivinará siquiera que lo tengo, os to
garantizo.
«¿Robarme a mí, cuando me guardo de robar a los demás?»: he oído una vez esta frase
burlona en la calle, en boca de un compadre astuta. Naturalmente, lo único que retengo de
la frase es la prudencia y la astucia; no tengo la menor intención de robar. Hay más, ya en
Moscú, y quizá desde el primer día de mi «idea», decidí que no sería ni prestamista, ni
usurero: para eso están los judíos y aquellos rusos que no tienen ni inteligencia ni
carácter. El préstamo y la usura son creaciones de la mediocridad.
En cuanto a la ropa, resolví tener dos trajes: uno para todos los días y otro presentable.
Una vez adquiridos, yo estaba seguro de llevarlos mucho tiempo; me había pasado dos
años y medio aprendiendo a llevar mis trajes a incluso había descubierto este secreto:
para que un traje esté siempre nuevo y no se estropee, hay que cepillarlo lo más
frecuentemente posible, cinco y seis veces por día. La tela no tiene nada que temer del
cepillo, lo digo a ciencia cierta; sus enemigos son el polvo y la suciedad. El polvo, sí se
mira al microscopio, es un conjunto de pequeños guijarros, mientras que el cepillo, por
duro que sea, no se diferencia mucho de la lana. Aprendí igualmente cuál era la forma
mejor de llevar las botas; he aquí el secreto: hay que posar el pie con precaución, toda la
suela a la vez, apoyándose en los lados lo más raramente posible. Es una ciencia que
puede adquirirse en quince días, luego ya todo funcionará por sí mismo. Con este
procedimiento, las botas duran por término medio un tercio más que antes. Es mi
experiencia de dos años (30).
A continuación venía la acción en sí. Yo partía de esta consideración: poseo cien
rublos. Hay en Petersburgo tantas ventas en pública subasta, tantas liquidaciones, tantas
tiendecillas a indigentes, que es imposible, después de haber comprado un objeto a un
cierto precio, no revenderlo un poco más caro. Por un álbum, yo había obtenido siete
rublos noventa y cinco copeques de ganancia por dos rublos cinco copeques de capital
desembolsado. Aquel beneficio colosal fue logrado sin ningún riesgo: en los ojos del
comprador yo notaba que éste no se echaría atrás. Comprendo muy bien que fue una
casualidad; pero esas casualidades son las que yo busco, y por eso he resuelto vivir en la
calle. Estas casualidades pueden ser raras; mi regla esencial no será tampoco la de no
correr ningún riesgo, y mi segunda regla, la de ganar cada día algo por encima del
mínimo gastado en mi manutención, a fin de que la acumulación no se interrumpa un solo
día.
Se me dirá: ésos son sueños, usted no sabe lo que es la calle, se hará aplastar al primer
paso. Pero yo tengo voluntad y carácter, y la ciencia de la calle es una ciencia como las
demás, se aprende con terquedad, atención a inteligencia. En el Instituto siempre estuve
entre los primeros, hasta en filosofía, y estaba muy fuerte en matemáticas. ¿Es que está
permitido erigir la experiencia y el conocimiento de la calle en fetiche, para predecirme
obligatoriamente el fracaso? La gente que habla así es siempre la que no ha tenido
ninguna experiencia, los que nunca han hecho nada, no han comenzado vida alguna y han
vegetado en lo todo hecho. «Aquél se ha roto la crisma, por tanto este otro se la romperá
fatalmente.» De ninguna manera; no me la romperé. Tengo carácter, y con un poco de
atención aprenderé no importa qué. ¿Es posible figurarse que con una terquedad
incesante, una penetración incesante, reflexiones y cálculos incesantes, una actividad y
unas gestiones incesantes, no pueda uno llegar a adquirir la ciencia de ganar cada día
veinte copeques de más? Y sobre todo yo estaba decidido a no buscar nunca el máximum
de ganancia, sino a conservar siempre mi sangre fría. Más tarde, cuando poseyese mil o
dos mil rublos, abandonaría con toda naturalidad la compra y la pequeña reventa.
Todavía conocía muy mal lo relativo a la Bolsa, a las acciones, la Banca y el resto. Pero
por el contrario sabía, lo mismo que dos y dos son cuatro, que a todas aquellas Bolsas y a
aquellos Bancos los conocería y los estudiaría en su momento tan bien como no importa
qué otra cosa y que esa ciencia me llegaría con toda naturalidad, únicamente porque sería
el instante adecuado. ¿Hacía falta para eso mucha inteligencia? ¿Hacía falta ser un Salomón?
Bastaba con tener carácter; el saber, la habilidad, la ciencia llegarían por sí mismas.
Solamente hacía falta no dejar nunca de «querer».
Y sobre todo, no correr riesgos, lo que no es posible más que teniendo carácter. Hace
aún poquísimo tiempo, después de mi llegada, hubo en Petersburgo una suscripción para
acciones de ferrocarril; los que pudieron suscribirse habían ganado mucho dinero.
Durante cierto tiempo las acciones estuvieron subiendo. De pronto uno que se había
retrasado o un avaro, viendo acciones entre mis manos, me propondría que se las
vendiese, con un cierto porcentaje de beneficios. Pues bien, yo se las vendería, a
inmediatamente. Como es lógico, la gente se burlaría de mí: con sólo que hubiese
esperado, habría ganado diez veces más. Sí, pero mi ganancia es más segura, porque la
tengo en el bolsillo, y la vuestra está aún en el aire. Se me dirá que no es éste el medio de
ganar mucho; perdón, ése es vuestro error, el error de todos nuestros Kokorev, Poliakov,
Gubonine (31). Aprended esta verdad: la continuidad y la terquedad en la ganancia, y
sobre todo en la acumulación, son más fuertes que beneficios instantáneos, incluso del
ciento por ciento.
Poco antes de la Revolución Francesa hubo en París un tal Law que forjó un proyecto,
verdaderamente genial en principio (y que a continuación, en la realidad, fue un chasco
espantoso). Todo París se conmovió; todo el mundo se disputaba las acciones de Law. La
gente se apretujaba. El palacio en el que se recibían las suscripciones se tragaba el dinero
de todo París; finalmente aquel palacio no bastó: el público se agolpaba en la calle; todas
las profesiones, todas las condiciones sociales, todas las edades, burgueses, nobles y sus
hijos, condesas, marquesas, prostitutas; todo aquello no formaba más que una masa
furiosa, medio loca, como mordida por un perro rabioso; los títulos, los prejuicios de la
sangre y de la vanidad, incluso el honor y el buen nombre, todo era pisoteado; todo se
sacrificaba (incluso las mujeres) para obtener algunas acciones. La suscripción se trasladó
por fin a la calle, pero no había sitio donde escribir. Fue entonces cuando se le propuso a
un jorobado que cediese por un momento su joroba para servir de mesa. El jorobado
consintió, fácil es de imaginar a qué precio. Poco después (muy poco después) vino la
bancarrota: todo reventó, toda la idea se fue al diablo y las acciones perdieron todo su
valor. ¿Quién ganó, pues, en aquel negocio? El jorobado, y sólo el jorobado, porque se
hacía pagar no con acciones, sino con verdaderos luises de oro. Pues bien, ¡yo soy ese
jorobado! He tenido la fuerza de no comer y de economizar a base de copeques setenta y
dos rublos; tendré también la fuerza necesaria para mantenerme tranquilo en medio de la
fiebre que se ha apoderado de todos los demás; preferiré una suma segura a una más
considerable. No soy mezquino más que en las cosas pequeñas; no en las grandes. A
menudo he carecido de carácter, incluso después del nacimiento de mi «idea», por una
dificultad insignificante; para una gran dificultad, siempre tendré carácter de sobra.
Cuando mi madre me servía por las mañanas, antes de ir al trabajo, un café frío, me
enfadaba, le decía groserías, y sin embargo yo era el mismo hombre que había vivido
todo un mes a pan y agua.
En una palabra, no ganar, no llegar a saber ganar sería contra naturaleza. Tampoco sería
natural, con una acumulación igual a ininterrumpida, con una atención y una sangre fría
incesantes, con reserva y economía, con una energía siempre creciente, no sería natural,
digo, no llegar a ser millonario. ¿Cómo ha ganado el mendigo su fortuna, sino por un
carácter y un encarnizamiento fanáticos? ¿Es que no valgo yo tanto como él? «En fin,
podría ser que no obtuviese nada, podría ser que mi cálculo no fuera justo, podría ser que
quebrase y me hundiera; poco importa, yo camino hacia delante. Camino porque así lo
quiero.» He aquí lo que me decía ya en Moscú.
Se me objetará que no hay en esto ni sombra de «idea», ni nada nuevo. Diré por mi
parte, y por última vez, que hay en esto una infinidad de ideas y una infinidad de
novedades.
¡Oh! Ya presentía la trivialidad de todas las objeciones, y hasta qué punto sería trivial
yo mismo al exponer mi «idea»: pues bien, ¿qué he dicho? No he dicho ni la centésima
parte; comprendo que todo esto es mezquino, grosero, superficial e incluso quizá por
debajo de mi edad.
III
Quedan las respuestas para los « ¿de qué sirve eso?», « ¿para qué? », « ¿es moral o no?
», etc., etc., preguntas a las que he prometido responder.
Siento muchísimo tener que desilusionar al lector desde el principio, lo siento y estoy al
mismo tiempo encantado. Que se sepa bien esto: en los objetivos de mi «idea» no hay
ningún sentimiento de «venganza», nada de byroniano, ni maldiciones, ni quejas de
huérfano, ni lágrimas de bastardo, nada, nada. En una palabra, una señora romántica, si
mis memorias fuesen a parar a sus manos, torcería inmediatamente el gesto. Todo el
objetivo de mi «idea» es el aislamiento.
-Pero ese aislamiento se puede conseguir sin empeñarse en llegar a ser un Rothschild.
¿Qué tiene que ver Rothschild con todo esto?
-Es que, además del aislamiento, quiero también el poder.
Aquí un preámbulo: el lector se asustará tal vez de la franqueza de mi confesión y se
preguntará ingenuamente: ¿cómo es posible que el autor no se haya avergonzado? Responderé
diciendo que no escribo para ser publicado; tendré un lector tal vez dentro de
diez años, cuando todo esté tan bien determinado, probado y cumplido, que no habrá ya
necesidad de avergonzarse de nada. Por tanto, si en estas memorias me dirijo a veces al
lector, no es más que un artificio. Mi lector es un personaje de fantasía.
No, no es mi nacimiento ilegítimo, por el que tanto me hacían sufrir en casa de
Tuchard, no son mis tristes años de la niñez, no es la venganza ni una justa protesta lo
que ha constituido el punto de partida de mi «idea»: la causa de todo está en mi carácter.
A los doce años, creo, es decir, casi al principio de mi vida consciente, comencé a no
querer a los hombres. No querer no es la palabra, pero me resultaban cargantes. A veces
me era penoso, en mis momentos de pereza, no poder decírselo todo ni siquiera a quienes
estaban más cerca de mí, o, mejor dicho, habría podido, pero yo no quería, había algo que
me retenía: yo era desconfiado, moroso a insociable. Por lo demás, he observado en mí
desde hace mucho tiempo, casi desde mi infancia, ese rasgo del que muy a menudo acuso
o me siento inclinado a acusar a los demás; pero después de eso llegaba con mucha
frecuencia a inmediatamente otro pensamiento, muy penoso; y éste, para mí: «¿No soy yo
quien estoy equivocado, en lugar de ellos?» ¡Cuántas veces me he acusado sin razón!
Para no tener que resolver cuestiones de esta índole, yo buscaba naturalmente la soledad.
Por lo demás, no encontraba nada en la sociedad de los hombres, a pesar de todos mis
esfuerzos, ¡y los hacía! Por lo menos, todos los de mi edad, todos mis camaradas, todos
sin excepción, erán menos inteligentes que yo; no recuerdo una sola excepción.
Sí, soy sombrío, sin cesar me encierro en mí mismo. Con frecuencia siento ganas de
retirarme de la sociedad. Quizás hiciese bien a los hombres, pero a menudo no veo el
menor motivo para hacerles bien. Los hombres no son en realidad tan hermosos como
para que haya que ocuparse tanto de ellos. ¿Por qué no le abordan a uno limpia y
francamente, por qué he de ser yo siempre el que me dirija a ellos primero? Ésas eran las
preguntas que yo me hacía. Soy una criatura agradecida, y lo he demostrado con un
centenar de locuras. Yo correspondería instantáneamente a la franqueza con la franqueza
y les querría en seguida. Es lo que hago; pero todos inmediatamente me han engañado y
se han cerrado respecto a mí, burlándose. E1 más abierto de todos era Lambert, que me
pegaba tan fuertemente en mi infancia; pero también él no es más que un pillo de siete
suelas y un bribón; y su franqueza no proviene más que de su bestialidad. He ahí cuáles
eran mis pensamientos al llegar a Petersburgo.
Al salir de casa de Dergatchev (¿qué demonio me había empujado allí?) me acerqué a
Vassine y, en un arrebato de entusiasmo, me puse a prodigarle alabanzas. ¿Qué más? La
misma noche sentí que le quería ya muchísimo menos. ¿Por qué? justamente porque, al
cubrirlo de alabanzas, me había de camino rebajado delante de él. Parece que debería ser
al contrario: un hombre lo bastante equitativo y generoso para admirar a otro incluso en
propio detrimento suyo, ¿no es, por su propia dignidad, superior a cualquier otro? Sin
duda yo lo comprendía, y, a pesar de todo, quería menos a Vassine, a incluso muchísimo
menos: elijo intencionadamente un ejemplo ya conocido del lector. Lo mismo me pasaba
con Kraft; me acordaba de él con cierto sentimiento de amargura y acritud porque me
había mostrado el camino en su recibidor, y aquello duró hasta el día siguiente, en que se
aclaró todo y en que ya no hubo medio de guardarle rencor. Desde las clases más
inferiores del Instituto, cuando un camarada me sobrepasaba en conocimientos, o en la
rapidez de sus respuestas, o en su fuerza física, yo dejaba inmediatamente de tratarlo y de
hablar con él. No era que lo detestase o que le deseara algún mal; me apartaba
sencillamente de él, porque tal es mi carácter.
Sí, toda mi vida he tenido sed de poder, de poder y de aislamiento. Soñaba con eso
incluso en la edad en que cualquiera se me habría reído en la cara si hubiese podido ver lo
que yo tenía en el cráneo; he ahí por qué me gusta tanto el misterio. Sí, soñaba con todas
mis fuerzas, y hasta tal punto, que no tenía ya ni siquiera tiempo para hablar; se deducía
de aquello que yo era un salvaje, y, de mi distracción, se sacaban conclusiones aún más
desfavorables sobre mí, pero mis mejillas rosas demostraban lo contrario.
Yo era sobre todo feliz cuando, en la cama y cubriéndome con mi manta, emprendía
solo,. en el aislamiento más perfecto, sin nadie a mi alrededor y sin un solo sonido de voz
humana, la tarea de reconstruir el mundo a mi modo. Aquel estado de ensoñación
exasperada me acompañó hasta el descubrimiento de mi «idea»: entonces todos los
sueños, de absurdos que eran, se convirtieron de pronto en sensatos y, de la forma
imaginativa de la novela, pasaron a la forma razonable de la realidad.
Todo se fundió en un solo objetivo. En el fondo, incluso antes, no eran tan idiotas,
aunque fuesen legión y legión. Pero los había más y menos preferidos… Por lo demás, es
inútil citarlos aquí.
¡El poder! Estoy persuadido de que muchos se reirían enormemente si se enterasen de
que una «nulidad» semejante apetece el poder. Pero yo les asombraría todavía más: desde
mis primeras ensoñaciones quizás, es decir, desde mi infancia o poco menos, no he
podido verme jamás de otra forma que en primera fila, en todas partes y en todas las
circunstancias. Añadiré una confesión singular: quizás eso dura todavía. Y anotaré
además que no pido perdón.
Ahí es donde justamente radica mi «idea», ahí está su fuerza, la de qut el dinero es la
única vía capaz de conducir a una nulidad a la primera fila. Yo no soy quizás una nulidad,
pero sé por ejemplo, por los espejos, que mi aspecto exterior me perjudica, porque tengo
una cara vulgar. Pero, si yo fuese rico como Rothschild, ¿quién iba a preocuparse de mi
cara? No tendría más que dar un silbido, y millares de mujeres correrían a mí con sus
«bellezas». Estoy incluso convencido de que, muy sinceramente, ellas acabarían por
creerme guapo. Soy quizás hasta inteligente. Pero aunque tuviera una frente de siete
pulgadas, pronto aparecería uno de ocho, y me vería perdido. Mientras que, si yo fuese
Rothschild, ¿es que ese sabio de ocho pulgadas iba a tener el menor valor a mi lado? No
se le dejaría ni siquiera abrir la boca. Soy quizás ingenioso, espiritual; sí, pero a mi lado
podrían estar Talleyrand o Piron, y heme ya eclipsado, mientras que si yo fuese
Rothschild, ¿dónde iban a estar los Piron y quizás incluso los Talleyrand? El dinero, sin
duda, es una potencia despótica, pero es al mismo tiempo la suprema igualdad, y ahí
radica su gran fuerza. El dinero niv ela todas las desigualdades. Ésa era la conclusión a la
que yo había llegado, ya en Moscú.
Vosotros no veréis, estoy seguro, en este pensamiento más que insolencia, violencia,
triunfo de la nulidad sobre el talento. De acuerdo, este pensamiento es audaz (y por consiguiente
voluptuoso). ¡Sea! Pero ¿creéis que yo quería entonces el poder forzosamente
para oprimir? ¿Para vengarme? Así es como obraría fatalmente la mediocridad. Aún más,
estoy convencido de que hay millares de esos talentos y de esas inteligencias muy
orgullosos de sí mismos, que, si se les cargase de repente con todos los millones de
Rothschild, no sabrían resistirlo y se comportarían como viles mediocridades y serían los
peores opresores. Mi «idea» es completamente distinta. El dinero no me da miedo; no me
oprimirá y no me hará oprimir a los demás.
No tengo necesidad del dinero, o más bien no es del dinero de lo que tengo necesidad;
no es ni siquiera del poder; tengo necesidad solamente de lo que se adquiere por el poder
y no puede adquirirse sin él: ¡la conciencia, tranquila y solitaria, de su fuerza! He ahí la
más perfecta definición de la libertad, sobre la cual discute tanto el mundo. ¡La libertad!
Por fin he escrito esta palabra grandiosa… Sí, la conciencia solitaria de su fuerza es cosa
hermosa y embriagadora. Tengo fuerza, y estoy tranquilo. Los rayos están entre las
manos de Júpiter, y él está tranquilo; ¿es que lo oís tronar con frecuencia? Los imbéciles
pueden creer que dormita. Poned ahora en lugar de Júpiter a un literato vulgar o a una
buena mujer del campo, ¡ya veréis si entonces oís truenos!
Si tuviese solamente el poder, razonaba yo, ya no tendría necesidad ni de eso siquiera;
estoy seguro de que, por mí parte, con mi mejor voluntad, yo ocuparía en todas partes el
último puesto. Si yo fuera Rothschild, rne pasearía con un abrigo raído y con un paraguas
en la mano. ¿Qué me importaría ser empujado en la calle o tener que correr por el fango
para no ser aplastado por los coches? La conciencia existente en mí de que soy
Rothschild bastaría para constituir mi gozo en ese momento. Sé que puedo tener un festín
como nadie lo tiene, y el primer cocinero del mundo: me basta con saberlo. Me comeré
una rebanada de pan y jamón y quedaré saciado con mi conocimiento. Incluso hoy día
sigo pensando así.
No seré yo quien me impondré a las aristocracia; será ella la que acudirá a mí. No seré
yo quien correré detrás de las mujeres, serán ellas las que acudirán como moscas
ofreciéndome todo to que puede ofrecerme una mujer. Las más «vulgares» vendrán
atraídas por el dinero, las más sensatas por la curiosidad hacia una criatura extraña,
orgullosa, cerrada e indiferente a todo. Me mostraré acariciador tanto con las unas como
con las otras. Quizá les daré dinero, pero no aceptaré nada de ellas. La curiosidad
engendra la pasión: quizá también yo inspiraré pasión. Ellas se volverán a marchar sin
nada, os lo aseguro, a no ser algún que otro regalo. Resultaré para ellas doblemente
curioso.
… Me basta
con este conocimiento (32).
Lo que es raro es que este cuadro (por lo demás exacto) me ha seducido desde mis
diecisiete años.
No tengo intención de oprimir ni de atormentar a nadie; pero sé que, si quisiese perder a
tal hombre, enemigo mío, nadie podría impedírmelo, y todo el mundo se dedicaría a ello;
y también en esto, ya con eso tengo bastante. Ni siquiera me vengaría de nadie. Siempre
me ha sorprendido el hecho de que James Rothschild pudiera consentir en ser barón.
¿Para qué sirve eso, para qué, si sin el título era ya superior a todos los de aquí abajo? «
¡Oh, que Dios libre a ese insolente general de ofenderme en el parador donde los dos
aguardamos a que lleguen los caballos; si él supiera quién soy, correría a enjaezarlos en
persona y me ayudaría a sentarme en mi modesto coche! Se ha contado que un conde o
un barón extranjero, en un ferrocarril de Viena, había puesto en público unas zapatillas en
los pies de un banquero de aquella ciudad, y que éste había sido lo bastante ordinario
como para tolerarlo. ¡Oh, libra a esa hermosa temible (temible, porque las hay temibles),
esa hija de una aristocracia suntuosa y encopetada, al encontrarme por casualidad en un
barco o en otra parte, líbrala de que me mire de arriba abajo y, alzando la nariz, se
asombre con desprecio de que ese hombrecillo modesto, enclenque, con un libro o un
periódico en la mano, haya osado sentarse en primera clase, al lado de ella! ¡Pero si
supiera cerca de quién está sentada! Lo sabrá, ella lo sabrá y vendrá por sí misma a
sentarse cerca de mí, sumisa, tímida, acariciadora, implorando una mirada mía, gozosa de
arrancarme una sonrisa…» Inserto adrede estas pequeñas escenas prematuras, para
explicar mejor mi pensamiento; pero son pálidos y tal vez vulgares. Sólo la realidad lo
justifica todo.
Se me dirá que es absurdo vivir así: ¿por qué no tener un palacio, una casa abierta para
todo el mundo, por qué no reunir a numerosas amistades, por qué no tener influencias,
por qué no casarse? ¿A qué se reducirá entonces Rothschild? Será como todo el mundo.
Todo el encanto de la «idea» desaparecerá, con toda su fuerza moral. En mi infancia me
aprendí de memoria el monólogo de El Caballero Avaro de Puchkin (33). Puchkin no ha
producido nada más superior en cuanto a la idea. Incluso hoy me aferro a esas ideas.
-Pero ese ideal de usted es muy bajo – se me dirá con desprecio -: ¡el dinero!, ¡la
riqueza! ¿Y el interés social, y las empresas humanitarias?
Pero ¿sabéis vosotros en qué emplearé yo mi riqueza? ¿Qué inmoralidad y qué bajeza
hay en el hecho de que de una multitud de garras judías sucias y malhechoras, esos
millones caigan entre las manos de un solitario firme y razonable que dirige sobre el
mundo una mirada penetrante? De una manera general, todos estos sueños de porvenir,
todas estas previsiones, no son aún más que una especie de novela y he hecho más quizás
en anotarlos; habría sido preferible dejarlos en mi cerebro; sé también que tal vez nadie
leerá estas líneas; pero, si alguien las leyera, ¿creería que yo no podría resistir quizá los
millones de Rothschild? No que me puedan aplastar, sino en un sentido diferente,
completamente opuesto. Más de una vez, en mis sueños, he abrazado el momento futuro
en el que mi conciencia quedará enteramente satisfecha y en el que el poder me parecerá
insuficiente. Entonces, no por fastidio ni por un tedio sin objeto, sino porque querré
infinitamente más, entregaré todos rnis millones a los hombres: que la sociedad reparta a
su gusto toda mi riqueza, y yo, yo volveré a caer en la nada. Quizás incluso me
metamorfosearé en ese mendigo que murió en el barco, con la diferencia de que no se
encontrará nada cosido en mis harapos. La sola conciencia de que he tenido entre las
manos millones y los he tirado al fango me alimentará en mi desierto. Aún hoy estoy
dispuesto a pensar así. Sí, mi «idea» es la fortaleza en la que, en todo tiempo y en toda
ocasión, puedo huir de todos los hombres, aunque fuese como el mendigo muerto en el
barco. ¡He ahí mi poema! Y sabedlo, tengo necesidad de mi voluntad viciosa toda enters
únicamente para probarme a mí mismo que tengo la fuerza de renunciar a ella.
Se objetará sin duda alguna que esto es poesía y que no soltaré jamás mis millones si
alguna vez llego a poseerlos, y no me cambiaré nunca en mendigo de Saratov. Quizás en
efecto no los soltaré; no he hecho más que bosquejar el ideal de mi pensamiento. Pero
añadiré ahora en serio: si llegase, en mi acumulación de riqueza, a la misma cifra que
Rothschild, podría efectivamente acabar por tirarlos a la cara de la sociedad. (Antes de
llegar a la cifra de Rothschild, eso sería difícil de ejecutar.) Y no sería la mitad lo que yo
daría, porque entonces eso no sería más que vulgaridad: yo sería dos veces más pobre
nada más; sino el todo, hasta el último copec, porque, al convertirme en pobre, me
encontraría de golpe y porrazo dos veces más rico que Rothschild. Si no se comprende
esto, no es culpa mía; no entraré en explicaciones.
« ¡Es faquirismo, es la poesía de la nulidad y de la impotencia, decidirá la gente, es el
triunfo de la incapacidad y de la mediocridad.» Sí, confieso, es en parte el triunfo de la
incapacidad y de la mediocridad, pero no el de la impotencia. He experimentado una
alegría loca representándome a una criatura, precisamente incapaz y mediocre, plantada
frente al mundo y diciéndole con una sonrisa: vosotros sois los Galileos y los Copérnicos,
los Carlomagnos y los Napoleones, los Puchkins y los Shakéspeares, los mariscales de
campo y de corte, mientras que heme a mí aquí, sin talento y sin linaje, y sin embargo por
encima de vosotros; puesto que vosotros os habéis sometido voluntariamente a esto. Lo
confieso, he estirado esta fantasía hasta el extremo, hasta el punto de borrar incluso la
instrucción. Me ha parecido que sería más hermoso que este hombre fuera incluso
suciamente inculto. Este sueño exasperado ejerció su influjo sobre mí desde la última
clase del liceo; dejé de estudiar por fanatismo: sin instrucción, el ideal aumentaba en
belleza. Ahora he cambiado de opinión en este punto; la instrucción no perjudicará en
absoluto.
Señores, ¿es posible que la independencia del pensamiento, aun la más reducida, os sea
tan penosa? ¡Dichoso el que posea un ideal de belleza incluso erróneo! Pero yo creo en el
mío. Sólo que lo he expuesto torpemente, elementalmente. Dentro de diez años, estoy
seguro, lo expondré mejor. Mientras tanto, guardaré esto en lo sucesivo.
IV
He terminado con mi «idea». Si la he descrito en forma vulgar y superficial es culpa
mía, no de ella. He advertido ya que las ideas más sencillas son las más difíciles de
comprender; ahora añado que son también las más difíciles de exponer; tanto más cuanto
que he contado mi «idea» en su forma primera.
La inversa es también justa; las ideas lisas y rápidas son comprendidas
extraordinariamente pronto y precisamente por la multitud, por la calle; mucho más, son
consideradas las más grandes y las más geniales, pero solamente el día de su aparición.
Lo barato dura poco. La comprensión rápida es el índice de la vulgaridad de la cosa que
hay que comprender. La idea de Bismarck (34) se ha hecho instantáneamente genial, y
Bismarck mismo es un genio, pero es una rapidez que resulta sospechosa: aguardo a
Bismarck dentro de diez años, y veremos entonces lo que quedará de su idea, y quizá del
mismo señor Canciller en persona. Ésta es una observación totalmente incidental y que
nada tiene que ver con el tema: la inserto evidentemente no a título de comparación, sino
también para hacer memoria. (Explicacíón destinada al lector verdaderamente demasiado
grosero. )
Voy ahora a contar dos anécdotas, para acabar con la « idea» como quiera que sea y
para que no nos embarace más en el porvenir.
Un verano, en julio, dos meses antes de mi partida para Petersburgo y como yo estaba
ya enteramente libre, María Ivanovna me pidió que fuese a Troitski-Possad (35) para
darle un recado a una anciana señorita que habitaba por a11í, y que carece de interés para
mencionarla aquí con detalle. Al volver el mismo día observé en el vagón a un joven
raquítico, no mal vestido, pero sucio, barrilludo, uno de esos morenos con cutis de un
color bronceado sucio. Se caracterizaba porque en cada estación o apeadero descendía
obligatoriamente para beber vodka. Al final del trayecto, se formó alrededor de él una
alegre compañía, por lo demás muy vulgar. El más entusiasta era un comerciante,
también él ligeramente beodo, que admiraba la capacidad que tenía el joven para beber
incesantemente y sin embriagarse. No menos satisfecho estaba un muchachillo
espantosamente estúpido y hablando por los codos, vestido a la europea y oliendo
espantosamente mal: un lacayo, como supe más tarde; aquél incluso llegó a entáblar
amistad con el joven aficionado al vodka y en cada parada era él quien le invitaba a bajar:
«¡Ha llegado el momento, vamos a beber! », tras de lo cual descendían los dos juntos
muy abrazados. Después de haber bebido, el joven no decía casi una sola palabra, pero un
número cada vez mayor de interlocutores se iba instalando alrededor de él. Él se limitaba
a escucharlos, sin dejar de soltar risitas y de babear, y de cuando en cuando, pero de
improviso, hacía oír algunos sonidos de este tipo: « ¡Tur-lur-lu! », llevándose un dedo en
dirección a la nariz con un gesto caricaturesco. Eso era lo que regocijaba tanto al comerciante,
al lacayo y a todo el mundo, y se reían con una risa extraordinariamente
sonora y francota. A veces resulta imposible comprender por qué se ríe la gente. Me
acerqué yo también; y no comprendo por qué aquel joven me agradó; quizás era por
aquella violación manifiesta de las conveniencias oficiales y admitidas; en una palabra,
no me di cuenta de su estupidez; inmediatamente empezamos a tutearnos, y al salir del
tren me enteré de que iría por la noche, después de las ocho, al bulevar Tverskoi (36). Era
un ex estudiante. Acudí a la cita, y he aquí el ejercicio que me enseñó,: nos paseábamos
juntos por los bulevares y, un poco más tarde, en cuanto que observábamos a una mujer
de buena facha; no habiendo nadie alrededor de ella, nos pegábamos inmediatamente a su
lado. Sin decir una palabra, nos colocábamos, él a un lado, yo al otro, y con el aire más
tranquilo del mundo, como si ni siquiera la viésemos, sosteníamos entre él y yo la
conversación más escabrosa. Nombrábamos los objetos por sus nombres, con una
seriedad imperturbable y como si fuera la cosa más natural del mundo, y para explicar
todas aquellas clases de porquerías y de infamias, entrábamos en detalles que la
imaginación más sucia del más sucio desvergonzado no habría imaginado jamás.
(Naturalmente, yo había adquirido todos aquellos conocimientos en las escuelas, incluso
antes que en el Instituto, pero sólo en palabras, no en acción.) La mujer cogía miedo,
apresuraba el paso, pero nosotros haciamos otro tanto y continuábamos todavía peor.
Nuestra víctima no podía evidentemente hacer nada, no podía ponerse a dar gritos:
ningún testigo, y además habría sido raro presentar una queja. Empleamos unos ocho días
en aquella diversión; no comprendo cómo pude complacerme en aquello; por otra parte,
no me agradaba, pero el caso es que… era así. Aquello me parecía al principio original,
saliéndose de lo ordinario, de las convenciones admitidas; además, yo no podia tragar a
las mujeres. Le confié una vez al estudiante que Jean-Jacques Rousseau, en sus
confesiones (37 ), reconoce haberse complacido, siendo joven, en exhibir secretamente,
completamente desnudas, las partes del cuerpo que ordinariamente se llevan ocultas y
esperar en esta postura a las mujeres que pasaban. El estudiante me respondió con su
tur-lur-lu. Noté que era terriblemente ignorante y que no se interesaba por nada. En su
cabeza, ni una sola de aquellas ideas que yo esperaba encontrar en él. En lugar de
originalidad, no descubrí más que una abrumadora monotonía. Yo le apreciaba cada vez
menos. Todo acabó de una manera inesperada: un día, en plenas tinieblas, nos pegamos a
una muchacha muy jovencita que pasaba rápida y tímidamente por él bulevar; quizá
dieciséis años o menos aún, vestida muy limpia y muy modestamente, viviendo tal vez de
su trabajo y volviendo a casa junto a una madre vieja, una pobre viuda cargada de hijos;
pero es inútil meterse en sentimentalismos. La muchacha escuchó algún tiempo, luego
apresuró el paso, agachó la cabeza y se cubrió con su velo, asustada y temblorosa. De
repente se detuvo, descubrió un rostro que nada tenía de feo, por lo menos que yo me
acuerde, pero macilento, y nos gritó con ojos relampagueantes:
-¡Ustedes no son más que unos miserables!
Tal vez estaba a punto de echarse a llorar, pero fue otra cosa lo que sucedió: tomó
impulso y, con su manecita flaca, le soltó al estudiante la bofetada más hábil que tal vez
se haya dado nunca. ¡Se oyó el restallido! El otro lanzó un juramento e hizo ademán de
arrojarse sobre ella, pero yo le sujeté, y la muchacha tuvo tiempo de escapar. Una vez
solos, nos peleamos: le dije todos los reproches que se habían acumulado en mí durante
aquel tiempo: le dije que él no era más que un incapaz, que era una nulidad, que nunca
había tenido el menor asomo de idea. Me respondió con injurias… (yo le había hablado
una vez de mi nacimiento ilegítimo), luego nos separamos con escupitajos de desprecio y
no le he vuelto a ver en mi vida. Aquella noche experimenté un inmenso despecho; al día
siguiente un poco menos, al otro día ya me había olvidado de todo. A continuación
aquella joven me ha vuelto a la memoria de cuando en cuando, pero solamente por
casualidad y de paso. Solamente cuando llegué a Petersburgo, al cabo de unos quince
días, me acordé de pronto de la escena. Me acordé y me sentí invadido al punto por una
vergüenza tal, que las lágrimas me corrieron literalmente por las mejillas. Estuve
atormentado por aquello toda la tarde, toda la noche, y aún to estoy un poco ahora. Al
principio me resultaba imposible comprender cómo había podido yo caer tan bajo, y
sobre todo cómo había podido olvidar aquel incidente, no estar avergonzado, no estar
corroído por el arrepentimiento. Solamente ahora he comprendido a qué se debía aquello:
la culpa era de la «idea». En una palabra, llego a esta conclusión: que, cuando se tiene en
el espíritu una cosa fija (38), perpetua, poderosa, por la que se está enteramente ocupado,
uno se aleja al mismo tiempo del mundo, se interna en la soledad, y todo to que acaece no
hace más que deslizarse, sin rozar lo esencial. Incluso las impresiones son percibidas de
una manera inexacta. Además y sobre todo, siempre se tiene una excusa. ¡Cuánto he
podido atormentar a mi madre en esa época!, ¡cómo abandonaba vergonzosamente a mi
hermana! «¡Bah!, tengo mi “idea”, todo el resto no cuenta.» He aquí lo que me decía a mí
mismo. Me podían ofender, incluso cruelmente: yo me iba sin más ni más y me decía
seguidamente: «¡Bah!, soy un asqueroso, pero tengo mi “idea”, y ellos no saben nada de
eso.» La «idea» me consolaba en la vergüenza y en la nulidad; pero todas mis infamias
parecían refugiarse bajo la «idea»; ella lo hacía todo más fácil, pero lo velaba todo
delante de mí; sin embargo, una aprehensión tan confusa de las circunstancias y de las
cosas no puede menos que perjudicar a la «idea» misma, sin hablar de todo lo demás.
Ahora, la segunda anécdota.
María Ivanovna, el primero de abril del año pasado, celebraba su fiesta. Por la tarde
hubo algunos invitados, muy poco numerosos. De pronto he aquí a Agrafena (39) que entra
desatentada, y declara que en el vestíbulo, frente a la cocina, hay un recién nacido
abandonado que llora… y que ella no sabe qué hacer. La noticia emociona a todo el
mundo. Se corre hacia allá y se ve una cestilla de mimbre y dentro una niñita de unas tres
o cuatro semanas, lanzando gritos. Cogí la cestilla y la trasladé a la cocina. Encontré
entonces un billete plegado en dos: «Queridos bienhechores, otorgad vuestra benévola
asistencia a esta niña, bautizada Arina (40). Ella y nosotros elevaremos eternamente
nuestras lágrimas al cielo por vuestra felicidad. Os deseamos una fiesta agradable. Personas
a las que no conocéis.» Fue entonces cuando Nicolás Semenovitch, al que yo tanto
respetaba, me produjo una gran pena: puso una cara muy seria y decidió enviar
inmediatamente la niña a la Beneficencia Pública. Me quedé muy triste. Ellos vivían muy
apretadamente, pero no tenían hijos, y Nicolás Semenovitch se felicitaba siempre de eso.
Saqué con precaución a la pequeña Arina de su cestilla y la levanté por los hombros; se
desprendió un olor agrio y fuerte como el que esparcen los recién nacidos descuidados
durante mucho tiempo. Después de haber discutido un momento con Nicolás Semenovitch,
le declare bruscamente que tomaba a la niña a mi cargo. Se puso a presentar
objeciones, con alguna severidad a pesar de la dulzura de su carácter, y terminó con una
broma, pero su intención respecto a la Beneficencia Pública continuaba en pleno vigor.
Sin embargo, todo pasó como yo quería. Había en el mismo inmueble, pero en otro
pabellón, un carpintero muy pobre, ya entrado en edad y aficionado a la bebida; su mujer,
aún joven y muy sana, acababa de perder una niña de pecho, y, sobre todo, hija única,
nacida después de ocho años de matrimonio infecundo, niña que, por una extraña
felicidad, se llamaba también Arina. Digo: por felicidad, porque en el momento en que
discutíamos en la cocina, aquella mujer, enterada del incidente, vino a mirar y, al saber
que era una pequeña Arina, se sintió conmovida. Ella tenía leche todavía: se descubrió el
seno y se lo tendió a la niña. Caí a sus pies y le supliqué que se la llevase a su casa; yó le
pagaría la pensión todos los meses. Ella dudaba sobre si su marido se to permitiría o no;
sin embargo, se la llevó por lo pronto para pasar la noche. Por la mañana, el marido dio
su permiso, mediante el pago de ocho rublos por mes, y yo le entregué inmediatamente el
primer mes adelantado; él se fue a continuación a beberse el dinero. Nicolás
Semenovitch, sin dejar de sonreír extrañamente, consintió en hacerse fiador mío por la
suma de ocho rublos mensuales, garantizando que sería entregado regularmente. Le
ofrecí a Nicolás Semenovitch entregarle en prenda mis sesenta rublos, pero él no los
aceptó; por otra parte, él sabía que yo tenía dinero y tenía confianza en mí. Esa delicadeza
borró nuestro disentimiento de un instante. María Ivanovna no dijo nada, pero se asombró
de verme aceptar semejante preocupación. Yo aprecié mucho la delicadeza de que los dos
habían hecho gala al no permitirse la menor burla a expensas mías y al considerar, por el
contrario, la cosa con toda la seriedad que convenía. Tres veces cada día, yo daba una
escapada a casa de Daria Rodivonovna (41), y al cabo de una semana le entregué
personalmente, en propia mano, a espaldas de su marido, tres rublos de más. Mediante
otros tres rublos, me procuré una mantita y una toquilla. Pero al cabo de diez días la
pequeña Arina cayó enferma. Llamé inmediatamente al médico, prescribió no sé qué
remedio y nos pasamos la noche atormentando a la criaturita con la repugnante droga. Al
día siguiente, declaró que era demasiado tarde v, en respuesta a mis ruegos – y también,
creo, a mis reproches –, declaró con una noble discreción: «No soy el Buen Dios.» La
lengüecita, los labiecitos y toda la boca estaban cubiertos por una erupción blanca y
menuda, y por la tarde murió, clavando en mí sus grandes ojos negros, como si ella
comprendiese ya. No sé por qué no se me ocurrió la idea de sacar una fotografía de la
muertecita. Pues bien, se crea o no, no lloré aquella noche, pero maldije, cosa que no me
había permitido jamás hasta entonces, y María Ivanovna se vio obligada a consolarme, y
eso, una vez más, sin burlas de ninguna clase por parte de ella ni por parte de él. El
carpintero confeccionó él mismo el pequeño ataúd; María Ivanovna lo decoró con encajes
y colocó en él una almohadita muy graciosa; yo compré flores y las arrojé sobre la niña:
de esa manera se llevaron a mi pobre florecilla de los campos, que no llego a olvidar
todavía, se crea o no. Pero un poco más tarde este acontecimiento casi súbito me hizo
reflexionar, a incluso muy seriamente. Sin duda Arina no me había costado cara: con el
féretro, el entierro, el doctor, las flores y el salario de Daria Rodivonovna, no más de
treinta rublos. Cuando partí para Petersburgo, recuperé aquel dinero con los cuarenta
rublos enviados por Versilov para el viaje y con la venta de algunos objetos menudos, de
forma que todo mi « capital» quedó intacto. «Pero – me dije -, si hago muchos dispendios
de esta clase, no iré muy lejos.» La historia del estudiante demuestra que la «idea» puede
introducir una parturbación en las impresiones y distraer de la actividad real. Con la
historia de Arina, pasa todo lo contrario: ninguna «idea» es capaz de seducir (por lo
menos en lo que a mí se refiere) hasta el punto de impedir que uno se detenga de súbito
ante un hecho abrumador y que se le sacrifique inmediatamente todo lo que se ha
realizado durante años de esfuerzos en pro de la «idea». Las dos conclusiones eran
igualmente justas.
CAPÍTULO VI
I
Mis esperanzas no se realizaron del todo: no las encontré solas. Versilov no estaba a11í,
pero Tatiana Pavlovna se había instalado en casa de mi madre, y era a pesar de todo una
desconocida. La mitad de mis disposiciones generosas se desvanecieron de golpe. Es
asombroso lo rápido y cambiante que soy en tales ocasiones: basta una mota de polvo o
un cabello para disipar mi buen humor y reemplazarlo por el malo. Y por desgracia mis
malas impresiones son menos rápidas en dispersarse, aunque yo no sea rencoroso.
Cuando entré, me di cuenta de que mi madre acababa de interrumpir en aquel instante y a
toda prisa el hilo de su conversación, por lo visto muy animada, con Tatiana Pavlovna.
Mi hermana había vuelto del trabajo apenas un minuto antes que yo y aún no había salido
de su habitación.
Aquel partido se componía de tres habitaciones: aquella en la que todo el mundo se
reunía según la costumbre, la habitación del medio o salón, era bastante espaciosa y hasta
conveniente. Se veían a11í divanes rojos y blandos, por lo demás pasablemente usados
(Versilov no soportaba las fundas), algunos tapices, varias mesas veladores inútiles. Seguidamente,
a la derecha, se abría el cuarto de Versilov, estrecho y exiguo, con una sola
ventana; había a11í una miserable mesa de escritorio sobre la que se arrastraban varios
libros abandonados y papeles olvidados, y delante de la mesa un no menos lastimoso
sillón blando, cuyos muelles rotos apuntaban al aire, lo que con frecuencia hacía gemir y
jurar a Versilov. En aquel mismo gabinete era donde se le preparaba la cama en un diván
blando a igualmente usado; él detestaba aquel gabinete y, según creo, no se servía jamás
de él, prefiriendo quedarse sin hacer nada en el salón durante horas enteras. A la
izquierda del salón se encontraba un cuartito exactamente idéntico, donde dormían mi
madre y mi hermana. Se tenía acceso al salón por un pasillo que terminaba en la cocina,
donde se alojaba la cocinera Lukeria (42). Cuando ella estaba en funciones, un olor a
grasa quemada se esparcía sin piedad por todo el apartamiento. Había instantes en que
Versilov maldecía en alta voz de su suerte y de toda su existencia a causa de aquellos
aromas cocineriles, y en eso por lo menos yo estaba de perfecto acuerdo con él; también
yo detesto esos olores, aunque entonces no llegasen hasta mí: yo vivía arriba, en la
buhardilla bajo el techo, adonde subía por una escalera chirriante y terriblemente gastada.
Las curiosidades del lugar eran una claraboya ovalada, un techo horriblemente bajo, un
diván cubierto de tela encerada, sobre el cual Lukería extendía por las noches una sábana
y ponía una almohada; el resto del mobiliario se componía de dos espejos, una mesa de
simples tablas v una silla de enea.
En realidad, todavía subsistían sin embargo en nuestra casa restos de un cierto confort
hoy desaparecido: había por ejemplo en el salón una lámpara de porcelana bastante buena
y, colgado de la pared, un grabado admirable de la Madona de Dresde (43), y justamente
enfrente, en la otra pared, una preciosa fotografía de gran formato representando las
puertas de bronce de la catedral de Florencia (44). En aquella misma estancia se hallaba
en un rincón una gran vitrina de viejos iconos de familia: uno de ellos (el icono de Todos
los Santos) estaba revestido de plata dorada -era el que se quería empeñar-, y el otro (el
icono de la Santísima Virgen), de terciopelo bordado de perlas. Delante de aquellas
imágenes había una lámpara que se encendía las vísperas de las fiestas. Versilov se
mostraba claramente indiferente a tales iconos, en lo que atañía a la significación de los
mismos: se limitaba a fruncir las cejas, en un visible esfuerzo por contenerse, ante la luz
de la lámpara reflejada por los adornos dorados, quejándose con dulzura de que aquello le
perjudicaba la vista, pero no le prohibía a mi madre que la encendiera.
De ordinario yo entraba en silencio y con aire sombrío, clavando la mirada en uno de
los rincones; a veces incluso sin decir buenos días. Entraba siempre más temprano que
esta vez, y me llevaban la comida a11á arriba. Esta vez, al entrar, dije de repente: «
¡Buenos días, mamá! », lo que no me sucedía nunca antes, aunque, por una especie de
falsa vergüenza, no pudiese tampoco esta vez atreverme a mirarla, y me senté en el
ángulo opuesto de la habitación. Estaba muy fatigado, pero no pensaba en eso.
-Este mal educado continúa entrandó en vuestra casa tan insolentemente como antes –
susurró Tatiana Pavlovna.
También en otros tiempos ésta se permitía palabras malsonantes, y había ya, entre ella y
yo, una especie de costumbre.
-¡Buenos días!… -respondió mi madre, como estupefacta por el hecho de que yo le
hubiera dicho buenos días -. La comida está lista desde hace mucho tiempo – agregó, casi
confusa -. Cori tal que la sopa no se haya enfriado… Las chuletas, voy ahora mismo a dar
la orden…
Hizo ademán de levantarse precipitadamente para ir a la cocina, y, por primera vez
quizá después de un mes largo, sentí vergüenza de repente al verla apresurarse tanto para
servirme, siendo así que hasta aquel día era yo mismo quien se lo exigía.
-Gracias, mamá, ya he comido. Si no le molesto, descansaré aquí un poco.
-¡Ah!… ¿cómo no?… Desde luego, descanse…
-No se inquiete usted, mamá, no diré más groserías a Andrés Petrovitch – declaré
bruscamente.
-¡Señor, qué grandeza de alma! – gritó Tatiana Pav1ovna -. Mi querida Sonia, ¿es
posible que continúes hablándole de usted? ¿Quién es él para merecer semejante honor, y
encima de parte de su madre? ¡Mira, pero si estás toda nerviosa delante de él! ¡Es
vergonzoso!
-A mí mismo me sería muy agradable que me hablase usted de tú, mamá.
–¡Ah! … Bueno, está convenido – se apresuró a decir mi madre -. Lo que pasa es que…
no todas las veces… A partir de hoy, es cosa hecha.
Enrojeció vivamente. Su rostro resultaba a veces extremadamente seductor… Era un
rostro bondadoso, pero de ninguna manera ingenuo, un poco pálido, anémico. Sus
mejillas eran muy flacas, incluso huecas, y en su frente las arrugas empezaban a
acumularse con gravedad, pero no las había aún en torno a los ojos, y esos ojos, bastante
grandes y bastante abiertos, brillaban siempre con un resplandor dulce y tranquilo, que
me había atraído desde el primer día. Lo que me gustaba también era que su rostro no
tenía nada de afligido o de humillado; al contrario, su expresión habría sido incluso
alegre, si no estuviese alarmada con tanta frecuencia, a veces absolutamente sin motivo
alguno, espantándose, sobresaltándose en ocasiones por una completa nadería o
escuchando con espanto alguna nueva conversación, hasta el momento en que se
convencía definitivamente de que todo continuaba transcurriendo bien como de
costumbre. «Todo va bien», era para ella sinónimo de « Todo continúa como de
costumbre». ¡Con tal solamente que no haya ningún cambio, con tal que no sobrevenga
nada nuevo, ni siquiera dichoso!… Se hubiera creído que en su infancia le habían
producido algún miedo horrible. Además de los ojos, me gustaba en ella el óvalo de su
rostro y creo que, si hubiese tenido los pómulos un poco menos salientes, se la habría
podido juzgar, no solamente en su juventud, sino incluso ahora, bonita. Entonces no tenía
más de treinta y nueve años, pero sus cabellos castaños estaban ya fuertemente mezclados
de blanco.
Tatiana Pavlovna me miró con una indignación declarada.
-¡Un mocoso como éste! ¡Temblar así delante de él! Eres ridícula, Sofía, harás que me
enfade.
-Ay, Tatiana Pavlovna, ¿por qué lo trata usted así? Pero quizás está bromeando,
¿verdad? – agregó mi madre, notando en la fisonomía de Tatiana Pavlovna una especie de
sonrisa.
La verdad era que los regaños de Tatiana Pavlovna apenas podían tomarse en serio,
pero ella se sonreía aquella vez (si sonrisa era aquello) únicamente de mi madre, porque
ella amaba hasta la locura su bondad y había notado desde luego la felicidad que mi
sumisión le estaba procurando en aquel instante.
-Desde luego, no puede pasárseme por alto la manera que tiene usted de echarse sobre
la gente, Tatiana Pavlovna, y esto justamente en el momento en que he dicho al entrar: «
¡Buenos días, mamá! », lo que nunca he hecho antes – juzgué por fin necesario hacerle
notar.
-¿Ven ustedes eso? – estalló ella inmediatamente -. ¡Él ve en eso una hazaña! ¿Hará
falta entonces arrodillarse delante de ti porque has tenido educación una vez en tu vida?
¿Y es que eso es educación? ¿Por qué miras al rincón cuando entras? ¿Crees que no sé lo
mucho que te agitas frente a ella? También a mí podrías haberme dicho buenos días. He
sido yo la que te ha envuelto en los pañales, soy tu madrina.
Naturalmente, desdeñé contestar. En aquel instante entró mi hermana, y me dirigí a ella
inmediatamente:
-Lisa, hoy he visto a Vassine, y me ha preguntado cómo estabas. ¿Lo conoces?
-Sí, desde Luga, el año pasado – respondió ella con mucha sencillez sentándose junto a
mí y lanzándome una mirada amable.
No sé por qué, pero me parecía que ella iba a estallar en el momento en que le hablase
de Vassine. Mi hermana era rubia, una rubia de matiz claro; no tenía los cabellos de mi
padre ni los de mi madre, pero los ojos y el óvalo del rostro eran casi los de mi madre. La
nariz muy derecha, pequeña y regular; una particularidad aún: pequeñas pecas en el
rostro, lo que mi madre no tenía en absoluto. De Versilov, no tenía gran cosa, a no ser, si
acaso, la finura del talle, una buena estatura y no sé qué de encantador en el andar.
Conmígo, ni el menor parecido: los dos polos opuestos.
-Le conozco desde hace tres meses – agregó Lisa.
-¿Hablando de Vassine dices le? Hace falta decir to y no lo. Perdona que te corrija, pero
me resulta penoso ver que tu educación ha sido descuidada hasta ese punto.
-Es una indignidad de tu parte hacer semejante observación en presencia de tu madre –
estalló Tatiana Pavlovna -. Por lo demás, eso no es verdad. Ella no ha sido descuidada en
forma alguna.
-No hablo aquí de mi madre – intervine resueltamente -. Sepa usted, mamá, que
considero a Lisa como a una segunda madre; usted ha hecho de ella una tal delicia de
bondad y de carácter, que ella recuerda desde luego lo que usted era, lo que es usted aún,
y lo que será eternamente… Quería hablar únicamente de ese lustre exterior, de todas esas
tonterías mundanas, que son sin embargo indispensables. Me indigno de que Versilov, al
escucharte decir uno de esos errores gramaticales, no te haya corregido jamás, tan
altanero e indiferente es con nosotros. ¡Eso es lo que me da rabia!
-¡Miren ustedes a este osezno metiéndose a enseñar buenas maneras! Le prohíbo,
caballero, que digan en lo sucesivo «Versilov» en presencia de su madre de usted, así
como en presencia mía. ¡No lo toleraré! – Tatiana Pavlovna lanzó un relámpago.
-Mamá, he cobrado hoy mi salario, cincuenta rublos. Tómelos usted, se lo ruego. Aquí
están.
Me acerqué y le alargué el dinero; inmediatamente ella se alarmó.
-Pero, no sé… cómo coger este dinero – dijo, como si incluso temiese alargar la mano.
Yo no comprendía.
-Pero, mamá, si ustedes me consideran las dos un hijo y un hermano, entonces…
-¡Ah!, soy culpable ante ti, Arcadio. Tengo varias cosas que confesarte, pero me das
demasiado miedo…
Dijo eso con una sonrisa tímida y suplicante; nuevamente me quedé sin comprender y
la interrumpí:
-A propósito, ¿sabe usted, madre, que hoy era la vista del pleito entre Andrés Petrovitch
y los Sokolskis?
-¡Qué me dices! – dijo ella, lanzando una exclamación de espanto, cruzándose las
manos sobre el pecho – era su gesto.
-¿Hoy? -Tatiana Pavlovna se estremeció de pies a cabeza -. ¡Pero es imposible, él me lo
habría dicho! ¿Te lo ha dicho a ti? – añadió, volviéndose hacia mi madre.
-No, no me ha dicho que fuera hoy. Pero tengo tanto miedo desde hace una semana…
Que pierda, para que nos veamos libres de eso y todo vaya como de costumbre.
-¡Entonces tampoco a ustedes se lo ha dicho! – exclamé yo -. ¡Qué hombre! He ahí una
prueba más de su indiferencia y de su altanería. ¿Qué les estaba diciendo hace un
momento?
-¿Y cuál ha sido el resultado? ¿Y quién te lo ha dicho? – atacaba Tatiana Pavlovna -.
¡Dilo de una vez!
-¡Aquí está él en persona! Quizá quiera decírnoslo -anuncié yo, al oír sus pasos en el
pasillo, y me senté muy aprisa cerca de Lisa.
-Hermano, por el amor de Dios, ten miramientos con mamá, sé paciente con Andrés
Petrovitch – me susurró ella.
-Tendré paciencia, con esa intención he vuelto.
Le estreché la mano.
Lisa me lanzó una mirada llena de desconfianza, y tenía razón.
II
Hizo su entrada, muy contento consigo mismo, tan contento que ni siquiera estimó
necesario ocultar su estado de ánimo. Por lo demás, había adquirido la costumbre, en
aquellos últimos tiempos, de desahogarse delante de nosotros sin la más mínima
ceremonia, no solamente en sus momentos malos, sino aun en sus accesos de alegría, lo
que todo hombre teme más que nada; y sin embargo él sabía muy bien que nosotros lo
comprenderíamos todo hasta el último detalle. Se abandonaba enormemente en su
presentación desde el año pasado, como lo había notado Tatiana Pavlovna: iba vestido
siempre convenientemente, pero con trajes viejos y sin elegancia. Estaba dispuesto a
llevar la misma camisa dos días seguidos, lo que apenaba a mi madre; en casa eso pasaba
por ser un sacrificio, y todo aquel grupo de mujeres abnegadas veía en eso incluso una
proeza. Llevaba siempre sombreros blandos, negros, de alas anchas; cuando se quitaba el
sombrero al entrar, todo un mechón de sus cabellos, muy espesos, pero con muchas
hebras blancas, le caía por la frente. Me gustaba mirar sus cabellos cuando se quitaba el
sombrero.
-Buenos días. Hoy tenemos aquí el completo. Incluso éste – señalándome -forma parte
del número. He oído su voz en el recibidor. Estaba hablando mal de mí, ¿verdad?
Cuando hacía chistes a costa mía, aquello era signo de buen humor. Naturalmente, no
repliqué. Entró Lukeria con todo un montón de cosas que puso sobre la mesa.
-¡Victoria, Tatiana Pavlovna! He ganado mi pleito, y los príncipes no se atreverán
seguramente a apelar. ¡El gato está en la talega! Ahora mismo acabo de encontrar quien
me preste mil rublos. Sofía, deja ahí tu labor, no te canses los ojos. Lisa, ¿vuelves del
trabajo?
-Sí, papá – respondió ella con ternura,
Le llamaba padre; por mi parte, yo nunca había querido conformarme a eso.
-¿Cansada?
-Sí.
-Deja ese trabajo, no vayas mañana, y abandónalo completamente.
-Pero, papá, eso me sentará mal.
-Te lo ruego… Detesto a las mujeres que trabajan, Tatiana Pavlovna.
-¿Y cómo vivir sin trabajar? ¿Qué haría una mujer que no trabajase?
-Ya lo sé, ya lo sé… todo eso está muy bien y es muy bonito, y doy mi aprobación de
antemano; pero de lo que estoy hablando sobre todo es del trabajo de la señora. Porque,
mirad, es una de las impresiones más penosas de mi infancia o, por decirlo mejor, de las
más falsas. En mis vagos recuerdos de la época en que yo tenía cinco o seis años, veo con
la mayor frecuencia, con desagrado naturalmente, alrededor de una mesa redonda un
conclave de mujeres inteligentes, severas y gruñonas, tijeras, telas, patrones y figurines
de moda. Toda esa gente discute y razona, agachando la cabeza grave y lentamente, sin
dejar de medir y calcular y preparándose a cortar. Todos esos rostros cariñosos, que me
quieren tanto, se han hecho de repente inabordables; que yo cometa la menor travesura, y
me echarán fuera inmediatamente. Incluso mi pobre niñera, que me sostiene de la mano y
ha dejado de responder a mis gritos y a mis tirones, es todo ojos y todo oídos como si
estuviese frente a un ave del paraíso. Pues bien, esa severidad en rostros inteligentes, ese
aire grave antes de comenzar el corte, lo experimento como un sufrimiento, incluso hoy
día, cuando pienso en ello. Tatiana Pavlovna, a usted le gusta apasionadamente cortar.
Por aristocrático que eso sea, yo prefiero una mujer que no haga nada en absoluto. No
creas, que esto va por ti, Sofía… Pero, ¿de qué sirve? La mujer no tiene necesidad de eso
para ser una gran potencia. Por lo demás, tú también lo sabes muy bien, Sonia (45). ¿Qué
piensa usted de esto, Arcadio Makarovitch? Seguramente opinará lo contrario.
-No, de ninguna manera – respondí -. Es una expresión excelente: la mujer como gran
potencia, aunque no comprendo todavía por qué relaciona usted eso con las labores de las
señoras. Y que sea imposible no trabajar cuando no se tiene dinero, eso lo sabe usted
mismo.
-¡Pues ahora se acabó! – Se volvió hacia mi madre, que estaba toda radiante (se había
echado a temblar cuando él se dirigió a mí) -. ¡Por lo menos en los primeros tiempos, que
yo no vea más trabajo por aquí! Lo pido por consideración a mí. Tú, Arcadio, como
verdadero joven de nuestro tiempo, debes de ser un poco socialista; pues bien, lo creas o
no, amigo mío, quienes más gustan de la ociosidad, son las gentes del pueblo, ese pueblo
dedicado eternamente al trabajo.
-Quizá lo que quieren es reposo, y no ociosidad.
-¡No, es desde luego la ociosidad, la holgazanería absoluta; ése es su ideal! He
conocido a uno de esos trabajadores eternos, que por lo demás no era del pueblo; era un
hombre bastante cultivado, capaz de razonar. Toda su vida, cada día quizá, soñaba con
gozo y delectación en la ociosidad perfecta. Por así decirlo, llevaba ese ideal hasta lo
absoluto, hasta la independencia ilimitada, la libertad perpetua del sueño y de la
contemplación ociosa. Aquello duró hasta el día en que se agotó completamente a fuerza
de trabajo: imposible volverlo a poner en pie; murió en el hospital. Yo estaba entonces
seriamente dispuesto a extraer la conclusión de que los gozos del trabajo habían sido
inventados por hombres desocupados, naturalmente hombres virtuosos. Ésa es una de las
«ideas ginebrinas» de finales del pasado siglo. Ah, Tatiana Pavlovna, recorté anteayer un
anuncio que traía el periódico. Helo aquí (se sacó un trozo de papel del bolsillo de arriba
del pantalón): es uno de esos «estudiantes» perpetuos que saben lenguas antiguas y
matemáticas y están dispuestos a marcharse a cualquier provincia, a un granero o no
importa dónde. Escuchad esto: «Profesora prepara ingreso en todos los establecimientos
de enseñanza (¡fijaos, en todos! ), y da clases de aritmética.» ¡Una línea solamente, pero
del todo clásica! Prepara para el ingreso en los establecimientos de enseñanza: parecería
que la aritmética debiera estar comprendida. ¡Pues no! Ella pone la aritmética aparte. Eso,
eso es la verdadera hambre, el último grado de la miseria. Esa torpeza es precisamente la
que me conmueve: con toda seguridad, ella no ha sido jamás profesora, es incapaz de
enseñar lo que quiera que sea. Pero no hay nada que hacer, es preciso llevar el último
rublo al periódico y anunciar que se prepara para el ingreso en todos los establecimientos
de instrucción y por añadidura que se dan lecciones de aritmética. Per tutto mundo e in
altri siti (46).
-Pues bien, Andrés Petrovitch, será necesario ir a ayudarla. ¿Dónde vive? – exclamó
Tatiana Pavlovna.
-¡Bah! ¡Hay tantas así! – y se guardó la dirección en el bolsillo -. En este paquete hay
regalos para ti, Lisa, y para usted, Tatiana Pavlovna. A Sofía y a mí no nos gustan las
golosinas. ¡También hay para ti, jovencito! Lo he elegido todo yo mismo en casa de
Elissieev y de Ballet (47). Hemos estado demasiado tiempo «muriéndonos de hambre»,
como dice Lukeria (nota bene: nunca se había muerto nadie de hambre en esta casa). Hay
ahí uvas, bombones, peras escarchadas y una tarta de fresas. Hasta he comprado un licor
maravilloso. Y cacahuetes. Es curioso cómo desde mi infancia siguen gustándome los
cacahuetes, Tatiana Pavlovna, y, usted lo sabe, los más sencillos de todos. Lisa es como
yo; también a ella le encanta cascar cacahuetes, como una ardillita. Nada más encantador,
Tatiana Pavlovna, que figurarse alguna vez, por casualidad, niño en el bosque, dispuesto
a coger cacahuetes… Es casi el otoño, pero los días son claros, a veces hace fresco, uno se
acurruca en los sitios perdidos, se interna en el bosque, las hojas huelen muy bien… ¡Veo
que me mira usted con simpatía, Arcadio Makarovitch!
-Es que también yo he pasado en el campo los primeros años de mi infancia.
-¿Cómo es eso? Me parece que por el contrario tú has vivido siempre en Moscú… a
menos que me equivoque.
-En casa de los Andronikov, él vivía en Moscú, en el momento en que usted llegó a11í.
Pero hasta entonces, estuvo en casa de la difunta tía de usted, Varvara Stepanovna, en el
campo – confirmó Tatiana Pavlovna.
-¡Toma, Sofía, mira, dinero, apriétalo! Para uno de estos días me han prometido cinco
billetes de mil.
-Entonces, ¿los príncipes no tienen ya ninguna esperanza?
-Absolutamente ninguna, Tatiana Pavlovna.
-Siempre he tenido verdadera simpatía por usted, Andrés Petrovitch, y por todos los
suyos, siempre he sido amiga de la casa. Pero por más que los príncipes me sean
desconocidos, les tengo lástima, se lo juro a usted. Sobre todo no se enfade, Andrés
Petrovitch.
-No tengo intención de repartir, Tatiana Pavlovna.
-Usted ya sabe cómo pienso, Andrés Petrovitch. Ellos habrían abandonado el asunto si
usted les hubiese ofrecido la partición desde el primer momento; hoy, naturalmente, es ya
demasiado tarde. Por lo demás, no es asunto mío… Lo que digo lo digo porque el difunto
desde luego no los habría olvidado en su testamento.
-No solamente no los habría olvidado, sino que desde luego se lo habría dejado todo a
ellos, No me habría olvidado más que a mí, si él hubiese hecho las cosas en regla y redactado
su testamento como Dios manda. Pero ahora tengo la ley en mi favor. Se acabó. Ni
puedo ni quiero repartir, Tatiana Pavlovna; es cosa hecha.
Pronunció estas palabras con irritación, cosa que se permitía raramente. Tatiana
Pavlovna se calló. Mi madre bajó los ojos un tanto tristemente: Versilov sabía que ella
aprobaba a Tatiana Pav1ovna.
«He aquí la bofetada de Ems», pensé en aquel instante. El documento que me había
entregado Kraft y que yo tenía en el bolsillo, habría sufrido una triste suerte si hubiese
caído en manos de Versilov. Pensé de pronto que todavía pesaba sobre mis espaldas todo
aquel asunto; aquel pensamiento, juntamente con todo lo demás, contribuyó a irritarme.
-Arcadio, me gustaría que te vistieses mejor, amigo mío. No estás mal vestido, pero, en
lo sucesivo, podré recomendarte a un francés, muy concienzudo y que tiene gusto.
-Le pediré a usted que no me haga jamás una proposición semejante – espeté
bruscamente.
-¿Cómo es eso?
-¡Oh! No veo en eso nada de humillante, pero usted y yo no estamos tan de acuerdo a
incluso más bien estamos en desacuerdo, puesto que estos días, desde mañana, déjo de ir
a casa del príncipe, ya que no veo que haya la menor necesidad de hacerlo.
-Pero ir allí, estar a su lado, ¿no es eso una tarea?
-Tales pensamientos son humillantes.
-No comprendo. Y además, si eres tan puntilloso, no tienes más que no tomar su dinero,
aunque hagas acto de presencia. Vas a apenarlo enormemente; él ya te tiene mucho
afecto, créeme… En fin, haz lo que quieras…
Se le notaba que estaba descontento.
-Dice usted que no le coja su dinero. Y justamente, por causa de usted, he cometido hoy
una infamia: usted no me había advertido de nada y hoy le he reclamado al príncipe mi
sueldo del mes.
-Pero eso es porque tú has querido. Confieso que yo no creía que fueses a reclamar.
¡Sin embargo, qué hábiles sois todos hoy en día! Ya no hay juventud, Tatiana Pavlovna.
Estaba terriblemente amargado. Yo también,
-Me hacía falta sin embargo arreglar mis cuentas con usted… Es usted quien me ha
obligado, y ahora no sé qué hacer.
-A propósito, Sofía, devuélvele inmediatamente a Arcadio sus sesenta rublos. Y tú,
amigo mío, no te enfades por este arreglo de cuentas precipitado. Te adivino en la cara
que estás maquinando alguna empresa y que tienes necesidad… de fondos para gastos o
para alguna cosa de ese estilo.
-Ignoro lo que expresa mi cara, pero no esperaba que mamá le hablase a usted de ese
dinero, siendo así que yo le había rogado a ella que no dijese nada,
Miraba a mí madre, y mis ojos lanzaban relámpagos. No sabría decir hasta qué punto
me sentía vejado.
-Arkacha, hijo mío, perdóname, por el amor de Dios, no he podido evitar decírselo…
-Amigo mío, no le guardes rencor porque me haya descubierto tus secretos – dijo él
dirigiéndose a mí -. Y además, la intención era buena: la madre ha querido sencillamente
ufanarse de los sentimientos de su hijo. Pero, créelo, yo habría adivinado, sin necesidad
de eso, que eras un capitalista. Todos tus secretos están escritos en tu rostro leal. Él tiene
su «idea», Tatiana Pavlovna, ya se lo dije a usted.
-Dejemos mi rostro leal – continué yo, rabioso -. Sé que con frecuencia usted lee los
pensamientos de la gente, aunque en otros casos no vea usted más allá de la punta de la
nariz. Siempre me ha asombrado su perspicacia. Pues bien, sea. Tengo mi « idea».
Evidentemente ha empleado usted esa expresión por casualidad, pero no temo confesarlo;
tengo mi «idea». Y ni tengo miedo ni me da vergüenza de ella.
-Sobre todo no tengas vergüenza de ella.
-Y sin embargo no se la revelaré a usted.
-Es decir, que no me juzgarás digno de semejante cosa. Es inútil, ámigo mío, conozco
yo las sustancias de tu idea. En todo caso, es:
Me retiro al desierto (48).
Tatiana Pavlovna, mi opinión es que quiere convertirse en Rothschild o en alguna cosa
por el estilo, y retirarse dentro de su grandeza. Naturalmente, nos concederá
magnánimamente, a usted y a mí, una modesta pensíón; a mí quizá no, pero lo que sí es
seguro, es que pasará entre nosotros como un meteoro. Como la luna nueva; salida y, en
el mismo momento, desaparecida.
Me sobresalté. Desde luego, no era más que una coincidencia: él no sabía nada, hablaba
de una cosa muy distinta, aunque hubiese nombrado a Rothschild, pero ¿cómo podía
definir con tanta exactitud mis sentimientos: romper con ellos y retirarme? Lo había
adivinado todo. Y quería con anticipación sazonar con su cinismo lo trágico de la cosa.
Estaba furioso; no se podía dudar de eso.
-Mamá, perdóname mi exclamación, tanto más cuanto que, de todas maneras, era
imposible ocultarme de Andrés Petrovitch.
Fingí echarme a reír y me esforcé, al menos por un instante, en convertirlo todo en una
broma.
-Lo mejor que ha habido en esto, querido mío, es que te has reído. Es difícil imaginarse
hasta qué punto se gana con eso, incluso exteriormente. Lo digo muy en serio. Tatiana
Pavlovna, la verdad es que el muchacho tiene siempre el aspecto de estar incubando en su
cabeza algo tan grave, que él mismo se avergüenza.
-Le ruego seriamente que tenga un poco más de compostura, Andrés Petrovitch.
-Tienes razón, amigo mío; pero sin embargo hacía falta decirlo una vez, para no volver
más sobre esto. No has venido de Moscú más que para rebelarte. He ahí lo único que
sabemos hasta ahora del motivo de tu llegada. Naturalmente, no hablaré de que hayas
venido para asombrarnos. Seguidamente, desde hace un mes que estás aquí, no haces más
que burlarte de nosotros; sin embargo, tú eres un hombre inteligente, por lo que parece, y
con esa cualidad podrías dejar esas risitas para la gente que no tiene más medio que ése
para vengarse de su nulidad. Te cierras siempre, siendo así que tu aspecto leal y tus
mejillas rojas manifiestan que podrías mirar cara a cara a todo el mundo con una perfecta
inocencia. Es hipocondríaco, Tatiana Pavlovna; no llego a comprender por qué hoy en día
todos son hipocondríacos.
-Si no sabe usted ni siquiera dónde me he criado, ¿cómo va a saber que soy
hipocondríaco?
-He ahí todo el misterio: estás dolido de que yo haya podido olvidar dónde te has
criado.
-En lo más mínimo, no me atribuya usted semejante tontería. Mamá, Andrés Petrovitch
me ha felicitado hace un momento por haberme reído; riámonos, pues; ¿por qué hemos
de estar hechos unos mustios? ¿Quieren ustedes que les cuente historias divertidas sobre
mi persona? Sobre todo teniendo en cuenta que Andrés Petrovitch no sabe nada de mis
aventuras.
Yo estaba en ebullición. Sabía que nunca más volveríamos a encontrarnos juntos como
hoy y que una vez salido de aquella casa no volvería nunca. Por eso, en la víspera de todo
aquello, no pude contenerme más. Fue él mismo quien provocó aquel desenlace.
-Eso es muy agradable, con tal que sea verdaderamente divertido – observó él
mirándome con ojos penetrantes -. Te has vuelto un poco salvaje, amigo mío, allí donde
te has criado. Por lo demás, a pesar de todo, estás aún bastante presentable. Está
encantador hoy, Tatiana Pavlovna, y ha hecho usted muy bien en abrir por fin ese
paquete.
Pero Tatiana Pavlovna frunció las cejas; ni siquiera se volvió y continuó abriendo el
paquete y colocando los regalos sobre los platos. Mi madre también se quedó perpleja,
comprendiendo y presintiendo que las cosas tomaban un mal camino. Mi hermana, una
vez más, me empujó con el codo.
-Quiero contarles sencillamente – comencé a decir con el aire más desenvuelto – cómo
un padre se encontró por primera vez con su hijo querido. Eso sucedió justamente «a11í
donde te has criado».
-Pero, amigo mío, ¿no resultará eso… aburrido? Ya sabes: touts les genres…
-No frunza usted las cejas, Andrés Petrovitch, no es en absoluto lo que usted cree.
Quiero hacerles reír a todos.
-¡Que Dios te oiga, querido mío! Ya sé que nos quieres a todos y que… no te interesará
turbar nuestra velada – susurró él con aspecto falsamente desenvuelto.
—Será seguramente por mi rostro por lo que habrá adivinado usted que le quiero, ¿no?
-Sí, en parte por tu rostro.
-Pues bien, por rni parte, yo he adivinado desde hace mucho tiempo en el rostro de
Tatiana Pavlovna que está enamorada de mí. No me lance usted miradas tan feroces, Tatiana
Pav1ovna, es preferible reír. ¡Es preferible reír!
Ella se volvió bruscamente hacia mí y durante medio minuto me estuvo mirando con
ojos penetrantes:
-¡Ten cuidado!
Y me amenazaba con el dedo, tan seriamente, que aquello no podía relacionarse apenas
con mi broma estúpida, sino que se parecía más bien a una advertencia: «¿Es que te
empeñas en empezar? »
-Andrés Petrovitch, ¿no se acuerda usted entonces de cómo nos encontramos en la vida
por primera vez?
-Lo he olvidado, te lo juro, y te pido por eso sinceramente perdón. Me acuerdo
solamente de que fue hace mucho tiempo… y ya no sé dónde…
-Y usted, mamá, ¿no se acuerda usted de cuando estaba en el campo, en el pueblo
donde fui criado hasta los seis o siete años, creo? ¿Ha vivido usted verdaderamente en ese
pueblo, o bien es en sueños como me parece haberla visto por primera vez? Hace mucho
tiempo que quería hacerle a usted esta pregunta, y retrocedía siempre; ahora ha llegado el
momento.
-¡Cómo, mi pequeño Arcadio! Naturalmente, fui tres veces de visita a casa de Varvara
Stepanovna; la primera vez cuando tú tenías apenas un año, la segunda cuando habías
cumplido ya los cuatro, y luego cuando tenías más de diez años.
-Eso es. Todo este mes he estado queriendo hacerle la pregunta.
Mi madre enrojeció intensamente ante la brusca afluencia de recuerdos y me preguntó
conmovida:
-¿Es posible, mi pequeño Arcadio, que te acuerdes de mí?
-No me acuerdo de nada y no sé nada; solamente ha quedado algo del rostro de usted en
el fondo de mi corazón y para toda mi vida, y además, me ha quedado el saber que es
usted mi madre. Todo ese pueblo lo veo hoy como en un sueño. Incluso me he olvidado
de mi ama. Esa Varvara Stepanovna… Me acuerdo de ella un poco, solamente porque
tenía siempre vendas en las mejillas. Aún veo de nuevo, alrededor de la casa, árboles
inmensos, creo que tilos; luego, algunos días, un sol fuerte entrando por las ventanas
abiertas, platabandas de flores, una alameda, y a usted, mamá, no vuelvo a verla
claramente más que un solo instante: cuando me dieron la comunión en la iglesia del
pueblo y usted me cogió en brazos para hacerme recibir la hostia y besar el cáliz; era en
verano, una paloma atravesó la cúpula, de una ventana a otra… (49).
-¡Señor! Eso es completamente verdad – mi madre cruzó las manos -; me acuerdo de
esa paloma. En el momento mismo de comulgar, te pusiste muy agitado y gritabas: « ¡La
paloma, la paloma! »
-El rostro de usted, o por lo menos parte, una expresión, se quedó tan grabado en mí
memoria, que hace cinco años, en Moscú, la reconocí inmediatamente como mi madre,
aunque nadie me lo dijese. Luego, después de mi primer encuentro con Andrés
Petrovitch, se me sacó de casa de los Andronikov; yo había pasado con ellos, dulce y
alegremente, cinco años seguidos. Me acuerdo con sus menores detalles de cómo era su
casa en un edificio del Estado y de todas aquellas señoras y señoritas que hoy han
envejecido tanto, y de la casa llena, y el mismo Andronikov, que traía en persona de la
ciudad las provisiones, la volatería, los corderos y los lechoncíllos y nos servía él mismo
la sopa en la mesa, en lugar de su mujer, que se las daba siempre de orgullosa; nosotros
nos burlábamos de eso y él era el primero en hacerlo. Fue a11í donde las jovencitas me
enseñaron el francés, pero lo que más me gustaba eran las fábulas de Krylov (50); me
aprendí de memoria muchísimas y cada día le declamaba una a Andronikov: yo entraba
sin vacilar en su pequeño despacho, estuviese ocupado o no. Pues bien, a causa de una de
esas fábulas trabé conocimiento con usted, Andrés Petrovitch… Veo que empieza usted a
acordarse.
-En efecto, estoy recordando un poco, querido mío… ¿Qué es lo que me contaste
entorces… una fábula, o bien un pasaje de Aflicción de espíritu? (51). De todos modos,
¡qué memoria tienes!
-¡Memoria! ¡Eso es lo de menos! Es el único recuerdo que he conservado toda mi vida.
-¡Magnífico, magnífico, amigo mío! Me interesas.
Incluso sonrió, y después de él sonrieron mi madre y mi hermana. La confianza
retornaba; únicamente Tatiana Pavlovna, que se había sentado en un rincón después de
haber colocado los regalos sobre la mesa, continuaba atravesándome con una mirada
desagradable.
-He aquí la historia – proseguí yo -. Un buen día mi amiga de la infancia, Tatiana
Pav1ovna, que siempre ha surgido de improviso en mi existencia, como pasa en el teatro,
vino a buscarme, se me llevó a un coche y se me depositó en un palacio señorial, en un
lujoso apartamiento. Usted se había alojado entonces, Andrés Petrovitch, en la mansión
de los Fanariotova, en la casa desocupada en aquellos momentos -y que ella le había
comprado a usted antaño; ella estaba en el extranjero. Yo llevaba siempre blusas; para
aquello me pusieron de repente un bonito traje azul y ropa de la más fina. Tatiana
Pavlovna pasó todo el día junto a mí y me compró toda clase de cosas; yo recorría las
habitaciones vacías y me miraba en todos los espejos. Pues bien, no sé cómo fue, pero el
caso es que, a la mañana siguiente, a eso de las diez, barzoneando por el apartamiento,
entré de repente, por casualidad, en el despacho de usted. Ya la víspera le había visto en
el momento en que se me acababa de conducir, pero solamente de paso, en la escalera.
Usted bajaba para subir al coche e ir a no sé dónde: se encontraba usted entonces solo en
Moscú, por muy poco tiempo y después de una larga ausencia, de forma que le
reclamaban de todas partes y no estaba usted casi nunca en casa. Al encontrarnos a
Tatiana Pavlovna y a mí, usted solamente exclamó: « ¡Ah! », pero sin ni siquiera
detenerse.
Describe con verdadero amor – observó Versilov, dirigiéndose a Tatiana Pavlovna.
Ella se alejó sin responder.
-Le veo como si todavía me encontrase allí, tal como usted era entonces, florido y
guapo. Es asombroso cómo ha podido usted envejecer y afearse tantísimo en estos nueve
años, perdóneme la franqueza. Por lo demás, ya en aquellos momentos tenía usted los
treinta y siete años cumplidos, pero yo no podía cansarme de mirarlo. ¡Qué cabellos más
asoinbrosos!, casi enteramente negros, brillantes, sin un pelo blanco, bigotes y patillas de
un acabado de joyero, no encuentro otra expresión; un rostro pálido y mate, pero no de
una palidez enfermiza como la de hoy, pero, espere… Un rostro como el de su hija de
usted, Ana Andreievna, a la que he tenido el honor de ver hace un rato; ojos ardientes y
sombríos, dientes deslumbrantes, sobre todo cuando usted se reía. Precisamente se echó
usted a reír al mirarme, cuando entré en su despacho; yo no sabía entonces distinguir las
cosas, y su sonrisa me alegró el corazón. Llevaba usted aquella mañana una chaqueta de
terciopelo azul marino, una bufanda de tonalidad Solferino, una maravillosa camisa
guarnecida de encajes de Alençon; estaba usted delante del espejo, con un cuaderno en la
mano, en plan de estudiar y de declamar el último monólogo de Tchatski y en particular
su último grito: « ¡Mi coche, mi coche!» (52).
-¡Oh, Dios mío – exclamó Versilov -, lo que él dice es verdad! Yo había aceptado
entonces, a pesar del poco tiempo de que disponía en Moscú, el desempeñar el papel de
Tchatski en casa de Alejandra Petrovna Vipovtova, en su teatrito privado, a causa de la
enfermedad de Jileiko (53).
-¿Y lo había usted olvidado? – preguntó Tatiana Pavlovna echándose a reír.
-¡Me lo ha recordado él! Y lo confieso, ¡aquellos pocos días en Moscú fueron quizá los
mejores de mi vida! Éramos entonces todos tan jóvenes… esperábamos todas las cosas
con un ardor tal… Me encontré entonces en Moscúcon tantas… Pero continúa, hijo mío,
has hecho muy bien esta vez al entrar en detalles…
-Yo estaba allí plantado, mirándole. De repente grité: « ¡Oh, qué bien está, ése es el
verdadero Tchatski! » Usted se volvió innediatamente para preguntarme: « ¿Es que tú
conoces ya a Tchatski? » Luego se sentó usted en el diván y con el mejor humor del
mundo se puso a tomar el café. Yo le habría abrazado. Entonces le confié que en casa de
Andronikov todo el mundo leía mucho, que las señoritas sabían muchos versos de
memoria, que representaban entre ellas escenas de Griboiedov y que, toda la semana
pasada, se había leído en reunión y en. alta voz los Relatos de un cazador (54), en fin,
que me gustaban sobre todo las fábulas de Krylov y que me las sabía de memoria. Usted
me invitó a recitar algo, y yo dije La novia difícil: «Una novia soñaba con su novio…»
(55).
-_.¡Eso es, eso es, ahora me acuerdo de todo! – exclamó de nuevo Versilov …. Pero,
amigo mío, me acuerdo también de ti. Tú eras entonces un muchachito lindísimo, un
muchachito delicioso, y, te lo juro, has perdido mucho durante estos nueve años.
En aquel momento, la misma Tatiana Pavlovna se echó a reír. Estaba claro que Ardrés
Petrovitch se burlaba y me pagaba con mi misma moneda. Todo el mundo se alegró, y
estuvo muy bien dicho.
-A medida que yo recitaba, usted se sonreía, peró no había llegado todavía a la mitad
cuando me detuvo, tocó la campanilla y dio orden al criado que entró en aquel momento
de que llamase a Tatíana Pavlovna, que acudió en seguida con un aspecto tan gozoso,
que, después de haberla visto la víspera, casi no la reconocí. En presencia de Tatiana
Pavlovna, volví a empezar La novia difícil y terminé brillantemente (56); Tatiana
Pavlovna me sonrió, y usted, Andrés Petrovitch, usted incluso llegó a gritarme: « ¡Bravo!
», y se puso a observar con ardor que, si se hubiese tratado de La cigarra y la hormiga no
habría habido nada de particular en que un niño inteligente, a mi edad, la recitase con
gusto, pero que… aquella fábula:
Una novia soñaba con su amado.
En eso no hay pecado…
»Escuche cómo dice eso de: «En eso no hay pecado». En una palabra, estaba usted
entusiasmado. Entonces se puso usted a hablar en francés con Tatiana Pavlovna.
Inmediatamente ella frunció las cejas y empezó a poner objeciones, incluso muy
acaloradamente; pero, como es imposible contradecir a Andrés Petrovitch si tiene ganas
de algo, Tatiana Pavlovna me llevó en seguida a su casa: a11í me lavaron una vez más la
cara y las manos, me cambiaron la ropa interior, me dieron pomada y hasta me rizaron.
Luego, por la noche, la misma Tatiana Pavlovna se vistió suntuosamente, mucho más de
lo que yo hubiera creído, y me llevó en coche. Por primera vez en mi vida, iba yo al
teatro, a una función de aficionados en casa de Vitovtova: candelabros, bustos, señoras,
militares, generales, señoritas el telón, las filas de sillas… yo todavía no había visto nada
parecido. Tatiana Pavlovna escogió un sitio modesto en una de las últimas filas y me hizo
sentar junto a ella. Naturalmente, también había niños como yo, pero yo no miraba ya
nada, aguardaba, latiéndome violentamente el corazón, que la función empezara. Cuando
usted entró en escena, Andrés Petrovitch, me quedé entusiasmado, entusiasmado hasta las
lágrimas; el porqué, lo ignoro. ¿Por qué esas lágrimas de entusiasmo? He aquí algo que
siempre me ha parecido raro, me he acordado de eso durante estos nueve años. Yo seguía
la comedia, y el corazón se me paraba; todo lo que yo comprendía, evidentemente, era
que ella le había traicionado, y que gentes imbéciles a indignas de tocarle un dedo del pie
se burlaban de él. Mientras que él declamaba en el baile, yo comprendía que estaba
humillado, pero que él era grande, muy grande (57 ). Sin duda, mi preparación en casa de
Andronikov me ayudó a comprender, pero también la manera como usted representó su
papel, Andrés Petrovitch. Por primera vez, yo veía teatro. En el momento de la partida,
cuando Tchatski grita: « ¡Mi coche, mi coche! » (usted daba un gríto asombroso), boté de
mi silla y con toda la sala, en una tempestad de aplausos, me puse a dar palmadas y a gritar
con todas mis fuerzas: ¡Bravo!
»Me acuerdo también de que en aquel mismo instante sentí un alfiler que se me clavaba
detrás «un poco por debajo de la cintura»; era Tatiana Pavlovna que me pinchaba furiosamente,
pero yo no le echaba cuenta. Como es natural, inmediatamente después de la
función, Tatiana Pavlovna me llevó a casa: «No te irás a quedar a bailar, y por causa tuya
no me quedo yo», y estuvo usted gruñendo contra mí, en el coche, Tatiana Pavlovna,
durante todo el camino de regreso. Me pasé la noche en un delirio, y al día siguiente a las
diez ya estaba otra vez delante del despacho, pero la puerta estaba cerrada: tenía usted
visita, estaba tratando de negocios; en seguida usted desapareció de repente durante todo
el día hasta la noche, y ya no le vi más. ¿Qué quería decirle? Lo he olvidado, ni siquiera
entonces lo sabía, pero queria apasionadamente verle de nuevo lo antes posible. A la
mañana síguiente, a las ocho, usted partió para Serpukhov (58); acababa usted de vender
su hacienda de Tula para calmar a los acreedores, pero todavía le quedaba un buen
pedazo, y por eso era por lo que había venido usted a Moscú, donde hasta aquel día no
había podido mostrarse públicamente por miedo a los acreedores; y entre todos ellos,
únicamente aquel grosero personaje de Serpukhov se negaba a aceptar la mitad en lugar
del total de la deuda. Tatiana Pavlovna ni siquiera respondía a mis preguntas: «Estáte
tranquilo, pasado mañana te llevaré a la pensión, prepárate, coge tus cuadernos, arregla
tus libros y aprende a hacer tú mismo la maleta. No está usted destinado a vivir como un
príncipe, caballero», etc., etc.; muletilla con la que me estuvo usted martillando los oídos
durante aquellos tres días, Tatiana Pav1ovna. Y en efecto, me llevó usted a la pensión
Tuchard, a mí, inocente y enamorado como estaba de usted, Andrés Petrovitch.
Comprendo que aquel encuentro no fue más que una casualidad absurda, pero, créalo o
no, sé que meses más tarde todavía quería escaparme de casa de Tuchard para ir en su
busca.
-Lo has contado admirablemente, has despertado todos mis recuerdos – recalcó Versilov
-Pero lo que más me choca en tu historia es la riqueza de ciertos detalles particulares, a
propósito de mis deudas, por ejemplo. Sin hablar de una cierta inconveniencia propia de
tales detalles, no veo dónde has podido adquirirlos.
-¿Esos detalles? ¿Que dónde los he adquirido? Se lo repito, durante estos nueve años,
no he tenido otra ocupación que la de recoger detalles sobre usted.
-¡Singular confesión, ocupación singular!
Me volvió la espalda, medio tendido en su sillón, y esbozó un ligero bostezo, voluntario
o no, lo ignoro.
-¿Debo continuar contándole cómo quise escaparme de casa de aquel Tuchard?
-¡Prohíbaselo, Andrés Petrovitch!- ¡Repréndalo, expúlselo de aquí! – profirió Tatiana
Pavlovna.
-No, Tatiana Pavlovna – respondió Versilov expresivamente -. Arcadio tiene sin duda
algún proyecto. Es completamente indispensable dejarlo terminar. ¡Que continúe!
¡Que haga su relato y que se libre de él! Por lo demás, eso es todo lo que él quiere,
librarse de ese peso para siempre. Vamos, querido mío, empieza tu nueva historia. Nueva,
es una manera de hablar, porque, estáte tranquilo, conozco el final.
IV
-Quería escaparme, huir junto a usted, es muy sencillo. Tatiana Pavlovna, ¿se acuerda
usted de que, quince días después de mi entrada en la pensión Tuchard, le envió a usted
una carta? ¿No se acuerda? María Ivanovna me enseñó esa carta mucho más tarde; estaba
también en los papeles de Andronikov. Tuchard se había dado cuenta de pronto de que
había pedido demasiado poco, y le comunicaba a usted «dignamente» que educaba en su
establecimiento a príncipes y a hijos de senadores, y que juzgaba indigno de ese
establecimiento tener a un pensionista cuyo origen era como el mío, a menos que se le
pagase un suplemento.
-Mon cher, bien podrías…
-¡No es nada, no es nada! – interrumpí yo -; no tengo más que una palabra que decir de
Tuchard. Usted le respondió desde el campo, Tatiana Pavlovna, quince días más tarde,
con una negativa categórica. Lo veo, todavía todo encarnado, entrar en nuestra clase. Era
un francés bajito, rechoncho y gordo, de unos cuarenta y cinco años y llegado realmente
de París; antiguo zapatero remendón, como es lógico, pero se había instalado en Moscú,
desde tiempo inmemorial, como profesor de francés con título, y poseía incluso diplomas
de los que estaba extremadamente orgulloso; un hombre profundamente inculto (59). En
su casa sólo estábamos seis internos; había efectivamente entre ellos el sobrino de un senador
moscovita. Vivíamos todos en su casa absolutamente en familia, casi siempre bajo
la vigilancia de su esposa, una señora muy amanerada, hija de un oscuro funcionario
ruso. Durante aquellos quince días me jacté terriblemente delante de mis camaradas, me
ufanaba de mi chaquetilla azul y de mi papá Andrés Petrovitch y, cuando me preguntaba
por qué me llamaba Dolgoruki y no Versilov, la pregunta no me turbaba lo más mínimo,
porque yo mismo ignoraba el porqué.
–¡Andrés Petrovitch! – gritó Tatiana Pavlovna con un tono casi amenazador.
Por el contrario, mi madre me escuchaba sin perder una sola palabra y deseaba
evidentemente verme continuar.
-Ce Tuchard…, to recuerdo en efecto, aquel hombrecillo bullidor – dijo Versilov entre
dientes -; me habían dado de él los mejores informes…
-Ce Tuchard entró pues con la carta en la mano, se acercó a nuestra gran mesa de roble,
ante la cual empollábamos los seis no sé ya qué lección, me agarró fuertemente por el
hombro, me hizo levantar y me ordenó que cogiese mis cuadernos. «Tu sitio no está aquí,
sino allí.» Y me mostró un cuartito minúsculo a la izquierda del recibidor, donde había
una mesa vulgar, una silla de enea y un diván recubierto de hule, exactamente como hoy
en una buhardilla. Me dirigí a11í con asombro y poniéndome muy colorado; todavía
nunca se me había tratado con grosería semejante. Media hora después, cuando Tuchard
hubo salido de la clase, fui a cambiar guíños y a reírme con los camaradas; naturalmente,
se burlaban de mí, pero yo no sospechaba nada y creía que nos reíamos juntos porque
estábamos contentos. En aquel momento apareció Tuchard. Me cogió por un mechón de
pelos y me arrastró. «No te atrevas a ir más con hijos de buena familia. Tú eres de
extracción vil, no eres más que una especie de lacayo.» Y me golpeó muy dolorosamente
la mejilla llenita y colorada. La cosa le agradó, empezó una segunda vez, luego una tercera.
Me deshice en lágrimas. Estaba terriblemente sorprendido. Me quedé una hora larga
con la cabeza oculta entre las manos, llorando a todo llorar. Sucedía algo que yo no llegaba
a comprender. No comprendía cómo un hombre sin maldad como Tuchard, un
extranjero, el mismo que se había alegrado tanto con la liberación de los campesinos
rusos, podía pegarle a un niño ingenuo como yo. En el fondo yo estaba solamente
asombrado, nada ofendido; todavía no sabía sentir las ofensas. Me parecía que yo había
cometido alguna travesura, que una vez castigado se me perdonaría y que de nuevo
estaríamos todos contentos, iríamos a jugar al patio y reanudaríamos la buena vida.
-Amigo mío, si yo hubiese sabido. .. – dijo Versilov con la sonrisa negligente de un
hombre un poco cansado – qué loco era aquel Tuchard… En fin, no pierdo aún la
esperanza de que reunirás tu valor a manos llenas, que nos perdonarás por fin todo esto y
que reanudaremos la buena vida.
Se siguió un bostezo enérgico.
-Pero si yo no acuso a nadie, absolutamente a nadie, no me quejo ni siquiera de
Tuchard, créame – grité yo, un poco desorbitado -. Por lo demás, no me pegó más que por
espacio de dos meses. Me acuerdo de que yo siempre quería desarmarlo, me lanzaba
hacia él para besarle las manos, y se las besaba, llorando con todas las lágrimas de mi
cuerpo. Los camaradas se burlaban de mí y me despreciaban, porque Tuchard me
utilizaba a veces como criado suyo, me ordenaba que le trajera su ropa cuando él se
vestía. En esto mi servilismo encontró instintivamente en qué emplearse: yo trataba con
todas mis fuerzas de agradarle, sin mostrarme ofendido en lo más mínimo, porque aún yo
no comprendía nada, y hasta hoy mismo me asombro de haber sido tan idiota como para
no comprender cuán por debajó estaba de todos ellos. Sin duda mis camaradas me
explicaban ya muchas cosas; yo estaba en una buena escuela. Tuchard acabó por preferir
los puntapiés en el trasero a los golpes en la cara; seis meses después comenzó incluso a
acariciarme de cuando en cuando; solamente que yo estaba seguro de que me pegaría por
lo menos una vez al mes, para hacerme recordar cuál era mi puesto. Bien pronto se me
volvió a poner con los demás niños, se me dejó jugar con ellos, pero ni una sola vez en el
curso de aquellos dos años y medio olvidó Tuchard la diferencia de nuestras condiciones
sociales y, aunque sin exagerar, no dejaba de emplearme constantemente para su servicio,
y creo que eso era también a título de recordatorio.
»Me fugué, es decir, pensé fugarme, cinco meses después de aquellos dos meses
primeros. En general siempre he sido lento en decidirme. Cuando me acostaba y me
tapaba con la manta, me ponía inmediatamente a soñar con usted, Andrés Petrovitch,
únicamente con usted; ignoro en absoluto por qué era así. Le veía a usted incluso en
sueños. Y sobre todo soñaba una y otra vez, siempre apasionadamente, que usted venía
de pronto y se me aparecía, que yo me echaría en sus brazos, que me sacaría usted de
aquel sitio y me llevaría a su casa, a su despacho, que iríamos juntos al teatro, y así sucesivamente.
Sobre todo, que ya no nos separaríamos nunca más: aquello era lo principal.
Cuando me despertaba por las mañanas, tropezaba en seguida con las burlas y el desdén
de los chiquillos; a uno de ellos se le antojó pegarme y obligarme a que le limpiase los
zapatos; me trataba dándome toda clase de nombres insultantes, empeñándose sobre todo
en hacerme comprender mi origen, para la mayor alegría de todos los oyentes. Cuando
por fin llegaba Tuchard, había siempre en mi interior algo que resultaba intolerable. Yo
comprendía que no se me perdonaría nunca. Empezaba ya a comprender poco a poco qué
era lo que no se me perdonaría y cuál era mi crimen. Por eso resolví huir. Llevaba ya soñando
dos meses con aquello; por fin la decisión quedó tomada; era en septiembre.
Aguardé a que llegase un sábado, cuando todos mis camaradas se hubiesen dispersado
para pasar el domingo; y me hice cuidadosamente un paquete con los objetos más
indispensables; por todo dinero tenía dos rublos. Quería aguardar a que llegase el
crepúsculo:.«entonces bajaré por la escalera», me decía yo, «saldré y luego ire adelante».
¿Adónde? Yo sabía que Andronikov había partido para Petersburgo, y resolví descubrir
la casa de Fanariotova junto al Arbat (60). «Pasaré la noche no importa dónde, paseándome
o sentado en un banco; por la mañana le preguntaré a alguien en el patio:
¿dónde está ahora Andrés Petrovitch, y, si no está en Moscú, en qué ciudad o en qué
país? No dejarán de decirmelo. Me iré, y a continuación preguntaré en otra parte y a otra
persona: ¿por qué sitio salir para dirigirse a tal o cuál ciudad? Saldré e iré, iré por la
carretera general. Caminaré siempre; pasaré la noche no importa dónde o bajo los
matorrales, no comeré más que pan, con dos rublos tendré para mucho tiempo.» Pero el
sábado fue imposible escaparme; hubo que esperar hasta el día siguiente, domingo; como
hecho adrede, Tuchard y su mujer se ausentaron. No quedamos en toda la casa más que
Ágata y yo. Aguardé la noche con una emoción terrible. Estaba sentado, me acuerdo muy
bien, delante de la ventana de nuestra clase, mirando por ella la polvorienta caile con sus
casitas de madera y sus escasos transéúntes. Tudhard vivía en el fin del mundo y desde
nuestras ventanas se veía la puerta de las murallas de la ciudad: ¡si fuese la buena!, me
decia yo. El sol se ponía espléndidamente rojo, el cielo estaba helado, un viento áspero,
exactamente como el de hoy, levantaba el polvo. Por fin la oscuridad cayó íntegramente;
me planté delante del icono y recé, pero aprisa, aprisa, porque estaba muy apurado de
tiempo; cogí mi hatillo y bajé de puntillas nuestra escalera chirriante, con un miedo
terrible de que Ágata me oyese desde la cocina. La llave estaba en la puerta. Abrí y de
repente la noche negra me rodeó, como un desconocido peligroso y sin límites, y el
viento se me llevó la gorra. Yo estaba ya fuera. En la acera opuesta resonó el grito ronco
de un borracho que maldecía; me detuve, miré, y volví a entrar muy silenciosamente.
Muy silenciosamente subí la escalera, muy silenciosamente me desnudé, solté el hatillo y
me acosté boca abajo, sin lágrimas y sin pensamientos. Pues bien, desde aquel instante es
cuando me puse a pensar, Andrés Petrovitch. Sí, desde el momento en que me di cuenta
de que no era sólo un criado, sino también un cobarde. Entonces fue cuando empezó mi
desarrollo verdadero y regular.
-¡Y en aquel momento fue cuando yo también empecé a comprender lo que tú eres en
realidad! – Era Tatiana Pavlovna que brincaba de pronto, y de manera tan inesperada, que
me cogió completámente desprevenido -. ¡No fue solamente en aquel momento cuando
fuiste un criado, lo eres siempre, tienes alma de criado! ¿Qué habría podido impedirle a
Andrés Petrovitch que hiciera de ti un aprendiz de zapatero? ¡Incluso te habría hecho un
favor enseñándote un oficío! ¿Quién habría podido exigir más de él, quién exigía algo?
Tu padre, Makar Ivanovitch, no rogaba solamente, sino que casi exigía que no te sacasen
de tu condición. No, tú no aprecias bastante lo que él ha hecho por ti al conducirte hasta
la Universidad. Gracias a él gozas de los derechos de las clases superiores. Los niños le
hacían burla, miren ustedes, y entonces ha jurado vengarse de la humanidad… ¡No eres
más que un canalla!
Lo confieso, me quedé aplastado por aquella salida. Me levanté y miré un momento sin
encontrar nada que responder.
–Lo que Tatiana Pavlovna acaba de decirme me resulta nuevo en efecto – dije,
volviéndome por fin deliberadamente hacïa Versilov -. Soy en efecto lo bastante criado
para no contentarme con que Versilov no haya hecho de mí un zapatero. Ni siquiera los
derechos de las clases superiores me han enternecido, reclamo a todo Versilov, réclamo
un padre… eso es lo que me hace falta. ¿No quiere decir eso que yo sea un criado? Mamá,
tengo siempre sobre mi conciencia, desde hace ya ocho años, el momento en que usted
vino sola a verme a casa de Tuchard y la manera como la recibí a usted entonces. Pero no
es éste el momento de hablar de eso, Tatiana Pavlovna no lo permitirá. Hasta mañana,
mamá, quizá volvamos a vernos todavía. Tatiana Pavlovna, ¿qué diría usted si soy aún lo
bastante criado para no poder admitir que una persona se vuelva a casar viviendo su
mujer? Sin embargo, eso es lo que estuvo a punto de pasarle a Andrés Petrovitch en Ems.
Mamá, si no quiere usted quedarse con un marido que se casará mañana con otra,
acuérdese de que tiene un hijo, que promete ser un hijo eternamente respetuoso,
acuérdese y vayámonos de aquí. Solamente con una condición: o él o yo. ¿Quiere usted?
No pido una respuesta inmediata: sé que éstas son preguntas a las que no se puede
responder en el acto…
No pude acabar, primero porque me había acalorado y perdía la cabeza. Mi madre se
puso lívida, la voz le faltó: no podía decir ya una palabra. Tatiana Pavlovna habló mucho
y ruidosamente, aunque yo no pude ni siquiera distinguir lo que ella decía, y por dos
veces me hundió el puño en la espalda. Me acuerdo solamente de que ella gritaba que mis
palabras estaban «calculadas, largamente acariciadas por un alma mezquina, retorcidas».
Versilov seguía sentado, inmóvil y muy serio, sin sonreír. Subí a mi habitación. La última
mirada que me acompañó fue la mirada reprobadora de mi hermana; balanceaba la
cabeza con aire severo.
CAPITULO VII
I
Describo todas estas escenas sin perdonarme nada, a fin de que todo quede en claro,
recuerdos a impresiones. Al entrar en mi habitación ignoraba en absoluto si debía
avergonzarme o enorgullecerme por haber cumplido mi deber. Si yo hubiese sido un poco
más experimentado, habría debido adivinar que la menor duda en semejante asunto hay
que interpretarla en el sentido malo. Pero estaba desorientado por otras circunstancias: no
comprendía por qué tenía que alegrarme, pero el caso era que me hallaba presa de un
regocijo loco, a pesar de mis dudas y del claro convencimiento que tenía de haber sufrido
a11á abajo un rotundo fracaso. Incluso las injurias rabiosas de Tatiana Pavlovna me
parecían divertidas y graciosas, y no me enfadaban lo más mínimo. Aquello era sin duda
porque, a pesar de todo, yo había roto mis cadenas y por primera vez me sentía en
libertad.
Sentía también que había estropeado mis asuntos: ¿cómo obrar ahora con respecto a la
carta sobre la herencia? La cuestión se tornaba aún más tenebrosa. Seguramente iban a
creer que yo quería vengarme de Versilov. Pero mientras estábamos en el salón, durante
todos aquellos debates, yo había resuelto someter la cuestión a un arbitraje y elegir como
árbitro a Vassine o, si no era posible, a algún otro, y ya sabía a quién. Un día,
exclusivamente para eso y por única vez, iría yo a casa de Vassine, pensaba;
seguidamente desapareceré para todo el mundo y por mucho tiempo, para varios meses,
desapareceré incluso y sobre todo para Vassine; veré si acaso solamente, de cuando en
cuando, a mi madre y a mi hermana. Todo aquello era algo muy desordenado; yo me
daba cuenta de que alguna cosa estaba ya hecha, pero no como habría sido preciso, y…
estaba contento; lo repito, a pesar de todo, me sentía dichoso.
Entonces decidí acostarme más temprano, previendo una larga caminata para el día
siguiente. Además de buscar un alojamiento y trasladar mis cosas, tendría que tomar
ciertas decisiones que resolví ejecutar de una forma a otra. Pero la jornada no debía
acabarse sin imprevistos y Versilov consiguió sorprenderme de una manera asombrosa.
Él no venía nunca, absolutamente nunca, a mi buhardilla. Ahora bien, todavía no llevaba
yo una hora en mi cuarto cuando oí sus pasos en la escalera: me llamó, para que le
alumbrara. Cogí una vela y, tendiendo hacia abajo una mano que él agarró, le ayudé a
trepar arriba.
-Merci, amigo mío, no he subido aquí ni una sola vez, ni siquiera cuando alquilé la
casa. Tenía mis temores sobre lo que esto pudiera ser, pero no preveía semejante perrera.
– Se detuvo en medio de mi buhardilla, mirando en torno con curiosidad -: ¡Es un ataúd,
un verdadero ataúd!
Había en efecto un cierto parecido con el interior de un ataúd, y admiré incluso la
exactitud de su definición. El cuartito era estrecho y largo; al nivel de mi hombro, no más
alto, comenzaba el ángulo de la pared y del techo, que podía tocar con la palma de la
mano. Versilov, en el primer instante, se mantuvo instintivamente encorvado, por miedo
a chocar con la cabeza en el techo, pero no chocó, y acabó por sentarse con bastante
tranquilidad en mi diván, donde ya estaba hecha mi cama. Por mi parte, no me senté y me
quedé mirándole con el más profundo asombro.
-Tu madre me ha contado que no sabía si tomar el dinero que le has entregado por lo
pensión de este mes. Teniendo en cuenta semejante ataúd, no solamente no tienes nada
que pagar, sino que, por el contrario, somos nosotros los que estamos en deuda contigo.
No he estado nunca aquí y… me cuesta trabajo imaginar que se pueda vivir en sitios
semejantes.
-Ya estoy acostumbrado. Pero a lo que no me acostumbro es a verle a usted en mi
habitación después de lo que ha pasado abajo.
-¡Ah, sí!, te has mostrado bastante grosero abajo. Pero… también yo tengo mis motivos
particulares, que lo explicaré, aunque en el fondo mi presencia no tenga nada de
extraordinario; incluso lo que ha pasado abajo entra también en el orden natural de las
cosas; pero explícame un detalle, te lo ruego: lo que nos has contado allá abajo y para lo
cual nos preparaste tan solemnemente, ¿era todo lo que tenías la intención de revelarnos o
de confiarnos? ¿No había otra cosa que tuvieras que decirnos?
-Es todo. O más bien admitamos que sea todo.
-Entonces es poco, amigo mío. A juzgar por tu exordio y por la manera como nos
invitaste a reír, en una palabra, viendo las ganas que tenías de hablar, yo esperaba muchísimo
más.
-Pero, ¿qué le va a usted en esto?
-Creo que en cuanto a mí es porque tengo el sentimiento de la medida… ¿Para qué tanto
alboroto? Ahí no se ve la medida por ninguna parte. ¡Un mes de silencio y de preparativos,
para dar a luz una nadería!
–Mis intenciones eran hacer un largo relato, pero me avergüenzo por lo que ya he
dicho. Todo no puede contarse en palabras, hay cosas de las que vale más no acordarse.
Ya he dicho bastante, y de todos modos usted me ha comprendido.
-¡Ah!, ¿y sufres a veces por el hecho de que tu pensamiento no se pliegue al molde de
las palabras? Ese noble sentimiento, amigo mío, no se da más que a los elegidos; el imbécil
siempre está satisfecho con lo que ha dicho y además siempre dice más de lo que
hace falta; gente así gusta de lo excesivo.
-¿Como por ejemplo yo, hace poco, abajo? También yo he dicho más de lo que era
preciso. He reclamado a «todo Versilov»; es infinitamente más: no tengo necesidad
alguna de Versilov.
-Ya veo, amigo mío, quieres recuperar el tiempo perdido. Te arrepientes, y como
arrepentirse significa entre nosotros lanzarse inmediatamente sobre alguien, estás bien
decidido a no fallarme otra vez. He venido demasiado pronto, tu fuego no está todavía
apagado y además soportas mal las críticas. Pero siéntate, te lo ruego, tengo algo que
comunicarte. Gracias, así está mejor. Por lo que has dicho a tu madre al salir, se
desprende claramente que conviene más, de todas maneras, que nos separemos. He
venido a aconsejarte que lo hagas lo más dulcemente posible y sin alboroto, para no apenar
y asustar todavía más a tu madre. Simplemente el verme subir aquí le ha hecho ya
bien: está convencida de que todavía podemos hacer la paz y que todo continuará como
en el pasado. Creo que si pudiésemos los dos reír ruidosamente una o dos veces,
sembraríamos la alegría en sus corazones tímidos. Estos corazones son sencillos, pero
amantes, sinceros a ingenuos. ¿Por qué no mecerlos un poco, si se puede? Bueno, ése es
el primer punto. He aquí el segundo: ¿por qué tendríamos que separarnos forzosamente
con sed de venganza, rechinar de dientes, maldiciones y todo lo demás? Sin duda, no
vamos a colgarnos el uno del cuello del otro, pero hay medios de separarse respetándose,
por decirlo así, mutuamente. ¿No te parece?
-¡Todo eso son tonterías! Le prometo irme sin escándalo alguno, y ya eso es bastante.
¿Se atormenta usted por mi madre? Me parece sin embargo que la tranquilidad de mi madre
le importa a usted muy poco. Eso no son más que palabras.
-¿No me crees?
-Me habla usted verdaderamente como a un niño.
-Amigo mío, estoy dispuesto a pedirte mil perdones, tanto por todas las cosas que me
imputas, como por todos tus años de infancia y así sucesivamente. Pero, cher enfant, ¿qué
resultaría de eso? Eres lo bastante inteligente para no desear colocarte en una postura tan
tonta. Sin hablar de que ni siquiera conozco muy bien el carácter de tus reproches: ¿de
qué me acusas en el fondo? ¿De no haber nacido Versilov? ¿No es eso? Te ríes con aire
despreciativo y lo defiendes con la mano. Entonces, ¿no es eso?
-No, créalo usted. Crea que no encuentro ningún honor en llamarme Versilov.
–Dejemos el honor a un lado. Y además, ¿no sería preciso queto respuesta fuese
democrática? Pero entonces, ¿de qué me acusas?
-Tatiana Pavlovna acaba de decirme todo lo que yo quería saber y que hasta entonces
no he podido comprender: que usted no ha hecho de mí un zapatero, y por consiguiente
que le debo agradecimiento. No llego a comprender en qué soy ingrato, ni siquiera ahora
que se me ha dado la lección. ¿No será la altiva sangre de usted la que está hablando?
-No lo creo. Debes admitir además que todas tus salidas de tono de hace un momento,
en lugar de caer sobre mí, a quien tú las destinabas, no han hecho más que acongojarla y
atormentarla a ella. Me parece sin embargo que tú no eres quién para juzgarla. Porque
¿en qué es ella culpable delante de ti? A propósito, explícame además esto, amigo mío:
¿por qué motivo y con qué intención has propalado, en la escuela y en el Instituto y
durante toda to vida, y hasta en los oídos del primer recién llegado, porque me lo han
dicho, que tú eras un hijo natural? Me he enterado de que lo hacías con un cierto placer.
Ahora bien, eso no es más que una estupidez y una innoble calumnia: tu eyes Dolgontki,
hijo legítimo de Makar Ivanytch (61) Dolgoruki, persona respetable, notable por su
inteligencia y por su carácter. Si has recibido una instrucción superior, es en efecto
gracias a tu ex señor Versilov, pero ¿qué se desprende de ahí? Primeramente, al
proclamar tu ilegitimidad, cosa que es una calumnia, has revelado al mismo tiempo el
secreto de tu madre; por yo no sé qué falso orgullo has arrastrado a tu madre por el fango,
exponiéndola al juício del primer recién llegado. Pues bien, amigo mío, he ahí lo que no
tiene nada de nobleza, tanto más cuanto que tu madre no es personalmente culpable de
nada: es un carácter de una pureza perfecta, y si no es Versilova, es únicamente porque
tiene todavía a su marido.
-¡Basta! Estoy enteramente de acuerdo con usted y creo hasta tal punto en su
inteligencia, que espero que cesará en esas reprimendas que no han hecho más que durar
demasiado. Usted que gusta tanto de la medida… Hay una medida en todo, incluso en ese
amor súbito por mi madre; pues bien, prefiero que me díga otra cosa: si ha decidido usted
venir a buscarme para pasar conmigo un cuarto de hora o una media hora (sigo sin saber
por qué, pero admitamos que sea por la tranquilidad de mi madre) y si por añadidura
encuentra usted tanto placer en charlar conmigo a pesar de lo que ha sucedido abajo,
entonces, hábleme más bien de mi padre, de ese Makar Ivanov (62), el errante; quisiera
que fuera usted el que me hablase de él; desde hacía mucho tíempo tenía la intención de
pedirle a usted esto. Al separarnos, tal vez por mucho tiempo, me gustaría mucho
también obtener de usted una respuesta a esta otra pregunta: ¿es posible que en estos
veinte años no haya usted podido actuar sobre los prejuicios de mi madre, y ahora
también sobre los de mi hermana, con la suficiente fuerza para disipar con la influencia
civilizadora que usted tiene las tinieblas primitivas del ambiente en que ellas han vivido?
¡Oh. no es que yo quiera hablarle de la pureza de ella! Ella siempre le ha sido a usted
infinitamente superior desde un punto de vista moral, le ruego que me perdone, pero… no
es más que un cadáver infinitamente superior. No hay vida más que para Versilov; todo el
resto en torno a él, todo lo que con él tiene relación vegeta con la condición absoluta de
tener el honor de nutrirlo con sus energías, con sus jugos vitales. Y sin embargo ella ha
estado viva, ella también, en otros tiempos, ¿no es así? Usted encontró en ella algo que
amar, ¿verdad? Ella ha sido mujer, ¿no?
-Amigo mío, si quieres saberlo, ella no lo ha sido jamás – me respondió él haciendo una
mueca a su manera de otras veces, mueca de la que yo había guardado tan bien el
recuerdo y que me irritaba tanto; es decir, que se creía estar tratando con la bonachonería
más sincera, siendo así que no había en él más que una burla profunda, hasta el punto de
que a veces yo no podía comprender nada por su fisonomía -. No, ella no lo ha sido
nunca. Una mujer rusa nunca es mujer.
-¿Y la polaca, la francesa, lo son? ¿O bien la italiana, una italiana apasionada, capaz de
cautivar a un ruso civilizado de la alta sociedad como Versilov?
-¡Conque ésas tenemos! ¿Quién iba a esperar encontrarse con un eslavófilo? (63 ).
Y Versilov se echó a reír.
Me acuerdo de su relato palabra por palabra; hablaba incluso muy a gusto y con
evidente placer. Para mí estaba demasiado claro que había venido a buscarme no para
charlar ni para calmar a mi madre, sino con intenciones completamente distintas.
II
-Tu madre y yo hemos vivido todos estos veinte años en el silencio – así fue como
comenzó él su charla (extremadamente ficticia y poco natural) – y todo lo que hubo entre
nosotros transcurrió también en silencio. El rasgo principal de este vínculo de veinte años
ha sido el silencio. Creo que ni siquiera una sola vez hemos disputado. Sin duda, yo me
he ausentado con frecuencia, dejándola sola, pero siempre he acabado por volver. Nous
revenons toujours, ése es el gran carácter de los hombres; eso proviene de la
magnanimidad que nos es propia.. Si el matrimonio fuese una cosa que dependiera
únicamente de las mujeres, ni siquiera un matrimonio se sostendría; humildad, sumisión,
rebajamiento, y al mismo tiempo firmeza, fuerza, fuerza verdadera, he ahí el carácter de
tu madre. Y fíjate, es la mejor de todas las mujeres que yo haya encontrado jamás. Tiene
fuerza, de eso soy yo testigo: he visto cuanto sostenía esa fuerza. Desde el momento en
que se trate, no diré de convicciones (convicciones verdaderas no vendrían al caso), sino
de lo que en ellas se llama convicciones y de lo que, por consiguiente, es para ellas
sagrado, están dispuestas a afrontar todos los tormentos… Pues bien, tú puedes sacar tus
conclusiones por ti mismo. ¿Es que yo me parezco a un verdugo? He ahí por qué he
preferido callarme casi siempre, y no solamente porque eso sea más fácil, y no me
arrepiento, lo confieso. De esta manera todo se ha arreglado por sí mismo, humanamente
y ampliamente, tanto que no me atribuyo por eso el menor mérito. Diré a este respecto,
entre paréntesis, que sospecho de ella un poco que no haya creído nunca en mi
humanitarismo y que por tanto siempre haya estado temblando. Pero, temblando y todo,
nunca se ha prestado a ninguna clase de cultivo. Esta gente así sabe arreglárselas, y
nosotros no vemos más que fuego. En general saben mucho mejor que nosotros arreglar
sus pequeños asuntos. Pueden continuar viviendo a su manera en las situaciones más
contrarias a su naturaleza y seguir siendo ellas mismas en tales situaciones; nosotros, en
cambio, no somos tan hábiles.
-¿A qué gente se refiere usted? No le comprendo bien.
-Al pueblo, amigo mío, estoy hablando del pueblo. Ha demostrado su gran fuerza tan
vivaz y su amplitud histórica, y eso a la vez moralmente y políticamente. Pero, volviendo
a nosotros, diré de tu madre que no siempre ha estado silenciosa; ella habla a veces, y
habla con la suficiente claridad como para demostrarle a uno de manera contundente que
se ha estado perdiendo el tiempo soltándole discursos, aunque uno se haya llevado cinco
años preparándola poco a poco con anticipación. Y además, las objeciones más
inesperadas. Obsérvalo una vez más y fíjate bien: no digo de ninguna manera que sea
tonta; al contrario, hay una especie de inteligencia e incluso muy notable; pero tal vez tú
no creerás en esa inteligencia…
-¿Por qué no? En lo que no creía es en que usted crea realmente en su inteligencia en
lugar de aparentarlo.
-¿Sí? ¿Me tomas por un camaleón? Amigo mío, te consiento quizá demasiado… como a
mi niño mimado… Pero dejemos esto por ahora.
-Hábleme usted de mi padre; dígame la verdad, si es que puede.
-¿Makar Ivanovitch? Pues bien, Makar Ivanovitch, como tú sabes, es un siervo
doméstico que ha tenido deseos, como se dice, de una cierta fama…
-Me apuesto algo a que en estos momentos usted tiene celos de él.
-Al contrario, amigo mío, al contrario. Y, si quieres saberlo, me alegro mucho de verte
con humor tan complicado. Te juro que en estos momentos estoy en disposiciones muy
propensas al arrepentimiento y que, precisamente hoy, en este instante, por milésima vez
quizá, lamento inútilmente todo lo que sucedió hace veinte años. Dios me es testigo de
que todo aquello pasó completamente por casualidad… y además, en lo que de mí ha
dependido, de una manera humana; al menos según la idea que yo me hacía por aquel
entonces de la virtud del humanitarismo. ¡Oh!, es que entonces todos nosotros ardíamos
en el deseo de hacer el bien, de servir a la sociedad y a la idea, condenábamos los títulos,
nuestros derechos hereditarios, las fincas a incluso, al menos algunos de nosotros, el
Monte de Piedad… Te lo juro. Éramos pocos, pero nos hablábamos mucho, y te lo
aseguro, a veces incluso obrábamos bien.
-Por ejemplo cuando se puso usted a sollozar encima de su hombro, ¿no?
-Amigo mío, de antemano estoy de acuerdo contigo en todo; a propósito, la historia del
hombro la sabes por mí, y por consiguiente abusas en este momento de mi sinceridad y
de mi confianza; concédeme que aquel hombro no era tan malo para esa primera visita,
sobre todo para aquella época; entonces yo lo ignoraba. Tú, por ejemplo, ¿es que nunca
has cometido cursilerías en la vida práctica?
-Hace un momento abajo, he caído en el sentimentalismo, y me he avergonzado mucho,
una vez vuelto aquí, ante la idea de que usted pensaría que lo había hecho adrede. Es bien
verdad; en ciertos casos se esfuerza uno inútilmente en ser sincero, se hace teatro de uno
mismo; pero en lo de hoy, abajo, lo juro, todo era completamente.natural.
-Está bien eso. Lo has definido con una buena frase: «Se esfuerza uno inútilmente en
ser sincero, se hace teatro de uno mismo.» Pues bien, eso es exactamente lo que pasó
conmigo: en vano hacía teatro conmigo mismo; la verdad era que sollozaba con toda
sinceridad. No niego que Makar Ivanovitch habría podido tomar aquel hombro por un
colmo de irrisión, si él hubiese tenido un poco más de inteligencia; pero su lealtad
perjudicó entonces a su perspicacia. Lo que ignoro es si me tuvo entonces lástima o no;
me acuerdo de que yo tenía un gran deseo de que se me compadeciera.
-Usted lo sabe -interrumpí yo-, y ahora, al decir estas palabras, se está usted burlando.
De uná manera general, todas las veces que usted me ha hablado, durante este mes, lo ha
hecho usted burlándose. ¿Por qué ha obrado así cada vez que me ha hablado?
-¿Tú crees? -respondió él dulcemente-. Eres muy susceptible.. Si me río, no me río de
ti, o por lo menos no me río de ti únicamente, tranquilízate. Pero en este momento no me
estoy riendo, y entonces… en una palabra, hice todo lo que pude y, créeme, no en
provecho mío. Nosotros, quiero decir la gente bien, por oposición al pueblo, nosotros
éramos entonces incapaces de obrar en provecho nuestro. Al contrario, nos hacíamos el
mayor daño posible, y sospecho que en eso era justamente en lo que consistía, entre
nosotros, «el interés superior que es también el nuestro», en un sentido más elevado, se
entiende. La generación avanzada de hoy día es infinitamente más interesada que
nosotros. Por tanto se lo expliqué todo a Makar Ivanovitch, con una extraordinaria
franqueza, incluso antes de que ocurriera el pecado. Admito hoy que muchas de aquellas
cosas no tenían por qué ser explicadas, sobre todo con semejante franqueza; sin hablar de
humanitarismo, aquello habría sido más cortés; pero, ¡váyase usted a contener, cuando,
ebrio de bailes, se tienen ganas de hacer un paso bonito! Quizás aquéllas eran las
deficiencias de lo bello y del bien: todavía no he podido resolver la cuestión. En fin, es un
tema demasiado profundo para una conversación superficial como la nuestra. En todo
caso lo juro que ahora me muero algunas veces de vergüenza ante tal recuerdo. Le ofrecí
tres mil rublos. Él se callaba, era yo sólo el que hablaba. Me figuraba que tenía miedo de
mí, es decir, de mi derecho señorial, y me empeñé con todas mis fuerzas en animarlo, me
acuerdo muy bien. Le exhorté a que me expresara todos sus deseos sin temer nada, a
incluso con todas las críticas posibles. A título de garantía, le di mi palabra de que, si
rehusaba mis condiciones, es decir, los tres mil rublos, la liberación (para él y para su
mujer, naturalmente), y un viaje a donde Cristo dio las tres voces (sin su mujer,
naturalmente), él no tenía más que decírmelo francamente y yo lo liberaría acto seguido,
le devolvería la mujer y les regalaría a los dos aquellos mismos tres mil rublos, y
entonces no serían ya ellos los que se irían al cuerno, sino yo, que me iría a pasar tres
años en Italia, solo y arrepentido. Mon ami, no me habría llevado a Italia a mademoiselle
Sapojkova, puedes estar seguro; yo estaba demasiado lleno de pureza en aquel instante.
¿Y qué? Aquel Makar comprendía demasiado bien que yo obraría como yo le había
dicho; pero continuó guardando silencio, y solamente cuando quise por tercera vez
echarme a sus pies, retrocedió, hizo un gesto de desinterés y salió, incluso con un cierto
descaro que no dejó de asombrarme, te lo aseguro. Me vi entonces por casualidad en un
espejo, y jamás olvidaré el espectáculo. En general, cuando ellos no dicen nada, es
cuando la cosa resulta más temible. Y aquél era de un carácter sombrío y, lo confieso, no
solamente no me inspiraba confianza cuando entraba en mi casa, sino que yo le tenía un
miedo horrible: en aquel ambiente hay caracteres, y en abundancia, que encierran en sí
mismos, por así decirlo, la personificación de la inconveniencia, y eso es de temer más
que los golpes. Sic ¡y cuánto arriesgué en aquellos momentos, cuantísimol Por ejemplo,
se hubiera puesto a gritar como un loco, a lanzar aullidos, aquel Urías de pueblo. ¿Qué
habría sido de mí, pobre David, y qué habría podido yo hacer? He ahí por qué puse en
primer lugar, antes que nada, los tres mil rublos; era algo instintivo, pero, por fortuna, me
equivoqué: aquel Makar Ivanovitch era algo muy diferente…
-Dígame, ¿hubo pecado? Acaba usted de decirme que llamó usted al marido incluso
antes del pecado.
-Es que, mira, eso depende…
-Entonces, hubo pecado. Acaba usted de decir que se equivocó en cuanto a él, que era
una persona muy diferente… ¿Qué era entonces?
-¿Que qué era? ¡Ah!, todavía lo ignoro. Pero desde luego algo muy diferente, y mira,
muy comedido; llego a esta conclusión porque con posterioridad me sentí tres veces más
culpable delante de él. Al día siguiente, él consintió en el viaje, sin palabras, se entiende,
y sin olvidar una sola de las compensaciones ofrecidas.
-¿Tomó el dinero?
-¡Y cómo! Has de saber, amigo mío, que en ese punto hasta llegó a asombrarme.
Naturalmente, yo no llevaba encima los tres mil rublos. Saqué de mi bolsillo setecientos
rublos y se los entregué, para empezar. ¿Qué crees? Me exigió los dos mil trescientos
rublos restantes en forma de pagaré y, para más seguridad, a la orden de un comerciante.
Seguidamente, dos años más tarde, armado de aquel documento, reclamó su dinero por
medio de los tribunales y con los intereses, de forma que me asombró una vez más, tanto
más cuanto que el buen hombre estaba de vuelta de una jira para la construcción de una
iglesia para el buen Dios; hace ya veinte años que vagabundea de esa manera. No
comprendo para qué un errabundo tiene necesidad de llevar tanto dinero consigo… el
dinero es una cosa tan mundana… Naturalmente, en aquellos momentos se los ofrecí con
toda sinceridad, y, por así decirlo, arrastrado por el primer ardor, pero más tarde, después
de haber pasado tantas horas, yo podía naturalmente cambiar de opinión… pensaba que
por lo menos me perdonaría… o más bien nos perdonaría, a ella y a mí, que esperaría por
lo menos un poco. Pues bien, ni siquiera esperó. ..
(Haré aquí una observación indispensable: si se diera el caso de que mi madre sobre
viviese al señor Versilov, se quedaría literalmente bajo los pies de los caballos hasta el fin
de sus días, a no ser por aquellos tres mil rublos de Makar Ivanovitch, duplicado desde
hace mucho tiempo por los intereses y que él le ha dejado íntegramente hasta el último
rublo por testamento, el año pasado. Ya él había calado a Versilov en aquella época.)
-Me dijo usted un día que Makar Ivanovitch se había alojado varias veces en casa de
ustedes y que se quedaba siempre en las habitaciones de mi madre, ¿no es así?
-Sí, amigo mío, y, lo confieso, al principio me asustaban terriblemente aquellas visitas.
Durante todo este tiempo, estos veinte años, él ha venido en total seis o siete veces; las
primeras veces, si yo estaba en casa, me escondía. Incluso, al principio, yo no
comprendía nada: ¿qué quiere decir esto? ¿Por qué viene aquí? Pero más tarde, por
ciertas señales, me pareció que eso no era tan estúpido por su parte. Seguidamente, por
casualidad, tuve la curiosidad de ir a mirarle y, te aseguro, saqué de él una impresión muy
original. Era ya su tercera o cuarta visita; en la época en que acababan de nombrarme
mediador de paz y en la que, como de encargo, creía mi deber estudiar cómo era Rusia.
Aprendí de él infinidad de cosas. Además, encontré en su persona algo qua yo no
esperaba de ninguna manera encontrar: bondad de alma, igualdad de carácter y, lo que es
todavía más asombroso, casi alegría. Ni la menor alusión a la chose (tu comprends?), una
habilidad espléndida para hablar concretamente y en términos admirables, es decir, sin
esos aires profundos de los siervos domésticos, que, te lo confieso, a pesar de todas mis
ideas democráticas, no puedo aguantar, y sin todos esos rusismos sacados por los pelos
que emplean en las novelas y en el escenario los «verdaderos rusos» (64). Además de
eso, muy pocos discursos sobre la religión, a menos que fuese uno el que hablase de eso,
a incluso relatos muy agradables en su estilo sobre los monasterios y la vida monacal, si
uno se interesaba por aquello. Y sobre todo respeto, ese respeto modesto, ese respeto que
es indispensable para la igualdad suprema, sin el cúal, a mi juicio, es imposible llegar ni
siquiera a la primacía. Precisamente así, por esta carencia de toda susceptibilidad, es
como se obtiene el supremo buen tono y como se manifiesta el hombre que se respeta
verdaderamente y que está dentro de su condición, cualquiera que ella sea y cualquiera
que pueda ser su destino. Esta facultad de respetarse en su condición es extremadamente
rara en este mundo, por lo menos tan rara como la verdadera dignidad personal… Ya lo
verás tú mismo, cuando hayas vivido un poco. Pero lo que más me impresionó a
continuación, precisamente a la larga y no al principio (agregó Versilov), es que este
Makar es una persona extremadamente imponente y, te lo aseguro, de una extraordinaria
belleza. Sin duda es viejo, pero
Bronceado, alto y derecho (65 ),
sencillo y grave; incluso he llegado a sorprenderme de que mi pobre Sofía hubiese
podido preferirme entonces; y eso que estaba ya en la cincuentena, pero no era menos
gallardo, y delante de él yo tenía el aspecto de un pisaverde. Por lo demás, me acuerdo de
que estaba ya cano como la nieve y lo estaba también cuando se casó con ella… Quizá fue
eso lo que actuó.
Aquel Versilov tenía las maneras más repugnantes del gran mundo: después de haber
pronunciado (cuando no había medio de hacerlo de otra manera) algunas palabras muy
inteligentes y muy bellas, acababa de pronto y adrede con una estupidez por el estilo de
aquella sobre los cabellos blancos de Makar Ivanovitch y su influencia sobre mi madre.
Lo hacía aposta y sin duda, sin que él mismo supiera por qué, por una estúpida costumbre
mundana. Al oírlo, se hubiera dicho que hablaba muy seriamente, siendo así que él
mismo hacía muecas o se reía.
III
No comprendo por qué, pero de pronto me sentí presa de una terrible irritación. En
general, me acuerdo con gran disgusto de algunas de mis salidas de tono en aquellos
momentos; de repente me levanté de la silla.
-¿Sabe usted lo que pasa? – dije -. Usted pretende haber venido sobre todo para que mi
madre crea que hemos hecho las paces. Ya ha pasado bastante tiempo para que se lo crea;
¿no le importaría a usted dejarme solo?
Enrojeció ligeramente y se puso en pie:
-Querido mío, te comportas conmigo sin ceremonia alguna. En fin, hasta la vista. La
amistad no es cosa que pueda imponerse. Me permitiré solamente hacerte una pregunta:
¿de verdad quieres abandonar al príncipe?
-¡Ah!, ¡ah!, ya sabía yo que usted venía con otras intenciones…
-Es decir, que sospechas que he venido a empujarte para que te quedes en casa del
príncipe porque yo tendría algún interés en ello. Pero, amigo mío, ¿no crees tú también
que te he hecho venir de Moscú porque yo tenga en eso algún provecho? ¡Oh, qué
susceptible eres! Al contrario, todo eso es por tu bien. Y hoy que mi fortuna está
restablecida, querría que nos permitieses de vez en cuando, a tu madre y a mí, acudir en
tu ayuda…
-Yo no le quiero a usted, Versilov.
-¡Hasta «Versilov»! A propósito, lamento mucho no haberte podido dejar este nombre,
porque en resumen en eso es lo que consiste toda mi falta, si es que hay falta. ¿No es así?
Pero, insisto una vez más, yo no podía casarme con una mujer ya casada, compréndelo tú
mismo.
-He ahí sin duda por qué quiso usted casarse con una mujer sin marido, ¿no es así?
Una ligera convúlsión sacudió su rostro.
-Te refieres a Ems. Escucha, Arcadio, hace un momento te has permitido una salida de
ese género, señalándome con el dedo en presencia de tu madre. Pues bien, es preciso que
lo sepas, tu mayor error estriba en eso. De esa historia con la difunta Lidia Akhmakova tú
no sabes ni una palabra; tampoco sabes hasta qué punto tu madre participó en todo eso.
Si, aunque ella no estuviese allí conmigo. Y si alguna vez he visto a una mujer virtuosa,
fue, desde luego, entonces, al mirar a tu madre; pero basta, todo esto permanece aún en el
secreto, y tú, tú hablas de lo que no sabes y a base exclusivamente de murmuraciones.
-Precisamente hoy mismo decía el príncipe que es usted muy aficionado a las jovencitas
sin experiencia.
–¿El príncipe ha dicho eso?
-Sí, mire, ¿quiere que le diga exactamente por qué ha venido usted a verme? No he
hecho más que preguntarme todo el tiempo cuál era el secreto de esta visita, y creo haberlo
descubierto por fin.
Hacía ademán de marcharse, pero le detuve y volvió la cabeza hacia mí, esperando.
-Hace poco dije, como quien no quería la cosa, que la carta de Tuchard a Tatiana
Pavlovna, caída entre los papeles de Andronikov, se había encontrado después de la
muerte de éste, en casa de María Ivanovna en Moscú. He visto no sé qué crisparse de
repente en el rostro de usted, y solamente en este instante, al notar, una vez más, esa
misma crispación en su rostro, he adivinado: allá abajo se le ocurrió a usted una idea en
aquel momento; si una carta de Andronikov se ha descubierto ya en casa de María
Ivanovna, ¿por qué la otra no había de estar a11í también? Andronikov ha podido dejar
cartas extremadamente graves y necesarias, ¿no es así?
-Y tú crees que he venido para hacerte hablar, ¿no?
-Es usted quien lo dice.
Palideció intensamente.
-Esa idea no se te puede haber ocurrido a ti solo. Percibo ahí a la mujer; ¡y cuánto odio
hay en tus palabras, en esa suposición grosera!
-¿La mujer? ¡Pero si a esa mujer la acabo de ver justamente hoy! ¿Es quizá
precisamente para espiarla por lo que quiere usted que me quede en casa del príncipe?
-Veo que irás extremadamente lejos por tu nuevo camino. ¿No será ésa tu «idea»?
Continúa, amigo mío, tienes un talento indudable para detective. Cuando uno está dotado
de un determinado talento, es preciso cultivarlo.
Se interrumpió para tomar aliento.
-¡Cuidado, Versilov! ¡No haga usted de mí un enemigo suyo!
-Amigo mio, en casos semejantes nadie expresa sus últimos pensamientos. Uno los
guarda para sí. Y ahora, alúmbrame, to to ruego. Por más que to esfuerces en ser enemigo
mío, no to serás hasta el punto de querer que me rompa la crisma. Tiens, mon ami!,
figúrate – continuó sin dejar de bajar -que durante todo este mes to he estado tomando por
un buen muchacho. Tienes una voluntad tal de vivir, una sed tal de vivir, que, si se to
diesen tres vidas, creo que aún no tendrías bastante. Está escrito en to rostro. Pues bien, la
mayoría de las veces, la gente así son buenos muchachos. ¡Me he equivocado de medio a
medio!
IV
No sabría decir hasta qué punto se me encogió el corazón cuando volví a encontrarme
solo: era como si me hubiese cortado, lleno de vida, un trozo de mi propia carne. Sería
incapaz de decir ahora, naturalmente, y también era incapaz entonces, por qué de repente
me había arrebatado, por qué lo había ofendido hasta tal punto, tan fuertemente y con
tanta intención. ¡Cómo había palidecido! Aquella palidez, ¿no era la expresión del
sentimiento más puro y más sincero, de la pena más profunda, más bien que la de la
cólera y la del resentimiento? Siempre me pareció que había instantes en que me quería
muchísimo. ¿Por qué, por qué no habría de creerlo hoy? Tanto más cuanto que
muchísimas cosas se han explicado completamente desde aquel entonces.
Pero yo me había indignado de repente y lo había plantado en la puerta quizá como
consecuencia de aquella suposición súbita de que él había venido a buscarme con la esperanza
de saber si no quedaban en casa de María Ivanovna otras cartas de Andronikov.
Que él estuviese obligado a buscar aquellas cartas y que las buscase, yo lo sabía; pero
quizás en aquel mismo minuto había cometido yo un error espantoso. Y quién sabe si
quizá soy yo el que, por ese error, le he hecho pensar más tarde en María Ivanovna y le
he inspirado la idea de que podía ser ella quien tuviera las cartas.
Finalmente, otra cosa extraña: una vez más, había él repetido palabra por palabra mi
pensamiento (sobre las tres vidas), el que yo le había expresado hacía poco a Kraft y en
los mismos términos. Una coincidencia de palabras no es más que una casualidad, pero, a
pesar de todo, ¡cómo conoce él el fondo de mi naturaleza!, ¡qué clarividencia!, ¡qué
adivinación! Pero, si él comprende tan bien una cosa, ¿por qué no comprende en absoluto
la otra? ¿Es posible creer que él no estaba fingiendo, sino que era realmente incapaz de
adivinar que no era de la nobleza de Versilov de lo que yo tenía necesidad, que no era mi
nacimiento lo que yo no podía perdonarle, sino que me hacía falta Versilov en persona,
toda mi vida me había hecho falta, el hombre todo entero, el padre, y que aquel
pensamiento se me había entrado en la sangre? ¿Un hombre tan fino puede ser tan obtuso
y tan grosero? Y si no lo era, ¿para qué entonces hacerme rabiar, para qué fingir?
CAPÍTULO VIII
I
A la mañana siguiente traté de levantarme lo antes posible. Por lo general en mi casa
nos levantábamos a las ocho, quiero decir, mi madre, mi hermana y yo; Versilov solía
quedarse acostado, durmiendo la mañanita. hasta las nueve y media. A las ocho y media
en punto, mi madre me traía el café. Pero aquella vez, sin aguardar al café, me escabullí
de la casa exactamente a las ocho. Desde la víspera por la noche tenía hecho un plan de
acción para todo aquel día. Notaba ya en aquel plan, a despecho de una voluntad
apasionada de ponerlo inmediatamente en ejecución, una multitud de vacilaciones a
incertidumbres en los puntos más importantes; por eso me había pasado casi toda la
noche en un estado de duermevela, casi de delirio, había tenido muchísimos sueños y, por
así decirlo, ni una sola vez había dormido como Dios manda. A pesar de eso, me levanté
pimpante y dispuesto como nunca. Sobre todo no quería encontrarme con mi madre. Con
ella no podía hablar más que de un solo tema y temía dejarme apartar de mis propósitos
por alguna impresión nueva a imprevista.
La mañana era fría, y sobre toda la naturaleza flotaba una bruma húmeda y lechosa. No
sé por qué, pero las mañanitas atareadas de Petersburgo, a pesar de su feo aspecto, me
agradan siempre y toda esa multitud egoísta y perpetuamente preocupada apresurándose a
ir a sus asuntos tiene para mí, a las siete de la rnañana, algo muy seductor. Me gusta
sobre todo, yendo de camino, a toda prisa, pedir un dato, o mejor todavía si alguien me
pregunta! pregunta y respuesta son siempre breves, claras, netas, pronunciadas sin
detenerse y casi siempre amistosas. Es el momento del día en que se está más dispuesto a
responder. El petersburgués, por el mediodía o por la tarde, se hace menos comunicativo.
Con el menor pretexto se pone a gruñir o a burlarse. Es muy diferente por la mañana
temprano antes del trabajo, en el momento más sobrio y más serio. Lo tengo observado.
Me dirigí de nuevo hacia Petersbourgskaia storona. Como tenía que estar por fuerza de
regreso a la Fontanka (66) para el mediodía en casa de Vassine (al que casi siempre se le
solía encontrar en casa a mediodía), apresuré el paso, sin detenerme en ninguna parte, a
pesar de las ganas extraordinarias que tenía de tomarme un café aquí o a11á. Y luego
estaba también Efim Zveriev, al que era preciso sin remedio sorprender en casa; yo iba
una vez más a visitarlo. Estuve a punto de llegar demasiado tarde; estaba acabando su
café y se disponía a salir.
-¿Qué lo trae por aquí con tanta frecuencia?
Así fue como me recibió, sin moverse del sitio.
-Voy a explicártelo.
Todos los principios de la mañana, los de Petersburgo entre otros, ejercen sobre la
naturaleza del hombre una acción desentumecedora. Hay sueños nocturnos inflamados
que, con la luz y el frescor, se evaporan enteramente, y a mí mismo me ha sucedido a
veces acordarme por la mañana de algunos de mis sueños de la noche, apenas acabados, y
a veces de algunos actos, con reproche y disgusto. Pero notaré sin embargo de pasada que
las mañanas de Petersburgo, las más prosaicas, podría pensarse, de todo el globo
terrestre, son para mí las más fantásticas del mundo. Es la idea que yo tengo o, por mejor
decir, es mi impresión, pero me aferro a ella. En una de esas mañanas de Petersburgo, una
mañana pegajosa, húmeda y llena de bruma, el sueño salvaje de un Hermann de La Reina
de Pica (67) (personaje colosal, nada ordinario, un verdadero tipo de Petersburgo y del
período petersburgués) debe, en mi opinión, fortificarse muchísimo más. A través de
aquella bruma tuve cien veces esta visión extraña, pero tenaz: «Cuando se disipe y se
levante esta niebla, ¿no se llevará consigo a toda esta ciudad podrida y viscosa, no se
alzará la ciudad con la niebla para desaparecer como humo, dejando en su lugar el viejo
pantano finlandés y en el medio, si se quiere, para que haga bonito, al caballero de bronce
sobre su corcel de patas inflamadas y de aliento quemante?» (68). En una palabra, no
sabría expresar mis impresiones, porque todo esto es fantasía, poesía al fin, y por
consiguente tonterías. Sin embargo me he planteado con frecuencia y me planteo aún una
pregunta absolutamente insensata: «Helos aquí que todos corren y se precipitan. ¿Y quién
sabe? Todo esto quizá no es más que un sueño. Quizá no hay aquí un solo hombre
verdadero, auténtico, un solo acto real. Alguien va a despertarse de repente, el que tiene
este sueño, y todo se desvanecerá.» Pero me he apartado del tema.
Lo diré de antemano: hay en cada existencia deseos y sueños tan excéntricos, al
parecer, que a primera vista y sin riesgo de error se podría tomarlos por fruto de la locura.
Una de aquellas fantasías era la que yo llevaba aquella mañana a casa de Zveriev, porque
yo no tenía a nadie en Petersburgo a quien poder dirigirme aquella vez. Ahora bien, Efim
era ciertamente la última persona a quien, si me hubiese sido posible elegir, habría debido
yo enunciarle semejante proposición. Cuando me senté frente a él, me pareció que yo
estaba allí, yo, el delirio y la fiebre encarnados, sentado frente al justo medio y a la prosa
encarnados en un ser humano. Pero por mi parte había la idea y el sentimiento justo; por
la suya, esta única conclusión práctica: eso no se hace. En una palabra, le expliqué clara y
sumariamente que fuera de él no tenía a nadie en Petersburgo a quien pudiese tomar
como testigo en un asunto de honor extremadamente grave; que él era un viejo camarada
y que no tenía derecho a negarse; que yo quería provocar a un teniente de la guardia,
príncipe Sokolski, porque hacía más de un año, en Ems, había abofeteado a mi padre
Versilov. Haré notar que Efim conocía al detalle todos mis asuntos de familia, mis
relaciones con Versilov, y, aproximadamente, todo lo que yo mismo sabía de la historia
de éste; eran cosas que yo le había confiado en diversas ocasiones, excepto, naturalmente,
algunos secretos. Escuchaba sentado, como de costumbre, erizado como un gorrión en
una jaula, silencioso y grave, inflado, con sus rubios cabellos hirsutos. Una sonrisa
estereotipada y burlona no se apartaba de sus labios. Esa sonrisa era tanto más
desagradable cuanto que de ninguna manera era algo premeditado, sino completamente
involuntario; se veía que él se juzgaba en aquellos momentos real y verdaderamente muy
superior a mí tanto en inteligencia como en carácter. Yo sospechaba también que me
despreciaba por la escena de la víspera en casa de Dergatchev; así tenía que set, porque
Efim es la muchedumbre, Efim es la calle, y la calle no se inclina nunca más que ante el
éxito.
-¿Y Versilov no lo sabe? – preguntó él.
–Claro que no.
-Entonces ¿qué derecho tienes tú a inmiscuirte en sus asuntos? Además, ¿qué quieres
probar con eso?
Yo me imaginaba sus objeciones y le expliqué inmediatamente que la cosa no era tan
tonta como a él le parecía. En primer lugar, yo le probaría a aquel principillo insolente
que hay todavía hombres que comprenden lo que es el honor, incluso en nuestra clase
social; en segundo lugar, yo conseguiría así avergonzar a Versilov y darle una lección. En
tercer lugar, y era lo esencial, incluso si Versilov había tenido sus motivos, en virtud de
yo no sé qué convicciones, para no provocar al príncipe y encajar la bofetada, vería por lo
menos que existe uns criatura capaz de sentirse tan dolido por el hecho de que le ofendan
a él, que toma esa ofensa por su cuenta, y se lanza a sacrificar su vida para defender sus
intereses… aunque separándose de él para siempre.
-Espera un poco, no grites, a mi tía no le gusta. Dime, ¿Versilov no anda metido en
pleitos con ese mismo príncipe Sokolski por una cuestión de herencia? En tal caso, será
un medio completamente nuevo y original para ganar el pleito: matar en duelo al
adversario.
Le expliqué en toutes lettres que él no era más que un imbécil y un insolente y que, si
su sonrisa burlona se alargaba más y más, aquello solamente era un signo de orgullo y de
mediocridad, que él no podía sin embargo suponer que tales consideraciones sobre el
proceso no se me hubiesen ocurrido, e incluso desde el principio mismo, y que no podían
honrar con su presencia más que a su profundo cerebro. Le expliqué a continuación que
el proceso estaba ya ganado, que no afectaba al príncipe Sokolski, sino a los príncipes
Sokolskis, de grande suerte que, si uno de ellos resultaba muerto, quedaban los demás.
Pero que sin duda habría que aplazar el desafío hasta que transcurriera el término legal
para la apelación (aunque los príncipes no pensasen apelar), únicamente por el qué dirán.
Vencido el plazo, el duelo se celebraría; yo había venido sabiendo muy bien que el duelo
no iba a ser cosa de hoy, pero tenía necesidad de tomar mis precauciones porque no tenía
testigo y no conocía a nadie, para tener por la menos tiempo de descubrir a alguien si él,
Efim, se negaba. Por eso era por lo que había venido.
-Entonces, vuelve a hablarme cuando llegue ese momento. Siempre habría sido mejor
que andar diez verstas sin motivo.
Se levantó y cogió su gorra.
-¿Vendrás entonces?
-No, desde luego que no.
-¿Por qué?
-Primeramente por esta razón: que, si consintiese hoy para más tarde, vendrías a darme
la lata aquí todas los días durante el plazo que queda para la apelación. Y luego, porque
todo esto no son más que tonterías, ni más ni menos. ¿Te figuras que yo voy a destrozar
mi carrera por ti? ¿Y si el príncipe me pregunta «Quién le ha enviado a usted»?
«Dalgoruki.» «¿Y qué relación hay entre Dolgoruki y Versilov?» Entonces, ¿me voy a
poner quizás a explicarle tu genealogía? ¡Se moriría de risa!
-Entonces tú le das en la boca.
-Eso no es serío.
-¿Es que tines miedo? Tú, tan grandote; tú que eras el más fuerte de todos nosotros en
el Instituto.
-Tengo miedo, naturalmente que tengo miedo. Y además el príncipe se negará a batirse:
uno se bate con su igual.
-También yo soy un caballero por mi educación, tengo derechos privilegiados, soy su
igual… Él sí que no es igual mío.
-No, tú eres demasiado pequeño.
-¿Cómo pequeño?
-Como suena; nosotros dos somos pequeños y él es grande
-¡Imbécil! Hace ya más de un año que puedo casarme, conforme a la ley.
-Pues bien, cásate. Al fin y al cabo, no eres más que un mocoso: no has terminado de
crecer.
Comprendí que quería burlarse de mí. Evidentemente podría haberme ahorrado de
contar este estúplido episodio, y hasta habría valido más que desapareciese en lo
desconocido. Para colmo, es repelente por su mezquindad y su inutilidad, aunque haya
tenido consecuencias bastante serias.
Pero, para castigarme más todavía, diré el final. Después de haber notado que Efim se
burlaba de mí, me permití golpearle en el omóplato con la mano derecha o, mejor dicho,
con el puño derecho. Entonces me cogió por los hombros, me volvió de cara a la calle y
me mostró efectivamente que él era el más fuerte de todos nosotros en el Instituto.
II
El lector se figurará seguramente que yo estaba de humor execrable al dejar a Efim, y
sin embargo se equivocará. Comprendía demasiado bien que era un incidente entre
escolares, entre bachilleres, y que lo serio de la cosa seguía intacto. Me tomé un café una
vez que estuve en la isla Vassili (69), evitando adrede mi taberna de la víspera, en
Petersburgskaia storona: aquel figón y su ruiseñor me resultaban ahora doblemente
odiosos. Cualidad singular: soy capaz de detestar los lugares y las cosas tan exactamente
como a las personas. Conozco por el contrario en Petersburgo ciertos sitios dichosos, es
decir, donde he sido dichoso un día. Pues bien, a esos sitios los mimo, permanezco el
mayor tiempo posible sin ir a ellos, expresamente, para ír más tarde, cuando me vea
completamente solo y desgraciado, a desesperarme y a acordarme. Mientras me bebía el
café, le hice plenamente justicia a Efim y a su buen sentido. Sí, él era más práctico que
yo, pero ¿era más real? El realismo que no ve más allá de la punta de su nariz es más
peligroso que la más alocada de las fantasías, porque es ciego. Pero, aun haciendo justicia
a Efim (que, en aquel momento, estaba persuadido sin duda de que yo me deshacía en
injurias mientras iba zancajeando por las calles), no abandoné ninguna de mis
convicciones, como no las he abandonado en nada hasta hoy. He visto a gente que, al
primer cubo de agua fría, reniegan no solamente de sus actos, sino incluso de su idea, y se
ponen a reírse de lo que una hora antes consideraban sagrado. ¡Oh, qué fácil les resulta
eso! Efim, incluso en la cuestión de fondo, tenía quizá más razón que yo, yo era tal vez el
último de los imbéciles, yo era tal vez insincero, pero había en el fondo de la cuestión un
punto en el que yo tenía razón, había también en mí algo justo y que, sobre todo, la gente
no ha podido nunca comprender.
Llegué a casa de Vassine, en la esquina de la Fontanka y del puente de San Simeón
(70), casi sonando las campanas del mediodía, pero no estaba en su casa. Trabajaba en la
isla Vassili y no volvía más que a ciertas horas fijas, entre otras casi siempre al mediodía.
Como además era no sé qué fiesta, estaba seguro de que iba a encontrarlo; no siendo así,
me dispuse a aguardarlo, aunque estuviese en su casa por primera vez.
He aquí cómo razonaba yo: la cuestión de la carta a propósito de la herencia es un
asunto de conciencia. A1 tomar a Vassine por árbitro, le hago ver con eso toda la
profundidad de mi respeto, lo que necesariamente debe halagarlo. Yo estaba realmente
preocupado por aquella carta y firmemente convencido de la necesidad de un arbitraje;
sospecho sin embargo que habría podido, ya en aquel momento, salir de aquella
dificultad sin ninguna ayuda extraña. Y sobre todo lo sabía yo mismo: bastaba con
entregarle a Versilov la carta en mano; que hiciera con ella lo que quisiera. He ahí la
solución. Colocarse como juez supremo en un asunto de aquella índole era perfectamente
inoportuno. A1 entregarle la carta en mano, sin decir nada, y colocándome así fuera del
asunto, todas las perspectivas de triunfo estaban a mi favor, me colocaba de golpe y
porrazo por encima de Versilov, puesto que, por el hecho de renunciar, en lo que a mí se
refería, a todos los beneficios de la herencia (como hijo de Versilov, una parte de aquel
dinero me habría venido a los bolsillos, si no inmediatamente, por lo menos más tarde) yo
me reservaba para siempre un derecho moral de vigilante sobre la conducta futura de
Versilov. Nadie podía reprocharme haber arruinado a los príncipes, puesto que el
documento no tenía ningún valor jurídico decisivo. Pensé en todo aquello y me lo dije a
mí mismo claramente en la habitación vacía de Vassine, e incluso se me ocurrió de
repente la idea de que había venido a buscar a Vassine, con semejante deseo de saber por
él la conducta que adoptar; únicamente para hacerle ver con esa ocasión que yo era el
más noble y el más desinteresado de los hombres, y por consiguiente para vengarme de
mi humillación de la víspera.
Comprobado que hube todo aquello, experimenté un gran despecho; sin embargo no me
fui, sino que me quedé, aunque sabía muy bien que mi despecho no haría más que crecer
por momentos.
Ante todo, la habitación de Vassine me desagradó enormemente. «Muéstrame tu
habitación y te diré quién eres», podría decirse con toda razón. Vassine tenía alquilada
una habitación amueblada a arrendatarios evidentemente pobres y que hacían de aquello
su oficio, teniendo a otros inquilinos además de él. Yo conozco muy bien esas
habitacioncitas estrechas, apenas amuebladas y que sin embargo pretenden dar una
sensación de comodidad; hay obligatoriamente un diván relleno de crin y comprado en
alguna tienda de viejo y al que se teme mover, un lavabo y una cama de hierro detrás de
un biombo. Vassine debía de ser el mejor inquilino y el más seguro: cada patrona tiene
necesariamente su mejor inquilino, al que se profesa un reconocimiento especial; se
arregla y se barre más cuidadosamente su habitación, se cuelga encima de su diván
alguna litografía, se tiende sobre su mesa un tapete mezquino. Las gentes que gustan de
esta limpieza que huele a moho y sobre todo de esta solicitud respetuosa de los patronos
son ellas mismas sospechosas. Yo estaba convencido de que el título de inquilino
perfecto halagaba a Vassine. No sé por qué, pero al ver aquellas dos mesas llenas de
libros me fui enfureciendo poco a poco. Libros, papeles, tintero, todo estaba en el orden
más repelente, ese orden cuyo ideal coincide con la filosofía de una patrona alemana y de
su criada. Los libros eran numerosos, verdaderos libros, no periódicos o revistas, y él
debía de leerlos. Sin duda adoptaba, para leer o para escribir, un aire extremadamente
grave y preocupado. No sé por qué, pero prefiero que los libros estén en desorden: por lo
menos eso es señal de que se trabaja sin pontificar. Seguramente este Vassine es
extremadamente cortés con los visitantes, pero cada uno de sus gestos debe de decir: «Me
interesa desde luego pasar una horita contigo, pero en cuanto te marches, volveré a
ocuparme de cosas serias.» Sin duda se puede mantener con él una conversación muy
interesante y aprender cosas nuevas, pero «vamos a charlar un rato y yo te interesaré
mucho, y luego, cuando te hayas marchado, me pondré a hacer lo que es verdaderamente
interesante… » Y sin embargo no me decidía a irme, seguía a11í. Que no tenía necesidad
de sus consejos era algo de lo que estaba ahora perfectamente persuadido.
Llevaba a11í una hora larga o más, sentado delante de la ventana, sobre una de las dos
sillas de enea que se encontraban a11í. Lo que más rabia me daba era que el tiempo
pasaba y que me era preciso encontrar un alojamiento antes de que se hiciera de noche.
Tuve ganas de coger algún libro para disipar el aburrimiento, pero no hice nada de eso: la
sola idea de distraerme redoblaba mi disgusto. Hacía ya más de una hora que reinaba un
silencio extraordinario, cuando de pronto, muy cerca, detrás de la puerta condenada por el
diván, distinguí, a pesar mío y progresivamente, un cuchicheo cada vez más fuerte. Había
allí dos voces, voces de mujer, se las oía bien, pero resultaba imposible distinguir las
palabras; sin embargo, movido por el aburrimiento, me esforcé en ello. Estaba claro que
se hablaba con animación, y que no se trataba de cosas corrientes. La cuestión parecía ser
ponerse de acuerdo o bien se discutía, o bien una voz se hacía convincente y suplicante
mientras que la otra negaba y objetaba. Eran sin duda otros inquilinos. Bien pronto la
cosa me aburrió y mi oído llegó a acostumbrarse; yo continuaba escuchando, pero
maquinalmente y a veces incluso olvidándome por completo de que estaba a la escucha,
cuando de pronto se produjo un acontecimiento extraordinario: se hubiera dicho que
alguien había saltado de su silla con las dos piernas hacia delante o se había lanzado
bruscamente y golpeaba con el pie; en seguida se oyó un gemido, luego un grito o más
bien un aullido de animal, furioso y nada inquieto por la preocupación de saber si
personas extrañas estaban escuchando o no. Me dirigí a la puerta de un salto y la abrí, al
mismo tiempo se abrió otra puerta, al extremo de un corredor (me enteré más tarde de
que era la de la patrona), de donde surgieron dos cabezas curiosas. Los gritos cesaron
inmediatamente, pero de improviso se abrió la puerta vecina a la mía y una joven, por lo
que me pareció, se escapó vivamente y bajó corriendo la escalera. Otra mujer, ya de edad,
quería sujetarla, pero no lo consiguió y se limitó a gemir tras la otra:
-¡O1ía! ¡O1ía! (71). ¿Adónde vas? ¡Oh!
Pero, viendo abiertas nuestras dos puertas, ella empujó rápidamente la suya, dejando
una rendija para oír lo que pasaba en la escalera, hasta el momento en que los pasos de
Olia en fuga dejaron de oírse en absoluto. Volví a mi ventana. El silencio se había
restablecido. Incidente sin importancia, hasta ridículo quizá, y dejé de pensar en eso.
Aproximadamente un cuarto de hora después resonó en el corredor, ante la puerta de
Vassine, una voz de hombre sonora y francota. Una mano empuñó el tirador de la puerta
y la entreabrió lo suficiente para que se pudiera distinguir en el pasillo a un hombre de
alta estatura, quien, sin duda, me había visto también a incluso se me quedó mirando
fijamente, pero no llegaba a entrar aún y continuaba hablando con la patrona de un
extremo al otro del corredor, la mano en el picaporte. La patrona hacía eco, con una
vocecilla aflautada y alegre, y solamente por su voz se podía comprender que el visitante
era un conocido suyo, respetado y apreciado, lo mismo como huésped de confianza que
como personaje divertido. El divertido personaje gritaba y bromeaba, pero todo se
reducía a que Vassine no estaba en casa, que no lograba encontrarlo nunca, que eran
cosas que no le pasaban más que a él, que aguardaría como la vez precedente, y todo
aquello, sin duda alguna, le parecía a la patrona el colmo del ingenio. Por fin el visitante
entró abriendo ampliamente la puerta.
Era un caballero muy bien puesto, vestido en casa de buen sastre, «noblemente», como
se dice, y sin embargo no tenía nada de noble, a pesar de su deseo manifiesto. Era un
sinvergüenza, o más bien uno naturalmente desvergonzado, lo que sin embargo es menos
odioso que un desvergonzado que se ha estudiado delante del espejo. Sus cabellos,
castaños con algunas hebras blancas, sus cejas negras, su gran barba y sus ojos grandes,
lejos de infundirle carácter, le comunicaban por el contrario no sé qué de común, de
semejante a todo el mundo. Gentes así ríen y están dispuestas a reír, pero uno jamás se
siente alegre en su compañía. De lo placentero pasan rápidamente a lo grave, de lo grave
a lo juguetón o a los guiños de ojos insinuantes, pero todo eso con un orden perfecto y sin
motivo… Por lo demás, es inútil describirlo con anticipación. Más tarde conocí bastante
bien a aquel señor y bastante de cerca, por eso lo he presentado aquí, a pesar mío, con
rasgos mucho más precisos que los que pude obtener en el momento en que abrió la
puerta y entró en la habitación. Sin embargo, incluso hoy día me costaría trabajo decir de
él algo que sea determinado y preciso, porque el principal carácter de esta gente es
precisamente su inacabamiento, su dispersión y su indeterminación.
No se había sentado todavía cuando se me ocurrió de repente la idea de que aquél debía
de ser el padrastro de Vassine, un cierto señor Stebelkov (72) del que yo ya había oído
contar alguna cosa, pero tan incidentalmente, que me habría resultado imposible decir
qué: me acordaba solamente de que no era una cosa buena. Yo sabía que Vassine había
estado mucho tiempo bajo su férula en calidad de huérfano, pero que había escapado a su
influencia desde hacía muchos años, que sus objetivos y sus intereses eran divergentes y
que vivían separados en todos los aspectos. Me acordé también de que aquel Stebelkov
poseía un cierto capital, que era incluso un especulador y un ventajista; en una palabra,
quizá yo ya sabía algo más detallado respecto a él, pero se me había olvidado. Me
atravesó con la mirada, sin saludarme. Colocó su chistera sobre la mesa situada delante
del diván, apartó imperiosamente la mesa con el pie y se sentó, o más bien se dejó caer
sobre el diván, donde yo no me había atrevido a sentarme, tan pesadamente, que se oyó
un crujido; dejó colgar las piernas y, levantando la punta de su pie derecho, calzado con
un zapato de charol, se puso a contemplarlo. Por lo demás, se volvió en seguida hacia mí,
y me midió con sus grandes ojos un poco inmóviles.
-¡No voy a encontrarlo nunca entonces! – dijo con una ligera inclinación de cabeza
hacia mí.
Yo no respondí palabra.
-¡No es puntual! Quiere tener ideas propias sobre todo, ¡Venir de Petersburgskaia
storona!
-¿Viene usted de Petersburgskaia storona? – le pregunté yo.
-No, soy yo quien le hace a usted la pregunta.
-Yo… en efecto, pero ¿cómo lo sabe usted?
-¿Cómo? Hum…
Guiñó un ojo, pero no se dignó dar ninguna explicacíón.
-Es decir, no vivo en Petersburgskaia storona, pero vengo de allí y de a11í he venido
aquí.
Continuó sonriendo en silencio, con una sonrisa importante que me desagradó
horriblemente: tenía algo de idiota.
-¿En casa del señor Dergatchev? – pronunció él por fin.
-¿Cómo en casa de Dergatchev? – y abrí los ojos asombrado.
Me miró con aire victorioso.
-Ni siquiera lo conozco – añadí.
-Hum…
-Como usted quiera – respondí.
Ahora me era odioso.
-Hum… Sí… no…, permítame. Compra usted un objeto en una tienda, en otra tienda de
al lado otro comprador compra otro objeto, ¿cuál cree usted? Dinero, en casa de un
comerciante que se llama usurero… Porque el dinero también es un objeto, y el usurero
también es un comerciante… ¿Me comprende usted?
-Creo que sí.
-Pasa un tercer comprador que dice, señalando a una de las tiendas: «Eso es serio», y
señalando la otra: «Eso no es serio.» ¿Qué puedo deducir de ese comprador?
-¿Y yo qué sé?
-No, permítame. Era un ejemplo. El hombre vive de buenos ejemplos. Me paseo por el
Nevsky y observo que, al otro lado de la calle, por la acera, se pasea un caballero cuyo
carácter me interesaría comprobar. Llegamos, cada uno por nuestro lado, hasta la
Morskaia, allí donde está el Almacén Inglés, y observamos a un tercer transeúnte que
acaba de ser aplastado por un coche. Ahora, ponga usted mucha atención: pasa un cuarto
señor, que quiere comprobar el carácter de nosotros tres, incluido el del aplastado, en
cuanto se refiere a espíritu práctico y a seriedad… ¿Usted me comprende?
-Perdone, con mucho trabajo.
-Bueno, eso era lo que yo pensaba. Voy a cambiar de tema. Estoy tomando las aguas en
Alemania, las aguas minerales, como lo he hecho muchas veces, poco importa el sitio.
Me paseo y veo a unos ingleses. Como usted sabe, es difícil trabar conocimiento con un
inglés; pero, al cabo de dos meses, acabada la estación, henos a todos en las montañas,
hacemos juntos ascensiones, con bastones de contera puntiaguda, ya por una montaña, ya
por otra. En el recodo, es decir, en la etapa, a11í donde los monjes fabrican el Chartreuse,
nótelo usted bien, me encuentro con un indígena, plantado a11í, solitario y mirando
silenciosamente. Quiero formarme idea de su seriedad: ¿qué cree usted?, ¿podría yo
dirigirme para eso al grupo de ingleses con los que camino, únicamente porque he sido
incapaz de trabar conversación con ellos en las aguas?
-¿Y yo qué sé? Perdone usted, pero me cuesta mucho trabajo comprenderle.
-¿Mucho?
-Sí, me marea usted.
-Hum…
Guiñó el ojo a hizo con la mano un gesto que sin duda debía de significar algo muy
victorioso y muy triunfal; en seguida, muy gravemente y con mucha calma, sacó de su
bolsillo un periódico que seguramente acababa de comprar, lo desplegó y se puso a leer la
última página, como para dejarme completamente tranquilo. Durante cinco minutos no
posó los ojos en mí.
-¿No han caído las Brest-Graev? No, van bien, siguen subiendo. Conozco a muchos que
se han derrumbado.
Me miró con toda su alma.
-Todavía no comprendo gran cosa de la Bolsa – respondí yo.
-¿Lo condena usted?
-¿El qué?
-¡El dinero, caramba!
-No condeno el dinero, pero… me parece que la idea viene primero, el dinero después,
-Es decir, permítame… he aquí un hombre que tiene, como se dice, buena suerte…
-Primero la idea, después el dinero. Sin idea superior, la sociedad, a pesar de todo su
dinero, se hundirá.
No sé verdaderamente por qué me acaloré. Me miró un poco tontamente, como hombre
que no sabe ya cómo salir de su embarazo; luego, de repente, su rostro floreció en una
sonrisa gozosa y astuta:
-¿Y Versilov, eh? ¡Se ha llevado la tajada! Le dieron la razón ayer, ¿verdad?
Vi de pronto y con asombro que él sabía desde hacía tiempo quién era yo y que quizá
sabía muchas cosas más. Solamente no comprendo por qué me ruboricé de pronto y le
miré de la manera más estúpida sin quitarle los ojos de encima. Por lo visto gozaba con
su triunfo, me miraba gozosamente, como si me hubiese sorprendido con alguna fina
astucia y me hubiese cogido en la trampa.
-¡No! – alzó las dos cejas -. ¡Pregúnteme lo que sé del señor Versilov! ¿Qué le decía yo
a usted hace un momento a propósito de la seriedad? Hace dieciocho meses, a causa de
aquel niño, él habría podido realizar un negociejo estupendo, sí, querido, y en lugar de
eso se partió la crisma. ¡Perfectamente!
-¿Qué niño?
-Pues el niño de pecho que él hace criar en secreto; solamente que no ganará nada con
eso… porque…
-¿Qué niño de pecho? ¿De qué se trata?
-El suyo, claro está, su propio hijo, que ha tenido de mademoiselle Lidia Akhmakova…
«Una chica muy linda, me traía loco.. . » Cerillas de fósforo, ¿eh?
-¿Qué significan esas tonterías? Él no ha tenido nunca ningún niño de Akhmakova.
-¡Eso es! ¿Y yo, dónde estaba yo entonces? Me parece sin embargo que soy doctor y
comadrón. Me llamo Stebelkov. ¿No me conoce usted? Cierto que en aquella época yo ya
no ejercía desde hacía mucho tiempo, pero podía dar un consejo práctico en un caso
práctico.
-Usted es médico… ¿Usted ha estado en el parto de Akhmakova?
No, yo no he estado en parto ninguno. Había por a11á, en las afueras, un doctor Granz,
cargado de familia, se le pagó medio tálero, lo que se da allí a los doctores, y además la
verdad era que nadie lo había llamado. En fin, él estaba allí, en mi puesto… Fui yo quien
lo recomendé, para espesar las tinieblas. ¿Me comprende usted? Por mi parte, no hice
más que dar un consejo práctico respecto a la pregunta de Versilov, de Andrés Petrovitch,
una pregunta completamente secreta, de oído a oído. Pero Andrés Petrovitch prefirió
seguir dos liebres.
Yo le escuchaba con el asombro más profundo.
-Quien persigue a dos liebres no caza a ninguna, se dice entre nosotros, o más bien en el
pueblo. Por mi parte, yo digo: las excepciones constantemente repetidas llegan a ser la
regla general. Él cazó una segunda liebre, es decir, un buen ruso, una segunda señora, y
de resultado nulo. Un pájaro en mano vale más que ciento volando. Cuando hace falta
obrar aprisa, se pone a holgazanear. La verdad es que Versilov es «un profeta para buenas
mujeres», como el joven príncipe Sokolski lo calificó tan bien delante de mí. No, usted
me agrada. Si quiere saber muchas cosas sobre Versilov, venga a verme.
Por lo visto, admiraba mi boca, toda redonda por efecto del asombro. Jamás en mi vida
había oído yo hablar del niño de pecho. En aquel instante se oyó abrirse la puerta de las
vecinas y alguien entró rápidamente en la habitación de las mismas.
-Versilov vive en Semenovski Polk, calle Mojaisk, casa Litvinova, número 17. Vengo
de la Oficina de Direcciones – gritó una voz irritada de mujer.
Se oían todas las palabras. Stebelkov frunció las cejas y levantó el dedo más alto que su
cabeza.
-Hablábamos de él, y helo aquí… ¡Helos aquí a los dos, las excepciones completamente
repetidas! Quand on parle d’une corde…
Rápidamente, de un salto, se sentó sobre el diván, y pegó la oreja a la puerta contra la
que estaba adosado aquel mueble.
Me sentí terriblemente sorprendido. Comprendí que aquel grito debía proceder de la
joven que se había escapado hacía un momento con una agitación tan grande. Pero ¿por
qué misterio se hablaba a11í de Versilov? Bruscamente resonó de nuevo el grito de hacía
un momento, un grito histérico, grito de un ser loco de cólera a quien se le niega algo o a
quien se le impide que haga alguna cosa. La única diferencia fue que los gritos y los
aullidos duraron todavía más tiempo. Era una lucha, palabras precipitadas, rápidas: «No
quiero, no quiero», «Devuélvemelo, devuélvemelo inmediatamente», o bien algo por el
estilo, no llego a recordarlo con exactitud. Seguidamente, como hacía un momento,
alguien saltó bruscamente hacia la puerta y la abrió. Las dos vecinas se lanzaron por el
pasillo, la una, como poco antes, sujetando por lo visto a la otra. Stebelkov, que desde
hacía largo rato se había bajado del diván y prestaba oído con complacencia, no dio más
que un respingo hacia la puerta y con toda frescura corrió derechamente hacia las
vecinas. Pero su aparición en el corredor causó el efecto de un cubo de agua helada: las
vecinas se eclipsaron vivamente cerrando con estrépito. Stebelkov hizo ademán de correr
tras ellas, pero se detuvo, levantando el dedo, sonriendo y reflexionando; aquella vez
distinguí en su sonrisa algo extremadamente maligno, sombrío y siniestro. Viendo a la
patrona plantada de nuevo delante de su puerta, corrió cerca de ella andando de puntillas;
después de haber cuchicheado dos minutos con la mujer y obtenido indudablemente
algunos datos, volvió a la habitación con un paso majestuoso y decidido, cogió de la
mesa su chistera y se encaminó hacia el cuarto de las vecinas. Por un instante se quedó
escuchando a la puerta, pegando la oreja a la cerradura y dirigiendó al otro extremo del
corredor un guiño victorioso a la patrona, que le amenazaba con el dedo y balanceaba la
cabeza como si dijera: « ¡Curiosón, curiosón! » En fin, con aire decidido, pero
infinitamente delicado, casi tronchándose de delicadeza, golpeó con los nudillos en la
habitación de las vecinas. Se oyó una voz:
-¿Quién está ahí?
-¿No me concederán ustedes permiso para entrar? Se trata de un asunto de la mayor
importancia – declaró Stebelkov con voz alta y digna.
No se apresuraron mucho, pero de todas maneras la puerta se abrió, al. principio un
poco, la mitad; pero Stebelkov había empuñado ya fuertemente la manija y no habría
dejado que se cerrara. La conversación se inició: Stebelkov hablaba en voz alta,
insistiendo en penetrar en la habitación; no me acuerdo de las palabras, pero se trataba de
Versilov; él podía dar noticias, explicaciones. «No, pregúntenme a mí, a mí. Vénganme a
ver», y así sucesivamente. Le hicieron entrar a toda prisa. Me volví junto al diván y me
puse a escuchar, pero no llegué a entenderlo todo: oía solamente que se nombraba con
frecuencia a Versilov. Por la entonación de la voz adivinaba que Stebelkov dirigía ya la
conversación y no hablaba ya insidiosamente, sino con imperio y con un tono
desenvuelto, como hacía un momento conmigo: «¿Ustedes me comprenden? Déjenme
ahora avanzar un poco más», etc., etc. Por lo demás, debía mostrarse extraordinariamente
amable con las mujeres. Por dos veces había resonado su risa sonora, y desde luego
inoportuna, porque, junto a su voz y a veces dominándola, se oían las voces de dos
mujeres, que estaban muy lejos de expresar alegría; sobre todo la de la más joven, aquella
que había lanzado los gritos; hablaba mucho, nerviosamente, aprisa, sin duda para acusar
y quejarse, y reclamar justicia. Pero Stebelkov no se quedaba atrás; elevaba el tono más y
más, y se reía con mayor frecuencia; la gente de esta clase no sabe escuchar a los demás.
Me aparté bien pronto del diván, porque me pareció vergonzoso estar a11í escuchando, y
volví a ocupar mi antiguo sitio ante la ventana, sobre la silla de enea. Estaba persuadido
de qua Vassine no sentía ningún aprecio por aquel individuo, pero también me figuraba
que, si le manifestaba yo mi opinión, inmediatamente tomaría su defensa con una dignidad
grave y me daría una lección: «Es un hombre práctico, uno de esos hombres
modernos de negocios a los que es imposible juzgar desde nuestro punto de vista general
y abstracto.» En aquel instante, por lo demás, me acuerdo muy bien, yo estaba
moralmente destrozado, el corazón me latía con fuerza y esperaba que ocurriese algo.
Transcurrieron así unos diez minutos, y de pronto, en pleno arranque de una carcajada
estrepitosa, alguien, exactamente como hacía un momento, saltó de su silla, luego se
oyeron los gritos de las dos mujeres, se percibió que Stebelkov se había puesto también
en pie de un salto, que hablaba con otro tono, como para justificarse, para suplicar que
tuvieran la bondad de escucharlo hasta el final… Pero no le escucharon. Resonaron gritos
furiosos: « ¡Fuera de aquí! ¡Usted no es más que un canalla, un sinvergüenza! » Era
evidente que lo ponían de patitas en la calle. Abrí la puerta en el instante preciso en que
salía del cuarto de las vecinas al pasillo, literalmente expulsado por las manos de
aquéllas. A1 verme, se puso a gritar, al mismo tiempo que se acercaba a mí, señalándome
con el dedo:
-¡He aquí el hijo de Versilov! Si no me creen ustedes, pues bien, he aquí a su hijo, su
propio hijo. – Y me cogió imperiosamente por la mano -. ¡Es su hijo, su verdadero hijo! –
repetía conduciéndome cerca de las señoras y sin agregar otra explicación.
La joven estaba en el pasillo; la de más edad, a un paso de ella, en el marco de la
puerta. Me acuerdo solamente de que aquella pobre muchacha no era fea: podía tener
unos veinte años, pero era delgada y de aspecto enfermizo, rubicunda y pareciéndose un
poco a mi hermana en la cara; aquel detalle me atravesó el espíritu y se me ha quedado en
la memoria. Únicamente que Lisa no se había encontrado jamás, y naturalmente jamás
había podido encontrarse, en un acceso de cólera comparable a aquel en que se hallaba
aquella joven frente a mí; tenía los labios blancos, sus ojos de un gris claro echaban
chispas, temblaba de indignación. Y me acuerdo también de que yo me sentía en una
postura extremadamente estúpida y vergonzosa, porque no encontraba en absoluto nada
que decir, todo aquello por culpa de aquel grosero personaje.
-¿Su hijo? ¿Y qué? Si está con usted, es otro sinvergüenza. – Se volvió de repente hacia
mí -: Si es usted el hijo de Versilov, pues bien, dígale de mi parte a su padre que es un
bribón, un canalla desvergonzado, y que no tengo necesidad de su dinero… Tome, tome,
devuélvale inmediatamente todo este dinero.
Se sacó bruscamente del bolsillo algunos billetes de Banco. Pero la mujer de más edad,
su madre, como supe en seguida, la cogió por el brazo:
-Olia, pero tal vez no es verdad, tal vez no es su hijo.
Olia lanzó una rápida mirada, comprendió, me examinó con desprecio y volvió a entrar
en la habitación, pero antes de cerrar la puerta, en el umbral, le dijo una vez más a Stebelkov:
-¡Fuera de aquí!
E incluso llegó a dar una patadita. Seguidamente la puerta se encajó de golpe y la
cerraron con llave. Stebelkov, que seguía sujetándome por el hombro, levantó el dedo y,
con la boca dilatada en una sonrisa larga y pensativa, fijó sobre mí una mirada
interrogadora.
-Encuentro su conducta de usted con respecto a mí ridícula a indigna – rezongué
indignado.
Pero él no me escuchaba, aunque no apartase de mí sus ojos.
-Eso es lo que habría que examinar – dijo con aire pensativo.
-Pero ¿cómo se ha atrevido usted a mezclarme en todo esto? ¿Qué significa? ¿Quién es
esa mujer? Me ha cogido usted por el hombro y me ha arrastrado. ¿Qué quiere decir esto?
-¡Ah, diablo! Una mujer que ha perdido su inocencia… «la excepción frecuentemente
repetida». ¿Me comprende usted?
Y me clavó el dedo en el pecho.
-¡Váyase al diablo! – exclamé, rechazándole el dedo.
Pero de repente, de la manera más inesperada, se puso a reír con suavidad, largamente,
muy contento. Por último se puso el sombrero y, con una fisonomía ya cambiada y
adusta, observó frunciendo las cejas:
–Habría que dar una lección a la patrona… Habría que echarlas del apartamiento. Y lo
antes posible además… Ya verá usted. Recuerde lo que le digo, usted lo verá. Diablo – se
interrumpió de pronto -, ¿va usted a esperar a Gricha?
-No, no le esperaré – respondí muy decidido.
-Vámonos, es igual…
Sin añadir una sílaba, volvió la espalda, salió y tomó escaleras abajo, sin honrar ni
siquiera con la mirada a la patrona que parecía esperar explicaciones y noticias. Yo
también cogí mi sombrero y, después de haberle rogado a la patrona que le dijese a
Vassine que Dolgoruki había venido, bajé corriendo.
III
Había perdido el tiempo. En cuanto que me vi fuera, me dediqué a la búsqueda de un
alojamiento; estaba distraído; estuve andando varias horas por las calles, entré en cinco o
seis casas con habitaciones amuebladas, pero estoy seguro de que dejé pasar más de
veinte sin mirarlas. Con gran despecho por mi parte, la verdad era que nunca hubiese
creído tan difícil encontrar un alojamiento: por todas partes habitaciones como la de
Vassine, y muchísimo peores aún, y precios imposibles, a lo menos para mi presupuesto.
Yo pedía simplemente un rincón, nada más que para poder tenderme, y me respondían
con desprecio que en aquel caso debía dirigirme a los «arrendadores de rincones» (73).
Además, por todas partes, una masa de inquilinos rarísimos con los cuales, a juzgar por
su aspecto, yo no habría podido vivir jamás; incluso habría pagado para no vivir junto a
ellos. Señores sin chaqueta, en chaleco, con la barba hirsuta, curiosos y desverzongados.
En una habitación microscópica había diez jugando a las cartas y bebiendo cerveza: me
ofrecieron una habitación contigua. Por otra parte, era yo quien respondía tan
estúpidanàente a las preguntas de los arrendadores, que se me quedaban mirando con
asombro; en un sitio, incluso llegué a enfadarme. Por lo demás, es inútil describir todos
estos detalles ínfimos; quería decir únicamente que, hallándome terriblemente cansado,
comí algo en una posada cuando ya se hacía casi de noche. Llegué a la resolución
definitiva de que iría inmedi.atamente, solo y en persona, a entregarle a Versilov la carta
a propósito de la herencia, sin darle la menor explicación, que resolvería mis asuntos por
todo lo alto, llenaría la maleta y un maletín y me iría a pasar la noche al hotel. Sabía que
al final de la Perspectiva Obukhov, cerca del Arco de Triunfo (74), había albergues en los
que se podía conseguir una habitación individual por treinta copeques; decidí por una
noche hacer ese sacrificio, a fin de no permanecer por más tiempo en casa de Versilov.
Ahora bien, al pasar por delante del Instituto Tecnológico me dieron ganas de pronto de
entrar en casa de Tatiana Pavlovna, que vivía enfrente. Como pretexto, tenía el de aquella
misma carta a propósito de la herencia, pero mi deseo invencible obedecía naturalmente a
otras causas, que por lo demás soy incapaz de explicar hoy: reinaba en mi espíritu una
terrible confusión entre «el niño de pecho», «las excepciones que se convierten en regla
general» y todo lo demás. Ignoro si lo que quería hacer era contar cosas, o darme
importancia, o pelearme, o incluso llorar, pero el caso es que subí la escalera de Tatiana
Pavlovna. No había estado en su casa más que una vez, al principio de mi estancia en
Petersburgo, a darle no sé qué recado de parte de mi madre, y me acuerdo de que entré, di
el recado, y me fui un minuto después, sin sentarme y sin que ella hiciera nada por retenerme.
Llamé. La cocinera me abrió inmediatamente y me hizo entrar en silencio. Todos estos
detalles son necesarios para hacer eomprender cómo pudo producirse un acontecimiento
tan loco, que ha tenido una importancia tan colosal sobre todo lo demás. Primeramente la
cocinera. Era una finlandesa colérica y chata que, según creo, detestaba a su ama, Tatiana
Pavlovna, la cual, por el contrario, no podía separarse de ella, por una de esas pasiones
que sienten las viejas por los perros muy viejos ya y de nariz húmeda o por los gatos perpatuamente
dormidos. La finlandesa, o bien rezongaba y gruñía, o bien, después de
alguna disputa, no abría la boca durante semanas enteras, para castigar a su ama. Sin duda
yo había caído en uno de aquellos días de silencio, porque, a mi pregunta: « ¿Está la
señora en casa? », que recuerdo positivamente haberle hecho, no respondió, y se volvió a
la cocina sin decir esta boca es mía. Después de eso, naturalmente, persuadido de que la
señora estaba en casa, entré, y, no encontrando a nadie, aguardé, pensando que Tatiana
Pavlovna iba a salir de su habitación; no siendo así, ¿por qué la cocinera me habría hecho
pasar? Me quedé de pie dos o tres minutos; caía la noche y el apartamiento de Tatiana
Pav1ovna, ya sombrío de por sí, se tornaba aún menos acogedor debido a las oleadas de
cretona que colgaban por todas partes. Dos palabras sobre este feo apartamiento, para
hacer comprender el sitio donde sucedió la cosa. Tatiana Pavlovna, visto su carácter
autoritario y terco y sus viejas fantasías señoriales, no podía acomodarse a una habitación
amueblada: había alquilado aquella parodia de apartamiento únicamente para vivir por su
cuenta y ser dueña en su casa. Aquellas dos habitaciones eran literalmente dos jaulas de
canarios, pegadas la una a la otra, una más pequeña que la contigua, en el segundo piso y
con vistas al patio. Al entrar se encontraba uno primeramente con un pequeño pasillo
angosto, de una longitud de un metro poco más o menos; a la izquierda, las dos jaulas de
canarios ya mencionadas; y todo derecho, al fondo del corredor, la entrada de una cocina
minúscula. Los catorce metros cúbicos de aire, indispensables al hombre para una
duración de doce horas, quizá existían a11í, pero seguramente poco más. Las
habitaciones eran espantosamente bajas y, para colmo de estupidez, las ventanas, las
puertas, los muebles, todo, todo estaba tapizado o cubierto de cretona, de hermosa
cretona francesa, con festones; pero la habitación parecía así dos veces más sombría y
semejaba el interior de una diligencia. En la habitación donde yo aguardaba se podía, con
cierto trabajo, darse la vuelta, aunque todo estuviese lleno de muebles, por lo demás no
feos del todo: había allí toda clase de mesitas de marquetería con adornos de bronce,
cajitas y un tocador exquisito a incluso rico. Pero el cuartito siguiente de donde yo
esperaba verla salir, su alcoba, separada de esta otra habitación por una cortina, no
contenía literalmente, como lo supe en seguida, más que una cama. Todos estos detalles
son indispensables para comprender la estupidez que cometí.
Así, pues, aguardaba sin experimentar la menor duda, cuando sonó la campanilla. Oí
como la cocinera recorría el pasillo sin apresurarse y dejaba entrar en silencio,
exactamente como había hecho conmigo hacía un momento, a varias visitas. Eran dos
señoras y las dos hablaban en voz alta, pero ¡cuál no fue mi asombro cuando, por la voz,
reconocí en una a Tatiana Pavlovna y en la otra a la mujer con la que menos preparado
estaba a encontrarme en aquellos momentos, sobre todo en aquel ambiente! No había
error posible; el día anterior yo había escuchado aquella voz sonora, fuerte y metálica,
tres minutos solamente, es verdad, pero era una voz que se había quedado en mi corazón.
Sí, era desde luego «la mujer de ayer». ¿Qué hacer? No dirijo en modo alguno esta
pregunta al lector. Trato de representarme solamente para mí mismo aquel minuto y
todavía hoy me resulta absolutamente imposible explicarme cómo pudo suceder que me
lanzase de repente detrás de la cortina y me encontrase en el dormitorio de Tatiana
Pavlovna. En una palabra, me escondí y apenas tuve tiempo de dar aquel bote cuando
ellas entraban. El por qué no les salí al encuentro en lugar de ocultarme, lo ignoro; todo
aquello pasó por casualidad, sin que yo me diera cuenta.
En la habitación, tropecé con la cama y observé inmediatamente que había una puerta
que se abría a la cocina, por tanto una salida posible en caso de necesidad y por la cual se
podía escapar perfectamente. Pero, ¡horror!, la puerta estaba cerrada con llave y la llave
no estaba en la cerradura. Llevado por la desesperación, me dejé caer en la cama; para mí
estaba claro que ahora iba a escuchar la conversación y, desde las primeras frases, desde
los primeros sonidos, adiviné que su entrevista era secreta y muy delicada. ¡Oh!, desde
luego, un hombre noble y leal habría debido levantarse, incluso en aquel momento, salir y
decir en alta voz:. « ¡Estoy aquí, esperen! » y, a pesar del ridículo de su situación, pasar
adelante; pero no me levanté y no salí; de la manera más innoble, me dio miedo.
-Catalina Nicolaievna, querida mía, me apena usted profundamente – suplicaba Tatiana
Pavlovna -, cálmese de una vez, eso no va bien con su carácter. Dondequiera que usted
está reina la dicha, y he aquí que de pronto… Pero, por lo que a mí respecta, al menos,
espero que continúe usted creyéndome, sabe hasta qué punto la estimo. Por lo menos
tanto como a Andrés Petrovitch, a quien sin embargo no oculto mi eterna fidelidad… Pues
bien, créame, se lo juro por mi honor, él no tiene ese documento, y quizá no lo tiene
nadie; por otra parte, él es incapaz de semejantes intrigas y hace usted mal en sospechar
de él. Son ustedes dos los que se han imaginado esta hostilidad…
-El documento existe, y él es capaz de todo. Ayer, no hago más que llegar, y mi primer
encuentro es con ese petit espion que él se ha encargado de imponerle al príncipe.
-Vamos, ce petit espion? Ante todo, no es espion en absoluto. Soy yo quien he insistido
para que lo coloquen en casa del príncipe, de lo contrario habría perdido la cabeza en
Moscú o se habría muerto de hambre. Por lo menos tales son los informes que he recibido
de a11í; y sobre todo ese muchacho grosero no es más que un imbécil, ¿cómo iba a hacer
de espía?
–Sí, un imbécil, lo que no le impide por otra parte que sea un sinvergüenza. Si yo no
hubiese tenido tanta rabia, me habría muerto de risa ayer: se puso pálido, se aturulló, se
dio importancia, se puso a hablar en francés. ¡Y decir que en Moscú María Ivanovna me
hablaba de él como de un genio! Esa maldita carta está intacta y se encuentra en alguna
parte, en el sitio más peligroso, lo he deducido por la cara que ponía esa María Ivanovna.
-¡Querida! Pero si usted misma dice que no hay nada en casa de ella.
Al contrario, hay algo, ella miente. Y puede decirse, tiene sus miras al mentir. Antes de
ir a Moscú, yo tenía todavía la esperanza de que no quedase rastro del papel, pero ahora,
ahora…
-Pero, querida, se dice por el contrario que es una criatura excelente y muy razonable.
Su difunto tío la apreciaba más que a todas sus sobrinas. Cierto que yo no la conozco
bien, pero usted debería hacerle un poco la corte, querida. No le costaría ningún trabajo
obtener la victoria: yo misma, que soy ya una vieja, pues bien, estoy enamorada de usted,
dispuesta a abrazarla. ¿Qué le costaría a usted seducirla a ella?
-Le he hecho la corte, Tatiana Pavlovna, lo he ensayado todo, incluso se ha mostrado
encantada, solamente que es astuta, ella también es astuta… No, es un carácter entero y
original, un carácter moscovita… Figúrese usted que me ha aconsejado que me dirija aquí
a un tal Kraft, que fue pasante de Andronikov; quizá él supiese algo. Yo ya tenía alguna
idea de este Kraft a incluso creo recordarlo un poco. Pero en el momento en que me habló
de ese Kraft tuve de repente la convicción de que, lejos de ignorar el asunto, ella miente,
ella lo sabe todo.
-Pero ¿para qué, para qué todo eso? En todo caso es posible informarse en casa de ese
Kraft. Es un alemán, muy poco hablador y muy honrado, me acuerdo de él. Desde luego,
haría falta preguntarle. Sólo que creo que no está ya en Petersburgo…
-Volvió ayer, vengo ahora de su casa… Por eso precisamente me ve usted tan alarmada,
me tiemblan los brazos y las piernas. Quería preguntarle, ángel mío, Tatiana Pavlovna,
puesto que usted conoce a todo el mundo, ¿no habría medio de buscar entre sus papeles?
Seguramente ha dejado papeles. ¿A quién irán a parar? ¿Caerán también éstos en manos
peligrosas? He venido a pedirle a usted consejo.
-Pero ¿de qué papeles habla usted? – preguntó Tatiana Pavlovna, que no comprendía
nada de aquello -. Acaba de decirme usted misma que viene de casa de Kraft.
-Sí, de allí vengo, pero él se ha matado. Ayer por la noche.
Salté abajo de la cama. Había podido quedarme quieto oyéndome tratar de espía y de
idiota; cuanto más avanzaban ellas en su conversación, menos posible me parecía
presentarme. ¡Era inconcebible! Resolví esperar, con el corazón latiéndome apenas, hasta
el momento en que Tatiana acompañaría hasta la puerta a la visitante (si, para suerte mía,
no tenía necesidad de entrar antes en su aicoba), y en seguída, una vez que se fuera
Akhmakova, estaba dispuesto a entendérmelas con Tatiana Pavlovna… Pero cuando, al
enterarme de la muerte de Kraft, salté de la cama, me vi dominado por una especie de
convulsión. Sin pensar ya en nada, sin razonar, sin darme cuenta, di un paso, levanté la
cortina y me encontré frente a ellas. Había aún bastante claridad para que se me pudiese
ver pálido y tembloroso… Lanzaron un grito. ¿Cómo no gritar?
-¿Kraft? – balbucí, volviéndome hacia Akhmakova -. ¿Se ha matado? ¿Ayer? ¿A la
puesta de sol?
-¿Dónde estabas?~ ¿De dónde sales? – chilló Tatiana Pavlovna, que me clavó
literalmente las uñas en el hombro -. ¿Nos espiabas? ¿Nos estabas escuchando?
-¿Qué le decía yo a usted? – preguntó Catalina Nicolaievna, levantándose del diván y
señalándome con el dedo.
Salí de mis casillas.
-¡Eso no son más que mentiras y estupideces! – interrumpí furioso -. ¡Hace un momento
me ha tratado listed de espía! ¡Señor! ¿Vale la pena, no digo yo espiar, sino solamente
vivir aquí en este mundo, al lado de gente como usted? Los hombres generosos acaban en
el suicidio. Kraft se ha matado por la idea, por Hécuba… pero, ¿cómo va usted a conocer
a Hécuba?… Aquí se está condenado a vivir en medio de vuestras intrigas, a chapotear
entre vuestras mentiras, vuestros engaños, vuestros manejos subterráneos… ¡Basta ya!
-¡Déle una bofetada! ¡Déle una bofetada! – gritó Tatiana Pavlovna.
Y como Catalina Nicolaievna continuaba mirándome (me acuerdo de todo, -hasta del
más mínimo detalle) sin desviar los ojos, pero sin moverse del sitio, Tatiana Pavlovna iba
en el mismo instante a ejecutar en persona su consejo… tanto que a pesar mío levanté la
mano para protegerme el rostro. A causa de aquel gesto, le pareció que la amenazaba.
-¡Vamos, pega, pega pues! Demuestra que siempre has sido un bestia… Eres el más
fuerte, ¿por qué preocuparte de unas pobres mujeres?
-¡Basta ya de calumnias, basta! – grité -. ¡Nunca levantaré la mano contra una mujer! Es
usted una desvergonzada, Tatiana Pavlovna, me ha despreciado siempre. ¿Para qué respetar
a la gente? ¿Se ríe usted, Catalina Nicolaievna? Sin duda será de mi cara: sí, Dios
no me ha dado un semblante como el de sus ayudantes de campo. Y sin embargo frente a
usted no me siento humillado, sino, al contrario, superior… En fin, poco importan las
palabras, pero no soy culpable. He venido aquí por casualidad, Tatiana Pavlovna. La
única culpable es esa cocinera finlandesa que usted tiene, o, por decirlo mejor, la pasión
que usted tiene por ella: ¿por qué no me ha contestado cuando le he preguntado si usted
estaba y por qué me ha conducido aquí sin decir palabra? Luego, usted comprenderá, me
ha parecido tan monstruoso salir del dormitorio de una mujer, que he decidido soportar
en silencio todos sus insultos antes que mostrarme… ¿Se sigue usted riendo, Catalina
Nicolaievna?
-¡Vete, vete, fuera de aquí! – gritó Tatiana Pavlovna, casi empujándome -. No le tome
usted en cuenta sus mentiras, Catalina Nicolaievna, ya le dije antes que desde Moscú me
lo han descrito siempre como un chiflado.
-¿Un chiflado? ¿Desde Moscú? ¿Quién y cómo? Pero poco importa, basta ya. Catalina
Nicolaievna, se lo juro por lo que hay para mí de más sagrado: esta conversación y todo
lo que he oído quedará entre nosotros… ¿Es culpa mía si he descubierto sus secretos?
Además desde mañana dejo de ir a casa de su padre. Así es que puede usted estar
tranquila sobre la suerte del documento que está buscando.
-¿Cómo…? ¿De qué documento habla usted?
Catalina Nicolaievna se turbó tanto, que se puso muy pálida. Quizá sólo me lo pareció.
Comprendí que había dicho demasiado.
Salí rápidamente. Me acompañaron sus miradas silenciosas en las que se leía un
extraordinario asombro. En una palabra. yo les había planteado un enigma…
CAPÍTULO IX
Me apresuré a volver a casa y, ¡oh maravilla!, estaba muy contento de mí mismo. Sin
duda, no se habla así a mujeres, y sobre todo a tales mujeres, o más exactamente a tal
mujer, porque yo no tomaba en cuenta a Tatiana Pavlovna. Quizá no está permitido
decirle a la cara a una mujer de semejante categoría: « ¡Me cisco en sus intrigas!» , pero
yo lo había dicho y por eso estaba contento. Sin hablar de lo demás, estaba seguro al
menos de que, por haber adoptado aquel tono, yo había borrado todo lo que había de
ridículo en mi posición. Pero no tuve tiempo de pensar largamente en todo aquello: mi
cerebro estaba ocupado por Kraft. No es que me atormentase mucho, pero a pesar de todo
yo estaba conmovido hasta el fondo del alma; y hasta el punto de que el sentimiento
ordinario de placer que experimentan los hombres en presencia de la desgracia del
prójimo, por ejemplo cuando alguien se rompe una pierna, pierde el honor, se ve privado
de un ser querido, etc., aquel mismo sentimiento ordinario de innoble satisfacción cedía
en mí enteramente a otro sentimiento, a una sensación extremadamente imperiosa, a la
pena, al dolor… si es que aquello era el dolor, lo ignoro… en todo caso a un sentimiento
extremadamente poderoso y bueno. Y por aquello también estaba yo contento. Es
asombrosa la multitud de ideas extrañas que pueden atravesarle a uno el espíritu
precisamente cuando se está sacudido por alguna noticia colosal que debería, parece,
ahogar los demás sentimientos y dispersar todas las ideas extrañas, sobre todo las ideas
sin importancia; ahora bien, son éstas, por el contrario, las que se presentan. Me acuerdo
de eso todavía; me vi cogido poco a poco por un temblor nervioso bastante sensible, que
duró aigunos minutos a incluso todo el tiempo que permanecí en casa para explicarme
con Versilov.
Aquella explicación tuvo lugar en circunstancias singulares e insólitas. He dicho ya que
vivíamos en un pabellón que había en el patio; aquel alojamiénto llevaba el número 3.
Incluso antes de meterme debajo de la puerta cochera, oí una voz de mujer, que
preguntaba en voz alta, con impaciencia a irritación: «¿Dónde está el partido número
trece?» Era una señora que acababa de abrir la puerta de una tiendecilla contigua. Pero
sin duda no le contestaron nada o hasta la mandaron a paseo, puesto que bajó los
escalones con cólera y desesperación.
-¿Pero dónde está el dvornik? – gritó dando pataditas.
Hacía mucho tiempo que yo había reconocido aquella voz.
-Voy al partido número trece – dije acercándome a ella -. ¿Por quién pregunta usted?
-Hace una hora que estoy buscando al dvornik, le he preguntado a todo el mundo, he
subido todas las escaleras.
-Es en el patio. ¿No me reconoce usted?
Pero ya me había reconocido.
-¿Quiere usted ver a Versilov? Tiene usted algún asunto con él; yo también – continué -.
He venido a decirle adiós para siempre. ¡Vamos a11á!
-¿Es usted hijo suyo?
–Eso no significa nada. Admitamos, si usted quiere, que sea su hijo. Aunque me llamo
Dolgoruki. Soy ilegítimo. Este señor tiene una multitud de hijos ilegítimos. Cuando la
conciencia y el honor lo exigen, incluso un hijo legítimo abandona la casa. Eso está ya en
la Biblia. Además, ha recibido una herencia que no quiero compartir. Me contento con el
trabajo de mis manos. Cuando es preciso, un corazón generoso sacrifica hasta su propia
vida. Kraft se ha matado por la idea, figúrese usted, Kraft, un joven que hacía concebir
tantas esperanzas… ¡Por aquí, por aquí! Vivimos en un pabellón aislado. Ya en la Biblia
se lee que los hijos abandonan a sus padres y fundan su nido,… Cuando la idea le arrastra
a uno… cuando la idea está ahí… La idea lo es todo, todo está en la idea…
Continué algún tiempo aquel parloteo, hasta el momento en que llegamos a nuestra
casa. El lector ha notado sin duda que no me ahorro nada y que me trato como es debido.
Quiero aprender a decir la verdad. Versilov estaba en casa. Entré sin quitarme el abrigo;
ella, lo mismo. Iba vestida muy ligeramente; sobre un vestido oscuro se agitaba en alto un
trozo de no sé qué, destinado a figurar como cuello o mantellina; llevaba a la cabeza un
viejo gorro raído que estaba lejos de embellecerla. Cuando entramos en la sala, mi madre
ocupaba su sitio acostumbrado delante de su labor, mi hermana salió de su habitación
para mirar y se detuvo en el umbral. Versilov, como de costumbre, no hacía nada y se
levantó para recibirnos… Clavó en mí una mirada severa a inquisitiva.
-Yo no tengo nada que ver con esto – me apresuré a asegurarle al mismo tiempo que me
apartaba -, he encontrado a esta señorita delante de la puerta; le buscaba a usted y nadie le
daba razón. Pero también yo tengo mi asunto, que tendré el placer de explicarle
inmediatamente…
Versilov no dejó de examinarme de una manera curiosa.
-¡Permítame! – comenzó a decir la muchacha con impaciencia.
Versilov se volvió hacia ella.
-He reflexionado largamente sobre el motivo que le impulsó a usted ayer a dejarme este
dinero… Yo… en una palabra, ¡he aquí su dinero! – Casi lanzó un grito como horas antes,
y arrojó sobre la mesa un puñado de billetes -. He tenido que it a la Oficina de
Direcciones para saber dónde vivía usted, de lo contrario habría venido antes. Escuche
usted – dijo volviéndose de repente hacia mi madre, que palideció de una manera terrible
-.No quiero ofenderla, tiene usted aspecto de ser una persona honrada y quizá ésa es hija
de usted. Ignoro si es usted su mujer, pero sepa que este caballero recorta de los
periódicos los anuncios que publican con sus últimos copeques las institutrices y
profesoras y se dedica a visitar a esas desgraciadas, buscando ventajas deshonestas,
apabullándolas con su dinero. No comprendo cómo pude aceptar ayer su dinero. ¡Tenía
un aire tan leal! ¡Cállese, no diga una palabra! ¡Es usted un sinvergüenza, caballero!
Incluso aunque tuviese usted intenciones honradas, no quiero limosnas suyas. ¡Ni una
palabra, ni una palabra! ¡Oh, qué contenta estoy de avergonzarle delante de sus mujeres!
¡Que Dios le maldiga!
Se escapó rápidamente, pero en el umbral se volvió un instante para gritar tan sólo:
-¡Se dice que ha recibido usted una herencia!
En seguida desapareció como una sombra. Insisto una vez más: era una furia. Versilov
estaba profundamente impresionado. Se quedó inmóvil, con sire soñador, como
meditando en algo; por último, se dirigió a mí bruscamente:
-¿Tú no la conoces de nada?
-La he visto esta mañana por casualidad en casa de Vassine. Se agitaba por el corredor,
lanzaba gritos y soltaba rmaldiciones contra usted. Pero no hemos hablado y no sé nada
de ella. Ahora acabo de encontrármela ante la puerta. Será sin duda la profesora del
anuncio de ayer, la que «da lecciones de aritmética».
-Ella es. Una vez en mi vida que hago una buena acción y… Y a ti, ¿qué te trae por
aquí?
-¡He aquí una carta! – respondí -. No hace falta darle explicaciones: procede de Kraft, y
él la recibió del difunto Andronikov. El contenido se lo explicará a usted todo. Debo añadir
que nadie en el mundo conoce ahora la existencia de esta carta, excepto yo, puesto
que Kraft, que me la entregó ayer, se mató inmediatamente después de mi visita…
Mientras que yo hablaba, jadeante y apresurándome, cogió la carta y, teniéndola en
suspenso en su mano izquierda, continuó examinándome atentamente. Cuando le anuncié
el suicidio de Kraft, le miré a la cara para ver el efecto producido. Pues bien, ¿qué creerán
ustedes? La noticia no le produjo la menor impresión. Ni siquiera levantó las cejas. A1
contrario, viendo que me había detenido, agarró sus lentes, de los que no se desprendía
nunca y llevaba colgados de una cinta negra, aproximó la carta a una bujía y, después de
un vistazo a la firma, empezó a descifrarla. No sabría decir lo mucho que me hirió aquella
orgullosa insensibilidad. Él debía de conocer muy bien a Kraft. ¡Una noticia, a pesar de
todo, tan extraordinaria! Además, naturalmente, me habría gustado causar cierto efecto.
Después de medio minuto de espera, sabiendo que la carta era larga, volví la espalda y
me fui. Tenía preparada la maleta
desde hacía mucho tiempo, no me quedaba más que hacer un paquete con algunos
objetos. Pensé en mi madre: no me había acercado a ella. Diez minutos más tarde, cuando
ya estaba casi listo y me disponía a it a buscar un coche de caballos, mi hermana entró en
mi buhardilla.
-Toma, mamá te devuelve tus sesenta rublos y te ruega una vez más que la excuses por
haber hablado de ellos a Andrés Petrovitch. Y además, ten estos veinte rublos. Ayer diste
para tu pensión cincuenta rublos: mamá dice que no tiene derecho a pedirte más de
treinta, porque ella no ha gastado más en ti, y te devuelve los veinte rublos que sobran.
-Gracias, si es que dice la verdad. Adiós, hermana, me voy.
-¿Adónde vas?
-Por lo pronto al albergue, con tal de no pasar una noche más en esta casa. Dile a mamá
que la quiero.
-Ella lo sabe. Sabe que quieres también a Andrés Petrovitch. ¿Cómo no te da vergüenza
de haber traído aquí a esa desgraciada?
-No la he traído yo, te lo juro. Me la encontré delante de la puerta.
-No, eres tú quien la has traído.
-Te aseguro…
-Reflexiona, interrógate, y verás que también tienes tú la culpa…
-La verdad es que estoy muy contento de haber avergonzado a Versilov. Figúrate que
tiene de Lidia Akhmakova un niño de pecho… Pero no vale la pena que te hable de esto…
-¿Él? ¿Un niño de pecho? ¡Pero no es suyo! ¿Dónde has oído contar semejante
mentira?
-¿Qué sabes tú de eso?
-¿Cómo no voy a saberlo? Soy yo quien ha criado ese niño en Luga. Escucha, hermano,
veo desde hace tiempo que, sin saber nada, ofendes a Andrés Petrovitch y a mamá al
mismo tiempo.
-Pues bien, si él tiene razón, seré yo el que estaré equivocado, eso es todo. Pero no por
eso os quiero menos. ¿Por qué te pones colorada, hermana? Bueno, ahora te pones más
colorada todavía. A pesar de todo, provocaré en duelo a ese principillo por la bofetada
que le dio a Versilov en Ems. Si Versilov se portó bien con Akhmakova, con mucha más
razón aún.
-¿Qué estás diciendo, hermano? Piensa un poco.
-Es una suerte que el pleito se haya acabado… Vamos, ahora se te ocurre ponerte pálida.
-Pero el príncipe no se batirá contigo – sonrió Lisa con una pálida sonrisa a través de su
espanto.
-Entonces lo insultaré públicamente. ¿Qué tienes, Lisa?
Había palidecido hasta el punto de no poderse tener de pie y se había dejado caer sobre
el diván.
-¡Lisa!
Era su madre, que la llamaba desde abajo.
Se repuso y se levantó; me dirigió una tierna sonrisa.
-Hermano, déjate de esas tonterías o espera a estar más enterado. Lo que sabes es muy
poco.
-Me acordaré, Lisa, de que has palidecido al saber que voy a batirme en duelo.
-Sí, sí, acuérdate.
Sonrió una vez más en señal de despedida y bajó.
Llamé a un cochero y con su ayuda trasladé mis cosas. Nadie en la casa me puso
obstáculo ni me detuvo. No fui a despedirme de mi madre para no tenerme que encontrar
con Versilov. Cuando ya estaba montado en el coche, se me ocurrió una idea:
-Fontanka, Puente de San Simeón – ordené inopinadamente.
Y volví a casa de Vassine.
II
Había pensado de pronto que Vassine ya sabía la noticia, y quizá sabía de aquello cien
veces más que yo. Eso es lo que sucedió. Vassine me comunicó inmediatamente y con
amabilidad todos los detalles, por lo demás sin gran calor. Deduje que estaba fatigado, y
era verdad. Había estado por la mañana en casa de Kraft. Kraft se había pegado un tiro de
revólver (¡aquel mismo revólver!) la víspera, una vez que se hizo completamente de
noche, como se desprendía de su diario. La última anotación estaba hecha justamente
antes del suicidio: escribia que estaba casi en tinieblas, y que distinguía apenas las letras;
pero que no quería encender la bujía, por miedo a dejar tras él un incendio. «En cuanto a
encenderla para apagarla, antes de acabar con mi vida, no quiero», agregaba
extrañamente en la última línea. Aquel diario lo había empezado la antevíspera, recién
llegado a Petersburgo, antes de la visita a casa de Dergatchev. Después de mi salida,
había anotaciones todos los cuartos de hora; las tres o cuatro últimas habían sido hechas
cada cinco minutos. Me asombré mucho de que Vassine, habiendo tenido tanto tiempo
aquel diario bajo su mirada (se lo habían dado a leer), no hubiese sacado copia, tanto más
cuanto que no tenía mucho más de una hoja y todas las anotaciones eran cortas: « ¡por lo
menos la última página! » Vassine me hizo notar con una sonrisa que se acordaba de
todo, que las anotaciones no tenían sistema ninguno y que estaban hechas a propósito de
todo lo que había pasado por la cabeza del suicida. Yo iba a responderle que eso era
justamente to que le daba más valor, pero renuncié a insistí para que se acordase de alguna
frase. Se acordó en efecto de algunas líneas, trazadas aproximadamente una hora antes
del disparo y en las que se decía que «tenía escalofríos»; «que, para calentarse, le daban
ganas de beber un trago, pero que la idea de que el derramamiento de sangre podría ser
así más abundante, lo había detenido».
-Y poco más o menos, todo es por este estilo – concluyó Vassine.
-¡Y a eso lo llama usted tonterías! – exclamé yo.
-¿Cuándo he hablado de tonterías? Me he limitado a no sacar copias. Pero, si no
tonterías, ese diario es verdaderamente muy vulgar, o más bien natural, es decir,
precisamente lo que debía ser en semejante caso…
-¡Pero los últimos pensamientos, los últimos pensamientos!
-Los últimos pensamientos son a veces asombrosamente nulos. Conozco a un suicida
que se queja en su diario por no ser asaltado, en una hora tan grave, por ningún
«pensamiento superior»: nada más que pensamientos vacíos y fútiles.
-¿Y el escalofrío, es también un pensamiento vacío?
-¿Quiere usted hablar del escalofrío o más bien del derramamiento de sangre? Es un
hecho sabido que muchos de los que tienen vigor para pensar en su muerte inminente,
voluntaria o no, con mucha frecuencia se llegan a preocupar por el estado en que se
encontrarán sus cuerpos. En este sentido era como Kraft temía un derramamiento de
sangre demasiado intenso.
-Ignoro si es un hecho sabido… y si es exacto – refunfuñé -, pero me asombra que
juzgue usted todo esto una cosa tan natural. Sin embargo, no hace tanto tiempo que Kraft
conversaba, se conmovía, estaba sentado entre nosotros. ¿Es posible que no tenga usted
lástima de él?
-Oh, desde luego, tengo lástima de él, pero ésa es otra cuestión. De todos modos, el
mismo Kraft ha presentado su muerte bajo el aspecto de una deducción lógica. Parece
que todo lo que se dijo ayer de él en casa de Dergatchev es exacto; ha dejado un gran
cuaderno lleno de conclusiones científicas, según las cuales los rusos son una raza de
segundo orden, todo eso basado en la frenología a incluso en las matemáticas, y
consiguientemente, no vale la pena vivir cuando se es ruso. Si usted quiere, lo que hay en
esto de más característico es que uno puede deducir todas las conclusiones lógicas que
quiera, pero volarse los sesos a causa de esas conclusiones es cosa que no ocurre todos
los días.
-Por lo menos hace falta rendir homenaje a su carácter.
-Y quizá también a otra cosa – observó Vassine evasivamente.
Pero estaba claro que pensaba en la estupidez o en la debilidad de mollera. Todo
aquello me irritaba.
-Fue usted mismo quien habló ayer de los sentimientos, Vassine.
-Y tampoco -los niego hoy. Pero, en presencia del hecho consumado, encuentro en él
algo tan groseramente erróneo, que mi juicio severo me despoja, a pesar mío, hasta de la
lástima.
-Mire, yo había ya adivinado al verle que hablaría usted mal de Kraft y, para no oírselo
decir, había resuelto no preguntarle su opinión; pero me la ha expresado usted mismo y a
mi pesar me veo obligado a estar de acuerdo; y sin embargo, me siento descontento de
usted. Kraft me da lástima.
-Nos estamos apartando, usted sabe..
-Sí, sí… – interrumpí yo -. Pero lo que es tranquilizador al menos es que siempre en
tales casos los supervivientes, jueces del difunto, pueden decirse: «Es inútil que el suicida
sea un hombre digno de lástima y de indulgencia; nosotros permanecemos, y por
consiguiente no hay por qué afligirse demasiado.»
-Sí, es exacto, si se adopta ese punto de vista. Ah, pero creo que usted bromea. Es muy
ingenioso. Tengo la costumbre de tomar té a esta hora. Voy a encargarlo. Seguramente
me hará usted compañía.
Y salió, midiendo con los ojos mi maleta y mi paquete.
Me habría gustado soltar alguna frase maligna para vengar a Kraft. La dije como mejor
pude, pero lo más curioso era que en un principio él había tomado en serio. mi expresión
de «nosotros permanecemos». Sin embargo, como quiera que fuese, él tenía más razón
que yo, incluso en cuestión de sentimientos. Yó lo reconocía así en mi fuero interno sin el
menor disgusto, pero comprendía claramente que no lo estimaba.
Cuando trajeron el té, le expliqué que le pedía hospitalidad por una noche solamente y
que, si era imposible, no tenía más que decirlo: iría al albergue. A continuación le expuse
brevemente mis razones, aduciendo con toda franqueza que me había peleado para
siempre con Versilov, sin entrar en detalles. Vassine me escuchó atentamente, pero sin
ninguna emoción. Por lo general, se limitaba a responder a las preguntas, por lo demás
amablemente y de manera bastante completa. De la carta a propósito de la cual había
venido por la mañana a pedirle consejo, no dije ni palabra; le expliqué mi visita anterior
como una simple visita. Después de la palabra dada a Versilov de que aquella carta no era
conocida por nadie excepto yo, no me consideraba ya con derecho a hablar de ella a
quienquiera que fuese. Por otra parte, me resultaba particularmente desagradable hablar
de ciertas cosas con Vassine. De ciertas, pero no de otras: conseguí interesarle contándole
las escenas ocurridas en el corredor y en casa de las vecinas y que habían tenido su
epílogo en casa de Versilov. Me escuchó con extraordinaria atención, sobre todo en lo
referente a Stebelkov. Cuando le hablé de las preguntas que Stebelkov hizo a propósito
de Dergatchev, me instó a que se las repitiera dos veces a incluso se puso pensativo; pero
al final estalló en una carcajada. De repente me pareció en aquel instante que nada ni
nadie podría nunca turbar a Vassine; esa idea se presentó en mí, si recuerdo bien, en
forma muy halagadora para él.
–No he podido sacar gran cosa de lo que me ha dicho el señor Stebelkov – concluí a
este respecto -, habla evasivamente… hay siempre en él un no sé qué demasiado ligero…
Inmediatamente Vassine puso un semblante grave.
-Cierto que no posee el don de la palabra, pero es solamente a primera vista; le ha
sucedido el hacer observaciones de una extraordinaria justeza; por lo demás, esta gente
abunda en hombres prácticos, hombres de negocio más bien que de pensamiento; es
preciso tomarlos tal como son…
Era exactamente lo que yo había adivinado mucho antes.
-Sin embargo, la verdad es que ha causado en casa de sus vecinas un gran escándalo y
¿quién sabe cómo habrá terminado todo eso?
A propósito de esas vecinas, Vassine me contó que estaban allí desde hacía unas tres
semanas y que habían venido de provincias; que tenían una habitación muy pequeña y
que, según todas las apariencias, eran muy pobres; que estaban a11í aguardando algo. No
sabía que la joven hubiese puesto un anuncio en los periódicos como profesora, pero se
había enterado de que Versílov les había hecho una visita; había sido estando él ausente,
pero la patrona se lo había dicho. Las vecinas, por el contrario, no hablaban con nadie, ni
siquiera con la patrona. Había notado en los últimos días que, en efecto, algo no
marchaba bien en aquella casa, pero nunca había habido escenas como las de hoy.
Recuerdo nuestra conversación a propósito de las vecinas a causa de las consecuencias;
en el partido de ellas reinaba en aquel momento un silencio de muerte. Vassine se enteró
con mucho interés de que Stebelkov había juzgado necesario hablar de las vecinas a la
patrona y que había repetido por dos veces: «¡Ya verán!, ¡ya verán!»
-Y ya verá usted – agregó Vassine – que esta idea no se le ha ocurrido sin motivo; en
este aspecto, tiene una vista muy penetrante.
-Entonces, según usted, ¿sería preciso aconsejarle a la patrona que las pusiera en la
calle?
-No, no es cuestión de ponerlas en la calle, pero me temo que haya jaleo… Por lo
demás, todas esas historias, de una manera o de otra, acaban siempre… Dejemos esto.
Sobre la visita de Versilov a las vecinas, se negó categóricamente a dar su opinión.
-Todo es posible. El buen hombre se ha sentido con dinero en el bolsillo… Por otra
parte, es posible también que haya querido sencillamente dar una limosna; eso entra
dentro de sus tradiciones y tal vez también dentro de sus inclinaciones.
Le conté los comentarios de Stebelkov sobre «el niño de pecho».
-En eso, Stebelkov está en un completo error – declaró Vassine con una seriedad y un
acento muy especiales (todavía me parece estar oyéndole) -. Stebelkov se fía a veces
exageradamente de su sentido práctico, y se apresura a extraer conclusiones conforme a
su lógica, a menudo muy penetrante. Y sin embargo el acontecimiento puede adoptar un
color infinitamente más fantástico y totalmente inesperado, si se tiene en cuenta a las
personas en juego. Esto es to que ha pasado aquí: conociendo una parte del asunto, él ha
llegado a la conclusión de que el niño pertenece a Versilov; y sin embargo no es así.
Insistí, y he aquí de lo que me enteré, con gran asombro por mi parte: el niño (mejor
dicho, la niña) era del príncipe Sergio Sokolski. Lidia Akhmakova, a causa de una
enfermedad o sencillamente de su carácter caprichoso, obraba a veces como una
verdadera loca. Se había enamorado del príncipe antes de la llegada de Versilov, y el
príncipe «no se había recatado en aceptar su amor», según la expresión de Vassine.
Aquellas relaciones duraron un instante. Se pelearon, como ya se sabe, y Lidia puso al
príncipe en la calle, «cosa de la que, parece ser, éste se alegró».
-Era una muchacha muy extraña – añadió Vassine -; es muy posible que jamás haya
disfrutado del uso completo de la razón. Pero al marcharse a París, el príncipe ignoraba
totalmente el estado en que dejaba a la víctima, lo ignoró hasta el final, hasta su regreso.
Versilov, convertido en amigo de la joven, le ofreció el matrimonio, precisamente a causa
de su estado ya visible y que, por lo que parece, los padres no sospecharon casi hasta el
final. La joven se sintió muy conmovida, y en la propuesta de Versilov vio algo más que
un sacrificio, aun apreciando también este último. Por lo demás, también él supo
adaptarse. La niña nació un mes o seis semanas antes de tiempo, fue dada a criar en algún
sitio de Alemania y luego recogida por Versilov y se encuentra ahora en Rusia, en Petersburgo
quizá.
-¿Y las cerillas de fósforo?
-De eso no sé absolutamente nada – dijo Vassine -. Lidia Akhmakova murió quince días
después del parto; lo que haya pasado, lo ignoro. El príncipe se enteró, recién llegado de
París, de la existencia de la niña, y, por lo que parece, no creyó al principio que fuera
suya… En fin, por todas partes, hasta ahora, se ha mantenido esta historia en secreto.
-Pero ¿qué tipo es entonces ese príncipe? – exclamé yo, indignado -. ¿Es ésa una
manera de comportarse con una muchacha que está enferma?
-Entonces no estaba tan enferma—. y además fue ella misma quien lo echó… Cierto que
tal vez él se precipitó demasiado en aprovecharse de la despedida.
-¿Justifica usted a un canalla semejante?
-No, únicamente que no lo llamo canalla. Hay en esto una cosa distinta de la canallada.
Por lo demás, es un asunto bastante vulgar.
-Dígame, Vassine, ¿lo ha conocido usted de cerca? Me gustaría mucho conocer su
opinión, a causa de una circunstancia que me interesa enormemente.
Pero entonces Vassine se puso a contestar con extremada reserva. Conocía al príncipe,
pero, sobre las circunstancias en que hubiese hecho aquel conocimiento, guardaba un
silencio premeditado. Me dijo a continuación que su carácter le daba derecho a alguna
indulgencia.
-Está lleno de buenas inclinaciones, se deja influir, pero no tiene ni bastante razón ni la
voluntad suficiente para dominar sus deseos. Es un hombre sin cultura; un conjunto de
ideas y de cosas que están por encima de él; y, a pesar de eso, se lanza más a11á. Por
ejemplo, le martillea a uno los oídos con declaraciones de esta índole: «Soy príncípe y
desciendo de Rurik. Pero, ¿por qué no habría de ser ayudante de zapatero, si tengo
necesidad de ganarme la vida y si soy incapaz de hacer otra cosa? Llevaría como
insignia: príncipe fulano de tal, zapatero. ¿Qué cosa podía haber más noble?» Lo dice y
es capaz de hacerlo, y eso es lo grave. Ahora bien, lo cierto es que no es en absoluto por
convicción, sino simplemente por ligereza de espíritu a impresionabilidad. En seguida
llega fatalmente el arrepentimiento, y entonces está siempre dispuesto a algún
extremismo absolutamente contrario. Y ésa es toda su vida. En nuestra época, hay
muchos hombres que se ven arrastrados así a un callejón sin salida, únicamente porque
han nacido en nuestra época.
Aquello me dejó pensativo.
-¿Es verdad que en cierta ocasión fue expulsado del regimiento? – pregunté.
-Ignoro si fue expulsado, pero el caso es que dejó su regimiento después de algunas
desavenencias. Usted no ignora que, en el otoño pasado, estando ya retirado, pasó dos o
tres meses en Luga.
-¿Yo? Lo único que sé es que por aquel entonces estaba usted en Luga.
-Sí, residí a11í algún tiempo. El príncipe conocíá también a Isabel Makarovna.
-¿Sí? No sabía nada. Bien es verdad que he hablado muy poco con mi hermana… Pero
¿le han llegado a recibir en casa de mi madre? -exclamé.
-¡Oh, no! Fue un conocimiento muy superficial, por medio de una tercera persona.
-Sí, eso encaja con lo que me ha dicho mi hermana sobre la criatura. Porque la niña
también estuvo en Luga, ¿no?
Durante algún tiempo.
-¿Y dónde está ahora?
-Seguramente en Petersburgo.
-No creeré jamás – exclamé muy turbado – que mi madre haya tenido algo que ver con
esta historia, con esa Lidia.
-En esa historia, aparte de todas esas intrigas, que yo no trato de analizar, el papel de
Versilov no tuvo en el fondo nada de execrable – observó Vassine con una sonrisa
indulgente -. Creo que tenía ganas de hablar conmigo de eso, pero él no quería darlo a
entender.
-Nunca, nunca creeré que una mujer – exclamó de nuevo – haya podido ceder su marido
a otra mujer. No, es una cosa que no creeré nunca… ¡Lo repito, mi madre no ha intervenido
en una historia así!
-Me parece sin embargo que ella no mostró oposición alguna.
-En su lugar, por simple orgullo, yo habría hecho otro tanto.
-Por mi parte, me niego completamente a juzgar – concluyó Vassine.
En efecto. Vassine, con toda su inteligencia, no comprendía nada de las mujeres, tanto
que todo un ciclo de idea y de fenómenos le quedaba completamente desconocido. Me
callé. Vassine trabajaba provisionalmente en una sociedad anónima y yo sabía que se
llevaba trabajo a casa. En respuesta a mis preguntas apremiantes, confesó que tenía en
efecto algunas cuentas que hacer, y le rogué calurosamente que no se preocupase por mí.
Aquello creo que le agradó; pero, antes de sentarse a su mesa escritorio, quiso hacerme la
cama en el diván. A1 principio pretendió cederme la suya, pero como me negué, creo que
también eso le agradó. Buscó en casa de la patrona una almohada y una manta; se mostró
extremadamente amable y cortés, pero a mí me desagradaba un poco verle molestarse por
mí. Me había encontrado más a mis anchas, tres semanas antes, cuando pasé la noche por
casualidad en casa de Efim, en Petersburgskaia storona. También él me había hecho la
cama en el divan ocultándose de su tía, suponiendo, no sé por qué, que a ella le
disgustaría enterarse de que los camaradas venían a dormir a su casa. Nos habíamos reído
mucho, habíamos tendido una camisa a modo de sábana y enrollado un abrigo por
almohada. Me acuerdo de que Zvieriev, una vez todo terminado, dio en el divan una
palmadita afectuosa y dijo:
-Vous dormirez comme un petit roi.
Y aquella alegría estúpida, y aquella frase francesa, que tan incongruente resultaba en
sus labios, tuvieron por resultado que pasase en casa de aquel bufón una noche excelente.
En cuanto a Vassine, me sentí encantado cuando, por fin, se sentó a la mesa y me volvió
la espalda. Me tendí en el divan y, mirando a su espalda, reflexioné largamente en
muchas cosas.
III
Había en qué reflexionar. Mi alma estaba turbada, no había nada compacto; pero
algunas sensaciones sobresalían, aunque ninguna consiguiese arrastrarme completamente
tras ella, en vista de su abundancia. Todo espejeaba, por así decirlo, sin vínculo ni
sucesión, y yo mismo no quería detenerme en nada ni establecer ningún orden. Incluso el
recuerdo de Kraft retrocedió insensiblemente al segundo plano. Lo que me turbaba más
era mi propia situación, el hecho de que ahora yo había «roto», que tenía a11í mi maleta,
que no estaba en casa, que comenzaba una vida completamente nueva. Era como si, hasta
aquel día, todas mis intenciones y mis preparativos hubiesen sido cosa de broma y como
si «ahora, de improviso, y sobre todo súbitamente, todo empezase de verdad» . Aquella
idea me animaba y, a pesar de la turbación que sentía por muchas razones, me alegraba.
Pero… pero había otras sensaciones; una de ellas en particular tenía gran deseo de
ponerse al frente y de conquistar mi alma y, cosa extraña, aquella sensación me animaba
también; me impulsaba, por lo visto, a algo alocadamente gozoso. Sin embargo, aquello
había comenzado por el miedo; yo tenía miedo desde hacía tiempo, desde hacía mucho
tiempo, de haber dicho demasiado a Akhmakova, en mi indignación y en mi sorpresa, a
propósito del documento. «Sí, he dicho demasiado – pensaba yo -; seguramente ellas
habrán adivinado algo… ¡Qué desgracia! Desde luego no me dejarán en paz, si se les
ocurre la menor sospecha. En fin, tal vez no me encuentren. Me ocultaré. Pero ¿y si se
ponen a buscarme?…» Entonces me volví a ver, hasta en los menores detalles y con un
placer creciente, frente a Catalina Nicolaievna, volví a ver sus ojos audaces, pero
terriblemente asombrados, mirándome con fijeza cara a cara. Al partir la había dejado en
aquel asombro; «sin embargo sus ojos no son absolutamente negros… sólo las pestañas
son muy negras, y eso es to que hace los ojos tan sombríos.. . »
Y de repente, me acuerdo muy bien, aquel recuerdo me inspiró un terrible disgusto…
despecho, náusea por ella y por mí. Me hacía a mí mismo no sabía qué reproches, trataba
de pensar en otra cosa. «¿Por qué no siento la menor indignación contra Versilov en
cuanto a la historia esa con la vecina?», pensé de pronto. Por mi parte estaba firmemente
persuadido de que se había puesto en plan de conquistador, y de que había venido
únicamente para divertirse, pero en el fondo aquello no me indignaba. Me parecía incluso
que era imposible figurárselo de otra manera y en vano the alegraba de que lo hubieran
avergonzado; yo no lo acusaba. No era eso to que me importaba; era que me había
mirado con tanto odio cuando había entrado yo con la vecina; jamás había tenido él una
mirada así. «¡Por fin, también él me ha tomado en serio!», pensé latiéndome fuertemente
el corazón. ¡Oh, si yo no lo quisiese, no me alegraría tanto por su odio!
Al final me cogió el sueño y me dormí completamente. Como a través de un sueño,
vuelvo a ver a Vassine que, acabado su trabajo, pone cuidadosamente todo en orden y,
después de haber mirado fijamente mi diván, se desnuda y apaga la bujía. Era más de
medianoche.
IV
Dos horas más tarde, algo más, exactamente, me desperté sobresaltado y me senté en
mi diván. Detrás de la puerta, en casa de los vecinos, había gritos horribles, llantos y
aullidos. Nuestra puerta estaba abierta de par en par y, en el pasillo, ya iluminado, la
gente gritaba y corría. Quise llamar a Vassine, pero adiviné. bien pronto que no estaba ya
en su lecho. No sabiendo dónde encontrar las cerillas, cogí a tientas mis vestidos y me
vestí a prisa en la oscuridad. La patrona, y todos los inquilinos quizá, parecían haberse
dado cita en casa de los vecinos. Los aullidos provenían en suma de una sola voz, la de la
vecina de edad, y la joven de ayer, de la que me acordaba muy bien, estaba
completamente silenciosa. Ésa fue la primera observación que me atravesó el espíritu. No
estaba vestido del todo cuando entró Vassine precipitadamente. En un instante, con mano
habituada a hacerlo, encontró las cerillas y alumbró la habitación. Estaba recién
levantado, en camisón de dormir y en babuchas y comenzó en seguida a vestirse.
-¿Qué ha pasado? – le grité.
-¡Una historia muy desagradable y muy enojosa! – respondió casi encolerizado -. Esa
jovencita de la que usted me ha hablado se ha ahorcado en su habitación.
Lancé un grito. ¡No sabría decir hasta qué punto mi alma fue herida por el dolor!
Corrimos al pasillo. No me atrevía, lo confieso, a entrar en casa de los vecinos. Entoces
vi a la desgraciada, ya descolgada, a cierta distancia. Estaba cubierta por un paño, por
abajo apuntaban las dos estrechas suelas de sus zapatos. No miré su rostro. La madre
estaba en un estado espantoso; estaba con ella nuestra patrona, muy poco espantada por
cierto. Todos los inquilinos estaban apiñados. No eran numerosos; solamente un viejo
marino, siempre gruñón y exigente y que sin embargo hoy se mantenía perfectamente
tranquilo, algunos nuevos llegados de la provincia de Tver, un anciano y una anciana,
marido y mujer, personas bastante venerables y que eran funcionarios. No describiré el
resto de aquella noche, las idas y venidas, las visitas oficiales; hasta romper el día, estuve
agitado literalmente por un pequeño temblor rápido y consideré deber mío no acostarme,
aunque no tenía nada que hacer. Todo el mundo por cierto tenía una cara extremadamente
despierta, incluso alegre. Vassine fue a dar un recado, no sé adónde. La patrona se mostró
mujer bastante estimable, más de lo que yo pensaba. La convencí (y me honro de ello) de
que no se debía dejar a la madre tan sola con el cadáver de su hija, y de que debía, al
menos hasta el día siguiente, llevársela a su habitación. Consintió y la madre, aunque se
resistió, debatiéndose y llorando y negándose a abandonar el cadáver, se trasladó sin
embargo a casa de la patrona, que en seguida se puso a encender el samovar. Tras de lo
cual los inquilinos se dispersaron por sus habitaciones y se cerraron con llave. Pero yo no
quise a ningún precio volverme a acostar y permanecí mucho tiempo en casa de la
patrona, que se alegraba de tener a11í a un extraño capaz además de contarle cosas a
propósito del asunto. El samovar fue bien venido, ya que generalmente el samovar es la
cosa más indispensable en Rusia en todas las catástrofes y todas las desgracias, sobre
todo las más espantosas, las más súbitas y más excéntricas; la misma madre bebió dos
tazas de té, naturalmente después de toda clase de súplicas y casi a la fuerza. Y sin
embargo, hablando sinceramente, no he visto jamás desesperación más cruel y más
franca. Después de los primeros sollozos y de los gritos histéricos, comenzó a hablar
incluso muy a gusto, y escuché ávidamente su relato. Hay desgraciados, sobre todo entre
las mujeres, que necesitan en casos análogos hablar to más posible. Hay además
caracteres tan trabajados, por así decirlo, por la desgracia, tan probados a todo lo largo de
sus vidas, tan abrumados por las penas de todas clases, grandes y pequeñas, que nada les
asombra ya, ni las catástrofes súbitas, e, incluso enfrente del cadáver del ser más querido,
no olvidarán jamás una sola de las reglas, tan dolorosamente aprendidas, del arte de
conciliarse la benevolencia. No condeno; no es ni egoísmo vulgar ni educación grosera;
se encontrará tal vez en esos corazones más oro que en las heroínas de muy noble
apariencia, pero la larga costumbre de la humillación, el instinto de la conservación,
aprensiones perpetuas y una larga opresión, las rebajan al fin. En eso, la pobre suicida no
se parecía a su madre. Pero de rostro eran muy parecidas, aunque la muerta fuera
positivamente bella. La madre no era aún vieja, en los alrededores de la cincuentena;
también era rubia, pero con los ojos hundidos y las mejillas huecas y grandes dientes
amarillos y desiguales. Todo en ella era un poco amarillento: la piel de la cara y de las
manos recordaban el pergamino; la bata, de co!or oscuro, había también amarilleado por
la vejez y la uña del índice de su mano derecha, no sé por qué, estaba cuidadosamente
recubierto de cera amarilla.
El relato de la pobre mujer carecía a veces de ilación. Contaré lo que he comprendido y
aquello de lo que me acuerdo.
V
Ellas habían venido de Moscú. Ella era viuda desde hacía mucho tiempo, «pero viuda
de consejero áulico» (75). Su marido había sido funcionario y no le había dejado casi
nada, «salvo doscientos rublos de pensión, pero, ¿qué son doscientos rublos?» Ella había
sin embargo educado a Olia, la había mandado al instituto… « ¡Y qué bien aprendía, qué
bien aprendía! Había recibido a su salida la medalla de plata…» (Aquí, naturalmente,
largos llantos.) Su marido había perdido en casa de un comerciante de Petersburgo un
capitalito de cerca de cuatro mil rublos. Súbitamente ese comerciante había rehecho su
fortuna.
-Tengo papeles, he visto a abogados, me han dicho: «Reclame, y seguramente cobrará
toda la suma…» Es lo que hice, el comerciante se mostró tratable: « Vaya usted misma»,
me dijeron. Hemos hecho nuestras maletas, Olia y yo, y henos aquí desde hace ya un
mes. Tenemos algunos recursos; hemos alquilado esta habitación porque es la más
pequeña de todas, pero en una casa bien, nosotras mismas lo vemos, y para nosotras eso
es lo que cuenta sobre todo: mujeres como nosotras, sin experiencia, todo el mundo
podría hacernos daño. Mire, se le ha pagado a usted el mes, bien que mal, y es que Petersburgo
cuesta mucho. Y nuestro comerciante que se niega a pagar: «No la conozco y
no quiero conocerla», y mis papeles que no están en orden, bien lo veo yo misma. Me
aconsejan ir a ver a un abogado célebre; ha sido profesor, no es un simple abogado, sino
un jurista, de forma que debe decir seguramente to que hay que hacer. He ido a llevarle
nuestros últimos quince rublos; ¡y bien!, se ha mostrado tal como es, y no me ha
escuchado ni tres minutos: «Veo de qué se trata -ha dicho -, lo sé. Si quiere, pagará; si no
quiere, no pagará. Si intenta usted un proceso, puede tener que pagar los gastos. Lo mejor
es obrar amistosamente.» Incluso ha bromeado con el Evangelio: «Haz la paz mientras
estás en camino, antes de pagar lo último as.» Me ha acompañado a la puerta riendo.
¡Quince rublos perdidos! Encuentro de nuevo a Olia, nos quedamos la una frente a la
otra, y lloro… Ella no llora, se queda igual, orgullosa, indignada. Y así ha sido siempre
toda su vida, incluso de pequeñita, nada de ¡oh! ni de ¡ah!, nada de lágrimas, se quedaba
con los ojos severos, yo sentía hasta frío en la espalda al mirarla. Lo creerán ustedes si
quieren; yo tenía miedo de ella, miedo de verdad desde hace mucho tiempo; a veces tenía
ganas de quejarme, pero no me atrevía delante de ella. Volví a casa del comerciante una
última vez, prorrumpí en lágrimas: «Bueno», dijo sin escuchar más. Debo decirles que,
como no contábamos quedarnos tanto tiempo, estamos sin dinero. He vendido alguna
ropa. La llevamos al Monte de Piedad y vivimos de ella. Todo se había ido ya. Entonces
ella me ha dado su última camisa y yo he vertido una lágrima amarga. Ha golpeado con el
pie, ha corrido ella misma a casa del comerciante. Es una viuda; le ha hablado así:
«Venga mañana a las cinco, quizá tenga algo que decirle.» Ella ha vuelto contenta: «He
aquí que ha dicho que tendrá algo que decirme.» Yo también estaba contenta, sólo que
algo me oprimía el corazón: ¡va a pasar algo!, me decía, pero no tenía valor para hacerla
hablar. A los dos días, vuelve de casa del comerciante, pálida, toda temblorosa, y se tira
al lecho: yo había comprendido todo, no me atrevía ni a preguntarle. Bueno, ¿qué es lo
que creen ustedes?: ha sacado quince rublos, el bandido: «Y si te encuentro virgen – le ha
dicho -, añadiré todavía cuarenta más.» Le ha dicho eso cara a cara, sin ruborizarse:
Entoces ella se ha lanzado contra él, según me contó, pero él la ha rechazado con el pie y
se ha encerrado con llave en otra habitación. Sin embargo, se lo confieso a ustedes, sobre
mi conciencia, no teníamos casi nada que comer. Hemos cogido un bolero forrado de
liebre y lo hemos vendido. En seguida ella ha ido al periódico y ha puesto un anuncio:
Preparo para todas las ciencias y para la aritmética. «Me pagarán bien treinta copeques»,
me decía. Y al verla, yo, su madre, hasta rne espantaba. Ella no me decía nada, se
quedaba sentada horas enteras a la ventana, para mirar el tejado de la casa de enfrente,
luego lanzaba un grito:
»-Iré a lavar la ropa, iré a cavar si hace falta.
»Una palabra así y después golpeaba con el pie en el suelo. Y es que no tenemos
amigos aquí, nadie a quien se pueda ir a buscar. ¿En qué vamos a parar? Y yo tengo
siempre miedo de hablar con ella. Duerme en pléno día, de pronto se despierta, abre los
ojos y me mira. Yo estoy sentada sobre el cofre y la miro también. Se levanta sin decir
nada, se acerca a mí, me besa fuerte, fuerte, y las dos no aguantamos más, lloramos así y
nos acobardamos la una por la otra. Era la primera vez que le sucedía eso en su vida.
Estábamos así una y otra, cuando he aquí a vuestro Nastassia que entra y dice:
»-Hay una señora que pregunta por usted.
»Era hace cuatro días. Ella entra, la señora esa: muy bien vestida, hablando ruso, pero
con una especie de acento alemán.
»-¿Ha insertado usted, un anuncio en el periódico? ¿Da usted lecciones?
»La hemos festejado, hemos hecho que se sentara, reía amablemente:
»-No es para mí, es para mi sobrina, que tiene hijos pequeños; venga a vernos, si
quiere, y nos pondremos. de acuerdo.
»Ha dado su dirección: Voznessenski, número tal, partido tal. Y luego se ha marchado.
Mi peqtieña Olio Ira ido a11í, ha corrido allí el mismo día. ¡Y bien!, ha vuelto dos horas
después en plena histeria. Me ha contado en seguida:
-Le pregunto al dvornik: “¿Dónde está el apartamiento número tal?” El dvornik me
mira: “¿Y qué es lo que necesita en ese apartamiento?” Dijo eso en forma extraña, tanto
que se podía ya dudar algo.
Pero ella era tan orgullosa, tan impaciente, que no sufría las preguntas ni las groserías.
-Bueno, vaya -dijo el otro indicándole con el dedo la escalera.
»Le volvió la espalda y se metió en su cuartito. ¿Qué creen ustedes que pasó? Entra,
pregunta y pronto acuden mujeres de todas partes.
»-¡Entre! ¡Entre! .
»Todas se precipitan riendo, cubiertas de joyas falsas, se toca el piano, la arrastran.
»-Yo quería huir, pero ellas no me dejaban.
» Ha cogido miedo, sus piernas no la sostienen; las otras no la soltaban, sino que le
hablaban suavemente, tiernamente, la animaban; se descorchó una botella de Oporto,
querían complacerla. Entonces ella se revolvió, lanzó injurias, toda temblorosa:
»-¡Dejadme! ¡Dejadme!
»Se arrojó contra la puerta, la sujetaron, ella gritaba. Entonces saltó la otra, la que había
venido a casa, le dio a Olia dos bofetadas y la echó fuera.
» -No vales la pena, basura, no mereces habitar en una casa decente.
»Y otra le gritó en la escalera:
»-¡Eres tú misma quien ha venido a ofrecerse, porque no tienes nada que comer en tu
casa; de otra forma, con esa jeta, no te habríamos ni mirado.
»Toda esa noche la pasó con fiebre y delirio. Por la mañana sus ojos brillaban. Se
levanta:
»-Voy a querellarme.
»Yo no digo nada, pero pienso para mí: ¿cómo querellarse? No hay pruebas. Se pasea
de arriba abajo, se retuerce las manos, las lágrimas le corren por las mejillas; pero aprieta
los labios, inmóvil. Desde ese momento, todo el rostro se le ha ennegrecido, hasta el
último instante. Dos días después se encontraba mejor, se la habría creído calmada.
Entonces es cuando ha venido, a las cuatro de la tarde, el señor Versilov.
»Pues bien, lo diré francamente: no puedo todavía comprender cómo Olia, tan
desconfiada, ha podido escucharlo ni siquiera la primera palabra. Lo que nos atraía a las
dos era su aire serio, hasta severo, su forma de hablar dulce, tan educada, hasta
respetuosa, y sin embargo no se veía en él halago alguno: se veía que eso procedía de su
buen corazón:
»–He leído su anuncio en el periódico. No lo ha redactado exactamente como es
preciso hacerlo, y eso podría hasta perjudicarla.
»Luego le ha explicado algo, no he comprendido bien, a propósito de la aritmética. Sólo
he visto que Olia enrojecía (¡debe de ser un hombre muy inteligente! ). Oí incluso que
ella le daba las gracias. Él le ha hecho preguntas, se veía que habitaba en Moscú desde
hacía mucho tiempo, conocía personalmente a una directora de instituto.
»-La encontraré lecciones – dijo -, porque conozco a mucha gente aquí, puedo hasta
preguntar a personas muy influyentes, a incluso si usted quiere una plaza permanente, se
puede estar a la vista… Mientras tanto, perdóneme una pregunta directa: ¿En qué puedo
ahora serle útil? No será usted quien tendrá que estarme agradecida, es usted, al contrario,
quien me causará un placer si me permite hacerle un pequeño servicio. Me lo devolverá,
si quiere, en cuanto haya usted obtenido una plaza. Para mí, créame bajo mí palabra de
honor, si yo cayera un día en el estado en que está usted, y usted, por lo contrario, se
hubiera hecho rica, ¡bien!, no tendría vergüenza de pedirle ayuda, le enviaría a mi mujer
y a mi hija…
»No les diré todas sus palabras, desde luego, sólo que derramé una lágrima al ver los
labios de Olia temblar de reconocimiento. Ella le respondió así:
»–Si acepto es porque tengo confianza en un hombre leal y humano que podría ser mi
padre.
»Lo ha dicho así de bien, tan brevemente, tan noblemente: « ¡un hombre humano! » Él
se levanta en seguida:
»-Nada de eso, nada de eso; le encontraré lecciones y una plaza, me ocuparé hoy
mismo, tanto más cuanto que tiene usted títulos por completo suficientes…
»Pero yo había olvidado decirles que, en seguida, al entrar, él había examinado los
diplomas de ella del instituto, y la interrogó sobre toda clase de temas.
»-¡Cómo me ha preguntado! – me ha dicho en seguida Olia-. ¡Qué inteligente es!, ¡qué
agradable resulta hablar con un hombre tan culto, tan instruido… !
»Estaba toda resplandeciente de alegría. Había sesenta rublos sobre la mesa:
»-Recójalos – me dijo ella -; tendremos una plaza, los devolveremos lo antes posible,
probaremos que somos personas honradas, puesto que, en cuanto a ser delicadas, él ha
visto ya que lo somos. – En seguida se ha callado, yo veía que respiraba profundamente -.
Si fuéramos gentes groseras, no habríamos tal vez aceptado, por orgullo, pero al aceptar,
hemos mostrado así nuestra delicadeza, hemos demostrado que tenemos confianza en él,
un hombre respetable de cabellos blancos, ¿no es verdad?
»Al principio no he comprendido y he dicho:
»-¿Y por qué, Olia, no aceptar un favor de un hombre noble y rico, si además tiene
buen corazón?
»Ella frunció las cejas.
»-No, mamá, no es eso, no es de favor de lo que se trata, sino de humanidad. En cuanto
a lo del dinero, habría quizá valido más no tomarlo: puesto que ha prometido
encontrarme una plaza, eso bastaba… aunque tengamos mucha necesidad de él.
»Y yo:
»-Vamos, Olia, estamos en una situación como para no rehusar – y hasta me he reído al
decir eso.
»Yo estaba contenta por mi parte, sólo que, una hora despues, ella vuelve al tema:
»-Espere un poco, mamá, antes de gastar ese dinero -dijo en tono categórico.
»-¿Cómo? – dije.
»-¡Sí, aguarde! – y no dijo nada más.
»Toda la tarde ha permanecido silenciosa; sólo a la noche, a las dos de la madrugada,
me despierto y oigo a Olia revolverse en la cama:
»-Mamá, ¿no duerme?
»-No.
»-¿Sabe usted?, ha querido ofenderme.
»-¿Qué estás diciendo?
»-Seguramente, seguramente, y sobre todo no gaste un solo copec de su dinero.
»Yo iba a responderle, comenzaba incluso a llorar en mi cama, pero ella se volvió de
cara a la pared diciendo:
»-¡No me responda, déjeme dormir!
»Por la mañana la miro y no la reconozco; lo creerán ustedes o no lo creerán, pero les
juro delante de Dios, ¡ella había perdido ya la razón! Desde que se la había tratado así en
aquella casa infame, su corazón no estaba en su sitio, y su razón tampoco… La miro, esa
mañana, y no sé qué pensar; tengo miedo; me digo: no hay que contradecirla. Me pregunta:
»–Mamá, ¿no ha dejado su dirección?
»-Estás equivocada, Olia; le oíste hablar ayer, has hecho su elogio, en seguida has
estado dispuesta a llorar lágrimas de reconocimiento.
»No le he dicho nada más, pero ella lanza gritos, patea:
»-Usted no tiene más que sentimientos bajos, se ve bien ahí, ¡la vieja educación de la
esclavitud…!
»-¿Qué es lo que no me ha dicho…? Coge su sombrero, se escapa, y le grito en la
escalera. Me digo: « ¿qué es lo que tiene?, ¿a dónde huye?» Había ido a la oficina de
direcciones, para saber dónde habitaba el señor Versilov. Al volver, me dijo:
»-Hoy mismo voy a devolverle su dinero, se lo tiraré a la cara; ha querido ofenderme,
lo mismo que Safronov (era nuestro comerciante), sólo que Safronov lo ha hecho como
rudo mujik, y éste como astuto hipócrita.
»Exactamente en ese mismo momento, llama a la puerta ese señor de ayer:
»-Oigo. que se habla de Versilov; puedo daros noticias de Versilov.
»Al oír ese nombre de Versilov, ella se lanza sobre él, completamente furiosa: se pone a
hablar. Yo la miraba y no creía en mis ojos: ¡ella, tan silenciosa! Jamás había hablado de
aquella forma, y muchísimo menos a un desconocido. Sus mejillas estaban rojas, sus ojos
brillantes… y él:
»-Tiene usted toda la razón. Versilov es exactamente como esos generales que se
describen en los periódicos; el general se coloca todas sus condecoraciones y recorre
todas las amas de llave que insertan anuncios en los periódicos, acude y encuentra lo que
le hace falta; si no lo encuentra, se queda a charlar, promete montañas y maravillas y se
vuelve, y es por lo menos una distracción que se ha procurado.
»Hasta Olia estalla en risotadas, pero es una especie de risa malvada. Ese señor la coge
por la mano y se lleva esa mano a su corazón:
»-Yo mismo tengo cierto capital que podría siempre ofrecer a una bella, pero comienzo
por besar esta gentil manecita…
»Y veo que la atrae para besarla. Ella salta, y yo con ella esta vez, y entre las dos lo
ponemos en la puerta. Por la tarde Olia recoge el dinero, se va corriendo y vuelve
diciendo:
»-¡Mamá, me he vengado de ese grosero!
»-¡Ah, mi pequeña Olia, tal vez es a nuestra fortuna a lo que hemos expulsado, has
ofendido quizás a un hombre noble y bienhechor!
»Lloro de despecho; no podía aguantar más. Entonces ella me grita:
»-¡No quiero, no quiero! ¡Aunque fuera el hombre más honrado del mundo, no quiero
sus limosnas! ¡No quiero que se tenga piedad de mí!
»Me acuesto sin una idea en el cerebro. ¡Cuántas veces lo he mirado, he mirado ese
clavo que tiene usted en la pared, que ha quedado de algún espejo!; ¡pues bien!, no
sospeché nada, ni ayer, ni antes, no adivinaba nada, y sobre todo no me esperaba eso de
mi Olia. Duermo como de costumbre, a puños cerrados, ronco, es la sangre que se me
sube a la cabeza. Otras veces me baja al corazón, y grito en el sueño; entonces Olia me
despierta en la noche:
»-¿Qué significa eso, mamá? Duerme tan profundamente que no se consigue
despertarla cuando hace falta.
»-¡Ah, sí!, mi pequeña Olia, duermo muy profundamente, muy profundamente.
»Por lo que hay que creer que yo roncaba así ayer. Es lo que ella esperaba: entonces se
ha levantado sin temor. Había allí una correa de maleta, una larga correa que se arrastraba
todos estos meses, bien a la vista. Todavía ayer mañana, yo me decía:
»-Habrá que arreglarla, que no se arrastre de esa forma.
»En seguida, sin duda, ha empujado la caja con el pie; para que no hiciese ruido, había
puesto su camisa por debajo. Y, sin duda, me desperté mucho tiempo después, una hora
larga o más. Llamo:
»-¡O1ía, Olia!
»Tuve de pronto una especie de visión para llamarla así. O bien era que no oía su
respiración en la cama o bien distinguía en la oscuridad que su lecho parecía estar vacío.
El caso es que me levanté de repente y alargo el brazo: ¡nadie en la cama, la almohada
está fría! Entonces mi corazón se agita, estoy como sin conocimiento, mi razón se turba.
«Ha debido salir» , me digo. Doy un paso y luego, cerca de la cama, en el rincón, delante
de la puerta, me parece verla de pie. La miro sin decir nada y ella también, en la
oscuridad, me mira sin hacer un movimiento… Pero, ¿por qué está de pie encima de la
silla? Digo muy bajito:
»-Olia, tengo miedo. Olia, ¿me oyes?
Entonces de pronto todo se aclara, doy un paso, me lanzo con los brazos por delante
sobre ella, la abrazo, y ella, ella se balancea entre mis manos, la agarro y continúa
balanceándose. Entonces lo comprendo todo, y no quiero comprender… Quiero gritar, el
grito no viene… ¡Ah!, ¡cuánto pienso! Caigo al suelo y entonces grito… (76).
-Vassine – dije al llegar la mañana, entre cinco y seis -, sin su Stebelkov, todo esto no
habría tal vez sucedido.
-¿Quién sabe? Seguramente habría sucedido. No está permitido juzgar así; todo estaba
ya preparado… Es cierto que a veces este Stebelkov…
No terminó y frunció desagradablemente las cejas. A eso de las seis se marchó; siempre
estaba marchándose. Al fin, me quedé solo. Era de día. La cabeza me daba vueltas ligeramente.
La imagen de Versilov me vino a la memoria: el relato de aquella señora lo
mostraba bajo otra luz. Para reflexionar más cómodamente me estiré en la cama de
Vassine, tal como estaba, vestido y calzado, sin la menor intención de dormir, y de pronto
me quedé dormido, no recuerdo ni cómo pasó, Dormí cerca de cuatro horas; nadie me
despertó.
CAPÍTULO X
I
Me desperté a las diez y media y durante mucho tiempo no creí en mis ojos: sobre el
diván donde había dormido la víspera, estaba sentada mi madre, y al lado de ella la
infortunada vecina, la madre de la suicida. Las dos estaban cogidas de la mano y
conversaban en voz baja, sin duda para no despertarme, y las dos lloraban. Me levanté y
me precipité a abrazar a mi madre. Toda radiante, me besó y me hizo tres veces la señal
de la cruz con la mano derecha. No habíamos pronunciado ni una palabra, cuando la
puerta se abrió: Versilov y Vassine entraron. Mi madre inmediatamente se levantó,
llevándose a la vecina. Vassine me tendió la mano; Versilov no me dijo una palabra y se
dejó caer en la butaca. Mi madre y él estaban allí seguramente desde hacía algún tiempo.
Su rostro estaba tenso y preocupado.
-Lo que más lamento – le explicaba lentamente a Vassine, continuando sin duda la
conversación comenzada – es no haber podido arreglar todo eso ayer tarde. ¡Esta terrible
historia no habría sucedido sin duda! Apenas ella se escapó de mi casa, decidí por mi
parte seguirla hasta aquí y sacarla de su error, pero ese asunto imprevisto y urgente, que
además habría podido muy bien aplazar hasta hoy… a incluso durante una semana, ese
lamentable asunto ha impedido todo y todo lo ha estropeado. ¡Las cosas que pasan!
-Tal vez no hubiera usted conseguido convencerla. Aparte de usted, había ya mucho
rencor acumulado – observó incidentalmente ~ Vassine.
-No, yo habría triunfado. Seguramente habría triunfado. Tenía incluso una idea en la
cabeza, enviar en mi lugar a Sofía Andreievna. La idea me atravesó el espíritu, pero no
hizo más que atravesarlo. Sofía Andreievna habría triunfado y la desgraciada estaría
todavía viva. No, jamás me meteré… en «buenas acciones…» ¡Para una vez que me he
metido! ¡Y yo que pensaba que era aún de mi tiempo, y que comprendía a la juventud
moderna! Sí, vuestros viejos cerebros han envejecido ya antes de madurar. A propósito,
hay una cantidad espantosa de hombres que, por costumbre, continúan considerándose de
la joven generación porque todavía ayer lo eran, y no se dan cuenta de que están ya para
el arrastre.
-Aquí ha habido un equívoco, una confusión demasiado evidente – observó Vassine
atinadamente -. Su madre dice que después de la terrible ofensa de la casa pública ella
había algo así como perdido la razón. Añada a eso las demás circunstancias, la primera
ofensa del comerciante… todo habría podido producirse en otros tiempos exactamente de
la misma forma y no caracteriza en absoluto, según yo, a la juventud de hoy.
-Es más bien impaciente la juventud de hoy, sin hablar, claro es, de esa mediocre
comprensión de la realidad que es propia sin duda de la juventud de todos los tiempos,
pero más aún de la juventud de hoy… Dígame, ¿y qué ha pintado en esto el señor
Stebelkov?
-El señor Stebelkov es la causa de todo. – Era yo el que intervenía en la conversación -.
Sin él, no habría sucedido nada; ha echado aceite al fuego.
Versilov escuchó, pero no me miró. Vassine hizo una mueca de desagrado.
-Me reprocho también una circunstancia ridícula – continuó Versilov sin apresurarse y
arrastrando las palabras -. Me parece que, de acuerdo con mi mala costumbre, me he
permitido con ella una especie de alegría, una risita ligera, en una palabra, no he sido
bastante cortante, seco y sombrío, tres cualidades que, según creo, son también muy
apreciadas por nuestra joven generación… En una palabra, le he dado motivo para
tomarme por un Céladon ambulante.
-Todo lo contrario -interrumpí de nuevo violentamente -, la madre asegura que usted ha
producido una excelente impresión precisamente por su seriedad, incluso su severidad, su
sinceridad. Éstas son sus mismas palabras. La difunta, poco después de marcharse usted,
ha hecho su elogio precisamente en ese sentido.
-¿Si…í?-balbució Versilov, lanzándome al fin una mirada furtiva -. Tome, pues, ese
papel, es indispensable para el caso -..- dijo, tendiendo un trocito minúsculo de papel a
Vassine.
Vassine lo cogió, y, viendo que yo miraba con curiosidad, me lo dio a leer. Era una
nota, dos líneas irregulares garrapateadas con lápiz y probablemente en la oscuridad:
«Mamá, mi querida mamá, perdóneme por haber fracasado en el comienzo de mi vida.
Su Olia que le ha causado dolor.»
-Se ha encontrado esta mañana – explicó Vassine.
-¡Qué billete tan singular! – exclamé, asombrado.
-¿En qué es singular? – preguntó Vassine.
-¿Es que se puede, en un instante como ése, escribir en ese estilo humorístico?
Vassine me miró con aire inquisitivo.
-Este humor es singular – continué -, es jerga escolar… Y bien, ¿quién, pues, en un
momento así y en una nota a su infortunada madre, a su madre a quien ella amaba, se ve
bien claro, puede escribir: «por haber fracasado en el comienzo de mi vida»?
-¿Y por qué no? – Vassine continuaba sin comprender.
-Aquí no hay el más mínimo humor – observó al fin Versilov -. La expresión sin duda
es impropia, chirría, ha podido nacer en efecto de alguna jerga escolar o de cualquier
germanía, como tú has dicho, o bien hasta puede provenir de cualquier novela de folletín,
pero la difunta, al emplearla, no ha observado seguramente que no encajaba en el tono y,
créame, la ha empleado en esa terrible nota con completa inocencia y seriedad.
-Eso es imposible; ella terminó sus estudios y salió con la medalla de plata.
-La medalla de plata no tiene nada que ver. En nuestros tiempos, hay muchos que
terminan sus estudios de esa forma.
-¿Incluso la juventud? — sonrió Vassine.
-De ninguna manera – le respondió Versilov levantándose y cogiendo su sombrero -. Si
la generación actual es menos literaria, posee sin ninguna duda… otros méritos – añadíó
con una seriedad desacostumbrada -. Además, «mucho» no es «todo». Usted, por
ejemplo, yo no le acusaré de poseer un acervo literario insuficiente, y sin embargo usted
es un hombre joven todavía.
–¡Pero Vassine no ha encontrado nada de malo en ese «fracasado en el comienzo»! –
hice notar sin poder contenerme (77 ).
Versilov le tendió silenciosamente la mano a Vassine. Éste cogió también su gorra para
salir con él y me gritó:
-¡Hasta la vista!
Versilov salió sin prestarme atención. Yo tampoco tenía tiempo que perder: ¡era preciso
a todo precio correr en busca de un alojamiento, ahora más que nunca! Mi madre no estaba
ya a11í, había salido, llevándose a la vecina. Me encontré en la calle de un humor
excelente… Una sensación nueva e inmensa nacía en mi alma. Además, como por azar,
todo me salió bien: encontré extraordinariamente pronto un alojamiento perfectamente
conveniente; volveré a hablar después de él, por ahora terminemos con lo esencial.
Era poco más de la una cuando volví a casa de Vassine para recoger mi maleta. Lo
encontré precisamente en casa. Al verme gritó con aire gozoso y sincero:
-¡Cuánto me alegra que me haya encontrado! ¡Iba a salir! Tengo que comunicarle una
cosa que, estoy seguro, le interesará mucho.
-¡Estoy seguro de ello de antemano! – exclamé.
-¡Ah, qué aspecto tan alegre tiene! Dígame, ¿no sabe usted nada de cierta carta que
estaba en casa de Kraft y que cayó ayer en manos de Versilov, a propósito de la herencia
que le ha sido adjudicada? El testador explica en ella su voluntad en un sentido opuesto a
la decisión del tribunal. Esta carta está escrita hace mucho tiempo. En una palabra, no sé
exactamente lo que hay dentro, pero, ¿no sabe usted nada de ella?
-¡Claro que sí! Kraft me llevó anteayer a su casa… desde la casa de esos señores, para
entregarme esa carta, y fui yo quien se la entregó ayer a Versilov.
-¿Sí? Es justo lo que pensaba. Figúrese que el asunto de que hablaba ahora mismo aquí
Versilov, y que le impidió venir ayer tarde a sacar de su error a esa muchacha, ¡bien!, ese
asunto ha sido suscitado por esa carta. Versilov se dirigió ayer tarde a casa del abogado
del príncipe Sokolski, le ha remitido esa carta y ha renunciado a toda la herencia. A estas
horas esta renuncia ha revestido ya forma legal. Versilov no hace un donativo, reconoce
en este acto el justo derecho de los príncipes.
Yo estaba aturdido, pero encantado. A decir verdad, estaba absolutamente convencido
de que Versilov destruiría la carta. Más aún: yo le había dicho a Kraft que eso sería
deshonroso y me lo había repetido incluso en el restaurante, me había dicho que «contaba
con tener que tratar con un hombre puro y no con ése», pero aparte de mí, es decir, en lo
más profundo de mi corazón, consideraba que era imposible obrar de otra forma más que
suprimiendo radicalmente el documento. Es decir, que yo veía en eso la cosa más normal
del mundo. Si, luego, yo hubiera acusado a Versilov habría sido a propósito, en
apariencia solamente, es decir, para conservar sobre él mi superioridad. Pero ahora, al
saber la hazaña de Versilov, sentía un entusiasmo sincero y completo; lamentaba y
condenaba mi cinismo y mi indiferencia en cuanto a la virtud y alcé instantáneamente a
Versilov a una altura infinita sobre mí. Estuve a punto de abrazar a Vassine.
-¡Qué hombre! ¡Qué hombre! ¿Quién habría hecho otro tanto? – exclamaba yo en mi
exaltación.
-Reconozco con usted que muchos hombres no lo habrían hecho… y que este paso es
sin discusión altamente desinteresado…
-¿«Pero»?… Acabe, Vassine, ¿hay un «pero»?
-Claro que sí, hay un «pero». El paso de Versilov, a mi juicio, es un poco rápido, y un
poco menos franco – dijo Vassine sonriendo.
-¿Menos franco?
-Sí. Él quiere concederse, como si se dijera, un «pedestal». Pues, en todo caso, se habría
podido hacer igual sin perjudicarse a sí mismo. Si no la mitad, al menos una cierta parte
de la herencia podría ahora todavía volver a Versilov, incluso con la lealtad más
puntillosa, tanto más cuanto que el documento no tenía valor decisivo y el proceso estaba
ganado. Éste es el parecer del abogado de la parte contraria; acabo de hablar con él. La
decisión no habría sido menos hermosa, y únicamente por deseo de vanidad ha resultado
de otra forma. Sobre todo el stñor Versilov se ha excitado y se ha apresurado demasiado.
¿No dijo él mismo ahora que habría podido aplazarla una semana…?
-¡Ya sabe usted, Vassine! No tengo más remedio que estar de acuerdo con usted, pero…
¡prefiero ver las cosas a mi manera! ¡Esto me gusta más!
-Es cuestión de gusto. Es usted quien me ha provocado, yo no pedía nada mejor que
callarme.
-E incluso aunque haya un «pedestal», ¡de todas formas es mejor así! – continué -. El
pedestal tiene a gala ser un pedestal, no por eso es menos una cola muy estimable. Es a
pesar de todo un «ideal» y, si ciertas almas de hoy no lo tienen, eso no es un progreso;
con una pequeña deformación, si usted quiere, ¡pero prefiero que exista! ¡Y seguramente
usted piensa otro tanto, Vassine, amigo mío, Vassine, mi quetido Vassine! En una
palabra, yo me he entusiasmado, naturalmente, pero usted me comprende bien. De otra
forma, usted no sería Vassine. ¡De todas formas, le cojo a usted y lo abrazo, Vassine!
-¿De alegría?
-¡De alegría inmensa! ¡Pues este hombre «estaba muerto y ha resucitado, estaba perdido
y ha sido encontrado»! Vassine, soy un mal muchacho y no lo merezco a usted. Es desde
luego eso lo que me hace darme cuenta en ciertos momentos de ser otro completamente
distinto, más educado y más profundo. Por haberle lanzado anteayer su elogio en pleno
rostro (lo hïce únicamente porque usted me había humillado y abrumado), ¡lo he
detestado durante dos largos días! Mé prometí, esta misma troche, no venir jamás a verle
y, si vine ayer por la mañana, fue únicamente por rabia, ¿comprende usted bien?, por
rabia. Sentado en esta silla, solo, criticaba su habitación y a usted mismo y a todos sus
libros y a su patrona; me esforzaba en rebajarlo y burlarme de usted…
-No era muy útil el contármelo…
-Ayer por la tarde, habiendo deducido de una de sus frases que usted no comprende a
las mujeres, yo estaba encantado de poder cogerle por ahí. A1 momento, a propósito del
«fracaso del comienzo», estuve otra vez encantado locamente al cogerle en falta, y todo
eso porque yo había hecho su elogio el otro día…
-¡Pero no puede ser de otra forma! – exclamó al fin Vassine (continuaba sonriendo, sin
asombrarse lo más mínimo) -. Pero es lo que pasa siempre, a casi todo el mundo, y hasta
es el primer móvimiento. Sólo que nadie lo confiesa, y además no hace falta confesarlo,
porque eso pasa y no entraña ninguna consecuencia.
-¿A todo el mundo? ¿Es posible? ¿Todos los hombres son así? ¿Y usted, al decir eso,
está tranquilo? Pero, ¡con semejantes ideas, la vida es imposible!
-Entonces, según usted:
Más querida me es la ilusión que nos alza
que mil bajas verdades (78).
-¡Eso sí que es verdad! – exclamé -. ¡Esos dos versos encierran un axioma sagrado!
-No sé nada: no pretendo de ninguna forma decidir si esos versos son verdaderos o no.
La verdad, como siempre, debe de estar en alguna parte en el medio: es decir, en un caso
una santa verdad, y en otro una mentira. No hay más que una cola que sé bien: que
durante mucho tiempo aún esta idea seguirá siendo uno de los grandes puntos de litigio
entre los hombres. Hago observar, en todo caso, qué usted tiene ahora deseos de bailar.
¡Pues bien, baile! El ejercicio es bueno, y yo estoy precisamente esta mañana abrumado
de trabajo… ¡Además ya estamos retrasados!
-¡Me voy, me voy! Una palabra solamente – grité, cogiendo ya mi maleta -. Si alguna
vez me he «lanzado al cuello de alguien», es únicamente porque usted me ha comunicado
la noticia, desde mi llegada, con una alegría tan sincera y porque usted se ha sentido
«dichoso» al yo encontrarle en casa, y eso después de la historia del «fracaso en los
comienzos». Esa síncera alegría ha vuelto por completo mi «joven corazón» a favor de
usted. ¡Pues bien!, adiós, trataré de no venir más durante el mayor tiempo posible, y sé
que eso le será extremadamente agradable. Lo leo en sus ojos. Y además eso será una
cosa excelente para los dos…
Parloteando así y asfixiándome casi con ese divertido coterreo, levanté mi maleta y salí
con ella para mi nuevo alojamiento. Lo que me complacía sobre todo era que Versilov se
hubiese enfadado tan pronto conmigo y se negara a hablarme y a mirarme. Una vez
depositada mi maleta, volé a casa de mi viejo príncipe. Esos dos días sin él me habían
sido, lo confieso, un poco penosos. Además ya él debía estar enterado de la conducta de
Versilov.
II
Yo sabía muy bien que se alegraría al verme y, lo juro, incluso sin Versilov, habría ido
a buscarle hoy mismo. Yo estaba solamente asustado, ayer y ahora mismo, por la idea de
que me encontraría con Catalina Nicolaievna. Pero ahora no tenía ya miedo de nada.
Me abrazó con alegría.
-¡Ese Versílov! ¡Ha visto usted! – comencé en seguida abordando lo esencial.
-¡Cher enfant, mi querido amigo, es tan noble, tan educado! ¡Hasta Kilian (el
funcionario de abajo) ha quedado impresionado! Es una locura por su parte, ¡pero es
magnífico, es una hazaña! ¡Hay que saber apreciar el ideal!
-¿No es eso? ¿No es eso? Siempre hemos estado de acuerdo en este punto.
-Querido, siempre estamos de acuerdo. ¿Dónde estabas? Quería decididamente ir a
verte, pero no sabía dónde encontrarte… Sin embargo no podía ir a casa de Versilov…
aunque hoy, después de todo… Fíjate, amigo mío: he aquí lo que le ha permitido triunfar
de las mujeres, rasgos de este género, estoy seguro…
-A propósito, antes de olvidarlo… Se lo tenía reservado precisamente para usted. Ayer,
un indigno golfillo, injuriando a Versilov en mi presencia, lo trató de «profeta para
buenas mujeres». ¡Qué expresión tan rara! ¿La expresión misma? Se la reservaba para
usted…
-« ¡Profeta para buenas mujeres! » Mais… c’est charmant! ¡Ah, ah, ah! ¡Pero eso le va
tan bien! … ¡o más bien eso no le va en absoluto! ¡Puf!, pero está bien dicho… o más bien
no está dicho nada, pero…
-Eso no importa, eso no importa, no se preocupe; ¡no considere más la frase!
-La frase es admirable y, ya sabes, tiene un sentido muy profundo… ¡La idea es
completamente justa! Quiero decir que tú lo creeras tal vez… En resumen, te cunfiaré un
secretito. ¿Te has fijado el otro día en esa Olimpia? ¿Creerás que siente una debilidad por
Andrés Petrovitch, hasta el punto, creo, de alimentar algo…?
-De alimentar… ¡que tenga cuidado! – grité, adoptando una postura amenazadora, en mi
indignación.
-Mon cher, no grites. Siempre es lo mismo, además tú tienes razón desde tu punto de
vista. A propósito, amigo mío, ¿qué es lo que te sucedió la otra vez, delante de Catalina
Nicolaievna? Vacilaste… creí que ibas a caerte, a iba a lanzarme para sostenerte.
-No es el momento de hablar de eso. Bueno, en una palabra, me sentí confuso por
completo, por cierta razón…
-Y ahora mismo acabas de ruborizarte…
-Y usted tiene necesidad de insistir aún. Usted sabe que ella no es amiga de Versilov:..
luego, todos esos asuntos, ¡bueno!, me he turbado. Vamos, ¡dejemos eso para después!
-Dejemos, dejemos, ya me gustaría a mí… En resumen, soy muy culpable ante ti, y
hasta, tú te acuerdas de eso, gruñí algo entonces… ¡Pero he aquí al príncipe Serioja!
Vi entrar a un oficial joven y hermoso. Lo examiné con ojo ávido porque no le había
visto jamás hasta entonces. Digo hermoso, porque era lo que todo el mundo decía de él,
pero había en ese joven y bello rostro un no sé qué muy poco seductor. Lo anoto aquí
como la primera impresión recibida en la primera ojeada que lancé sobre él y que siempre
he conservado. Era delgado, de buena estatura, castaño. Su tez era brillante, pero tirando
un poco a amarilla, y la mirada decidida. Sus hermosos ojos oscuros parecían ligeramente
severos, incluso cuando estaba perfectamente tranquilo. Pero su mirada decidida era
precisamente desagradable porque se olía. que esta decisión le costaba demasiado barata.
En fin, no sé cómo expresarme… Sin duda su fisonomía era capaz de pasar bruscamente
de la severidad a la amabilidad o a una expresión asombrosamente dulce y acariciadora, y
eso con una indiscutible sinceridad. Esta sinceridad atraía. Un rasgo más: a pesar de su
amabilidad y de su sinceridad, esa fisonomía no estaba jamás alegre; incluso cuando el
príncipe reía de buena gana se sentía a pesar de todo que no debía de tener en su casa una
verdadera alegría, ligera y luminosa… Pero es extremadamente difícil describir un rostro.
Por lo que a mí toca soy absolutamente incapaz de hacerlo. El viejo príncipe se precipitó
en hacernos trabar conocimiento, según su tonta costumbre.
-Mi joven amigo, Arcadio Andreievitch (¡otra vez Andreievitch!) Dolgoruki.
El joven príncipe se volvió hacia mí con una expresión doblemente respetuosa, pero se
veía que mi nombre le era totalmente desconocido.
-Es el… pariente de Andrés Petrovitch – murmuró mi insoportable príncipe. (¡Cuán
insoportables son a veces estos viejecitos, con sus costumbres! )
E1 joven príncipe adivinó en seguida.
-¡Ah! He oído hablar hace mucho tiempo… – dijo rápidamente -. He tenido el gran
placer de conocer, el año pasado, en Luga, a su hermana, Isabel Makarovna… Ella me
habló también de usted—.
Yo mismo me quedé sorprendido: una alegría sincera brillaba en su rostro.
-Permítame, príncipe – balbuceé, llevándome a la espalda los brazos -, debo decirle
sinceramente, y me alegra que sea en presencia de nuestro querido príncipe, que deseaba
mucho encontrarle a usted, y muy recientemente, ayer aún, yo tenía ese deseo, pero con
una intención muy distinta. Lo digo francamente, usted seguramente se asombrará. En
resumen, yo quería provocarle por la injuria que le hizo usted hace dieciocho meses, en
Ems, a Versilov. Y aunque usted tuviera que rechazar mi desafío porque no soy más que
un escolar y un adolescente todavía menor de edad, se lo lanzaría de todas formas,
cualesquiera que fuese su respuesta y lo que usted pudiera hacer… Y todavía hoy, lo
confieso, tengo la misma intención. ..
El viejo príncipe me dijo más tarde que yo había pronunciado esta frase muy
noblemente.
Un disgusto sincero se marcó en el rostro del príncipe.
-No me ha dejado usted terminar – respondió con aire importante -. Si le he dirigido
esas pocas palabras con toda mi buena voluntad, la razón está en los verdaderos
sentimientos que experimento ahora hacia Andrés Petrovitch. Lamento no poder
comunicarle en este mismo momento todas las circunstancias, pero, se lo aseguro por rni
honor, desde hace mucho tiempo considero mi desgraciado acto de Ems con el más
profundo pesar. A1 volver a Petersburgo he resuelto conceder todas las satisfacciones
posibles a Andrés Petrovitch, es decir, pedirle perdón con toda franqueza, literalmente en
la forma que fije él mismo. Influencias muy altas y muy poderosas han sido la causa de
este cambio de opinión. El que hayamos tenido un proceso no ha influido en nada en mi
decisión. Su forma de obrar ayer conmigo me ha emocionado, por decirlo así, y en este
mismo momento, créame, no me he. repuesto todavía. ¡Bueno!, debo prevenirle que he
venido a casa del príncipe para comunicarle un hecho de extremada importancia: hace
tres horas, es decir, exactamente en el momento en que se redactaba ese acta con el
abogado, el hombre de confianza de Andrés Petrovitch ha venido a buscarme y me ha
transmitido de su parte un desafío… un desafío en regla por la historia de Ems…
-¡Él le ha desafiado! – exclamé, y sentí que se me saltaban las lágrimas y me subía la
sangre a la cara.
-Sí, me ha desafiado; he aceptado en seguida el desafío, pero he resuelto, antes del
encuentro, dirigirle una carta exponiéndole el juicio que me merece mi acción y mi pesar
por aquel terrible error… ¡pues no fue más que un error, desgraciado, fatal error! Le haré
notar que mi posición en el regimiento me hace correr un gran riesgo: una carta como esa
en la víspera de un duelo me hace víctima de la opinión pública… ¿comprende? Pero a
pesar de eso yo estaba decidido. Sólo que me ha faltado tiempo para remitirle la carta,
pues, una hora después del reto, he recibido una nueva carta de él en la que me rogaba
que le excuse por haberme importunado, que olvide el reto, y añadiendo que lamentaba
«ese acceso pasajero de cobardía y de egóísmo», éstas son sus propias palabras. Me
facilita así considerablemente el paso… la carta. No la he enviado aún, pero he venido
justamente para decir una palabra al príncipe. Y créame, he sufrido personalmente
reproches de mi propia conciencia infinitamente más que cualquier otro… ¿Le satisface
esta explicación, Arcadio Makarovitch, al menos por el momento? ¿Me hará usted el
honor de creer en mi perfecta sinceridad?
Yo estaba vencido por completo. Veía una franqueza indiscuíible que no me esperaba
de ninguna forma. No aguardaba por cierto nada semejante. Balbucí no sé qué en
respuesta y le tendía mis manos; él las estrechó alegremente entre las suyas. Luego se
llevó al príncipe aparte y habló cinco minutos con él en su habitación.
-Si quiere usted proporcionarme un gran placer – me dijo en voz alta y franca al salir de
casa del príncipe -, vamos a ir juntos y le enseñaré la carta que le envío a Andrés Petrovitch
y, al mismo tiempo, la que he recibido de él.
Consentí con gran placer. Mi príncipe se empeñó ardorosamente en acompañarme hasta
la puerta y me llamó también, un momento, a su habitación.
-Mon ami, ¡qué dichoso soy, qué dichoso soy! … Hablaremos de todo esto después. A
propósito, tengo aquí en mi cartera de mano dos cartas, una que hay que llevar en mano y
explicar personalmente, otra para el Banco, y aquí también…
Y me dio dos recados que pretendía que eran urgentes y exigían, según él, mucho
trabajo y atención. Se trataba de ir a11í, de remitir una carta, de firmar, etc.
-¡Ah, qué astuto es usted! – exclamé, cogiendo las cartas -. Le juro que todo eso no es
más que una falsa propuesta y que no hay absolutamente nada que hacer. ¡Estos dos
recados los ha inventado usted a propósito para hacerme creer que le soy útil y que no
robo mi sueldo!
-Mon enfant, te juro que te engañas. Son dos recados de verdad urgentes… Cher enfant!
– exclamó de pronto enterneciéndose infinitamente -, ¡mi querido jovencito! – Me puso
las manos sobre la cabeza -. Te bendigo lo mismo que a tu destino… Sé siempre tan puro
de corazón como hoy… Sé bueno y bello cuanto te sea posible… Amemos todo lo que es
bello… bajo los aspectos más variados… ¡Vamos, enfin, enfin, rendons grâce… et je to
bénis!
No acabó y sollozó sobre mi cabeza. Lo confieso, estuve a punto de llorar yo también;
al menos abracé sinceramente y con placer a mi original anciano. Cambiamos miles de
besos.
III
El príncipe Serioja (quiero decir Sergio Petrovitch, así lo nombraré de ahora en
adelante) me llevó a su casa en un elegante coche y comencé por admirar la
magnificencia de su apartamiento. O más bien, sin hablar de magnificencia, era un apartamiento
como el que posee «la gente bien»: habitaciones altas y vastas, luminosas (vi
dos, las otras estaban cerradas); muebles que, sin recordar de ninguna forma a Versailles
o a la Renaissance, eran blandos, confortables, suntuosos, muy elegantes; alfombras,
maderas esculpidas y estatuillas. Sin embargo, todo el mundo decía de ellos que eran
miserables, que no tenían nada. Yo había permitido que me dijeran no obstante que ese
príncipe lanzaba la pólvora a los ojos en todo sitio donde podía: aquí, en Moscú, en su
antiguo regimiento, en París, que era jugador y que tenía deudas. En cuanto a mí, yo
llevaba un redingote descolorido y además cubierto de plumas, porque había dormido
completamente vestido, y una camisa de cuatro días. Por cierto que este redingote casi no
estaba ya presentable, pero, una vez en casa del príncipe, me acordé de la recomendación
de Versílov de que me encargara un traje nuevo.
-Figúrese- que me he pasado la noche sin desnudarme, con motivo de un suicidio – dije
con aire distraído.
Pero como manifestó pronto atención, le conté brevemente la historia. Lo que más le
preocupaba sin embargo era su carta. Yo encontraba raro que él no hubiese ni siquiera
sonreído, ni esbozado el menor gesto en ese sentido cuando le anuncié hacía un
momento, de sopetón, que quería provocarlo a un duelo. Sin duda yo había sabido
obligarle a no reírse, pero eso no era menos extraño por parte de un hombre semejante.
Nos sentamos uno enfrente del otro en medio de la habitación, delante de una inmensa
mesa de escritorio, y me enseñó su carta a Versilov, ya lista y puesta en limpio. Ese documento
se parecía mucho a todo lo que acababa de expresarme en casa de mi príncipe;
estaba escrito hasta con calor. Yo no sabía aún, es verdad, qué pensar definitivamente de
esta franqueza aparente y de estas disposiciones hacia el bien, pero comenzaba ya a
dejarme seducir, pues, en suma, ¿que razón tenía para no creer en eso? Quienquiera que
fuese el hombre, y cualesquiera los rumores que corriesen sobre él, no podia menos de
tener buenas inclinaciones. Miré también la última nota de Versilov, siete líneas, para
renunciar a su reto. Él había en efecto hablado claramente y con todas sus letras de su
«cobardía» y de su «egoísmo», pero esa nota se distinguía en su conjunto por cierta
altura… o más bien se sentía en todo este paso no sé qué desdén. Me guardé bien de
decirlo.
-Pero usted, ¿qué piensa de esta renuncia? -pregunté -. ¿No cree que él tenga miedo?
-¡Seguro que no! – sonrió el príncipe, pero con una sonrisa muy seria.
Estaba por cierto cada vez más preocupado. Yo conocía demasiado bien el valor de este
hombre. Naturalmente es una idea mía… una disposición de espíritu que me es
particular…
-Sin duda alguna – le interrumpí calurosamente -. Un tal Vassine dice que en esta
historia de carta y de renuncia a la herencia hay un «pedestal»… deseado. Según yo, estas
cosas no se hacen por exhibición, sino que corresponden a un sentimiento profundo,
íntimo.
-Conozco muy bien al señor Vassine – dijo el príncipe.
-¡Ah!, sí, usted ha debido de verlo en Luga (79).
Nos miramos de pronto y recuerdo haber enrojecido un poco. En todo caso, él
interrumpió la conversación. Yo estaba completamente decidido a hablar. La idea de, un
encuentro que yo había tenido la víspera me incitaba a formularle algunas preguntas, sólo
que no sabía cómo expresarlas. Y en general no me sentía muy a mi gusto. Lo que me
chocaba también era su buena educación, su urbanidad, la naturalidad de sus modales, en
una palabra, todo el lustre que esa gente adquiere casi al salir de la cuna. Yo había notado
en su carta dos faltas gramaticales groseras. En general, en encuentros parecidos, no me
rebajo jamás, al contrario, me hago cortante, lo que a veces puede ser malo. Pero en el
caso presente yo estaba impulsado además por la idea de que estaba cubierto de plumas,
si bien exageré un poco y caí en la familiaridad.,. Había observado muy poco a poco que
el príncipe me examinaba a veces muy fijamente.
-Diga, príncipe – lancé de repente -, ¿no encuentra ridículo, en su fuero interno, que un
«mocoso» como yo haya querido provocarle a un duelo, y sobre todo por una ofensa
hecha a un tercero?
-Cuando se trata de un padre, está permitido ofenderse. No, no veo en eso nada de
ridículo.
-Y a mí me parece que es espantosamente ridículo… desde el punto de vista de otro… es
decir, naturalmente no del mío. Tanto más cuanto que yo soy Dolgoruki, y no Versilov. Y
si usted no dice la verdad, si le quita importancia a las cosas por conveniencias
mundanas, entonces, ¿me engaña también en todo lo demás?
-No, no veo en eso nada de ridiculo – repitió con gran seriedad -. ¡Usted no puede dejar
de sentir en sí mismo la sangre de su padre! … Sin duda, es usted aún joven y… no sé…
pero me parece que un menor no tiene derecho a batirse, y no se tiene derecho a aceptar
su desafío… según los reglamentos… Pero, si usted quiere, no puede haber en esto más
que una objeción seria: si usted lanza su desafío sin que lo sepa el ofendido cuya injuria
quiere usted vengar, manifiesta por eso mismo, en cuanto a él, una cierta falta de respeto.
¿No es verdad?
Nuestra entrevista fue bruscamente interrumpida por un criado que entró a anunciar a
alguien. Al verle, el príncipe, que sin duda lo esperaba, se levantó sin acabar su discurso
y avanzó rápidamente a su encuentro, de tal forma, que el otro habló a media voz y yo no
oí nada.
-Excúseme – me dijo el príncipe -, vuelvo en un minuto.
Y salió. Me quedé solo. Recorrí a grandes zancadas la habitación de arriba abajo,
reflexionando. Cosa extraña, me gustaba y no me gustaba del todo. Había un no sé qué
que no habría sabido decir, pero que me chocaba. «Si no se mofa de ninguna forma de
mí, entonces, sin duda alguna, es terriblemente franco; pero, si se mofase de mí,
entonces… me parecería más inteligente. . . » Esta idea extraña me atravesó el espíritu.
Me aproximé a la mesa y releí la carta a Versilov. Distraído así, no sentí pasar el tiempo y
cuando volví en mí advertí súbitamente que el minuto del príncipe duraba ya un buen
cuarto de hora. Me sentí ligeramente turbado; me puse de nuevo a andar arriba y abajo, al
fin cogí mi sombrero y, lo recuerdo, decidí marcharme: si veía a alguien, mandaría a
buscar al príncipe y, cuando viniera, me despediría de él asegurándole que tenía un
asunto urgente y no podía esperar más. Me pareció que sería lo más digno, pues yo estaba
un poco atormentado por la idea de que, al abandonarme así tanto tiempo, me mostraba
cierto desdén.
Las dos puertas cerradas de esta habitación se encontraban en las dos extremidades de
una misma pared. Como yo había olvidado por cuál habíamos entrado, o más bien por
distracción, abrí una de ellas y de pronto vi, en una habitación larga y estrecha, sentada
en un diván, a mi hermana Lisa. No había nadie más y ella debía de esperar a alguien.
Pero apenas tuve tiempo de asombrarme cuando oí la voz del príncipe que hablaba en voz
alta y volvía a su despacho. Volví a cerrar rápidamente la puerta, y el príncipe, que
entraba por la otra, no advirtió nada. Recuerdo que se deshizo en excusas, habló de no sé
qué Ana Fedorovna… Pero yo estaba tan sorprendido y turbado que no comprendí casi
nada y balbucí que debía obligatoriamente volver a mi casa, después de lo cual salí a
pasos precipitados. Este príncipe tan bien educado debió evidentemente considerar mi
conducta con curiosidad. Me acompañó hasta la antesala hablando siempre, mientras yo
no respondía nada y no lo miraba.
IV
Una vez en la calle, torcí a la izquierda y anduve al azar. Todo se confundía en mi
cabeza. Caminaba lentamente y creo que había andado no poco trecho, unos quinientos
pasos, cuando sentí de pronto que me daban un golpecito suave en el hombro. Me volví y
vi a Lisa: me había alcanzado y me había dado suavemente con la sombrilla. Había en su
mirada radiante una alegría loca, y un asomo de malicia.
-¡Qué contenta estoy porque hayas cogido por este lado! ¡De otra forma no lo habría
encontrado en todo el día!
Ella jadeaba un poco por la marcha tan rápida.
-¡Cómo jadeas!
-¡He corrido tanto para alcanzarte!
-Lisa, ¿eres de verdad tú a quien he visto hace un momento?
-¿Dónde?
-En casa del príncipe… el príncipe Sokolski…
No, no era yo, no has podido verme…
Me callé, y anduvimos una decena de pasos. Lisa estalló en risas.
-¡Era yo, seguro que era yo! ¡Escucha un poco! Pero tú me has visto, me has mirado a
los ojos y yo te he mirado también. ¿Por qué me preguntas si era yo? ¡Qué carácter tan
extraño! Has de saber que sentí unas ganas terribles de reír cuando me miraste a los ojos;
tenías un aspecto demasiado raro.
Ella no podía contener la risa. Sentía que todo mi enojo me abandonaba.
-Pero, ¿cómo diablos te encontrabas a11í?
-En casa de Ana Fedorovna.
-¿Qué Ana Fedorovna?
-Stolbieieva. Cuando vivíamos en Luga pasé en casa de ella días enteros. Ella nos
recibía, a mamá y a mí, y venía también a nuestra casa. Ella no iba, por decirlo así, a casa
de nadie más. Es una pariente lejana de Andrés Petrovitch, y también de los príncipes
Sokolski. Debe de ser poco más o menos abuela del príncipe.
-Entonces, ¿ella vive en casa del príncipe?
-No, es el príncipe quien vive con ella.
-Entonces, ¿de quién es el apartamiento?
-De ella. Hace ya un año que todo el apartamiento es de ella. Ella misma no está en
Petersburgo más que desde hace cuatro días.
-Bueno… ¿sabes una cosa, Lisa? Al diablo el apartamiento y la mujer también…
-No, ella es buena…
-Quiero creerlo; además tiene los medios. ¡Nosotros también somos buenos! Mira un
poco: ¡qué día!, ¡qué buen tiempo!, ¡qué hermosa estás hoy, Lisa! Pero en el fondo no
eres más que una niña terrible.
-Díme, Arcadio, esa muchachita de ayer…
-¡Ay!, ¡qué lástima, Lisa! ¡Qué lástima!
-¡Ah, qué lástima! ¡Qué destino! ¿Tú sabes? Es malo por nuestra parte estar tan alegres
mientras que su alma vuela ahora en las tinieblas en una oscuridad sin fondo, con su
pecado y su resentimiento… Arcadio, ¿quién tiene la culpa de su pecado? ¡Ah, qué
terrible! ¿Piensas alguna vez en esas tinieblas? ¡Ah, qué miedo tengo de la muerte!, ¡y
qué mala es! No me gusta la oscuridad; ¡ah, este sol, cuánto mejor es! Mamá dice que es
malo tener miedo… Arcadio, ¿tú la conoces bien a mamá?
-Todavía bastante poco, Lisa, la conozco bastante poco.
-¡Ah, qué criatura es! ¡Tú debes, tú debes conocerla! Hace falta sobre todo
comprenderla…
-Pero a ti misma, yo no te conocía, y ahora te conozco por completo. En un minuto he
pentrado en ti por completo. Lisa, te esfuerzas en vano en tener miedo de la muerte,
debes ser orgullosa, audaz, valiente. ¡Vales más que yo, infinitamente más que yo! Te
quiero locamente, Lisa. ¡Ah, Lisa! ¡La muerte puede venir cuando quiera; por el
momento, vivamos, vivamos! Lamentemos la pérdida de esa desgraciada, pero
bendigamos la vida. ¿No tengó razón? Tengo mi «idea», Lisa. Lisa, ¿sabes que Versilov
ha renunciado a la herencia?
-¿Cómo no iba a saberlo? Nos hemos abrazado mamá y yo.
-Tú no conoces mi alma, Lisa, tú no sabes lo que era para mí ese hombre…
-¡Vamos, lo sé todo!
-¿Tú lo sabes todo? ¡Seguro! Tienes alma; incluso más que Vassine. Mamá y tú tenéis
ojos penetrantes, quiero decir la mirada, no los ojos, me confundo… Muy a menudo soy
un imbécil, Lisa:..
-¡Hay que llevarte de la mano, eso es todo!
-¡Pues bien!, llévame, Lisa. ¡Qué bueno es mirarte hoy! Pero, ¿sabes que eres adorable?
No había visto nunca tus ojos… Acabo de verlos por primera vez… ¿Dónde los has cogido
hoy, Lisa? ¿Dónde los has comprado? ¿Cuánto has pagado por ellos? Lisa, yo no tenía
amigos, y luego considero esta «idea» como una tontería; pero contigo no es una tontería…
¿Quieres que seamos amigos? ¿Comprendes bien lo que quiero decir?
-Lo comprendo muy bien.
-Y, ¿sabes?, sin contrato, sin condiciones, seremos amigos por las buenas.
-Sí, completamente por las buenas. Sólo hay una condición: si un día nos acusamos el
uno al otro, si estamos descontentos de algo, si estamos de mal humor, si incluso nos
olvidamos de todo, ¡bien no nos olvidaremos jamás de este día ni de esta hora! Démonos
palabra. Prometamos acordarnos eternamente de este día en que nos hemos paseado
juntos, cogidos de la mano, y en que tanto nos hemos reído, y hemos tenido tanta
felicidad… ¿Sí? ¿Dices sí?
-Sí, Lisa, sí, te lo juro. Pero, Lisa, me parece que te oigo por primera vez… Lisa, ¿tú has
leído mucho?
-¡No me habías hecho todavía esta pregunta! Fue ayer, cuando me equivoqué en una
palabra, la primera vez que te dignaste prestarle a esa atención, querido señor, señor Filósofo.
-¿Por qué no hablabas tú, tú misma, si yo he sido tan bestia?
-Esperaba siempre que te hicieras más inteligente. He visto a través de usted desde el
principio, Arcadio Makarovitch. Y pronto me dije: él vendrá, terminará seguramente por
venir. Y he preferido concederle el honor de dar el primer paso: «No – me decía yo -, te
toca a ti ahora correr detrás de mí. »
-¡Ah!, así ha sido la cosa, ¡pequeña coqueta! ¡Bueno!, Lisa, confiésalo francamente, ¿te
has reído mucho de mí este mes?
-¡Caramba!, es que eres muy ridículo, ¡abominablemente ridículo, Arcadio! Y, ¿sabes?,
tal vez te he amado este mes sobre todo por eso, porque eres tan original. Pero con frecuencia
eres un mal original, digo eso para que no te enorgullezcas. Pero, ¿sabes quién se
ríe todavía de ti? Mamá se ha reído, nos hemos reído juntas: « ¡Qué original! », nos
cuchicheábamos, « ¡qué original de todas formas! » Y tú, tú te figurabas durante todo ese
tiempo que estábamos allí temblando ante ti.
-Lisa, ¿qué piensas de Versilov?
-Muchas cosas. Pero, ¿sabes?, no vamos a hablar de él ahora. No es el día, ¿verdad?
-Tienes razón. No, ¡eres terriblemente inteligente, Lisa! Eres seguramente más
inteligente que yo. ¡Bueno! Espera un poco, terminaré con todo esto y luego te diré
quizás una cosa…
-¿Por qué has fruncido las cejas?
-No he fruncido nada por completo, Lisa, no es nada… Mira, Lisa, vale más decirlo
francamente: no me gusta que se me toque con el dedo ciertos lugares cosquillosos de mi
alma… o más bien que se haga exhibición de ciertos sentimientos para que todo el mundo
los admire. Es vergonzoso, ¿no es verdad? Por eso prefiero algunas veces fruncir las cejas
y no decir nada. Tú eres inteligente, debes comprender.
-Pero yo también soy así. Te comprendo perfectamente y, ¿sabes?, mamá también es
así.
-¡Ah, Lisa! ¡Sólo con que pudiésemos vivir mucho tiempo aquí! ¡Cómo! ¿Qué es lo que
has dicho?
-Pero si no he dicho nada.
-¿No me estás mirando?
-Pero tú también me estás mirando. Te miro y te quiero.
La acompañé de vuelta casi hasta la casa y le di mi dirección. Al dejarla, la besé por
primera vez en mi vida…
V
Y todo esto habría estado bien; no había más que una sombra: una idea triste se agitaba
en mí desde la noche y no me salía del alma. Era que, cuando la víspera por la tarde había
encontrado delante de nuestra puerta a esa desgraciada, yo le había dicho que también yo
me iba de la casa, del nido, que se abandonaba a los malvados para fundar su propio nido
para sí mismo, y que Versilov tenía muchos bastardos. Estas palabras de un hijo sobre su
padre habían seguramente confírmado sus sospechas a propósito de Versilov y su
impresión de que él había querido ofenderla. Yo acusaba a Stebelkov, y era tal vez yo
quien había arrojado aceite al fuego. Terrible idea, terrible aún hoy… Pero entonces, esa
mañana, yo había intentado en vano comenzar a atormentarme, me parecía que no era
más que una tontería: «Vamos, había ya sin mí mucho rencor acumulado», me repetía de
tiempo en tiempo. « ¡Bah, eso pasará! ¡Me tranquilizará! Compensaré eso de una manera
a otra… con cualquier buena acción… ¡Tengo todavía cincuenta años delante de mí! »
Pero la idea continuaba agitándose
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
I
Salto un intervalo de cerca de dos meses; que el lector no se inquiete: todo se aclarará a
continuación. Anoto el día 15 de noviembre, día demasiado memorable para mí por
muchas razones. Ante todo, nadie habría podido reconocerme, de los que me habían visto
dos meses antes; al menos exteriormente, es decir, que me habrían reconocido desde
luego, pero no habrían comprendido nada. Estoy vestido como un dandy; esto es un
primer punto. El «francés consciente y lleno de gusto» que me recomendaba un día
Versilov me ha hecho todo un traje, e incluso ha sido ya superado: tengo ahora otros
sastres, de rango superior, de primerísima clase, y hasta tengo cuenta en casa de ellos.
Tengo también una cuenta en un restaurante selecto, pero allí me da todavía un poco de
miedo y, en cuanto tengo dinero, en seguida pago, aunque sepa que eso es de mal gusto y
que así me comprometo. Junto al Nevski, estoy en las mejores relaciones con un
peluquero francés, y cuando me hago cortar el pelo en su casa, él me cuenta anécdotas. Y,
lo confieso, me ejercito con él en hablar francés. Conozco la lengua, y hasta bastante
decentemente, pero en la buena sociedad siento siempre alguna timidez al arriesgarme;
además mi acento debe de estar bastante alejado del acento parisiense. Tengo también a
Matvei, el cochero, el buen servidor, que está a mis órdenes cuando lo llamo. Hay un
potro bayo claro (no me gustan los caballos grises). Hay sin embargo ciertas cosas que no
marchan bien… Es el 15 de noviembre. El invierno está instalado desde hace tres días, y
tengo todavía mi vieja pelliza, de tejón, un regalo de Versilov: de venderlo me darían
bien veinticinco rublos. Tengo que encargarme una nueva, y mis bolsillos están vacíos.
Además es preciso desde ahora mismo reunir el dinero para esta tarde, y esto a toda
costa; de lo contrario, «soy un desgraciado, estoy perdido»; éstas son mis propias
expresiones de entonces. ¡Oh, qué miseria! ¿Y de dónde han venido de pronto esos
billetes de mil,, esos trotones, y los Borel? (80). ¿Cómo he podido olvidar así todo,
cambiar hasta este punto? ¡Qué vergüenza! Lector, emprendo ahora el relato de mi
vergüenza y de mi deshonor, y para mí no puede haber nada más infamante que estos recuerdos.
Hablo como juez, pero me reconozco culpable. En el torbellino que me arrastraba
entonces, me esforzaba en vano en estar solo, sin guía ni consejero; me daba ya cuenta de
mi caída, lo juro, y por tanto no puedo excusarme. Y, sin embargo, durante esos dos
meses fui casi dichoso. ¿Por qué casi? ¡Fui demasiado dichoso! Y hasta un punto tal, que
la conciencia de mi deshonor, que se me aparecía en algunos instantes (¡instantes
frecuentes!) y que hacía que mi alma se estremeciera, esa conciencia, ¿será posible
creerlo?, me embriagaba todavía más: «Puesto que hay que caer, caigamos
completamente. Por lo demás, no caeré, saldré de esto. Mi estrella me guía.» Avanzaba
sobre una pasarela de virutas, sin barandillas, por encima del precipicio, y me alegraba de
avanzar así; me gustaba mirar el precipicio. El peligro estaba a11í, y eso me alegraba. ¿Y
la «idea»? La «idea» vendría después, la idea podía esperar; todo aquello « no era más
que un rodeo»…: « ¿por qué no concederse un poco de diversión?» He ahí en lo que mi
«idea» es mala, lo repito una vez más: es mala por lo que tiene de tolerar absolutamente
todos los rodeos. Si fuese menos firme y menos radical, tal vez yo temería apartarme de
ella.
De momento, conservaba mi pequeña habitación; la conservaba, pero sin vivir en ella:
tenía a11í mi maleta, mi saco de viaje y otros objetos; mi principal residencia estaba en
casa del príncipe Sergio Sokolski. Vivía en su casa, dormía en su casa y pasaba a11í
semanas enteras. La forma en que aquello había sucedido se verá inmediatamente; por
ahora hablemos de mi pequeño alojamiento. Me resultaba muy querido: a11í era adonde
había venido a buscarme Versilov en persona, la primera vez después de nuestra disputa.
Y después había venido otras muchas veces. Lo repito, aquel período no fue más que una
vergüenza terrible, pero también una inmensa felicidad. Entonces todo me salía bien,
todo me sonreía. «¿Para qué esas caras tristes de antes — me decía yo en aquellos instantes
de embriaguez -, para qué aquellos esfuerzos- dolorosos, mi infancia aislada y
amarga, mis sueños absurdos bajo las mantas, mis juramentos, mis cálculos a incluso mi
“idea”?» Todo aquello me lo había figurado yo, me lo había imaginado, y sucedía que el
mundo era de una manera muy distinta; todo me resultaba tan diveitido y tan fácil…; yo
tenía aún… pero dejemos esto. ¡Ay!, todo se hacía en nombre del amor, de la grandeza de
alma, del honor, y todo se convirtió en seguida en algo monstruoso, insolente,
deshonroso.
¡Basta!
II
Vino a mi casa por primera vez al día siguiente de nuestra ruptura. Yo había salido. Me
esperó. Cuando entré en mi minúscula habitacioncita, donde le había aguardado en vano
durante todos aquellos tres días, mis ojos se velaron y mi corazón latió tan fuerte, que me
detuve en el umbral. Afortunádamente él estaba con mi casero, quien, para que el
visitante no se aburriera, había juzgado útil trabar inmediatamente conocimiento con él y
estaba a punto de hacerle un relato inflamado. Era un consejero titular (81), de unos
cuarenta años, muy marcado por la viruela, muy pobre, con la carga de una mujer tísica y
de un hijo enfermo; de carácter extremadamente comunicativo y pacífico, por lo demás
bastante delicado. Me alegré de su presencia; a incluso así me vi salvado, porque, de lo
contrario, ¿qué habría podido yo decirle a Versilov? Yo sabía, había sabido con seguridad
aquellos tres días, que Versilov vendría por sus pasos, él primero, exactamente como yo
deseaba, porque por nada en el mundo habría sido yo el primero en ir a su casa, no por
obstinación, sino precisamente por afecto a él, por no sé qué celos amorosos, no llego a
expresar este sentimiento. Por lo demás, en general, el lector no encontrará en mí
elocuencia alguna. Pero en vano lo había yo aguardado aquellos tres días
imaginándomelo constantemente en el momento de hacer su entrada; era incapaz de
calcular con anticipación, a pesar de todos mis esfuerzos, de qué íbamos a hablar, de
golpe y porrazo, después de todo to que había pasado.
-¡Ah, ya estás aquí! – y me tendió amistosamente la mano, sin levantarse -. Siéntate
aquí, junto a nosotros. Pedro Hippolitovich estaba a punto de contar una historia muy
interesante sobre esa piedra que hay cerca de los cuarteles de Pablo… o en uno de esos
parajes…
-Sí, ya sé la piedra que es – respondí apresuradamente, sentándome en una silla junto a
ellos.
Estaban delante de la mesa. La habitación formaba un cuadrado exacto de cuatro
metros de lado. Yo respiraba penosamente.
Un relámpago de satisfacción brilló en los ojos de Versilov: sin duda no estaba
tranquilo, sin duda pensaba que yo querría hacer una escena. Ahora se había
tranquilizado.
-Empiece usted desde el principio, Pedro Hippolitovitch.
Ya se llamaban por sus nombres de pila y sus patronímicos.
-Pues bien, la cosa ocurrió en el reinado del difunto emperador (82) – dijo Pedro
Hippolitovitch volviéndose hacia mí.
Hablaba nerviosamente y con una especie de sufrimiento, como si se atormentara de
antemano por el éxito de su relato.
-Sabe usted cuál es la piedra a que me refiero, una estúpida piedra en mitad de la calle y
que no hace más que molestar: El emperador pasó por a11í muchísimas veces, y aquella
piedra estaba siempre en el mismo sitio. Aquello terminó por irritarlo, puesto que,
efectivamente, era una verdadera montaña, una montaña en plena calle, que estropeaba la
perspectiva. « ¡Que desaparezca esa piedra! » Había dicho: « ¡Que desaparezca! », y ya
comprenderán ustedes lo que eso significaba: « ¡Que desaparezca! » ¿Se acuerdan
ustedes de cómo era el difunto emperador? ¿Qué hacer con aquella piedra? Todo el
mundo andaba de cabeza. Estaba el Consejo municipal, y había alguien, no me acuerdo
exactamente quién, pero uno de los más altos personajes de aquel tiempo, que estaba encargado
de aquella misión. Pues ese personaje se entera de lo siguiente: le dicen que
aquello costará quince mil rublos, ni uno más ni uno menos, y además rublos de plata
(puesto que, en el reinado del difunto emperador, se acababan de cambiar los billetes por
plata). «¡Quince mil rublos! ¿Es posible?» Primeramente los ingleses querían colocar
carriles, ponerla encima y llevársela luego en una máquina de vapor; pero ¿cuánto no
habría costado aquello? Todavía no existían los ferrocarriles; la única línea que
funcionaba era la de Tsarskoie Selo…
-Bueno, ¿es que no la podían aserrar?
Yo empezaba a fruncir las cejas; me sentía lleno de despecho y vergüenza delante de
Versilov; pero éste escuchaba con un visible placer. Comprendí que el casero era para él
una persona grata por el simple hecho de que también él tenía vergüenza de estar delante
de mí; era una cosa que se le notaba a las claras y que incluso resultaba conmovedora.
-¿Aserrarla? Justamente ésa fue la idea que surgió entonces, la de Monferrand, ya usted
sabe, el que en aquellos momentos estaba construyendo San Isaac (83). La aserraremos,
decía, y luego se la llevarán. Sí, pero ¿a qué precio?
-No veo que tuviera que resultar tan costoso; simplemente aserrarla y llevársela.
-No, no, permítame, hacía falta instalar una máquina, una máquina de vapor, y, además,
¿llevársela adónde? ¡Una montaña de semejante tamaño! Se decía que la cosa no costaría
menos de diez mil rublos, diez mil o doce mil.
-Mire usted, Pedro Hippolitovitch, eso es una tontería, la cosa no sucedió así… – pero en
aquel momento Versilov me hizo un guiño imperceptible y entreví en el gesto una
compasión tan delicada hacia mi casero, incluso un tal sufrimiento por él, que aquello me
agradó enormemente y me eché a reír.
-Bueno, vamos a ver, vamos a ver – dijo el otro, alegre, que no se había dado cuenta de
nada y que temía terriblementa, como todos los narradores, ser interrumpido con preguntas
-. Entonces viene un burgués, todavía joven, ya ustedes me comprenden, un
verdadero ruso, con una puntiaguda perilla, con el caftán cavéndole hasta los tobillos,
quizás un poco embriagado… bueno, no precisamente embriagado. He aquí que se acerca
precisamente en el momento en que están conferenciando los ingleses y Monferrand. Y el
personaje encargado del asunto, que acaba de llegar en su coche, escucha y se enfada:
¿cómo es posible que lleven tanto tiempo discutiendo y que no hayan llegado a ninguna
conclusión? De pronto se da cuenta de que a cierta distancia está plantado aquel burgués
y que sonríe con un aire falso, bueno, no es que sea falso, no es eso, sino…
-Irónico – propuso prudentemente Versilov.
-Irónico, es decir, un poco irónico, esa sonrisa rusa tan especial, ustedes me
comprenden. Pues bien, el gran personaje, enfadado como estaba, como ustedes se hacen
cargo, le grita:
-Y tú, el barbudo, ¿qué esperas ahí? ¿Quién eres?
»-No hago más que mirar la piedra -dice -, Alteza.
»Porque en realidad era Alteza, tal vez incluso era el príncipe Suvorov, el italiano, el
descendiente del general… No, no era Suvorov; es lástima, me he olvidado de quién era,
pero desde luego lo mismo daba que fuera Alteza que no, era un ruso auténtico, un
verdadero tipo ruso, un patriota, un gran corazón ruso; así es que lo adivinó todo.
»-¿Por qué te ríes? ¿Es que podrías llevarte tú la piedra?
»-Me río de los ingleses, Alteza. Desde luego piden tan caro porque la bolsa rusa está
bien hinchada y en su país no tienen qué comer. Que me dé su Alteza cien rublos y
mañana por la tarde la piedra ya estará quitada.
»Ya pueden ustedes figurarse la escena. Los ingleses, naturalmente, querían comérselo
crudo; Monferrand se echó a reír; solamente aquel príncipe, aquel buen corazón ruso,
dijo:
»-¡Que le den cien rublos! ¿Seguro que la quitarás?
»-Mañana por la tarde estará quitada, Alteza.
»-¿Y cómo vas a arreglártelas?
»-Eso, sea dicho sin ofender a Su Alteza, es secreto nuestro – respondió, y, ustedes me
comprenden, en buen idioma ruso. Aquello le agradó:
»-¡Bueno, que le den lo que pida!
»Y lo dejaron allí. Pues bien, ¿qué creen ustedes? ¿Lo hizo tal como lo había dicho o
no?
El narrador se detuvo y paseó sobre nosotros una mirada enternecida.
-No sé – sonrió Versilov. (Por mi parte, yo estaba sombrío. )
-Pues bien, lo hizo, ¡y cómo! – exclamó el otro tan triunfante como si lo hubiera hecho
él mismo -. Contrató a mujiks con palas, algunos buenos rusos sencillamente, y excavó
un foso alrededor de la piedra; toda la noche estuvieron excavando, se hizo un enorme
agujero, exactamente del tamaño de la piedra y quizás un dedo más profundo, y cuando
todo estuvo acabado, ordenó ahondar poco a poco y prudentemente por debajo de la
piedra. Como es natural, al poco tiempo la piedra no tenía ya tierra que la sostuviera, y
empezó a perder el equilibrio; una vez que se tambaleaba, la empujaron por el otro lado a
fuerza de brazos, a la rusa, y, ¡pum!, ¡he aquí a la piedra dentro del agujero! Se rellenó lo
demás con la pala, se apisonó la tierra con un pilón y por encima se rehízo la calzada. ¡La
piedra había desaparecido! ¡Todo estaba despejado!
-¡Vaya un caso! – dijo Versilov.
-Vino una multitud de gente, el pueblo entero. Aquellos ingleses, que lo habían
adivinado todo desde hacía tiempo, se enfurecen. Monferrand llega: «Es un trabajo a lo
mujik -dice -, demasiado sencillo. Pero todo consistía en eso, que era tan sencillo como
los buenos días y que a ustedes no se les podía ocurrir, ¡partida de imbéciles!» Y todavía
hay más: el gran jefe, el personaje del Gobierno, lo cogió y lo abrazó: «Pero, ¿de dónde
eres tú?» «Yo, de la provincia de Iaroslavl (84), Alteza. Somos sastres de profesión, y en
el verano venimos a la capital a vender fruta.» Pues bien, la cosa llegó hasta las
autoridades; las autoridades ordenaron que le colgasen al cuello una medalla; él se
paseaba por todas partes con la medalla al cuello, luego se dedicó a beber. Ustedes saben
que nosotros, los rusos, no tenemos arreglo. Por eso todavía nos dejamos comer por los
extranjeros, ¿no es así? (85).
-Desde luego, el espíritu ruso… – empezó a decir Versilov.
Pero en aquel momento el narrador tuvo la suerte de que lo llamara su esposa enferma,
y corrió a atenderla. De lo contrario yo no habría podido contenerme. Versilov se reía.
-Pero, muchacho, me ha entretenido durante una hora larga antes de que llegases. Esa
piedra es de lo más innoblemente patriótico que hay entre todos los relatos de ese género.
Pero, ¿cómo interrumpirlo? Tú mismo has visto cómo se hinchaba de placer. En realidad,
creo que esa piedra está todavía en su sitio, si no me equivoco, y de ninguna forma en el
agujero…
-¡Oh Dios mío! – exclamé —. ¡Claro que está a11í! ¿Cómo se ha atrevido… ?
-¿Qué dices? Por lo que veo, estás verdaderamente indignado. Ha debido confundirse:
en mi infancia también escuché una historia así a propósito de una piedra, pero desde
luego no se trataba de ésa. «La cosa llegó hasta las autoridades.» Es que toda su alma
cantaba en aquel momento: «llegó hasta las autoridades». .En ese ambiente lastimoso,
esas anécdotas son necesarias. Cuentan con un gran número, sobre todo a causa de su
intemperancia. No han aprendido nada, no saben nada, no saben nada exactamente. Pues
bien, fuera de los naipes y de su oficio, sienten deseos de hablar de algo humano,
poético… ¿Quién es, en el fondo, este Pedro Hippolitovitch?
-La más pobre de las criaturas, un desgraciado.
-Bueno, ya ves, es posible que ni siquiera juegue a las cartas. Te lo repito, al contar esas
paparruchas, satisface su amor hacia el prójimo; ha querido agradarnos. Su sentimiento
patriótico también queda satisfecho; por ejemplo, tienen también la anécdota esa de que
Zavialov (86) recibió de los ingleses la oferta de un millón, con la condición única de no
poner su marca en sus artículos…
-¡Oh Dios mío! Conozco esa anécdota.
-¿Y quién no la conoce? También él, al hacerte su relato, sabe que seguramente tú to
has oído ya, pero te lo cuenta a pesar de todo, figurándose voluntariamente que no lo
sabes. La visión del rey de Suecia (87) parece haber pasado de moda; pero en mi
juventud la repetían con delicia y con murmullos misteriosos, de la misma manera que
aquella otra historia según la cual, a principios de siglo, cierto personaje se habría puesto
de rodillas en pleno Senado delante de los senadores (88). Había también muchas
anécdotas a propósito del comandante Bachutski (89) y del robo de un monumento. Les
encantan las anécdotas sobre la corte: por ejemplo las historias acerca de Tchernychev
(90), un ministro del último reinado, quien, a la edad de setenta años, habría transformado
tan perfectamente su fisonomía que no se le calculaban más de treinta, y el difunto
emperador no creía to que sus ojos estaban viendo en los desfiles…
-También conozco esa historia.
-¿Y quién no la conoce? Todas estas anécdotas son el colmo del mal gusto. Pero has de
saber que esta categoría del mal gusto está extendida mucho más amplia y profundamente
de lo que creemos. El deseo de mentir para agradar al prójimo, lo encontrarás incluso en
la mejor sociedad, puesto que todos nosotros sufrimos de esta intemperancia del corazón.
Únicamente que entre nosotros son historia de otro género: ¿qué no se cuenta de
nosotros, por ejemplo, en América? ¡Es espantoso, a incluso entre hombres de Estado!
Yo mismo, lo confieso, pertenezco a esta categoría de personas y toda mi vida he sufrido
por eso.
-También yo he contado varias veces la historia de Tchernychev.
-¿Tú también, ya?
-Vive conmigo otro inquilino, un funcionario también marcado por la viruela, ya viejo,
pero terriblemente realista, y en cuanto que Pedro Hippolitovitch abre la boca, se pone a
interrumpirlo y a contradecirlo. Tan bien lo hace, que el otro lo adula como un esclavo y
no trata más que de hacérsele agradable, únicamente para conseguir que lo escuche.
-Ése es otro tipo de mal gusto, a incluso más desagradable quizá que el primero. ¡El
primero es todo entusiasmo! «Déjame exagerar; ya verás lo bonito que es.» El segundo
no es más que prosa y melancolía: «No me cuente historias: ¿dónde fue eso?, ¿cuándo?,
¿qué año?» Un hombre sin corazón, en una palabra. Amigo mío, permite siempre a los
hombres mentir un poco, es de lo más inocente. Incluso déjalos mentir mucho.
Primeramente así demostrarás tu delicadeza; por otra parte, en cambio, te dejarán mentir
a ti: dos enornes ventajas que adquieres a la vez. Que diable! Es necesario amar al
prójimo. Pero tengo prisa. Estás instalado maravillosamente – agregó, levantándose de su
silla -. Le contaré a Sofía Andreievna y a tu hermana que te he hecho una visita y que te
he encontrado bien de salud. Hasta la vista, querido mío.
Cómo, ¿eso es todo? Pero yo no tenía la menor necesidad de esto; yo esperaba otra
cosa, lo esencial, aunque comprendiera perfectamente que no podía ser de otra manera.
Lo acompañé, con una vela en la mano, hasta la escalera; el casero hizo intención de salir
de su casa, pero, muy dulcemente, sin que Versilov se diera cuenta, lo agarré del brazo, y
tiré de él con brutalidad. Me lanzó una mirada de asombro, pero se eclipsó
instantáneamente.
-Estas escaleras… – refunfuñaba Versilov arrastrando sus palabras por decir algo y
temiendo sin duda que yo dijera alguna cosa -. No estoy acostumbrado a estas escaleras,
y estás en un segundo piso. Bueno, ya podré orientarme yo solo. No te molestes más,
muchacho, vas a enfriarte.
Pero yo no lo dejaba. Descendimos juntos hasta el primero.
-Llevo aguardándolo estos tres días.
La frase se me escapó a pesar mío. Me atraganté.
-Gracias, querido.
-Sabía con toda seguridad que usted vendría.
-Y yo sabía que tú sabías que yo vendría. Gracias, muchacho.
Se calló. Estábamos delante de la puerta y yo lo seguía aún. Abrió; el viento, que se
coló bruscamente, me apagó la vela. Entonces lo agarré del brazo; había una completa
oscuridad. Se estremeció, pero no dijo ni una palabra. Me lancé sobre su mano y me puse
a besársela ávidamente, varias veces, una multitud de veces.
-Mi querido niño, ¿por qué me quieres tanto? – dijo, pero con uua voz completamente
distinta.
Esa voz temblaba y producía un sonido totalmente nuevo; se habría dicho que no era él
quien hablaba.
Yo quería responder, pero no pude, y volví a subir corriendo. Él seguía aguardando en
el mismo sitio, y solamente cuando llegué a mi piso oí abrirse y cerrarse con ruido la
puerta de afuera. Escapando al casero, que una vez más se hallaba en el corredor, me
deslicé dentro de mi habitación, corrí el cerrojo y, sin encender la vela, me arrojé encima
de la cama, el rostro contra la almohada, y lloré, lloré. Era la primera vez que lloraba
desde la época de Tuchard. Aquellos sollozos se me escapaban con tanta fuerza, y yo era
tan feliz… Pero, ¿cómo describirlo?
Acabo de trazar estas palabras sin enrojecer, porque tal vez todo aquello estaba bien, a
pesar de toda su absurdidad.
Pero, ¡cómo tuvo que arrepentirse! Me mostré un déspota terrible. Como de costumbre,
entre nosotros no se volvió a hablar de aquella escena. Al contrario, nos encontramos al
día siguiente como si nada hubiera sucedido. Es más, aquella segunda noche me mostré
casi grosero, y también él me pareció seco. Me pasaba algo raro; no sé por qué, no había
ido todavía a su casa, a pesar de mi deseo de ver a mi madre.
Durante todo aquel tiempo, es decir, durante aquellos dos meses, no hablamos más que
de las materias más abstractas. Y eso es to que me asombra: no hacíamos más que tratar
de cuestiones abstractas, las más humanas y las más indispensables sin duda, pero sin
rozar lo más mínimo lo esencial. Ahora bien, en lo esencial muchísimas cosas
necesitaban ser decididas y aclaradas, a incluso lo necesitaban con urgencia, pero aquello
era precisamente de lo que no hablábamos. Yo no decía nada ni de mi madre, ni de Lisa…
ni, en fin, de mí mismo, de toda mi historia. ¿Era vergüenza o bien algún capricho de
juventud? Lo ignoro. Supongo que era por puerilidad, puesto que la vergüenza podia, a
pesar de todo, ser superada. Yo lo tiranizaba terriblemente a incluso varias veces llegué a
rozar la insolencia, hasta contra mi corazón: aquello se hacía por sí mismo,
irresistiblemente, sin que yo pudiera evitarlo. En cuanto a él, en su tono había, como
antiguamente, una ligera ironía, aunque siempre extremadamente acariciadora, a pesar de
todo. Lo que me chocaba también era que él prefiriese venir a mi casa, tanto que acabé
yendo muy raramente a casa de mi madre, una vez por semana, no más, sobre todo en la
época más reciente, cuando me sentía completamente aturdido. Él venía siempre por las
noches y se quedaba para charlar; le gustaba también charlar con mi casero; me ponía
furioso que un hombre como él hiciera eso. Se me ocurrió una idea: ¿sería tal vez que no
disponía de otras personas a las que visitar? Pero yo sabía con toda certeza que tenía
amistades; en aquellos últimos tiempos había incluso reanudado muchas antiguas
relaciones mundanas descuidadas el año anterior; pero no parecía que lo sedujeran
desmesuradamente y muchas de ellas no las había renovado más que de una forma
oficial; prefería venir a mi casa. A veces me conmovía mucho el hecho de que, al
presentarse por las noches, casi todas las veces tenía una especie de timidez en el
momento de abrir la puerta y, en el primer instante, me miraba siempre con una singular
inquietud en los ojos: a¿No te molesto? Dímelo francamente y me iré.» Incluso algunas
veces llegaba a decirlo. Una vez, por ejemplo, justamente en estos últimos tiempos, a
entró en el instante en que yo estaba ya completamente vestido con un traje que acababa
de salir de casa del sastre, y me preparaba a ir a recoger al «príncipe Serioja» para
dirigirme con él a un sitio donde tenía algo que hacer (más tarde explicaré a qué sitio).
Entró y se sentó, probablemente sin darse cuenta de que yo me disponía a salir; algunos
momentos tenía distracciones extraordinarias. Como al azar, dejó caer la conversación
sobre el casero; yo me puse furioso.
-¡Al diablo el casero!
-¡Ah, querido! – y de pronto se levantó -, pero veo que te dispones a salir y que te estoy
molestando… Perdóname, te lo ruego.
Y se apresuró humildemente a marcharse. Era aquélla su humildad ante mí por parte de
un hombre tan mundano y tan independiente, y dotado de tanta originalidad, la que
resucitaba de golpe en mi corazón toda mi ternura hacia él, toda mi confianza en él. Pero,
si me quería hasta tal punto, ¿por qué entonces no me había detenido en el momento de
mi infamia? No tenía más que haber dicho una palabra y tal vez yo me habría contenido.
Tal vez no. Pero él veía sin embargo ese dandismo, esas fanfarronadas, ese Matvei
(incluso una vez había querido llevarlo en mi trineo, pero él se había negado siempre, a
incluso aquello se había reproducido varias veces y siempre se había negado). Veía sin
embargo que yo gastaba sumas locas, y ni una palabra, ni una sola palabra, ni la más
mínima curiosidad. Eso me asombra todavía, incluso hoy. Y yo, como de costumbre, no
me cortaba delante de él; lo mostraba todo con ostentación, naturalmente, sin darle la explicación
más mínima. Él no me hacía preguntas y yo tampoco hablaba.
Sin embargo, dos o tres veces estuvimos a punto de hablar de lo esencial. Una vez, al
principio, después de la renuncia a la herencia, le pregunté de qué iba a vivir ahora.
-Ya me las arreglaré, amigo mío – declaró con una calma extraordinaria.
Hoy sé que hasta el capitalito de Tatiana Pavlovna, cinco mil rublos, ha sido gastado a
medias por Versilov en estos dos últimos años.
Otra vez nos pusimos a hablar de mi madre:
-Amigo mío – dijo él de pronto y con mucha tristeza -, frecuentemente le advertí a Sofía
Andreievna, en los comíenzos de nuestra unión, o mejor dicho, en los comienzos, a mediados
y al final: «Querida mía, te atormento y te atormentaré siempre, y no me
arrepiento mientras estás frente a mí; pero, si murieses, sé que me dejaría morir a modo
de castigo.»
Por lo demás, me acuerdo de que aquella noche se mostró especialmente franco:
-¡Si por lo menos yo fuera una nulidad sin carácter y sufriese por darme cuenta de eso!
Pero no, sé muy bien que soy infinitamente fuerte. ¿Fuerte en qué, según tú? Pues bien,
precisamente con esa fuerza inmediata de poder adaptarme a lo que quiera que sea, que es
tan característica de los rusos inteligentes de nuestra generación. Nada puede derribarme,
nada puede destruirme, y nada me asombra. Soy vivaz como un perro pastor. Puedo
experimentar con la mayor comodidad del mundo dos sentimientos opuestos en el mismo
instante y eso sin que mi voluntad participe en ello. Pero yo sé sin embargo que es
desleal, sobre todo porque es demasiado razonable. He vivido cerca de cincuenta años, y
hasta hoy ignoro si es un bien o un mal haber llegado a esta edad. Sin duda me gusta la
vida, y eso se desprende directamente de los hechos; pero para un hombre como yo, amar
la vida es una cobardía. Hay cosas nuevas en estos últimos tiempos: los Krafts no se
adaptan, y se saltan la tapa de los sesos. Es evidente que los Krafts son imbéciles; por
tanto nosotros somos los inteligentes, pero no se puede trazar ningún paralelo y la
pregunta queda sin contestar. ¿Es posible que la tierra no exista más que para gente como
nosotros? Es probable que sí. Pero esta idea es de por sí bastante desoladora. En fin, el
caso es que la pregunta queda sin contestar.
Hablaba tristemente y, sin embargo, yo no sabía si era sincero o no. Había siempre en él
no sé qué repliegue del que no quería deshacerse a ningún precio.
IV
Lo abrumé entonces a fuerza de preguntas. Me lancé sobre él como un hambriento
sobre un trozo de pan. Me respondía siempre con amabilidad y sencillez, pero al final
terminaba siempre recurriendo a aforismos generales, tanto que era imposible deducir en
resumen algo. Ahora bien, todas aquellas preguntas me habían turbado durante toda mi
vida y, lo reconozco francamente, ya en Moscú, yo aplazaba su solución a nuestra
entrevista de Petersburgo. Se lo declaré incluso, y no se burló de mí: al contrario, me
acuerdo de eso, me estrechó la mano. Sobre la política general y los problemas sociales,
no pude sacarle casi nada, y sin embargo aquellas cuestiones, en vista de mi «idea», eran
las que más me turbaban. Sobre personas como Dergatchev, le arranqué una vez esta
observación: «Están por debajo de toda crítica», pero agregó de una manera muy extraña
que se reservaba el derecho de no conceder a su propia opinión «ninguna importancia».
¿Cómo acabarán los estados contemporáneos y el universo? ¿Cómo se restablecerá la paz
social? A todo eso se hizo el sordo durante mucho tiempo; por fin obtuve penosamente de
él estas pocas palabras:
-Pienso que todo eso sucederá de la manera más ordinaria. Completamente por las
buenas, todos los estados, a pesar del equilibrio de los presupuestos y «la ausencia de
déficit», un beau matin se verán cogidos definitivamente en sus propias mentiras y todos,
desde el primero al último, se negarán a pagar, para renovarse en seguida, desde el
primero al último, en una bancarrota universal. Sin embargo, todos los elementos
conservadores del mundo entero se opondrán a eso, puesto que ellos serán los accionistas
y los acreedores y no querrán admitir la quiebra. Entonces se producirá naturalmente una
especie de oxidación general; en seguida todos los que nunca han tenido acciones y que
en general nunca han tenido nada, es decir, todos los mendigos, se negarán naturalmente
a participar en la oxidación… Vendrá la batalla, y después de setenta y siete derrotas, los
mendigos aniquilarán a los accionistas, les quitarán sus acciones y se instalarán en lugar
de ellos, como accionistas también, se entiende. Quizá dirán algo nuevo; quizá no. Lo
más probable es que también ellos lleguen a la bancarrota. A continuación, amigo mío,
soy incapaz de leer más lejos en los destinos que transformarán la faz de este mundo. Por
lo demás, estudia el Apocalipsis…
-Pero, ¿es que las cosas van a ser tan materiales? ¿Es que únicamente por cuestiones
económicas va a acabar el mundo actual?
-¡Oh!, claro está que yo no me he fijado más que en un ángulo del cuadro, pero ese
ángulo se relaciona con todo el resto por vínculos indisolubles.
-Y entonces, ¿qué se debe hacer?
-¡Ah!, Dios mío, no tengas prisa: todo esto no va a suceder ahora mismo. Hablando de
una manera general, lo mejor es no hacer nada en absoluto. Uno tiene por lo menos la
conciencia tranquila, puesto que no ha participado en nada.
-Déjese de eso, hablemos en serio. Quiero saber lo que tengo que hacer y cómo debo
vivir.
-¿Lo que tienes que hacer, querido? Sé honrado, no mientas nunca, no desees la casa de
tu prójimo, en una palabra, relee los Diez Mandamientos: todo eso está escrito en ellos
para toda la eternidad.
-Basta, basta, todo eso es demasiado viejo, y además no son más que palabras, siendo
así que hace falta obrar.
-Pues bien, si te ves presa de un aburrimiento demasiado grande, trata de amar a alguien
o algo, o incluso sencillamente de aficionarte a algo.
-Usted todo lo toma a broma. Además, ¿qué haría yo solo con sus Diez Mandamientos?
-Pues los pondrás en práctica, a pesar de tus preguntas y de tus dudas, y serás un gran
hombre.
-Ignorado de todos.
-Nada hay oculto que no se descubra un día.
-¡Usted siempre está bromeando!
-Pues bien, si lo tomas todo tan en serio, lo mejor sera que trates de especializarte lo
antes posible. Hazte arquitecto o abogado. Tendrás entonces una ocupación verdadera y
seria, te calmarás y olvidarás todas esas chiquilladas.
Me callé. ¿Qué más podía sacar? Y sin embargo, después de cada una de aquellas
conversaciones, me sentía aún más turbado que antes. Además, veía claramente que en él
seguía habiendo una especie de misterio; eso era lo que me atraía hacia él más y más.
-Escuche -le interrumpí un día-, siempre he sospechado que usted hablaba así
únicamente por despecho y por súfrimiento, mientras que en el fondo de usted mismo
está adherido a no sé qué idea superior que usted oculta o que se avergüenza de confesar.
-Te doy las gracias, querido mío.
-¡Escuche! No hay nada más sublime que hacerse útil. Dígame en qué, en el momento
dado, puedo ser más útil. Sé que no va a resolverme usted la pregunta. Pero sólo necesito
su opinión, dígamela y haré lo que usted diga, ¡lo juro! Pues bien, ¿en qué consiste ese
gran pensamiento?
-Cambiar las piedras en panes, he ahí el gran pensamiento.
-¿Es el más grande? No, en verdad, usted ha indicado toda una vía a seguir. Usted me
lo dirá sin embargo: ¿es la más grande?
-Es muy grande, amigo mío, muy grande. Pero no es la más grande; es grande, pero de
segunda categoría, y grande solamente en el momento actual: el hombre, una vez saciado,
perderá el recuerdo de esto; por el contrario, dirá en séguida: «Bueno, heme aquí saciado.
Y ahora, ¿qué voy a hacer?» La pregunta queda eternamente sin contestar.
-Ha hablado usted de las «ideas ginebrinas». No he comprendido qué quiere decir eso
de « ideas ginebrinas».
-Las ideas ginebrinas, amigo mío, es la virtud sin el Cristo, son las ideas de hoy día, o,
por decirlo mejor, es la idea de toda la civilización moderna; en una palabra, es una de
esas largas historias que son muy fastidiosas de empezar y haríamos mejor callándonos.
-¡Usted siempre querría callarse!
-Acuérdate, amigo mío, de que el silencio es cosa sin peligro, buena y bella.
-¿Bella?
-Desde luego. El silencio es siempre hermoso, y el silencioso es siempre más bello que
el charlatán.
-Pero hablar como nosotros hacemos, usted y yo, equivale de todas maneras a callarse.
¡Al diablo esa belleza, al diablo una ventaja así!
-Querido mío – me dijo de pronto, cambiando ligeramente de tono, incluso con
sentimiento y con una cierta insistencia particular-, querido mío, no quiero en forma
alguna seducirte con alguna buena virtud burguesa a cambio de tus ideales. Yo no te digo
que «la felicidad vale más que el heroísmo». A1 contrario, el heroísmo es superior a no
importa qué felicidad, y la sola predisposición al heroísmo constituye la felicidad. Así,
pues, eso es una cosa que queda bien resuelta entre nosotros. Si siento respeto por ti, es
porque tú has sabido, en nuestra época podrida, crearte en tu corazón una «idea» para ti
(tranquilízate, me acuerdo de eso muy bien). Sin embargo, es imposible no pensar
también en la mesura, puesto que tienes deseos ahora de una vida resonante, de incendiar
no sé qué, de hacer añicos no sé qué, de elevarte por encima de toda Rusia, de pasar
como una nube fulgurante, de sumir a todo el mundo en el espanto y en la admiración y
de desvanecerte en los Estados Unidos. Seguramente hay algo como esto en tu corazón, y
por eso creo útil prevenirte, puesto que he concebido por ti un afecto sincero.
¿Qué podía yo sacar tampoco de aquello? Allí no había más que inquietud respecto a
mí, a propósito de mi suerte material. Era el padre con sus sentimientos prosaicos, aunque
buenos, pero ¿era eso lo que me hacía falta, en presencia de ideas por las cuales todo
padre leal debería enviar a su hijo a la muerte, como el viejo Horacio a los suyos por la
idea romana?
Frecuentemente le hice preguntas sobre la religión, pero en aquel terreno la bruma era
aún más densa. Si yo preguntaba: ¿qué debo hacer en este sentido?, me respondía de la
manera más tonta, como a un niñito: hace falta creer en Dios, querido mío.
-Pero ¡si yo no creo en todo eso! – exclamé una vez, lleno de irritación.
-Entonces, está muy bien, querido.
-¿Cómo que está muy bien?
-Es un signo excelente, amigo mío; es incluso el más seguro de todos, puesto que
nuestro ateo ruso, si solamente es ateo de verdad y tiene un poquito de espíritu, es el
mejor hombre del mundo, siempre dispuesto a acariciar a Dios, porque es bueno, y es
bueno porque está inmensamente satisfecho de ser ateo. Nuestros ateos son gente
respetable y dignos de toda confianza; son; por así decirlo, el sostén de la patria…
Ya aquello era evidentemente algo, pero no era lo que yo quería. Solamente una vez
enunció sus pensamientos, pero de una manera tan rara, que me quedé todavía más
asombrado, sobre todo teniendo en cuenta todas aquellas veleidades católicas y todas
aquellas cadenas de las que yo había oído hablar:
-Querido mío – me dijo un día, no en casa, sino en la calle, después de una larga
conversación, mientras lo acompañaba -. Amigo mío, amar a los hombres tal como son es
imposible. Y sin embargo es preciso. Por eso hay que hacerles el bien refrenando los
propios sentimientos, tapándose la nariz y cerrando los ojos (esta última condición es
indispensable). Debes soportar el mal que te hacen, sin tomarles odio, si eso es posible,
«acordándote de que también tú eres hombre». Naturalmente, tienes derecho a mostrarte
severo con ellos si te ha sido concedido el ser un poco más inteligente que el término
medio. Los hombres son bajos por naturaleza y les gusta amar por miedo; no te dejes
coger en este amor y no ceses nunca de despreciarlos. En alguna parte del Corán, Alá
ordena a su profeta que mire a los «recalcitrantes» como si fueran ratones, que les haga el
bien y siga su camino. Es una conducta un poco altanera, pero es justa. Has de saber
despreciarlos, incluso cuando son buenos, porque entonces es precisamente cuando son
más infectos. ¡Oh, amigo mío, hablo así porque me conozco muy bien! Quien no es
demasiado bestia no puede vivir sin despreciarse, honrado o pillo, poco importa. Amar a
su prójimo y no despreciarlo, es imposible. A mi entender, el hombre ha sido creado
físicamente con la incapacidad de amar a su prójimo (91). Hay en eso un error de
lenguaje, desde el principio mismo, y «el amor a la humanidad» debe comprenderse
únicamente en el sentido de la humanidad que tú te creas a ti mismo en tu corazón (en
otras palabras, me creo a mí mismo así como al amor hacia mí), y que por consiguiente
no existirá nunca en realidad.
-¿No existirá nunca?
-Reconozco, amigo mío, que eso sería un poco idiota, pero no tengo yo la culpa. Y
como no se me ha pedido mi opinión en el momento de la creación del mundo, me
reservo el derecho a pensar lo que me parezca.
-¿Cómo, después de eso, le pueden llamar a usted – exclamé – cristiano, monje cargado
de cadenas, predicador? ¡No lo comprendo!
-¿Y quién me llama así?
Se lo conté. Me escuchó muy atentamente, pero dejó que la conversación decayera…
No consigo acordarme a propósito de qué tuvimos aquella charla memorable. Pero
incluso se enfadó, lo que no le sucedía casi nunca. Hablaba con pasión y sin ironía, como
si estuviera dirigiéndose a otra persona. Pero todavía yo no lo escuchaba con confianza:
no era posible que se pusiese a tratar con un chiquillo como yo de temas tan serios.
CAPÍTULO II
I
Aquella mañana, 15 de noviembre, me lo encontré en casa del «príncipe Serioja». Era
yo quien se lo había presentado al príncipe, pero, aun sin mi intervención, tenían
bastantes puntos de contacto (me refiero a aquellas viejas historias de lo ocurrido en el
extranjero, etc.). Además, el príncipe le había dado su palabra de asignarle por lo menos
un tercio de la herencia, lo que vendría a representar unos veinte mil rublos. Me acuerdo
de que me pareció muy raro que no le asignase más que un tercio y no la mitad; pero no
dije nada. Aquella promesa la había dado el príncipe por su propia iniciativa; Versilov no
había pronunciado la menor palabra ni aventurado la más mínima alusión; el príncipe
mismo fue quien dio los primeros pasos, y Versilov admitió la cosa en silencio y no
volvió a mencionarla nunca; jamás mostró acordarse en forma alguna de la promesa. Diré
de paso quc el príncipe, al principio, se mostró totalmente encantado con él, en particular
con sus discursos; llegó incluso a entusiasmarse y me lo dijo en varias ocasiones.
Exclamaba a veces, a solas conmigo y casi con desesperación, que era «tan inculto, que
llevaba un camino tan equivocado…». La verdad es que ¡éramos entonces tan amigos… !
Por mi parte me esforzaba en hacer que Versilov adquiriera una buena opinión del
príncipe, defendía sus defectos, aunque los veía muy bien; pero Versilov se quedaba
silencioso o sonreía.
-¡Si tiene defectos, para mí por lo menos tiene tantas cualidades como defectos! –
exclamé un día, plantándole cara a Versilov.
-¡Cómo lo adulas, gran Dios! – se burló.
-¿En qué? – pregunté sin comprender.
-¡Tantas cualidades! ¡Pues hará milagros, si tiene tantas cualidades como defectos!
Por lo visto, no se trataba solamente de una opinión. En una palabra, evitaba entonces
hablar del príncipe, como en general evitaba hablar de todos los problemas esenciales;
pero del príncipe todavía más. Yo sospechaba ya que iba a ver al príncipe cuando yo no
estaba y que sostenía con él relaciones particulares, pero aquello no me molestaba.
Tampoco me sentía celoso porque le hablase más seriamente que a mí, de manera más
positiva, por así decirlo, con menos ironía; pero yo era entonces tan feliz, que incluso
aquello me agradaba. Hasta lo excusaba con el hecho de que el príncipe era un poco torpe
y, además, le gustaba la precisión en los términos y era incluso incapaz de comprender
algunas bromas. Pues bien, en los últimos tiempos, empezaba a emanciparse. Hasta sus
sentimientos hacia Versilov parecían cambiar. Versilov, siempre sensible, no dejó de
notarlo. Advertiré también que el príncipe cambió al mismo tiempo respecto a mí, incluso
de una manera demasiado visible; de nuestra amistad primitiva, casi calurosa, no
quedaban sino algunas fórmulas muertas. Sin embargo yo continuaba yendo a su casa;
por lo demás, ¿ cómo habría podido obrar de otra manera, una vez embarcado en todo
aquello? ¡Oh, qué novato era yo entonces! ¿Es posible que la sencillez de corazón pueda
conducir a un hombre a un grado semejante de torpeza y de humillación? Aceptaba
dinero de él y creía que aquello no tenía importancia. O, mejor dicho, no es eso: yo sabía
ya que era algo que no se debía hacer, pero apenas pensaba en eso. No era por el dinero
por lo que yo iba a11í, aunque me hiciese una falta terrible. Yo sabía que no iba a11í por
el dinero, pero comprendía que iba cada día a coger dinero. Pero yo estaba ya metido en
el torbellino y además mi alma se ocupaba entonces de otra cosa completamente distinta:
¡en mi alma había un cántico!
Al entrar, a eso de las once de la mañana, me encontré a Versilov terminando una larga
parrafada; el príncipe escuchaba dando zancadas por la habitación y Versilov estaba
sentado. El príncipe parecía estar un poco turbado. Versilov tenía casi siempre el don de
turbarlo. El príncipe era un ser extremadamente receptivo, hasta la ingenuidad, lo que
muchas veces me impulsaba a mirarlo por encima del hombro. Pero, lo repito, en
aquellos últimos días había aparecido en él una especie de malignidad declarada. Se
interrumpió al verme y el rostro pareció contraérsele. Por mi parte yo sabía cómo explicarme
aquella mañana su aire sombrío, pero no esperaba un cambio tal de fisonomía.
Sabía que se le habían acumulado toda clase de dificultades, pero la lástima era que yo no
conocía más que la décima parte; por aquel entonces el resto era para mí un secreto
absoluto. Era algo estúpido y desagradable, porque yo me permitía a menudo consolarlo
y darle consejos, me burlaba olímpicamente de su debilidad, reprochándole que se
desanimara «por semejantes tonterías». Él guardaba silencio; pero era imposible que no
me odiase terriblemente en aquellos momentos: yo estaba en una situación demasiado falsa,
sin ni siquiera sospecharlo. ¡Oh, Dios es testigo, yo no sospechaba lo esencial!
Sin embargo, me tendió cortésmente la mano y Versilov inclinó la cabeza sin
interrumpir su discurso. Me senté en el diván. ¡Qué aires me daba yo entonces, qué
ademanes! Me hacía el importante, trataba a sus amigos como si fueran los míos… ¡Oh, si
hubiese algún medio para volver atrás, de qué manera más distinta me comportaría!
Dos palabras, para no olvidarme: el príncipe vivía entonces en el mismo apartamiento,
pero ahora lo ocupaba casi del todo; la propietaria, Stolbieieva, no había pasado a11í más
que un mes y había vuelto a marcharse.
II
Hablában de la nobleza. Haré constar que esta idea atormentaba mucho al príncipe, a
pesar de sus aires de progresista, y hasta sospecho que muchos aspectos malos de su vida
provienen de ahí, han tenido ese comienzo: herido por su título de príncipe y privado de
fortuna, se pasó toda la existencia derrochando dinero por falso orgullo y se cubrió de
deudas. Versilov le insinuó muchas veces que no era en eso en lo que consistía la nobleza
y se esforzó en hacer penetrar en su corazón un concepto más elevado; pero el príncipe
acabó por ofenderse de que se le quisiera dar lecciones. Evidentemente era una escena de
este tipo la que se estaba representando aquella mañana, pero yo no había asistido al
comienzo. Las palabras de Versilov me parecieron al principio reaccionarias, pero se
corrigió en seguida.
-La palabra honor significa deber – decía él (reproduzco tan sólo el sentido, por lo que
recuerdo aún) -. Cuando en un estado domina una clase privilegiada, el país es fuerte. La
clase dominante tiene siempre su honor y su religión del honor, que puede por lo demás
ser falsa, pero que sirve de cimiento y consolida la nación; es útil moralmente y todavía
más en política. Pero los esclavos sufren, quiero decir, todos los que no pertenecen a esa
casta. Para que no sufran, se les concede la igualdad de derechos. Es lo que se ha hecho
entre nosotros, y está muy bien. Pero todas las experiencias que han tenido lugar hasta
ahora y en todas partes (es decir, en Europa) muestran que la igualdad de derechos
arrastra consigo una mengua del sentimiento del honor, y por consiguiente del deber. El
egoísmo ha reemplazado la antigua idea que servía de cimiento al país, y todo se ha
disuelto en libertad de los individuos. Los hombres, liberados, al quedarse sin idea que
les sirva de cimiento, han perdido por fin tan totalmente toda idea superior, que incluso
han cesado de defender su libertad. Pero la nobleza rusa no se ha parecido nunca a la de
Occidente. Aun hoy, después de haber perdido sus derechos, nuestra nobleza podría
seguir siendo un orden superior, conservador del honor, de las luces, de la ciencia y de las
ideas superiores, sobre todo al cesar de ser una casta cerrada, lo que entrañaría la muerte
de la idea. A1 contrario, las puertas de la nobleza se han entreabieito en nosotros desde
hace mucho tiempo; hoy ha llegado el instante de abrirlas definitivamente. Que cada
proeza del honor, de la ciencia y de la valentía confiera a cada uno de nosotros el derecho
de adherirse a esa categoría superior. De esa forma la clase degenera por sí misma en una
reunión de las mejores, en el sentido literal y verdadero, y no en el sentido antiguo de
casta privilegiada. Bajo esta forma nueva o, por mejor decir, renovada, esta clase podría
mantenerse.
E1 príncipe enseñó los dientes:
-¿Qué quedará entonces de la nobleza? Lo que usted proyecta es una especie de logia
masónica, no es nobleza ya.
Lo repito, el príncipe era espantosamente inculto. Llegué a darme una vuelta en el
diván, lleno de despecho, aunque tampoco estuviera completamente de acuerdo con
Versilov. Versilov comprendió que el príncipe estaba irritado.
-Ignoro en qué sentido habla usted de masonería – respondió -, pero si incluso un
príncipe ruso rechaza una idea semejante, ¡pues bien!, es que el momento no ha llegado
todavía. La idea del honor y de la instrucción como regla de conducta de cualquiera que
desee adherirse a una corporación no cerrada y renovada sin cesar es evidentemente una
utopía, pero ¿por qué había de ser imposible? Si esta idea está viva, aunque no sea más
que en algunos cerebros, no está perdida, brilla como un punto luminoso en medio de
profundas tinieblas.
-A usted le gusta emplear las palabras «idea superior», «gran idea», « idea que
cimenta» y así sucesivamente. Me gustaría saber qué es lo que entiende usted
precisamente por «gran idea».
-No sé muy bien qué responderle, querido príncipe – dijo Versilov con fina burla -; si le
confieso que soy totalmente incapaz de responderle, seré más exacto. Una gran idea es
por lo general un sentimiento que durante mucho tiempo permanece sin definición. Sé
solamente que eso ha sido siempre lo que ha dado nacimiento a la vida viviente (92), es
decir, no libresca y ficticia, sino, al contrario, alegre y sin fastidio. Por eso la idea
superior, de la que emana, es absolutamente indispensable, en desacuerdo con todos,
naturalmente.
-¿Por qué en desacuerdo con todos?
-Porque es fastidioso vivir con ideas. Sin ideas, siempre se está alegre.
El príncipe se tragó la píldora.
-¿Y qué es entonces, según usted, esa vida viviente? -Era claro que estaba muy furioso.
-Tampoco yo lo sé, príncipe; sé simplemente que debe de ser algo infinitamente simple,
totalmente ordinario, que salta a los ojos cada día y a cada minuto; tan simple, que nos
cuesta trabajo creer que sea una cosa tan sencilla delante de la cual pasamos con toda
naturalidad desde muchos millares de años, sin observarla ni reconocerla.
-Quería decir únicamente que la idea que usted tiene de nobleza es al mismo tiempo la
negación de la nobleza – dijo el príncipe.
-Pues bien, puesto que usted insiste, diré que la nobleza tal vez no ha existido nunca
entre nosotros.
-Todo eso es terriblemente sombrío y oscuro. ¿De qué sirve hablar tanto? En mi
opinión, lo que habría que hacer es desarrollar…
La frente del príncipe se arrugó. Inquieto, lanzó una mirada al reloj. Versilov se levantó
y cogió su sombrero:
-¿Desarrollar? – dijo -. No, vale más no desarrollar nada, y además mi debilidad es la de
hablar sin nada de desarrollos. Sí, es la verdad. Otra cosa rara: si alguna vez me pongo a
desarrollar una idea en la que creí, casi siempre, al final de mi alegato, yo mismo dejo de
creer en ella. Me temo que hoy pasaría igual. Hasta la vista, mi querido príncipe. La verdad
es que en casa de usted me dejo arrastrar por la charla; no tengo perdón.
Salió. El príncipe lo acompañó cortésmente, pero yo estaba ofendido.
-¿Por qué se amohína usted? – preguntó de improviso, sin mirarme y pasando a mi lado
sin detenerse.
-Me amohíno – empecé a decir con un temblor en la voz – porque encuentro en usted un
cambio tan extraño respecto a mi e incluso respecto a Versilov, que… Sin duda, Versilov
ha empezado quizá de una manera un poco reaccionaria, pero en seguida ha rectificado
y… tal vez había en sus palabras un pensamiento profundo, pero usted no ló ha comprendido
y…
-¡No quiero que se me den lecciones y que se me trate como a un colegial! –
interrumpió, casi enfadado.
-Príncipe, ésas son palabras que…
-¡Hágame el favor de no recurrir a gestos dramáticos! ¡Se lo ruego! Lo sé, lo que hago
es indigno, soy un pródigo, un jugador, un ladrón quizá… Sí, un ladrón, puesto que pierdo
el dinero de mi familia, pero no quiero jueces por encima de mí. No quiero, no lo
toleraré. Yo soy mi propio juez. Y, ¿a qué vienen esas ambigüedades? Si tiene algo que
decirme, que lo diga francamente, en lugar de perderse en profecías nebulosas. Pero, para
decírmelo, hace falta tener derecho para ello, hace falta que uno mismo sea honrado…
-Ante todo no he estado presente en el comienzo a ignoro de qué está usted hablando;
además, ¿en qué no es honrado Versilov? Permítame que le haga la pregunta.
-¡Basta, se lo ruego, basta! Ayer me pidió usted tresciento rublos: ¡helos aquí!
Depositó el dinero sobre la mesa, se sentó en un sillón, se dejó caer nerviosamente
sobre el respaldo y cruzó las piernas. Me detuve, turbado:
-No sé… – balbuceé -. Es verdad que se los he pedido… y ese dinero me es muy
necesario, pero, en vista de ese tono…
-Déjese de tonos. Si he pronunciado alguna palabra ofensiva, excúseme. Le aseguro que
tengo otras preocupaciones. Escuche una cosa importante: he recibido una carta de
Moscú. Usted sabe que mi hermano Sacha, niño todavía, ha muerto hace tres días. Mi
padre, como usted sabe también, hace dos años que está paralítico y me escriben que ha
empeorado, que ya no puede articular una palabra y que no reconoce a nadie. Allá abajo
se regocijan de antemano, a causa de la herencia, y quieren llevárselo al extranjero; pero
el médico me escribe que no le quedan más de quince días de vida. Por tanto nosotros nos
quedamos, mi madre, mi hermana y yo, y de esta forma me encuentro poco más o menos
solo… En una palabra, heme aqui solo… Esa herencia… esa herencia, ¡oh, quizás habría
sido mejor que no hubiese llegado nunca! Pero he aquí lo que tenía que comunicarle a
usted: de esa herencia le he prometido a Andrés Petrovitch un mínimo de veinte mil
rublos. Ahora bien, hágase cargo de que las diversas formalidades me han impedido
hacer nada hasta ahora. E incluso yo… es decir, nosotros… bueno, mi padre, todavía no ha
tomado posesión de esos bienes. Sin embargo he perdido tanto dinero estas tres últimas
semanas, y ese sinvergüenza de Stebelkov cobra unos intereses tales… Acabo de darle a
usted poco más o menos mis últimos…
-¡Oh, príncipe, si es así.. . !
-No lo digo por eso. ¡En absoluto! Stebelkov me traerá hoy seguramente dinero, y
habrá bastante de momento, pero, ¡qué mal bicho es ese Stebelkov! Le he suplicado que
me busque diez mil rublos, para poderle dar al menos esa cantidad a Andrés Petrovitch.
Mi promesa de cederle ese tercio de la herencia me atormenta, me martiriza. He
empeñado mi palabra y debo cumplirla. Y, se lo juro a usted, ardo en deseos de librarme
de mis compromisos, por lo menos en lo que a eso se refiere. ¡Son compromisos pesados,
muy pesados, insoportables! Es una obligación que me pesa… No puedo ver a Andrés
Petrovitch, porque no puedo mirarlo a la cara… ¿Por qué abusa él entonces?
-¿En qué abusa, príncipe? – me detuve asombrado ante él -. ¿Es que alguna vez le ha
hecho a usted alusiones?
-¡Oh, no, y se lo agradezco! Pero me odio a mí mismo. En fin, me torturo más y más…
Ese Stebelkov…
-Escuche, príncipe, cálmese, se lo ruego. Veo que cuanto más insiste usted, tanto más
trastornado se siente. Y sin embargo todo eso no es quizá tal vez más que un espejismo.
¡Oh!, yo también me he torturado, imperdonablemente, bajamente; pero sé que eso es
pasajero… Me bastaría con ganar una pequeña suma y luego… dígame, con estos
trescientos, serán dos mil quinientos los que le debo, ¿no es así?
-Me parece que no se los estoy reclamando – dijo el príncipe, mostrando de pronto los
dientes.
-Usted ha dicho: diez mil a Versilov. Si yo acepto ahora el dinero de usted, será porque
entra a cuenta de los veinte mil de Versilov. No lo aceptaría de otra forma. Pero… pero se
lo devolveré yo mismo con toda seguridad… ¿Cree quizá que Versilov viene a su casa a
causa de su dinero?
-Me encontraría mejor, si viniera a causa de su dinero — dijo el príncipe
enigmáticamente.
-Habla usted de una «obligación que le pesa»… Si se trata de Versilov y de mí, es
ofensivo. En fin; usted dice: ¿por qué no es él mismo lo que quiere que sean los demás?
¡He ahí su lógica! Ante todo, eso no es lógica, permítame que se lo diga; aunque él no
fuera lo que exige ser, eso no le impediría predicar la verdad… Además, ¿por qué esa
palabra, «predica»? También dice usted: «profeta». Dígame, ¿fue usted quien lo trató de
«profeta para buenas mujeres» en Alemania?
-No, no fui yo.
-Stebelkov me ha dicho que sí.
–Ha mentido. No soy capaz de poner motes tan divertidos. Pero si alguien se dedica a
predicar la virtud, que sea él mismo virtuoso: he ahí mi lógica, y si es falsa, poco me
importa. Quiero que él sea así, y así lo será. ¡Y que nadie se atreva a venir a mi casa a
juzgarme y a tratarme como a un crío! Ya está bien – me gritó haciendo un ademán con la
mano para que no continuara -. ¡Ah, al fin!
La puerta se abrió y Stebelkov entró.
Estaba igual que siempre, elegantemente vestido, con el pecho echado hacia delante,
mirando tontamente a los ojos de los demás, creyéndose más listo que los otros, y muy
satisfecho de sí mismo. Pero en esta ocasión, al entrar, lanzó una curiosa ojeada circular;
había en su mirada no sé qué particularmente prudente y penetrante; se habría dicho que
trataba de adivinar algo por nuestras fisonomías. Por lo demás, se calmó
instantáneamente y una sonrisa plena de presunción se abrió en sus labios, esa sonrisa de
«solicitante insolente» que me era tan inmensamente desagradable.
Yo sabía desde hacía tiempo que él atormentaba mucho al príncipe. Había ya venido
una o dos veces en mi presencia. Yo… también yo había tenido que ver con él por
cuestión de negocios en el pasado mes, pero esta vez, por cierta razón, me quedé un poco
sorprendido por su visita.
-Inmediatamente – le dijo el príncipe, sin decirle siquiera buenos días, y, volviéndonos
la espalda, sacó de su mesa escritorio papeles y cuentas.
Yo estaba personalmente ofendido en serio por las últimas palabras del príncipe; la
alusión a la falta de honestidad de Versilov era tan clara (¡y tan sorprendente! ), que era
imposible dejarla pasar sin una explicación radical. Pero delante de Stebelkov no se podía
soñar en eso. Me tumbé de nuevo sobre el diván y abrí un libro que estaba ante mí.
-¡Bielinski (93), segunda parte! Es una novedad. ¿Quiere usted intruirse? – le pregunté
al príncipe, con tono probáblemente muy falso.
Él estaba muy ocupado y se daba prisa, pero al oír aquellas palabras se volvió
bruscámente:
-Se lo ruego, deje ese libro tranquilo – exclamó con tono tajante.
Aquello pasaba ya de los límites. Sobre todo en presencia de Stebelkov. Como si lo
hiciera adrede. Stebelkov esbozó un visaje innoble y astuto y con un guiño de ojos me
hizo señal por detrás del príncipe. Me aparté de aquel imbécil.
-No se enfade usted, príncipe. Se lo cedo al hombre más esencial y me eclipso…
Había decidido no enfadarme.
-¿Soy yo el hombre más esencial? – preguntó Stebelkov, señalándose gozosamente con
el dedo.
-Sí, usted lo es. Usted es el hombre más esencial, y además lo sabe muy bien.
-No, no, permita. Aquí abajo hay en todas partes un segundo. Yo soy ese segundo. Hay
el primero, y hay el segundo. El primero hace, y el segundo toma. De esa forma el
segundo llega a ser primero, y el primero, segundo. ¿Es verdad o no?
-Es posible, solamente que no le comprendo a usted, como de costumbre.
-Permítame. En Francia hubo la Revolución, y se guillotinó a todo el mundo. Vino
Napoleón, y se apoderó de todo. La Revolución es lo primero, y Napoleón es lo segundo.
Pues bien, Napoleón llegó a ser lo primero y la Revolución lo segundo. ¿Es verdad o no?
Diré de paso que cuando se puso a hablar de la Revolución Francesa, volví a encontrar
en eso su malicia de la otra vez, que me divertía tanto: seguía viendo en mí a un
revolucionario y, todas las veces que me encontraba, juzgaba oportuno algunas frases por
aquel estilo.
-¡Vamos! – dijo el príncipe, y los dos se retiraron a otra habitación.
Una vez que me quedé solo, decidí definitivamente devolverle sus trescientos rubos en
cuanto Stèbelkov se hubiese marchado. Me hacía muchísima falta aquel dinero, pero había
tomado mi decisión.
Se quedaron unos diez minutos sin que se oyese nada, y de pronto empezaron otra vez a
hablar en voz alta. Hablaban los dos a la vez, pero el príncipe se puso en seguida a gritar:
se diría que era víctima de una violenta irritación que casi llegaba a la rabia. Algunas
veces era muy violento, y por eso le pasaban muchas cosas. Pero en aquel mismo instante
entró un criado; le indiqué la habitación donde se encontraba el príncipe y todo se calmó
allí dentro instantáneamente. En seguida, el príncipe volvió a salir, con el rostro
preocupado, pero con una sonrisa. El criado se marchó corriendo y, medio minuto
después, entraba un visitante.
Era un personaje de aspecto majestuoso que llevaba cordones y emblema imperial, un
señor de unos treinta años como máximo, miembro del gran mundo y de severa apariencia.
Debo advertirle al lector que el príncipe Sergio Petrovítch no pertenecía en realidad
al gran mundo petersburgués, a pesar del deseo apasionado que tenía de lograrlo (yo
estaba enterado de ese deseo), y por consiguiente debía apreciar muchísimo una visita
semejante. Eran unas relaciones que, como yo sabía, acababan de trabarse después de
grandes esfuerzos del príncipe; el visitante devolvía ahora la visita, pero, por desgracia,
cogía desprevenido al dueño de la casa. Vi con qué sufrimiento y con qué mirada de
angustia el príncipe se volvió un instante hacia Stebelkov; pero el otro sostuvo aquella
mirada como si no pasase nada y, sin pensar lo más mínimo en retirarse, se sentó con aire
desenvuelto en el diván y se puso a frotarse los cabellos con la mano, sin duda en señal
de independencia. Incluso adoptó un aspecto grave. En una palabra, era imposible. En
cuanto a mí, en aquella época, sabía ya comportarme y no habría hecho que nadie tuviera
que ruborizarse, pero, ¿cuál no sería mi asombro cuando sorprendí también sobre mi
persona aquella mirada angustiosa, lastimera y llena de odio del príncipe? ¡Por tanto, se
avergonzaba de nosotros dos, me colocaba al mismo nivel que a Stebelkov! Esa idea me
puso furioso; me senté todavía más cómodamente y hojeé el libro con aire de quien no se
siente afectado por nada. Stebelkov, por el contrario, abrió ojos tamaños, se inclinó hacia
delante y puso oído atento a la conversación, juzgando sin duda que eso era lo cortés y lo
amable. El visitante le lanzó una o dos miradas, y también me las lanzó a mí.
Se comunicaron noticias de familia; aquel señor había conocido a la madre del príncipe,
que procedía de una familia renombrada. Por lo que pude deducir, el visitante, a pesar de
su amabilidad y de la aparente sencillez de su tono, era persona muy engreída y se
juzgaba tan superior, que una visita suya debía ser, en su opinión, un honor extremo para
quien quiera que fuese. Si el príncipe hubiese estado solo, es decir, sin nosotros, estoy
convencido de que se habría mostrado más digno y más ingenioso; pero un no sé qué de
tembloroso en su sonrisa, quizás afable en exceso, y una distracción extraña lo
traicionaban.
No llevaban sentados cinco minutos, cuando fue anunciado otro visitante más, y, como
designado por la suerte, también era comprometedor. Yo lo conocía muy bien y había
oído hablar mucho de él, aunque él no me conociera en absoluto. Era un hómbre muy
joven, de unos veintitrés años aproximadamente, vestido admirablemente, de buena
familia y muy bien parecido, pero que no pertenecía desde luego a la buena sociedad. El
año anterior todavía servía en uno de los más célebres regimientos de Caballería de la
Guardia, pero se había visto obligado a pedir el retiro, y todo el mundo sabía por qué. Sus
padres hasta habían llegado a anunciar en los periódicos que no respondían de sus
deudas, pero no por eso él cesaba en sus francachelas, encontrando dinero al diez por
ciento, jugando de una manera terrible en los casinos y arruinándose por una francesa
famosa. Aproximadamente una semana antes había ganado en una velada unos doce mil
rublos, y se sentía triunfador. Se llevaba muy bien con el príncipe; con frecuencia
jugaban juntos y a medias; el príncipe incluso se estremeció al verlo, lo noté desde mi
sitio; aqued muchacho se sentía en todas partes como si estuviera en su casa, hablaba
ruidosamente sin cortarse delante de nadie y decía con la mayor desenvoltura todo lo que
le pasaba por las mientes, y, desde luego, no se le podía ocurrir que nuestro anfitrión
temblase hasta tal punto por su compañía, estando a11í su empingorotado visitante.
No había hecho más que entrar, interrumpió la conversación de los dos y se puso en
seguida a contar la partida de juego del día anterior, incluso antes de sentarse.
-También estaba usted a11í, creo- dijo en su tercera frase, volviéndose hacia el visitante
empingorotado, a quien tomaba por uno de los suyos.
Pero, después de considerarlo con más atención, exclamó:
-¡Ah, perdone!, le había tomado a usted por uno de los de ayer.
-Alexis Vladimirovitch Darzan, Hipólito Alexandrovítch Nachtchokine- dijo el
príncipe, apresurándose a presentar el uno al otro.
A pesar de todo, aquel muchacho era presentable: el nombre era bueno y conocido;
pero, en cuanto a nosotros, no nos había presentado y nos quedamos en nuestros rincones.
Yo me negaba en absoluto a volver la cabeza hacia donde estaban. Pero Stebelkov, al ver
al joven, esbozó una mueca gozosa y hasta pareció dispuesto a abrir la boca. Todo
aquello empezaba a divertirme.
-Lo he encontrado a usted con frecuencia el año pasado en casa de la princesa
Veriguina – dijo Darzan.
-Me acuerdo, pero entonces usted llevaba el uniforme, creo – respondió afablemente
Nachtchokine.
-Sí, estaba entonces de uniforme, pero gracias a… ¡pero si es Stebelkov! ¿Cómo diablos
está aquí? Precisamente a causa de estos caballeretes no llevo ya el uniforme.
Señaló francamente a Stebelkov y se echó a reír. Stebelkov se rió también
gozosamente, tomando sin duda aquella frase por una amabilidad. El príncipe se sonrojó
y se apresuró a hacerle alguna pregunta a Nachtchokine, mientras que Darsan, después de
acercarse a Stebelkov, se enzarzaba con él en una conversación muy animada, pero a
media voz.
-Usted debió de conocer muy bien en el extranjero a Catalina Nicolaievna Akhmakova,
¿no es así? – le preguntó el visitante al príncipe.
-¡Oh, sí!, muy bien…
–Creo que pronto tendremos noticias. Se dice que va a casarse con el barón Bioring.
.¡Es verdad! – exclamó Darzan.
-¿Lo sabe usted… de una manera cierta? – le preguntó el príncipe a Nachtchokine con
una turbación visible a imprimiendo a su pregunta un acento particular.
-Es lo que me han dicho. Y creo desde luego que ya se habla de eso. Pero no lo sé de
forma segura.
¡Oh, es seguro!-dijo Darzan, aproximándose a ellos-. Dubassov me lo dijo ayer: es
siempre el primero en enterarse de esas cosas. Sin embargo, el príncipe debería saber…
Nachtchokine aguardó a que Darzan hubiera acabado y se volvió de nuevo hacia el
príncipe:
-Ahora se la ve raramente en sociedad.
-Su padre estaba enfermo el mes pasado – observó secamente el príncipe.
-Me parece que es una señorita que ha tenido aventuras – soltó de pronto Darzan.
Levanté la cabeza y me enderecé.
-Tengo el gusto de conocer personalmente a Catalina Nicolaievna y creo que es mi
deber asegurarle a usted que todos esos rumores escandalosos no son más que mentitas e
infamias… han sido inventados por los… que rondaban en torno de ella, pero que han
fracasado.
Después de aquella tonta interrupción me callé y seguí mirando a los asistentes, con el
rostro inflamado y el busto erguido. Todo el mundo se volvió hacia el lado donde yo estaba,
pero de repente Stebelkov se echó a reír; Darzan, sorprendido, sonrió también.
-Arcadio Makarovitch Dolgoruki – le dijo el príncipe a Darzan, señalándome.
-¡Ah!, créame, príncipe-dijo Darzan volviéndose hacia mí con un aire franco y
benévolo -. No soy yo quien habla; si hay rumores, no he sido yo quien los ha propalado.
-¡Oh, no le acuso a usted! — respondí rápidamente.
Pero ya Stebelkov estallaba en una risotada indecente, motivada, según se aclaró más
tarde, por el hecho de que Darzan me hubiese llamado príncipe. ¡Otra mala pasada que
me jugaba aquel nombrecito infernal! Todavía hoy me sonrojo al pensar que no supe,
naturalmente por una vergüenza mal entendida, deshacer inmediatamente aquella tontería
y declarar bien alto que yo era Dolgoruki a secas. Era la primera vez que me pasaba
aquello. Darzan nos miró perplejo a Stebelkov, todo risueño, y a mí.
-¡Ah, sí!, ¿quién es esa muchacha tan linda que acabo de encontrarme, pimpante y
fresca, en la escalera? – le preguntó súbitamente al príncipe.
-No sé nada – respondió el otro rápidamente, ruborizándose.
-¿Quién podrá saberlo entonces? – preguntó Darzan sonriente.
-En realidad… puede que sea.. . – y el príncipe se interrumpió.
-Es… pues es su hermanita… Isabel Makarovna – soltó Stebelkov, señalándome -. Yo
también acabo de encontrarme con ella…
– -¡Ah, desde luego! – dijo el príncipe, esta vez con rostro extremadamente grave y serio
-. Debe de ser Isabel Makarovna, una buena amiga de Ana Fedorovna Stolbieieva, cuya
casa ocupo ahora. Seguramente habrá venido a ver a Daria Onissimovna, otra buena
amiga de Ana Fedorovna, que le ha confiado su casa al partir…
Conque era aquello. Aquella Daria Onissimovna era la madre de la pobre Olia, de la
que ya he hablado, y a la que Tatiana Pavlovna había colocado por fin en casa de la
Stolbieieva. Yo sabía perfectamente que Lisa iba a casa de Stolbieieva y que a veces veía
a11í a la pobre Daria Onissimovna, hacia la cual todo el mundo en nuestra casa había
concebido un gran cariño; pero en aquel momento, después de aquella declaración tan
precisa del príncipe y sobre todo después de la absurda salida de Stebelkov, y quizá
también porque se me acababa de llamar príncipe, sentí que me sonrojaba de la cabeza a
los pies. Por fortuna, en aquel mismo instante, Nachtchokine se levantó para despedirse;
le tendió la mano también a Darzan. Durante el instante que nos quedamos solos con
Stebelkov, éste me señaló a Darzan que nos volvía la espalda en el umbral; amenacé a
Stebelkov con el puño.
Un minuto después, Darzan se fue también, después de haber convenido con el príncipe
una cita para el día siguiente, ni que decir tiene que en una casa de juego. Al salir, le gritó
algo a Stebelkov y se inclinó ligeramente delante de mí. Apenas se había marchado,
Stebelkov saltó de su sitio y se plantó en mitad de la habitación, alzando un dedo en el
aire:
-Ese señorito ha hecho la semana pasada la faena siguiente: ha firmado un pagaré con
un falso endoso a nombre de Averianov. Ese delicioso pagaré existe todavía. ¡Es inadmisible!
Es una cuestión de derecho. ¡Ocho mil rublos!
-¿Y es usted quien tiene ese pagaré? – le pregunté, lanzándole una mirada feroz.
-Lo que yo tengo es una banca, un mont-de-piété, y no un pagaré. Ustedes saben lo que
es el mont-de-piété en París. Es pan y felicidad para los pobres. Pues bien, yo tengo un
mont-de-piété mío particular…
El príncipe lo interrumpió maligna y brutalmente:
-¿Y qué hacía usted ahí? ¿Por qué se ha quedado?
-¿Cómo? – dijo Stebelkov, parpadeando -. ¿Y la cosa?
-¡No, no y no! – exclamó el príncipe, pataleando -. ¡Ya lo he dicho!
-Bueno, si es así… está bien. Solamente que eso no es todo…
Dio media vuelta y salió bruscamente bajando la cabeza y encorvando la espalda. El
príncipe le gritó cuando ya estaba en el umbral:
-¡Y sepa usted bien, caballero, que no le tengo miedo!
Estaba muy irritado. Tenía ganas de sentarse, pero al verme no lo hizo. Su mirada
parecía decirme también: «¿Y tú, qué haces tú ahí?»
-Príncipe – empecé.
-No tengo tiempo, de verdad, Arcadio Makarovitch, tengo que salir.
-Un momentito, príncipe, es muy importante. Y ante todo, tenga usted sus trescientos
rublos.
-¿Qué quiere decir eso ahora?
Se iba, pero se detuvo.
-Es que después de lo que ha pasado… y de lo que usted ha dicho de Versilov, que no es
decente, y, en fin, el tono que ha adoptado usted todo este tiempo… En una palabra, no
puedo aceptar.
-Sin embargo ha estado usted aceptando durante todo un mes.
Se sentó bruscamente. Yo estaba en pie delante de la mesa; con una mano me entretenía
atormentando el libro de Bielinski, con la otra tenía agarrado el sombrero.
-Los sentimientos eran distintos, príncipe… Y, además, yo nunca habría sobrepasado de
una determinada cifra… Este juego… En una palabra, no puedo.
-No se ha distinguido usted de ninguna manera, y por eso está furioso. Le ruego que
deje en paz ese libro.
-¿Qué quiere usted decir con eso de «distinguido de ninguna manera»? Además, en
presencia de sus invitados, me ha puesto usted poco más o menos al mismo nivel que
Stebelkov.
-¡He ahí la clave del enigma! – dijo con una sonrisa mordaz -. Además, le ha molestado
que le digan príncipe.
Soltó una risita maligna. Yo estallé:
-Ni siquiera comprendo… Príncipe, he ahí un título que no querría ni siquiera de balde.
-Conozco su carácter. ¡Cómo se ha revuelto para defender a Ahkmakova! ¡Suelte usted
ese libro!
-¿Qué significa eso? – grité yo también.
-¡Suel-te-e-se libro! – aulló, enderezándose furiosamente en su sillón, como dispuesto a
echárseme encima.
-¡Esto ya sobrepasa todos los límites! – dije, dirigiéndome rápidamente hacia la puerta.
Pero todavía no había llegado cuando me gritó:
-¡Vuelva, Arcadio Makarovitch! ¡Vuelva! ¡Vuelva inmediatamente!
Yo ya no lo escuchaba y me iba. Me alcanzó a pasos rápidos, me cogió por el brazo y
me arrastró a su despacho, tendiéndome los trescientos rublos que yo había abandonado -.
¡Tómelos, lo exijo… de lo contrario… Se lo ordeno!
-Pero, príncipe, ¿cómo voy a cogerlos?
-Pues bien, le pido perdón, si quiere. Venga, perdóneme.
-Príncipe, yo siempre lo he querido a usted, y si, por su parte también…
-Yo también. Tenga…
Tomé los billetes. Sus labios temblaban.
-Le comprendo, príncipe, está usted enfadado con ese sinvergüenza… pero a pesar de
todo no aceptaré más que si nos besamos, como después de nuestros enfados anteriores…
Diciendo aquellas palabras, también yo temblaba.
-Ahora, mimos… – rezongó el príncipe, sonriendo tímidamente.
Pero se inclinó y me besó. Me estremecí: en el momento de aquel beso, leí en su rostro
una clara repugnancia.
-¿Le ha traído a usted el dinero al menos?
-Bueno, poco importa. -Entonces es que…
-Lo ha traído, lo ha traído…
-Príncipe, éramos amigos… y, además, Versilov…
-Sí, sí, ¡está bien!
-En fin, no sé realmente si estos trescientos rublos…
Los tenía entre las manos.
-¡Tómelos, tómelos!
Y se echó a reír de nuevo, pero había en su sonrisa algo malvado.
Los tomé.
CAPÍTULO III
I
Los tomé, porque le tenía cariño. Al que no me crea, le responderé que, por lo menos en
el momento en que yo tomaba aquel dinero, estaba firmemente convencido de que podría,
si quisiera, procurármelo en otra parte. Así, pues, lo tomaba no por necesidad, sino por
delicadeza, para no herirlo. ¡Ay, he ahí cómo yo razonaba entonces! Pero de todas formas
me sentía demasiado confuso al separarme de él aquella mañana. Con respecto a mí,
observaba en él un cambio enorme. Él nunca había empleado un tono parecido; y, contra
Versilov, era una rebelión declarada. Sin duda Stebelkov lo habia puesto de mal humor;
pero aquello había comenzado antes de la llegada de Stebelkov. Lo repito: el cambio
podia notarse ya los días precedentes, pero no de esta manera, no hasta tal punto, y eso
era lo importante.
Lo que había podido causar aquel efecto era la estúpida noticia relativa a aquel
ayudante de campo de Su Majestad, el barón Bioring (94)… También yo había salido
turbado, pero… El hecho es que yo tenía entonces otra luz delante de los ojos y dejaba
pasar muchas cosas sin prestarles ninguna atención: me apresuraba a dejarlas pasar,
rechazaba todo lo que era sombrío y me dirigía hacia lo que brillaba…
No era todavía la una de la tarde. Desde la casa del príncipe me dirigí con mi Matvei, se
crea o no, directamente a casa de Stebelkov. Acababa de sorprenderme menos por su
visita al príncipe (le había prometido venir) que por los guiños de ojos que me había
dirigido según su estúpida costumbre, pero sobre un tema completamente diferente del
que yo me imaginaba. Yo había recibido de él, el día anterior por la noche y por correo,
un billete bastante enigmático en el cual me suplicaba que fuera a verlo hoy entre la una y
las dos: tenía que comunicarme «ciertas cosas inesperadas». Y de aquella carta, no había
dicho ni una sola palabra hacía un momento, en casa del príncipe. ¿Qué secretos podía
haber entre Stebelkov y yo? La sola idea era ridícula; pero, después de todo lo que había
pasado, yo no dejaba de sentir un temblorcillo al dirigirme a su casa. Claro que ya había
ido a buscarlo una vez, hacía unos quince días, para una cuestión de dinero, y él me lo
había ofrecido, pero no nos habíamos puesto de acuerdo y yo no había aceptado; en
aquella ocasión rezongó alguna cosa oscura, según su costumbre, y me pareció que quería
hacerme una proposición, ofrecerme condiciones especiales… Y, como yo lo había
tratado altivamente todas las veces que me lo encontré en casa del príncipe, rechacé con
orgullo toda idea de condiciones especiales y salí, aunque él saliera corriendo detrás de
mí hasta la puerta. Y entonces fue cuando le pedí prestado al príncipe.
Stebelkov vivía completamente independiente y con gran lujo: un apartamiento de
cuatro hermosas habitaciones, un bonito mobiliario, dos sirvientes, hombre y mujer, más
una ama de llaves, por to demás de edad madura. Me mostré muy colérico.
-Escuche usted, señor mío – empecé desde la puerta -; ante todo, ¿qué significa esa
cartita? No admito correspondencia entre usted y yo. ¿Y por qué no me ha dicho todo lo
que tenga que decirme hace un momento, en casa del príncipe? Me tenía usted a su
disposición.
-Y usted, ¿por qué no habló usted hace un momento? ¿Por qué no me preguntó nada?
Y abrió la boca en una sonrisa de perfecta satisfacción.
-Sencillamente porque no soy yo quien tiene necesidad de usted, sino usted quien la
tiene de mí – exclamé enfurecido.
-Y entonces, ¿por qué viene usted a verme, si la cosa es como me dice?
Casi se puso a saltar de alegría. Inmediatamente di media vuelta para marcharme, pero
me agarró por el hombro.
-No, no era broma. El asunto es serio, usted lo verá.
Me senté. Lo confieso, me arrastraba la curiosidad. Nos instalamos al extremo de un
amplio despacho, el uno frente al otro. Sonrió finamente y levantó el dedo.
-¡Si le parece, sin finuras y sin rodeos! Y sobre todo sin alegorías. Derecho al grano, o
me voy – le grité, enfadado nuevamente.
-¡Es usted orgulloso! – dijo con un reproche idiota, balanceándose en su sillón y
marcando todas las arrugas de la frente.
-Así es como hay que obrar con usted.
-Hoy… ha recibido usted dinero en casa del príncipe. Trescientos rublos. También yo
tengo dinero. El mío vale más.
-¿Cómo sabe usted que lo he aceptado? – me sentía terriblemente sorprendido -. ¿Es que
se lo ha dicho él?
-Me lo ha dicho. Cálmese usted, ha sido de una manera incidental, de pasada, no a
propósito. Me lo ha dicho. Pero usted no podía rechazar. ¿Es así o no?
No sé por qué me propone eso; he oído decir que desuella usted a la gente con los
intereses.
-Tengo mi mont-de-piété, no desuello a nadie. Fácilito dinero únicamente a los amigos,
no a los demás. Para los demás hay el mont-de-piété…
Ese mont-de-piété era sencillamente préstamos sobre objetos dejados en prenda,
manipulacíón que se llevaba a cabo en un local distinto, siendo, por lo demás, una
empresa floreciente.
-A los amigos les doy grandes sumas.
-¿Y el príncipe es uno de sus amigos?
-Lo es. Pero… quiere contarnos paparruchas. ¡Que tenga cuidado!
-¿Hasta ese punto lo tiene usted entre las manos? Le debe mucho, ¿no?
-¿Él. .. ? Muchísimo.
-No dejará de pagarle. Tiene una herencia…
-Esa herencia no es suya. Me debe dinero, y otra cosa además. No basta con la
herencia. A usted le prestaré sin intereses.
-¿También a título de amigo? ¿Por qué me lo he merecido? – pregunté, echándome
luego a reír.
-Se lo merecerá usted.
Avanzó hacia mí con todo su cuerpo y se dispuso a elevar el dedo.
-¡Stebelkov, nada de dedos!, o me voy.
-¡Escuche… él puede casarse con Ana Andreievna! – y me hizo un guiño infernal.
-Mire, Stebelkov, la conversación está tomando un aspecto demasiado escandaloso…
¿Cómo se atreve usted a mencionar el nombre de Ana Andreievna?
-No se enfade usted.
-Estoy conteniéndome para poder escucharle, porque en todo esto veo no sé qué
maquinación y querría saber… Pero ya no puedo resistir más, Stebelkov.
-No se enfade usted, no se haga el orgulloso. Deje de hacerse el orgulloso un
momentito. ¿Conoce usted la historia de Ana Andreievna? ¿Sabe usted que el príncipe
puede casarse?
-Naturalmente, he oído hablar de ese proyecto, estoy enterado de todo. Pero jamás he
comentado eso con el príncipe Sokolski, que sigue enfermo hoy día. Y yo nunca he dicho
nada ni he participado en eso. Se lo digo a usted únicamente a título de explicación, y me
permito preguntarle ante todo: ¿por qué ha sacado a relucir este tema? Y además, ¿cómo
es posible que el príncipe hable de estas cosas con usted?
-No es él quien habla de eso conmigo; no quiere hablarme; soy yo quien le hablo y él
no quiere escucharme. Hace un momento se puso a gritar.
-¡Y con mucha razón; yo lo apruebo!
-El viejo, el príncipe Sokolski, dotará espléndidamente a Ana Andreievna. Ella le
agrada. Entonces, el novio, el príncipe Sokolski, me devolverá mi dinero. Y me devolverá
también la otra deuda. Seguro que me la devolverá. Mientras que ahora no puede hacerlo.
-Pero yo, ¿en qué puedo serle yo útil?
-Puede usted serme útil para una cuestión esencial: usted los conoce. A usted lo
conocen en todas partes. Puede enterarse de todo.
-¡Demonios!, ¿de qué?
-Si el príncipe consiente, si consiente Ana Andreievna, si consiente el príncipe anciano.
Usted puede saber la verdad.
-¡Y usted me propone que me convierta en su espía, y además por dinero! – salté,
indignado.
-No se muestre orgulloso, no se muestre orgulloso. Resista todavía un ratito, no más de
cinco minutos.
Hizo que volvieran a sentarse. Se notaba que no le temía ni a mis gestos ni a mis
exclamaciones; decidí escucharlo hasta el fin.
-Solamente me hace falta saber, enterarme pronto, porque… porque bien pronto quizá
sea demasiado tarde. ¿Ha visto usted hace un momento cómo se tragó la píldora cuando
el oficial le habló del barón y de Akhmakova?
Decididamente me rebajé al quedarme más tiempo escuchándolo, pero mi curiosidad
estaba interesada de manera irresistible.
-Mire, usted es… usted es un sinvergüenza-dije con tono categórico -. Si me quedo aquí
a escucharle y si le permito que hable de esas personas… a incluso si me decido a
responderle, no es en absoluto porque le reconozca a usted ese derecho. Solamente es que
veo en todo eso no sé qué maquinación. Y ante todo, ¿qué esperanzas puede fundar el
príncipe sobre Catalina Nicolaievna?
-Ninguna, pero está rabioso.
-Es falso.
-Está rabioso. Pero dejemos entonces lo que se refiere a Akhmakova. Bueno, en eso he
perdido la partida. Queda todavía lo de Ana Andreievna. Le daré a usted dos mil… sin
intereses ni pagarés.
Dicho esto, se reclinó, decidido y grave, sobre el respaldo de su sillón y me asaeteó con
los ojos. Yo lo miraba también con toda fijeza.
-Lleva usted puesto un traje que procede de la Gran Millionnaia (95 ). Hace falta
dinero, hace falta. Mi dinero vale más que el suyo. Yo daré más de dos mil…
-Pero, ¿por qué? ¿Por qué?, ¡qué diablos!
Pataleé un poco. Se inclinó hacia mí y dijo en forma expresiva:
-Para que usted no me moleste.
-Para eso no necesita darme dinero, yo no me mezclo en nada – exclamé.
-Ya sé que usted no dice nada. Eso está bien.
-No tengo necesidad ninguna de que usted me dé su aprobación. Es verdad que es una
cosa que yo deseo muchísimo por mi parte, pero pienso que no es asunto mío y que sería
incluso inconveniente.
-¡Ya lo ve usted, ya lo ve usted, inconveniente! – repitió, levantando el dedo.
-¿Qué quiere usted decir?
-Inconveniente… ¡ja, ja! – se echó a reír -. Comprendo, comprendo que sería
inconveniente para usted, pero… ¿de verdad que no me estorbará?
Hizo un guiño, pero en aquel guiño había algo horriblemente descarado, burlón, bajo.
Suponía en mí no sé qué bajeza, una bajeza con la que él contaba. Aquello estaba claro,
pero yo seguía sin comprender adónde quería ir a parar.
-Ana Andreievna es también hermana de usted – dijo con intención.
-Le prohíbo que hable de ella. No tiene usted derecho a hablar de Ana Andreieana.
Deje de mostrarse orgulloso por lo menos un minutito más. Escúcheme: él recibirá
dinero y se lo facilitará a todo el mundo – dijo Stebeikov, recalcando la frase -, a todo el
mundo, ¿me comprende usted?
-Entonces, ¿usted cree que yo voy a aceptar su dinero?
-Por lo menos lo está aceptando ahora.
-Es un dinero que es mío.
-¿Suyo?
-Es dinero de Versilov: él le debe veinte mil rublos a Versilov.
-¡Poco importa! ¡También yo he podido razonar así! Yo sabía que eso importaba
muchísimo: no era tan imbécil. Pero repito que razonaba así por «delicadeza».
-¡Basta! – exclamé -. No comprendo nada de nada. ¿Cómo se ha atrevido usted a
hacerme venir para decirme semejantes tonterías?
-¿Es posible que realmente no comprenda usted? ¿Lo hace adrede? – pronunció
lentamente Stebelkov, lanzándome una mirada penetrante acompañada de una sonrisa de
desconfianza.
-Se lo juro, no comprendo una palabra.
-Digo que él puede proveer a todo el mundo, a todo el mundo, solamente que no hay
que estorbarlo, no hay que disuadirlo…
-¡Usted ha perdido la cabeza! ¿Qué quiere decir con eso de «todo el mundo»? ¿Es que
va a proveer a Versilov?
-No está usted solo, ni Versilov tampoco… Hay otras personas. Ana Andreievna es tan
hermana de usted como Isabel Makarovna.
Lo miré, abriendo los ojos de par en par. Súbitamente hubo en su innoble mirada una
especie de lástima hacia mí:
-Entonces es que usted no comprende, ¡tanto mejor! Está muy bien, está muy bien esto
de que no comprenda. Es algo admirable… si es verdad que no comprende.
Me enfurecí del todo:
-¡Váyase al diablo con sus estupideces! ¡Está usted loco! – grité, recogiendo mi
sombrero.
No son estupideces. ¿Lo cree? Mire, usted volverá.
-¡No! – dije en forma tajante, ya en el umbral.
-Usted volverá y entonces… entonces hablaremos de otra manera. Hablaremos de cosas
serias. Acuérdese de que son dos mil rublos.
II
Había producido en mí una impresión tan turbia y tan sucia, que, al salir, me esforcé en
no pensar más en aquello y me limité a escupir asqueado. La idea de que el príncipe hubiera
podido hablarle de mí y de aquel dinero me hacía el efecto de un pinchazo de aguja.
«Los recuperaré y se los devolveré hoy mismo», pensé con decisión.
Por bestia y retorcido que fuese Stebelkov, yo veía ahora al tunante en todo su
esplendor, y, sobre todo, que no podía dejar de haber a11í alguna intriga. Únicamente que
yo no tenía tiempo entonces para ocuparme en descifrar intrigas, y ésa era la causa
principal de mi ceguera momentánea. Miré mi reloj con inquietud, pero todavía no eran
ni siquiera las dos; por tanto aún podía hacer una visita, de lo contrario estaría hasta las
tres muerto de emoción. Me dirigí a casa de Ana Andreievna Versilova, mi hermana. Me
había encontrado con ella hacía mucho tiempo, en casa de mi anciano príncipe, durante
su enfermedad. El pensamiento de que no la veía desde hacía tres o cuatro días
atormentaba mi conciencia. Pero fue Ana Andreievna quien me sacó del apuro: el
príncipe sentía por ella una verdadera pasión y delante de mí la había llamado su ángel de
la guarda. A propósito, la idea de casarla con el príncipe Sergio Petrovitch había
arraigado efectivamente en la cabeza de mi buen viejo y me lo había incluso manifestado
más de una vez, en secreto, naturalmente. De aquello yo le había hablado a Versilov,
porque ya antes había notado que, si bien se mostraba indiferente para todas las cosas
esenciales, sin embargo siempre se interesaba por las noticias que yo le daba de mis
encuentros con Ana Andreievna. Versilov había refunfuñado entonces que Ana
Andreievna era bastante inteligente y podía arreglárselas, en un asunto tan delicado, sin
consejos de nadie. Stebelkov estaba evidentemente en lo cierto al suponer que el viejo le
daría una dote, pero ¿cómo podía él haber contado con una cosa segura? El príncipe
acababa de gritarle que no le tenía miedo, pero, al fin y al cabo, ¿no era de Ana
Andreievna de quien Stebelkov le había hablado en su despacho? Me imagino hasta qué
punto yo me habría sentido furioso en su lugar.
En los últimos tiempos yo iba bastante a menudo a casa de Ana Andreievna. Pero
siempre pasaba una cosa rara: era ella siempre la que me concedía la cita y me esperaba
con toda puntualidad, pero, apenas llegado, me daba la impresión de que me había
presentado a11í de una manera completamente inopinada; había observado en ella ese
detalle, pero no por eso le tenía menos cariño. Ella vivía en casa de Fanariotova, su
abuela. naturalmente a título de pupila (Versilov no daba nada para su manutención),
pero con un papel muy distinto del que se atribuye de ordinario a las pupilas de las damas
nobles, como por ejemplo en Puchkin, en La dama de Pica, la de la vieja condesa. Ana
Andreievna era por sí misma una especie de condesa. Tenía en la casa su departamento
particular, completamente independiente, aunque en el mismo piso y en el mismo
apartamiento que Fanariotova, pero formado por dos habitaciones aisladas, de modo que
ni al entrar ni al salir me encontraba yo nunca con ninguno de los Fanariotov. Tenía derecho
a recibir a quien quisiera y emplear su tiempo como le pareciera bien. Cierto es que
ya había cumplido los veintitrés años. El año pasado había dejado de ir casi en absoluto a
las fiestas de sociedad, aunque Fanariotova no ahorrase gastos en su nieta, a la que quería
muchísimo, por lo que he oído decir. Por el contrario, lo que más me agradaba en Ana
Andreievna era que me la encontraba siempre con un vestido muy modesto, siempre
ocupada, con alguna labor o un libro entre las manos. Había en su porte no sé qué de
monástico, de casi monjil, que también me agradaba. No era locuaz, pero hablaba
siempre con ponderación y le gustaba mucho escuchar, cosa de la que siempre he sido
incapaz. Cuando yo le decía que, sin tener ningún rasgo común con él, ella me recordaba
enormemente a Versilov, no dejaba de ruborizarse un poco. Se ruborizaba con frecuencia,
y siempre rápidamente, pero siempre de una manera muy tenue, y esa particularidad de su
rostro me agradaba mucho. En su casa yo nunca designaba a Versilov por su nombre: lo
llamaba siempre Andrés Petrovitch, y eso parecía estar convenido tácitamente. Incluso
había notado que, en casa de los Fanariotov en general, se debía de tener un poco de
vergüenza de Versilov; por mi parte sólo lo había notado en Ana Andreievna, aunque
todavia no sepa si «vergüenza» es aquí el término más apropiado; pero había algo de
aquello. Yo hablaba también con ella del príncipe Sergio Petrovitch, y ella escuchaba
mucho, parecía interesarse por aquellos informes; pero sucedía siempre que era yo quien
se los comunicaba sin que ella me preguntase jamás. Yo nunca me había atrevido a
hablarle de la posibilidad de un casamiento entre ellos, aunque muchas veces me asaltase
el deseo de hacerlo, porque la idea me agradaba muchísimo. Pero había una multitud de
temas que yo no me atrevía a abordar en su habitación, y sin embargo me sentía a11í
infinitamente bien. Lo que también me gustaba mucho era que se trataba de una
muchacha muy cultivada que leía enormemente, incluso libros serios; leía mucho más
que yo.
La primera vez fue ella quien me hizo ir a su casa. Comprendí entonces que pensaba
sacarme alguna noticia. ¡Oh, en aquella época, mucha gente podía sonsacarme con la
mayor facilidad! «Pero, ¿qué importa? – me decía yo -; no me recibe solamente por eso.»
En una palabra, yo me sentía dichoso por poderle ser útil y… y cuando estaba sentado
cerca de ella, me parecía siempre que era mi hermana quien estaba a mi lado, aunque
nunca hubiésemos hablado de nuestro parentesco, ni con palabras claras ni siquiera con
alusiones; se habría dicho que ese parentesco no había existido jamás. Al visitarla en su
casa, me parecía completamente imposible abordar aquel tema y, al mirarla, una idea
absurda me atravesaba a veces el espíritu: ¡que quizás ella ignoraba aquel parentesco, en
vista de la forma que tenía de comportarse conmigo!
III
Al entrar, me encontré con que estaba allí Lisa. Me quedé casi aturdido. Yo sabía muy
bien que ellas se habían conocido ya; el encuentro se había producido en casa del «niño
de pecho». Tal vez hablaré más tarde, si se presenta la ocasión, del capricho que tuvo la
orgullosa y púdica Ana Andreievna de ver aquel niño, así como de su encuentro a11í con
Lisa; pero no me esperaba en forma alguna que Ana Andreievna ïnvitara a Lisa a su casa.
Me sentí por tanto agradablemente sorprendido. Sin demostrarlo, como es natural, le di
los buenos días a Ana Andreievna, estreché calurosamente la mano de Lisa y me senté a
su lado. Las dos estaban ocupadas con asuntos serios: sobre la mesa y sobre sus rodillas
estaba extendido un vestido de noche de Ana Andreíevna, suntuoso pero anticuado, es
decir, que se lo había puesto ya tres veces, y que quería transformarlo. Lisa era una gran
«artista» en el asunto y tenía buen gusto: se celebraba pues un consejo de guerra entre
aquellas «sabihondas». Me acordé de Versilov y me eché a reír; por lo demás, estaba de
un humor radiante.
-Está usted hoy muy alegre. Eso es muy agradable – dijo Ana Andreievna, destacando
gravemente cada palabra.
Tenía una voz de contralto cálida y vibrante, pero pronunciaba siempre calmosa,
tranquilamente, bajando un poco sus largas cejas, con una sonrisa fugitiva sobre su pálido
rostro.
-Lisa sabe lo desagradable que soy cuando no estoy alegre – respondí jovialmente.
-También es posible que lo sepa Ana Andreievna.
Era un alfilerazo que me dirigía la desvergonzada de Lisa. ¡Pobrecilla, si yo hubiese
sabido entonces el peso que había en su corazón!
-¿Qué hace usted ahora? – preguntó Ana Andreievna. (Nótese que era ella quien me
había rogado que viniese a verla aquel día. )
-Ahora estoy aquí y me pregunto por qué me gusta más encontrarla delante de un libro
que delante de una labor. No, verdaderamente, las labores de señoras no van con usted.
En ese aspecto, soy de la opinión de Andrés Petrovitch.
–¿Todavía sigue usted sin decidirse a ingresar en la Universidad?
-Le agradezco infinito que no haya olvidado nuestras conversaciones anteriores. Eso es
señal de que piensa en mí algunas veces. Pero, en lo que se refiere a la Universidad,
todavía no estoy decidido, y además tengo ciertos proyectos.
-Lo cual quiere decir que tiene su secreto – observó Lisa.
-Déjate de bromas, Lisa. Un hombre inteligente ha dicho estos días que todo nuestro
movimiento progresista de estos últimos veinte años ha probado en primer lugar que
todos somos unos groseros incultos. Y, como era justo, no ha olvidado nuestras
universidades.
-Vamos, papá ha estado en lo cierto; con mucha frecuencia tú repites sus mismas ideas
– observó Lisa.
-Lisa, se diría que, en opinión suya, carezco de cerebro.
-En nuestra época es útil escuchar los discursos de las personas inteligentes y retenerlos
– replicó Ana Andreievna, intercediendo ligeramente a mi favor.
-Exactamente, Ana Andreievna – repliqué con ardor -. Quien no piensa en estos
momentos en Rusia, no es ciudadano. Considero a Rusia desde un punto de vista tal vez
extraño: hemos sufrido la invasión tártara, luego dos siglos de esclavitud, sin duda porque
lo uno y lo otro fueron de nuestro gusto. Ahora se nos ha dado la libertad y se trata de
soportarla: ¿podremos hacerlo? ¿Nos gustará realmente la libertad? He ahí el problema.
Lisa envió una mirada rápida a Ana Andreievna; ésta bajó inmediatamente la cabeza y
fingió estar buscando alguna cosa; vi que Lisa hacía los mayores esfuerzos por
contenerse, pero de repente nuestras miradas se encontraron por casualidad y ella estalló
en una carcajada; yo prorrumpí:
-¡Lisa, eres imposible!
-¡Perdón! – dijo bruscamente, cesando de reír y casi con pena -. No sé lo que tengó en la
cabeza…
De pronto unas lágrimas temblaron en su voz; me dio una vergüenza espantosa: le cogí
la mano y se la besé con fuerza.
-Es usted muy bueno – me dijo dulcemente Ana Andreievna, viéndome besar la mano
de Lisa.
-Lo que me siento es muy dichoso, Lisa, por encontrarte una vez con ganas de reír. ¿Lo
creerá usted, Ana Andreievna?: todos estos últimos días me ha estado recibiendo con una
mirada especial y en su mirada una especie de pregunta: «Y bien, ¿te has enterado de
algo? ¿Va todo bien?»- Verdaderamente, hay algo en ella de ese tipo.
Ana Andreievna la miró lenta y fijamente; Lisa bajó los ojos. Por lo demás, yo notaba
muy bien que había entre ellas muchísima más intimidad de la que yo hubiera supuesto al
entrar; aquella idea me resultó agradable.
-Acaba usted de decir que soy bueno; no podría usted creer hasta qué punto me siento
mejorado al estar aquí y lo bien que me encuentro en su casa, Ana Andreievna -.- dije
emocionado.
-Y a mí me encanta oírle hablar así en este momento – me respondió ella con gravedad.
Debo decir que ella no me hablaba nunca de mi vida desordenada ni del torbellino en el
que yo estaba sumergido, aunque, yo lo sabía, estuviese informada de todo a incluso preguntase
a los demás por mí. Por tanto aquélla era la primera alusión, y mi corazón no
hizo más que sentirse todavía más atraído hacia ella.
-¿Y nuestro enfermo? – pregunté.
-¡Oh! Va mucho mejor: sale, ayer y hoy ha ido a dar un paseo. Pero, ¿es que no ha ido
usted a verlo hoy? Lo está esperando.
-Estoy en deuda con él, pero ahora es usted quien lo visita y me ha reemplazado
perfectamente. Es un gran infiel, me ha cambiado por usted.
Se puso muy seria, porque mi broma podía pasar muy bien por una vulgaridad.
-Salgo de casa del príncipe Sergio Petrovitch, y… A propósito, Lisa, ¿has estado en casa
de Daria Onissimovna?
-Sí – respondió ella brevemente, sin levantar la cabeza -. Pero me parece que vas todos
los días a casa del príncipe enfermo, ¿no es asi? – preguntó de pronto, quizá para decir
algo.
-Sí, voy, solamente que no llego hasta el final – respondí riendo -. Entro y hago un giro
a la izquierda.
-Incluso el príncipe ha notado que va usted con mucha frecuencia a casa de Catalina
Nícolaievna. Ayer hablaba de eso y se rió mucho – dijo Ana Andreievna.
-¿Y de qué se reía?
-Bromeaba, ya usted me comprende. Decía que, al contrario de lo que se piensa, una
mujer joven y bella produce siempre en un joven de la edad de usted una impresión de
furia y de cólera. .. – dijo Ana Andreievna, echándose luego a reír.
-Oiga… ¿Sabe usted que eso está muy bien dicho? -exclamé -. Seguramente no es cosa
de él; será usted quien se lo habrá apuntado, ¿no es así?
-¿Y por qué? No; es cosa suya.
-Y si esa hermosa le presta atençión, aunque él sea tan poquita cosa, que se mantiene en
un rincón y le da rabia ser «su pequeño», y si de pronto ella lo prefiere a la multitud de
adoradores que la rodean, ¿qué pasará entonces? – pregunté bruscamente con semblante
atrevido y provocador mientras el corazón me latía con fuerza.
-Pues que estás perdido frente a ella – respondió Lisa, y estalló en una carcajada.
-¿Perdido? – exclamé -. No, ne estoy perdido. Creo firmemente que nunca estaré
perdido. Si una mujer se atraviesa en mi camino, está obligada a seguirme. No se me
cierra el camino impunemente…
Lisa me dijo un día, incidentalmente, mucho tiempo después, que yo había pronunciado
esa frase de una manera extraña, con una terrible seriedad y como sumido de pronto en
mis reflexiones; pero en aquel momento «resultaba tan cómico, que no había manera de
contenerse». Efectivamente, Ana Andreievna se echó a reír una vez más.
-¡Ríase, búrlese de mí! – exclamé en una especie de embriaguez, porque toda aquella
conversación y su tono me agradaban enormemente -. Que lo haga usted, es para mí un
placer. Me encanta oír su risa, Ana Andreievna. Es su característica más acusada: se
queda usted silenciosa y luego se echa de pronto a reír, en un instante, sin que en el
segundo anterior hubiese nada en su rostro que presagiara esa risa. En Moscú conocí de
lejos a una señora, puesto que yo la miraba desde mi rinconcito: era casi tan guapa como
usted, pero no sabía reír y su rostro, tan seductor como el de usted, perdía con eso toda su
seducción; lo que me atrae en usted tanto, es esa facultad… He aquí algo que hace mucho
tiempo quería decírselo.
Cuando pronuncié la frase sobre la dama «tan guapa como usted», estaba mintiendo;
fingí que aquella frase se me había escapado sin querer, incluso sin darme cuenta; sabía
que aquel elogio «escapado» sería más apreciado que no importa qué cumplido
alambicado. Y Ana Andreievna se sonrojó inútilmente: yo estaba seguro de que se sentía
contenta. Incluso la dama en cuestión era imaginaria: nunca había conocido en Moscú a
semejante señora; era únícamente para halagar a Ana Andreievna y producirle una
alegría.
-Se podría creer verdaderamente – me dijo con una sonrisa encantadora — que estos días
últimos ha estado usted sometido a la influencia de alguna beldad.
Tenía la impresión de estar volando… Incluso me daban ganas de hacerle una
confidencia… pero me contuve.
-A propósito, hace un momento se le ha escapado a usted a cuenta de Catalina
Nicolaievna una expresión completamente hostil.
-Si me he expresado mal – repuse mientras mis ojos relampagueaban -, la causa es esa
monstruosa columnia que afirma que es enemiga de Andrés Petrovitch; a él se le calumnia
también, diciendo que ha estado enamorado de ella, que le ha hecho proposiciones y
no sé cuántas tonterías más. Esa idea no es menos monstruosa que la otra calumnia que
pretende que ella le haya ofrecido al príncipe Sergio Petrovitch casarse con é1 sin que
después haya cumplido su palabra. Sé de buena tinta que todo eso es falso y que no
consistió más que en broma. Estoy muy bien enterado. En cierta ocasión, en el extranjero,
en un momento de alegría, ella le dijo efectivamente al príncipe: «Quizá», refiriéndose al
porvenir; pero, ¿era aquello otra cosa que una palabra lanzada al aire? Sé muy bien que el
príncipe, por su parte, no puede conceder el menor valor a una promesa de esa clase, ni
ésa es tampoco su intención – añadí, conteniéndome -. Tiene ideas muy diferentes –
insinué con astucia -. Hace un momento Nachtchokine decía en su casa que Catalina
Nicolaíevna se va a casar con el barón Bioring. Pues bien, créanme ustedes, ha escuchado
esa noticia con la mayor tranquilidad del mundo, pueden estar convencidas.
-¿Que Nachtchokine estaba en su casa? -preguntó Ana Andreievna con gravedad y
como asombrada.
-Pues claro; creo que es de esa clase de gente que…
-¿Y Nachtchokine le ha hablado de ese casamiento~ con Bioring? – continuó Ana
Andreievna, súbitamente interesada.
-Del casamiento, no; sino de su posibilidad, de un rumor. Dice que ese rumor corre por
el gran mundo. Por mi parte, estoy convencido de que se trata de una estupidez.
Ana Andreievna reflexionó y se inclinó sobre su labor
-Yo le tengo simpatía al príncipe Sergio Petrovitch -añadí de pronto ardorosamente -.
Tiene sus defectos, es indudable, ya otras veces he hablado de eso, una cierta estrechez de
ideas… pero esos mismos defectos manifiestan la nobleza de su alma, ¿no es verdad? Por
ejemplo, hoy mismo, hemos estado a punto de enfadarnos por una idea: está convencido
de que, para hablar de la nobleza, es preciso que sea noble el que habla; de lo contrario,
todo lo que dice es una mentira. Pues bien, ¿es eso lógico? Indudablemente, no; pero eso
mismo revela sus altas exigencias en cuestión de honor, de deber, de justicia… ¿No tengo
razón? ¡Ah, Dios mío!, ¿qué hora es? – exclamé, habiéndose fijado mi mirada por casualidad
en la esfera del reloj colocado sobre la chimenea.
-Las tres menos diez – declaró ella tranquilamente, después de haber mirado el reloj.
Todo el tiempo que yo había estado hablando del príncipe me había escuchado con los
ojos bajos, con una cierta ironía marrullera, pero suave: sabía por qué me preocupaba de
alabarlo tanto. Lisa escuchaba con la cabeza inclinada sobre su labor, y desde hacía largo
rato no tomaba parte en la conversación.
Me puse en pie de un brinco como si acabara de sufrir una quemadura.
-¿Tiene usted prisa?
-Sí… no… Tengo prisa, es verdad. Pero permítame un momento… Una palabra
solamente, Ana Andreievna – empecé a decir todo conmovido -, ya hoy no puedo callarlo
más. Quiero confesarle que muchísimas veces he bendecido ya su bondad y la delicadeza
con que me ha invitado a visitarla… Nuestras relaciones han producido en mí la más
fuerte impresión… En casa de usted, me. purifico; salgo de su casa mejor de lo que era.
Es verdad. Cuando estoy a su lado, no solamente no puedo decir nada malo: ni siquiera
puedo tener malos pensamientos; desaparecen en presencia de usted. Si un mal recuerdo
me pasa por la cabeza, estando junto a usted, en seguida me ruborizo y me da vergüenza.
Y mire, me ha resultado particularmente agradable encontrar hoy a mi hermana en casa
de usted… Eso demuestra tanta nobleza por su parte… un sentimiento tan bello… En una
palabra, me ha dicho usted algo tan fraternal, si me permite que rompa por fin el hielo,
que yo…
Mientras yo hablaba, ella se había levantado y se sonrojaba más y más. De pronto se
asustó, como si hubiera un límite que no se debía sobrepasar, y me interrumpió rápidamente:
-Créame, sabré apreciar con todo mi corazón sus sentimientos… Sin palabras, ya había
comprendido… desde hace mucho tiempo…
Se interrumpió, turbada, estrechándome la mano.
De pronto, Lisa me arrastró a la otra habitación.
IV
-Lisa, ¿por qué me has tirado de la manga? – le pregunté.
-Es mala, es astuta, no merece… Te mima para hacerte hablar – me confió en un susurro
rápido y lleno de odio.
Jamás le había yo visto semejante fisonomía.
-¿Qué estás diciendo, Lisa? ¡Una muchacha tan encantadora!
-Entonces, es que soy yo la mala.
-¿Qué te pasa?
-Soy muy mala. Quizás ella es la más deliciosa de las muchachas y la mala soy
únicamente yo. Bueno, déjame. Escucha: mamá te pide «lo que ella misma no se atreve a
decir». Son sus propias palabras. ¡Mi querido Arcadio! Deja de jugar, cariño, te lo
suplico… mamá también…
-Lisa, yo también lo sé, pero… Sé que es una cobardía, pero… son idioceces y nada más.
Mira, he contraído deudas con un imbécil, y quiero recuperarme para verme libre. Hay
maneras de ganar, porque hasta ahora he jugado sin cálculo, al azar, como un imbécil,
mientras que ahora temblaré por cada rublo… ¡Dejaré de ser yo, si no gano! En mí no es
una pasión; no es la cosa esencial, es algo pasajero, te lo aseguro. Soy demasiado fuerte
para no apartarme en cuanto quiera… Devolveré el dinero, y entonces estaré con vosotras
sin ninguna reserva, y dile a mamá que no os abandonaré..,
-Esos trescientos rublos de hace un momento te han costado muchísimo.
-¿Cómo lo sabes? — pregunté estremeciéndome.
-Daría Onissímovna lo oyó todo…
Pero en aquel instante Lisa me empujó detrás de la cortina y los dos nos vimos en el
«mirador», una habitacioncita redonda toda de ventanas. No había vuelto en mí de mi
sorpresa cuando oí una voz conocida y un ruido de espuelas, y adiviné unos pasos que me
resultaban familiares.
-¿El príncipe Serioja? – susurré.
-El mismo – murmuró ella.
-¿Por qué tienes tanto miedo?
-Porque sí; no quiero que me vea aquí por nada del mundo…
-Tiens, ¿estará por casualidad cortejándote?-pregunté, y me eché a reír -. Ya le daré una
buena lección. ¿Adónde vas?
-Salgamos. Me voy contigo.
-¿Ya te has despedido?
-Sí. Tengo el abrigo en la antecámara…
Salimos; en la escalera se me ocurrió una idea:
-Mira, tal vez ha venido a declarársete.
-No… No se declarará… – afirmó lentamente y con firmeza, en voz baja.
-Fijate, Lisa, aunque acabo de enfadarme con él, puesto que ya te lo han contado… te lo
juro, lo aprecio sinceramente y deseo que tenga éxito. Hemos hecho la paz. Somos todos
tan buenos cuando nos sentimos dichosos… Mira, hay muchas cosas buenas… y cosas
humanas… por lo menos la semilla… y, entre las manos de una muchacha firme e inteligente
como Versilova, él se pondría completamente en orden y llegaría a ser feliz. Es una
lástima que en algunos momentos… Pero vamos a ir juntos un buen trecho, me gustaría
contarte…
-No, vete tú solo, yo voy por otro lado. ¿Vendrás a casa?
-Iré, iré, te lo prometo. Escucha, Lisa; hay un individuo innoble, en una palabra, la
criatura más infame de todas, Stebelkov, si sabes a quién me refiero… Ese tiene sobre sus
asuntos un poder terrible… Tiene unos pagarés… en una palabra, lo tiene entre las garras y
bien sujeto por cierto, y el otro ha caído ya tan bajo, que los dos no ven más salida que
ofreciéndose a Ana Andreievna. Haría falta prevenirla en serio; por lo demás, son
tonterías, ella misma arreglará todo eso más tarde. ¿Y qué crees tú, lo rechazará?
-Adiós. No tengo tiempo – interrumpió Lisa, y vi de repente en su mirada furtiva tanto
odio, que exclamé, espantado:
-Lisa, cariño, ¿por qué…?
-No es contra ti. Únicamente, no juegues más…
-¡Ah!, ¿es por el juego? No jugaré más, se acabó.
-Has dicho hace un momento: «cuando nos sentimos dichosos». Pues bien, ¿te sientes
tú muy dichoso?
-¡Terriblemente dichoso! ¡Lisa, terriblemente! ¡Dios mío, pero son ya las tres, incluso
más! Adiós, mi pequeña Lisa; dime, cariñito, ¿se puede hacer esperar a una mujer? ¿Está
eso permitido?
-¿En una cita?
Lisa sonrió apenas, con una sonrisa que le nacía ya muerta, temblorosa.
-Dame la mano para darme suerte.
-¿Darte suerte? ¿Mi mano? ¡Por nada en el mundo!
Y se alejó rápidamente. ¡Había lanzado aquel grito con tanta seriedad! Me lancé sobre
mi trineo.
¡Sí, sí, era aquella « dicha» lo que constituía la causa principal de mi ceguera, de que,
como un topo ciego, no comprendiese ni viese nada fuera de mí mismo!
CAPÍTULO IV
I
Incluso hoy mismo me da miedo de contarlo. Todo esto es ya viejo. Pero todo esto,
ahora aún, es para mí como un espejismo. ¿Cómo una mujer así había podido darle una
cita a un muchacho tan mezquino como lo era yo en aquella época? Eso era lo que
sucedía a primera vista. Cuando, después de haber dejado a Lisa, me alejé rápidamente, el
corazón me latía y me pareció haber perdido la razón: la idea de una cita se me antojó de
pronto de un absurdo chocante, que no había manera de creer en ello. Y sin embargo no
sentía la menor duda; es más, cuanto más escandalosa me parecía aquella absurdidad,
más creía en ella.
Habían dado ya las tres, eso era lo que me inquietaba: « ¡Teniendo una cita, llegar
tarde! » También se presentaban a mi espíritu cuestiones estúpidas de esta índole: « ¿Qué
es ahora más conveniente: la audacia o la timidez?» Pero todo aquello no hacía más que
pasar, porque en mi corazón estaba lo esencial, un algo esencial que yo no podía precisar.
Era algo que había sido dicho la víspera: «Estaré mañana a las tres en casa de Tatiana
Pavlovna.» Era todo. Pero, primeramente, en su casa, en su habitación, yo era recibido de
una forma completamente particular, y ella podía decirme todo lo que quisiera sin
trasladarse a casa de Tatiana Pavlovna. Entonces, ¿qué objeto tenía fijar otro lugar, decir
que en casa de Tatiana Pavlovna? Otra pregunta más: ¿Tatiana Pavlovna estará en su casa
o no? Si se trata de una cita, Tatiana Pavlovna no estará. ¿Y cómo hacer que no esté sin
explicárselo todo previamente? ¿Está entonces Tatiana Pavlovna en el secreto? Esa idea
me parecía horrible, inconveniente, casi grosera.
En fin, sencillamente, ella había podido tener la intención de hacerle una visita a
Tatiana Pavlovna: me lo había comunicado el día anterior sin otro propósito, y yo me
había formado unas ideas raras. Aquello había sido dicho incidentalmente, con todo
abandono, con entera tranquilidad, y después de una sesión bien aburrida, porque todo el
tiempo que permanecí en su casa había estado como desorientado: clavado en mi sitio,
farfullando y no sabiendo qué decir, rabioso y tímido, mientras que ella se disponía a
salir, como se descubrió en seguida, y le alegró ver que me marchaba. Todas estas
reflexiones se arremolinaban en mi cerebro. Resolví finalmente: «Iré, llamaré, la cocinera
abrirá, y preguntaré: ¿Está Tatiana Pavlovna en casa? Si no está, será desde luego una
cita.» Pero yo no tenía la menor duda, ¡en absoluto!
Subí corriendo y, una vez en el rellano, delante de la puerta, todo mi terror desapareció:
« Vamos- me dije-, lo principal es hacerlo pronto.»La cocinera abrió y gangoseó con su
flema repugnante que Tatiana Pavlovna no estaba en casa. «¿Y no hay nadie más? ¿No
hay nadie que espere a Tatiana Pavlovna?» Quise hacer aquella pregunta, pero no la hice:
«Yo mismo veré.» Farfullándole a la cocinera que me quedaría a esperar, me quité la
pelliza y abrí la puerta…
Catalina Nicolaievna estaba sentada delante de la ventana y « aguardaba a Tatiana
Pavlovna».
-¿No está ella ahí? – me preguntó con preocupación e inquietud, en cuanto me vio.
Su voz y su rostro respondían tan poco a mis esperanzas, que me quedé clavado en el
umbral.
-¿A quién se refiere? – balbuceé.
-¡A Tatiana Pavlovna! Ayer le rogué a usted que le dijese que estaría en su casa a las
tres.
-Yo… pero yo no la he visto.
-Se ha olvidado, ¿verdad?
Me dejé caer como muerto en una silla. ¡He aquí de lo que se trataba: estaba claro como
el día! Y yo, yo que me empeñaba todavía en creer…
No me acuerdo de que usted me rogase que se lo dijera. Usted no me pidió nada: me
dijo solamente que estaría aquí a las tres – interrumpí con impaciencia y sin mirarla.
-¡Ah! – exclamó ella de improviso -. Entonces, si a usted se le ha olvidado decírselo y si
sabía. por otra parte, que yo estaría aquí, ¿por qué ha venido?
Levanté la cabeza: ni burla ni cólera en su rostro, sino una sonrisa luminosa y alegre,
una travesura muy marcada en. su expresión, su expresión de siempre por lo demás, una
travesura casi infantil: «Pues bien, como ves, te he cogido en la trampa. ¿Qué vas a decir
ahora?», parecía expresar todo su rostro.
No quise responder, y bajé los ojos. Aquel silencio duró medio minuto.
-¿Viene usted de casa de papa? – preguntó ella bruscamente.
-Vengo de casa de Ana Andreievna, no he estado en casa del príncipe Nicolás
Ivanovitch… y usted lo sabe muy bien – añadí.
-¿No le ha pasado a usted nada en casa de Ana Andreievna?
–¿Se refiere a que tengo aires de loco? No, ya tenía este aire antes de ver a Ana
Andreievna.
-¿Y no se ha vuelto usted más cuerdo en su casa?
-No. Allí me he enterado de que va usted a casarse con el barón Bioring.
-¿Es ella quien se lo ha dicho? – preguntó, súbitamente interesada.
-No, soy yo quien se lo ha anunciado, por habérselo oído decir a Nachtchokine, que se
lo comunicó al príncipe Sergio Pétrovitch.
Seguía sin levantar los ojos sobre ella; mirarla era lo mismo que bañarse en luz, en
alegría y en felicidad, y yo quería ser dichoso. El aguijón de la cólera estaba clavado en
mi corazón, y en un instante tomé una decisión colosal. En seguida me puse a hablar, no
sé ya bien de qué. Me ahogaba y balbuceaba, pero ahora la rniraba atrevidamente. El
corazón me latía con fuerza. Dije no sé qué frase que no tenía nada que ver con aquello,
por lo demás bastante bien construida. Al principio me escuchó con su sonrisa igual y
paciente, que no abandonaba jamás su rostro; pero, poco a poco, el asombro, el espanto
luego, atravesaron su mirada inmóvil. Sin embargo su sonrisa no la abandonaba, pero esa
misma sonrisa suya temblaba a veces.
-¿Qué tiene usted? – pregunté de pronto, al observar que ella había temblado de la
cabeza a los pies.
-Tengo miedo de usted – me respondió, casi alarmada.
-¿Por qué no se marcha? Ahora que Tatiana Pavlovna no está y que usted sabe muy
bien que no vendrá, su obligación es levantarse a irse.
Yo quería aguardar, pero ahora… en efecto…
Se había levantado a medias.
-¡No, no, quédese sentada! – dije, deteniéndola -. Acaba usted de temblar de nuevo,
pero, incluso con su miedo, sigue sonriendo… Usted siempre tiene su sonrisa… Mire, ahora
se sonríe completamente…
-¿Está usted delirando?
-Estoy delirando.
-Tengo miedo… – murmuró ella otra vez.
-¿De qué?
-Tengo miedo de que usted… de que usted se ponga a dar puñetazos en las paredes— .
— sonrió ella nuevamente, pero con verdadero miedo.
-¡No puedo resistir su sonrisa…!
Y otra vez me puse a hablar. Casi volaba. Había algo que me empujaba. Nunca, nunca
jamás le había hablado de aquella manera: siempre con timidez. Y ahora también, pero
sin embargo hablaba; me acuerdo de que pronuncié un verdadero discurso sobre su
rostro:
-¡No puedo resistir más su sonrisa! – exclamé de improviso -. ¡Y yo que la veía a usted,
ya en Moscú, temible, magnífica, dejando caer pérfidas palabras mundanas! Sí, en
Moscú; ya allí hablábamos de usted con María Ivanovna, tratábamos de verla tal como
debía de ser… ¿Se acuerda usted de María Ivanovna? Estuvo usted en su casa. Durante el
viaje la vi en sueños toda la noche en mi vagón. Aquí, antes de su llegada, he estado
mirando todo un mes su retrato en el despacho de su padre, y no he adivinado nada.
Porque la expresión que usted tiene en el rostro es de una malicia infantil y de una
sencillez infinita, eso es todo. Es una expresión que he admirado en usted siempre que la
veo. ¡Oh! Claro que también sabe usted tener un semblante altivo y aplastar con la
mirada: me acuerdo cómo me miró en casa de su padre, cuando estaba recién llegado de
Moscú… La vi entonces, y sin embargo, si me hubieran preguntado en seguida cómo era
usted, no habría podido decir nada. ¡Ni. siquiera cómo era su talle! No hice más que verla
y me quedé ciego. Su retrato no se le parece lo más mínimo: no tiene usted los ojos
oscuros, sino claros; son las largas pestañas las que los hacen parecer sombríos. Es usted
gruesa, de estatura regular, pero de un grosor carnoso, ligero, un grosor de aldeana joven
y sana. También su rostro es completamente rústico, un rostro de belleza pueblerina. No
se ofenda usted, no hay cosa más excelente que un rostro redondo, sonrosado, claro,
atrevido, risueño y… tímido. Sí, tímido. ¡Tímido, Catalina Nicolaievna Akhmakova!
¡Tímido y casto, lo juro! ¡Más que casto, lo juro! ¡Más que casto, infantil: eso es su
rostro! Es una cosa que siempre me ha tenidó asombrado y que me ha hecho preguntarme
una y otra vez: ¿es de verdad la misma mujer? Ahora ya lo sé, es usted muy inteligente,
pero al principio la creía un poco simplona. Tiene usted el espíritu alegre, pero sin
bellezas ficticias… Lo que más me gusta de todo es su eterna sonrisa: esó es mi paraíso.
Me gusta también su calma, su dulzura, su manera de hablar, reposada, tranquila y casi
perezosa. Ésa es la pereza que amo. Creo que, si un puente se hundiese bajo sus pies,
usted continuaría hablando con ese tono medido y reposado… Yo creía que era usted el
colmo del orgullo y de las pasiones, y he aquí que hace dos meses que habla usted
conmigo como una estudiante con un estudiante… Yo no me figuraba nunca una frente
como ésa: un poco baja, como una estatua, pero tierna y blanca corno el mármol, bajo
una cabellera suntuosa. Tiene usted el pecho alto; el andar, ligero; una belleza extraordinaria
y ni el más mínimo orgullo. ¡Sólo ahora lo creo, siempre me había negado a
creerlo!
Ella escuchó con grandes ojos abiertos de par en par aquella tirada bárbara. Se daba
cuenta de que yo temblaba. En varias ocasiones levantó con un gesto gracioso y prudente
su manecita enguantada, para detenerme, pero cada vez la retiraba perpleja y temerosa.
Incluso en ocasiones, se echaba haciá atrás rápidamente con todo el cuerpo. Dos o tres
veces, una sonrisa alumbró de nuevo su rostro; hubo un momento en que se sonrojó
muchísimo, pero al final tuvo verdaderamente miedo y palideció. Apenas me hube
parado, tendió su mano y pronunció con voz suplicante, pero siempre mesurada:
-No se debe decir eso… No está permitido hablar así…
Y de repente se levantó, cogió sin prisa su manteleta y su manguito de cebellina.
-¿Se va usted? – exclamé.
-Indudablemente, le tengo miedo… Usted desvaría… – dijo ella, como con pena y
reproche.
-Escúcheme, no voy a hundir las paredes, se lo juro.
-¡Pero es que ya ha empezado! – No se contuvo y sonrió -. Ni siquiera estoy segura de
que me deje pasar.
Y creo que temía verdaderamente que le cerrase el paso.
-Yo mismo le abriré la puerta, puede irse, pero sépalo bien, he tomado una decisión
importantísima; y si quiere usted darle luz a mi alma, vuelva, siéntese y escuche
solamente dos palabras. Si no quiere, váyase y yo mismo le abriré la puerta.
Me miró y se. volvió a sentar.
-¡Con qué indignación habría salido otra .nujer cualquiera, y usted ha vuelto a sentarse!
– dejé escapar en mi embriaguez.
-Nunca se había permitido usted hablar así.
-Entonces yo era tímido. Ahora también; no sabía lo que iba a decir cuando he llegado.
¿Se figura usted que no soy tímido ya? Lo soy siempre. Pero he tomado de golpe una decisión
importantísima y he comprendido que voy a ponerla en práctica. Habiéndola
tomado, he perdido la cabeza y me he puesto a hablar… Escúcheme, he aquí mis dos
palabras: ¿soy yo su espía, sí o no? Respóndame. ¡Ésa es la pregunta!
El sonrojo le subió bruscamente al rostro.
-No responda todavía, Catalina Nicolaievna, continúe escuchando y en seguida dígame
toda la verdad.
Yo había derribado de un manotazo todas las barreras y volaba por el espacio.
II
-Hace dos meses, yo estaba aquí detrás de la cortina… ya usted sabe… y usted con
Tatiana Pavlovna hablaba de la carta. Me lancé, fuera de mí, y hablé más de la cuenta.
Usted comprendió en seguida que yo estaba enterado de algo… no tenía usted más
remedio que comprenderlo… usted buscaba un documento importante y temía el destino
que se le pudiera dar… Espere, Catalina Nicolaievna, no hable todavía. Le confieso que
sus sospechas estaban bien fundadas: ese documento existe… es decir, existía… yo lo he
visto; se trata de la carta que usted le escribió a Andronikov, ¿no es así?
-¿Usted ha visto esa carta? – preguntó ella rápidamente, llena de turbación y de temor -.
¿Dónde la ha visto?
-La vi… la vi en casa de Kraft… el que se mató…
-¿De verdad? ¿La vio usted con sus propios ojos? ¿Y qué ha sido de ella?
-Kraft la hizo trizas.
-¿Delante de usted, viéndolo usted?
-Delante de mí. La rompió, pensando ya en su muerte, sin duda… Yo no sabía que iba a
pegarse un tiro…
-Así, pues, está destruida. ¡Alabado sea Dios! – dijo lentamente, después de lanzar un
suspiro, y se santiguó.
Yo no le había mentido. O más bien yo había mentido sin proponérmelo, puesto que el
documento estaba en mi casa y nunca había estado en casa de Kraft, pero aquello no era
más que un detalle. En lo esencial yo no había mentido, porque, en el mismo instante en
que estaba mintiendo, me prometía quemar aquella carta esa misma noche. Y lo juro, si la
hubiese tenido en el bolsillo en aquel instante, la habría sacado y se la habría entregado;
pero no la llevaba conmigo, estaba en casa. Por lo demás, quizá no se la habría dado,
porque me habría resultado muy difícil confesarle que era yo quien tenía la carta y que la
había conservado tanto tiempo sin dársela. Es igual: yo la habría quemado en casa de
todas maneras y no he mentido. Yo era puro en aquel instante, puedo jurarlo.
-Si es así — continué, casi fuera de mí -, dígame una cosa: ¿por qué me ha atraído usted,
me ha halagado y me ha recibido en su casa, sino porque sospechaba que yo conocía la
existencia del documento? Espere – continué -, Catalina Nicolaievna, todavía un minutito,
no hable y déjeme acabar: todas las veces que yo venía a verla, todo este tiempo he
estado sospechando que usted me animaba únicamente para hacerme hablar de esa carta,
para obligarme a confesar… Espere todavía un momento; yo sospechaba, pero sufría. La
doblez de usted me resultaba insoportable porque… porque yo había descubierto en usted
a la más noble de las criaturas. Se lo digo francamente, sí, se to digo a usted francamente:
yo era su enemigo, pero había descubierto en usted a la más noble de las criaturas. Todo
fue vencido de repente. Pero la duplicidad me tenía abrumado… Ahora debe decidirse
todo, explicarse, ha llegado el momento; pero aguarde todavía un poco, no hable,
entérese de la manera que considero ahora todo esto, en el momento actual; se lo digo
francamente: si todo ha ocurrido como yo digo, no me enfadaré… quería decir más bien:
no me sentiré ofendido, porque es lo más natural del mundo, lo comprendo. ¿Qué puede
haber en eso de cosa mala y contra naturaleza? Usted está atormentada por ese documento,
sospecha que hay alguien que lo sabe todo, y claro, usted podía desear
perfectamente que ese individuo hablase… No hay en eso nada de malo, absolutamente
nada. Hablo sinceramente. Pero sin embargo es preciso que usted me diga ahora mismo
una cosa… que usted confiese (perdone esta expresión). Tengo necesidad de saber la
verdad. ¡Tengo una necesidad tan grande! Así, pues, dígame: ¿era para hacerme hablar
del documento por lo que me engatusaba?…, ¿era por eso, Catalina Nicolaievna?
Yo hablalba sin poder detenerme y tenía la frente ardiendo. Ella me escuchaba ahora
sin inquietud; al contrario, su fisonomía revelaba emoción; pero tenía un aire un poco
tímido, tal vez por vergüenza.
–Era por eso — declaró lentamente y a media voz-. Perdóneme, he hecho mal – agregó
de pronto, levantando las manos ligeramente hacia mí.
Yo no esperaba aquello. Lo esperaba todo, pero no aquellas tres palabras; ni siquiera
viniendo de ella, a la que yo conocía ya tan bien.
-¡Y usted me dice: «He hecho mal» con esa tranquilidad: « He hecho mal» – exclamé.
-¡Oh!, hace ya mucho tiempo que comprendo que me estoy portando muy mal con
usted… Y me alegro de que hoy se ponga todo en claro…
-¿Desde hace mucho tiempo? ¿Y por qué no lo dijo usted antes?
-Es que no sabía cómo decirlo – sonrió -. O, mejor dicho, si habría sabido – volvió a
sonreír –, pero tenía remordimientos… porque es muy cierto que al principio lo «atraje»,
como usted dice, únicamente para eso, pero en seguida yo misma me sentí asqueada… y
toda esta falsedad me ha desagradado muchísimo, ¡se to aseguro! – agregó con amargura –
¡y además todas a estas preocupaciones!
-¿Y por qué, por qué no hacer la pregunta francamente? Usted podría haberme dicho:
«Puesto que conoce la carta, ¿a qué fingir esa ignorancia?» E inmediatamente yo se lo
habría contado todo, se to habría confesado todo en un instante.
-Es que… le tenía un poco de miedo. Lo confieso, no me inspiraba usted la suficiente
confianza. Y, además, a decir verdad, si yo he obrado con doblez, también usted ha hecho
lo mismo – añadió, echándose luego a reír.
-¡Sí, sí, me he portado indignamente! – exclamé abatidísimo -. ¡Oh, no sabe usted
todavia todo lo bajo que he caído, en qué abismo…!
-Bueno, ya estamos con los abismos. Reconozco en eso su estilo.-Sonrió dulcemente -.
Esa carta – agregó con tristeza – ha sido el acto más triste y más insensato de mi vida. Mi
conciencia me lo ha reprochado siempre. Influida por las circunstancias y por mis
temores, llegué a dudar de mi querido y magnánimo padre. Sabiendo que esa carta podía
caer… en manos de gente malvada… pudiendo pensarlo todo – dijo eso con fuego -,
temblaba con la idea de que pudieran servirse de ella para enseñársela a papa… Y eso
habría podido producir en él una impresión fortísima… en su estado… en su salud… y me
habría detestado… Sí – agregó, mirándome a los ojos y después de haber sorprendido sin
duda algún fulgor en mis miradas -, sí, temía también por mí misma: temía que… bajo la
influencia de su enfermedad… fuera a privarme de sus bondades… La verdad es que ese
sentimiento también estaba presente en mí, pero en eso estoy segura de que también he
pensado mal de él: él es tan bueno y tan generoso, que seguramente me habría perdonado.
Y eso es todo lo que ha sucedido. En cuanto a mi conducta respecto a usted, pues bien,
reconozco que no debería haber obrado así – acabó, súbitamente avergonzada -. Me hace
usted avergonzarme de mí misma.
-¡No, no tiene usted por qué avergonzarse! – exclamé.
-La verdad es que yo contaba con su impulsividad… y lo confieso – dijo, bajando los
ojos.
-¡Catalina Nicolaievna! ¿Qué, qué la obliga, dígamelo, qué la obliga a hacerme
confesiones semejantes? – exclamé como embriagado -. ¿Qué le costaba a usted
levantarse y, con expresiones escogidas, de la manera más delicada, probarme, como dos
y dos son cuatro, que todo esto ha sucedido, pero que a pesar de todo no ha sucedido:
usted me comprende, lo mismo que de ordinario se sabe tratar entre ustedes, en el gran
mundo, las verdades más incuestionables? ¡Yo soy un bruto y un grosero, la habría creído
inmediatamente, habría creído de su boca todo lo que usted me hubiese querido contar!
¿Qué trabajo le costaba a usted obrar de esa manera? ¿No tendría miedo de mí? ¿Cómo
ha podido humillarse voluntariamente delante.de un pequeño chismoso, de un muchacho
miserable?
-En cuanto a eso, no creo haberme humillado delante de usted – declaró con una infinita
dignidad, sin duda no habiendo comprendido mi exclamación.
-¡Al contrario, al contrario! ¡Lo que me consume es tratarle de explicar eso!
-Mire, ¡es que era una cosa tan mala y tan desconsiderada por mi parte! – exclamó ella,
llevándose la mano a la cara, como para esconderse detrás -. Ya ayer tenía vergüenza, y
por eso no me sentía a mis anchas cuando vino usted a verme… La verdad es – añadió –
que hoy las circunstancias son tales, que me es absolutamente necesario saber por fin
toda la verdad sobre la suerte de esa malhadada carta que, por otra parte, empezaba ya a
olvidarla… porque no era exclusivamente por la carta por lo que le recibí a usted en casa –
añadió bruscamente.
Me tembló el corazón.
-Desde luego que no – y sonrió finamente -, desde luego que no. Yo… Usted lo ha
notado muy bien hace un momento, Arcadio Makarovitch, usted ha dicho que
hablábamos como un estudiante con una condiscípula. Se lo aseguro, con mucha
frecuencia me aburro en el gran mundo; sobre todo después de mi estancia en el
extranjero y después de todas esas desgracias de familia… Ya ni siquiera salgo mucho, y
no es únicamente por pereza. A menudo me entran ganas de retirarme al campo. Releería
a11í mis libros favoritos, abandonados desde hace mucho tiempo y que nunca llego a
releer. Pero ya le he dicho a usted todo eso. ¿Se acuerda de lo mucho que se rió cuando le
dije que leía dos periódicos rusos por día?
-Yo no me reí…
-Sería sin duda porque también usted estaba emocionado. Se lo confesé hace mucho
tiempo: soy rusa y amo a Rusia. Usted se acuerda, leíamos juntos los «hechos», como
usted los llamaba – se sonrió -. En vano trataba usted de mostrarse con demasiada
frecuencia un poco… raro, usted se animaba a veces hasta el punto de encontrar una
palabra bien sentida, y se interesaba justamente por las cosas – que me interesaban a mí.
Cuando usted es « estudiante», se muestra verdaderamente agradable y original. Los otros
papeles no le encajan tan bien – añadió con una sonrisa astuta y deliciosa -. Acuérdese de
que nos hemos pasado a veces horas enteras ocupándonos nada más que de cifras,
contábamos y calculábamos, buscábamos cuántas escuelas hay en nuestro país, adónde
lleva la instrucción. Contábamos los asesinatos y los asuntos criminales, los
comparábamos con las buenas noticias… Queríamos saber hacia dónde tendía todo
aquello y lo que sucederá finalmente con nosotros. En usted he encontrado sinceridad. En
el mundo, no es así como se nos habla a nosotras, las mujeres. La semana pasada, le
hablé al príncipe …ov de Bismarck, porque me interesaba mucho por él y no sabía qué
pensar en definitiva. Figúrese que se sentó a mi lado y se puso a contarme historias, con
muchos detalles, pero siempre con una especie de ironía y con esa condescendencia,
insoportable para mí, de la que hacen use por lo general los «grandes hombres» para con
nosotras las mujeres, si se nos ocurre mezclarnos «en lo que no nos concierne»… ¿Se
acuerda usted de cómo estuvimos a punto de pelearnos a propósito de Bismarck? Quería
usted demostrarme que tenía una idea «infinitamente superior» a la de Bismarck. – De
repente se echó a reír -. No he encontrado en toda mi vida más que a dos personas que me
hayan hablado verdaderamente en serio: mi difunto marido, un hombre muy, muy
inteligente y… lleno de nobleza – pronuncíó esa palabra con tono conmovido -, y luego…
pero usted sabe muy bien quién…
-¿Versilov? – exclamé, todo anhelante.
-Sí. Me gustaba mucho oírlo, terminé por ser con él completamente… quizá incluso
demasiado franca, pero en aquel momento no me creyó.
-¡No la creyó!
-Por lo demás, nadie me ha creído nunca.
-¡Pero Versilov, Versilov!
-No sólo no se contentó con no creerme – dija, bajando los ojos y sonriendo
extrañamente -, sino que juzgó que yo tenía «todos los vicios».
-¡No tiene usted ni siquiera uno!
-No, eso tampoco; algunos tengo.
-Versilov no la quería a usted, por eso no ha podido comprenderla-exclamé, con los
ojos brillantes.
Algo cambió en su rostro.
-Deje usted eso y no me hable nunca de… ese hombre – agregó calurosamente y con una
fuerte insistencia -. Pero basta. Ya es hora. – Se levantó para irse -. Bueno, ¿me perdona
usted, sí o no? – dijo, mirándome limpiamente.
-¡Yo… perdonarla yo a usted! Mire, Catalina Nicolaievna, no se enfade, ¿es verdad que
va a casarse?
-No es una cosa que está totalmente decidida – dijo como asustada, turbada.
-¿Es una buena persona? Perdón, perdóneme esta pregunta.
-Sí, muy buena…
-¡No me responda ya, no me conceda ni una sola respuesta! ¡Yo sé muy bien que estas
preguntas son imposibles, siendo yo quien las hago! Quería solamente saber si se trata de
un hombre digno o no, pero yo mismo me procuraré los informes.
-¡Oh, mire! – exclamó espantada.
-No, no quiero, no quiero. Iré más allá… Pero he aquí lo que tengo que decirle a usted:
¡Que Dios le conceda toda clase de felicidades, todas las que usted desee… a cambio de
toda la felïcidad que acaba usted de otorgarme en menos de una hora! En lo sucesivo,
usted permanecerá grabada siempre en mi memoria. He conseguido un tesoro: el
pensamiento de su perfección. Me imaginaba una cosa de perfidia, una coquetería
grosera, y me sentía desgraciado… porque no podia compaginar esa idea con usted…
Estos días últimos, pensaba en eso día y noche; y ahora todo está claro como el amanecer.
Al venir aquí, pensaba que recogería hipocresía, astucia, preguntas de serpiente, y he
encontrado honor, gloria, franqueza de estudiante… ¿Se ríe usted? Bueno, bueno. Lo que
pasa es que es usted una Santa y no puede reírse de lo que es sagrado…
-¡Oh!, no, me río solamente porque emplea usted palabras tan aterradoras… ¿Qué
significa por ejemplo eso de «preguntas de serpiente»?
Se echó a reír.
-Hoy se le ha escapado a usted una palabra preciosa – continué entusiasmado -. ¿Cómo
ha podido decir delante de mí «que contaba con mi impulsividad»? Lo creo a pies
juntillas, usted es una Santa, y usted misma lo reconoce, puesto que se imagina culpable
de no sé qué falta y quiere castigarse por eso… aunque en realidad nó hay falta en
absoluto, puesto que, aunque hubiera algo, todo lo que proviene de usted es santo. Pero,
sin embargo, usted podría no haber pronunciado esa palabra, esa expresión… Una
franqueza tan poco natural prueba solarnente su suprema castidad, su respeto hacia mí, su
fe en mí – exclamé sin transición -. ¡Oh!, no se ruborice usted, no se ruborice… ¿Y quién,
quién ha podido calumniarla y decir que es usted una mujer apasionada? Oh, perdóneme:
veo una expresión de dolor en su rostro, perdone a un muchacho exaltado sus frases tan
torpes. Pero, ¿cómo va a tratarse hoy de frases, de expresiones? ¿No está usted por
encima de todas las expresiones? Vetsilov dijo un día que si Otelo mató a Desdémona y
se mató en seguida él no fue por celos, sino porque le habían arrebatado su ideal… ¡Lo
comprendo muy bien, porque hoy me ha sido devuelto mi ideal!
-Usted me alaba demasiado; no lo merezco – dijo ella, emocionada -. ¿Se acuerda de lo
que le dije de sus ojos? – agregó jovialmente.
-Que no son ojos, sino microscopios, y que convierto a una mosca en un camello. No,
no hay camello que valga… ¿Cómo, se va usted?
Estaba en medio de la habitación, con el manguito y el chal en la mano.
-No, esperaré que usted se marche, me iré a continuación. Tengo que escribírle a
Tatiana Pavlovna don palabritas.
-Me voy, me voy, pero una vez más: ¡que sea usted muy dichosa, sola o con el que
usted elija! Por mi parte, no necesito más que mi ideal.
-Mi querido, mi buen Arcadio Makarovitch, créame, pensaré en usted… Mi padre
siempre dice al hablar de usted: «El buen muchacho, el agradable joven.» Créame, me
acordaré siempre de sun historian sobre el pobre muchachito abandonado en casa de
desconocidos, sobre sus sueños solítarios… Comprendo muy bien cómo se ha ido
formando el alma de usted… Pero ahora no podemos volver a ser estudíantes por más que
hagamos – agregó, con una sonrisa suplicante y púdica, estrechándome la mano-, no
tenemos ya derecho a vernos como otras veces y… pero usted me comprende, ¿verdad?
-¿Que no tenemos derecho?
-No, y por mucho tiempo… Y es culpa mía… Veo que ahora es completamente
imposible… Nos encontraremos algunas veces en casa de papa.
« ¿Teme uested “la impulsividad” de mis sentimientos? ¿No tiene confianza en mí?»,
quise exclamar, pero ella sintió de repente tanta vergüenza delante de mí, que las palabras
no llegaron a salirme de los labios.
-Dígame – me detuvo de pronto, cuando me hallaba a un paso de la puerta -, ¿vio usted
con sus propios ojos que… aquella carta… fue hecha pedazos? ¿Se acuerda usted -bien?
¿Y cómo supo que era la carta escrita a Andronikov?
-Kraft me habló del contenido, incluso me la enseñó… ¡Adiós! Cuando estaba en casa
de usted, me mostraba enormemente tímido, pero, cuando usted salía, siempre me hallaba
dispuesto a lanzarme y a besar la parte del entarimado donde se habían posado sus pies…
– dije de repente, sin saber cómo ni por qué, y, sin mirarla, salí rápidamente.
Me preecipité hacia mi casa, mi alma presa del entusiasmo. Todo daba vueltas en mi
mente como un torbellino, y mi corazón estaba rebosante. A1 acercarme a la casa de mi
madre, me acordé de improviso de la ingratitud de Lisa hacia Ana Andreievna, de sus
palabras crueles y monstruosas de hacía un momento, y al punto me dolió el corazón por
ellas dos. « ¡Qué corazón más duro tienen todas! Pero Lisa, ¿qué tendrá?», pensé al poner
el pie en la escalinata.
Despedí a Matvei y le ordené que viniese a recogerme a mi casa a las nueve.
CAPÍTULO V
I
Llegué tarde para la comida, pero todavía no se habían sentado a la mesa: me
esperaban. Tal, vez porque yo comía raramente en casa de ellos, se habían hecho algunos
extraordinarios, como entremeses, sardinas, etc. Pero, con gran asombro por mi parte y
gran pena, encontré a todo el mundo preocupado, enfurruñado: Lisa apenas sonrió al
verme, y mamá estaba visiblemente inquieta; Versilov sonreía, pero con esfuerzo. «¿No
habrán disputado?», pensé. Al principio, todo fue bien. Versilov solamente torció el gesto
delante de la sopa de fideos, poniendo una cara larguísima cuando trajeron las
albóndigas.
-Basta que diga que mi estómago no soporta un determinado plato para que, al día
siguiente, haga su aparicién – se dejó decir, lleno de despecho.
-Pero, Andrés Petrovitch, ¿qué quiere usted que haga? Todos los días no se puede
inventar un plato nuevo – respondió tímidamente mi madre.
-Tu madre es todo lo contrario de algunos de nuestros periódicos para los que todo lo
que es nuevo es bueno.
Versilov quería bromear, decir alguna cosa jovial y amable, pero no lo consiguió; no
hizo más que asustar mayormente a mi madre que, como es natural, no comprendió nada
de aquella comparación con los periódicos y lanzó miradas angustiadas. En aquel instante
entró Tatiana Pavlovna, que declaró haber comido ya y que se sentó sobre el diván al
lado de mi madre.
Yo no había conseguido aún ganarme las simpatías de aquella persona; al contrario, me
atacaba más y más, a propósito de todo y de nada. Su descontento había incluso aumentado
en los últimos tiempos: no podía ver mi traje de dandy, y Lisa me había confiado
que estuvo a punto de sufrir un ataque al enterarse de que tenía un cochero a mis órdenes.
Yo había acabado por rehuirla lo más que podía. Hacía dos meses, después de la
restitución de la herencia, había corrido a su casa para contarle la conducta de Versilov,
pero no me encontré con la menor simpatía; al contrario, se había mostrado terriblemente
disgustada: le desagradaba mucho que se hubiese devuelto todo, en lugar de la mitad; en
cuanto a mí, me hizo esta observación virulenta:
-Me apuesto algo a que estás seguro de que ha devuelto el dinero y ha provocado al otro
en duelo únicamente para subir un poco más en la estimación de Arcadio Makarovitch.
¡Casi lo había adivinado! Por aquel entonces yo tenía sentimientos de ese tipo.
Desde que entró, comprendí en seguida que fatalmente se me iba a echar encima; estaba
incluso bastante convencido de que ella hábía venido exclusivamente para eso. Por tal
motivo adopté al punto un tono extremadamente despreocupado, cosa que en realidad no
me costaba ningún trabajo, puesto que continuaba sintiéndome radiante de alegría.
Advertiré de una vez para siempre que ese tono de despreocupación no encajaba conmigo
en absoluto, no convenía a mi fisonomía y, por el contrario, me cubría siempre de
vergüenza. Eso fue lo que sucedió: bien pronto fui atrapado en flagrante delito de
mentíra. Sin ninguna mala intención, por pura ligereza, habiendo notado que Lisa estaba
espantosamente triste, solté de repente, sin reflexionar en lo que decía:
-Hace un siglo que no como aquí, y da la casualidad de que te veo toda enfurruñada,
Lisa.
-Me duele la cabeza – respondió ella.
-¡Oh, Dios mío! – atacó Tatiana Pavlovna -, está enferma, ¿y qué importa eso? Arcadio
Makarovitch se ha dignado venir a comer: es preciso bailar y alegrarse.
-Decididamente es usted el azote de mi existencia, Tatiana Pavlovna. No vendré nunca
más cuando esté usted aqui.
Y con un despecho sincero, di un golpe en la mesa. Mi madre se sobresaltó y Versilov
me miró con expresión extraña. Me eché a reír y pedí perdón.
-Tatiana Pavlovna, retiro lo de azote- dije, volviéndome hacia ella, con tono siempre
despreocupado.
-No, no – dijo secamente -, me halaga muchísimo más ser tu azote que lo contrario,
puedes estar convencido.
-Muchacho, es preciso saber soportar los pequeños azotes de la existencia – susurró
Versilov sonriendo -. Sin azotes, la vida carece de encanto.
-Mire, algunas veces es usted un terrible reaccionario -prorrumpí, y me eché a reír
nerviosamente.
-Amigo mío, eso me es completamente igual.
-No, ¿cómo va a ser igual.? ¿Por qué no decirle francamente a un asno que es un asno?
-¿Quieres hablar de ti? Ante todo ni quiero ni puedo juzgar a nadie.
¿Por qué no quiere usted, por qué no puede?
-Pereza y repugnancia. Una mujer inteligente me dijo un día que no tengo derecho a
juzgar a los demás porque «yo no se sufrír», siendo así que para erigirse en juez, hace
falta ganarse con los sufrimientos el derecho a juzgar. Es un poco grandilocuente, pero,
aplicado a mí, tal vez es cierto, y me he sometido gustosamente a ese juicio.
-¿No será Tatiana Pavlovna la que le haya dicho a usted eso? — pregunté.
-¿Cómo lo has adivinado? — dijo Versilov lanzándome una mirada ligeramente
asombrada.
-Se lo he notado a ella en la cara: ha tenido una contracción.
Yo había adivinado por casualidad. Aquella frase, como supe más tarde, le había sido
dicha la víspeta a Versilov por Tatiana Pavlovna, en el curso de una conversación
animada. (En general, lo repito, con mi alegría y mi expansividad, había caído a11í muy
inoportunamente: cada uno de ellos tenía su preocupación, y bien penosa por cierto. )
-No comprendo nada de eso; es todo demasiado abstracto. use es un rasgo de su
carácter: es espantoso lo mucho que le gusta a usted hablar en tono abstracto, Andrés
Petrovitch; es signo de egoísmo: únicamente a los egoístas les gusta hablar en tono
abstracto.
-No está mal dicho eso, pero no insistas.
-¡No, permítame! – insisti con mi natural expansivo -. ¿Qué significa «ganar con los
sufrimientos el derecho a juzgar»? Todo hombre honrado puede ser juez, eso es lo que yo
pienso.
-Entonces apenas encontrará jueces.
-Conozco a uno.
-¿A quién?
-Está aquí a punto de discutir conmigo.
Versilov tuvo una risa extraña, se inclinó del todo sobre mi oreja y, agarrándome por el
hombro, me susurró:
-Te está mintiendo.
No he comprendido todavía cuál era entonces su pensamiento, pero sin duda él se
encontraba en aquel instante presa de una extrema turbación (como consecuencia de
cierta noticia, como lo he conjeturado más tarde). Pero aquella frase: « Te está
mintiendo» era tan inesperada, había sido dicha tan en serio y con una expresión tan
singular, de ningún modo agradable, que me estremecí nerviosamente, me sentí casi
espantado y le lance una mirada salvaje; pero Versilov se apresuró a reírse.
-¡Bueno, Dios sea alabado! – dijo mi madre, que se había asustado al verlo
cuchichearme al oído, no fuese yo a creer… -. Tú, mi querido Arcadio, no debes enfadarte
con nosotros; personas inteligentes las encontrarás a montones, pero, ¿quién te querrá si
no estamos nosotros?
-Precisamente por eso el cariño de los padres es inmoral, mamá: es una cosa
inmerecida. Y el cariño debe ser merecido.
-Ya te lo merecerás más tarde; mientras tanto, se te quiere gratis.
Todo el mundo se echó a reír.
-Pues bien, mamá, tal vez no lo has dicho adrede, pero lo cierto es que has dado en el
blanco – exclamé, y me eché también a reír.
-¿Y te figuras tú quizá que hay motivos para quererte? – era de nuevo Tatiana Pavlovna,
que otra vez se lanzaba sobre mí-. O te quieren gratis, o más bien te quieten venciendo su
repugnancia.
-¡Ah, no! – exclamé alegremente -. ¿Sabe usted quién me ha dicho hoy que me quiere?
-¡Si lo ha dicho, es para burlarse de ti! – replicó repentinamente Tatiana Pavlovna con
una malicia poco natural, como si hubiera estado aguardando de mí precisamente aquella
frase -. Sí, un hombre delicado, y más todavía una mujer, tiene que sentirse repelido por
la negrura de tu alma. Te peinas a raya, tienes ropa blanca de lo más fino, trajes hechos
en casa del mejor sastre francés, y todo eso no es más que fango. ¿Quién te viste, quién te
alimenta, quién te da dinero para jugar a la ruleta? Acuérdate de esa persona a la que no
te da vergüenza de pedirle ese dinero.
Mi madre se puso roja como una amapola. Nunca había visto yo en su rostro tanta
vergüenza. Me invadió la rabia:
-Si gasto, lo hago con mi dinero y no tengo que rendirle cuentas a nadie – declare, todo
arrebolado.
-¿Tu dinero? ¿Qué es eso de tu dinero?
-Si no es mi dinero, es el de Andrés Petrovitch. Él no me lo negará… Se lo he pedido
prestado al príncipe, de lo que éste le debe a Andrés Petrovitch…
-Amigo mío – declaró firmemente Versilov -, él no tiene un solo copec que sea mío.
La frase era terrible. Me quedé clavado en el sitio. Sin duda, al recordar mi estado de
ánimo entonces, paradójico y desordenado, habría debido dejarme arrastrar por algún
«noble» impulso, por alguna palabra detonante o alguna otra cosa de ese tipo; pero de
repente observé en el rostro sombrío de Lisa una expresión malvada, acusadora, una
expresión injusta, casi una burla sarcástica, y un demonio me empujó:
-Me parece, señorita – me volví de pronto hacia ella -, que va usted a visitar muchísimo
a Daria Onissimovna, en casa del príncipe. ¿Puedo pedirle que entregue al príncipe estos
trescientos rublos, por los cuales ya me ha atormentado usted hoy bastante?
Saqué el dinero y se lo tendí. Pues bien, ¿podrá creerse?, esas palabras villanas fueron
dichas sin ningún propósito, es decir, sin la menor alusión a lo que quiera que fuese. Por
otra parte, no podía haber alusión alguna, porque en aquel momento yo no estaba
enterado absolutamente de nada. Quizá tuve solamente el deseo de lanzarle un puntazo,
relativamente muy inocente, poco más o menos de este tenor: usted, señorita, que se mete
en lo que no le importa, usted consentirá tal vez, puesto que tanto le interesa meter la
nariz en todas partes, en ir a ver a ese príncipe, a ese joven, a ese oficial petersburgués, y
entregarle ese recado, «puesto que tanto disfruta usted entrometiéndose en los asuntos de
la gente joven». Pero cuál no sería mi estupefacción cuando mi madre se levantó
bruscamente y, levantando el dedo para amenazarme, lanzó este grito:
-¡Cállate! ¡Cállate!
Yo no podía esperar nada parecido por parte de ella y me sobresalté, no de temor, sino
con una especie de sufrimiento, con una herida torturante en el corazón, al adivinar de
pronto que acababa de producirse algo terrible. Pero mamá no resistió mucho tiempo:
ocultándose el rostro entre las manos, salió rápidamente de la habitación. Lisa la siguió,
sin mirar hacia el sitio donde yo estaba. Tatíana Pavlovna me examinó medio minuto en
silencio:
-¿Es posible que hayas querido decir una porquería? -exclamó enigmáticamente,
mirándome con profundo asombro.
Pero, sin aguardar mi respuesta, se marchó también. Versilov se levantó de la mesa con
aire hostil, casi maligno, y cogió el sombrero que tenía en un rincón.
-Me parece que no eres tan estúpido… no eres más que un inocente – gruñó con tono
burlón -. Si las mujeres vuelven, díles que no me esperen para el postre: voy a dar una
vuelta.
Me quedé solo. Al principio encontré aquello extraño, luego ofensivo, por fin vi
claramente que no sabía a qué atenerme. Por lo demás, no sabía por qué, presentía algo.
Me senté ante la ventana y aguardé. Al cabo de unos diez minutos, también yo cogí mi
sombrero y subí a mi antigua buhardilla. Sabía que ellas estaban a11í, es decir, mamá y
Lisa, y que Tatiana Pavlovna se había marchado ya. En efecto, me las encontré a las dos
juntas sobre mi diván, cuchicheando. Cuando aparecí, aquel cuchicheo cesó en absoluto.
Con gran asombro por mi parte, no se mostraron enfadadas; por lo menos mamá me
sonrió.
-Perdón, mamá – comencé.
-Vamos, vamos, no es nada – interrumpió ella -; lo que tenéis que hacer es quereros el
uno al otro y no pelearos nunca. Dios os dará la felicidad.
-Él, mamá, no me hará nunca ningún daño, de eso estoy segura – dijo Lisa con
convicción y sentimiento.
-Sin esa Tatiana Pav1ovna, nada de esto habría sucedido – exclamé -. Es un ser odioso.
-¿Ve usted, mamá? ¿Lo oye? – dijo Lisa señalándome.
-Y he aquí lo que voy a deciros a las dos – proclamé -. Si hay alguien malo aquí, soy yo
sólo; el resto es encantador.
-Mi pequeño Arcadio, no te enfades, querido mío, pero si pudieras dejar…
-¿De jugar? ¿De jugar? Dejaré, mamá. Iré hoy por última vez. sobre todo después de lo
que Andrés Petrovitch acaba de declarar a todo pulmón, que no tiene a11í ni un solo
copec suyo. No podéis figuraros hasta qué punto me dio vergüenza… Pero tengo que
explicaros… Mi querida mamá, la última vez que estuve aquí pronuncié… unas palabras
torpes… Mamá, he mentido: quiero creer sinceramente, me las he dado de fanfarrón, pero
amo mucho al Cristo…
En efecto, la véz precedente habíamos tenido una conversación de ese tipo. Mi madre
se había mostrado muy apenada y muy alarmada. Ahora, después de oírme, me sonrió
como a un niño:
-El Cristo, mi pequeño Arcadio, lo perdonará todo, tanto tus blasfemias como cosas
todavía peores. El Cristo es un padre, el Cristo no tiene necesidad de nada y
resplandecerá hasta en las tinieblas más profundas…
Me despedí de ellas y salí pensando en las posibilidades que tenía de ver aquel mismo
día a Versilov; tenía que hablar mucho con él, y hacía un momento había sido imposible.
Tenía grandes sospechas de que me aguardaba en casa. Me dirigí a11í a pie; estaba
empezando a helar ligeramente y el paseo resultaba muy agradable.
II
Yo vivía cerca del puente Voznessenski (96) en un gran edificio, por la parte del patio.
A1 entrar en el portal tropecé con Versilov que salía de mi casa.
-Siguiendo mi costumbre, he venido, dando un paseo, hasta tu casa a incluso te he
aguardado en la habitación de Pedro Hippolitovitch, pero he acabado por aburrirme.
Están siempre con ganas de disputa y hoy la mujer se ha metido en la cama y se ha puesto
a llorar. He echado una ojeada y me he marchado.
Experimenté una especie de descontento.
-Creo que soy la única persona a cuya casa va usted y que, aparte de mí y de Pedro
Hippolitovitch, no tiene usted a nadie en todo Petersburgo, ¿no es así?
-Amigo mío… ¿qué más te da eso?
-Y ahora, ¿adónde va usted?
-No, no volveré a subir a tu casa. Si quieres, podemos pasearnos, la noche es
espléndida.
-Si, en lugar de consideraciones abstractas, me hubiese usted hablado humanamente, si
por ejemplo me hubiese hecho una alusión, una simple alusión a ese juego maldito, quizá
no me habría yo dejado embarcar como un imbécil – dije de pronto.
-¿Te arrepientes? Está bien – respondió pesando sus palabras -. Siempre he sospechado
que el juego en ti no era lo esencial, sino una simple desviación pasajera… Tienes razón,
amigo mío, el juego es una porquería, y además se puede perder.
-Y perder también el dinero de los demás.
-¿Has perdido tú el dinero de los demás?
-El de usted. Yo le pedía prestado al príncipe contando con la deuda de éste. Sin duda
era un comportamiento absurdo y estúpido por mi parte esto de considerar el dinero de
usted como mío, pero yo siempre quería jugar para desquitarme.
-Te prevengo una vez más, muchacho, que el príncipe no tiene ningún dinero mío. Sé
que ese joven está por su parte en una situación muy apurada, y estimo que no me debe
nada, a pesar de sus promesas.
–En ese caso, mi situación es dos veces peor… ¡Es cómica! ¿Y a título de qué me dará
él y aceptaré yo, después de esto?
-Eso es asunto tuyo… ¿De verdad no tienes justificación ninguna para admitir su dinero,
eh?
-Fuera de la camaradería…
-¿Ninguna justificación fuera de la camaradería? ¿No algún otro niotivo que te permita
pedirle prestado? Vamos, en virtud de ciertas consideraciones… ¿eh?
-¿Qué consideraciones? No comprendo.
-Tanto mejor si no comprendes. Te confieso, amigo mío, que estaba persuadido de ello.
Brisons là, mon cher. Y por lo menos trata de no jugar más.
-¡Si me lo hubiese usted dicho antes! E incluso ahora, no me lo dice usted, me lo
susurra.
-Si te lo hubiese dicho antes, no habríamos conseguido más que enfadarnos y tú no
tendrías tanta alegría al recibirme en tu casa por las noches. Ha de saber, amigo mío, que
todos esos consejos saludables y dados por anticipado no son más que intrusiones en la
conciencia del prójimo. Yo estoy ya bastante escarmentado de esas incursiones y, al fin y
a la postre, eso no proporciona nada más que quebraderos de cabeza y burlas. De los
papirotazos y las burlas, me importa un comino, pero lo importante es que esas maniobras
no acaban en nada: por más que uno se entrometa, nadie escucha… y todo el mundo llega
a detestarnos.
-Me alegro de que empiece usted a hablarme de una manera que no tenga nada que ver
con las abstracciones. Hace mucho tiempo que quiero preguntarle una cosa, pero no he
podido hasta ahora. Es conveniente que estemos en la calle. ¿Se acuerda usted de aquella
noche, en su casa, la última noche, hace dos meses, cuando usted estaba sentado en mi
habitación, en mi «ataúd», y yo le hacía preguntas sobre mamá y sobre Makar
Ivanovitch? ¿Se acuerda usted de lo descarado que era yo entonces? ¿Se le podía permitir
a un hijo mocoso hablar en esos términos de su madre? Pues bien, usted no pronunció
una sola palabra; al contrario, se franqueó completamente y con eso me sumió en
mayores confusiones.
-Amigo mío, me alegro de oírte expresar… sentimientos semejantes… Sí, me acuerdo
muy bien; yo aguardaba en efecto, en aquellos momentos, la aparición de un rubor en tu
rostro y, si te dejaba seguir, era quizá para empujarte hasta el límite…
-¡Y lo único que hizo usted entonces fue engañarme y enturbiar todavía más la fuente
pura que había en mi alma. Sí, soy un muchacho miserable a ignoro a veces lo que está
bien y lo que está mal. Si usted me hubiese mostrado el camino aunque sólo fuera un
poquito, yo habría comprendido, y me habría puesto inmediatamente en el camino recto.
Pero usted no hizo más que irritarme.
-Cher enfant, siempre he presentido que, de una manera o de otra, llegaríamos a
ponernos de acuerdo: ese «rubor» en tu rostro, te ha venido ahora con toda naturalidad,
sin indicación de mi parte, y, te lo juro, eso vale más para ti… Observo, querido mío, que
has ganado mucho en estos últimos tiempos… ¿No se deberá eso a la compañía de ese
joven príncipe?
-No me alabe usted; eso no me gusta. No deje en mi corazón la penosa sospecha de que
me alaba por hipocresía, en perjuicio de la verdad, para no dejar de agradarme. En estos
últimos tiempos… mire usted… he hecho amistad con señoras. Por ejemplo soy muy bien
recibido en casa de Ana Andreievna, ¿sabe usted?
-Lo sé por ella misma, amigo mío. Sí, es encantadora e inteligente. Mais brisons là,
mon cher. Es curioso, me siento mal hoy, ¿será quizás el spleen? Lo atribuyo a las
hemorroides. ¿Qué pasó en casa? ¿Nada? Hiciste la paz, hubo besos y abrazos,
naturalmente, ¿no es así? Cela va sans dire. Es triste algunas veces verse obligado a ir a
buscarlas, incluso después del paseo más desagradable. Te aseguro que hay ocasiones en
que doy rodeos bajo la lluvia para retardar el momento de volver a entrar en casa… ¡Qué
fastidio, Dios mío, qué fastidio!
-Mamá…
-Tu madre es la más perfecta y la más deliciosa de las criaturas, mais… En una palabra,
lo más probable será que yo no valga lo que ella. A propósito, ¿qué es lo que tienen hoy?
Todos estos últimos días tienen todas ellas, diríamos… Es que, tú sabes, trato siempre de
no enterarme, pero me parece que hoy se ha cerrado algo entre ellas… ¿No has notado
nada?
-No sé absolutamente nada y ni siquiera habría notado lo más mínimo sin esa maldita
Tatiana Pavlovna, que no puede dejar de morder. Tiene usted razón: hay algo. Encontré a
Lisa en casa de Ana Andreievna; estaba un poco… incluso me ha dejado asombrado.
Usted sabe sin duda que la reciben en casa de Ana Andreievna, ¿no?
-Lo sé, amigo mío. Y tú… ¿Cuándo has estado en casa de Ana Andreievna… a qué hora
exactamente? Tengo necesidad de saberlo a causa de un cierto detalle.
-Entre las dos y las tres. Y figúrese que en el momento en que yo salía, llegaba el
príncipe…
Le conté toda mi visita hasta en sus menores detalles. Escuchó sin decir una palabra;
sobre el posible matrimonio del príncipe y de Ana Andreievna no hizo el menor
comentario; a mis elogios entusiastas de Ana Andreievna susurró de nuevo que era
«encantadora».
-Hoy la he asombrado enormemente al comunicarle la noticia recentísima de que
Catalina Nicolaievna Akhmakova se casa con el barón Bioring – dije bruscamente como
si la frase se me hubiera escapado.
-¿Sí? Pues bien, figúrate que ella me ha comunicado esa misma «noticia» esta mañana,
antes del mediodía, es decir, mucho antes de que tú hubieras podido asombrarla.
-¿Qué me dice usted? – me quedé clavado en el sitio -. ¿Y cómo ha podido saberla?
Pero, ¿qué digo? Desde luego que ha podido enterarse antes que yo, pero figúrese usted
que me la ha escuchado decir como si se tratase de una noticia portentosa. En fin, ¿qué se
le va a hacer? Tiene que haber gente de todas clases, ¿no es eso? Yo, por ejemplo, habría
propalado la noticia inmediatamente, mientras que ella se la guarda en el buche… De
acuerdo, está bien… ¡Y sin embargo es la más encantadora de las criaturas y el más
admirable de los caracteres!
-Sin duda, cada cual está hecho de una manera distinta. Pero lo más original es que
estos caracteres admirables se superan a veces proponiendo extraños enigmas. Figúrate
que Ana Andreievna, hoy mismo, me lanza a quemarropa esta pregunta: «¿Quiere usted a
Catalina Nicolaievna Akhmakova, sí o no?»
-¡Qué pregunta más absurda y más ridícula! – exclamé, nuevamente aturdido.
Por un momento lo vi todo turbio. Yo nunca había tratado con él de aquel tema, y ahora
era él mismo quien…
-Pero, ¿cómo ha formulado esa pregunta?
-Pues de ninguna manera, amigo mío. El buche, como tú dices, se volvió a cerrar, más
herméticamente que antes. Y fíjate bien, yo no había admitido jamás la posibilidad de
semejantes conversaciones entre nosotros, y ella tampoco por su parte… Pero tú mismo
dices que la conoces; puedes por tanto figurarte hasta qué punto le cuadra una pregunta
así… ¿No sabías tú algo?
-Tan enigma resulta para mí como para usted. ¿Quizás una curiosidad frívola, una
broma?
-Al contrario, la pregunta era muy seria. No era una pregunta, sino casi un
interrogatorio, y por lo visto por motivos extraordinarios y categóricos. ¿La verás tú?
¿Puedes enterarte de alguna cosa? Incluso te pediría que lo hicieras, porque, como
comprendes…
-¡Pero la posibilidad, el suponer simplemente que usted pueda querer a Catalina
Nicolaievna… ! Perdóneme, no llego a salir de mi asombro. Nunca, nunca me he
permitido hablarle a usted de este tema ni de nada que se le parezca…
-Y has obrado cuerdamente, querido mío.
-Las antiguas intrigas de usted, sus antiguas relaciones, serían naturalmente entre
nosotros un tema inconveniente. Incluso habría sido estúpido por mi parte. Pero da la
casualidad de que en estos últimos tiempos, estos últimos días, me he preguntado varias
veces a mí mismo: bueno, si un día quiso a esta mujer, ¿no fue más que un instante? ¡Oh,
usted no habría cometido jamás por su parte un error tan terrible como el que se produjo a
continuación! Lo que sucedió, lo sé: estoy enterado de la hostilidad y de la repugnancia
mutuas, por así decirlo, que siente cada uno de ustedes por el otro, he oído hablar do eso,
incluso demasiado, ya en Moscú, y, precisamente, lo que destaca aquí, ante todo, es ese
hecho de una repugnancia a ultranza, de una hostilidad encarnizada, exactamente to
contrario del amor. ¡Y he aquí que Ana Andreievna le pregunta a usted de repente si la
quiere! ¿Es posible que esté tan mal informada? Es muy extraño. Quería reírse, se lo
aseguro a usted, quería reírse.
-Pero observo, querido mío – percibí en su voz no sé qué de nervioso y de íntimo,
penetrante hasta el corazón, lo que le sucedía muy raras veces -,observo que tú mismo hablas
de esto con mucho calor. Acabas de decir que tienes amistades femeninas…
Naturalmente, me desagrada hacerte preguntas… sobre un tema semejante, como tú
acabas de decir… Pero « esta mujer», ¿no está en la lista de tus nuevos amigos?
-Esta mujer… – mi voz tembló de repente -, escuche. Andrés Petrovitch, escuche: esta
mujer es lo que usted dijo hace poco en casa del príncipe sobre la «vida viviente» (97),
¿se acuerda usted? Usted dijo que esta vida verdadera es algo tan claro y tan sencillo, que
le mira a uno tan de frente, que precisamente por esa misma rectitud y esa límpieza es
imposible creer que sea lo que hemos buscado toda nuestra vida con tanto esfuerzo…
¡Pues bien, he ahí con qué ojos ha acogido usted a la mujer ideal y reconocido en la
perfección, en el ideal, «todos los vicios»! ¡Eso es lo que hay!
El lector puede juzgar hasta qué punto yo estaba fuera de mí.
-¡«Todos los vicios»! ¡Oh, oh, he ahí una frase que conozco muy bien! – exclamó
Versilov -. Si hemos llegado hasta el extremo de que esta frase te haya sido comunicada,
tal vez convendría felicitarte, ¿no es así? Eso supone entre vosotros una intimidad tal, que
quizá fuera preciso alabarte por una modestia y una discreción de las que pocos jóvenes
son capaces…
En su voz sonaba una risa amable, amistosa, acariciadora… Había algo provocativo y
gentil en sus palabras, en su rostro luminoso, en la medida en que podía darme cuenta de
ello en medio de la oscuridad. Se mostraba presa de una extraña excitación. Me iluminé a
pesar mío.
-¡Modestia, díscreción! ¡Oh, no, no! – exclamé, ruborizándome y estrechando al mismo
tiempo su mano, que ya le había agarrado y que, sin darme cuenta, no se la había soltado-.
¡No, por nada en el mundo…! ¡No hay motivo para felicitarme y nada semejante
podrá producirse jamás!, ¡jamás! – Yo me ahogaba y volaba, ¡tenía tantas ganas de volar!,
¡encontraba tantos encantos en aquel momento! -. Usted sabe…, ¡oh, si eso llegase algún
día, un momentito nada más!, usted ve, mi querido, mi simpático papá, ¿me permite usted
que le llame papá?, no es solamente un padre a su hijo, pero quienquiera que sea debe
prohibirse hablar a una tercera persona de sus relaciones con una mujer, por puras que
esas relaciones sean. E incluso cuanto más puras sean, más secretas deben permanecer.
Es repugnante, es grosero, en una palabra, aquí no hay confidente posible. Pero si no
existe nada, absolutamente nada, se puede hablar entonces, está permitido, ¿verdad?
-Si el corazón te lo aconseja…
-Una pregunta indiscreta, muy indiscreta: usted, en su vida, usted ha conocido mujeres,
usted ha tenido amoríos, ¿no? Se lo pregunto en general, no en particular.
Me sonrojaba, me ahogaba de entusiasmo.
-Pues bien, admitamos que sí.
-Entonces, he aquí un caso que usted va a explicarme, puesto que tiene más
experiencia: una mujer le dice a usted de repente al despedirle, esto es, completamente de
pronto, mirando a otro lado: « Mañana estaré a las tres en tal sitio»… en casa de Tatiana
Pavlovna, por ejemplo.
Estaba lanzado y fui hasta el fin. El corazón me latía irregularmente, incluso cesó de
latir. Quería pararme y no seguir hablando: ¡imposible! Él era todo oídos.
-Pues bien, el día siguiente a las tres, estoy en casa de Tatiana Pavlovna. Entro y me
hago estos razonamientos; « Va a abrirme la cocinera, ¿conoce usted a su cocinera?, y le
preguntaré de golpe y porrazo: ¿Está Tatiana Pavlovna en casa? Y si me dice que Tatiana
Pavlovna no está en casa y que hay una mujer que la espera», entonces, ¿qué debo
deducir?, dígamelo, si usted… En una palabra, si usted…
-Sencillamente que te han dado una cita. Pero, ¿ha sido así la cosa? ¿Y era hoy? ¿Sí?
-¡Oh, no, no, no! ¡En absoluto, de ninguna manera! ¡La cosa ha sucedido, pero no de
esta forma! Una cita, pero no para eso, lo declaro antes que nada, para no ser un bellaco,
la cosa ha sucedido, pero…
-Amigo mío, todo esto empieza a ponerse tan interesante, que te propongo…
-Yo mismo, yo he dado diez y veinticinco copeques ¡se acabó! Solamente algunos
copeques, es un teniente quien lo pide, un antiguo teniente.
La alta silueta de un mendigo, tal vez, en verdad, un teniente retirado, nos cerraba de
pronto el paso. Lo más curioso era que estaba muy bien vestido para ejercer aquella
profesión; lo que no le impedía tender la mano.
III
Aquel miserable episodio del miserable teniente lo menciono aposta, porque Versilov
se presenta siempre en mi memoria acompañado por todos los detalles, incluso los más
menudos, de aquella circunstancia que para mí fue fatal. ¡Fatal, pero yo no lo sabía!
-¡Déjenos en paz, o llamo inmediatamente a la policía!
Versilov había elevado la voz súbitamente y de manera poco natural, parándose delante
del teniente. Yo no me habría figurado nunca que fuera posible una cólera semejante por
parte de tal filósofo y por un motivo tan insignificante. Y, fíjense ustedes,
interrumpíamos nuestra conversación en el pasaje más interesante para él, según él
mismo acababa de manifestarlo.
-Entonces, ¿es que no tienen ustedes ni una simple moneda de cobre? – gritó
groseramente el teniente con un ademán – ¿Qué canalla es ésta que no tiene hoy ni
siquiera una moneda? ¡Roñoso! ¡Pillo! ¡Lleva un cuello de castor y forma un escándalo
por una moneda!
-¡Agente! .– gritó Versilov.
Pero no había necesidad de gritar: el agente estaba a dos pasos, en la esquina, y habia
oído las injurias del teniente.
-Le ruego que sea testigo del insulto. ¡En cuanto a usted, sírvase seguirnos al
cuartelillo!
-Ja ,ja! Ésa es una cosa que me tiene completamente sin y cuidado, usted no podrá
probar nada. Sobre todo no demostrará ser inteligente.
-Agente, usted no lo suelte y guíenos – decidió imperiosamente Versilov.
-¿Al cuartelillo? ¿Para qué? – le susurré yo.
-Es preciso, querido mío. Este desorden en nuestras calles comienza a fastidiarme, y, si
cada cual cumpliera su deber, todo el mundo se encontraría mejor. Ç’est comique, mais
ç’est ce que nous ferons.
Durante un centenar de pasos, el teniente se mostró muy acalorado; se las daba de
valiente y de orgulloso; aseguraba que «era imposible» que… «por una moneda de
cobre», etc. Por fin, empezó a cuchichear al oído del agente. El agente, hombre reflexivo
y visiblemente hostil a los nerviosismos de la calle, parecía estar a su favor, pero
solamente en cierto sentido. Le comunicaba a media voz que «ahora ya la cosa no tenía
remedio», que «el asunto estaba ya en marcha», y que «si, por ejemplo, se excusaba, y el
señor consentía en aceptar su excusas, entonces tal vez… »
-Bueno, escuche, mi buen señor, ¿adónde vamos? Se lo pregunto: ¿adónde corremos
así?, ¿qué hay de gracioso en todo esto? – gritó el teniente -. Si un desgraciado que está en
las últimas consiente en ofrecer sus excusas… si es que usted tiene necesidad de
humillarlo… No estamos en un salón, ¡qué diablos! ¡Estamos en la calle! Para la calle,
esto basta y sobra como excusas…
Versilov se detuvo y se echó a reír. Yo estaba a punto de pensar que había liado toda
aquella historia para divertirse; pero no se trataba de eso.
-Le disculpo enteramente, señor official, y le aseguro que no está usted desprovisto de
talento. Obre así incluso en un salón; bien pronto, para .los salones también, sobrará con
eso; mientras tanto, tome aquí dos monedas. Querría darle las gracias por su trabajo, pero
se ha colocado usted en una postura tan noble… Querido mío – se dirigió a mí -, hay por
aquí cerca una tabernilla que en el fondo no es más que una espantosa cloaca, pero se
puede tomar allí té, y yo lo invito… Estamos a dos pasos, vamos pues.
Lo repito, yo nunca lo había visto con una excitación tal. Sin embargo su rostro estaba
alegre y radiante de luz. Pero noté que; cuando sacó de su portamonedas dos piezas de
cobre para dárselas al oficial, las manos le temblaban y los dedos no le obedecían, tanto
que acabó por rogarme que cogiera las monedas y se las diese al teniente; es un detalle.
que no puedo olvidar.
Me guió a un pequeño traktir al otro lado de la calle. No había mucha gente. Estaba
tocando un organillo ronco y desafinado; aquello olía a manteles sucios; nos instalamos
en un rincón.
-Quizá no lo sabes. El caso es que a veces, por aburrimiento… por un terrible
aburrimiento del corazón… me gusta descender hasta estas cloacas. Este ambiente, ese
aria trémula de Lucía (98), estos camareros en traje ruso hasta la inconveniencia, esta
humareda de tabaco, esos gritos de los jugadores de billar, todo es tan vulgar y tan
prosaico, que casi roza con lo fantástíco. Bueno, querido mío, ¿dónde estábamos? Ese
hijo de Marte nos ha interrumpido en el momento más interesante, creo… Pero he aquí el
té; me encanta el té, aquí… Figúrate que Pedro Hippolitovitch aseguraba hace un
momento a ese otro inquilino marcado por la viruela que el Parlamento inglés había
constituido en el siglo pasado una comisión de juristas para examinar todo el proceso de
Cristo delante del Sumo Sacerdote y de Pílatos, únicamente para saber cómo sucedería
hoy la cosa según nuestras leyes, y que toda esa historia se montó con toda la solemnidad
deseada, con abogados, procuradores y todo lo demás… y que los jurados se vieron
obligados a dictar un veredicto de culpabilidad… ¡Es asombroso!, ese imbécil de
inquilino se ha puesto a discutir, se ha enfadado y ha dicho que se marchará mañana
mismo… La casera se ha deshecho en lágrimas, porque pierde unos ingresos… Mais
passons! Algunas veces en estos traktirs hay ruiseñores. ¿Sabes esa vieja anécdota
moscovita à la Pedro Hippolitovítch? Un ruiseñor canta en un traktir de Moscú; entra uno
de esos comerciantes cascarrabias de los que se enfadan en seguida: « ¿Cuánto el
ruiseñor? — ¡Cien rublos! -.– ¡Que lo asen y que me lo sirvan!» Así se hizo. « ¡Córteme
una lonja de dos centavos!» Se la conté un día a Pedro Hippolitovitch, pero no quiso
creérsela, incluso se indignó. ..
Habló mucho todavía. Cito estos fragmentos a título de muestra. Me interrumpía sin
cesar en el momento mismo en que yo abría la boca para contar una historia por mi
cuenta, y soltaba alguna tontería completamente original y que no tenía la menor relación
con lo que se estaba hablando; hablaba exaltadamente, con alegría; se reía de todo a
incluso soltaba una risita por lo bajo, cosa que yo no le había visto hacer nunca. Se bebió
de un trago un vaso de té y se sirvió un segundo. Ahora lo comprendo: se parecía a un
hombre que ha recibido una carta querida, curiosa y que esperaba desde hacía mucho
tiempo, que la ha colocado delante de sí y que, adrede, se retrasa en abrirla. Por el
contrario, le da vueltas largo rato entre sus dedos, examina el sobre, el sello de lacre, va
de una habitación a otra para dar órdenes, retrasa, en una palabra, el minuto más
interesante, sabiendo muy bien que no se le escapará; y todo eso para aumentar su
contento.
Naturalmente, se lo conté todo, desde el principio, y mi relato duró una hora tal vez.
¿Cómo podía ser de otra forma? Desde el primer momento yo había tenido deseos de hablar.
Comencé por nuestro primer encuentro en casa del príneipe, después de su llegada;
luego conté cómo había sucedido todo, poco a poco. No me salté nada, y no podía
saltarme nada: él mismo me ponía sobre el carril, adivinaba, me soplaba las palabras. Me
parecía a veces que yo estaba viviendo un cuento fantástico, que él había estado siempre
a11í, sentado o de pie en cualquier parte detrás de la puerta, en todo momento durante
esos dos meses: sabía de antemano cada uno de mis gestos, cada uno de mis sentimientos.
Yo experimentaba un gozo infinito haciéndole aquella confesión, porque veía en él tanta
dulzura cordial, tanta finura psicológica, una capacidad tan asombrosa para adivinarlo
todo con la más pequeña palabra… Me escuchaba tiernamente, como una mujer. Sobre
todo se comportó tan bien, que no llegué a experimentar ninguna vergüenza; a veces me
detenía bruscamente para preguntar. me algún detalle; a menudo me interrumpía y repetía
con nerviosismo:
-No olvides los detalles, sobre todo no olvides los detalles; cuanto más minúsculo es un
rasgo, más importante es a veces.
Volvió a decirlo en varias ocasiones. ¡Oh!, desde luego, al empezar yo había tomado la
cosa desde muy alto, con respecto a ella, pero muy pronto recaí en la verdad. Conté
sinceramente que estaba dispuesto a besar el sitio del entarimado donde se hubiera
posado su pie. Lo más bello, lo más espléndido, era que él comprendía perfectamente que
se pudiera «sentir miedo por el documento» y al mismo tiempo seguir siendo una criatura
noble y sin reproche, tal como hoy se había descubierto ante mis ojos. Comprendió
perfectamente lo de la palabra. «estudiante». Pero, cuando estaba ya por el final, noté que
su bondadosa sonrisa era atravesada de vez en cuando por una impaciencia demasiado
visible, algo brusco y distraído. Cuando llegué a lo del «documento», pensé para mí:
«¿Decirle toda la verdad o no?» Y no se la dije, a pesar de todo mi entusiasmo. Lo hago
constar aquí para acordarme de eso toda mi vida. Le expliqué la cosa de la misma manera
que a ella, es decir, sacando a colación a Kraft. Sus ojos se encendieron. Un pliegue
singular se trazó en su frente, un pliegue muy sombrío.
-¿Y te acuerdas con toda seguridad de que esa carta la quemó Kraft en la vela? ¿No te
equivocas?
–No, no me equivoco – confirmé.
-Es que ese billete es de una extrema importancia para ella, y, si lo tuvieses hoy día en
tus manos, podrías desde hoy mismo… – Pero no llegó a decir lo que «yo podría» -. Entonces,
¿es totalmente cierto que no lo tienes ya en tu poder?
Me estremecí en mi interior, pero no exteriormente. Exteriormente, no me traicionó de
ninguna manera: ni siquiera un parpadeo; ni siquiera quise creer en la pregunta.
-¿Cómo en mi poder? ¿Que lo tengo ahora en mi poder? ¡Pero si le digo que Kraft lo ha
quemado!
-¿Sí?
Fijó sobre mí una mirada de fuego, inmóvil, de la que me acuerdo todavía. Por lo
demás, estaba sonriente, pero toda su bonachonería, toda la feminidad de su expresión
habían desaparecido de pronto. Adoptó un aire indeciso y desorientado; se mostraba cada
vez más distraído. Si hubiese sido más dueño de sí, tan dueño como lo había sido hasta
entonces, no me habría hecho aquella pregunta sobre el documento; si la había hecho, era
seguramente porque estaba fuera de sí. Pero es hoy cuando hablo así; en aquella época no
aprecié tan rápidamente el cambio sobrevenido en su persona: yo continuaba transportado
y mi alma estaba llena de la misma música. Pero, habiendo terminado mi relato, lo miré.
-¡Asombroso! – dijo él de repente, cuando le hube entregado hasta la última coma -.
Asombroso, amigo mío; tú dices que has estado a11í de tres a cuatro y Tatiana Pavlovna
no estaba en casa, ¿no es así?
-Para ser más exacto, de tres a cuatro y media.
-Pues bien, figúrate que yo fui a casa de Tatiana Pav1ovna a las tres y media justas, y
ella me recibió en la cocina; casi siempre entro por la escalera de servicio.
-¿Cómo, que lo recibió a usted en la cocina? – exclamé, retrocediendo de asombro.
-Sí, y me declaró que no podía recibirme; me quedé sólo dos minutos, y por lo demás
sólo iba para invitarla a comer.
-Tal vez acababa de volver a casa, ¿no?
-No sé. Seguramente no. Estaba en bata. Eran exactamente las tres y media.
-Pero… ¿no le dijo a usted Tatiana Pavlovna que yo estaba allí?
-No, no me dijo que estuvieras… De lo contrario, yo lo habría sabido y no lo habría
sabido y no te habría preguntado nada.
-Escuche, eso es muy importante…
-Sí… eso depende del punto de vista; te estás poniendo pálido, muchacho. Pero, ¿qué
importancia tiene eso?
-¡Me han engañado como a un crío!
-Sencillamente «a ella le ha dado miedo de tu impulsividad», como ella misma te ha
dicho. Y se ha refugiado detrás de Tatiana Pavlovna.
-¡Dios mío, qué historia! Escuche, ella me ha dejado decir todo aquello en presencia de
una tercera persona, delante de Tatiana Pavlovna. ¡Por tanto, la otra ha oído todo lo que
yo decía! ¡Es…, es terrible sólo el pensarlo!
-C’est selon, mon cher! Además, tú mismo has hablado hace un momento de que tiene
que haber gente de todas clases y te ha parecido muy bien que así sea.
-Si yo fuese Otelo y usted Yago, no podría usted decir nada mejor… Pero estoy
bromeando. Aquí no puede haber Otelo, puesto que no existen relaciones de ese tipo. ¿Y
cómo no echarse a reír? ¡Sea! ¡A pesar de todo sigo creyendo en lo que está infinitamente
por encima de mí y no pierdo mi ideal… ! Si es una broma por parte de ella, se la
perdono. Admito lo de burlarse de un miserable muchachillo. Yo nunca me he disfrazado,
y el estudiante… el estudiante estaba a11í, a pesar de todo, sigue a11í frente a todo y
contra todo, estaba en su alma, estaba en su corazón, existe y existirá. ¡Basta! Escuche,
¿qué cree usted: debo o no debo ir inmediatamente a su casa para saber toda la verdad?
Yo decía: « río», y tenía las lágrimas en los ojos.
-Pues bien, ve, amigo mío, si sientes deseos de hacerlo.
-Me siento como manchado por haberle contado a usted todo esto. No se enfade, pero
no está permitido, se lo repito, no está permitido hablar de una mujer a una tercera
persona. El confidente no comprenderá nunca. Ni siquiera un ángel comprendería.
Cuando se respeta a una mujer no se toma confidente; cuando se respeta uno a sí mismo,
no se toma confidente tampoco. En este momento yo no me respeto. Hasta la vista; no me
perdonaré nunca…
-Vamos, amigo mío, exageras. Tú mismo lo dices: no ha pasado nada.
Salimos y nos dijimos adiós.
-Pero, ¿no me vas a abrazar nunca con todo tu corazón, como un hijo abraza a su padre?
– me dijo con un temblor singular en la voz.
Lo abracé calurosamente.
-Querido mío… sé siempre tan puro como lo eres en este momento.
Todavía yo no lo había abrazado nunca, y nunca habría podido figurarme que iba a ser
él quien lo reclamara.
CAPÍTULO VI
I
« ¡Está claro, hace falta ir a11í! », decidí mientras me apreuraba a volver a casa. Hace
falta ir a11í inmediatamente. Lo más probable será que me la encuentre sola; sola o con
alguien, poco importa: se la puede llamar. Me recibirá; se quedará asombrada, pero me
recibirá. Si no me recibe, insistiré para que lo haga, le mandaré decir que es
absolutamente necesario. Creerá que se trata del documento, y me recibirá. Y me enteraré
de todo con respecto a Tatiana. A continuación… pues bien, a continuación, ¿qué? Si soy
yo el que estoy equivocado, presentaré mis excusas; si tengo razón y es ella la que se ha
portado mal, entonces será el fin de todo. ¿Qué es lo que voy a perder? Nada. ¡Vamos
a11á, vamos a11á! »
Ahora bien, no lo olvidaré nunca, y me acordaré de eso con orgullo, ¡no fui de ninguna
rnanera! Nadie lo sabrá, esto quedará ignorado, pero me basta con saberlo yo, con saber
que en aquel momento he sido capaz de una reacción de infinita nobleza. «Es una
tentación, y la venceré», decidí al fin, después de haber reflexionado. «Se me ha querido
asustar, pero yo no he creído, no he perdido mi fe en su pureza. ¿Qué necesidad hay de ir
a11í? ¿Para informarme de qué?, ¿Por qué tendría ella que creer en mí de la misma
manera absoluta que yo creo en ella, creer en mi «pureza», no temer mí «impulsividad» y
no ocultarse detrás de Tatiana? Yo no he merecido todavía nada de eso a sus ojos. Que
ella ignore, pues, que lo merezco, que no me dejo seducir por las «tentaciones», que no
creo en las malas lenguas. Por el contrario, yo lo sé, y así me respetaré más. Respetaré mi
sentimiento. ¡Oh!, sí, ella me ha dejado hablar delante de Tatiana, ha admitido a Tatiana,
sabía que Tatiana estaba allí y escuchaba (puesto que no podía menos que escuchar),
sabía que Tatiana se burla de mí, ¡es espantoso, espantoso…! Pero… ¿y si era imposible
evitarlo? ¿Qué podía ella hacer en su situación, y cómo acusarla de eso?
¿No le he mentido yo respecto a Kraft? ¿No la he: engañado yo también, porque
también era imposible evitarlo? También yo he mentido involuntariamente,
inocentemente. « ¡Ah, Dios mío! – exclamé de pronto sonrojándome dolorosamente -, yo
mismo, yo mismo, ¿qué es lo que acabo de hacer?, ¿no he sido yo quien la he atraído
delante de esa misma Tatiana, no he sido yo quien acabo de contárselo todo a Versilov?
Pero, ¿para qué hablar de mí? Hay una gran diferencia. Se trataba solamente del
documento; en el fondo, yo no le he hablado a Versilov más que del documento, porque
no había otra cosa que contarle ni podía haberla. ¿No he sido yo el primero en prevenirle,
y el primero que le he asegurado que no podía haber otra cosa? Es un hombre que
comprende la vida. ¡Hum…., ¡pero sin embargo ese odio en su corazón, todavía a estas alturas,
hacia esa mujer! ¿Qué drama ha debido producirse en otros tiempos entre ellos y
por qué? ¡Naturalmente por amor propio! Versilov no es capaz de ningún sentimiento
fuera de un amor propio ilimitado.»
Sí, este último pensamiento se me escapó, y ni siquiera lo noté. He aquí, pues, las ideas
que, sucesivamente, una tras otra, atravesaron entonces mi cerebro, y yo era en ese
momento sincero conmigo mismo: no disimulaba, no me engañaba a mí mismo; y si hay
alguna cosa que yo no haya comprendido en aquel instante, es únicamente porque me ha
faltado la comprensión, y no por hipocresía ante mí mismo.
Volví a entrar en la casa, presa de una excitación espantosa, y, no sé por qué, de un
humor muy alegre, aunque muy turbio. Pero temía analizarme y me esforzaba con todas
mis fuerzas en distraerme. Inmediatamente fui a buscar a la casera: habia habido en
efecto una terrible disputa entre su marido y ella. Era una mujer de funcionaiio,
completamente tuberculosa y buena, pero, como todas las enfermas del pecho,
extremadamente caprichosa. Me dediqué inmediatamente a reconciliarlos. Vi al inquilino,
un imbécil muy grosero, marcado por la viruela, excesivamente vanidoso, que trabajaba
en un Banco, un cierto Tcherviakov, por el que no sentía la menor simpatía, pero con
quien mantenía sin embargo relaciones pacíficas porque tenía la debilidad de aliarme con
él para tomarle el pelo a Pedro Hippolitovitch. Lo convencí en seguida para que no se
marchara; por lo demás, no estaba decidido en forma alguna a hacerlo. Por fin calmé
definitivamente a la casera y, además, supe arreglarle muy bien su almohada.
-¡He ahí una cosa que Pedro Hippolitovitch nunca sabrá hacer! – dijo ella
maliciosamente.
En seguida me ocupé en la cocina de prepararle sus cataplasmas, y con mis propias
manos le fabriqué dos totalmente notables. El pobre Pedro Hippolitovitch me miraba con
envidia, pero no le permití que las tocase siquiera y fui recompensado, literalmente, con
lágrimas de agradecimiento. Luego, me acuerdo muy bien, todo aquello me aburrió de
golpe y adiviné bruscamente que no era en modo alguno por bondad de alma por lo que
cuidaba a la enferma, sino por hacer algo, no sabía por qué, o por alguna razón totalmente
distinta.
Aguardaba nerviosamente a Matvei: aquella noche estaba decidido a probar la suerte
por última vez y… y, además de la suerte, sentía una necesidad terrible de jugar; de lo
contrario aquello rne habría resultado insoportable. Si no hubiese ido a ninguna parte, no
habría podido contenerme y me habría dirigido a casa de ella. Matvei debía llegar pronto,
pero de repente la puerta se abrió y vi entrar a una visitante inesperada: Daria
Onissimovna. Fruncí las cejas y dejé revelar mi asombro. Ella sabía dónde vivía yo
porque una vez había venido a darme un recado de mi madre. La invité a que se sentara y
la miré con aire interrogador. Ella no dijo nada, limitándose a mirarme a los ojos y a
sonreír humildemente.
-¿Viene usted quizá de parte de Lisa? – pregunté de repente.
-No, he venido porque sí.
Le advertí que iba a salir; respondió de nuevo que había venido « porque sí», y que
también ella se iba a marchar. De pronto sentí no sé qué movimiento de lástima. Debo
hacer constar que, de todos nosotros, de mi madre y en particular de Tatiana Pavlovna,
había recibido muchas muestras de simpatía, pero que, después de haberla colocado en
casa de Stolbieieva, todos los nuestros la habían olvidado poco más o menos, salvo tal
vez Lisa, que la visitaba con frecuencia. El motivo, estoy convencido, procedía de ella
misma, puesto que tenía la particularidad de alejarse y desvanecerse, a pesar de toda su
humildad y de sus sonrisas humildes. A mí esas sonrisas no me agradaban lo más
mínimo: la veía siempre adoptar un aire falso y llegué a pensar un día que no había
llorado mucho tiempo a su Olia. Pero esta vez, no sé por qué, sentí lástima de ella.
Ahora bien, sin decir una palabra, se agachó de pronto, bajó los ojos y, lanzando los
brazos hacia delante, me cogió por la cintura mientras que su rostro se inclinaba hacia
mis rodillas. Me cogió la mano y ya me figuraba que era para besármela, pero se la llevó
a los ojos y me la mojó con lágrimas ardientes. Estaba toda sacudida por los sollozos,
pero lloraba sin ruido. Se me encogió el corazón, aunque al mismo tiempo empecé a
sentirme un poco irritado. Pero ella me besaba con una completa confianza, sin temor a
molestarme, siendo así que hacía un momento me dedicaba sonrisas tan tímidas y tan
serviles. Le rogué que se calmase.
-Mi buen señor, yo ya no sé qué hacer de mí. En cuanto se pone oscuro, no puedo
soportarlo; cuando cáe la noche, ya no puedo resistir a11í, es preciso que salga a la calle,
a las tinieblas. Lo que sobre todo me atrae es un sueño. Un sueño que ha nacido en mi
cerebro y que me dice que cuando salga me la encontraré en la calle. Me pongo a andar y
me parece verla. Es decir, que son los otros los que andan, y yo ando detrás adrede y me
digo: ¿no es ella? ¡Sí, sí, he ahí que ésa es mi Olia! Y pienso, pienso. Al final he terminado
por volverme loca, a fuerza de correr entre la multitud; siento mareos. Empujo a la
gente como si estuviera borracha; hay quienes me cubren de injurias. Pero yo guardo todo
eso para mí y no voy ya a casa de nadie. Además, vaya adonde vaya, todavía me siento
peor. Hace un momento pasé por delante de la casa de usted y me dije: «¿Y si entrara? Él
es mejor que los demás, y además ha presenciado la cosa.» Mi buen señor, perdóneme
usted; me voy en seguida e iré…
Se levantó bruscamente y se dispuso a marcharse. En aquel momento llegó Matvei; la
hice sentarse a mi lado en el trineo y, al pasar, la dejé en su domicilio, en casa de
Stolbieieva.
II
En los tiempos más recientes yo freeuentaba la ruleta de Zerchtchikov. Hasta entonces
había ido a tres casas, siempre con el príncipe, que me «introducía» en esos lugares. En
una de esas tres casas se dedicaban sobre todo al bacará y se jugaba fuerte. Pero yo a11í
no me encontraba bien: vela que habría hecho falta mucho dinero y además acudían
muchos desvergonzados y muchos jóvenes de la alta sociedad con los bolsillos bien
provistos. Eso era precisamente lo que le gustaba al príncipe; le gustaba jugar, pero le
gustaba también rozarse con aquellos insensatos. Noté que, si entraba a veces llevándome
a su lado, en el curso de la noche se apartaba de mí y no me presentaba a ninguno «de los
suyos». Yo tenía el aspecto de un verdadero salvaje, hasta el punto de llamar a veces la
atención. En la mesa de juego me sucedía en ocasiones ponerme a charlar con uno o con
otro; pero una vez intenté al día siguiente, en la misma sala, saludar a un señor bajito con
el que en la víspera no solamente había hablado, sino reído, estando sentado a su lado (e
incluso le había adivinado las cartas): pues bien, no me reconoció. O más bien fue peor
aún: me miró con un asombro fingido y pasó con una sonrisa. Por consiguiente, abandoné
pronto aquella casa y me puse a frecuentar una cloaca; no sabría llamarla de otra manera.
Era una ruleta bastante miserable, minúscula, regentada por una prostituta, que sin
embargo no se dejaba ver nunca en la sala.
Allí se estaba en completa confianza y, aunque viniesen oficiales y comerciantes ricos,
todo transcurría en familia, lo que no dejaba de atraer a mucha gente. Además allí la
suerte me sonreía con frecuencia. Pero dejé de ir después de una sucia historia acaecida
un buen día en pleno juego y que acabó con una riña entre dos jugadores. Entonces
empecé a acudir a casa de Zerchtchikov, adonde también me había llevado el príncipe.
Era un capitán de Caballería retirado, y el tono de sus veladas era muy soportable, un
poco militar, muy puntilloso en cuanto a las formas, rápido y práctico. Por ejemplo, no
venían nunca ni bromistas ni aguafiestas. Además, el juego estaba muy lejos de ser una
broma. Se jugaba al bacará y a la ruleta. Hasta aquella noche, 15 de noviembre, yo había
estado allí en total dos veces, y creo que Zerchtchikov me conocía de vista; pero yo no
había trabado conocimiento con nadie más. Como si lo hubiera hecho adrede, el príncipe
vino aquella noche a eso de las doce con Darzan, de vuelta del bacará de aquellos
insensatos del gran mundo donde yo había dejado de ir, así es que aquella noche yo
estaba como un desconocido en medio de una muchedumbre desconocida.
Si yo tuviese un lector y éste hubiera leído todo lo que he escrito ya sobre mis
aventuras, no tendría necesidad, desde luego, de explicarle que verdaderamente no he
nacido para la vida de sociedad, cualquiera que ésta sea. Primeramente, no sé cómo
comportarme en el mundo. Cuando voy a un sitio donde hay mucha gente, me parece
siempre que todas las miradas me electrizan. Me siento nervioso, me encuentro físicamente
a disgusto, incluso en sitios como un teatro, sin hablar de las casas particulares.
En todas esas ruletas y esas reuniones, yo era absolutamente incapaz de seguir una conducta
normal: tan pronto, sentado, me reprochaba mi exceso de dulzura y de educación,
tan pronto me levantaba y cometía alguna grosería. Y, sin embargo, cualquier tunante
vulgar, en comparación conmigo, sabía comportarse con una desenvoltura asombrosa y,
eso era lo que me daba más rabia: se comportaba tan bien, que yo llegaba a perder más y
más mi sangre fría. Lo diré francamente, no sólo hoy, sino incluso entonces, toda aquella
sociedad y hasta las ganancias en el juego, si es preciso decirlo todo, acabaron por
parecerme repugnantes y dolorosas. Exactamente: dolorosas. Sin duda yo experimentaba
un gozo extremado, pero ese gozo lo conseguía mediante el sufrimiento; todo aquello,
quiero decir la gente, el juego, y yo, sobre todo, con ellos, me parecía algo espantosamente
sucio. «¡Que tenga la suerte de ganar, y lo mando todo al diablo! », me decía una
y otra vez a mí mismo, al despertarme por la mañana después del juego de la noche. La
ganancia por ejemplo: el. dinero no me gustaba lo más mínimo. No voy a repetir la frase
trivial, corriente en semejantes casos, de que jugaba por jugar, por las sensaciones, por el
placer del riesgo, del azar y todo lo demás, y de ninguna manera por la ganancia. Tenía
una necesidad terrible de dinero, y sin duda no era aquél mi camino, ni era mi idea, pero,
de una forma u otra, no estaba menos decidido entonces a probar también, a título de
experiencia, aquel camino. Había una idea poderosa que me turbaba siempre: «Has
llegado a la conclusión de que puedes llegar a ser millonario con toda seguridad, a
condición de tener un carácter suficientemente fuerte; ya has hecho la prueba de tu
carácter; pues bien, muestra, aquí también, lo que vales: ¿iría a exigir la ruleta más
carácter que tu idea?» He aquí lo que yo me repetía. Y como todavía hoy estoy
convencido de que, en los juegos de azar, con una calma perfecta, que permita conservar
toda la finura de la razón, es imposible no superar la grosería del azar ciego y no ganar,
yo debía fatalmente, en esta época, irritarme más y más al ver que a veces perdía mi
sangre fría y me embalaba como un muchachillo. « ¡Yo, que he podido resistir el
hambre!, ¿no podré dominarme a mí mismo en una tontería semejante?» Eso era lo que
me ponía de mal humor. Además, la convicción que yo poseía, por ridículo y humillado
que pareciera, de tener un tesoro de fuerza que los obligaría a todos a cambiar de opinión
un día sobre mí, esa convicción, desde mis años de infancia humillada, era entonces la
única fuente de mi vida, mi luz y mi patrimonio, mi arma y mi consolación, de lo
contrario tal vez me habría matado siendo todavía niño. Así, pues, ¿cómo no iba a
enfadarme contra mí mismo, viendo la criatura lamentable en que me convertía ante una
mesa de juego? He aquí por qué no podía ya abandonar el juego: hoy lo veo claramente.
Además de esta razón principal, el mezquino amor propio sufría también: la pérdida en el
juego me rebajaba a los ojos del príncipe, a los ojos de Versilov, aunque éste no se
dignase decir nada; a los ojos de todos, a incluso de Tatiana; por lo menos eso era lo que
me parecía, lo que sentía. En fin, haré además una confesión: estaba ya corrompido; me
era ya difícil renunciar a mi comida de siete platos en el restaurante, a Matvei, al almacén
inglés, a la opinión de mi perfumista, a todo eso en fin. Ya entonces tenía conciencia de
todo aquello, pero cerraba los ojos; es hoy, al escribirlo, cuando me ruborizo.
III
Habiendo entrado solo y encontrándome en medio de una muchedumbre desconocida,
me instalé primeramente en un rincón de la mesa y empecé jugando cantidades pequeñas.
Permanecí así dos horas sin moverme. Fueron dos horas de un terrible marasmo: ni buena
ni mala suerte. Dejaba pasar oportunidades asombrosas, tratando de no enfadarme, de
dominarlo todo con mi sangre fría y mi seguridad. Al final resultó que, en aquellas dos
horas, no había ni ganado ni perdido: de trescientos rublos, había perdido de diez a
quince. Aquel resultado miserable me enfureció. Además, sucedió un incidente de lo más
desagradable. Yo sé que a veces se encuentra alrededor de esta ruleta a ladrones, no
venidos de la calle, sino que son jugadores conocidos. Por ejemplo, estoy persuadido de
que el famoso jugador Aferdov es un ladrón; se pavonea hoy por la ciudad; lo he
encontrado hace muy poco con sus dos jacas, pero no por eso deja de ser un ladrón, y me
ha robado. Pero esta historia es para más tarde; aquella noche fue solamente el preludio:
yo había estado sentado aquellas dos horas en el rincón de la mesa y a mi izquierda se
encontraba un petimetre muy elegante, un pequeño judío, creo; formaba parte de no sé
qué, a incluso escribía y se costeaba sus obras. En el último minuto, gané de golpe veinte
rublos. Dos billetes rojos estaban allí delante de mí, cuando bruscamente vi que el
pequeño judío tendía la mano y recogía con la mayor tranquilidad del mundo uno de mis
billetes. Iba a detenerlo, pero con el aire más insolente y sin elevar la voz, ¿no tiene la
frescura de decir que es su ganancia, que acaba de hacer la puesta y que ha ganado? No
quiso ni siquiera proseguir la conversación y me volvió la espalda. Como hecho adrede,
yo estaba en aquel segundo en un estado de ánimo muy estúpido: se me había ocurrido
una gran idea. Escupí, me levanté rápidamente y me fui, sin querer discutir, regalándole
el billete rojo. Por lo demás, habría sido una torpeza querer solventar el asunto con
semejante pillastre, porque había pasado el tiempo; el juego había continuado. Pues bien,
aquello fue por mi parte una falta inmensa, que debía tener sus consecuencias: tres o
cuatro jugadores en torno a nosotros habían observado nuestra discusión, y, al verme
retroceder tan fácilmente, habían debido de pensar de mí: ¡es uno de ésos! Era
exactamente medianoche; me fui a la sala vecina, reflexioné, elaboré un nuevo plan, volví
y cambié en la banca mis billetes por monedas de oro. Me vi así en posesión de más de
cuarenta monedas. Hice diez partes y resolví apostar diez veces seguidas al zéro, cuatro
semiimperiales (99) cada vez, una tras otra: «Si gano, será mi oportunidad; si pierdo,
tanto mejor: no jugaré más,» Haré notar que en aquellas dos horas el zéro no había salido
ni una sola vez, tanto que, al final, nadie apostaba al zéro.
Yo jugaba de pie, silencioso, frunciendo las cejas y apretando los dientes. A la tercera
vez, Zerchtchikov anunció en alta voz el zéro, que no había salido en toda la noche. Me
pagaron ciento cuarenta seiimperiales de oro. Me quedaban rodavía siete puestas.
Continué, pero ya todo alrededor de mí se agitaba y bailaba.
-¡Pásese usted aquí! – le grité a un jugador que estaba al otro lado de la mesa y cerca del
cual yo había estado sentado un momento antes, un hombre bigotudo. muy cano, con el
rostro escarlata y en traje de etiqueta, que, desde hacía ya varias horas, arriesgaba con
indecible paciencia sumas muy pequeñas y perdía todas las veces-. ¡Pásese usted aquí!
¡Aquí es donde está la suerte!
-¿Se refiere usted a mí? – gritó el bigotudo del extremo de la mesa, con un asombro
amenazador.
-¡Sí, a usted! ¡En ese sitio va a perderlo todo!
-Eso no es asunto suyo. Le ruego que me deje en paz.
Pero yo ya no podía contenerme. Frente a mí, al otro lado de la mesa, estaba sentado un
militar de cierta edad. Al verme hacer la apuesta, le farfulló a su vecino:
-Es raro: el zéro. No, no me decidiré nunca por el zéro.
-¡Atrévase usted, coronel! – grité, apostando de nuevo.
-Le ruego que me deje en paz a mí también. No necesito para nada sus consejos – me
dijo violentamente -. Hace usted mucho ruido aquí.
-Le estoy dando un buen consejo. ¿Quiere usted apostarse que el zéro va a salir una vez
más?: diez monedas de oro, quiere usted?
Y empujé diez semiimperiales.
-¿Diez monedas? ¿Una apuesta? Acepto – pronunció, seco y severo -. Apuesto contra
usted a que no saldrá el zéro.
-Diez luises de oro, coronel.
-¿Qué es eso de diez luises de oro?
-Diez semiimperiales, coronel. En estilo noble: diez luises de oro
-Diga entoncas diez semiimperiales, y no bromee conmigo.
Naturalmente yo no tenía la menor esperanza de ganar mi apuesta: había treinta y seis
probabilidades contra una de que el zéro no saldría; pero yo había apostado primeramente
para «epatar» y además porque quería atraerme a mi favor a todo el mundo. Me daba
demasiada cuenta de que nadie me tenía simpatía allí y eso se me hacía notar con una
malignidad especial. La ruleta se puso a girar, y, ¿cuál no sería la estupefacción general
cuando el zéro salió una vez más? Hubo incluso una exclamación unánime. Entonces la
gloria del triunfo me nubló el cerebro. Inmediatamente me contaron ciento cuarenta
semiimperiales. Zerchtchikov me preguntó si no quería recibir una parte en billetes, pero
le respondí con un gruñido, porque literalmente era incapaz de explicarme con calma y
con claridad. La cabeza me daba vueltas, me flaqueaban las piernas. Comprendí de
repente que ahora iba a correr un riesgo terrible; además, tenía ganas de emprender algo,
de proponer todavía alguna apuesta, de entregarle a no importa quién algunos millares de
rublos. Recogí maquinalmente mi montón de billetes y de monedas de oro y no pude
decidirme a contarlos. En aquel momento noté inmediatamente detrás de mí al príncipe y
a Darzan; llegaban entonces de su bacará, donde, como me enteré en seguida, lo habían
perdido todo.
-¡Mire, Darzan! – le grité -, ¡aquí es donde está la suerte! ¡Apueste al zéro!
-Lo he perdido todo, no me queda dinero – respondió secamente.
El príncipe, por su parte, tenía el aspecto de no observar nada y de no reconocerme.
-¿Dinero? ¡Helo aquí! – grité, mostrándole mi montón de oro -. ¿Cuánto quiere usted?
-¡Demonios! – exclamó Darzan, muy colorado -. Me parece que no le he pedido a usted
nada.
-Le llaman a usted – me dijo Zerchtchikov, tirándome de la manga.
El coronel me había llamado ya varias veces y casi con injurias, después de haber
perdido su apuesta de diez semiimperiales.
-¡Tome! – me gritó, todo rojo de cólera -. No estoy obligado a aguardarle. Después se
iría usted diciendo que no ha recibido nada. ¡Cuente!
-Le creo, le creo, coronel, le creo sin contar. Solamente le ruego que no me grite y que
no se enfade.
Y le recogí de la mano su montón de oro.
-Señor mío, le ruego que dirija sus entusiasmos a otra persona, no a mí – gritó
violentamente el coronel -. ¡No hemos comido nunca en el mismo plato!
-¡Es curioso que se admita a personas como éstas! ¿Quién es? ¿Un mozalbete? – se
decía por todas partes a media voz.
Pero yo no escuchaba, apostaba al azar y ya no al zéro. Coloqué todo un paquete de
billetes arco iris sobre los dieciocho primeros.
-¡Vámonos, Darzan! .- dijo el principe detrás de mí.
—¿A casa? – me volví hacia ellos -. Espérenme, nos iremos juntos. He acabado.
Mi número ganó; era una ganancia enorme.
-¡Basta! -grité, y, con manos temblorosas, recogí el oro y me lo fui echando en los
bolsillos sin contarlo; arrugando torpemente entre mis dedos los fajos de billetes, que
quería meter todos a la vez en un bolsillo lateral.
De repente, una mano regordeta y con un anillo, la de Aferdov, que estaba ahora a mi
derecha y había apostado también grandes sumas, se plantó sobre tres de mis billetes arco
iris y los cubrió con su palma.
-¡Permítame, éstos no son de usted! – dijo severamente y recalcando las sílabas, por lo
demás con una voz bastante dulce.
Aquél era el preludio de lo que, pocos días después, debía tener tales consecuencias.
Hoy lo juro por mi honor, aquellos tres billetes de cien rublos eran desde luego míos,
pero, para mi desgracia, en vano estaba entonces persuadido; me quedaba todavía una
milésima de duda y, para un hombre honrado, todo estriba en eso; ahora bien, yo soy un
hombre honrado. Sobre todo no sabía entonces con seguridad que Aferdov era un ladrón;
ignoraba entonces hasta su nombre, de forma que pude creer verdaderamente que me
había engañado y que aquellos tres billetes no eran de los que se me acababan de alargar.
Durante toda la velada no había contado jamás mi montón de dinero y me contentaba con
recogerlo con las manos, mientras que Aferdov tenía delante de él su dinero, al lado del
mío, pero en buen orden, y bien contado. En fin, Aferdov era conocido en la casa, se le
consideraba como a un ricachón, lo trataban con respeto: todo aquello me imponía, y una
vez más no protesté. ¡Terrible error! Lo peor de todo, era que me encontraba en pleno
arrebato de entusiasmo.
-Es una lástima que no me acuerde exactamente; pero me parece que esos billetes son
míos – dije con los labios temblándome de indignación.
Aquellas palabras suscitaron inmediatamente un murmullo.
-Para decir una cosa así, hace falta estar seguro, y usted mismo acaba de proclamar que
no se acuerda exactamente – dijo Aferdov con tono de insoportable superioridad.
-Pero, ¿qué es eso? ¿Cómo pueden permitirse tales cosas? – fueron algunas de las
exclamaciones que se oyeron.
-No es la primera vez. Hace un momento tuvo la misma historia con Rechberg por un
billete de diez rublos – dijo cerca de mí una voz encanallada.
-¡Bueno, está bien, basta! – exclamé -. No protesto. ¡Lléveselos! Príncipe… Pero,
¿dónde están el príncipe y Darzan? ¿Se han marchado? Señores, ¿no han vista ustedes
por qué parte se han ido el príncipe y Darzan?
Recogí por fin todo mi dinero y, sin tomarme tiempo para guardarme en un bolsillo
algunos imperiales que llevaba todavía en la mano, me lancé en seguimiento del príncipe
y de Darzan. El lector ve que no silencio nada y que me acuerdo con todo detalle de
cómo estaba yo en aquellos minutos, hasta la idiotez más insignificante, para que se
comprenda del todo lo que pasó a continuación.
El príncipe y Darzan estaban ya en los bajos de la escalera; no habían prestado la menor
atención a mi llamada y a mis gritos. Los alcancé, pero me detuve un segundo delante del
portero y le metí en la mano tres semümperiales, el diablo sabe por qué; me miró
intrigado sin ni siquiera darme las gracias. Pero aquello me importaba poco, y, si Matvei
se hubiese encontrado por allí, le habría soltado desde luego un buen puñado de monedas
de oro, por lo menos ésa era la intención que llevaba al poner el pie en la escalinata, pero
entonces me acordé de pronto de que ya lo había despachado. En aquel momento, se hizo
avanzar al trineo del príncipe y éste se montó.
-¡Voy con usted, príncipe, voy a su casa! – exclamé, agarrando la cortina del trineo y
levantándola para sentarme; pero bruscamente, pasando delante de mí, Darzan se montó
de un salto, y el cochero, arrancándome la cortina, cubrió con ella a sus amos.
-¡Diablos! – grité, fuera de mí.
Todo había sucedido como si yo hubiese levantado la cortina para que entrara Darzan,
como podría haber hecho un criado.
-¡A casa! – gritó el príncipe.
-¡Deténgase! – aullé, agarrándome al trineo.
Pero el caballo arrancó y rodé por la nieve. Creo incluso que oí como se reían. Me
levanté, salté instantáneamente al primer coche de punto que se presentó y volé a casa del
príncipe, hostigando en todo momento al pobre jamelgo.
IV
Como par casualidad, el jamelgo avanzaba con una lentitud que no parecía natural; sin
embargo yo había prometido un rublo. E1 cochero no cesaba de dar latigazos al pobre
caballo y, como es natural, lo azotaba por un rublo. El corazón se me salía par la boca:
me puse a hablarle al cochero, pero no me salían las palabras, balbucí no sé qué
estupidez. En ese estado acudí a casa del príncipe. A Darzan lo había dejado en la suya, y
estaba solo. Pálido y de mal humor, paseaba par su despacho. Lo repito una vez más: él
había perdido mucho. Me miró con una perplejidad distraída.
-¡Todavía usted! – exclamó, frunciendo las cejas.
-¡Es para acabar con usted, caballero! – dije ahogándome -. ¿Cómo se ha atrevido a
tratarme de esa manera? -Me lanzó una mirada interrogadora -. Si se llevaba usted a Darzan,
no tenía más que decírmelo, en lugar de hacer que arrancara el caballo y que yo…
-¡Ah!, sí, se ha caído en la nieve, creo.
Y se me echó a reír en la cara.
-A estas cosas se responde con un desafío, y por eso primeramente vamos a arreglar
nuestras cuentas…
Con mano temblorosa, saqué mí dinero; fui colocándolo sobre el diván, sobre el velador
de mármol a incluso sobre un libro abierto, por paquetes, a puñados, por montones.
Varias monedas rodaron por la alfombra.
-¡Ah!, sí, ha ganado usted, creo… Se le nota en el tono.
Nunca me había hablado tan insólentemente. Yo estaba muy pálido.
-Hay aquí… no sé cuánto. Habría que contar… Le debo a usted unos tres mil… o bien,
¿cuánto…? ¿Más o menos?
-Me parece que no le exijo a usted que me pague.
-No, soy yo quien desea hacerlo, y usted debe de saber por qué. Sé que en este fajo de
arco iris (100) hay mil rublos. ¡Tenga! – Me puse a contar con manos temblorosas, pero
desistí al poco rato -. Es igual, sé que hay mil rublos. Pues bien, cojo estos mil rublos
para mí, y todo el resto, todos esos montones, tómelos en pago de mi deuda, de una parte
de mi deuda: creo que debe de haber dos mil rublos o quizá más.
-¿Y esos mil se los queda usted? – dijo el príncipe, sonriendo.
-¿Los necesita? En ese caso… se los… pensé que usted no querría… pero, si le hacen
falta… ahí están.
-No, no los quiero. – Se apartó de mí con desprecio y se puso a pasear por la habitación
-. ¿Y por qué diablos se le ocurre esta idea de pagar sus deudas? – me preguntó, volviéndose
de repente hacia mí con aire provocador.
-Le devuelvo ese dinero para poderle exigir cuentas -grité por mi parte.
-¡Váyase al diablo con sus grándes palabras y sus gestos sempiternos! – pataleó, como
fuera de sí -. Hace mucho tiempo que quería ponerles en la calle a los dos, a usted y a su
Versilov.
-¡Está usted loco! – exclamé.
Y era como si lo estuviese.
-Me han puesto ustedes dos en el suplicio con sus frases grandilocuentes. ¡Siempre
frases, frases, frases! ¡Por ejemplo, sobre el honor! ¡Puaf! Hace mucho tiempo que quería
romper… Estoy contento, muy contento de que haya llegado el momento. Me creía atado
y me avergonzaba de verme obligado a recibirles… ¡A los dos! Pues bien, ahora no me
considero atado por nada, por nada, ¡sépalo bien! Y ese Versilov suyo que me incitaba a
atacar a Akhmakova y a deshonrarla… Después de eso, no se arriesgue usted a hablar de
honor en mí casa. Son ustedes mala gente… los dos, los dos. Y a usted, ¿es que no le daba
vergüenza de coger mi dinero?
Yo veía turbio.
-Le he tomado dinero prestado en plan de camarada -empecé a decir muy dulcemente -.
Fue usted quien me lo propuso y yo creí que me lo decía de corazón…
-¡No soy camarada de usted! Le he dado dinero, pero no por eso. Usted sabe muy bien
por qué.
-Era a cuenta del dinero de Versilov. Desde luego estaba mal, pero…
-Usted no podía tomar nada a cuenta del dinero de Versilov sin que él lo autorizase, y
yo no podía darle a usted nada sin permiso de él… Yo le daba a usted ese dinero por mi
cuenta, y usted lo sabía; lo sabía y lo aceptaba; y yo he aguantado en mi casa esta
comedia odiosa.
-¿Qué es to que yo sabía? ¿Qué comedia es ésa? ¿Y por qué me to daba usted entonces?
-Pour vos beaux yeux, mon cousin! – se me rió en plena cara.
-¡Váyase al diablo! – grité -. ¡Tómelo todo! ¡Tenga, ahí tiene también esos mil! Ahora
estamos en paz, y mañana…
Le lancé el fajo de billetes con que me había quedado, le dio en el chaleco y cayó al
suelo. Dio tres pasos rápidos, inmensos, y me declaró a quemarropa:
-¿Se atreverá usted a decir – hablaba. ferozmente y sílaba a sílaba – que, al aceptar mi
dinero durante todo este mes, no sabía que su hermana está embarazada y que soy yo el
culpable?
-¿Qué? ¡Cómo! – exclamé.
Mis piernas se negaron a sostenerme y me dejé caer sin fuerzas sobre el diván.
Él mismo me dijo después que yo me había quedado literalmente blanco como un
pañuelo. Se me turbó la conciencia. Me acuerdo que nos miramos en silencio a los ojos.
Una especie de espanto recorría su rostro; se inclinó bruscamente, me cogió por los
hombros y me sostuvo. Me acuerdo muy bien de su sonrisa fija; se leía en ella la
desconfianza y el asombro. ¡Sí! Él no esperaba un efecto semejante de sus palabras, porque
estaba convencido de mi culpabilidad.
Aquello acabó con un temblor nervioso, pero que no duró más de un minuto; recuperé
mis fuerzas, me puse en pie, lo miré y comprendí. ¡La verdad se descubrió de repente a
mi espíritu, tanto tiempo dormido! Si me lo hubiesen dicho antes y me hubiesen
preguntado: « ¿Qué haría usted de él en ese momento?», habría respondido, desde luego,
que lo haría pedazos. Pero lo que sucedió fue completamente distinto, y no por cierto
porque yo me lo propusiera: de repente escondí la cara entre las manos y me puse a
derramar amargas lágrimas. ¡Eso es lo que sucedió! El niñito volvía a encontrarse en el
joven. El niñito estaba todavía vivo en mi alma, en una gran mitad. Caí sobre el diván y
sollocé:
-¡Lisa! ¡Lisa! ¡La desgraciada!
El príncipe entonces me creyó completamente.
-¡Dios mío, qué gran culpable soy con usted! – exclamó con una pena profunda -. ¡Oh!,
yo que pensaba cosas tan sucias de usted, con mis sospechas… ¡Perdóneme, Arcadio
Makarovitch!
Me puse en pie de un brinco, quise decirle algo, me planté delante de él, pero, sin decir
nada, salí huyendo de la habitación y del piso. Volví a mi casa a pie y apenas me acuerdo
de cómo lo hice. Me lancé sobre mi cama, el rostro en la almohada, en la oscuridad, y
pensé, pensé. En esos minutos, los pensamientos no se siguen nunca armoniosamente. El
espíritu y la imaginación estaban como suspendidos de un hilo, y me acuerdo que me
puse a soñar con cosas absolutamente extrañas y hasta Dios sabe con qué. Pero mi dolor
y mi desgracia se me hicieron notar súbitamente con espanto y sufrimiento, y volví a
retorcerme las manos, exclamando: ¡Lisa! ¡Lisa! Después de lo cual me eché de nuevo a
llorar. No sé cómo me quedé dormido. Pero me dormí con un sueño intenso y delicioso.
CAPÍTULO VII
I
Me desperté a eso de las ocho de la mañana, a inmediatamente cerré mi puerta con
llave, me senté delante de la ventana y otra vez empecé a pensar. Me quedé así hasta las
diez. La criada llamó dos veces, pero la despedí con cajas destempladas. Por fin, después
de las diez, llamaron de nuevo. Me disponía a lanzar otro grito, pero era Lisa. La criada
entró con ella, me trajo mi café y se dispuso a encender la estufa. Imposible echarla.
Todo el tiempo que Fecla tardó en poner la leña y encender el fuego, paseé por mi
habitacioncita a grandes zancadas, sin iniciar la conversación y hasta evitando mirar a
Lisa. La criada maniobraba con una lentitud indecible, adrede, como hacen todas las
criadas en semejantes casos, cuando notan que a los amos les molesta hablar delante de
ellas. Lisa estaba sentada sobre la mesa delante de la ventana y me seguía con la mirada.
-El café se te va a enfriar – dijo de repente.
La miré: ni la más mínima turbación, una calma perfecta, e incluso una sonrisa en los
labios.
«He aquí cómo son las mujeres», pensé, encogiéndome de hombros. Por fin la criada
terminó de encender la estufa y empezó a arreglar la habitación. Pero la despedí enérgicamente
y cerré la puerta con llave.
-¿Quieres hacer el favor de decirme por qué has cerrado la puerta? – preguntó Lisa.
Me planté delante de ella.
-¡Lisa!, ¿cómo has podido creer que ibas a engáñarme de semejante manera? – exclamé
de improviso, sin haber pensado lo más mínimo que empezaría así.
Esta vez no fueron las lágrimas, sino un sentimiento casi malvado lo que me atravesó
súbitamente el corazón, tanto que ni siquiera yo me lo esperaba. Lisa se sonrojó, pero no
respondió, continuando solamente mirándome a los ojos.
-Un momento, Lisa, un momento, ¡oh, qué imbécil soy! ¿Pero soy imbécil? Hasta ayer
no se han cerrado en un haz todas las alusiones, pero hasta entonces, ¿cómo podía yo adivinar?
¿Por el hecho de que ibas a casa de Stolbieieva y a casa de esa… Daria
Onissimovna? Pero yo lo consideraba como un sol, Lisa, ¿cómo podría habérseme
ocurrido…? ¿Te acuerdas cómo te recibí, hace dos, meses, en su casa, y cómo salimos a
pasearnos juntos al sol y cómo nos alegramos…? ¿Ya estaba todo en marcha entonces?
¿Sí?
Ella respondió inclínando afirmativamente la cabeza.
-¡Entonces ya me engañabas en aquel momento! No, Lisa, no era estupidez, era más
bien egoísmo por mi parte. No es la estupidez la causa, es el egoísmo de mi corazón y… y
quizá mi fe en tu santidad. ¡Oh, siempre he estado convencido de que vosotras estabais
infinitamente por encima de mí… y he aquí… ! Ayer, finalmente, en un solo día, no pude
comprender a pesar de todas las alusiones… Y además ayer estaba muy ocupado con otra
cosa.
Entonces me acordé de repente de Catalina Nicolaievna. Y sentí de nuevo un dolor en
el corazón como una picadura de aguja, y me sonrojé violentamente. Como es natural, en
aquel instante, yo no podía ser bueno.
-Pero, ¿de qué te justificas? Me parece, Arcadio, que tienes prisa en justificarte, pero,
¿de qué? – preguntó dulcemente Lisa, pero con una voz firme y convencida.
-¿Cómo que de qué? ¿Pero qué debo hacer ahora? ¡Aunque no hubiese más que esa
cuestión! Y tú dices: «¿de qué?» ¡Ya no sé cómo comportarme! No sé cómo se
comportan los hermanos en casos como éstos… Ya sé que hay veces en que se obliga al
hombre a casarse poniéndole la pistola en el pecho… obraré como debe hacerlo un
hombre honrado. Pero precisamente ignoro de qué manera debe obrar un hombre
honrado. ¿Por qué? Porque nosotros no somos nobles; él, él es príncipe y sigue su
carrera; no querrá ni siquiera escucharnos a nosotros, a la gente honrada. Ni siquiera
somos hermano y hermana, sino bastardos sin nombre, hijos de siervos; ¿es que los
príncipes se casan con las siervas? ¡Oh, qué infamia! ¡Y tú que te quedas ahí parada,
mirándome y asombrándote!
-Creo que te atormentas mucho – dijo Lisa enrojeciendo de nuevo -, pero te apresuras
demasiado y te atormentas a ti mismo.
-«¿Te apresuras?» Pero, ¿es que según tú, no he esperado todavía bastante? ¿Es propio
del caso que seas tú, Lisa, la que hable así? – Por fin me dejaba llevar por mi indignación
-. ¡Cuánta ignominia he acumulado y cuánto ha debido despreciarme ese príncipe! ¡Oh!,
ahora todo está claro, todo el cuadro está ahí delante dé mí: se ha figurado que desde
hacía mucho tiempo yo había adivinado sus relaciones contigo, pero que me callaba o
incluso que me hacía el tonto y me alababa del «sentimiento del honor»… ¡eso es lo que
ha podido pensar de mí! ¡Y que era por mi hermana, por el precio de la deshonra de mi
hermana por lo que yo cogía su dinero! Eso era lo que le resultaba odioso ver, y lo
comprendo. Lo comprendo totalmente: ver un día y otro a un individuo infame,
simplemente porque. es el hermano, y encima oírle hablar de honor… ¡He ahí una cosa
capaz de secar un corazón, incluso un corazón como el suyo! ¡Y tú has tolerado todo eso,
no me has advertido! Él me despreciaba tanto, que le hablaba de mí a Stebelkov, y ayer
mismo me dijo que quería ponernos en la calle a los dos, a Versilov y a mí. Y Stebelkov
diciéndome: «Ana Andreievna no es menos hermana de usted que Isabel Makarovna.» Y
me gritaba a mis espaldas: «Mi dinero vale más.» ¡Y yo; yo que me tendía
insolentemente en su casa, sobre sus divanes, que me pegaba como un igual a sus amigos,
el diablo los lleve! ¡Y tú, tú has permitido todo eso! Seguramente el mismo Darzan está
advertido ahora, a juzgar por el tono que adoptó anoche… ¡Todo el mundo, todo el mundo
lo sabe, excepto yo!
-Nadie sabe nada. No ha hablado de esto con ninguno de sus amigos y no ha podido
hablarles – interrumpió Lisa -. En cuanto a ese Stebelkov, lo único que sé es que ese tipo
lo atormenta y todo lo más puede haber concebido alguna sospecha… En cuanto a ti, le he
hablado varias veces de ti, y ha creído enteramente lo que le decía: que tú lo ignorabas
todo, sólo que no sé por qué ni cómo ha sucedido ayer eso entre vosotros.
-¡Ah!; por lo menos ayer le pagué mi deuda. ¡Al menos eso es una carga que me he
quitado del corazón! Lisa, ¿lo sabe mamá? Pero, ¿cómo no va saberlo? ¡Hay que ver
cómo se levantó ayer contra mí! ¡Ah! ¡Lisa! Pero, ¿es que tú te crees verdaderamente
justificada, no te acusas de nada? Ignoro cómo se consideran estas cosas hoy día y cuáles
son tus ideas, quiero decir sobre mí mismo, sobre mamá, sobre tu hermano, sobre tu
padre… ¿Lo sabe Versilov?
-Mamá no le ha dicho nada; él no pregunta nada; seguramente no quiere preguntar.
-Él lo sabe, pero no quiere saberlo. Es eso. ¡Eso le va muy bien! Pues bien, tú puedes
burlarte de tu hermano, del idiota de tu hermano, cuando habla de pistolas, pero, ¿de tu
madre, de tu madre? ¿No te has dicho jamás, Lisa, que es un reproche para mamá? Esta
idea me ha atormentado toda la noche; el primer pensamiento de mamá hoy, helo aquí: «
¡Esto es porque yo también he sido culpable; a tal madre, tal hija! »
-¡Oh! ¡Qué malvado y cruel eso que acabas de decir! – exclamó Lisa, escapándosele las
lágrimas de los ojos.
Se levantó y anduvo rápidamente hacia la puerta.
-¡Espérate! ¡Espérate!
La agarré, hice que se volviera a sentar y me coloqué junto a ella sin retirar mi mano.
-Yo me imaginaba muy bien, al venir aquí, que pasaría todo esto y que tú tendrías una
absoluta necesidad de que yo me acusara. Tranquilízate, me acuso. Sólo por orgullo me
he callado hace un momento y no he dicho nada, pero me da mucha más lástima de
vosotros y de mamá que de mí misma…
No acabó la frase y se deshizo en lágrimas.
-¡Basta, Lisa!, no, no tengo necesidad de nada. No soy tu juez, Lisa; ¿y mamá? Dime,
¿hace mucho tiempo que ella lo sabe?
-Creo que sí, pero no hace mucho tiempo que se lo dije… cuando esto llegó – dijo
dulcemente, bajando los ojos.
-¿Y entonces?
-Me dijo: « ¡Cuídalo! » – dijo aún más dulcemente Lisa.
-¡Ah!, Lisa, sí, « ¡cuídalo! » ¡No hagas nada por impedirlo, no lo permita Dios!
-No haré nada – respondió firmemente, y levantó los ojos de nuevo hacia mí -. Estáte
tranquilo – añadió -; no se trata de eso en absoluto.
-Lisa, querida mía, veo solamente que no sé nada de nada; por el contrario, acabo de
comprobar lo mucho que te quiero. Sólo hay una cosa que no puedo comprender, Lisa:
todo está claro ahora, lo único que no comprenderé jamás es por qué te has enamorado de
él. ¿Cómo has podido querer a un hombre semejante? Ésa es la pregunta.
-¿Y seguramente esa idea to habrá estado atormentando también esta noche? – dijo Lisa
sonriendo dulcemente.
-Espera, Lisa, es una pregunta idiota, y veo que te burlas de mí. Búrlate, pero, a pesar
de todo, es imposible no asombrarse: tú y él, ¡los dos polos opuestos! A él lo tengo bien
estudiado: sombrío, suspicaz, tal vez muy bueno, lo reconozco, pero en compensación
muy inclinado a ver el mal en todas partes (en eso, por lo menos, es exactamente igual
que yo). Respeta apasionadamente la nobleza, lo reconozco también, lo veo, pero estoy
convencido de que solamente en el plano ideal. Le gusta estarse arrepintiendo toda la
vida, sin descanso, se maldice y se arrepiente, pero jamás se corrige, por lo demás quizá
también en eso es como yo. ¡Mil prejuicios, mil ideas falsas y ni siquiera una sola idea
verdadera! Busca las grandes hazañas y acumula las pequeñas pillerías. Perdóname, Lisa.
En realidad, soy un imbécil: al hablar así, te ofendo y lo sé, lo comprendo…
-El retrato sería verdadero – sonrió Lisa – si tú no le tuvieras tanta antipatía por mi
causa; por tanto, no hay nada de verdadero. Desde el principio, él desconfió de ti y tú no
has podido verlo en su integridad, mientras que conmigo, ya en Luga… Desde Luga no ha
visto más que por mis ojos… Sí, es suspicaz y descontentadizo, y sin mí habría perdido la
cabeza; y, si me abandona, la perderá o se pegará un tiro; creo que él lo comprende y lo
sabe – añadió Lisa como hablando consigo misma, pensativa -. Sí, él es siempre débil,
pero esos débiles son a veces capaces de cosas extremadamente fuertes… ¡Qué
tontamente has hablado de la pistola, Arcadio!; no hace falta nada parecido y yo sé bien
lo que pasará. No soy yo quien le persigue; es él quien corre tras de mí. Mamá llora, dice:
«Si te casas con él, serás desgraciada, dejará de amarte.» No creo nada de esto;
desgraciada tal vez lo sea, mas él no dejará de amarme. Pero no retrasaba por eso siempre
mi consentimiento, sino por otra razón. Hace ya dos meses lo estaba dejando pasar, pero
hoy le he dicho: Es sí, me casaré contigo. ¿Sabes, Arcadio?, ayer – sus ojos brillaban y
ella me echó de pronto sus brazos al cuello -, ayer fue a casa de Ana Andreievna y le ha
dicho con toda franqueza que no puede amarla… Sí, se ha explicado claramente, ¡y esa
idea ha quedado descartada ahora para siempre! Además él no ha participado nunca de
ella, no era más que un sueño del príncipe Nicolás Ivanovitch, y esos verdugos lo
presionaban, Stebelkov y otro más… En recompensa, le he dicho hoy: Es sí. Mi querido
Arcadio, te ruega insistentemente que vayas a verlo, que no te sientas molesto por la
historia de ayer: hoy no se encuentra muy bien, estará todo el día en su casa.
Verdaderamente no está bien, Arcadio; no creas que eso es un pxetexto. Me ha enviado
exclusivamente para esto y me ha rogado que te diga que tiene «necesidad» de ti, que
tiene muchas cosas que decirte y que aquí, en tu casa, en este apartamiento, eso estaría
fuera de lugar. ¡Vamos! ¡Ah! Arcadio, da vergüenza decirlo, pero, al venir aquí, yo tenía
un miedo terrible de que tú no me quisieras ya; he venido santiguándome todo el camino.
¡Y tú, eres tan bueno, tan noble! ¡No lo olvidaré jamás! Voy a casa de mamá. Y tú,
quiérelo un poco al menos, ¿eh?
La abracé calurosamente y le dije:
-Creo, Lisa, que eres un carácter fuerte. Sí, lo creo, no eres tú quien corre tras él, sino
más bien él quien corre detrás de ti, sólo que, a pesar de todo…
-Sólo que, a pesar de todo, « ¿por qué te has enamorado de él?, ¡he aquí la pregunta! » –
replicó Lisa, con una risa astuta, como otras veces, y pronunció exactamente igual que
yo: « ¡He aquí la pregunta! »
Y, exactamente como yo hacía al pronunciar esta frase, ella elevó el índice hasta la
altura de sus ojos. Nos abrazamos, pero, cuando ella se marchó, mi corazón se sintió de
nuevo acongojado.
II
Lo anotaré aquí para mí: hubo por ejemplo instantes, después de la partida de Lisa, en
que los pensamientos más inesperados me atravesaron tumultuosamente el cerebro, y yo
me sentía incluso muy satisfecho. «Vamos, ¿por qué me mezclo en esto? – me decía -,
¿qué me importa esto? Estas cosas le suceden a todo el mundo o a casi todo el mundo. Le
ha pasado a Lisa, ¿y qué? ¿Y qué, es que yo debería saltar por el «honor de la familia»?
Anoto todas estas indignidades para mostrar hasta qué punto yo estaba aún vacilando en
la comprensión del bien y del mal. Únicamente el sentimiento me salvaba: yo sabía que
Lisa era desgraciada, que mamá era desgraciada; lo sabía por el sufrimiento que sentía
cuando pensaba en ellas, y sentía también que todo lo que había sucedido no debía estar
bien.
Prevengo ahora que a partir de ese día hasta la catástrofe de mi enfermedad, los
acontecimientos se sucedieron con tal rapidez, que me asombro yo mismo, al pensar en
eso hoy, de haber podido resistir, de no haber sido aplastado por el destino. Excitaron mi
inteligencia a incluso mis sentimientos y si, finalmente, no pudiendo resistir más, yo
hubiera cometido un crimen (crimen que estuvo a punto de cometerse), los jurados
habrían podido absolverme con toda facilidad. Pero trataré de contarlo todo en un orden
estricto, aunque, lo aviso de antemano, haya habido muy poco orden entonces en mis
pensamientos. Los sucesos me asaltaron como una tempestad, y las ideas se
arremolinaron en mi cabeza como las hojas secas de otoño. Como yo estaba totalmente
nutrido por las ideas de los demás, ¿de dónde habría podido encontrar en mí ideas
nuevas, en el momento en que las necesitaba para tomar una decisión independiente?
Como guía, absolutamente a nadie.
Decidí ir por la noche a casa del príncipe, para hablar de todo con entera libertad, y
hasta por la noche me quedé en casa. Pero con el crepúsculo recibí por correo una nueva
cartita de Stebelkov, tres líneas, pidiéndome con urgencia y de la manera «más
convincente» que fuera a visitarlo al día síguiente a las once de la mañana «para asuntos
de la mayor importancia, usted mismo verá cuáles». Después de reflexionar, decidí obrar
según las circunstancias, en vista de que el día siguiente todavía estaba lejos.
Eran ya las ocho; por mi gusto me habría marchado hacía tiempo, pero seguía
esperando a Versilov; tenía muchísimas cosas que decirle y el corazón me ardía. Pero
Versilbv no venía, y no vino en absoluto. Yo no podía ya, de momento, presentarme en
casa de mamá y de Lisa, y por lo demás presentía que Versilov no había estado allí en
todo el día. Me fui a pie, y por el camino se me ocurrió la idea de echar un vistazo en el
traktir de la víspera, en los sótanos. Versilov estaba allí, en el mismo sitio que el día
anterior.
-Pensaba que vendrías –. dijo con una extraña sonrisa y una extraña mirada.
Su sonrisa no tenía bondad alguna; hacía mucho tiempo que no le había visto una
expresión semejante en el rostro.
Me senté a su mesa y le conté desde el principio los hechos relativos al príncipe y a
Lisa y mi escena de la noche anterior en la casa del príncipe, después de la ruleta; tampoco
me olvidé de mi buena suerte en el juego. Me escuchó con mucha atención y me
interrogó sobre la decisión tomada por el príncipe, de casarse con Lisa.
-Pauvre enfant! Quizás ella no salga ganando nada con eso. Pero sin duda, no llegará a
realizarse… aunque él sea muy capaz…
-Dígame, como a un amigo: ¿usted lo sabía, lo presentía?
-Amigo mío, ¿qué podía yo hacer? Todo esto es cuestión de sentimiento y de
conciencia, aunque no fuese más que a favor de esa desgraciada hija. Te lo repito:
bastante me he entrometido en otros tiempos en la conciencia de los demás, lo que
constituye la más torpe de las pretensiones. No me negaré nunca a ayudar a cualquiera
que esté en la desgracia, en la medida de mis fuerzas y si me entero de algo. Pero tú,
querido mío, ¿no has sospechado nada en todo este tiempo?
-Pero, ¿cómo ha podido usted – exclamé todo inflamado -, cómo ha podido usted,
sospechando por poco que fuera las relaciones del príncipe con Lisa y viendo que al mismo
tiempo yo aceptaba dinero de él, cómo ha podido usted hablar conmigo, seguir
sentado a mi lado, tenderme una mano, a mí, a quien, sin embargo, tenía usted que
considerar como un perfecto miserable? Porque, me atrevería a hacer la apuesta, usted
sospechaba seguramente que yo estaba enterado de todo y que cogía el dinero del
príncipe a cambio de mi hermana, con perfecto conocimiento de causa.
-Te digo una vez más que es una cuestión de conciencia – sonrió -. ¿Y sabes tú – agregó
claramente, con no sé qué sentimiento enigmático -, sabes tú si yo no temía, como tú
ayer, en una ocasión completamente distinta, perder mi «ideal» y encontrarme, en lugar
de mi muchacho leal y arrebatado, a un pillastre? Temiéndolo, yo retrocedía de momento.
¿Por qué no suponer en mí, en lugar de pereza o de perfidia, algo más inocente, más
idiota si quieres, pero un poco más noble? Que diabde! Sin embargo, con bastante
frecuencia soy un idiota sin nobleza. ¿De qué me habría servido todo si tú tenías
inclinaciones de ese tipo? Aconsejar y corregir en semejantes casos es una bajeza; tú
habrías perdido todo valor a mis ojos, incluso una vez corregido…
-¿Y de Lisa, tiene usted lástima de ella? ¿Le da lástima?
-Me da muchísima lástima, querido mío. ¿Y por qué supones que yo sea tan
insensible… ? Por el contrario, trato por todos los medios… Bueno, ¿y tú?, ¿cómo van tus
asuntos?
-Dejemos mis asuntos; ahora no hay asuntos míos que valgan. Escúcheme, ¿por qué
duda usted de que él pueda casarse con ella? Ayer estuvo en casa de Ana Andreievna y
seguramente ha renunciado… quiero decir, a esa idea estúpida… que ha nacido en el
espíritu del príncipe Nicolás Ivanovitch sobre to de casarlos. Ha renunciado seguramente.
-¿Sí? ¿Y cuándo ha ocurrido eso? ¿Y cómo te has enterado? – preguntó con curiosidad.
Le conté todo 1o que sabía.
-Hum… – murmuró, pensativo y como reflexionando para sí -. Entonces todo eso ha
pasado exactamente una hora… antes de otra explicación. Hum… sí, sin duda, semejante
explicación ha podido tener lugar entre ellos… aunque, lo sé muy bien, nada se haya
dicho ni hecho a11í hasta hoy de una parte o de otra… Sí, indudablemente, bastan dos palabras
para explicarse. Pero he aquí – de repente tuvo una risa extraña – que voy a
comunicarte una noticia extraordinaria que seguramente te interesará: si tu príncipe se
hubiese declarado ayer a Ana Andreievna, lo que, teniendo sospechas sobre Lisa, yo me
habría empeñado con todas mis fuerzas en no tolerar, entre nous soit dit, Ana Andreievna
lo habría rechazado inmediatamente y de una manera total. Yo creo que tú quieres mucho
a Ana Andreievna, que la respetas, que la aprecias. Es mucha amabilidad por tu parte, y,
por consiguiente, te alegrarás por ella: pues bien, querido mío, se casa y, a juzgar por su
carácter, se casará sin titubeos, y yo, naturalmente, le doy mi bendición.
-¿Que se casa? ¿Con quién? – pregunté, terriblemente asombrado.
-Adivínalo. Bueno, no quiero atormentarte; con el príncipe Nicolás Ivanovitch, tu
querido anciano. – Abrí los ojos de par en par -. Es de creer que desde hace mucho tiempo
ella alimentaba esa idea, y seguramente la ha trabajado con un arte exquisito en todas sus
facetas – continuó él perezosamente y con entera claridad -. Calculo que eso debió de
pasar exactamente una hora después de la visita del «príncipe Serioja». (¡He ahí un
bonito ejemplo de sus incursiones intempestivas!) Con la mayor naturalidad ella se
trasladó a casa del príncipe Nicolás Ivanovitch y se le declaró.
-¿Cómo que se le declaró? Querrá usted decir que él se le declaró.
-¡Él, vamos! ¡Ha sido ella, ella misma! El caso es que está lleno de entusiasmo. Por lo
visto ahora parece que se asombra de que la idea no se le hubiese ocurrido a él. He oído
decir que está incluso enfermo… de entusiasmo también, sin duda.
-Escuche un momento, habla usted tan irónicamente… Me cuesta trabajo creerlo.
¿Cómo ha podido ella hacer una propuesta semejante? ¿Qué es lo que le ha dicho?
-Puedes estar seguro, amigo mío, de que me alegro sinceramente – respondió de pronto
con aire muy serio -. Sin duda, es viejo ya, pero puede casarse, con arreglo a todas las
leyes y a todas las costumbres. En cuanto a ella, una vez más nos tropezamos con el
campo de la conciencia del prójimo, como ya te lo he repetido, amigo mío. Por otra parte,
es lo bastante lista para tener su propia opinión y adoptar sus decisiones. En cuanto a los
detalles, las palabras de que se haya servido, no puedo decírtelo, amigo mío. Como quiera
que sea, ha sabido salir del paso, y quizá como no habríamos podido nosotros, ni tú ni yo.
Lo mejor del caso es que en todo esto no hay el menor escándalo, todo es très comme il
faut a los ojos del mundo. Es evidente que ella ha querido crearse una situación, pero es
que se la merece. Todo esto, amigo mío, son cosas completamente mundanas. Su
proposición ha debido de hacerse en términos admirables y exquisitos. Es un carácter
severo, amigo mío, una monja, como tú la definiste un día; «una muchacha de sangre
fría», como yo la llamo desde hace tiempo. El caso es que ella es casi su pupila, tú lo
sabes, y más de una vez ha experimentado sus bondades. Hace ya muchísinno tiempo,
ella me aseguraba que sentía por él « ¡tanto respeto y tanta estima, tanta lástima y tan
simpatía! », y todo lo demás, que yo estaba ya poco más o menos preparado. Todo esto
me ha sido comunicado esta mañana, en su nombre y a ruego suyo, por mi hijo y su
hermano Andrés Andreievitch, al que creo que no conoces y al que veo exactamente una
vez cada seis meses. Él aprueba respetuosamente el paso dado por su hermana.
-¿Entonces es ya una cosa del dominio público? ¡Dios mío, que asombrado estoy!
-No, todavía no es completamente del dominio público; tardará aún algún tiempo, no sé
cuánto. En general, es una cosa en la que ni entro ni salgo. Pero todo esto es verdad.
-Pero ahora, Catalina Nicolaievna… ¿Qué cree usted? Este preludio no creo que sea del
gusto de Bioring.
-Ésa es una cosa que ignoro… En el fondo, ¿qué es lo que no le hará gracia? Pero
créeme, Ana Andreievna, también en ese aspecto, es una persona de gran tacto. ¡Esta Ana
Andreievna! Precisamente ayer mañana me preguntaba si quiero a la señora viuda
Akhmakova. Te acuerdas, te lo dije ayer con asombro: ¿no podría ella casarse con el
padre, si yo me casaba con la hija? ¿Comprendes ahora?
-¡Ah, en efecto! – exclamó -. Pero, ¿Ana Andreievna podia suponer verdaderamente que
usted… pudiera querer casarse con Catalina Nicolaievna?
-Así es, amigo mío. En fin… en fin, creo que es tiempo de que vayas al sitio adonde
tengas que ir. Ya ves, a mí me sigue doliendo la cabeza. Voy a decir que pongan Lucía.
Me gusta la solemnidad del aburrimiento, creo habértelo dicho ya… Me repito
imperdonablemente… Quizá también yo me marche dentro de poco. Te quiero
muchísimo, muchacho, pero adiós. Cuando me duele la cabeza o las muelas, siempre tengo
sed de soledad.
Un pliegue doloroso apareció en su rostro; creo ahora que le dolía la cabeza, sobre todo
la cabeza…
-¡Hasta mañana! – dije.
¿Qué quiere decir hasta mañana? ¿Y qué pasará mañana – y tuvo una sonrisa torva.
-Yo iré a casa de usted o usted vendrá a la mía.
-No, yo no iré a tu casa; serás tú quien vendrá a buscarme…
Había en su rostro algo maligno, pero no puse mucha atención en ello: ¡era una noticia
tan asombrosa!
III
El príncipe estaba efectivamente enfermo: se había quedado en casa, con la cabeza
envuelta en un frapo mojado. Me esperaba impacientemente; pero no era solamente la
cabeza lo que tenía enferma, era toda su persona la que sufría moralmente. Una
advertencia más: en todos estos últimos tiempos y hasta la catástrofe, no encontré más
que gente sobreexcitada hasta la locura, tanto que, a pesar de mi resistencia, tuve que
sufrir el contagio. Llegué, lo confieso, con malos sentimientos, y además me daba mucha
vergüenza de haber llorado en su casa la víspera. Me habían engañado tan astutamente,
Lisa y él, que no podía menos que parecerme a mí mismo imbécil. En resumen, en el
momento en que entraba en su casa, mi corazón latía irregularmente. Pero todo eso era
superficial, y estos falsos latidos pronto desaparecieron. Debo rendirle justicia: desde que
su susceptibilidad caía o se rompía, él se entregaba completamente; se descubrían en él
rasgos casi infantiles de ternura, de confianza y de amor. Me abrazó con lágrimas en los
ojos y comenzó en seguida a hablar del asunto… Sí, tenía verdaderamente gran necesidad
de mí: había un gran desorden en sus palabras y en la ilación de sus ideas.
Me declaró muy firmemente su intención de casarse con Lisa lo antes posible.
-El que ella no sea noble, créame, no me ha turbado un solo instante – me dijo -. Mi
abuelo se casó con una sierva que cantaba en el escenario privado de un propietario
vecino. Sin duda mi familia acariciaba en cuanto a mí esperanzas sui generis, pero se
verán obligados ahora a ceder sin lucha. ¡Quiero romper, romper definitivamente con
todo este mundo de ahora! ¡Quiero una cosa distinta, nueva! No comprendo por qué su
hermana se ha enamorado de mí; pero muy bien puede ser que, sin ella, yo no estuviera
ya en este mundo. Se lo juro con todo mi corazón,. veo ahora en mi encuentro con ella en
Luga el dedo de la Providencia. Creo que ella me amó por «la inmensidad de mi caída»…
Pero, ¿comprende usted esto, Arcadio Makarovitch?
-¡Perfectamente! –dije con voz completamente convencida.
Yo estaba sentado en la butaca frente a la mesa y él paseaba de un lado a otro.
-Tengo que contarle toda esa historia de nuestro encuentro sin disimular nada. Todo
comenzó por un secreto íntimo que sólo ella sabía, porque yo no se lo había confiado a
nadie más que a ella. Y nadie más hasta ahora lo sabe. Llegué a Luga con la
desesperación en mi alma, y fui a vivir a casa de Stolbieieva no sé por qué, tal vez porque
yo buscaba el aislamiento más completo. Acababa entonces de dejar el ejército. Había
entrado en mi regimiento a mi regreso del extranjero, después de aquel encuentro con
Andrés Petrovitch. Yo tenía entonces una fortuna considerable, echaba la casa por la ventana,
vivía completamente al día; pero mis compañeros oficiales no me apreciaban, y sin
embargo yo me esforzaba en no ofenderlos. Es una cosa que tengo que confesarle a usted:
nadie me ha querido nunca. Había allí un corneta, un tal Stepanov, es preciso que se lo
diga, extremadamente vacío, nulo, a incluso poco menos que embrutecido, en una
palabra, sin nada de particular. Por lo demás, intachablemente honrado. Se pegó a mí. Yo
no me enfadaba con él, se pasaba en mi casa, sentado en un rincón, días enteros, sin
despegar la boca, pero con dignidad, y no me molestaba en lo más mínimo. Un día le
conté una anécdota de ocasión, sobre la cual improvisé muchas tonterías: la hija del
coronel no me miraba con indiferencia; el coronel, confiándose en mí, haría todo lo que
yo quisiera—. En una palabra, desdeñando los detalles, más tarde salieron de aquello
comentarios muy complicados y terriblemente sucios. No procedían de Stepanov, sino de
mi asistente, que lo había oído y se había quedado con todo, porque había allí una historia
rara que comprometía a una persona joven. Pues bien, aquel asistente, interrogado por los
oficiales en el momento en que la historia hizo explosión, nombró a Stepanov, o más bien
dijo que era yo el que le había contado la cosa a Stepanov. Stepanov se vio en la impusibilidad
de negar que lo había oído. Lo peor era que se trataba de una cuestión de honor.
Y como, a aquella historia yo le había añadido dos terceras partes de mi invención, los
oficiales se indignaron y el coronel tuvo que reunirnos en su casa y pedir explicaciones.
Entonces fue cuando se le hizo a Stepanov, en presencia de todo el mundo, la pregunta
esencial: ¿Lo oyó usted, sí o no? El otro dijo toda la verdad. Pues bien, ¿cómo me he
comportado yo, yo, príncipe desde hace mil años? Negué y dije frente a Stepanov que él
había mentido, claro que lo dije suavemente, es decir, que él no había «comprendido
bien», etc. Una vez más me salto los detalles, pero la ventaja de mi posición consistía en
que, como Stepanov se quedaba todo el tiempo en mi casa, yo podía, no sin cierta
verosimilitud, presentar la cosa como si él se hubiera puesto de acuerdó con mi asistente
para conseguir determinados beneficios. Stepanov se limitó a mirarmé sin decir palabra y
a encogerse de hombros. Me acuerdo de su mirada; no la olvidaré jamás. Inmediatamente
presentó su dimisión. Pero usted no adivinará nunca lo que ocurrió. Los oficiales, desde
el primero al último, fueron a visitarlo y le pidieron que no se marchase. Quince días
después era yo el que abandonaba el regimiento: nadie me daba con la puerta en las narices,
nadie me invitaba a marcharme; pretexté un asunto de familia para presentar mi
dimisión. He ahí cómo acabó el asunto. Al principio me quedé indiferente, incluso estaba
enfadado contra ellos; vivía en Luga, conocí allí a Isabel Makarovna, pero a
continuación, un mes más tarde, empecé a mirar mi revólver y a pensar en la muerte. Yo
siempre veo las cosas negras, Arcadio Makarovitch. Preparé una carta para el coronel y
los camaradas del regimiento, para confesarles mi mentira y rehabilitar a Stepanov.
Escrita la carta, me planteé este problema: «¿Enviarla y vivir, o bien enviarla y morir?»
Habría sido incapaz de encontrar la solución por mí mismo. El azar, un azar ciego,
después de una conversación rápida y extraña con Isabel Makarovna, me aproximó
bruscamente a ella. Hasta entonces se la veía con. frecuencia en casa de Stolbieieva; nos
encontrábamos allí, cambiábamos unos saludos y hablábamos raramente. De pronto se lo
descubrí todo. Y entonces ella me tendió su mano.
-¿Y cómo resolvió ei problema?
-No envié la carta. Fue ella quien lo decidió. Ella lo razonaba de la siguiente manera: si
yo enviaba la carta, sin duda obraría noblemente, lo bastante noblemente para lavar mi
honra con creces, pero ¿soportaría yo mismo aquel paso? Su opinión era que nadie podría
soportarlo, porque entonces todo porvenir quedaba perdido y toda resurrección a una nueva
vida resultaba imposible. Y además, aquello estaría muy bien si Stepanov hubiese
sufrido alguna consecuencia desagradable; pero ¿no estaba ya rehabilitado por la
oficialidad? En una palabra, una verdadera paradoja; pero el caso es que ella me contuvo
y yo me entregué completamente en sus manos.
-¡Ella decidió de una manera jesuítica, pero como mujer! – exclamé -. ¡Ya lo quería a
usted!
-Y eso fue lo que hizo que yo renaciera a una vida nueva. juré transformarme, cambiar
de vida, adquirir méritos a mis propios ojos y a los ojos de ella. Y he aquí en lo que ha
terminado todo. Hemos recorrido, usted y yo, los garitos, hemos jugado al bacará; no me
he contenido delante de la herencia, no he visto más que la alegría en mi camino, toda esa
gente, ese fausto… He atormentado a Lisa. ¡Oh, qué vergüenza! – se pasó la mano por la
frente y anduvo por la habitación -. Lo que nos sucede a nosotros, a usted y a mí, Arcadio
Makarovitch, es el destino corriente de los rusos: usted no sabe qué hacer y yo no sé qué
hacer. Desde que un ruso se sale, por poco que sea, del carril trazado oficialmente para él
por la costumbre, he aquí que ya no sabe qué hacer. Dentro del carril, todo es claro: la
renta, el rango, la situación en el mundo, el tren de vida, las visitas, el cargo, la mujer. A
la menor desviación, ¿qué queda de mí? Una hoja llevada por el viento. Ya no sé qué
hacer. Estos dos últimos meses he tratado de mantenerme dentro del carril, he querido
amar mi carril, me he hundido dentro de mi carril. Usted no sabe todavía la profundidad
de mi nueva caída: ¡quería a Lisa, la quería sinceramente y al mismo tiempo soñaba con
Akhmakova!
-¿Es posible? – exclamé con dolor -. A propósito, príncipe, ¿qué es lo que usted me
decía ayer de Versilov, sobre que lo estaba incitando a no sé qué infamia contra Caralina
Nicolaievna?
-Quizás he exagerado. Quizá soy tan culpable hacia él, como hacia usted mismo, por
culpa de mi susceptibilidad. Dejemos eso. Pues bien, ¿quiere usted figurarse que durante
todo este tiempo, tal vez desde Luga, no he acariciado ningún ideal elevado de vida? Se
lo juro, ese ideal no me ha abandonado jamás, estaba delante de mí constantemente, sin
perder en mi alma nada de su belleza. Me acordaba del juramento prestado ante Isabel
Makarovna de que me regeneraría. Andrés Petrovitch, al hablarme aquí de nobleza, ayer
mismo, no me dijo nada nuevo, puede usted estar seguro. Mí ideal está sólidamente
asentado: varias decenas de hectáreas ¡solamente varias decenas, puesto que, por decirlo
así, no me queda más de mi herencia); luego una ruptura completa, absolutamente
completa, con el mundo y con la carrera; una vivienda rústica, mi familia, yo mismo
labrador o algo por el estilo. ¡Oh!, en nuestra familia eso no es ninguna novedad: el
hermano de mi padre empujaba el arado, mi abuelo también. Somos príncipes desde hace
mil años y nobles como los Rohan, pero somos pobres. Y he aquí to que enseñaré a mis
hijos: «Acuérdate toda tu vida de que eres noble, de que la sangre sagrada de los
príncipes rusos corre por tus venas, pero no te avergüences de que tu padre haya
empujado el arado: o ha hecho como tal príncipe.» No les dejaré otra fortuna que ese
trozo de tierra, pero en compensación les daré una instrucción superior, eso será para mí
un deber. Lisa me ayudará a eso. Lisa, hijos, el trabajo, ¡oh!, cómo hemos soñado con
todo eso, ella y yo, aquí mismo, en este apartamienío. Pues bien, al mismo tiempo yo
pensaba en Akhmakova; sin querer lo más mínimo a dicha persona, pensaba en la
posibilidad de un casamiento mundano y rico. Y solamente después de la noticia, traída
ayer por Nachtchokine, de ese Bioring, resolví dirigirme a casa de Ana Andreievna.
-¡Pero usted fue a11í para renunciar! Ése es un paso leal, creo.
-¿Cree usted? – se plantó delante de mí -. No, usted no conoce todavía mi manera de
ser. O bien… o bien hay algo que ni siquiera yo mismo conozco: porque no debe tratarse
sólo exclusivamente de una cosa de la naturaleza. Yo le quiero a usted sinceramente,
Arcadio Makarovitch, y además soy un gran culpable por haberle mirado con
desconfianza durante estos dos meses y por eso deseo que usted, como hermano de Lisa,
lo sepa todo: fui a casa de Ana Andreievna para pedirle la mano y no para renunciar.
-¿Es posible? Pero Lisa decía…
-Engañé a Lisa.
-Permítame: ¿hizo usted una petición en regla y Ana Andreievna lo rechazó? ¿Sí? ¿Es
eso? Los detalles son muy importantes para mí, príncipe.
-No, no hice petición en absoluto, pero únicamente porque no tuve tiempo para eso. Fue
ella la que me previno, no con las palabras adecuadas, evidentemente, pero, en términos
claros y bastante comprensibles, me dio a entender «delicadamente» que esa idea era ya
imposible.
-Entonces, es como si no hubiera usted hecho petición alguna, y su orgullo no ha
recibido ninguna ofensa.
-¿Es posible que razone usted así? ¿Y el juicio de mi propia conciencia, y Lisa, a la que
he engañado, a la que, por consiguiente, he querido abandonar? ¿Y la palabra que me
había dado a mí mismo y a todo el linaje de mis antepasados, de regenerarme, de borrar
mis infamias pasadas? Se lo suplico, no hable usted de eso. Es quizá la única cosa que no
podré perdonarme nunca. Desde ayer estoy enfermo por eso. Y sobre todo, me parece que
ahora todo se ha acabado y que el último de los príncipes Sokolski va a marcharse a
prisión. ¡Pobre Lisa! Le esperaba a usted con impaciencia, Arcadio Makarovitch, para
descubrirle, en calidad de hermano de Lisa, lo que ella no sabe todavía. Soy un criminal
de derecho común y participo en la fabricación de falsas acciones de una compañía de
ferrocarriles.
-¡Qué me dice! ¿Cómo, a prisión?
Me levanté de un salto y me quedé mirándolo con espanto. Su rostro expresaba una
profunda amargura, sombrío y sin brillo.
-Siéntese usted – dijo, y él mismo se sentó en un sillón frente a mí -. Por lo pronto sepa
esto: hace ya más de un año, aquel mismo verano de Ems, de Lidia y de Catalina
Nicolaievna y, a continuación, de París, precisamente en el momento en que iba a pasar
dos meses en París, como es natural, me quedé sin dinero. Entonces se presentó
Stebelkov, al que yo ya conocía. Me dio dinero y me prometió darme más, pero me pidió
por su parte que lo ayudara: tenía necesidad de alguien, artista dibujante, grabador,
litógrafo y todo lo demás… químico y técnico, todo eso para ciertos fines. Esos fines me
los dejó adivinar desde el primer momento con bastante claridad. Pues bien, él sabía
cómo era mi carácter; todo aquello me divirtió, sin darle más importancia. El caso era que
yo había conocido, en los bancos de la escuela, a un individuo que es actualmente un
emigrante ruso, por lo demás no ruso de nacimiento, y que habita en algún sitio de
Hamburgo. En Rusia había estado ya metido en un 1ío de papeles falsos. Stebelkov
contaba con aquel individuo, pero tenía necesidad de una recomendación para él y se
dirigió a mí. Yo le di dos líneas escritas de mi puño y letra y no pensé más en aquello.
Más tarde me vio todavía algunas veces, y recibí de el en total unos tres mil rublos
aproximadamente. Literalmente llegué. a olvidarme de todo aquel asunto. Aquí. en
Petersburgo, yo le pedía prestado dándole prendas o pagarés y él se inclinaba ante mí
como un esclavo. Pero de pronto me entero por él, ayer, por primera vez, de que soy un
criminal de derecho común.
-¿Cuándo fue eso, ayer?
-Ayer, en el momento en que gritábamos él y yo en mi despacho, poco antes de la
llegada de Nachtchokine. Por primera vez y en términos muy claros, se atrevió a
hablarme de Ana Andreievna. Levanté la mano para pegarle, pero de repente se puso en
pie y me manifestó que yo era solidario de él y que debía acordarme de que era su
cómplice, que era un canalla como él. En una palabra, si no fueron éstas sus expresiones,
por lo menos sí el sentido.
-¡Pero eso es una estupidez! ¿Se trata de un sueño?
-No; no es un sueño. Hoy ha venido nuevamente a mi casa y se ha explicado con más
detalle. Esas acciones están en circulación desde hace mucho tiempo y otras se pondrán
en circulación en seguida. Parece que aquí y a11á está empezando a revelarse el engaño.
Naturalmente, yo no tengo nada que ver con eso, pero Stebelkov me dijo que en otros
tiempos bien me digné darle aquella cartita.
-Pero usted no sabía para qué. ¿O quizá lo sabía?
-Lo sabia – respondió el principe en voz baja, bajando los ojos también -. O más bien,
mire, yo sabía sin saber. Reía, la cosa me parecía divertida. De momento no pensé en
nada, tanto más cuanto que no tenía necesidad ninguna de acciones falsas y no estaba
dispuesto en lo más mínimo a fabricarlas. A pesar de todo, esos tres mil rublos que me
dio entonces, no los apuntó en mi cuenta, y se lo toleré: Y además, quién sabe, quizá yo
también haya sido un falsificador. No era posible no saberlo; yo no era un niño; yo lo
sabía, únicamente que aquello me hacía gracia, y he ayudado a unos criminales, los he
ayudado por dinero. Por tanto, también yo soy un falsificador.
-¡Oh, usted exagera! Es usted culpable, pero exagera.
-Lo más grave es que en todo esto está metido un tal Jibelski, un hombre joven todavía,
que pertenece a la carrera judicial y es algo así como secretario de un abogado fullero.
También él ha participado en este asunto de las acciones y además ha venido varias veces
a buscarme de parte de ese señor de Hamburgo, para tonterías, naturalmente, ni yo mismo
sabía para qué, y no se trataba nunca de las acciones… Sólo que ha conservado consigo
dos documentos escritos de mi puño y letra, siempre cartitas de dos líneas, y también esos
papeles pueden servir de testimonio; hoy lo he comprendido muy bien. Stebelkov dice
que este Jibelski es un tipo engorroso: ha robado no sé qué, el dinero de no sé dónde, de
Hacienda, creo, y tiene la intención de robar más y de emigrar en seguida. Pues bien, le
hacen falta, por lo menos, ocho mil rublos, para gastos de viaje. Mi parte de herencia es
suficiente para satisfacer a Stebelkov, pero Stebelkov dice que hay que contentar también
a Jibelski… En una palabra, que renuncie a mi parte de la herencia y que además les
entregue diez mil rublos; ésa es la última palabra. Con esa condición me devolverán mis
cartas. Están en convivencia, eso es evidente.
-¡Qué absurdo! Pero, si le denuncian a usted, éllos mismos se entregarán. Seguro que
no harán nada.
-Ya lo comprendo. Por lo demás, no es que amenacen con denunciarme; únicamente
dicen: «No vamos a denunciarle, pero si el asunto se descubre… » Eso es lo que dicen; es
todo, y me parece que es bastante. Mas no es de eso de lo que se trata: pase lo que pase, a
incluso si yo tuviese ya esas cartas en mi bolsillo… ¡pero ser solidario de esos
sinvergüenzas, ser su camarada eternamentte, eternamente! ¡Mentirle a Rusia, mentir a
los niños, mentir a Lisa, a mi propia conciencia. . . !
-¿Lo sabe Lisa?
-No, ella no lo sabe todo. En su posición, no sobreviviría al disgusto. Yo llevo ahora el
uniforme de mi regimiento, y cada vez que me cruzo con un soldado del mismo, cada segundo,
tengo la sensación de que soy indigno de llevarlo.
-Escuche – exclamé de repente -. No hace falta pronunciar largos discursos. No tiene
usted más que un único camino de salvación. Vaya a buscar al príncipe Nicolás Ivanovitch,
pídale diez mil rublos, sin contarle nada, y llame en seguida a esos dos bribones y
arregle definitivamente sus cuentas y rescate sus cartas. Y todo se acabó. Todo se acabó,
y a trabajar. Se acabaron las fantasías, ¡confíe usted en la vida!
-Había pensado en eso – dijo firmemente -. Todo el día de hoy he reflexionado y por fin
me he decidido. No esperaba más que a usted. Iré. Mire, nunca en la vida le he pedido un
solo copec al príncipe Nicolás Ivanovitch. Es bueno para nuestra familia a incluso nos ha
testimoniado un interés afectuoso, pero personaimente nunca le he pedido dinero. Ahora
estoy decidido. Fíjese bien que nuestra rama es más antigua que la del príncipe Nicolás
Ivanovitch: la de ellos es la rama menor, incluso colateral, casi discutida… Nuestros
antepasados eran enemigos. Al principio de la reforma de Pedro el Grande, mi
tatarabuelo, Pedro él también, era y siguió siendo Raskolnik y anduvo errante por los
bosques de Kostroma. Ese príncipe Pedro se casó en segunda nupcias, él también, con
una mujer que no era noble; entonces fue cuando se pasarón por delante estos otros
Sokolski; pero… ¿de qué estaba yo hablando?
Se le veía abatido y como cansado de hablar.
-Cálmese – dije levantándome y cogiendo mi sombrero -; ante todo, váyase a acostar.
En cuanto al príncipe Nicolás Ivanovitch, desde luego no se negará, sobre todo ahora que
está tan contento. ¿Se ha enterado usted de la noticia? ¿No? ¡No es posible! Me he
enterado de una cosa absurda: se casa. Es un secreto, pero no para usted, naturalmente.
Y se lo conté todo, ya de pie, con el sombrero en la mano. Él no sabía nada.
Rápidamente preguntó detalles, sobre todo en cuanto a la fecha, al lugar y al grado de
verosimilitud. Naturalmente no le oculté que aquello había sucedido, por lo que se decía,
inmediatamente después de su visita de la víspera a Ana Andreievna. Yo no sabría
reflejar la impresión penosa que le produjo esa noticia; su rosotro se deformó, apareció
como surcado de arrugas, una sonrisa torva tendió convulsivamente sus labios; acabó por
palidecer y hundirse en una meditación profunda, bajando los ojos. Yo veía con
demasiada claridad que su amor propio había quedado espantosamente herido por la
negativa de Ana Andreievna. Quizás, en su estado enfermizo, se representaba demasiado
vivamente en aquellos instantes el papel ridículo y grotesco que había desempeñado la
víspera delante de aquella muchacha cuyo consentimiento esperaba con tanta seguridad,
como ahora se veía bien claro. En fin, tal vez era el pensamiento de la infamia que había
cometido respecto a Lisa, una infamia sin consecuencias. Es curioso ver lo que los
hombres de mundo piensan los unos de los otros y a título de qué pueden respetarse
mutuamente; aquel príncipe podía sin embargo suponer que Ana Andreievna estaba ya
enterada de sus relaciones con Lisa, con su propia hermana al fin y al cabo, y que, si no
estaba enterada, se enteraría seguramente algún día; pues bien, a pesar de eso, él «no
tenía dudas sobre su decisión».
-¿Cómo ha podido usted creer entonces – dijo clavando bruscamente en mí unos ojos
fieros a insolentes – que yo sería capaz, yo, de ir ahora, después de semejante noticia, a
pedirle dinero al príncipe Nicolás Ivanovitch? ¡Él, el novio de la mujer que acaba de
negarme su mano! ¡Pero eso sería un acto de mendicidad, de servilismo! ¡No, ahora todo
está perdido y, si la ayuda de ese viejo era mi última esperanza, dejemos que esa
esperanza muera también!
En el fondo de mí mismo yo estaba de acuerdo con él; pero sin embargo era preciso
considerar las cosas con mayor amplitud de miras: «¿era el anciano príncipe un hombre,
un novio?» Varias ideas se agitaban en mi cerebro. Yo había resuelto ya que iría al día
siguiente a hacerle una visita. Mientras tanto, me esforcé en suavizar la impresión
producida y en enviar al pobre príncipe a la cama.
-Pasará usted una buena noche, y cuando se levante tendrá las ideas más claras, ya verá.
Me estrechó calurosamente la mano, pero sin besarme. Le di palabra de que vendría a
verlo al día siguiente por la noche,
-Hablaremos, hablaremos: habrá muchas cosas de que hablar.
Al oír esas palabras, sonrió con una sonrisa fatal.
CAPÍTULO VIII
I
Toda aquella noche me la pasé soñando con la ruleta, con el juego, con el oro, con los
arreglos de cuentas. Calculaba, como frente a una mesa de juego, las posturas y las
oportunidades, y durante toda la noche aquello fue como una especie de pesadilla
abrumadora. Diré la verdad: en todo el día anterior, a pesar de mis impresiones
extraordinarias, no podía menos que acordarme una y otra vez de mis ganancias en casa
de Zerchtchikov. Expulsaba la idea, pero no podía rechazar la impresión, y me estremecía
a cada recuerdo. Aquella ganancia me había mordido en el corazón. ¿Habría -nacido yo
jugador? Por lo menos, sí era probable que tuviese las cualidades ser jugador. Incluso hoy
día, al escribir estas líneas, me gusta a veces pensar en el juego. Me sucede en ocasiones
pasarme horas enteras, en silencio, haciendo cálculos de juego y viéndome en sueños
apostando y ganando (101). Sí, tengo «cualidades» muy diversas, y mi alma no está
tranquila.
Tenía el proyecto de ir a las diez a casa de Stebelkov, a pie. Despedí a Matvei en cuanto
se presentó. Mientras me bebía mi café, trataba de examinar las cosas. Estaba contento; al
entrar por un instante en mí mismo, adiviné que estaba contento sobre todo porque «hoy
estaría en casa del príncipe Nicolás lvanovitch». Pero aquella jornada de mi vida fue fatal
a inesperada y principió con una sorpresa.
A las diez en punto, mi puerta se abrió de par en par y vi entrar toda sofocada a Tatiana
Pavlovna. Yo podía esperarlo todo, excepto su visita, y me puse en pie de un salto,
muerto de miedo. Traía un rostro feroz y sus gestos eran desordena. dos. Si yo le hubiese
hecho alguna pregunta, quizá no habría podido contestarme para qué había entrado en mi
casa. Debo advertirlo con anticipación: acababa de recibir una noticia extraordinaria,
abrumadora, y se hallaba todavía bajo el efecto de la primera impresión. Ahora bien, la
noticia también me afectaba a mí. Por lo demás, no pasó en mi casa más que medio
minuto, un minuto si ustedes quieren, pero no más con seguridad. Y se me echó encima:
-¡Vaya, estás aquí! – se plantó delante de mí, toda inclinada hacia delante -. ¡Estás aquí,
sinvergüenza! ¿Qué es lo que has hecho? ¿Cómo, no sabes? ¡Bebe su café! ¡Ah!, pequeño
charlatán, molinillo de palabras, amante de papel mascado…! ¡Pero habría que darte con
el látigo, con el látigo, con el látigo!
-Tatiana Pavlóvna, ¿qué ha pasado? ¿Qué ha sucedido? ¿Mamá… ?
-¡Ya lo sabrás! – amenazó ella, quitándose de en medio.
Desapareció. Naturalmente me lancé en su persecución, pero una idea me detuvo, o
más bien no una idea, sino una vaga inquietud: percibía que en sus gritos «el amante de
papel» había sido la frase esencial. Sin duda yo no habria podido adivinar nada por mí
mismo, pero salí rápidamente, para acabar cuanto antes con Stebelkov a ir en seguida a
casa del príncipe Nicolás Ivanovirch. « ¡A11í es donde está la clave de todo! », pensaba
yo instintivamente.
Cosa asombrosa: Stebelkov sabía ya toda la historia de Ana Andreievna a incluso con
sus menores detalles; no refiero su conversación y sus gestos, pero estaba encantado, loco
de entusiasmo, delante del «valor artístico de esta hazaña».
-¡He ahí una verdadera personalidad! ¡Ella sí que es grande! – exclamaba -. No, no es
como nosotros; nosotros nos quedamos aquí tranquilos, pero ella ha tenido ganas de
beber el agua en su verdadera fuente, y la ha bebido. ¡Es… es una estatua antigua de
Minerva, pero que anda y que lleva vestidos modernos!
Le rogué que se atuviese a los hechos; los hechos, como yo había adivinado
perfectamente, consistían en que yo debía persuadir y convencer al príncipe para que
fuera a pedir un socorro definitivo al príncipe Nicolás Ivanovitch.
-De lo contrario, la cosa puede ponerse muy mal, pero que muy mal para él, y no por mi
culpa. ¿Es verdad o no?
Me miraba a los ojos, pero sin duda no suponía ni remotamente que yo supiese algo
más que la víspera. No tenía por qué suponerlo y, naturalmente, yo no dejé adivinar ni
con palabras ni con alusiones lo que sabía de la falsificación. Nuestra explicación no fue
larga; casi inmediatamente me prometió dinero:
-Una buena suma, sépalo usted; lo único que tiene que hacer es que el príncipe vayá
allí. Es urgente, muy urgente; todo consiste en eso: en que es terriblemente urgente.
No quise entrar en discusiones con él como en el día anterior, a hice intención de
marcharme, diciéndole vagamente que lo intentaría. Pero de pronto me asombró de una
manera indecible: me dirigía ya hacia la puerta cuando de improviso me rodeó
tiernamente la cintura y empezó a decirme… las cosas más incomprensibles.
Desdeño los detalles y no recogeré todo el hilo de la conversación, para no cansar. Pero
el sentido, helo aquí: me propuso que lo pusiera en relación con el señor Dergatchev,
«puesto que usted frecuenta esa casa».
Inmediatamente agucé el oído, tratando con todas mis fuerzas de no traicionarme con
gesto alguno. Respondí en seguida que yo no conocía a11í a nadie y que, si había estado,
había sido exclusivamente una vez y por casualidad.
-Pero, si lo han admitido a usted una vez, puede ir una segunda vez, ¿no es verdad?
Le pregunté francamente, pero con mucha frialdad, que qué interés tenía. Y hasta hoy
no consigo comprender cómo puede encontrarse tanta ingenuidad en ciertas personas que,
por lo que se ve, no tienen pelo de tonto y son incluso « prácticas», como las definía
Vassine. Me explicó con entera franqueza que, según sus sospechas, en casa de
Dergatchev pasaba «seguramente algo que estaba prohibido, severamente prohibido, que
me bastaría estudiarlo para poder sacar de eso alguna ventaja». Y, sin dejar de sonreír, me
hizo un guiño con el ojo izquierdo.
No respondí nada afirmativo, pero fingí reflexionar y prometí «pensar en aquello»,
después de lo cual me apresuré a irme. Las cosas se complicaban: vole a casa de Vassine
y tuve la suerte de encontrármelo a11í.
-¡Ah, usted también!
Desde el mismo momento en que me vio, me acogió con esta frase enigmática. Sin
prestarle atención, fui directamente al grano y le conté el asunto. Estaba visiblemente
turbado, pero sin perder de ninguna forma su sangre fría. Me pidió que le contara todos
los detalles.
-Es muy posible que usted no haya comprendido bien.
-No, he comprendido bien, el sentido estaba absolutamente claro.
-De todas formas, le estoy infinitamente agradecido -añadió él con sinceridad -. Sí,
verdaderamente, si todo ha sucedido así, es que él suponía que usted no podría resistir
ante cierta suma.
-Y además conocía bien mi situación; yo no hacía más que jugar, me portaba mal,
Vassine.
-Lo he oído decir.
-Lo más extraño para mí es que él sabe que usted también frecuenta esa casa – me
arriesgué a decir.
-Él sabe perfectamente – respondió Vassine con toda sencillez- que no tengo nada que
ver con eso. Todos esos jóvenes son sobre todo charlatanes, nada más; usted se acordará
por cierto mejor que nadie.
Me pareció que tenía en cuanto a mí algo de desconfianza.
-De todas formas, le estoy infinitamente agradecido.
-He oído decir que los asuntos del señor Stebelkov no iban muy bien ahora – dije
intentando sonsacarle -, al menos he oído hablar de ciertas acciones.
-¿Y de que acciones ha oído usted hablar?
Yo había mencionado a propósito las «acciones», pero de ninguna forma para contarle
el secreto del príncipe. Quería solamente hacer una alusión y juzgar por su rostro, por sus
ojos, si él sabía alguna cosa. Alcancé mi objetivo: en un movimiento inapreciable a
instantáneo de su rostro, adiviné que tal vez sabía alguna cosa. No respondí a su pregunta
de «¿qué acciones?» y me callé; en cuanto a él, cosa extraña, no insistió.
-¿Cómo está Isabel Makarovna? – preguntó con ínterés.
-Está bien. Mi hermana siempre ha sentido respeto por usted…
La alegría brilló en sus ojos: yo había adivinado desde hacía mucho tiempo que él no
miraba a Lisa con indiferencia.
-He recibido estos últimos días la visita del príncipe Sergio Petrovitch – me confió
bruscamente.
-¿Cuándo? – exclamé.
-Hace exactamente cuatro días.
-¿Ayer, no?
-No, no ayer – me lanzó una mirada interrogadora -. Después le hablaré quizá con más
detalle de esta visita, pero de momento creo necesario prevenirle — dijo Vassine misteriosamente
– que me ha parecido encontrarse en un estado anormal, de alma… y hasta de
espíritu. Y además, he tenido también otra visita – sonrió de pronto – ahora mismo, un
poco antes que la de usted, y me he visto obligado a deducir también un estado de
ninguna forma normal del visitante.
-El príncipe estaba aquí ahora mismo.
-No, no el príncipe, no hablo del príncipe ahora. He tenido aquí hace un rato a Andrés
Pretrovitch Versilov y… ¿no sabe usted nada? ¿No le ha pasado a él nada?
-Puede ser que le haya sucedido alguna cosa tal vez, pero, ¿qué le ha pasado aquí, en
casa de usted? – pregunté precipitadamente.
-Yo debía evidentemente guardar el secreto… he aquí una extraña conversación entre
nosotros: siempre secretos -sonrió de nuevo -. Por cierto que Andrés Petrovitch no me ha
exigido guardar el secreto. Además usted es su hijo y, sabiendo cuáles son sus
sentimientos hacia él, me parece que yo haría bien previniéndole en esta ocasión.
Figúrese que ha venido a plantearme la siguiente pregunta: « Si por casualidad uno de
estos días, muy próximamente, me viera obligado a batirme en duelo, ¿consentiría usted
en ser mi testigo?» Naturalmente, me he negado en redondo.
Yo estaba infinitamente asombrado; esta noticia era la más inquietante de todas; había
sucedido algo, se había producido necesariamente cualquier acontecimiento que yo no
sabía aún. Me acordé de pronto de que Versilov me había dicho la víspera: «No soy yo
quien irá a tu casa, eres tú quien correrá a la mía.» Volé a casa del príncipe Nicolás
Ivanovitch, presintiendo otra vez anticipadamente que allí estaba la clave del enigma.
Vassine, al despedirme, me dio las gracias una vez más.
II
El anciano príncipe estaba sentado delante de su chimenea, las piernas envueltas en una
manta. Me acogió con una mirada ligeramentc interrogadora, como sorprendido por mi
visita; y sin embargo, casi a diario, me invitaba a visitarlo. Además me saludó
amablemente, pero respondió a mis primeras preguntas con una especie de desdén y con
aire horriblemente distraído. A cada instante parecía reflexionar y me examinaba
fijamente, como si hubiera olvidado alguna cosa de la que se acordara ahora y que debía
seguramente relacíonarse conmigo. Dije con franqueza que ya lo sabía todo y que estaba
contento. Una afable sonrisa se mostró en seguida en sus labios. Se animó. Su prudencia
y su desconfianza habían desaparecido; parecía haberlas olvidado. Y seguramente las
había olvidado.
-Mi querido amigo, yo sabía muy bien que tú serías el primero en venir y, ¿sabes?, ayer
mismo me dije: «¿Quién va a alegrarse? Él», nadie más, seguro. Pero eso no importa. La
gente tiene mala lengua… pero poco importa… Cher enjant, todo eso es tan elevado y tan
delicioso… Pero tú la conoces muy bien, por tu parte. Por lo demás, Ana Andreievna
tiene de ti la mejor opinión. El suyo es un rostro severo y encantador, un rostro de
keepsake inglés. Es el más delicioso de los grabados ingleses… Hace dos años, yo tenía
toda una colección de esos grabados… Siempre tuve esta intención, siempre; lo único que
me asombra es que nunca se me haya ocurrido.
-Pero, por lo que recuerdo, usted siempre ha querido y distinguido a Ana Andreíevna.
-Amigo mío, nosotros no queremos perjudicar a nadie. Vivir con amigos, con parientes,
con personas queridas, es el paraíso. Nosotros somos todos poetas… En una palabra, esto
se sabe desde los tiempos prehistóricos. Mira, pasaremos el verano primeramente en
Soden (102), después en Bad-Gastein (1(13 ). Pero ¡cuánto tiempo llevabas sin venir!
¿Dónde has estado? Te aguardaba. ¡Cuántos, cuantísimos acontecimientos desde
entonces!, ¿no es verdad? Solamente que es una lástima que yo no esté tranquilo: en
cuanto me quedo solo, me pongo inquieto. He aquí por qué no debo quedarme solo, ¿no
es verdad? Está claro como el día. La comprendí desde sus primeras palabras, y… era
como la más maravillosa de las poesías. Pero es que tú eres su hermano, casi su hermano,
¿no es así? ¡Querido mío, por algo yo te apreciaba tanto! Yo presentía todo esto, te lo
juro. Le besé la mano y me eché a llorar.
Sacó su pañuelo, como si otra vez fuera a echarse a llorar. Estaba muy conmovido y
creo que en uno de los «estados» más tristes en que yo hubiese podido verlo durante todo
el tiempo que lo conocía. Por lo general, a incluso casi siempre, se le veía muchísimo
más fresco y más valiente.
-Yo los perdonaré a todos, amigo mío – balbució a continuación -. Tengo ganas de
perdonar a todo el mundo y hace ya muchísimo tiempo que no le tengo antipatía a nadie.
El arte, la poésie dans la vie, el socorro a los desgraciados y ella, ¡la belleza bíblica!
Quelle charmante personne, ¿eh? Les chants de Salomon… non, ce n’est pas Salomon…
c’est David qui mettait une belle jeune dans son lit pour se chauffer dans se vieillesse
(104). Enfin, David, Salomon, todo eso me da vueltas en la cabeza, un verdadero
torbellino. Toda cosa, cher enfant, puede ser a la vez majestuosa y ridícula. Cette jeune
belle de la vieillesse de David, c’est tout un poème, mientras que Paul de Kock no tiene ni
gusto ni mesura, aunque tenga talento… (105). Catalina Nicolaievna sonrió… Le he dicho
que no la molestaríamos. Nosotros hemos empezado nuestra novela, que se nos permita
terminarla. Es un sueño, si ustedes quieren, pero que no se nos quite nuestro sueño.
-¿Qué es eso de un sueño, príncipe?
-¿Un sueño? ¿Que qué es eso de un sueño? Todo lo que se quiera de sueño, pero que se
nos deje morir con eso.
-¡Oh, príncipe!, ¿por qué morir? ¡Lo que hace falta ahora es vivir!
-¿Y qué era lo que yo decía entonces? Creo que no estoy diciendo otra cosa. No sé
verdaderamente por qué la vida es tan corta. Seguramente para que no se aburra uno,
porque la vida también es una obra de arte del Creador, bajo la forma definitiva a
impecable de una poesía de Pushkin. La brevedad es la primera condición del arte. Pero a
los que no se aburren, se les debía permitir que viviesen más tiempo.
-Dígame, prínc¡pe, ¿se ha hecho ya pública la noticia?
-No, querido mío, en absoluto. Sólo nos hemos puesto de acuerdo entre nosotros. En
familia, en familia, nada más que en familia. De momento. No me he confiado
abiertamente más que a Catalina Nicolaievna, porque me considero culpable delante de
ella. Y es que Catalina Nicolaievna es un angel, un verdadero ángel.
-¡Sí, sí!
-¿Sí? ¿Tú también dices sí? ¡Y yo que te creía su enemigo! ¡Ah!, a propósito, ella me
ha pedido que no te reciba más. Figúrate que, cuando has entrado, se me ha olvidado de
pronto.
-¿Qué dice usted? – exclamé, poniéndome en pie de un salto -. ¿Y por qué?, ¿cuándo?
(Mi presentimiento no me había engañado: era algo por ese estilo lo que yo me
esperaba después de la visita de Tatiana. )
-Ayer, amigo mío, ayer. No comprendo siquiera cómo has podido entrar, porque se han
tomado todas las medidas necesarias. ¿Cómo has logrado entrar?
-De la manera más simple.
-Es lo más probable. Si hubieses intentado entrar astutamente, te habrían detenido con
toda seguridad, pero como has entrado con toda sencillez, te han dejado pasar. La simplicidad,
mon cher, es en definitiva la mejor de las astucias.
-No comprendo nada. Entonces, ¿usted ha decidido, usted también, no recibirme más?
-No, amigo mío, he dicho que eso no era asunto mío… Es decir, he dado mi pleno
consentimiento. Y, puedes estar bien convencido, mi querido niño, te quiero
enormemente. Pero Catalina Nicolaievna lo ha exigido con demasiada insistencia… ¡Ah!,
¡hela aquí!
En aquel instante apareció en el umbral Catalina Nicolaievna. Estaba vestida como para
salir y, como siempre, antes venía a darle un beso a su padre. Al verme, se detuvo, se
turbó, volvió la espalda y salió.
-Voilà! – exclamó el príncipe, estupefacto y terriblemente impresionádo.
-¡Es una equivocación! – exclamé -. ¡Un momento solamente… yo… vuelvo en seguida,
príncipe!
Y me eché a correr detrás de Catalina Nicolaievna.
Todo lo que sucedió a continuación pasó con tanta rapidez, que, lejos de poder
reflexionar, ni siquiera pude preparar lo más mínimo mi conducta. ¡Si yo hubiese podido
prepararme, desde luego me habría comportado de una manera muy distinta! Pero estaba
trastornado como un niño. Me precipité hacia sus habitaciones, pero un criado me dijo
que Catalina Nicolaievna había salido hacía un instante y que se dirigía a su coche. Me
lancé, con la cabeza gacha, por la gran escalera. Catalina Nicolaievna bajaba, embutida
en una pelliza, y a su lado caminaba, o, por decir mejor, la conducía, un oficial alto y bien
formado, en uniforme, sin capote, con el sable a un costado; un criado llevaba su capote
detrás. Era el barón, coronel, de treinta y cinco años, el tipo de oficial elegante, seco, de
rostro un poco demasiado ovalado, los bigotes rojizos, a incluso las pestañas. Su rostro no
tenía nada de belleza, pero poseía una expresión descarada y provocativa. Lo describo a
toda prisa, tal como lo vi en aquel momento. Hasta entonces, nunca me había encontrado
con él. Corrí en seguimiento de la pareja, sin sombrero y sin pelliza. Catalina Nicolaievna
fue la primera que se dio cuenta de mi presencia y le susurró algo al oído a su
acompañante. Él volvió la cabeza, e inmediatamente les hizo una señal al criado y al
portero. El criado dio un paso hacia mí, delante de la puerta, pero lo rechacé con la mano
y, siguiéndolos, llegué hasta la escalinata. Bioring ayudaba a Catalina Nicolaievna a
sentarse en el coche.
-¡Catalina Nicolaievna! ¡Catalina Nicolaievna! – exclamé estúpidamente (¡como un
imbécil!, ¡como un imbécil! ¡Oh!, me acuerdo de tedo. ¡Estaba sin sombrero! ).
Bioring, furioso, se volvió una vez más y le gritó en voz alta al criado una o dos
palabras que no comprendí. Sentí que me agarraban por el codo. En aquel instante el
coche arrancó; lancé un grito y corrí detrás. Catalina Nícolaievna, yo lo veía, miraba por
la ventanilla del coche y parecía hallarse en un estado de gran inquietud. Pero en mi gesto
rápido, en el momento en que me lanzaba, choqué fuertemente, sin proponérmelo en lo
más mínimo, con Bioring, y creo que le pisé un pie. Lanzó una exclamación, rechinó los
dientes y, cogiéndome por el hombro con una mano vigorosa, me rechazó con tanta rabia,
que retrocedí tres pasos largos. En aquel momento le alargaron su capote, se lo echó por
encima, subió a su trineo y desde a11í lanzó todavía un grito de amenaza señalándome a
los criados y al portero. Me agarraron y me tuvieron sujeto: un criado me tiró mi pelliza,
otro me alargó mi sombrero, y no me acuerdo ya de lo que me dijeron: hablaban y yo
estaba allí escuchándolos sin comprender nada. Pero de repente los dejé plantados y me
escapé.
Sin distinguir nada, tropezando con los transeúntes, corriendo siempre, llegué por fin a
casa de Tatiana Pavlovna, sin que ni siquiera se me hubiese ocurrido coger un coche de
punto por el camino. ¡Bioring me había empujado delante de ella! Sin duda, yo le había
dado un pisotón y él me había rechazado instintivamente, como hombre al que le han
aplastado un callo (quizás, en realidad, yo le había aplastado un callo). Péro e!la lo había
presenciado, y había visto que los criados me agarraban, ¡todo eso delante de ella, en su
presencia! Cuando irrumpí en casa de Tatiana Pavlovna, al príncipio no pude decir una
sola palabra, mi mandíbula inferior estaba como sacudida por la fiebre. En realidad tenía
fiebre, y además lloraba… ¡Me sentía tan terriblemente ofendido!
-¡Vaya! ¿Qué pasa ahora? ¿Te han puesto de patitas en la calle? ¡Muy bien hecho!
¡Muy bien hecho! – dijo Tatiana Pavlovna.
Sin decir nada me dejé caer sobre el diván y me quedé mirándola.
-Pero, ¿qué le pasará a este tonto? – dijo ella, mirándome fijamente -. ¡Toma, coge este
vaso, traga un poco de agua, bebe! Y cuéntame qué nueva tontería has hecho.
Balbucí que me habían dado con la puerta en las narices y que Bioring me había pegado
un empujón en la calle.
-¿Eres capaz de comprender algo, sí o no? ¡Pues bien, lee, deléitate!
Y, depués de tomar de encima de la mesa una carta, mé la tendió, y se plantó delante de
mí. Reconocí inmediatamente la letra de Versilov; no había más que unas cuantas líneas:
era una cartita a Catalina Nicolaievna. Me estremecí; instantáneamente la capacidad de
comprender me volvió con todo su vigor. He aquí el contenido de ese billete terrible,
escandaloso, absurdo, criminal, palabra por palabra:
A la señora Catalina Nicolaievna.
Señora:
Por perversa que usted sea por naturalexa y por estudio, pensaba sin embargo que
sería dueña de sus pasiones y que, por to menos, no intentaría nada contra niños. Pero ni
siquiera eso la ha espantado. Le informo que el documento que usted sabe no ha sido
desde luego quemado sobre una bujía y nunca estuvo en poder de Kraft, por lo que, en
ese aspecto, nada tiene usted que ganar. Por tanto no corrompa inútilmente a un
muchacho. Déjelo tranquilo, es todavía menor de edad, casi un niño, y no ha alcanzado
su completo desarrollo intelectual y físico: ¿de qué puede servirle a usted? Me intereso
por él, y por eso me arriesgo a escribirle esta carta, aunque no espero ningún resultado
satisfactorio. Tengo el honor de advertirle que envío copia de esta carta al barón
Bioring.
A. VERSILOV
Mientras leía me puce palidísimo, luego estallé de pronto y mis labios temblaron de
indignación.
-¡Se trata de mí! ¡Es a propósito de lo que le conté anteayer! – exclamé furioso.
-¡Precisamente lo que le contaste!
Y Tatiana me arrancó la carta.
-Pero… no es, no es de ninguna manera lo que yo le dije. ¡Oh, Dios mío!, ¿qué pensará
de mí ella ahora? ¡Pero está loco! Es un loco… Lo vi ayer. ¿Cuándo ha sido enviada la
carta?
-En el día de ayer; llegó por la noche, y hoy mismo me la ha traído ella en persona.
-¡Pero yo lo vi ayer, está loco! ¡Versilov no ha podido escribir eso, es la obra de un
loco! ¿Quién puede escribirle así a una mujer?
-Precisamente los locos furiosos de su estilo, cuando los celos y la cólera los ponen
sordos y ciegos y la sangre se les cambia en sus venas en vitriolo… ¡Y tú no sabías
todavía la clase de personaje que es! Ahora, que lo van a arreglar por esto. Lo van a dejar
hecho papilla. Él mismo pope la cabeza en el tajo. Mejor habría hecho yéndose una noche
a la línea férrea de Nicolás y poniendo la cabeza sobre los raíles. Se la habrían cortado
con más limpieza si tan pesada la encuentra de llevar. ¿Y qué lo impulsó a hablarle?
¿Qué necesidad tenías de darle rabia? ¿Es que quisiste pavonearte?
-¡Pero qué odio! ¡Qué odio! – me golpeaba la cabeza con la mano -. ¿Y por qué, por
qué? ¡Contra una mujer! ¿Qué le ha hecho ella? ¿Qué relaciones ha habido entre ellos,
para escribir cartas semejantes?
-¡El odio! – repitió Tatiana Pavlovna, remedándome con una ironía furiosa.
La sangre me subió de nuevo al rostro: me pareció súbitamente comprender alguna cosa
por completo nueva; la miré con aire interrogador, con todas mis fuerzas.
-¡Vete de aquí! ! – gritó ella con voz agria, volviéndome la espalda después de
amenazarme con la mano -. ¡Bastante jaleo he tenido ya con todos vosotros! ¡Ahora se
acabó! Por mi pane podéis reventar todos… La única que me da lástima es tu madre…
Naturalmente corrí a casa de Versilov. Pero, ¡qué perfidia, qué perfidia!
IV
Versilov no estaba solo. Lo diré con anticipación: después de haber enviado la víspera
esa carta a Catalina Nicolaievna y remitido en efecto una copia (Dios sabe para qué) al
barón Bioring, debía naturalmente aguardar en el curso de la jornada ciertas
«consecuencias» del paso que había dado, y por consiguiente había tornado ciertas
medidas: desde por la mañana había hecho que se trasladaran a la parte de arriba, al
«ataúd», mamá y Lisa (quien, como supe en seguida, al volver por la mañana, había caído
enferma y estaba en cama), mientras que las habitaciones, y sobre todo nuestro «salón»,
habían sido cuidadosamente barridos y arreglados. Y en efecto, a las dos de la tarde se
presentó un barón R., militar, coronel, un señor de unos cuarenta años, de origen alemán,
alto, seco y con el aspecto de ser muy fuerte físicamente, pelirrojo él también, como
Bioring, solamente que un poco calvo. Era uno de esos barones R. que abundan tanto en
el ejército ruso, todos muy puntillosos en cuestiones de honor, sin fortuna de ninguna
clase, viviendo de su sueldo, grandes militares y grandes batalladores. Yo no había
asistido al comienzo de la conversación; los dos estaban muy animados, y, ¿cómo iba a
ser de otra manera? Versilov estaba sobre el diván delante de la mesa, el barón en una
butaca a11í al lado. Versilov estaba pálido, pero hablaba con mesura y pesando sus
palabras; el barón elevaba la voz y parecía inclinarse a los gestos bruscos, pero se
contenía; tenía una mirada severa, altiva a incluso desdeñosa, aunque no sin cierto
asombro. Al verme, frunció las cejas, pero Versilov casi se alegró al darse cuenta de mi
presencia:
-Buenos días, querido mío. Barón, he aquí justamente al jovencito del que se habla en
la carta. Créame, lejos de molestarnos, puede hasta sernos útil. – El barón me miró con
desprecio -. Querido mío – agregó Versilov -, me alegro de que hayas venido. Quédate en
un rincón, te lo ruego, y espera que hayamos acabado. Esté usted tranquilo, barón, se
quedará en su rincón…
Aquello me resultaba indiferente, puesto que me sentía decidido a todo, y además
estaba asombrado; me senté sin decir palabra y lo antes posible en el rincón y permanecí
a11í sin moverme y sin parpadear hasta el fin de la explicación.
-Se lo repito una vez más, barón – dijo Versilov, recalcando fuertemente todas las
palabras -, considero a Catalina Nicolaievna Akhmakova, a quien le he escrito esa carta
indigna y repugnante, no solamente como la más noble de las criaturas, sino también
como el colmo de todas las perfecciones.
-Semejante refutación de sus propias palabras, ya se lo he dicho, se parece demasiado a
una confirmación de las mismas – rugió el barón -. Las expresiones que usted emplea son
positivamente irrespetuosas.
-Y sin embargo lo más conveniente será que usted las tome en su sentido literal. Es que,
mire usted, sufro ataques… y diversos desórdenes, incluso me veo obligado a cuidarme, y
en uno de esos momentos me ha sucedido…
-Esas explicaciones no pueden admitirse. Lo repito una vez más que continúa usted
obstinándose en su error. Tal vez desea equivocarse aposta. Ya le he advertido desde el
principio que la cuestión referente a esa dama, es decir, su carta de usted a la generala
Akhmakova, debe ser dejada a un ládo en la explicación actual; y usted no hace más que
volver a la carga. El barón Bioring me ha rogado y encargado que ponga en claro
únicamente lo que a él le concierne, es decir, el insolente envío de esa copia y además el
post-scriptum donde usted dice estar «dispuesto a responder a no importa quién y no
importa cómo».
-Pero me parece que ese último punto está bien claro sin más amplias explicaciones.
-Lo comprendo, lo sé. Usted ni siquiera se excusa, usted continúa afirmando que está
«dispuesto a responder a no importa quién y no importa cómo». Pero eso sería para usted
salir muy bien librado. Por eso estimo que es mi derecho, visto el giro que usted quiere
dar forzosamente a la explicación, expresarle mi parecer sin molestarme: he llegado a la
conclusión de que el barón Bioring no debe de ninguna manera tener con usted un
asunto… en un pie de igualdad.
-Esa solución es naturalmente de las más ventajosas para su amigo el barón Bioring y,
lo confieso, no me asombra usted lo más mínimo: era una cosa que me esperaba.
Lo haré notar entre paréntesis: yo había comprendido desde las primeras palabras, en la
primera ojeada, que Versilov buscaba un choque, provocaba y azuzaba a aquel barón
irritable y tal vez sometía su paciencia a una prueba demasiado ruda. El barón estaba
sobre ascuas.
-Sabía que podía usted ser ingenioso, pero el ingenio no es lo mismo que la
inteligencia.
-¡Observación extraordinariamente profunda, coronel!
-No tengo necesidad de sus elogios – gritó el barón -, y no he venido aquí para hablar en
el desierto. Haga el favor de escucharme: el barón Bioring, al recibir su carta, se ha visto
en una extrema perplejidad porque aquello olía a leguas a manicomio. Y sin duda se
habría podido encontrar inmediatamente medios para… calmarle a usted. Pero, por ciertas
razones particulares, se le han guardado miramientos y se han tomado informes: se ha
sabido que usted perteneció en tiempos a la buena sociedad y que sirvió en la Guardia,
pero también se ha sabido que fue usted excluido de esa sociedad y que su reputación es
más que dudosa. Sin embargo, a pesar de eso, me he trasladado aquí para hacerme cargo
personalmente, y resulta que, por si fuera poco, se permite usted jugar con las palabras a
incluso llega a confesar que está sujeto a ataques… ¡Basta! La situación del barón Bioring
y su reputación no pueden comprometerse en este asunto. En una palabra, caballero,
estoy encargado de manifestarle que si este acto o cualquier otro por el estilo se repite, se
hallarán inmediatamente los medios para tranquilizarle, medios muy seguros y muy
rápidos, se lo garantizo. ¡No vivimos en los bosques, sino en un Estado organizado!
-¿Está usted muy seguro, mi buen barón R.?
-¡Pardiez! – el barón se levantó repentinamente -, me tienta usted a probarle
inmediatamente que no soy «su buen barón».
-Le prevengo una vez más – Versilov se levantó también – que mi mujer y mi hija no
están lejos, por lo que le ruego que no hable tan alto, ya que sus gritos llegan hasta ellas.
-Su mujer… ¡Diablos…! Si me he quedado aquí para hablar con usted, ha sido
únicamente con la intención de poner en claro este sucio asunto – continuó el barón,
siempre enfadado y sin bajar la voz lo más mínimo -. ¡Basta! – gritó enfurecido -, no sólo
está usted excluido de la sociedad de la gente digna, sino que además es un loco, un
verdadero loco, un chiflado, y así es como me lo habían descrito. No merece usted
indulgencia alguna y le declaro que hoy mismo se tomarán medidas y que se le llamará a
un lugar donde sabrán hacerle entrar en razón… ¡y se le hará salir de la ciudad!
Abandonó la habitación rápidamente y a grandes zancadas. Versilov no lo acompañó.
Seguía de pie, mirándome distraídamente y como sin darse cuenta de mi presencia; de
repente, sonrió, agitó su cabellerá y, después de coger su sombrero, se dirigió también
hacia la puerta. Lo agarré por la mano.
-¡Ah!, es verdad, estabas ahí. ¿Has… escuchado?
Se detuvo delante de mí.
-¿Cómo ha podido usted obrar así? ¿Cómo ha podido deformar así las cosas,
deshonrar… con tanta perfidia? – Me miraba fijamente, pero su sonrisa se alargaba más y
más y se transformaba verdaderamente en risa -. ¡Pero es a mí a quien se ha deshonrado…
delante de ella!, ¡delante de ella! He sido ultrajado ante sus ojos; y él… me ha dado un
empellón – exclamé, fuera de mí.
-¿Es posible? ¡Ah! Mi pobre niño, qué lástima te tengo… ¡Te han… ul-tra-ja-do!
-¡Usted se ríe, usted se ríe de mí! ¡A usted le parece esto gracioso!
Liberó rápidamente su mano de la mía, cogió su sombrero, que había soltado para
hablar conmigo, y riéndose, riéndose ahora con una risa verdadera, salió de la habitación.
¿Alcanzarlo? ¿Para qué? ¡Yo lo había comprendido todo, y todo lo había perdido en un
instante! De repente, vi a mamá; había bajado y lanzaba una mirada tímida.
-¿Se ha ido?
La besé silenciosamente, y ella me besó con fuerza, con mucha fuerza, pegándose a mí.
-Querida mamá, ¿puede usted quedarse aquí? Vámonos todos inmediatamente, yo las
protegeré, yo trabajaré para ustedes como un condenado, para usted y para Lisa…
Abandonémosle todos, todos, y vayámonos. Estaremos solos. Mamá, ¿se acuerda usted
de cuando vino a verme a casa de Touchard y yo me negué a reconocerla?
-Me acuerdo, hijo mío. Toda mi vida he sido culpable contigo; te traje al mundo y no te
conocí.
-El culpable es él, mamá; él, que es la causa de todo. No nos ha querido nunca.
-Sí, nos ha querido.
-Vámonos, mamá.
-¿Cómo podría yo abandonarlo? ¿Es que él es dichoso?
-¿Dónde está Lisa?
-En cama. Apenas volvió, cayó enferma. Tengo miedo, ¿por qué están tan furiosos
contra él? ¿Qué van a hacerle? ¿Adónde ha ido? ¿Por qué lo amenazaba ese oficial?
-No le pasará nada, mamá, nunca le pasa nada. Jamás le pasará nada. Y nada puede
pasarle. ¡Es un hombre que está hecho así! Pero he aquí a Tatiana Pavlovna,
pregúnteselo, si no me cree a mí. – Tatiana Pavlovna acababa de entrar -. Hasta la vista,
mamá. Volveré en seguida y una vez más volveré a pedirle lo mismo…
Me marché. No podía ver a nadie. Sin hablar de Tatiana Pavlovna, ella, mamá, me
ponía en el tormento. Quería estar solo, solo.
Pero no había llegado a la calle siguiente cuando ya me sentía incapaz de andar;
chocaba absurdamente con aquellas rersonas indiferentes o extrañas; pero, ¿dónde
refugiarme? ¿A quién era yo útil y qué me hacía falta a mí ahora? Me arrastré
maquinalmente hasta la casa del príncipe Sergio Petrovitch, sin pensar en él de ninguna
manera. No estaba en casa. Le dije a Pedro (su criado) que me quedaría a esperarlo en su
despacho (como lo había hecho tantísimas veces). Era una gran habitación de techo muy
alto, abarrotada de muebles. Me hundí en el rincón más sombrío, me senté en un diván y,
con los codos sobre la mesa, me cogí la cabeza entre las manos. Sí, la cuestión era: «¿qué
me hacía a mí falta ahora?» Sí bien era capaz de. formular la pregunta, era absolutamente
incapaz de responderla.
Pero yo no podía ni razonar ni preguntar. Ya he advertido más arriba que, al final de
este perïodo, estaba «aplastado por los acontecimientos». Ahora, sentado, era como un
caos que se arremolinaba en mi cerebro. «Sí, no he visto nada, no he comprendido nada
de este hombre», tal era la idea que por momentos me atravesaba el espíritu. « Hace un
instante se me ha reído en la cara: no, no se reía de mí; era siempre de Bioring, y no de
mí. Anteayer en la comida, lo sabía ya todo y estaba sombrío. Sorprendió mi estúpida
confesión en el traktir y lo ha deformado todo a expensas de la verdad. ¿Qué necesidad
tenía él de la verdad? No cree ni una sola palabra de todo to que le ha escrito. Le hacía
falta únicamente herir, herir sin motivo, sin saber siquiera por qué, agarrándose a
cualquier pretexto, y el pretexto he sido yo quien se lo ha proporcionado… ¿Impulso de
perro rabioso? ¿Va a matar ahora a Bioring? ¿Y por qué? Su corazón lo sabe, sabe el
porqué. Pero yo ignoro lo que tiene en el corazón… No, no, todavía ahora lo ignoro, ¿y lo
sabe él mismo? ¿Por qué le he dicho a mamá que a él no puede pasarle nada? ¿Qué quería
decir con eso? ¿La he perdido o no la he perdido?»
… «Ella ha visto cómo me empujaban… Ella se ha reído también, ¿o no se ha reído?
¡Por mi parte, yo me habría reído! ¡Era el espía al que estaban vapuleando, el espía…!»
«¿Y qué significa (esa idea se me ocurrió de repente), qué significa eso que él ha escrito
en esa carta infame de que el documento no estaba quemado, sino que existía aún. .. ? »
« No matará a Bioring, seguramente en estos momentos está en el traktir y se dispone a
escuchar Lucía. Pero quizá después de Lucía se irá a matar a Bioring. Bioring me ha
empujado, casi me ha pegado. ¿Me ha pegado? Bioring desdeña batirse incluso con
Versilov: ¿irá a batirse conmigo? » « ¿Debería yo quizá matarlo mañana de un tiro de
revólver, acechándolo en la calle…?» Esa idea la concebí de forma enteramente maquinal,
sin detenerme en ella to más mínimo.
En algunos instantes soñaba que la puerta iba a abrirse, dando paso a Catalina
Nicolaievna: entraría y me tendería la mano y nos echaríamos a reír los dos… ¡Ah, el
estudiante, querido mío! Esa idea se presentó, o más bien, ese deseo, cuando ya en la
habitación reinaba la oscuridad. «¿Pero tanto tiempo hace que yo estaba delante de ella y
le decía hasta la vista mientras ella me tendía la mano y se reía? ¿Cómo es posible que en
tan poco tiempo se haya interpuesto una distancia tan espantosa? ¡Ir a buscarla
sencillamente y explicarme con ella, ahora mismo, sencillamente, sencillamente! ¡Señor,
pero es un mundo completamente nuevo el que acaba de empezar! Sí, un mundo nuevo,
completamente, completamente nuevo… Lisa, el príncipe, eso es todavía cosa del tiempo
antiguo… Ahora, estoy en casa del príncipe. ¿Y maná, cómo ha podido vivir con él, si es
cierto? Yo, yo habría podido, yo puedo cualquier cosa, ¿pero ella? ¿Qué va a pasar
ahora?» Y, como en un torbellino, las siluetas de Lisa, Ana Andreievna, Stebelkov, el
príncipe, Aferdov, las siluetas de todos, desfilaron sin dejar huellas por mi cerebro
enfermo. Las ideas se hacían por momentos más informes a inasibles; me contentaba
cuando podía comprender una y recogerla.
«Tengo mi “idea” – pensé de pronto -, pero, ¿es verdad? ¿No es una frase aprendida de
memoria? Mi idea es la oscuridad y la soledad, pero ahora, ¿puedo hundirme en la oscuridad
de antes? ¡Ah, Dios mío, pero es que no he quemado el documento! Se me olvidó
quemarlo anteayer. Volveré a casa y lo quemaré sobre la bujía, sí, sobre la bujía;
únicamente que no sé si está bien lo que pienso ahora… »
Hacía ya tiempo que reinaba la oscuridad: Pedro trajo velas. Se detuvo delante de mí y
me preguntó sí había comido. Me limité a hacerle un signo con la mano. Sin embargo,
una hora después, me trajo té y me bebí ávidamente una gran taza. En seguida le pregunté
la hora. Eran las ocho y media y ni siquiera me asombré de estar allí desde las cinco.
-He venido tres veces – dijo Pedro -, pero creía que estaba durmiendo.
Yo no me acordaba de que él hubiese entrado. No sé por qué, pero de repente, muy
asustado por haberme «dormido», me levanté y me puse a caminar de arriba abajo para
no «dormirme» más. Por fin, la cabeza empezó a dolerme. A las diez en punto, el
príncipe entró y me asombré de haberlo esperado. Lo había olvidado completamente, de
una manera total.
-¡Estaba usted aquí, y yo, en cambio, he ido a buscarlo a su casa! – me dijo.
Su semblante estaba sombrío y severo, sin la menor sonrisa. En sus ojos, una idea fija.
-He estado moviéndome todo el día y he empleado todos los medios – continuó, con
aire concentrado -; todo ha fracasado y ahora es horrible… – Nota bene: no había estado
en casa del príncipe Nicolás Ivanovitch -. He visto a Jibelski, es un hombre imposible.
Mire, lo primero es tener el dinero, después veremos. Si es imposible con dinero,
entonces… Pero he decidido no pensar hoy en eso. Hoy solamente encontrar el dinero,
mañana veremos. Lo que usted ganó anteayer está todavía intacto, hasta el último copec.
Hay ahí tres mil rublos, menos tres rublos. Deduciendo lo que usted me debía, le quedan
trescientos rublos. Tómelos y añada setecientos para hacer el millar, y yo cogeré los otros
dos mil. En seguida nos iremos a casa de Zerchtchikov, nos instalaremos en dos extremos
opuestos y trataremos de ganar diez mil rublos, quizás así consigamos algo, si no… Es la
única salida que me queda.
Me miró con aire fatal.
-Sí, sí – exclamé de repente, como si resucitara -. ¡Vamos a11í! No esperaba más que a
usted…
Nótese que, en todas aquellas horas, ni un solo instante se me había ocurrido pensar en
la ruleta.
-¿Y la infamia? ¿La bajeza del acto? – preguntó de repente el príncipe.
-¿El qué? ¿El hecho de que vayamos a la ruleta? ¡Pero todo está a11í! – exclamé -. ¡El
dinero lo es todo! Nosotros sí que somos santos, usted y yo, mientras que Bioring se ha
vendido, Ana Andreievna se ha vendido, y Versilov, ¿sabe usted que Versilov es un loco?
¡Un loco! ¡Un loco!
-¿Se siente usted bien, Arcadio Makarovitch? Tiene una mirada muy rara.
-¿Dice usted eso para ir sin mí? Ahora, ya no le abandono. No en vano me he pasado
toda la noche soñando con el juego. ¡Vamos a11á!, ¡vamos a11á! -grité, como si de pronto
hubiese encontrado la solución del enigma.
-Pues bien, vamos, aunque usted tenga fiebre, y a11í…
No acabó. En su rostro había una cosa dolorosa, impresionante. Salíamos ya.
-¿Sabe usted – me dijo de pronto, parándose en el umbral – que hay todavía una salida
además del juego?
-¿Cuál?
-¡Una salida principesca!
-Pero, ¿cuál? ¿Cuál?
-Ya lo sabrá usted más tarde. Sepa solamente que ahora soy indigno de ella, de esa
salida, porque es demasiado tarde. Vamos, y acuérdese usted de mis palabras. Probemos
la salida vulgar… ¿Es que por ventura no iba yo a darme cuenta de que conscientemente,
con mi plena voluntad, voy a comportarme como un lacayo?
VI
Volé hacia la ruleta como si allí estuviesen concentradas la salud y la salvación, y sin
embargo, como ya he dicho, antes de la llegada del príncipe no había pensado lo más
mínimo en eso. Por lo demás, iba a jugar no para mí, sino con dinero del príncipe y para
el príncipe. No llego a comprender lo que me atraía, pero me sentía atraído
irresistiblemente. No, jamas aquella gentuza, aquellos rostros, aquellos ayudantes de banqueros,
aquellos gritos de jugadores, toda aquella sala innoble de Zerchtchikov me
parecieron tan repugnantes, tan sombríos, tan groseros ni tan tristes como aquella vez. Me
acuerdo muy bien del dolor y la pena que por momentos se iban apoderando de mi
corazón durante todas aquellas horas pasadas a11í, delante de la mesa. Pero, ¿por qué no
me iba? ¿Por qué resistía, como si me hubiese impuesto un trabajo, un sacrificio, una
proeza? Diré solamente esto: no sabría afirmar en verdad que tuviese entonces toda mi
razón. Y sin embargo nunca he jugado tan razonablemente como aquella noche. Estaba
silencioso y concentrado, atento y calculador hasta inspirar pánico; me mostraba paciente
y avaro, y al mismo tiempo resuelto, en los momentos decisivos. Me coloqué nuevamente
delante del zéro, es decir, una vez más entre Zerchtchikov y Aferdov, que se sentaba
siempre a la derecha de Zerchtchikov; aquel sitio me desagradaba, pero yo quería
irresistiblemente apostar al zéro, y todos los demás sitios alrededor del zéro estaban
ocupados. Llevábamos jugando ya más de una hora; por fin, vi desde mi sitio que el
príncipe acababa de levantarse y, pálido, avanzaba hacia nuestro extremo y se detenía
frente a mí, al otro lado de la mesa: había perdido todo y examinaba mi juego en silencio,
probablemente sin comprender nada de él y sin ni siquiera pensar en el juego. Precisamente
yo empezaba a ganar y Zerchtchikov me había pagado una determinada cantidad.
De pronto Aferdov, sin decir una palabra, ante mis propios ojos, con la mayor insolencia,
cogió uno de mis billetes de cien rublos y lo unió a un montón que tenía delante de él.
Lancé un grito y lo agarré por la mano. Entonces me sucedió algo inesperado incluso para
mí: estaba como disparado; todos los horrores y todas las ofensas del día se veían
bruscamente concentradas en aquel solo instante, en aquella desaparición del billete. Se
habría dicho que todo lo que estaba acumulado y comprimido en mí no aguardaba más
que aquel instante para hacer explosión.
-¡Es un ladrón! ¡Acaba de robarme un billete de cien! – exclamé, fuera de mí, mirando
alrededor.
No describo todo el tumulto que suscitaron estas palabras. Un escándalo así era una
cosa completamente nueva en aquel lugar. En el salón de Zerchtchikov la gente se
comportaba de una manera decorosa, y su casa tenía fama por eso. Pero yo no podía
dominarme. En medio del ruido y de los gritos, se oyó de repente la voz de Zerchtchikov:
-Han desaparecido, no hay más qué decir. ¡Estaban aquí! ¡Cuatrocientos rublos!
Era otra cuestión: un fajo de cuatrocientos rublos había desaparecido de la banca, bajo
las propias narices de Zerchtchikov. Zerchtchikov señalaba el sitio donde había estado el
fajo, «estaba ahí hace un momento», y aquel sitio se encontraba muy cerca de mí, me
rozaba, rozaba el sitio donde estaba mi dinero, en una palabra, estaba infinitamente más
cerca de mí que de. Aferdov.
-¡El ladrón está aquí! ¡Es él quien ha robado también eso, regístrenlo! – exclamé,
señalando a Aferdov.
-Todo esto proviene – empezó a decir una voz imponente y atronadora en medio de los
gritos – de que se permite entrar aquí a toda clase de gente. ¡Gente sin recomendación!
¿Quién lo ha traído? ¿Quién es?
-Un cierto Dolgoruki.
-¿El príncipe Dolgoruki?
-Ha sido el príncipe Sokolski quien lo ha traído – gritó alguien.
-¡Escuche, príncipe! – le grité fuera de mí, a través de la mesa -, creen que soy yo el
ladrón; cuando se me acaba de robar hace un momento. ¡Dígales, dígales quién soy!
Entonces se produjo la cosa más espantosa de todas las que habían sucedido aquel día…
a incluso de las que me habían sucedido en toda mi vida: el príncipe renegó de mí. Vi
cómo se encogía de hombros y, en respuesta a las preguntas que llovían sobre él, declaró
con voz limpia y cortante:
-Yo no respondo de nadie. Les ruego que me dejen en paz.
Sin embargo, Aferdov se erguía en medio de la multitud, reclamando en voz alta que lo
registraran. Ya se sacaba los forros de los bolsillos. Pero a sus reclamaciones se respondía
con gritos:
-¡No! ¡No!, ¡el ladrón, ya sabemos quién es!
Dos criados, llamados con anterioridad, me agarraron por detrás, cogiéndome por los
brazos.
-¡No me dejaré registrar, no lo permitiré! – grité, tratando de soltarme.
Pero me arrastraron a una habitación contigua y allí, en medio de la multitud, se me
registró completamente, hasta el último pliegue. Yo gritaba y me debatía.
-Sin duda ha tirado el dinero al suelo, será conveniente buscar – propuso alguien.
-Pero, ¿buscar dónde, en el suelo?
-Debajo de la mesa. Sin duda ha tenido tiempo de echar los billetes allí.
-Lo más seguro será que no quede ya ni rastro.
Se me condujo a la fuerza, pero Sin embargo pude pararme en el umbral y gritar,
poseído de una rabia loca:
-¡La ruleta está prohibida por la policía! ¡Hoy mismo les denunciaré a todos!
Se me hizo bajar la escalera, me echaron encima el abrigo y… abrieron delante de mí la
puerta de la calle.
CAPÍTULO IX
I
El día había terminado con una catástrofe, pero quedaba el resto de la noche. He aquí lo
que recuerdo de aquellas horas.
Creo que era poco más de medianoche cuando me vi en la calle. La noche era clara,
tranquila y fría. Yo casi corría, con una prisa febril, pero no hacia mi casa. «¿Para qué
volver a entrar en casa? ¿Es que puede tratarse ahora de ir o no ir a una casa? En una casa
se vive, mañana me despertaré para vivir: ¿es posible, ahora? La vida se ha acabado,
imposible vivir, ahora.» Erré pues por las calles, sin distinguir adónde iba a ignoro por lo
demás si quería ir a alguna parte. Tenía mucho calor y de vez en cuando me abría mi
pesada pelliza de tejón. «En lo sucesivo ninguna acción, me parecía en aquel momento,
puede tener objeto alguno.» Cosa extraña: me parecía sin cesar que todo, alrededor de mí,
incluso el aire que respiraba, pertenecía a otro planeta, como si de pronto me hubiese
trasladado a la Luna. Todo, la ciudad, los transeúntes, la acera sobre la que corría, todo
aquello no tenía nada que ver conmigo. «Esto es la plaza de los Palacios; esto es San
Isaac – me decía yo -, pero ahora no tengo nada que ver con ellos.» Todo se había hecho
desconocido, todo había cesado bruscamente de ser para mí. «Yo tenía a mamá, a Lisa;
pues bien, ¿qué me importan ahora Lisa y mamá? Todo se ha acabado, todo ha llegado de
repente al fin, excepto una cosa: que soy un ladrón para toda la eternidad.»
«¿Cómo demostrar que no soy un ladrón? ¿Es posible, ahora? ¿Marcharme a América?
Y bien, ¿qué demostraré con eso? Versilov será el primero en creer que he robado. ¿”La
idea”? ¿Qué “idea”? ¿Qué es ahora “la idea”? Dentro de cincuenta años, de cien años,
cuando yo pase, siempre habrá alguien para decir, señalándome con el dedo: Ése es un ladrón.
Estrenó “su idea” robando dinero en la ruleta…»
¿Tenía yo rencor? No sé nada de eso. Tal vez sí. Es raro, pero siempre he tenido, quizá
desde mi más temprana infancia, este rasgo característico: si se me hace daño, si. ese
daño se lleva hasta el colmo, si se me ofende hasta el límite máximo, siento siempre un
deseo insaciable de someterme pasivamente al ultraje a incluso de it más allá de los
deseos del ofensor: «Bueno, usted me ha humillado. Pues bien, yo mismo me humillaré
todavía más. ¡Mire, asómbrese! » Tuchard me azotaba y quería demostrar que yo era un
criado y no un hijo de senador. Pues bien, yo me acomodaba inmediatamente a mi papel
de criado, no me limitaba a alargarle su ropa, sino que yo mismo cogía el cepillo y me
imponía el deber de quitarle hasta la última mota de polvo, sin que él me to hubiese
pedido a ordenado; to perseguía a veces, con el cepillo en la mano, en el ardor de mi celo
de criado, para quitarle hasta la rnás pequeña suciedad que llevara en el traje, hasta el
punto de que, a veces, era él mismo quien me frenaba: « ¡Basta, hasta ya, Arcadio, es
suficiente! » Cuando volvía a casa y se quitaba el abrigo, yo se lo cepillaba, lo doblaba
cuidadosamente y lo cubría con un trapo de seda con un dibujo de cuadraditos. Yo sabía
que los camaradas se burlaban de mí y me despreciaban, lo sabía muy bien, pero eso era
lo que me agradaba: « Habéis querido que sea criado, ¡pues lo soy! ¡Si hay que ser un
tipo lacayuno, serlo hasta el final!» (106). Aquel odio pasivo y aquel rencor secreto, he
podido conservarlos durante años. En casa de Zerchtchikov, había gritado,
completamente fuera de mí, a toda la sala: «Los denunciaré, la ruleta está prohibida por la
policía»; pues bien, lo juro, había en eso un sentimiento de la misma clase: se me habia
humillado, registrado, tratado públicamente como ladrón, matado, en una palabra. « ¡Pues
bien!, sépanlo todos, ustedes lo han adivinado, no soy solamente un ladrón, soy también
un denunciante.» Al acordarme hoy, así es como lo explico y resumo todo esto; pero
entonces no se trataba de analizar; lancé ese grito sin intención; un segundo antes no
sabía que iba a lanzarlo; salió de mí mismo, pero porque aquel rasgo estaba ya en mí.
En el momento en que corría, el delirio había empezado desde luego, pero me acuerdo
muy bien de que obraba conscientemente. Sólo que, lo digo con toda seguridad, un ciclo
entero de ideas y de conclusiones me estaba ya cerrado: incluso en aquel momento yo
sentía aparte de mí mismo que «podía tener ciertos pensamientos, y no podía en absoluto
tener otros determinados». De la misma manera, algunas de mis decisiones, aunque
tomadas con una conçiencia lúcida, podían entonces no tener la menor lógica interna.
Aún más,, me acuerdo muy bien de que en ciertos momentos podía tener perfecta
conciencia de la absurdidad de una decisión y, al mismo tiempo, emprender
inmediatamente y de una manera concienzuda su puesta en práctica. Sí, el crimen me
acechaba aquella noche y sólo por una casualidad no llegó a realizarse.
Súbitamente me vino al recuerdo la frase de Tatiana Pavlovna sobre Versilov: «Que
vaya a la línea de ferrocarril Nicolás (107) y que ponga la cabeza sobre los raíles; se la
cortarán limpíamente.» Aquel pensamiento dominó por un instante todo mi ánimo, pero
lo rechacé en seguida y con dolor: «¿Poner la cabeza sobre los raíles y morir? Pero
mañana se dirá: si lo ha hecho, es que ha robado, se ha avergonzado. ¡No, nunca! »Pues
bien, en aquel instante, me acuerdo con toda claridad, hubo de repente en mí la chispa de
un odio terrible. « ¿Pues qué, me decía, será imposible ahora justificarse, imposible
comenzar una nueva vida? Será preciso pues someterse, hacer de criado, de perro, de
mosca, de denunciante, el verdadero denunciante ahora, y durante ese tiempo prepararme
muy dulcemente y, un buen día, hacerlo saltar todo, aniquilarlo todo, a todo el mundo,
culpables a inocentes. Entonces todo el mundo sabrá de pronto que es aquel a quien se ha
tratado de ladrón… Y solamente entonces matarme.»
No sé cómo llegué a una calleja próxima al bulevar de los Caballeros-Guardias (108).
Estaba bordeada a los dos lados, en más de un centenar de pasos, por altas murallas que
servían de vallado a patios traseros. Detrás de una de ellas, a la izquierda, vi un inmenso
montón de madera, un verdadero montículo que sobrepasaba al muro más de dos metros.
Me detuve repentinamente y me puse a reflexionar. Llevaba en el bolsillo cerillas-velas
en una cajita de plata. Lo repito, tenía entonces una conciencia clara de to que meditaba y
quería hacer, y por eso me acuerdo aún hoy día de aquello, pero ignoro en absoluto la
razón por la que quería hacerlo. Me acuerdo solamente de que de pronto se apoderó de mí
este deseo. «Trepar a lo alto del muro es perfectamente posible», razoné; había
precisamente, a dos pasos de a11í, una puerta de cochera cerrada sin duda desde hacía
largos meses. «Poniendo el pie en el reborde de abajo – continué reflexionando -, se
puede, agarrándose a lo alto de la puerta, trepar sobre el muro, y nadie verá nada; ¡nadie!,
¡silencio completo! Arriba sobre el muro me instalaré cómodamente y prenderé fuego a
la madera. Es fácil, incluso sin volver a bajar, puesto que la madera casi roza con el
muro. Con el frío seco, el fuego no puede. menos que prender muy bien; no hay más que
alcanzar con la mano una rama de abedul… ¿y por qué precisamente un rama?, se puede
directamente, sentado sobre el muro, arrancar con la mano un poco de corteza y prenderle
fuego con la cerilla, prenderle fuego y lanzarla inmediatamente en medio de la madera, y
es el incendio. Por mi parte, saltaré abajo del muro y me iré; no vale la pena ni siquiera
de echarse a correr, porque tardarán mucho tiempo en darse cuenta…» (109). Razoné todo
aquello y bruscamente me decidí de una manera definitiva. Experimenté un placer extremado,
un profundo gozo, y trepé. Sabía trepar muy bien: ya en el Instituto, la gimnasia
era mi fuerte; pero los zapatos tenían suelas de goma y eso fue una dificultad. Logré sin
embargo llegar con una mano a un reborde apenas perceptible y empecé a izarme; iba a
lanzar la otra mano para sujetarme al filo del muro, cuando de repente perdí pie y me caí
de espalda, Supongo que di con la nuca en el suelo y me quedé sin duda uno o dos
minutos sin conocimiento. A1 volver en mí cerré maquinalmente mi pelliza, porque
sentía un frío insoportable, y, todavía sabiendo apenas to que estaba haciendo, me arrastré
hacia un rincón de la puerta cochera y me encogí a11í, acurrucado, vuelto sobre mí
mismo, en un hueco entre el portal y la salida del muro. Mis ideas estaban en completo
desorden, y, sin duda, me amodorré muy pronto. Me acuerdo ahora como en un sueño de
que de golpe resonó en mis oídos un tañido de campanas profundo y pesado, y que
escuché con delicia…
II
La campana tañía precisamente una vez cada dos o cada tres segundos; sin embargo, no
era el doble de difuntos, sino un sonido agradable y amplio, y lo reconocí
inmediatamente: ¡pero si es un toque de campanas muy conocido, es el de San Nicolás, la
iglesia bermeja frente a la casa de Tuchard! : una antigua iglesia moscovita, de la que me
acuerdo tan bien, construida bajo Alexis Mikhailovitch, con sus encajes, sus múltiples
cúpulas, sus columnas. La semana de Pascuas acaba de terminar, sobre los raquíticos
abedules del jardín de los Tuchards tiemblan ya las hojas verdes recién nacidas. El sol
vivo del final de la tarde vierte sus rayos oblicuos (110) en nuestra clase y yo, en mi
cuartito de la izquierda, donde Tuchard me ha relegado hace ya un año, lejos de los «hijos
de condes y senadores», tengo una invitada. Sí, niño sin nacimiento, tengo una invitada,
por primera vez desde que estoy en casa de Tuchard. Y la he reconocido desde que entró:
era mamá; aunque, desde la época en que me hacía comulgar en la iglesia del pueblo y en
que la paloma atravesaba la cúpula (111), no la haya visto ni una sola vez. Estábamos
a11í los dos, y yo la examinaba de una manera curiosa. Más tarde, muchos años después,
he sabido que en aquel momento, habiéndose quedado sola, sin Versilov, que había salido
súbitamente para el extranjero, ella había venido a Moscú por su propia autoridad, con su
poquísimo dinero, casi ocultándose de los que debían cuidarse de ella, y eso únicamente
para verme. Era desde luego una cosa rara: al entrar, había hablado con Tuchard, pero a
mí no me había dicho que era mi madre. Estaba a11í cerca de mí, y, me acuerdo, me
asombré de oírla hablar tan poco. Traía un paquete, que abrió: había dentro seis naranjas,
algunos pasteles de pasta de especias y dos panecitos blancos. Me enfadé al ver aquellos
panes, y respondí con aire ofendido que nos daban muy bien de comer y que cada día nos
entregaban con el té un pan entero.
-Es igual, hijo mío, yo me había dicho ingenuamente: «Quizá les dan mal de comer en
esa escuela.» No te enfades por eso conmigo, querido mío.
-Y Antonina Vassilievna (la mujer de Tuchard) se enfadará. Los camaradas también
van a burlarse de mí…
-Entonces, ¿no los quieres? Sin embargo, puede ser que te los comas, ¿no?
-Déjelos usted, si quiere…
Ni siquiera toqué aquellos regalos; las naranjas y los panes de especias estaban sobre la
mesa delante de mí, y yo seguía a11í sentado con los ojos bajos, pero con un gran aire de
dignidad. Quién sabe, quizá yo tenía también ganas de no ocultarle que su visita me
avergonzaba ante los camaradas; de demostrárselo un poquito, para que ella
comprendiera: «Ya ves, me das vergüenza, y por tu parte tú no lo comprendes.» ¡Yo, que
ya. en aquellos momentos corría detrás de Tuchard con el cepillo en la mano para quitarle
la más pequeña mota de polvo! Me imaginaba también las burlas que tendría que sufrir
por parte de los otros niños desde que ella se marchara, y quizá también por parte de
Tuchard en persona, y no había en mi corazón ni un solo buen sentimiento para ella.
Miraba de reojo su vestido oscuro y viejo, sus manos bastante groseras, casi de
trabajadora, sus zapatos completamente bastos y su rostro muy enflaquecido; la frente la
tenía ya surcada por pequeñas arrugas, aunque Antonina Vassilievna me dijese aquella
misma noche, después de su marcha:
-Su maman no ha debido estar mal en otros tiempos.
Estábamos, pues, así, cuando Ágata entró con una bandeja sobre la cual había una taza
de café. Era por la tarde, y los Tuchard, a aquella hora, tomaban siempre el café en casa,
en el salón. Pero mamá dio las gracias y no aceptó la taza: supe después que no tomaba
nunca café, porque le producía palpitaciones. Los Tuchard, en su intimidad, consideraban
su visita y la autorización que se le había concedido para verme como una extrema
condescendencia por su parte, de forma que la taza de café enviada a mi madre era por así
decirlo el colmo de la humanidad, una hazaña que, siendo todas las cosas relativas, hacía
un honor extremado a sus sentimientos de personas civilizadas y a sus conceptos
europeos. Pero, como si lo hubiese hecho aposta, mi madre la rehusó.
Se me llamó a casa de los Tuchard. Él me dijo que cogiese todos mis cuadernos y todos
mis libros y se los enseñase a mi madre.
-Para que vea lo mucho que usted ha progresado ya en mi colegio.
Entonces Antonina Vassilievna, con los labios fruncidos, me susurró por su parte, en
tono burlón:
-Creo que nuestro café no le ha agradado a su maman.
Recogí mis cuadernos y se los llevé a mi madre, que estaba esperando. Pasé delante de
«los hijos de condes y de senadores», apiñados en la clase y que nos espiaban á los dos.
Incluso hallé un placer especial ejecutando la orden de Tuchard con una exactitud
rigurosa. Abría metódicamente mis cuadernos y explicaba:
-Éstas son las lecciones de Gramática Francesa. Aquí están los dictados. Aquí, la
conjugación de los verbos auxiliares avoir y étre. Aquí, la Geografía, la descripción de
las principales ciudades de Europa y de todas las partes del mundo, etc.
Durante una media hora larga o más, expliqué todo aquello con una vocecita
cadenciosa, bajando los ojos como un niño bien educado. Yo sabía que mama no entendía
nada de ciencias, que quizá no sabía escribir, pero por eso me agradaba tanto más mi
papel. No llegué sin embargo a fatigarla. Escuchaba todo sin interrumpirme, con una
extremada atención y casi con lástima, tanto, que al final me cansé y terminé por mi
cuenta. Por lo demás, su mirada estaba triste y no sé qué cosa lastimera se leía en su
rostro.
Se levantó por fin, para irse. De repente entró Tuchard en persona. Con una gravedad
imbécil, le preguntó si estaba contenta de los progresos de su hijo. Mamá balbuceó infinitas
gracias. Entonces llegó Antonina Vassilievna. Mi madre les rogó a los dos que no
abandonasen al huérfano, «puesto que ahora casi es un huérfano, continúen ustedes con él
su obra de caridad…». Y, con lágrimas en los ojos, saludaba a los dos, a cada uno por
separado, a cada uno con un profundo saludo, como hacen las gentes del «pueblo»
cuando vienen a pedir algo a señores importantes. Los Tuchard no esperaban tanto, y
Antonina Vassilievtia se ablandó visiblemente; sin duda cambió en seguida de conclusión
en cuanto a la taza de café. Tuchard, redoblando su gravedad, respondió, muy humanitario,
que él no hacía «distinción entre los niños, que todos aquí eran sus hijos y él el
padre de todos, que yo estaba casi al mismo nivel que los hijos de los senadores y de los
condes, y que eso era tanto más de apreciar… », etc., etc. Mi madre se deshacía en
saludos, pero al fin, confusa, se volvió hacia mí y dijo, brillándole las lágrimas en los
ojos:
-Adiós, hijo mío.
Me besó, o más bien le permití que me besara. Se le notaba que habría querido besarme
más, estrecharme contra ella, pero, bien porque le diera vergüenza de hacerlo delante de
la gente, bien porque estuviese poseída por la pena, o bien porque adivinase que yo me
avergonzaba de ella, el caso es que después de un último saludo a los Tuchard, se
apresuró a dirigirse hacia la salida. Yo me quedé a11í plantado.
-Mais suivez donc votre mère – dijo Antonina Vassilievna-. Il n’a pas de coeur, cet
enfant!
Tuchard, en respuesta, se encogió de hombros, lo que quería decir: «Para que veas que
no es por capricho por lo que te trato como a un criado.»
Dócilmente, bajé detrás de mi madre; salimos a la escalinata. Yo sabía que los demás
me miraban ahora por la ventana. Mi madre se volvió hacia la iglesia a hizo la señal de la
cruz tres veces, con ademanes profundos; sus labios temblaban; una campana grave tañía,
regular y sonora, en lo alto del campanario. Se volvió hacia mí y no resistió más: me puso
las dos manos en la cabeza y se deshizo en lágrimas.
-Basta, mamá… me da vergüenza… nos están viendo por la ventana…
Retrocedió y se turbó:
–Bueno, que el Señor… que el Señor sea contigo… Que los ángeles del cielo te guarden
y la Santísima Virgen y San Nicolás… ¡Señor! ¡Señor! – repetía ella con palabras precipitadas
signándome una y otra vez, tratando de depositar en mí más y más cruces y más y
más aprisa -, ¡querido mío, querido mío! Pero espera un poco…
Rápidamente se metió la mano en el bolsillo y se sacó un pañuelo, un pañuelo azul a
cuadros, con un pico fuertemente anudado y el cual nudo se puso a deshacer… Pero no lo
conseguía. . .
-Bueno, es igual, quédate con el pañuelo, está completamente limpio, quizá pueda
servirte. Hay ahí cuatro moneditas, creo que podrán servirte para algo. No te enfades
conmigo, hijo mío, no tengo más… no te enfades, querido mío.
Cogí el pañuelo; quise hacerle notar que «se nos trataba muy bien por parte del señor
Tuchard y de Antonina Vassilievna y que no carecíamos de nada», pero me contuve y
acepté el pañuelo.
Volvió a trazarme la señal de la cruz, farfulló aún no sé qué oración y de pronto,
completamente de improviso, me hizo, exactamente igual que allá arriba les había hecho
a los Tuchard, un saludo profundo, lento y largo; ¡no lo olvidaré jamás! Me estremecí
desde la cabeza hasta los pies, sin saber yo mismo por qué. ¿Qué quería ella decir con
aquel saludo? Ignoro si era «su falta que reconocía delante de mí» como me to imaginé
muchísimo después. Pero entonces, una vez más me dio vergüenza, porque «ellos estaban
a11á arriba mirando, y quizá Lambert iba a pegarme».
Por fin, ella se fue. Las naranjas y los panes de especias habían sido ya comidos mucho
antes de mi regreso por los hijos de los condes y de los senadores, y las cuatro moneditas
me las quitó en seguida Lambert. Con ese dinero compraron en la confitería un montón
de cocholate y de pasteles y ni siquiera me los dieron a probar.
Han pasado seis meses. Estamos ahora en octubre; viento y temporales. He olvidado
completamente a mi madre; el odio, un odio sordo contra todo, ha penetrado ya en mi
corazón, lo ha impregnado completamente; en vano cepillo como antes los trajes de
Tuchard, lo detesto ahora con todas mis fuerzas y cada día más. Ahora bien, un día, a la
hora triste del crepúsculo, estando rebuscando en mi maleta, vi de pronto en un rincón su
pañuelo de batista azul; estaba a11í desde el día en que lo guardé. Lo saqué y lo miré
incluso con una cierta curiosidad; el pico conservaba aún las señales bien visibles del
nudo y hasta la marca redonda de una moneda; por lo demás, volví a poner el pañuelo en
su sitio y cerré la maleta. Era víspera de fiesta y las campanas empezaron a sonar para los
oficios de la noche. Después de la comida, los alumnos se habían ido con sus familias,
pero esta vez Lambert se había quedado, porque no lo habían mandado a buscar. Continuaba
pegándome como antes, pero ahora me confiaba muchas cosas y tenía necesidad de
mí. Hablamos toda la tarde de las pistolas de Lepage (112), que no habíamos visto ninguno
de los dos; de los sables quirguices y de los golpes que se pueden dar con ellos; del
buen negocio que sería organizar una banda de ladrones, y por fin Lambert vino a parar a
su conversación favorita, sobre un tema asqueroso, y era en vano que yo me asombrara,
me gustaba muchísimo escucharlo. Pero aquella vez me resultó de repente insoportable y
le dije que me dolía la cabeza. A las diez nos fuimos a acostar; escondí la cabeza debajo
de la manta y saqué de debajo de la almohada el pañuelo azul: yo había vuelto una hora
antes para sacarlo de mi maleta y, en cuanto nuestras camas quedaron hechas, lo había
metido debajo de la almohada. Lo apreté contra mi rostro y me puse a besarlo.
-Mamá, mamá – le susurraba yo a aquel recuerdo, y tenía todo el pecho apretado como
dentro de un tubo.
Al cerrar los ojos volvía a ver su rostro de labios temblorosos en el momento en que se
persignaba delante de la iglesia y trazaba en seguida sobre mí el signo de la cruz,
mientras que yo le decía: «Me da vergüenza, nos están mirando.»
«Mamá, mi mamaíta, por lo menos una vez en mi vida te he tenido conmigo… ¿Dónde
estás ahora, mi visitante lejana? ¿Te acuerdas tú ahora de tu pobre niñito que viniste a
ver…? Muéstrate ahora una sola vez más, ven a verme por lo menos en sueños, que yo te
diga cuánto te quiero, que pueda abrazarte y besar tus azules ojos, decirte que ahora ya no
me da vergüenza de ti, que también te quería entonces y que mi corazón sufría, mientras
que me quedaba a11í inmóvil como un criado. ¡Tú no sabrás nunca, mamá, cuánto te
quería entonces! Mi mamaíta, ¿dónde estás ahora, me oyes? Mamá, mamá, : te acuerdas
de la paloma, en el pueblo… ? »
-¡Demonios!, ¿qué le pasa a éste? -gruñe Lambert desde su cama -. ¡Espera un poco!
No deja dormir a la gente.
Helo ahí que salta por fin de su cama, corre a la mía y trata de arrancarme la manta,
pero me agarro a ella sólidamente, a esa manta bajo la que está escondida mi cabeza.
-Estás llorando, ¿por qué tienes que ponerte a gemir ahora, idiota? ¡Encaja esto! ¡Toma!
– y me golpea, me da puñetazos en la espalda, en las costillas, me hace más y más daño
y… de pronto abro los ojos.
Es ya completamente de día, la helada brilla sobre la nieve, sobre el muro… Estoy
sentado, acurrucado, medio muerto, entumecido dentro de mi pelliza, y alguien se yergue
delante de mí, me despierta, con fuertes injurias y golpeándome las costillas con la punta
de su pie derecho. Me enderezo y miro: un hombre en una rica pelliza de piel de oso,
gorro de cebellina, ojos negros, dientes blancos brillando sobre mí, blanco, bermejo, un
rostro como una máscara… Se ha inclinado sobre mí, y a cada soplo de su boca se escapa
un vapor helado:
-¡Estás helado, rnaldito borracho, idiota! ¡Vas a quedarte ahí helado como un perro! ¡En
pie, en pie!
-¡Lambert! – exclamé.
-¿Quién eres tú?
-Dolgoruki.
-¿Qué Dolgoruki?
-¡Dolgoruki a secas! … Tuchard… El mismo a quien le clavaste un tenedor en el muslo
en la taberna…
-¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! – exclamé, sonriéndose con una sonrisa de hombre que se acuerda.
(¿Sería posible que me hubiese olvidado?)–. ¡Ahl ¡Entonces eres tú!
Me endereza, me pone en pie; me cuesta trabajo sostenerme, moverme; me conduce
aguantándome con la mano. Me mira a los ojos, como pará acordarse y comprender, y me
escucha con toda atención; por mi parte balbuceo también con todas mis fuerzas sin
pausa y sin descanso, y estoy contento, contento de hablar y contento de que sea Lambert.
¿Es porque se me ha aparecido como «la salvación», o bien me he echado en sus brazos
en ese momento porque te he tomado por un hombre de otro mundo? Lo ignoro, yo no
razonaba entonces, pero me he echado en sus brazos sin razonar. No me acuerdo en
absoluto de lo que dije entonces, y sin duda no debía de ser nada coherente; ni siquiera
debía de pronunciar con claridad; pero él me escuchaba con mucha atención. Detuvo al
primer coche de alquiler que se presentó ~y unos cuantos minutos después estaba ya
calentito, en su habitación.
III
Todo hombre, quienquiera que sea, conserva desde luego el recuerdo de algún incidente
personal que considera o se siente inclinado a considerar como algo fantástico, insólito,
fuera de to ordinario, casi maravilloso: sueño, encuentro, predicción, presentimiento o
cualquier otra cosa por el estilo. Hasta ahora me siento inclinado a ver en aquel encuentro
con Lambert algo incluso profético… Por lo menos a juzgar por sus circunstancias y sus
consecuencias. Todo aquello sucedió, por lo menos en cierta manera, de la forma más
natural del mundo: él volvió sencillamente de una de sus ocupaciones nocturnas (la cual
se pondrá en claro más adelante), medio borracho, y, al detenerse un momento delante de
una puerta cochera, me vio. Estaba en Petersburgo desde hacía algunos días solamente.
La habitación a la que me vi transportado era un cuartito amueblado con mucha
sencillez, de un vulgar estilo petersburgués de segunda categoría. Por lo demás, Lambert
estaba vestido lujosamente y de una manera admirable. En el suelo estaban tiradas dos
maletas, vaciadas únicamente a medias. Un rincón del cuarto estaba aislado por un
biombo, que ocultaba la cama.
-Alphonsine! – gritó Lambert.
-Présente! – respondió desde detrás del biombo una temblorosa voz femenina de acento
parisiense y, dos minutos después, todo lo más, apareció mademoiselle Alphonsine vestida
a la ligera, en peinador, en salto de cama.
Una criatura singular, grande y seca como una viruta, joven, morena, de talle alto,
rostro alargado, ojos saltones y mejillas hundidas, una criatura terriblemente estropeada.
-¡Aprisa! – Traduzco, porque él le hablaba en francés-. En casa de ellos debe de haber
un samovar que puedan prestarnos. Pronto, agua hirviendo, vino tinto y azúcar, un vaso a
toda prisa; está helado. Es amigo mío… Ha pasado la noche en la nieve.
-Malheureux! – exclamó ella, torciéndose las manos en un gesto teatral.
-¡Vamos! ¡Andando! – gritó Lambert como si se dirigiera a un perro y amenazándola
con el dedo; ella dejó en seguida de hacer gestos y corrió a ejecutar la orden.
Él me examinó y me palpó, me tomó el pulso, me tocó la frente, las sienes.
-Es extraño – rezongaba – que no estés completamente helado… Cierto que estabas
completamente embutido en tu pelliza, incluyendo la cabeza, como si te hubieses metido
en una madriguera.
El vaso de agua caliente hizo su aparición, me lo tragué con avidez y me reanimó en
seguida; nuevamente me puse a balbucear; estaba medio recostado en el rincón, sobre el
diván, y no dejaba de hablar, me aturdía a fuerza de palabras, pero no me acuerdo apenas
de lo que contaba de aquella manera; hay momentos, incluso episodios enteros, que he
olvidado completamente. Lo repito: ignoro si él comprendió algo de mis relatos; pero en
seguida adiviné desde luego una cosa: que me había comprendido lo bastante para extraer
la conclusión de que aquel encuentro conmigo no había que pasarlo por alto… Explicaré
en seguida, cuando qué podían consistir sus cálculos.
Yo no estaba solamente muy animado, estaba ihcluso, según creo, más y más alegre por
momentos. Me acuerdo del sol que de pronto alumbró la habitación cuando se levantaron
las cortinas, y de la estufa que empezó a crepitar cuando la encendieron, aunque no me
acuerdo de quién la encendió ni cómo. Me acuerdo también de1 minúsculo perrito negro
que mademoiselle Alphonsine tenía entre las manos, apretándolo coquetamente sobre su
corazón. Aquel perrito me distraía muchísimo, tanto que incluso dejé de hablar y tendí las
manos hacia él en dos ocasiones, pero Lambert hizo una señal, y Alphonsine con -su
perro desaparecieron instantáneamente al otro lado del biomho.
E1 mismo estaba muy silencioso, sentado frente a mí, y me escuchaba muy inclinado
hacia delante, sin separarse; a veces sonreía con una sonrisa larga y lenta, enseñaba los
dientes y guiñaba los ojos, como en un esfuerzo por comprender y adivinar. He
conservado el recuerdo claro de que cuando le conté la historia del «documento», no me
era posible explicarme claramente y ofrecer un relato que tuviese cierta coherencia: veía
demasiado bien eü su rostro que no llegaba a comprenderme; incluso se arriesgó a
hacerme una pregunta, cosa que era peligrosa, puesto que, en cuanto se me interrumpía,
yo cambiaba de tema y me olvidaba de lo que estaba hablando. Ignoro el tiempo que
estuvimos charlando así y casi me es imposible hacer el menor cálculo. Él se levantó de
pronto y llamó a Alphonsine.
-Hay que dejarlo tranquilo. Quizás haga falta llamar al doctor. Que se haga todo lo que
pida, es decir… vous comprenez, ma fille. Vous avex de l’argent? ¿No? ¡Helo aquí!
Y sacó un billete de diez rublos; luego le susurró algo:
-Vous comprenez!, vous comprenez! – decía él amenazándola con el dedo y frunciendo
severamente las cejas.
Vi que ella temblaba mucho delante de él.
-Volveré. Tú – me dijo sonriendo -, duerme; es lo mejor que puedes hacer.
Cogió su sombrero.
-Mais vous n’avex pas dormi du tout, Maurice! – gritó Alphonsine, toda patética.
-Taisez-vous, je dormirai après – y salió.
-Sauvée! – murmuró ella patéticamente, mostrándome el dorso de su mano.
-Monsieur, monsieur! – Se puso en seguida a declamar, colocándose en medio de la
habitación –: Jamais homme ne fut si cruel, si Bismarck, que cet être, qui regarde une
femme comme une saleté de hasard. Une femme, quest-ce que ça dans notre époque?
“Tue la!”, voilà le dernier mot de l’Académie f rançaise. ..! (* ).
Abrí los ojos de par en par, veía doble, percibïa ahora a dos Alphonsines… Noté de
repente que la mujer estaba llorando, me estremecí y me di cuenta de que me hablaba
desde hacía muchísimo tiempo y que, por consiguiente, todo aquel rato yo había estado
dormido o me había quedado sin conocimiento,
-…Hélas! de quoi m’aurait servi de le découvrir plus tôt – exclamó – et n’aurais-je pas
autant gagné à tenir ma honte cachée toute ma vie? Peut-être nest-il pas honnête à une
demoiselle de s’expliquer si librement devant monsieur, mais enfin je vous avoue que, s’il
m’était permis de vouloir quelque chose, oh! ce serait de lui plonger au coeur mon couteau,
mais en détournant les yeux, de peur que son regard exécrable ne f ît trembler mon
bras et ne glaçât mon courage! Il a assassiné ce pope russe, monsieur, il lui arracha sa
barbe rousse, pour la vendre à un artiste en cheveux au pont des Maréchaux, tout près de
la maison de monsieur Andrieux: hautes nouveautés, articles de Paris, linge, chemises,
vous savez, nest-ce pas… Oh!, monsieur, quand l’amitié rassemble à table épouse,
enfants, soeurs, amis, quand une vive allé gresse en f lamme mon coeur, je vous le
demande, monsieur: est-il bonheur preférable à celui dont tout jouit? Mais il rit,
monsieur, ce monstre exécrable et inconcevable, et si ce n’était pas par l’entremise de
monsieur Andriéux, jamais, oh!, jamais je ne serais… Mais quoi, monsieur, qu’avez-vous,
monsieur? (* * ).
(*) Jamás ha habido hombre tan cruel, tan Bismarck, como este individuo, que
considera a una mujer una porquería del azar. Una mujer, ¿qué es eso en nuestra época? «
¡Mátala! », he ahí la última palabra de la Academia francesa.
(**) ¡Ay! ¿De qué me habría servido descubrirlo antes y no habría ganado lo mismo
manteniendo oculta mi vergüenza toda mi vida? Quizá no sea decente para una señorita
explicarse tan libremente delante del caballero, pero, en fin, le confieso a usted que, si me
estuviese permitido desear algo, ¡oh!, sería clavarle en el corazón un cuchillo, pero
apartando los ojos, por miedo a que su mirada execrable hiciese temblar mi brazo y
helara mi valor. Ha asesinado a ese pope ruso, señor, le arrancó su barba roja, para
vendérsela a un peluquero en el puente de los Mariscales, muy cerca de la casa de
monsieur Andrieux, altas novedades, artículos de París, ropa interior, camisas, usted sabe,
¿verdad…? ¡Oh!, caballero, cuando la amistad reúne en la mesa esposa, hijos, hermanas,
amigos cuando una viva alegría inflama mi corazón, le pregunto caballero: ¿hay felicidad
preferible a esa én la que todo goza? Pero él río, caballero, ese monstruo execrable a
inconcebible, y ei no fuera por la mediacián de monsiems Andrieux, jamás, ¡oh!, jamás
estaría yo… Pero, ¿ qué, caballero, qué tiene usted, caballero?
Se lanzó hacia mí: yo tenía escalofríos; creo, quizá incluso me desmayé. No sabría
explicar la impresión lasti.mera y dolorrosa que me causaba aquella criatura medio loca.
Quizá se figuraba que era su deber distraerme, en todo caso no me abandonaba un
instante. Quizá había sido actriz en sus tiempos; declamaba, gesticulaba, hablaba sin
interrupción, mientras que yo estaba callado ya hacía mucho tiempo. Todo lo que pude
comprender de sus discursos fue que había tenido relaciones íntimas con “la maison de
monsieur Andrieux, hautes nouveautés, articles de Paris”, etc., a incluso que ella salía
quizá de “la maison de monsieur Andrieux”, pero que le había sido arrancada para
siempre a monsieur Andrieux, par ce monstre furieux et inconcevable, y en aquello era en
lo que consistía su tragedia.:. Sollozaba, pero me parecía que era solamente para guardar
las formas y que no lloraba en absoluto; yo tenía a veces la impresión de que iba a caerse
toda ella convertida en polvo, como un esqueleto; hablaba con voz ahogada, temblorosa;
la palabra préférable, por ejemplo, la pronunciaba préféa-ble y sobre la sílaba a hacía oír
un balido de oveja. Cuando hube recobrado el conocimiento, la vi que hacía piruetas en
medio de la habitación, pero sin bailar, porque aquella pirueta estaba relacionada con su
relato, que ella animaba de esa forma. Repentinamente se lanzó y abrió un pequeño
piano, viejo y desafinado, que había en la habitación, aporreó las teclas y cantó… Creo
que, durante unos diez minutos o más, perdí el conocimiento y me dormí, pero el perrito
ladró y abrí los ojos: me había vuelto la conciencia, por un instante y repentinamente,
alumbrándome con toda su luz; asustado, me puse en pie de un salto.
« ¡Lambert, estoy en casa de Lambert!», me dij.e y, tomando mi sombrero, me lancé
sobre mi pelliza.
-Où allez-vous, monsieur? – me gritó la vigilante : -Alphonsine.
-¡Quiero irme, quiero salir! Déjeme, no me retenga…
-Oui, monsieur! – confirmó con todas sus fuerzas Alphonsine, que se lanzó para abrirme
la puerta del corredor -. Mais c’est ne pas loin, monsieur, c’est pas loin du tout, ça ne vau
pas la peine de mettre votre chouba (113), c’est ici près, monsieur! – exclamó ella para
que la oyese todo el pasillo.
Una vez salido de la habitación, giré a la derecha.
-Par ici, monsieur, c’est par ici! – gritaba ella con todas sus fuerzas, agarrándose a mi
pelliza con sus largos y huesudos dedos, mientras que con la otra mano me enseñaba a la
izquierda, en el pasillo, un sitio adonde yo no tenía ninguna necesidad de ir.
Me escapé y corrí a la puerta de salida en la escalera.
-Il s’en va, il s’en va! – gritaba Alphonsine con su voz cascada corriendo detrás da mí -.
Mais il me tuera, monsieur, il me tuera!
Pero yo estaba ya en la escalera, y aunque ella siguió corriendo detrás de mí hasta el
rellano inferior, conseguí abrir la puerta de abajo, saltar a la calle y meterme en el primer
coche de punto. Di la dirección de mi madre…
IV
Pero la conciencia, después de haber brillado un instante, se apagó rápidamente.
Apenas recuerdo cómo se me trasladó y se me condujo a casa de mamá, pero a11í caí casi
inmediatamente sin conocimiento. Al día siguiente, como me lo han contado más tarde (y
por lo demás yo mismo me acordaba), mi razón se aclaró una vez más por algunos
instantes. Me vuelvo a ver en la habitación de Versilov, sobre su diván; me acuerdo de
que están alrededor de mí los rostros de Versilov, de mamá, de Lisa, recuerdo muy bien
cómo Versdov me habló de Zerchtchikov y del príncipe, me mostró una cierta carta, trató
de calmarme. Contaban que toda mi manía era hacer preguntas aterradas sobre un cierto
Lambert y quejarme de que oía siempre los ladridos de un perrito. Pero aquella débil luce
cita de conciencia se ensombreció en seguida: en la tarde de aquel segundo día estaba ya
en plena fiebre. Pero anticiparé los acontecimientos para explicar lo que sigue.
Cuando aquella noche me vi fuera de la casa de Zerchtchikov y todo se hubo calmado
un poco en la sala, Zerchtchikov, al reanudar el juego, declaró de repente con voz atronadora
que se había producido un deplorable error: el dinero perdido, los cuatrocientos
rublos, se había encontrado en un montón de otro dinero, y las cuentas de la banca
estaban perfectamente justas. Entonces el príncipe, que se había quedado en la sala,
abordó a Zerchtchikov a insistió para que proclamara públicamente mi inocencia y,
además, me expresase por escrito sus excusas. Zerchtchikov juzgó legítima esa exigencia
y dio su pálabra delante de todo el mundo de que al día siguiente me dirigiría una carta de
explicación y de excusas. El príncipe le comunicó la dirección de Versilov, y en efecto, al
día siguiente Versilov recibió de Zerchtchikov una carta dirigida a mí, con más de mil
trescientos rublos que me pertenecían y que yo había dejado olvidados en la ruleta. De
esta forma el asunto de la casa de Zerchtchikov estaba terminado; aquella alegre noticia
contribuyó muchísimo a mi restablecimiento cuando recobré el use de mis facultades.
El príncipe, al volver del juego, escribió por la noche dos cartas, una a mí, otra a su
antiguo regimiento, en el que había tenido aquella historia lamentable con el corneta
Stepanov. Las envió las dos al día siguiente por la mañana. Después de lo cual escribió
un informe para sus jefes y muy temprano se presentó él mismo, con aquel informe entre
las manos, al coronel y le declaró que «siendo criminal de derecho común, cómplice en
un asunto de fabricación de acciones falsas, se entregaba a la justicia y pedía ser
juzgado». Al mismo tiempo, le hizo entrega del informe en el que todo estaba expuesto
por escrito. Lo detuvieron.
He aquí la carta, palabra por palabra, que me escribió aquella noche:
Inestimable Arcadio Makarovitch:
Después de haber intentado “la salida vulgar”, he perdido por el mismo golpe el
derecho a consolarme por poco que sea por haber sabido al fin decidirme a un acto
valeroso y gusto. Soy culpable delante de la patria y delante de mi raza por este crimen, y
yo, el último de mi linaje, me castigo a mí mismo. No comprendo cómo he podido
aferrarme a un bajo instinto de conservación y pensar un solo momento en rescatarme a
fuerza de dinero. A pesar de todo, delante de mi conciencia seguiría siendo siempre un
criminal. Esas gentes, incluso si me hubieran restituido las cartas que me comprometen,
no me habrían dejado en paz en toda mi vida. ¿Qué había que hacer? ¡Vivir con ellos,
estar con ellos todo el resto de mi existencia: he ahí la suerte que me aguardaba! Yo no
podía aceptarla, y he hallado por fin en mí mismo bastante firmeza o quizá bastante
desesperación para obrar como lo hago ahora.
He escrito a mi antiguo regimiento, a mis antiguos camaradas, para justificar a
Stepanov. No hay y no podría haber en este acto ninguna hazaña redentora: no es más
que el testamento de un hombre que mañana será un muerto. He ahí cómo hay que
comprenderlo.
Perdóneme por haberme apartado de usted en la sala de juego; es que en aquel
momento no estaba seguro de usted. Ahora que ya soy un hombre muerto, puedo hacer
con f esiones semejantes… desde el otro mundo.
¡Pobre Lisa! Ella no sabía nada de esta decisión; que no me maldiga, sino que rezone.
Yo no puedo justificarme, no encuentro ni siquiera palabras para explicarle lo que quiera
que sea. Sepa bien, Arcadio Makarovitch, que ayer mañana, cuando ella vinó a verme por
última vez, le descubrí mi éngaño, le confesé que había ido a casa de Ana Andreievna
con la intención de pedirle su mano. No podía tener aquello sobre mi conciencia ante mi
última decisión, ya tomada, en vista de su amor, y se lo descubrí. Ella ha perdonado, ha
perdonado todo, pero yo no la he creído; no es un perdón; en su lugar, yo no hubiera
podido perdonar.
Acuérdese usted de mí.
Su desgraciado y último príncipe,
SOKOLSKI
Estuve en la cama sin conocimiento exactamente nueve días.
TERCERA PARTE
CAPfTULO PRIMERO
I
Ahora, hablemos de otra cosa.
Proclamo siempre: «de otra cosa, hablemos de otra cosa», y siernpre vuelvo a hablar de
mí misrno. Sin embargo he declarado mil veces que no tenia la menor intención de narrarme,
y que estaba firmemente decidido a ello al comenzar estas notas: comprendo
demasiado bien que no presento ningún interés pare el lector. Describo y quiero describir
a los otros, y no a rní, y si es siempre mi individualidad la que vuelve bajo mi pluma, no
es más que por efecto de un deplorable error, al que me resulta imposible escapar, a pesar
de todos mis deseos. Lo que, sobre todo, me apena es que, al contar con tanto fuego mis
propias aventuras, de rechazo doy motivos para creer que sigo siendo lo que era entonces.
El lector se acuerda por otra parte de que he exclamado más de una vez: «Ah, si se
pudiera cambiar el pasado y volver a empezar todo de nuevo! » Yo no habría podído
lanzar esta exclamación si no estuviese ahora radicalmente cambiado, si no me hubiese
convertido en un hombre completamente distinto. Es demasiado obvio; ¡si solamente
fuera posible hacerse una idea de hasta qué punto rne fastidian todas estas excusas y estos
prefacios que me veo obligado a insertar en todo instante, en mitad mismo de mis notas!
¡Al grano!
Después de nueve días de inconsciencia, volví en mi, resucitado, pero no corregido; mi
renacimiento era por lo demás estúpido, si se le toma en un sentido amplio, y quizá, si eso
sucediera hoy, ocurriría de una manera muy distinta. La idea, es decir, el sentimiento,
consistía una vez más únicamente (como millares de veces antes) en abandonarlos de
verdad, pero en absoluto, y no como antes, cuando me había propuesto mil veces esa
resolución sin llegar nunca a ejecutarla. Yo no quería vengarme de nadie, doy mi palabra
de honor, aunque tuviese motivos para quejarme de todos. Me preparaba a marchar sin
disgusto, sin maldiciones, pero quería mi fuerza para mí, fuerza verdadera esta vez,
independiente de todos ellos y del mundo entero; ¡yo, que había estado a punto de
ponerme en paz con el mundo! Anoto mi sueño de entonces no como una idea, sino como
mi sensación irresistible del momento. No quería formularla aún, mientras estuviese en
cama. Enfermo y sin fuerzas, acostado en la habitación de Versilov, que ellos me habían
dejado, sentía dolorosamente hasta qué grado de impotencia había caído; un maniquí de
paja que se arrastraba en una cama, y no un hombre, y no era la enfermedad el único
motivo, ¡y cómo sufría yo por aquello! Así, de lo más profundo de mi ser, con todas mis
fuerzas, empezó a elevarse una protesta, y yo me ahogaba con no sé qué sentimiento de
insolencia infinitamente exagerada y de desafío. No me acuerdo de ninguna época de
toda mi vida en que haya estado más lleno de sensaciones altivas que en aquellos
primeros días de mi convalecencia, es decir, cuando la brizna de paja se arrastraba sobre
el lecho.
Pero, mientras estaba aguardando, callaba e incluso había resuelto no reflexionar en
nada. Estudiaba los rostros de ellos, para tratar de descubrir todo lo que yo necesitaba. Se
veía que tampoco ellos tenían deseos de interrogarme ni de mostrarse curiosos, sino que
hablaban conmigo de cosas indiferentes. Aquello me agradaba y al mismo tiempo me
daba pena; no explicaré esa contradicción. Veía a Lisa más raramente que a mi madre,
aunque viniera cada día a incluso dos veces por día. Por ciertos fragmentos de
conversaciones y por el rostro de ellas deduje que Lisa tenía un montón de
preocupaciones y que con mucha frecuencia no estaba en casa, a causa de sus asuntos:
esta sola idea de que pudiera tener «sus asuntos» privativos de ella encerraba algo de
ofensivo para mí; por lo demás no había a11í más que sensaciones enfermizas, puramente
fisiológicas, que es inútil describir. Tatiana Pav1ovna también venía a verme casi todos
los días y, sin mostrarse precisamente tierna, no me injuriaba como antiguamente, cosa
que me molestó mucho, como se lo declaré con toda ingenuidad:
-Usted, Tatiana Pav1ovna, cuando no está diciendo injurias, resulta de lo más aburrido.
-Pues bien, ya no vendré más a verte – dijo en tono cortante, y se marchó.
Yo me alegré de haber espantado por lo menos a una.
Pero atormentaba sobre todo a mamá; era ella quien más me irritaba. Me había entrado
un apetito feroz y a cada momento estaba refunfuñando, diciendo que se retrasaban
siempre con la comida (cosa que no sucedía nunca). Mamá no sabía qué imaginar para
agradarme. Una vez, me trajo sopa y, según su costumbre, me la hizo comer ella misma:
por mi parte, gruñía sin dejar de tragar. De repente me avergoncé de mis gruñidos: « ¡Ella
es quizá la única a la que quiero, y es a ella a la que atormento! » Pero mi maldad no se
alejaba y de repente aquella maldad me hizo derretirme en lágrimas. Ella, la pobrecilla, se
figuró que yo lloraba de enternecimiento; se inclinó sobre mí y me besó largamente. Me
enrigidecí, dejé pasar la tormenta, pero en realidad, en aquel minuto, la detestaba. Sin
embargo yo siempre he querido a mamá, también entonces la quería, no era verdad que la
detestase, únicamente pasaba lo que siempre ocurre: el más amado es el primer ofendido.
A quien yo odiaba realmente aquellos primeros días, era a un doctor. Ese doctor era un
joven de aire orgulloso, que hablaba brutalmente a incluso con indecencia. Se diría
siempre que esa gentecilla ha hecho en la ciencia, no más tarde de ayer mismo, un
descubrimiento extraordinario y repentino, siendo así que ayer no sucedió nada de
particular; pero así son siempre la «mediocridad» y el « arroyo». Aguanté con paciencia
mucho tiempo, pero por fin estallé bruscamente y le declaré delante de todos los nuestros
que hacía mal en molestarse, que yo me curaría muy bien sin él, que con su aire de
realista estaba lleno de prejuicios y no comprendía aún que la medicina no había curado
jamás a nadie; que, en fin, según parecía lo más verosímil, él debía de ser groseramente
inculto, «como todos nuestros técnicos y especialistas de hoy, que en estos últimos
tiempos se dan tantos humos». El doctor se ofendió muchísimo (con lo que demostró lo
que era), pero continuó sus visitas. Le declaré en fin a Versilov que, si el doctor no dejaba
de venir, le diría cosas diez veces aún más desagradables. Versilov me hizo observar
solamente que cosas dos veces más desagradables que las que yo había dicho ya era
perfectamente imposible, cuanto más diez veces. Me contentó su observación.
¡Qué hombre, sin embargo! Es de Versilov de quien hablo. Era él, él sólo quien tenía la
culpa de todo; pues bien, únicamente a él no lo detestaba. No era solamente su manera de
obrar conmigo lo que me había seducido. Creo que habíamos sentido entonces los dos
que nos debiamos mutuamente muchas explicaciones… y que por esta razón lo mejor era
no explicarnos jamás nada. Es infinitamente agradable, en tales circunstancias, tener que
tratar con un hombre inteligente. Ya he dicho, en la segunda parte de mi relato,
anticipadamente, que él me había hablado de una manera muy breve y muy clara de la
carta que el príncipe detenido me había dirigido, de Zerchtchikov, de su explicación a mi
favor, etc. Como yo había resuelto callarme, le hice lo más brevemente posible dos o tres
preguntas concretas; respondió a ellas de manera clara y concreta, pero sin palabras
superfluas y, lo que es mejor aún, sin sentimientos superfluos. Los sentimientos
superfluos, eso era lo que yo tenía entonces.
De Lambert no digo nada, pero el lector ha adivinado desde luego que pensaba mucho
en él. En el delirio, yo había hablado varias veces de Lambert; pero, una vez vuelto en
mí, al lanzar algunas ojeadas alrededor, me di cuenta en seguida de que toda la historia de
Lambert seguía siendo un misterio y que ellos no sabían nada, ni siquiera Versilov.
Entonces me alegré y mi miedo pasó. Pero yo me engañaba, como supe más tarde, con
gran asombro mío: él había venido durante mi enfermedad, pero Versilov no me había
dicho nada y deduje que, para Lambert, yo estaba ya en el otro mundo. Sin embargo yo
pensaba frecuentemente en él; es más, pensaba en él no solamente sin repugnancia, no
solamente con curiosidad, sino incluso con simpatía, como si yo hubiera presentido a11í
algo nuevo, algo que respondía a los nuevos sentimientos y a los nuevos planes que
estaban a punto de nacer en mí. En una palabra, decidí pensar en Lambert antes que en
ninguna otra cosa, cuando me resolviera a empezar a pensar. Una cosa extraña: había
olvidado completamente dónde vivía él y en qué calle había pasado todo aquello. La
habitación, Alphonsine, el perrito, el pasillo, me acordaba de todo; habría podido dibujarlo
inmediatamente; pero dónde había ocurrido todo aquello, en qué calle y en qué casa,
lo había olvidado completamente. Y, lo que es más singular aún, me di cuenta de eso
solamente al tercero o cuarto día de mi pleno conocimiento, cuando hacía ya mucho
tiempo que había empezado a inquietarme por Lambert.
Así, pues, he aquí cuáles fueron mis primeras sensaciones después de mi resurrección.
No noté más que lo más superficial y es probable que no supiese notar lo esencial. En
efecto, lo esencial fue quizá justamente en aquel momento cuando se resolvió y se
formuló en mi corazón; a pesar de todo, no perdía el tiempo enteramente enfadándome y
enfureciéndome porque no se me traía mi caldo. ¡Oh, me acuerdo de lo triste que estaba,
de cómo me aburría a veces, sobre todo cuando me quedaba mucho tiempo solo! En
cuanto a ellos, como si lo hicieran a própósito, habían comprendido muy pronto que me
sentía violento con ellos y que su compasión me irritaba, y me dejaban solo cada vez con
mayor frecuencia: ¡exceso de delicadeza!
II
El cuarto día de mi pleno conocimiento, estaba en la cama, a eso de las dos de la tarde,
y no había nadie conmigo. El tiempo era claro y yo sabía que después de las tres, cuando
declinase el sol, un rayo rojo oblicuo daría en el ángulo de mi pared y alumbraría aquel
sitio con una mancha brillante. Lo sabía por los días precedentes, sabía también que
aquello ocurriría obligatoriamente dentro de una hora, y ese hecho de saberlo con
anticipación como dos y dos son cuatro me irritó hasta la exasperación. Me volví
convulsivamente con todo mi cuerpo, y de pronto; en el silencio profundo, oí claramente
estas palabras: «Señor Jesucristo, Dios nuestro, ten piedad de nosotros,» (114). Habían
sido pronunciadas en un semimurmullo, luego llegó un profundo suspiró de todo el
pecho, luego nuevamente volvió a caer todo en silencio. Levanté rápidamente la cabeza.
Ya antes, es decir, la víspera, a incluso la antevíspera, yo había notado algo de
particular en nuestras tres habitaciones de la planta baja. En el cuartito donde se alojaban
antiguamente mamá y Lisa, al otro lado de la sala grande, debía de haber ahora otra
persona. Yo había oído ya varias veces algunos ruidos, y de día y de noche, pero siempre
durante muy cortos intervalos, en seguida se restablecía el silencio, absoluto, durante
varias horas, de manera que yo no había prestado mucha atención. La víspera se me había
ocurrido la idea de que fuera Versilov, tanto más cuanto que un momento después había
venido a verme; sin embargo yo sabía de manera segura, por sus conversaciones, que
Versilov se había trasladado durante mi enfermedad a otro apartamiento donde pasaba la
noche. En cuanto a mamá y a Lisa, yo sabía desde hacía mucho tiempo que se habían
mudado las dos (para mi tranquilidad, pensaba yo) al piso superior, a mi antiguo «ataúd»,
a incluso cierto día me dije: «¿Cómo pueden ellas caber a11í las dos?», y de pronto
resultaba ahora que su antigua habitación estaba habitada por algún otro y ese otro no era
en modo alguno Versilov. Con una ligereza que yo no me había supuesto (ya que hasta
entonces me figuraba que estaba absolutamente sin fuerzas), saqué las piernas del lecho,
me calcé unas babuchas, eché sobre mis hombros una bata gris de piel de cordero que
estaba por a11í cerca (ofrecida por Versilov), y me puse en marcha, a través de nuestro
salón, hacia la antigua habitación de mi madre. Lo que vi allí me trastornó; no me
suponía nada parecido y me detuve, como clavado en el sitio, en el umbral.
Estaba a11í un viejo completamente cano, con una gran barba terriblemente blanca, y
era evidente que estaba allí desde hacía ya mucho tiempo. Estaba sentado no sobre la
cama, sino en el escabel de mamá, sólo la espalda apoyada en el lecho. Por cierto que se
mantenía tan derecho, que parecía no tener necesidad de sostén alguno, aunque estuviese
claramente enfermo. Llevaba, encima de su camisa, un chaquetón forrado de cordero, sus
rodillas estaban cubiertas con la manta de viaje de mamá, y los pies estaban calzados con
babuchas. Debía de ser alto, con los hombros anchos y el rostro saludable, a pesar de la
enfermedad, a pesar de cierta palidez y de un poco de delgadez, el rostro ovalado, con
cabellos muy espesos, pero no muy largos, y parecía tener más de setenta años. Junto a él,
sobre una mesita al alcance de su mano, se encontraban tres o cuatro libros y unas gafas
con montura de plata. Yo, que estaba seguro de no tener la menor idea de haberlo visto
antes, adiviné instantáneamente quién era, sólo que no llegué a comprender de qué forma
había pasado él tanto tiempo, casi pegado a mí, tan silenciosamente que yo no había
sospechado nada hasta ahora.
No se movió al verme, sino que me miró fijamente y en silencio, y yo lo miré lo mismo,
con la diferencia de que yo mostraba un inmenso asombro y él ni el más mínimo. Al
contrario, después de haberme examinado por completo, hasta el último rasgo, durante
esos cinco o diez segundos de silencio, sonrió de pronto y tuvo incluso una pequeña risita
apenas perceptible que pasó rápidamente, pero cuya estela luminosa y alegre quedó sobre
su rostro y sobre todo en sus ojos, muy azules, radiantes, grandes, pero de párpados
hinchados y caídos por la vejez y rodeados de una infinidad de pequeñas arrugas. Fue
sobre todo su risa lo que me impresionó.
Yo tengo la idea de que cuando un hombre ríe, la mayoría de las veces es una cosa que
repugna contemplar. La risa manifiesta de ordinario en las personas un no sé qué de
vulgar y de envilecedor, aunque el que ríe casi nunca sepa nada de la impresión que está
produciendo. Lo ignora, lo mismo que se ignora por lo general la cara que se tiene
durmiendo. Hay durmientes cuyo rostro sigue pareciendo inteligente, y otros, inteligentes
por demás, que, al dormirse, adquieren un rostro estúpido y hasta ridículo. Ignoro a qué
se debe eso: quiero decir solamente que el reidor, como el durmiente, lo más ordinario es
que no sepa nada de su rostro. Hay una multitud extraordinaria de hombres que no saben
reír en absoluto. En realidad, no se trata de saber: es un don que no se adquiere. O bien,
para adquirirlo, es preciso rehacer la propia educación, hacerse mejor y triunfar de sus
malos instintos: entonces la risa de un hombre así podría muy probablemente mejorarse.
Hay gente a la que su risa traiciona: uno se da cuenta en seguida de lo que llevan en las
entrañas. Incluso una risa índiscutiblemente inteligente es a veces repulsiva. La risa exige
ante todo franqueza, pero ¿dónde encontrar franqueza entre los hombres? La risa exige
bondad, y la gente ríe la mayoría de las veces malignamente. La risa franca y sin maldad,
es la alegría: ¿dónde encontrar la alegría en nuestra época y dónde encontrar a la gente
que sepa estar alegre? (Por lo que se refiere a la alegría de nuestra época, ésta es una
observación que le escuché a Versilov y que he conservado.) La alegría del hombre es su
rasgo más revelador, juntamente con los pies y las manos. Hay caracteres que uno no
llega a penetrar, pero un día ese hombre estalla en una risa bien franca, y he aquí de golpe
todo su carácter desplegado delante de uno. Tan sólo las personas que gozan del
desarrollo más elevado y más feliz pueden tener una alegría comunicativa, es decir,
irresistible y buena. No quiero hablar del desarrollo intelectual, sino del carácter, del
conjunto del hombre. Por eso si quieren ustedes estudiar a un hombre y conocer su alma,
no presten atención a la forma que tenga de callarse, de hablar, de llorar, o a la forma en
que se conmueva por las más nobles ideas. Miradlo más bien cuando ríe. Si ríe bien, es
que es bueno. Y observad con atención todos los matices: hace falta por ejemplo que su
risa no os parezca idiota en ningún caso, por alegre a ingenua que sea. En cuanto notéis el
menor rasgo de estupidez en su risa, seguramente es que ese hombre es de espíritu
limitado, aunque esté hormigueando de ideas. Si su risa no es idiota, pero el hombre, al
reír, os ha parecido de pronto ridículo, aunque no sea más que un poquitín, sabed que ese
hombre no posee el verdadero respeto de sí mismo o por lo menos no lo posee
perfectamente. En fin, si esa risa, por comunicativa que sea, os parece sin embargo
vulgar, sabed que ese hombre tiene una naturaleza vulgar, que todo lo que hayáis
observado en él de noble y de elevado era o contrahecho y ficticio o tomado a préstamo
inconscientemente, y de manera fatal tomará un mal camino más tarde, se ocupará de
cosas aprovechosas» y rechazará sin piedad sus ideas generosas como errores y tonterías
de la juventud.
No inserto sin intención aquí esta larga parrafada sobre la risa, sacrificándole la
coherencia del relato; la considero como una de las más serias conclusiones que yo haya
extraído de la vida. Y se la recomiendo muy especialmente a las novias jóvenes que están
en vísperas de casarse con el hombre elegido pero que lo miran todavía con desconfianza
y perplejidad y no se han decidido aún definitivamente. No hay que burlarse de un pobre
adolescente que se pone a dar lecciones en asuntos matrimoniales de los que no
comprende una palabra. No comprendo más que una cosa: que la risa es la prueba más
segura de un alma. Mirad a un niño; ciertos niños saben reír a la perfección, y por eso son
irresistibles. Un niño que llora me resulta odioso, pero el que ríe y se alegra es un rayo
del paraíso, una revelación del porvenir en el que el hombre llegará a ser, por fin, tan
puro a ingenuo como un niño. Pues bien, no sé qué cosa infantil a increíblemente
seductora pasó por la risa efímera de aquel anciano. Inmediatamente me acerqué a él.
III
-Siéntate, siéntate un momento, tus piernas no están todavía lo bastante fuertes – me
dijo amablemente, indicándome un sitio a su lado y continuando mirándome a la cara,
con la misma mirada radiante.
Me senté junto a él y dije:
-Yo le conozco a usted. Usted es Makar Ivanovitch.
-Sí, querido mío. Me alegro de que estés ya levantado. Tú eres joven y eso es lo que te
conviene. Al viejo la tumba, al joven la vida.
-¿Está usted enfermo?
-Sí, amigo mío, las piernas sobre todo; las pobres me han podido traer todavía hasta
aquí, pero, en cuanto me he sentado, se han hinchado. Esto ha comenzado el jueves pasado,
cuando el termómetro se paró. (Nota bene: es decir, que ha helado.) Antes, me las
ablandaba con una pomada, ya ves; fue el doctor Lichten Edmundo Karlovitch quien me
la recomendó en Moscú, hace tres años, y me hacía mucho bien esa pomada; muchísimo
bien. Y luego, desde ayer, también la espalda; se diría que hay perros que me están
comiendo… Ya no duermo por las noches.
-¿Y cómo es que yo no le oigo a usted lo más mínimo? – lo interrumpí.
Me miró y pareció reflexionar:
–.-Lo que tienes que hacer es no despertar a tu madre -añadió, como ante un brusco
recuerdo -. Se ha estado agitando toda la noche, en la habitación de al lado, pero sin ruidos;
se habría dicho que era una mosca; ahora descansa, lo sé. ¡Oh!, es triste ser un pobre
viejo – suspiró -. Uno se pregunta a qué está aferrada el alma, y sin embargo se agarra
muy bien, se alegra de ver el día; incluso si fuera necesario volver a empezar toda la vida,
creo que mi alma no tendría miedo de eso; pero quizá es un pecado pensar así.
-¿Y por qué un pecado?
-Esa idea es un sueño, y un viejo debe marcharse suavemente. Sí, acoger la muerte con
murmullos o descontento, es un gran pecado. A1 fin y al cabo, si es por alegría espiritual
por lo que se ama a la vida, creo que Dios lo perdonará, incluso a un viejo. Al hombre le
resulta difícil saber lo que es pecado y lo que no lo es; es un misterio que sobrepasa al
entendimiento humano. Un viejo debe estar siempre contento, debe morir en la plena luz
de su espíritu, dichosamente y con belleza, saturado de días, suspirando por su última
hora y alegre de irse como una espiga a la parva, cumplido su misterio.
-Usted habla siempre de «misterio»; ¿qué quiere decir «cumplir su misterio»? –
pregunté, lanzando una ojeada hacia la puerta.
Yo estaba contento de que estuviésemos solos y de que nos rodease un silencio
imperturbable. El sol brillaba vivamente en la ventana antes de su ocaso. Él hablaba con
un poco de énfasis y sin precisión, pero muy sinceramente y con una fuerte excitación,
como si estuviera verdaderamente contento con mi presencia. Pero observé en él un
estado febril indudable a incluso bastante acusado. Yo también estaba enfermo, también
yo tenía fiebre, desde el instante en que había entrado a11í.
-¿Qué es un misterio? Todo es misterio, amigo mío, el misterio de Dios está en todas
partes. En cada árbol, en cada brizna de hierba, está encerrado ese misterio. Que un
pajarito cante, que las estrellas como un gran espectáculo brillen por la noche, todo eso es
misterio, el mismo misterio. Pero el mayor de todos los misterios es lo que espera al alma
del hombre en el otro mundo. ¡Helo ahí, amigo mío!
-No sé en qué sentido usted… Desde luego, no es por irritarlo, y esté seguro de que creo
en Dios; pero todos esos misterios han sido descubiertos desde hace mucho tiempo por la
razón, y lo que no ha sido descubierto aún, lo será, eso es absolutamente cierto, y quizá
dentro de un plazo brevísimo. La botánica sabe perfectamente cómo nace el árbol, el
fisiólogo y el anatomista saben incluso por qué canta el pájaro, o lo sabrán bien pronto, y
en cuanto a las estrellas, no solamente han sido contadas, sino que cada uno de sus
movimientos ha sido calculado con una exactitud de minutos, tanto que se puede
predecir, con mil años de anticipación, el minuto exacto en que aparecerá no importa qué
cometa… Y ahora estamos conociendo incluso la composición de las constelaciones más
alejadas. Coja usted un microscopio, es un cristal de aumento que agranda los objetos un
millón de veces, y mire dentro de una gota de agua; verá allí todo un mundo nuevo, toda
una vida de criaturas vivas, y sin embargo eso era también un misterio; pues bien,
nosotros lo hemos descubierto.
-Ya he oído hablar de eso, hijo mío, y muchas veces, a muchas gentes. No lo niego: es
una cosa grande y prodigiosa; todo le ha sido entregado al hombre por la voluntad de
Dios; no en balde Dios le dio el soplo de vida: «vive y conoce».
-Vamos, eso son lugares comunes. ¿No es usted un enemigo de la ciencia, un clerical?
Es decir, que no sé si usted comprende…
-No, hijo mío, desde mi juventud he respetado las ciencias y, sin dármelas de
entendido, no murmuro contra ellas; lo que no me ha sido dado a mí le ha sido dado a
otros. Y quizá está mejor así: a cada uno su don. Lo que pasa, mi querido amigo, es que
la ciencia no sirve para todos. Las gentes son intemperantes, cada cual quiere asombrar al
universo, y yo también tal vez, y más aún que los demás, si me comprendiese a mí
mismo. Mientras que, ignorante como soy ahora, ¿cómo puedo glorificarme, cuando no
sé nada? Tú, tú eres joven y fino, es tu destino, estudia pues. Trata de conocerlo todo a fin
de que cuando lo encuentres con un impío o con un libertino, tengas con qué responderle
y que no pueda inundarte con vanas palabras y turbar tu cerebro sin madurez. En cuanto a
ese cristal de aumento, no hace mucho tiempo que lo vi.
Tomó aliento y suspiró. Decididamente, mi llegada le procuraba un placer extremado.
Tenía una sed enfermiza de desahogarse. Además, no me engañaré desde luego al afirmar
que me consideraba, por instantes, con un afecto extraordinario: apoyaba tiernamente su
mano en la mía, acariciaba mi hombro… pero también, por instantes, preciso es
confesarlo, parecía haberme olvidado por completo. Se habría dicho que estaba solo y, si
continuaba hablando con ardor, era, al parecer, en el vacío.
Hay, amigo mío – continuó -, en la ermita de San Gennade, un hombre de gran sentido.
Es de raza noble y teniente coronel, y posee una gran fortuna. Cuando estaba en el siglo,
no quiso dejarse atrapar por el matrimonio; hace ya diez años que se ha separado del
mundo, por amor al silencio y a la soledad, y ha apartado sus sentidos de las vanidades
mundanas. Observa toda la regla monástica, pero no quiere profesar. Y, amigo mío, hay
tantos libros en su casa que yo no he visto jamás una cosa igual en ninguna otra parte; por
lo menos tiene por valor de ocho mil rublos, es él quien me lo ha dicho. Se llama Pedro
Valerianitch. En diferentes épocas me ha enseñado muchas cosas, y a mí siempre me ha
gustado mucho escucharlo. Una vez le dije: «¿Cómo es posible que, con un espíritu tan
cultivado como el suyo y llevando desde hace diez años una existencia de monje que ha
hecho renuncia por completo de su voluntad, cómo es posible que no desee recibir el
hábito para ser todavía más perfecto?» Y él me contestó: «¿Cómo te atreves, anciano, a
hablar de mi espíritu? Tal vez justamente soy prisionero de mi espíritu, en lugar de
dominarlo. Y, en cuanto a mi obediencia, quizás es que desde hace mucho tiempo he
perdido ya la justa estimación de mi persona. ¿Y hablas también del abandono de mi
voluntad? Pues bien, abandonaría inmediatamente mi dinero, entregaría mis grados,
soltaría encima de este mesa todas las condecoraciones, pero mi pipa… he aquí que han
pasado ya diez años y me temo que no podré renunciar jamás a ella. ¿Qué monje sería yo
después de eso, de qué abandono de mi voluntad puedes tú alabarme? » Y yo me asombré
entonces de aquella humildad. Pues bien, el verano pasado, allá por el día de San Pedro,
volví a aquella ermita, fue Dios quien lo quiso, y ¿qué es lo que veo en su celda?
Precisamente, ese objeto: un microscopio que él había hecho venir con grandes gastos del
extranjero. «Espera un poco, me dice, voy a enseñarte una cosa sorprendente y que nunca
has podido ver hasta ahora. Tú ves esta gota de agua, limpia como una lágrima; pues
bien, mira lo que hay dentro, y encontrarás que la mecánica descubrirá en seguida todos
los secretos del buen Dios… no nos dejarán ni uno siquiera.» He aquí lo que me dijo y
que yo he conservado en mi memoria. Por mi parte, yo había ya mirado en aquel
microscopio treinta y cinco años antes, en casa de Alejandro VIadimirovitch Malgassov,
nuestro dueño, el tío de Andrés Petrovitch por parte de su madre y cuyos bienes pasaron
en seguida, después de su muerte, a Andrés Petrovitch. Era un señor importante, un gran
general, tenía una jauría numerosa, y yo he vivido muchos años junto a él como montero.
Él también había instalado aquel microscopio, que se había traído consigo, a hizo que
viniera toda su gente, unos detrás de otros, hombres y mujeres, para mirar, y se mostraba
allí una pulga y un piojo, una punta de aguja, un cabello y una gota de agua. ¡Cómo se
divirtieron! Tenían miedo de acercarse, pero también se le tenía miedo al amo; no era una
cosa cómoda. Unos no sabían mirar, cerraban los ojos y no veían nada; otros gritaban de
espanto, y el alcalde Savine Makarov se tapó los ojos con las dos manos gritando: «
¡Haced conmigo lo que queráis, no me acercaré!» ¡Menudas carcajadas que hubo! Sin
embargo, no le confesé a Pedro Valerianovitch que, hacía ya muchísimo tiempo, más de
treinta y cinco años, yo había visto aquella misma maravilla; él disfrutaba muchísimo
enseñándola. A1 contrario, hice como si me asombrara mucho y me espantara. Me deja
un momento y luego me pregunta: «Pues bien, anciano, ¿qué me dices de eso?» Yo me
incorporo y le digo: «El Señor ha dicho: “Que se haga la luz”, y la luz se hizo.» Y él me
interrumpe bruscamente: «¿No serían las tinieblas las que se hicieron?» Dijo aquello de
una manera extraña, sin reírse. En aquel momento me quedé sorprendido y e1 casi se
enfadó y no dijo nada más.
-Es muy sencillo, ese Pedro Valerianovitch está en el monasterio para comer kutia
(115) y hacer inclinaciones, pero él no cree en Dios, y usted apareció por a11í en uno de
esos momentos, eso es todo – le dije-. Por lo demás, es un hombre bastante raro:
seguramente había mirado por el telescopio su buena decena de veces; ¿pr qué ha caído
en la cuenta a la undécima? Es una impresionabilidad un poco nerviosa… Efecto del
monasterio, sin duda.
-Es un hombre puro y de espíritu elevado – declaró el viejo con tono convencido -, no
es un impío. Tiene espíritu para dar y vender, pero su corazón está inquieto. Gentes de
esta clase nos llegan ahora a manadas de casa de los señores sabios. Y he aquí además lo
que voy a decirte: el hombre se castiga a sí mismo. Elúdelos, no los atormentes, y antes
de dormirte nómbralos en tus oraciones, porque esos hombres buscan a Dios. ¿Rezas tus
oraciones antes de dormirte?
-No. Opino que es un rito inútil. Pero debo confesarle que su Pedro Valerianovitch me
agrada; él por lo menos no es un fantoche, sino un hombre, y por cierto se parece un poco
a otro que está muy cerca de nosotros y que los dos conocemos.
El anciano no prestó atención más que a la primera frase de mi respuesta:
-Haces mal, amigo mío, al no rezar tus oraciones. Es una cosa buena, que alegra el
corazón, tanto al acostarse como al levantarse, y cuando se despierta uno por la noche.
Soy yo quien te lo dice. Un verano, en el mes de julio, nos apresurábamos a llegar al
monasterio de la Virgen para una fiesta. Cuanto más nos acercábamos, más gentes se nos
iban reuniendo, y nos encontramos por fin cerca de dos centenares, ansiosos todos por
besar las santas y venerables reliquias de los dos grandes taumaturgos Anice y Gregorio.
Pasamos la noche en un campo, y abrí los ojos muy de mañana, cuando todo el mundo
dormía aún y ni siquiera el sol había salido todavía del bosque. Pues bien, hijo mío,
levanté la cabeza, abracé con una mirada el horizonte y suspiré: ¡por todas partes una
belleza inefable! Todo está tranquilo; el aire, ligero; la hierba brota, ¡brota, hierbecita del
buen Dios!; el pajarito canta, ¡canta, pues, pajarito del buen Dios!; el niñito lloriquea
sobre los brazos de su madre, ¡Dios te guarde, hombrecito, crece y sé dichoso! (116). Y,
quizá por primers vez en toda mi vida, encerré todo aquello en mí mismo… Me volví a
acostar de nuevo, ¡y me dormí con un sueño tan ligero! ¡Se está bien aqui abajo, querido
mío! Yo, si estuviese mejor, me pondria en camino desde que empieza la primavera.
Tanto mejor que haya misterios. Es terrible para el corazón y es maravilloso, pero este
miedo alegra el corazón: « ¡Todo está en Ti, Señor, yo mismo estoy en Ti, recíbeme! »
No murmures, joven: lo más bello es ser misterio – agregó con enternecimiento.
-«Lo más bello es ser misterio…» Me acordaré de esas palabras. Es terrible ver lo
inexactamente que usted se expresa, pero yo comprendo… Lo que rne choca es que usted
sabe y comprende muchas más cosas que las que puede expresar; únicamente que se diría
que habla usted delirando…
Esta frase se me escapó al ver sus ojos febriles y su rostro empalidecido. Pero él, creo,
no me oyó.
-¿Sabes, mí querido pequeño – dijo, como prosiguiendo su discurso interrumpido -,
sabes que hay un límite para la memoria del hombre sobre esta tierra? Este límite a la
memoria del hombre ha sido fijado en cien años solamente. Cien años después de su
muerte, su recuerdo puede subsistir aún en sus hijos o en sus nietos que han llegado a ver
su rostro; más tarde, si su recuerdo dura aún, no es más que un recuerdo oral, mental,
porque todos los que han visto su figura viva habrán pasado. Y su tumba en el cementerio
estará tapada por la hierba, su lápida se romperá, todos los hombres lo olvidarán e incluso
su posterioridad, en cuanto se olvide también su nombre, porque son muy pocos los que
permanecen en la memoria de los hombres; ¡pues bien, sea! ¡Que se me olvide, amigos
míos, pero yo os quiero desde el fondo de la tumba! Oigo, niñitos, vuestras voces alegres,
oigo vuestros pasos sobre las tumbas de vuestros padres el día de los Difuntos. Mientras
tanto, vivid al sol, alegraos, y yo rezaré a Dios por vosotros, descenderé hasta vosotros en
vuestros sueños… ¡El amor subsiste después de la muerte!
Yo estaba poseído de la misma fiebre que él; en lugar de irme o de exhortarlo a que se
calmara, o quizá tenderlo en su cama, porque parecía hallarse en pleno delirio, lo agarré
de pronto por la mano e, inclinándome sobre él y apretándole la mano, dije en un susurro
conmovido y con lágrimas en el corazón:
-Soy feliz pudiendo verle. Le esperaba a usted quizá desde hace largo tiempo. Entre
ellos, no quiero a nadie: no tienen belleza… No los seguiré, no sé adónde ir, iré con
usted…
Pero, por fortuna, mi madre entró en aquel momento; de lo contrario, no sé cómo habría
podido acabar aquello. Entró con el aire de una persona que acaba de despertarse y que se
alarma. Tenía en la mano un frasco y una cuchara sopera; al vernos, exclamó:
–¡Ya lo sabía yo! ¡No le he dado la quinina a tiempo, y ahora está todo febril! ¡He
dormidó demasiado, Makar Ivanovitch, querido mío!
Me levanté y salí. Ella le dio de todas formas su poción y lo acostó. También yo me
acurruqué en mi cama, pero con una turbación extrema. Había vuelto con una gran
curiosidad, y reflexionaba con todas mis fuerzas sobre aquel encuentro. Ignoro qué era lo
que yo esperaba entonces de aquello. Sin duda, yo razonaba sin cesar y to que se sucedía
en mi espíritu no eran ideas, sino muñones de ideas. Yo estaba acostado con la cara
vuelta hacia la pared: de repente vi en el rincón la mancha brillante y luminosa del sol
poniente, aquella misma mancha que yo aguardaba hacía poco con tantas maldiciones, y
me acuerdo de que toda mi alma se exaltó, como si una luz nueva penetrase en mi
corazón. Me acuerdo de aquel minuto delicioso, no quiero olvidarlo. No fue más que un
instante de esperanza nueva y de nueva fuerza… Yo estaba ya convaleciente, y por lo
tanto aquellos accesos podían ser la consecuencia inevitable del estado de mis nervios,
pero por lo que se refiere a esa esperanza luminosa, todavía hoy día creo en ella: eso es lo
que he querido hoy anotar y conservar aquí. Evidentemente, yo sabía ya muy bien que no
me iría de peregrino con Makar Ivanovitch y sabía también que ignoraba por mi parte en
qué consistía la aspiración nueva que se había apoderado de mí, pero yo había ya
pronunciado aquella frase, aunque lo hubiese hecho en el delirio: « ¡Ellos no tienen
belleza! » «Se acabó – pensaba yo en mi deslumbramiento -, a partir de este instante yo
busco la belleza, ellos no la tienen, y por eso es por lo que los abandono.» Hubo a mi
espalda como un ligero roce; me volví; era mamá que se inclinaba sobre mí y me rniraba
a los ojos con una curiosidad tímida. La agarré de pronto por la mano:
-¿Por qué, mamá, no se me ha dicho nunca nada de nuestro querido huésped? – le
pregunté bruscamente, sin esperar a lo que ella me fuera a decir.
Toda su inquietud desapareció inmediatamente, y la alegría alumbró su rostro, pero no
me respondió, excepto estas pocas palabras:
-No te olvides tampoco de Lisa, de Lisa; te has olvidado de Lisa.
Dijo aquello rápidamente, ruborizándose, a hizo un ademán como para marcharse en
seguida, porque también ella tenía horror a desplegar sus sentimientos; en ese aspecto se
me parecía, es decir, que era reservada y casta; además, naturalmente, ella no habría
querido discutir conmigo aquel tema: Makar Ivanovitch; lo que habíamos podido
decirnos con aquel cambio de miradas bastaba. Pero fui yo, que detesto todo despliegue
de sentimientos, quien la retuvo a la fuerza por la mano: la miré dulcemente a los ojos, reí
dulce y tiernamente, y con la otra mano acaricié su rostro querido, sus mejillas hundidas.
Ella se inclinó y apoyó su frente contra la mía:
-¡Bueno, que Cristo sea contigo! – dijo repentinamente, irguiéndose y toda radiante -,
cúrate. Te quedaré muy agradecida por ello. Él está enfermo, muy enfermo… Nuestra
vida está en manos de Dios… ¡Ah!, ¿qué he dicho? ¡Pero es imposible!
Ella se fue. Ella había honrado siempre, durante toda su vida, en el temor y el temblor y
en el respeto, a su legítimo esposo, al peregrino Makar Ivanovitch, que la había perdonado
magnánimamente y de una vez para siempre.
CAPÍTULO II
I
A Lisa, yo no la había «olvidado»; mamá se engañaba. Aquella madre sensible veía que
reinaba una especie de frialdad entre el hermano y la hermana, pero no era cuestión de
falta de cáriño, antes bien de celos. Voy a explicarme, puesto que viene a cuento, en dos
palabras.
La pobre Lisa, después del arresto del príncipe, estaba como poseída de yo no sé qué
orgullo arrogante, qué altivez inaccesible, casi insoportable; pero todo el mundo en la
casa adivinó la verdad, a saber, que ella sufría, y, en cuanto a mí, si al principio me
irritaba y fruncía las cejas ante aquellos modales, fue únicamente a causa de mi
susceptibilidad mezquina, decuplicada aún por la enfermedad; por lo menos eso es lo que
pienso hoy de ello. Pero jamás dejé de querer a Lisa. Muy al contrario, la quería todavía
más. Solamente que no quería ser yo quien diera el primer paso, aun comprendiendo que
tampoco sería ella quien to daría, a ningún precio.
Desde que se conoció la historia del príncipe, inmediatamente después de su arresto,
Lisa no tuvo más preocupación que la de tomar respecto a nosotros y respecto a todo el
mundo la actitud de una persona que no sabría ni siquiera admitir la idea de que se la
pudiese compadecer o consolar, al justificar al príncipe. A1 contrario, siempre tratando
de no explicarse y de no discutir jamás, tenía en todo momento el aire de gloriarse con la
conducta de su desgraciado novio, como si se tratara de un heroísmo supremo. Ella
parecía decirnos a todos y en cualquier instante (sin pronunciar una palabra, lo repito):
«Ninguno de vosotros hará jamás otro tanto. No seríais capaces de ir a entregaros por
motivos de honor y de deber. Es que ninguno de vosotros tiene la conciencia tan delicada
y tan pura. En cuanto a sus actos, ¿quién es el que no tiene alguna mala acción sobre su
conciencia? Solamente que los demás se ocultan, mientras que él ha preferido perderse
antes que seguir siendo indigno a sus propios ojos.» He aquí lo que significaba a ojos
vistas cada uno de sus gestos. Yo no sé, pero me parece que yo habría obrado
exactamente igual en la posición de ella. No sé tampoco si son éstas ciertamente las ideas
que ella tenía en el fondo de su corazón, dentro de ella misma; sospecho que no. Con la
otra mitad de su razón, la mitad clara, debía fatalmente mirar con entera claridad la
nulidad de su «héroe»; porque, ¿quién se negará hoy a reconocer que aquel hombre
infortunado a incluso magnánimo en su género era al mismo tiempo una perfecta
nulidad? Aquella susceptibilidad misma, aquella disposición a lanzarse sobre todos
nosotros, esas eternas sospechas de que pudiésemos pensar de él otra cosa, todo eso
dejaba adivinar que se había formado en los arcanos del corazón de ella una opinion
completamente diferente en cuanto a su desgraciado amigo. Me apresuro sin embargo a
añadir que, a mi entender, ella tenía razón por lo menos en la mitad; se le podía perdonar
mejor que a nosotros todos que vacilase sobre la conclusión definitiva. Yo mismo, lo confieso
de todo corazón, ahora que todo eso ha pasado ya, no sé en absoluto cómo juzgar,
cómo estimar definitivamente a ese desgraciado que nos ha planteado a todos semejante
enigma.
Sin embargo, por culpa de ella, la casa se transformó en un pequeño infierno. Lisa, que
había querido tantísimo, debía de sufrir mucho. Con su carácter, prefirió sufrir en
silencio. Su carácter era parecido al mío, es decir, autoritario y orgulloso, y siempre he
creído, y lo sigo creyendo hoy, que ella había querido al príncipe por autoritarismo,
porque él no tenía carácter y desde la primera palabra y la primera hora se había
subordinado enteramente a ella. Todo éso ocurre por su cuenta en el corazón, sin ningún
cálculo previo; pero ese amor del más fuerte hacia el débil es a veces infinitamente más
violento y más torturante que el amor entre caracteres iguales, porque, a pesar de uno
mismo, se asume la responsabilidad del amigo débil. Por lo menos, eso es lo que yo creo.
Todos los nuestros, desde el principio mismo, la rodearon con la más tierna solicitud,
sobre todo mamá; pero ella no se enterneció, no respondió a esa simpatía y pareció
rechazar toda ayuda. Con mamá hablaba aún, al principio, pero de día en día se hacía rnás
avara de palabras, más seca a incluso más cruel. A1 principio consultaba con Versilov,
pero bien pronto tomó como consejero y ayudante a Vassine, cosa de la que me enteré
más tarde con asombro… Iba cada día a casa de Vassine, recorría también los tribunales,
veía a los jefes del príncipe, a los abogados, al procurador; al final, pasaban días enteros
sin que casi se la viese en casa. Naturalmente, dos veces al día iba a visitar al príncipe,
que estaba en la cárcel, en el departamento de los nobles, pero esas entrevistas, como
terminé por darme cuenta a la larga, eran muy penosas para Lisa. Evidentemente, ¿cuál es
la tercera persona que puede conocer de una manera perfecta los asuntos de dos
enamorados? Sin embargo, yo sé que el príncipe la ofendía profundamente, más y más
por momentos, ¿y cómo? Cosa curiosa: con unos celos incesantes. Pero más tarde
volveremos sobre esto. Añadiré solamente una idea: es difícil decidir cuál de los dos
atormentaba más al otro. Lisa, que, entre nosotros, se jactaba de su héroe, tal vez se
comportaba de una manera completamente distinta frente a él, como he tenido ocasión de
sospecharlo, según ciertos datos que también saldrán a relucir posteriormente.
Por tanto, en lo que concierne a mis sentimientos y a mis relaciones con Lisa, todo lo
que se veía no era más que una mentira querida y celosa de una parte y de otra, pero
jamás nos quisimos más intensamente que en aquel tiempo. Añadiré aún que, desde la
aparición en nuestra casa de Makar Ivanovitch, después del primer movimiento de
asombro y de curiosidad, Lisa se comportó con él con una especie de desdén, incluso de
altivez. Parecía hacerlo adrede y no le concedía la más mínima atención.
Habiéndome jurado a mí mismo guardar silencio, como he explicado en el capítulo
precedente, yo pensaba, como es natural en teoría, es decir, en mis sueños, en mantener
mi palabra. ¡Oh! Con Versilov, por ejemplo, antes habría hablado de zoología o de los
emperadores romanos que de ella o por ejemplo de aquella línea esencial de su carta en
que él la informaba de que el «documento» no había sido quemado, sino que existía y
aparecería públicamente; aquella línea sobre la que yo me había puesto a pensar
inmediatamente, desde que recobré el conocimiento y me volvió la razón después de la
fiebre. Pero, ¡ay!, desde los primeros pasos prácticos, y casi antes de darlos, adiviné hasta
qué punto era difícil a imposible persistir en semejantes decisiones preconcebidas. Al día
siguiente de mi primer encuentro con Makar Ivanovitch, me vi terriblemente conmovido
por una circunstancia inesperada.
II
Aquella emoción fue causada por la visita imprevista de Daria Onissimovna, la madre
de la pobre Olia. Yo había sabido ya por mi madre que Daria había venido dos veces
durante mi enfermedad, y que se interesaba mucho por mí salud. No me preocupé en
averiguar si verdaderamente era por mí por quien había venido aquella «excelente
mujer», como la nombraba siempre mi madre, o bien sencillamente venía a ver a ésta,
según la costumbre establecida. Mi madre me contaba siempre los acontecimientos de la
casa, de ordinario en el momento en que venía a hacerme comer mi sopa (en la época en
que yo no podía aún comer por mí mismo), para distraerme; yo me empeñaba en
demostrar todas las veces que me interesaba muy poco por aquellos informes, así es que
no le pregunté mucho sobre Daria Onissimovna. No llegué a decir absolutamente nada.
Eran poco más o menos las once; iba a levantarme para trasladarme al sillón cerca de la
mesa, cuando ella entró. Me quedé a propósito en la cama. Mamá estaba muy ocupada en
las habitaciones de arriba y no bajó a verla, por lo que nos encontramos solos. Se instaló
frente a mí, sobre una silla cerca de la pared, sonriendo y sin pronunciar una palabra. Yo
presentía un largo silencio; por lo demás generalmente su llegada producía en mí una
impresión de lo más irritante. Ni siquiera le hice un signo con la cabeza, y la miré
fijamente a los ojos; pero ella también me miró cara a cara.
-¿Se aburre ahora usted mucho allá sola en su casa, sin el príncipe? – le pregunté de
pronto, perdiendo la paciencia.
-Pero si ya no me alojo allí. Gracias a Ana Andreievna, me ocupo de vigilar ahora a su
niñito.
-¿Qué niñito?
-El de Andrés Petrovitch – declaró ella en un susurro confidencial, mirando hacia la
puerta.
-Pero está a11í Tatiana Pavlovna…
-Tatíana Pavlovna y Ana Andreievna, las dos, y también Isabel Makarovna, y la mamá
de usted… todas. Todas toman parte. Tatiana Pav1ovna y Ana Andreievna son ahora muy
amigas.
Aquello era una novedad. Ella se animaba mucho hablando. La miré con odio.
-La veo muy excitada en comparación con la última vez que vino.
-¡Ah, desde luego!
-Ha engordado usted, creo.
Tuvo una mirada extraña.
-Ahora la quiero mucho, muchísimo.
-¿A quién?
-Pues a Ana Andreievna. ¡Muchísimo! Una persona tan noble y tan razonable…
-¡Vaya! ¿Y cómo está ella ahora?
-Está muy tranquila, muy tranquila.
-Siempre ha sido tranquila.
-Desde luego, siempre.
-Si ha venido usted a contarme comadreos – exclamé de repente, no aguantando más -,
sepa que no me mezclo en nada y que he decidido dejar todo eso… todo y a todos… todo
me es igual: ¡voy a marcharme!
Me callé, porque me volvió la razón. No quería rebajarme explicándole mis nuevos
propósitos. Ella me escuchó sin asombro y sin turbación, pero se produjo en seguida un
nuevo silencio. De repente se levantó, se dirigió hacia la puerta y echó una ojeada a la
habitación contigua. Después de haberse asegurado de que no había nadie a11í y de que
estábamos solos, volvió con la mayor tranquilidad del mundo y se sentó nuevamente en
el mismo sitio.
-¡Hombre, eso está muy bien! – dije, y estallé en una carcajada.
-¿Y su alojamiento en casa de los funcionarios, lo conservará usted? – preguntó ella de
repente, inclinándose un poco hacia mí y bajando la voz, corno si fuera ésa la cuestion
esencial por la que había venido.
-¿Mi alojamiento? No sé. Tal vez lo deje… ¿Es que lo sé yo mismo?
-Es que los caseros lo esperan a usted con ansia. El funcionario está muy impaciente; su
esposa, también. Andrés Petrovitch les ha asegurado que seguramente usted volverá.
-Pero, ¿qué tiene usted que ver con eso?
-Ana Andreievna quería también saberlo; le ha alegrado mucho saber que usted
continuará.
-¿Y por qué está tan segura de que continuaré en ese alojamiento?
Yo quería añadir: «¿Y qué le importa a ella?», pero me abstuve de hacer la pregunta,
por orgullo.
-Es que se lo ha confirmado el señor Lambert.
-¿Co-ó-mo?
-El señor Lambent. Él también se lo ha confirmado con toda energía a Andrés
Petrovitch que usted se quedaba, y se lo ha asegurado asimismo a Ana Andreievna.
Me quedé trastornado. Otra historia más. ¡Asi es que Lambent conoce ya a Versilov,
Lambert se ha introducido hasta Versilov! ¡Lambent y Ana Andreievna: ha llegado
también hasta ella! Se apoderó de mí un acceso de fiebre, pero me callé. Un terrible
aflujo de orgullo inundó mi alma, de orgullo o de otra cosa. Pero fue como si me dijese
en aquel momento: «Si pido una sola palabra de explicación, me mezclaré de nuevo con
ese mundo y no lo abandonaré jamás.» El odio se inflamó en mi corazón. Resolví con
todas mis fuerzas callarme, y me quedé inmóvil en la cama. Ella también permaneció
silenciosa un minuto largo.
-¿Y el príncipe Nicolás Ivanovitch? – pregunté de pronto, como perdiendo la cabeza.
Había hecho la pregunta en tono decidido, para cambiar de tema; y una vez más, a
pesar de mis esfuerzos, planteaba la pregunta capital, volvía a entrar por mis propios
pasos, como un loco, en el mismo mundo del que tan convulsivamente había resuelto
huir.
-Está en Tsarskoie-Selo (117). Se encuentra un poco enfermo; la ciudad está llena ahora
de estas fiebres. Todo el mundo le ha aconsejado que se retire a Tsarskoie, al palacio que
tiene allí, a causa del buen aire.
No respondí.
-Ana Andreievna y la generala van a verlo cada tres días. Hacen el viaje juntas.
¡Ana Andreievna y la generala (es decir, ella), amigas! ¡Hacen el viaje juntas! No dije
nada.
-Es que las dos se han hecho muy amigas, y Ana Andreievna dice tantas cosas buenas
de Catalina Nicolaievna…
Yo seguía silencioso.
-Catalina Nicolaievna se ha prendado nuevamente del mundo, no hay más que fiestas,
está resplandeciente; se dice que toda la corte está enamorada de ella… En cuanto a lo del
señor Bioring, todo ha quedado abandonado, no se hará el matrimonio; es lo que todo el
mundo asegura… desde que…
Quería decir: desde la carta de Versilov. Tuve un temblor, pero no dije palabra.
-¡Cómo compadece Ana Andteievna al príncipe Sergio Petrovltch! ¡Y Catalina
Nicolaievna también! No hacen más que hablar de él; ellas dicen que será absuelto y que
condenarán al otro, a Stebelkov…
Yo la miraba con odio. Ella se levantó y de pronto se inclinó hacia mí.
-Ana Andreievna me ha recomendado mucho que me informe de la salud de usted –
declaró susurrando apenas -, y me ha ordenado que le ruegue que vaya a verla en cuanto
pueda salir a la calle. Hasta la vista. Cúrese usted, y yo diré que. . .
Salió. Me senté en la cama. Un sudor frío me resbalaba por la frente, pero lo que yo
sentía no era espanto: la noticia, incomprensible para mí y monstruosa, concerniente a
Lambert y a sus intrigas, no me había espantado lo más mínimo, en comparación con el
miedo tal vez irreflexivo con que me había llenado durante mi enfermedad y en los
primeros días de mi convalecencia el recuerdo de mi encuentro con él, aquella noche de
marras. Al contrario, en aquel primer instante de turbación, sobre mi cama,
inmediatamente después de la partida de Daria Onissimovna, ni siquiera me detuve a
pensar en Lambert, sino… lo que, me sobrecogió más fue la noticia de la ruptura entre
ella y Bioring, su felicidad en el gran mundo, sus fiestas, sus triunfos, su esplendor. «Ella
brilla», había dicho Daria Onissimovna. Y sentí de repente que no tenía fuerzas para
arrancarme a aquel torbellino, aunque las hubiese tenido para enrigidecerme, para
callarme y para no interrogar a Daria Onissimovna después de sus relatos pasmosos. Una
sed desmesurada de aquella vida, de la vida de ellos, se apoderó de mí y… también yo no
sé qué otra sed deliciosa, que experimentaba hasta la felicidad y hasta un sufrimiento
torturador. Mis pensamientos giraban en remolino, pero yo los dejaba correr. « ¿De qué
sirve razonar? – me decía yo -. Sin embargo, incluso mamá me ha ocultado que Lambert
había venido», pensé, por fragmentos, sin ilación. «Es que Versilov seguramente le ha
dicho que se calle… Me moriré, pero no le haré ninguna pregunta a Versilov sobre
Lambert.» Volvía sobre lo mismo: «Versilov, Versilov y Lambert, ¡oh, cuántas cosas
nuevas en ellos! ¡Qué pillo este Versilov! Le ha metido el miedo en el cuerpo al alemán,
a Bioring, con esa carta; la ha calumniado; la calomnie… il en reste toujours quelque
chose, y ese cortesano de alemán ha tenido miedo del escándalo, ¡ja, ja! ¡Buena lección
para ella! » «Lambert..: ¿pero Lambert no habrá llegado también hasta ella? ¿Cómo que
no? ¡Seguro! ¿Y por qué iba a negarse ella a aliarse con él?»
Al llegar a ese punto, cesé de repente de agitar aquellos pensamientos sin coherencia y,
desesperado, dejé caer la cabeza sobre la almohada.
-¡Ah, de ningún modo! – exclamé en una decisión súbita.
Salté de la cama, me puse las zapatillas y mi batín y me dirigí directamente a la
habitación de Makar Ivanovitch, como si a11í estuviese el remedio para las obsesiones, la
salvación, el ancla a la que me aferraría.
En efecto, podía ser que yo sintiese entonces aquella idea con todas las fuerzas de mi
alma; porque, de lo contrario, ¿cómo habría dado yo aquel bote irresistible y súbito y me
habría precipitado, en semejante estado de ánimo, en la habitación de Makar Ivanovitch?
III
Pero en la habitación de Makar Ivanovitch encontré a visitantes con los que no contaba:
mamá y el doctor. Como me había figurado, al ir a11í, que me encontraría al viejo solo,
como la víspera, me detuve en el umbral en una estúpida perplejidad. Pero no había
tenido todavía tiempo de fruncir las cejas cuando llegó además Versilov y detrás de él,
inmediatamente, Lisa… Todos se habían reunido pues en la habitación de Makar
Ivanovitch, y «precisamente cuando menos falta hacía».
-He venido a informarme de su salud – dije, avanzando directamente hacia Makar
Ivanivitch.
-Gracias, hijo mío, sabía que vendrías. Esta misma noche he estado pensando en ti.
Me miraba tiernamente a los ojos y yo veía que me quería quizá más que a todos los
demás. Pero noté instantáneamente y a pesar de mi turbación que, si su rostro estaba
alegre, no por eso la enfermedad había dejado de hacer grandes progresos durante la
noche. E1 doctor acababa de examinarlo muy en serio. Más tarde he sabido que ese
doctor (el joven con el que yo había disputado y que cuidaba a Makar Ivanovitch desde la
llegada de éste) trataba a su paciente con mucha atención y – no soy capaz de decirlo en la
lengua médica que ellos emplean – suponía en él toda una complicación de enfermedades
diversas. Makar Ivanovitch, como me di cuenta a la primera ojeada, tenía ya con él las
relaciones más amistosas; de momento aquello no me agradó; por otra parte, yo estaba de
muy mal humor en aquellos instantes.
-Bueno, Alejandro Semenovitch, ¿cómo se encuentra hoy nuestro querido enfermo? –
preguntó Versilov.
Si yo no hubiese estado tan trastornado, mi primera ocupación habría sido la de estudiar
con curiosidad las relaciones de Versilov con aquel viejo, y yo había pensado ya en eso la
víspera. Lo que ahora me chocó sobre todo fue la expresión extremadamente dulce y
conciliadora de su rostro; había a11í algo absolutamente sincero. Creo que ya he
registrado la observación de que la fisonomía de Versilov se tornaba de una belleza
asombrosa en cuanto que era un poco sencilla.
-Pero si no hacemos más que disputar – respondió el doctor.
-¿Con Makar Ivanovitch? No lo creo; con él no se puede disputar.
-Pero no quiere escucharme: no duerme en toda la noche…
-¡Vamos, ya está bien, Alejandro Semenovitch, ya está bien de bromas! – dijo, riendo,
Makar Ivanovitch -. Entonces, mi querido Andrés Petrovitch, ¿qué ha hecho usted con
nuestra señorita? Se ha pasado toda la mañana agitada, inquieta – añadió señalando a mi
madre.
-¡Ah, Andrés Petrovitch! – exclamó mi madre con una inquietud extrema en efecto -.
Cuéntenos todo rápidamente, no nos haga impacientarnos: ¿qué le han hecho a nuestra
pobrecita?
-¡La han condenado, a nuestra pobrecita!
-¡Oh! – exclamó mi madre.
-Cálmate, ella no irá a Siberia: quince rublos de multa. ¡Es una comedia!
Se sentó y también lo hizo el doctor. Hablaban de Tatiana Pavlovna, y yo no sabía aún
nada de esa historia. Yo estaba a la izquierda de Makar Ivanovitch, y Lisa estaba sentada
frente a mí, a la derecha; visiblemente traía una pena, su pena de cada día, que había
venido a contársela a mamá; la expresión de su rostro era atormentada y despreciativa. En
este momento, cambiamos una mirada y me dije de repente: «Los dos estamos
deshonrados, y me corresponde a mí dar el primer paso haciá ella.» Mi corazón se había
enternecido de pronto a su vista. Mientras tanto Versilov comenzaba a contar la aventura
de la mañana.
Tatiana Pavlovna había comparecido por la mañana con su cocinera ante el juez de paz.
El asunto era perfectamente ridículo; ya he dicho que la finesa intratable, cuando estaba
furiosa, se quedaba callada a veces semanas enteras sin responder una sola palabra a las
preguntas de su ama; he mencionado también la debilidad que sentía hacia ella Tatiana
Pavlovna, que le aguantaba todo y no la habría despedido definitivamente por nada del
mundo. Todos esos caprichos de las viejas criadas y de las amas son a mi juicio
completamente dignos de desprecio, y de ninguna forma merecen atención, y, si me
decido a mencionar aquí esta historia, es únicamente porque esta cocinera desempeñará
posteriormente en mi relato cierto papel de ningún modo despreciable, y sí fatal. Así,
pues, al perder por fin la paciencia ante la testaruda finlandesa que no le respondía nada
desde hacía varios días, Tatiana Pavlovna le había pegado de pronto, cosa que no había
sucedido jamás. La finlandesa, en esta ocasión, no profirió tampoco el menor sonido,
pero se puso en contacto el mismo día con un inquilino que habitaba en la misma escalera
de servicio, por algún rincón de a11á abajo, el abanderado ya retirado Osetrov, quien
hacía de solicitante en toda clase de asuntos y, naturalmente, presentaba quejas de ese
género ante los tribunales, en virtud de la lucha por la existencia. El resultado fue que se
citó a Tatiana Pavlovna ante el juez de paz y que Versilov fue llamado para prestar
declaración.
Versilov relató toda esta historia con mucha alegría y en tono divertido, tanto, que hasta
mamá se rió; él imitó a los personajes: Tatiana Pavlovna, el abanderado y la cocinera. La
cocinera había comenzado por declarar al juez que ella solicitaba una indemnización en
metálico, «de otra forma, si meten a la señora en la cárcel, ¿a quién voy a prepararle la
comida?» A las preguntas del juez, Tatiana Pavlovna respondía con mucho orgullo, sin
dignarse siquiera justificarse; por el contrario, concluyó con estas palabras: «Le he
pegado y le pegaré otro vez», lo que hizo que fuera inmediatamente condenada a tres
rublos de multa por insulto al juez. El abanderado, un joven como descoyuntado y flaco.,
se lanzó a pronunciar un largo discurso en favor de su cliente, pero se despistó
vergonzosamente e hizo reír a toda la sala. Los debates quedaron pronto terminados y
Tatiana Pavlovna condenada a pagar a María, su víctima, quince rublos. Sin esperar sacó
inmediatamente su portamonedas y contó la suma. Al punto, el abanderado surgió y
tendió la mano, pero Tatiana Pavlovna apartó aquella mano, casi golpeándola, y se volvió
hacia María: «Está bien, no se inquiete usted, señora, las añadirá usted a mi cuenta. A
ése, ya me encargaré yo de arreglarlo. Ya ves, María, qué gran mocoso has escogido»,
dijo Tatiana Pavlovna, designando al abanderado y muy contenta de que María hubiera
abierto por fin la boca. «Desde luego que ser mocoso, lo es, señora», respondió María
con una mirada maligna. «¿Eran chuletas con guisantes lo que usted había pedido hoy?
Hace un momento no la entendí bien; tenía prisa por venir aquí.» «No, no, con coliflores,
María, y sobre todo -que no se te quemen, como ayer.» «Pondré toda mi atención, sobre
todo hoy, señora. Déme usted la mano», y, en señal de reconciliación, besó la mano de su
dueña. En una palabra, hizo que toda la sala se regocijara.
-¡Qué muchacha más rara! – dijo mi madre, meneando la cabeza, por lo demás muy
satisfecha con el informe así como con el relato de Andrés Petrovitch, pero mirando a
hurtadillas y con inquietud a Lisa.
-La señorita siempre ha tenido carácter, desde su infancia – dijo Makar Ivanovitch,
riéndose.
-¡La bilis y la ociosidad! – respondió el doctor.
-¿Soy yo quien tiene carácter, soy yo la bilis y la ociosidad? – Era Tatiana Pavlovna que
hacía irrupción, por lo visto muy contenta de sí misma-. Harías mejor, tú, Alejandro Semenovitch,
no diciendo tonterías; me has conocido cuando todavía no tenías diez años; tú
sabes si soy o no háragana, y, en cuanto a la bilis, hace todo un año que me estás
cuidando, y no llegas a curarme. ¡Deberías avergonzarte de eso! Vamos, ya os habéis
burlado bastante de mí; gracias, Andrés Petrovitch, por haber venido a declarar. Pues
bien, mi querido Makar, sólo he venido a verte a ti, no a éste – me señaló, pero
inmediatamente me dio una palmadita amistosa en el hombro; no la había visto nunca de
un humor tan alegre.
-Bueno, ¿qué pasa? – concluyó, volviéndose de pronto hacia el doctor y frunciendo las
cejas con aire preocupado.
-Pues que no quiere quedarse acostado, y, sentado, no hace más que agotarse.
-Pero no me quedaré más que un momento, con nuestros amigos – farfulló Makar
Ivanovitch con una expresión suplicante, como un niño.
-Claro, a todos nos gusta eso, nos gustar charlar en público, cuando se hace corro
alrededor de nosotros. Conozco a nuestro Makar – dijo Tatiana Pavlovna.
-¡Y mira que es ágil, cuantísimo! – sonrió todavía el anciano, volviéndose hacia el
doctor-. Espera un poco, déjame que lo diga: me meteré en la cama. Lo sé, pero entre
nosotros se dice: «Quien se mete en la cama es muy posible que ya no se levante.» Y eso
es lo que me tiene escamado, amigo mío.
-¡Ah, ya lo sabía, siempre los prejuicios populares: «Si me meto en la cama, no me
volveré a levantar», eso es lo que se teme con demasiada frecuencia en el pueblo, y se
prefiere pasar la enfermedad en pie que ir al hospital. Pero lo de usted, Makar Ivanovitch,
es sencillamente el aburrimiento, la nostalgia de la libertad y de la carretera. Ésa es toda
su enfermedad: usted ha perdido la costumbre de quedarse en un sitio. ¿No es usted eso
que se llama un vagabundo? Sí, el vagabundeo es una especie de pasión en nuestro
pueblo. Lo he notado más de una vez. Nuestro pueblo es el vagabundo por excelencia.
-Entonces, ¿según tú, Makar es un vagabundo? – preguntó Tatiana Pavlovna.
-¡Oh!, no en ese sentido. Empleaba la palabra en su sentido general. El vagabundo
religioso, piadoso, pero vagabundo al fin y al cabo. En el buen sentido, en el sentido
honorable, pero un vagabundo… Desde el punto de vista médico…
Me volví completamente de improviso hacia el doctor:
-Le aseguro a usted que los vagabundos somos más bien usted y yo y todas las personas
aquí presentes, y no este viejo, que todavía podría darnos tantas lecciones, porque tiene
un principio firme en su vida, mientras que nosotros dos, tal como estamos aquí, no
tenemos nada sólido… En realidad, usted no puede comprender.
Yo había hablado brutalmente; pero para eso era para lo que había venido. En el fondo
no sé por qué seguía quedándome allí, y estaba sumido en una especie de locura.
-¿Cómo? – Tatiana Pavlovna me miró con aire suspicaz -. Y bien, ¿cómo lo has
encontrado, Makar Ivanovitch? – dijo ella, señalándome con el dedo.
-Que Dios lo bendiga, tiene el espíritu vivo – dijo el anciano seriamente, pero a la
palabra «vivo» casi todo el mundo se echó a reír.
Me puse rígido; el que más reía era el doctor. Lo molesto era que entonces yo no sabía
el convenio que tenían hecho previamente. Versilov, el doctor y Tatiana Pavlovna se
habían puesto de acuerdo, desde hacía ya tres días, para hacer todo lo posible con tal de
apartar de mamá sus malos presentimientos y sus temores en cuanto a Makar Ivanovitch,
que estaba infinitamente más enfermo y más incurable de lo que yo pensaba entonces. He
ahí por qué todo el mundo bromeaba y se esforzaba en reír. Solamente que el doctor era
un idiota y, por temperamento, no sabía bromear; ésa fue la causa de todo lo que pasó. Si
yo hubiese estado enterado de su convenio, habría obrado de otra manera. Lisa tampoco
sabía nada.
Me quedé escuchando nada más que a medias; ellos hablaban y reían mientras que yo
tenía en la cabeza a Daria Onissimovna con sus noticias, y no podía desprenderme de
aquello; me parecía verla a11í, sentada y mirando, levántándose prudentemente y
lanzando una ojeada a la otra habitación. En fin, de repente, todos se echaron a reír:
Tatiana Pavlovna, no sé a propósito de qué, había calificado de pronto al doctor de ateo:
-Pero ya se sabe, todos vosotros, doctores de mala muerte, no sois más que ateos.
-Makar Ivanovitch – exclamó el doctor, fingiendo, de la manera más estúpida del
mundo, estar ofendido y reclamar justicia-, ¿soy yo ateo, sí o no?
-¿Tú, ateo? No, tú no eres ateo – respondió gravemente el anciano, mirándolo con fijeza
-no a Dios gracias — meneo la cabeza -, eres demasiado alegre.
-Entonces, ¿si se es alegre, no se puede ser ateo? – preguntó irónicamente el doctor.
-¡Es todo un pensamiento! — dijo Versilov, pero sin reírse.
-¡Es un, gran pensamiento! – exclamé yo, sin poder contenerme, impresionado por
aquella idea.
El doctor miraba alrededor de él con aire interrogador.
-Esa gente instruida, esos profesores – empezó Makar Ivanovitch, bajando ligeramente
los ojos (sin duda se había dicho antes alguna cosa sobre los profesores) -, al principio,
me inspiraban un miedo atroz: me mostraba tímido frente a ellos, porque no había cosa
que temiera más que a los ateos. Yo me decía: «No tengo más que un alma; si la pierdo,
no volveré a encontrar otra.» Pero más tarde adquirí valor: «Vamos a11á, al fin y al cabo
no son dioses, son hombres como nosotros, a incluso más bajos que nosotros.» Y además,
la curiosidad aguijoneaba: «Quiero saber por fin qué es eso del ateísmo.» Únicamente,
amigo mío, que también esa curiosidad pasó en seguida.
Se calló un momento, pero muy decidido a continuar, con la misma sonrisa digna y
grave. Existe una ingenuidad que se fía de todo el mundo, sin sospechar que pueda existir
la burla. Ese tipo de hombres se distingue porque son individuos limitados, dispuestos a
desplegar delante del primero que llegue lo que de más precioso tiene en el corazón. Pero
me parecía que en Makar Ivanovitch había una cosa distinta y que no era únicamente la
inocencia de su simplicidad lo que lo empujaba a hablar: se adivinaba en él a un
propagandista. Yo había captado con satisfacción cierta ironía, incluso un poco maligna,
dedicada al doctor y quizá también a Versilov. Esta conversación era por lo visto la
continuación de discusiones anteriores que habían tenido en el curso de la semana. Pero,
por desgracia, se había dejado escapar una vez más la misma palabra fatal que tanto me
había electrizado la víspera y que me impulsó a una salida que todavía lamento.
-El ateo-hombre – continuó el anciano, con aire concentrado – es posible que me inspire
más temor aún. Lo que pasa únicamente, mi querido Alejandro Semenovitch, es que a ese
ateo no lo he encontrado jamás, ni siquiera una sola vez, y en su lugar he encontrado al
ateo embrollón, que es como hay que llamarlo. Son individuos de muy distintas clases; ni
siquiera se puede distinguir sus especies; grandes y pequeños, tontos y sabios, a incluso
gente del pueblo, y todos unos embrolladores. Se pasan toda la vida leyendo y razonando,
están saturados por el encanto de los libros, péro por su parte permanecen siempre en la
duda, sin poder decidir nada. Los hay que están totalmente dispersos, que ni siquiera se
observan ya a sí mismos; otros están más endurecidos que la piedra, y su corazón está
recorrido por sueños; otros son insensibles y ligeros con tal de poder soltar sus bromas.
Otros no han cogido de sus libros más que la flor, y encima según la idea que ellos
tienen; pero siempre son embrolladores y sin decisión; he aquí lo que os diré aún: hay en
eso mucho de aburrimiento. El hombre sencillo vive en la necesidad, no tiene pan, no
tiene nada que dar a los niños, duerme sobre la picante paja, pero tiene siempre el
corazón alegre y ligero; comete pecados y dice groserías, pero el corazón sigue estando
entero. El grande hombre se atraca de bebida y de alimento, está sentado sobre su montón
de oro, pero el corazón lo tiene siempre lleno de fastidio. Los hay que han atravesado
todas las ciencias, y el fastidio sigue estando a11í. Yo creo ciertamente que, cuanto más
espíritu se tiene, tanto mayor es el tedio. Tomen en cuenta solamente una cosa: se está
enseñando desde que el mundo es mundo, pues bien, ¿qué es lo que se ha áprendido de
bueno, qué es lo que se ha aprendido para que el mundo sea una morada bella y alegre
dentro de lo posible y desbordante de todos los gozos? Y os diré aún otra cosa: ellos no
tienen belleza, ni siquiera la quieren; están todos muertos, únicamente que cada uno alaba
su muerte y no piensa en volverse hacia la única Verdad; vivir sin Dios no es más que
tormento. Sucede así que maldecimos a lo que nos alumbra, y eso sin siquiera saberlo. ¿Y
qué sentido común hay en eso? El hombre no puede vivir sin arrodillarse; no se
soportaría, ningún hombre sería capaz de ello. Si rechaza a Dios, se arrodilla delante de
un ídolo, de madera, o de oro, o imaginario. Todos son idólatras, y no ateos, así es como
hay que llamarlos. ¿Y cómo no ser ateo? Los hay que son verdaderamente ateos, sólo que
ésos son mucho más terribles que los otros, porque se presentan con el nombre de Dios
en la boca. He oído hablar de ellos muchas veces, pero nunca me he encontrado con
ninguno. Pero ellos existen, amigo mío, y creo que deben existir.
-Los hay, Makar Ivanovitch – confirmó de repente Versilov -, los hay y «deben existir».
-¡Desde luego que los hay y «deben existir»! – esta frase se me escapó irresistiblemente
y con fuego, no sé por qué; pero el tono de Versilov me había arrastrado y una idea me
seducía en la expresión: «deben existir».
Esta conversación me resultaba totalmente inesperada. Pero en aquel momento se
produjo súbitamente algo completamente inesperado también.
IV
El día era de una luminosidad notable. Por lo general, en la habitación de Makar
Ivanovitch no se levantaba la persiana en todo el día, por orden del doctor; solamente que
lo que había en la ventana no era una persiana, sino una cortina, de forma que la parte alta
de la ventana no llegaba a estar cubierta; en efecto, el viejo se encontraba mal cuando no
vela en absoluto el sol, con la antigua persiana. Ahora bien, nos quedamos charlando
justamente hasta el momento en que un rayo de sol le dio a Mákar Ivanovitch en pleno
rostro. Ocupado en la conversación, al principio no se dio cuenta de eso, pero varias
veces volvió la cabeza maquinalmente, sin dejar de hablar, porque aquel rayo brillante lo
molestaba a irritaba sus ojos enfermos. Mamá, en pie al lado de él, había mirado ya varias
veces la ventana con inquietud; habría hecho falta sencillamehte cegarla del todo, pero,
para no estorbar la conversación, imaginó el procedimiento de intentar arrastrar hacia la
derecha el taburete sobre el que estaba sentado Makar Ivanovitch: bastaba empujarlo
quince centímetros, veinte como máximo. Ya ella se había inclinado varias veces para
ponerle la mano encima, pero no había podido moverlo; el taburete, con Makar
Ivanovitch sentado, no se movía lo más mínimo. Sintiendo sus esfuerzos, pero de manera
completamente inconsciente, en el ardor de la conversación, Makar Ivanovitch había
intentado varias feces levantarse, pero sus piernas no le obedecían. Sin embargo, mamá
continuaba haciendo todos sus esfuerzos y tirando, y por fin todo aquello impacientó a
Lisa. Me acuerdo de ciertas miradas brillantes, irritadas; únicamente que en el primer
momento yo no sabía a qué atribuirlas, y además estaba distraído por la conversación. De
repente, resonó esta invitación violenta, casi un grito, dirigida a Makar Ivanovitch:
-¡Pero, levántese usted un poco, ya ve las molestias que está pasando mamá!
El anciano la miró rápidamente, comprendió en seguida y trató inmediatamente de
obedecer, pero sin éxito: apenas se había levantado diez centímetrqs, volvió a caer sobre
el taburete.
-¡No puedo, hija mía! – respondió quejumbrosamente a Lisa, mirándola con humildad.
-Contar historias como para llenar un libro sí puede usted, pero para hacer un sencillo
movimiento no tiene fuerzas, ¿verdad?
-¡Lisa! – gritó Tatiana Pavlovna.
Makar Ivanovitch hizo de nuevo un esfuérzo extraordinario.
-¡Coja usted su muleta, está caída en el suelo, y ayúdese con ella! – lanzó Lisa de
nuevo.
-¡Es verdad! – dijo el anciano, que se apresuró a coger su muleta.
-Sencillamente, no hay más que levantarlo – dijo Versilov, poniéndose en pie.
El doctor se puso en movimiento, Tatiana Pav1ovna se lanzó a su vez, pero no llegaron
a tiempo: Makar Ivanovítch, apoyándose con todas sus fuerzas en la muleta, se había
levantado de repente y se mantenía en pie mirando en torno a él, gozoso y triunfante.
-¡Lo he conseguido, yo solo! – exclamó casi con orgullo, riendo alegremente -. Gracias,
hija mía, tú me has hecho más sabio, y yo que creía que mis piernas no servían ya para
nada…
Pero no se quedó de pie mucho tiempo. No había terminado su frase, cuando la muleta
sobre la que se apoyaba con todo su peso se deslizó de repente por la alfombra, y, como
las piernas no lo sostenían casi en absoluto, se derrumbó cuan largo era sobre el
entarimado. Resultó un espectáculo casi espantoso, me acuerdo muy bien. Hubo un «
¡Oh! » general, nos lanzamos todos a recogerlo, pero, a Dios gracias, no se había
fracturado nada; sus rodillas habían chocado pesadamente con el entarimado, formando
un gran ruido, pero él había tenido tiempo de avanzar la mano derecha y de aguantarse
sobre ella. Lo levantaron y se le tendió en la cama. Estaba muy pálido, no de miedo, sino
a causa del golpe. (El doctor le había encontrado, entre otras cosas, una enfermedad del
corazón.) Mamá estaba fuera de sí, de terror. Súbitamente, Makar Ivanovitch, todavía
pálido, sacudido el cuerpo y pareciendo apenas haber vuelto en sí, se volvió hacia Lisa y,
con una voz dulce, casi tierna, le dijo:
-¡No, hija mía, ya lo ves, rnis piernas ya no me soportan!
Yo no sabría explicar la impresión que se había apoderado de mí. Las palabras del
pobre viejo no tenían el menor acento de queja o de reproche; por el contrario, era
evidente que él no había notado, desde el principio, la menor malignidad en las palabras
de Lisa y que había considerado los gritos que ella le había dirigido como una cosa
merecida, es decir, como una reprimenda a la que él se había hecho acreedor por su falta.
Todo aquello obró también terriblemente sobre Lisa. En el momento de la caída, ella
había dado un salto como todo el mundo y estaba a11í como muerta, sufriendo
naturalmente porque ella era la causa de todo. Pero, al oír aquellas palabras, casi
instantáneamente, enrojeció toda ella de vergüenza y de arrepentimiento.
-¡Basta! – ordenó de pronto Tatiana Pav1ovna -. Todo esto proviene de esas
conversaciones tan tontas. Que cada uno se vaya a su habitación. Pero, ¿qué hacer cuando
es el mismo médico el que empieza la cháchara?
-Desde luego – contestó Alejandro Semenovitch, afanándose en torno al enfermo -.
Perdón, Tatiana Pav1ovna, él necesita reposo.
Pero Tatiana Pavlovna no escuchaba: desde hacía medio minuto observaba a Lisa
silenciosamente y sin perderla de vista.
-Ven aquí, Lisa, y bésame, ¡vieja tonta que soy!; si quieres, claro está – invitó
súbitamente.
Y la abrazó, ignoro por qué, pero desde luego eso era lo que había que hacer; hasta el
punto que a mí mismo me faltó poco para lanzarme a abrazar a Tatiana Pavlovna; en
efecto, era preciso no aplastar a Lisa bajo los reproches, sino acoger con alegría y
felicitaciones el nuevo y buen sentimiento que seguramente iba a nacer en ella. Sin
embargo, en lugar de todos esos sentimientos, me levanté de pronto y, martillando las palabras,
empecé:
-Makar Ivanovitch, usted ha vuelto a emplear esa palabra: «la belleza», y justamente
ayer y todos estos días esa palabra me viene atormentando… En realidad toda mi vida me
ha atormentado, solamente que otras veces yo no sabía lo que era. Considero esta
coincidencia como fatal, casi maravillosa…Lo declaro en su presencia…
Pero se me interrumpió. Lo repito: yo ignoraba lo que ellos habían acordado en cuanto
a mamá y Makar Ivanovitch; y, por mis actos pasados, ellos naturalmente me creían
capaz de un escándalo de esa clase.
-¡Calmadlo, calmadlo!
Tatiana Pavlovna estaba completamente enfadada. Mamá se puso a temblar. Makar
Ivanovitch, al ver el espanto general, se asustó también.
—¡Arcadio, cállate! – gritó con severidad Versilov.
-El verlos a todos ustedes alrededor de ese recién nacido – elevé la voz todavía más y
señalé a Makar – es para mí una monstruosidad. Aquí no hay más que una santa, y es
mamá, y todavía…
-¡Va usted a asustarlo! – insistió el doctor.
-Sé que soy el enemigo de todo el mundo – balbucí (o alguna cosa de esa clase), pero,
después de una nueva ojeada circular, lancé una mirada provocativa a Versilov.
-¡Arcadio! – gritó de nuevo -. Ya ha sucedido aquí entre nosotros una escena análoga.
Te lo suplico, ¡reprímete ahora!
Yo no sabría expresar el potente sentimiento con el cual pronunció estas palabras.
Había en sus rasgos una pena extraordinaria, sincera, completa. Lo más asombroso era
que él tenía una expresión de culpabilidad: era yo el juez, y él, el criminal. Todo esto me
sacó de quicio.
-¡Sí! – grité en respuesta -, esta escena se produjo ya el día en que enterré a Versilov,
cuando lo arranqué de mi corazón… Luego ha habido la resurrección de los muertos, pero
ahora… ahora ¡está terminado del todo! Pero… pero van a ver todos ustedes de lo que yo
soy capaz. ¡No se esperan ustedes lo que yo soy capaz de probar!
Dicho esto, me lancé hacia mi habitación. Versilov corrió tras de mí.
Tuve una recaída: un acceso muy fuerte de fiebre, y, al atardecer, delirio. Pero no todo
era delirio: había sueños innumerables, en procesión interminable, de entre los cuales he
retenido durante toda mi vida uno, o un fragmento de uno. Lo registro aquí sin ninguna
explicación; ese sueño era profético y no puedo omitirlo.
Me encontré de pronto, lleno el corazón con un propósito grande y orgulloso, en una
sala vasta y alta; sólo que no en casa de Tatiana Pavlovna: me acuerdo muy bien de esta
sala; hago esta observación por anticipado. Pero me esfuerzo en vano por estar solo;
siento siempre, con inquietud y sufrimiento, que no estoy solo del todo, que se me espera
y que se espera de mí alguna cosa. En alguna parte por detrás de la puerta hay personas
que esperan to que voy a hacer. Una sensación insoportable: « ¡Ah, si yo estuviera solo! »
Y de repente ella entra. Tiene un aspecto tímido y está terriblemente asustada; busca mis
ojos. Tengo en mis manos el documento. Sonríe para seducirme, se pega a mí; me da
lástima, pero comienzo a experimentar malestar. De pronto esconde su rostro entre las
manos. Arrojo el «documento» sobre la mesa con un desprecio inexpresable: « ¡No me
pida nada, tome, no le reclamo nada! ¡Me vengo con el desprecio de todas las injurias que
he sufxido! »
Salgo de la habitación, lleno de un inmenso orgullo. Pero en el umbral, en la oscuridad,
Lambert me detiene: « ¡Imbécil! Idiota! – musita con toda su fuerza, agarrándome por el
brazo -: Ella va a abrir en Vassili Ostrov una pensión para niñas de la nobleza.» (Nota
bene: es decir, para ganarse la vida si su padre, informado por mí de la existencia del
documento, la deshereda y la pone de patitas en la calle. Anoto literalmente las
expresiones de Lambert, tal como las oí en el sueño.)
-Arcadio Makarovitch busca «la belleza» – es la vocecita de Ana Andreievna la que
oigo muy cerca, en la escalera; pero no era alabanza, era, por el contrario, una burla
insoportable lo que vibraba en aquellas palabras.
Vuelvo a la habitación con Lambert. Pero, al verle, ella se echa inmediatamente a reír.
Mi primera impresión es un terrible espanto, un espanto tal, que me detengo y me niego a
seguir avanzando. La miro y no creo en mis ojos; es como si de repente se hubiese
quitado una máscara del rostro: los rasgos son los mismos, pero cada uno de ellos está
defermado por una desvergüenza desmedida. « ¡El rescate, señora, el rescate! », grita
Lambert, y los dos se echan a reír cada vez con más fuerza, y mi corazón deja de latir: «
¿Es posible que esta mujer desvergonzada sea la misma que aquella que con una sola
mirada hacía hervir mi corazón de virtud?»
-¡He aquí de to que son capaces por dinero, estos orgullosos, en su gran mundo! –
exclama Lambert.
Pero la desvergonzada no se turba por tan poca cosa; se echa a reír precisamente al
verme tan espantado. ¡Ah!, está dispuesta a pagar el rescate, lo veo, y… ¿qué es lo que
pasa en mí? Ya no experimento ni lástima ni repugnancia. Tiemblo como nunca… Un
nuevo sentimiento se apodera de mí, un sentimiento inexpresable, que no he conocido
nunca, y poderoso conio todo el universo… ¡No tengo ya fuerzas para irme de a11í, por
nada en el mundo! ¡Oh, qué dichoso soy al verla tan desvergonzada! La agarro por las
manos, el contacto de sus manos me sacude dolorosamente, y aproximo mis labios a sus
labios desvergonzados, bermejos, temblorosos de risa y que me llaman.
¡Lejos de mí ese recuerdo humillante! ¡Maldito sueño! ¡Lo juro, antes de ese sueño
infame no había habido nada en mi espíritu que se pareciese en to más mínimo a aquel
pensamiento vergonzoso! No, ni siquiera un sueño involuntario de aquella índole (sin
embargo, yo guardaba el documento cosido dentro de mi bolsillo y a veces me llevaba las
manes al bolsillo con una sonrisa extraña). ¿De dónde había venido todo aquello de
golpe? ¡Es que yo tenía un alma de araña! Qtliero ¿ecir que todo estaba desde hacía
mucho tiempo en germen y reposaba en mi corazón perverso, en mi deseo, pero que el
corazón estaba todavía retenido por la vergüenza, en el estado de vigilia, y el espiritu no
osaba todavía representarse conscientemente nada parecido. En el sueño, por el contrario,
el alma había presentado y desplegado delante de ella misma todo to que había en el
corazón, con una precisión perfecta y en un cuadro muy completo, y bajo forma
profética. ¿Era precisamente aquello to que yo quería probarles, al escaparme por la
mañana de la habitación de Makar Ivanovitch? ¡Pero basta, ni una palabra más de eso
antes de que llegue el momento! Aquel sueño que tuve es una de las aventuras más
extrañas de mi vida.
CAPÍTULO III
I
Tres días más tarde, me levanté por la mañana y comprendí de repente, una vez en pie,
que no volvería a meterme en la cama. Experimentaba en todo mi ser la cercanía de la
curación. Todos estos menudos detalles no valdrían quizá la pena de ser anotados, pero
entonces sobrevino una serie de días en los cuales no se produjo nada de particular, y que,
no obstante, han permanecido todos en mi memoria como algo tranquilo y gozoso: es una
rareza en mis recuerdos. De momento, no hablaré de mi estado mental; si el lector
supiese en qué consistía, no querría creerlo. Conviene más que esto resalte más tarde por
los hechos. Mientras tanto, diré solamente esto: que el lector se acuerde de un alma de
araña (118). Y de esto, de la habitación desde la que quería abandonarlos y, con ellos, al
mundo entero, en nombre de «la belleza». El anhelo de belleza estaba en su colmo, eso
era una gran verdad, pero la forma en que pudo aliarse con otros anhelos, ¡y cuáles!, es
para mí un misterio. Eso siempre ha sido un misterio, y mil veces me he asombrado de
esta facultad que tiene el hombre (y, creo, por excelencia el hombre ruso) de mecer su
corazón a una altura sublime y junto a la peor bajeza, y siempre con una absoluta
sinceridad. Sobre si esta famosa amplitud de espíritu del ruso, que lo conducirá lejos, es
eso, amplitud de espíritu, o si es sencillamente bajeza, la cuestión queda sin dilucidar.
Pero dejemos esto. De una manera o de otra, se produjo una calma. Yo había
comprendido que era preciso a toda costa volver a estar sano y lo más pronto posible,
para comenzar lo más pronto posible a obrar, y por eso decidí vivir higiénicamente, y
escuchar al doctor (cualquiera que fuese), aplazando las intenciones belicosas, con una
sabiduría extrema (fruto de la amplitud de espíritu) hasta el día de mi salida, es decir,
hasta la curación. La forma en que todas las impresiones pacíficas y los disfrutes de
aquella calmá pudieran conciliarse con los latidus alarmados y agradablemente dolorosos
de mi corazón, ante el presentimiento de las tempestuosas decisiones próximas, to ignoro,
pero lo sigo atribuyendo a la «amplitud de espíritu». Sin embargo yo no esperaba la
inquietud de otras veces; lo había aplazado todo hasta el término fijado, sin temblar ante
el porvenir como antes temblaba, sino en plan de hombre rico, seguro de sus recursos y
de sus fuerzas. La arrogancia y el desafío ante el destino que me aguardaba iba creciendo,
un poco, creo, a causa de mi curación ya efectiva y del retorno rápido de las energías
vitales. Aquellos pocos días de curación definitiva a incluso verdadera, los recuerdo
todavía con gran satisfacción.
Me habían perdonado todo, quiero decir mi salida, ellos, esas mismas personas a las
que yo había tratado como monstruos. Eso es to que me gusta en la gente, eso es lo que
yo llamo la inteligencia del corazón; por lo menos, eso me sedujo inmediatamente, hasta
un cierto punto sin duda. Versilov y yo, por ejemplo, continuábamos charlando como
buenos y viejos amigos, pero hasta cierto punto: en cuanto se manifestaba demasiada
expansión (cosa que no dejaba de suceder de vez en cuando), los dos nos conteníamos
inmediatamente, con un asomo de vergüenza. Hay casos en que el vencedor no tiene más
remedio que avergonzarse ante su vencido, precisamente por haberlo derribado. El
vencedor, evidentemente, era yo; y me sonrojaba por eso.
Aquella mañana, es decir, el día en que me levanté del lecho después de mi recaída,
vino a verme y fue entonces cuando me enteré por él, por primera vez, del convenio que
habían formado todos respecto a mamá y a Makar Ivanovitch. Añadió que el anciano
estaba mejor, pero que, a pesar de todo, el doctor no respondía de él. Le hice de todo
corazón la promesa de ser más prudente en el porvenir. En el momento en que Versilov
me contaba todo aquello, noté de repente, por primera vez, que él mismo estaba muy
sinceramente preocupado por aquel anciano, es decir, infinitamente más de lo que yo
habría podido esperar de un hombre como él, y que lo consideraba como a una criatura
particularmente querida, querida por él mismo y no tan sólo por causa de mamá. La cosa
me interesó, casi me asombró, y, lo reconozco, sin Versilov hay muchas cosas que se me
habrían escapado y que yo no habría apreciado suficientemente en aquel anciano, que me
ha dejado uno de los recuerdos más sólidos y más originales de mi corazón.
Versilov parecía temer en cuanto a mis relaciones con Makar Ivanovitch, o más bien no
se fiaba ni de mi inteligencia ni de mi tacto, y por eso se mostró extremadamente
satisfecho más tarde, cuando se dio cuenta de que yo también era capaz a veces de
comprender cómo había que comportarse con un hombre de ideas y de concepciones
totalmente distintas; en una palabra, que yo sabía ser, cuando se presentaba el caso,
conciliador y tolerante. Reconozco también (creo que sin humillarme) que encontré en
aquella criatura venido del pueblo algo absolutamente nuevo para mí en cuanto a los
sentimientos y a las ideas, algo que yo desconocía, infinitamente más limpio y consolador
que la manera que yo tenía de comprender antes aquellas cosas. A pesar de todo, no había
medio de no sulfurarse algunas veces, ante ciertos prejuicios categóricos en los cuales él
creía con una calma y una seguridad imperturbables. Pero de eso, naturalmente, la única
causa estaba en su falta de instrucción, y su alma se hallaba bastante bien organizada, incluso
tan bien, que no he conocido nunca a nadie que le sea superior en ese aspecto.
II
Ante todo, lo que me atraía en él, como ya he dicho anteriormente, era su extremo
candor y una ausencia total de amor propio; se presentía allí un corazón casi sin pecados.
Poseía «la alegría» del corazón, y por consiguiente también «la belleza». Esta palabrita
de «alegria», él la amaba mucho y la empleaba frecuentemente. Sin duda, a veces estaba
poseído por una especie de excitación enfermiza, por una enfermedad de
enternecimiento, un poco exagerada, supongo, porque la fiebre, a decir verdad, no lo
abandonó en todo aquel tiempo; pero aquello no era obstáculo para la belleza. Había
también contrastes: junto a una asombrosa ingenuidad, que a veces no se daba cuenta en
absoluto de la ironía (a menudo con gran despecho por mi parte), había también no sé qué
fina astucia, sobre todo en las escaramuzas polémicas. La polémica era cosa que lo
entusiasmaba, pero solamente de vez en cuando y a su manera. Se veía que había errado
mucho a través de Rusia, oído mucho, pero lo repito, le gustaba más que nada el
enternecimiento y por consiguiente todo lo que terminaba en ternura, y era muy
aficionado a contar cosas enternecedoras. En general, le gustaba muchísimo relatar. De su
boca he oído multitud de relatos sobre sus propios viajes, toda clase de leyendas sobre la
vida secreta de los más antiguos ascetas. Tales temas no me son apenas conocidos, pero
creo que él añadía a esas leyendas no pocas mentiras, procedentes en su mayor parte de la
tradición oral de nuestro pueblo. Había cosas verdaderamente imposibles de admitir.
Pero, junto a deformaciones evidentes o puras mentiras, resplandecía siempre no sé qué
asombrosamente sólido, lleno de sentimiento popular y siempre enternecedor… He
retenido, por ejemplo, de todos esos relatos, la larga historia denominada «Vida de Santa
María Egipcíaca» (119). De esa vida y de casi todas las otras análogas, yo no tenía hasta
entonces la más mínima idea. Lo digo francamente: era imposible oírlo sin echarse a
llorar, no de enternecimiento, sino por una especie de extraño entusiasmo: se sentía a11í
algo extraordinario y ardiente, como la arena calcinada hasta el blanco vivo del desierto,
habitado por leones, a través del cual erraba la santa. Pero no es de eso de lo que quiero
hablar, y además no soy competente.
Además del enternecimiento, lo que me agradaba en él eran ciertos puntos de vista
extremadamente originales sobre ciertas cuestiones extremadamente discutidas aun en
nuestra época. Un día, por ejemplo, contaba la historia reciente de un soldado licenciado;
él había sido casi testigo presencial del suceso. Aquel soldado había vuelto a sus Tares, y,
al hallarse de nuevo entre los campesinos, no se había sentido ya a11í a gusto ni les había
agradado a ellos tampoco. Nuestro hombre se descarrió, se puso a beber y cometió no sé
qué acto de latrocinio; no había pruebas ciertas; sin embargo, lo detuvieron y lo juzgaron.
El abogado había conseguido ya casi que lo absolvieran: ¡no había pruebas!, cuando de
pronto el otro, que estaba escuchando, se levantó bruscamente a interrumpió a su
defensor: « No, espera un poco.» Y lo contó todo «hasta el último entresijo»; se
reconoció culpable de todo, con llantos y arrepentimiento. Los jurados se retiraron, se
encerraron en su sala, y helos aquí que vuelven a salir: «No, no es culpable.» No hubo
más que gritos de alegría. Pero el soldado se quedó clavado en el sitio, como si lo
hubiesen transformado en una columna, sin comprender nada; no comprendió tampoco lo
que le dijo el presidente para su gobierno, al ponerlo en libertad. Se marchó, no creyendo
lo que veían sus ojos. Fue poseído por el fastidio: helo aquí sumergido en sus reflexiones,
ni come ni bebe, y no habla ya con la gente. Cinco días después se ahorcó. «¡He ahí lo
que significa vivir con un pecado sobre la conciencia! », concluyó Makar Ivanovitch.
Este relato carece evidentemente de valor, y de esas historias hay ahora multitudes en
todos .los periódicos, pero lo que me agradó fue el tono, y más aún ciertas palabras que
expresaban verdaderamente una idea nueva. A1 contar por ejemplo cómo el soldado, de
vuelta al pueblo, no agradaba ya a los aldeanos, Makar Ivanovitch se expresó así: «Un
soldado, ya se sabe lo que es: un soldado es un campesino echado a perder.» Hablando en
seguida del abogado que había estado a punto de ganar el juicio, dijo también: «Ya se
sabe lo que es un abogado: un abogado es una conciencia de alquiler.» Estas dos
expresiones las encontró sin la menor dificultad y sin prestar la menor atención él irismo,
y sin embargo contienen todo un concepto justo de esos dos seres, concepto que, si bien
no es el de todo el pueblo, es el de Makar Ivanovitch, suyo propio y no tomado a
préstamo. Esos juicios completamente acabados que tiene el pueblo sobre tal o cual tema
son a veces verdaderamente maravillosos por su originalidad.
-Makar Ivanovitch, ¿y qué piensa usted sobre el pecado del suicidio? – le pregunté a
propósito de aquel relato.
–El suicidio es el pecado mayor del hombre – respondió con un suspiro -, pero el Señor
es el único juez de éste, porque Él solo lo sabe todo, las medidas y los límites. El deber
por nuestra parte, es el de rezar por pecadores tan grandes. Cada vez que oyes hablar de
un pecado como ése, antes de dormirte reza por ese pecador una tierna plegaria; a lo
menos suspira por él cerca de Dios; incluso si no lo has conocido en absoluto, tu oración
por eso será todavía más eficaz.
-Pero, ¿de qué le servirá mi oración, si está ya condenado?
-¿Y qué sabes tú? Muchos, ¡oh!, muchos no creen y aturden por eso a las personas mal
informadas; no los escuches, porque no saben adónde van. La oración de un hombre todavía
vivo por un condenado llega verdaderamente a Dios. Pero, ¿qué será de aquel que no
tiene a nadie para rezar por él? Por eso, cuando reces, antes de acostarte, añade al
terminar: «Señor jesús, ten piedad también de todos aquellos que no tienen a nadie que
rece por ellos.» Esta oración es muy eficaz y muy agradable. Lo mismo por todos los
pecadores aún vivos: «¡Señor, por los medios que Tu sabes, salva a todos los impenitentes!
» Esta oración también es buena:
Le prometí rezar esas oraciones, comprendiendo que esa promesa le proporcionaría un
placer extremo. Y en efecto, la alegría brilló en su rostro; pero me apresuro a añadir que
en casos semejantes él no me miraba nunca de arriba abajo, como una especie de
ermitaño podría tratar a un vulgar adolescente; al contrario, muy a menudo le gustaba
escucharme discurrir, y no se cansaba, sobre diferentes temas, estimando sin duda que
tenía que vérselas con un joven, pero también que ese joven era infinitamente más
instruido que él. Le gustaba por ejemplo hablar muy a menudo de los ermitaños y
colocaba «el desierto» inmensamente por encima de «la vida errante». Le hice ardientes
objeciones, insistiendo sobre el egoísmo de esas personas que abandonan al mundo y
desdeñan el bien que podían hacer a la humanidad, únicamente en vista de una idea
egoísta de su salvación. Al principio, él no comprendía e incluso sospecho que no me
comprendió jamás; pero defendía mucho al desierto: «Primeramente se tiene lástima de sí
mismo, como es natural (es decir, en el momento de instalarse en el desierto), en seguida
empieza a alegrarse más y más cada día y después, por fin, se ve a Dios.» Desarrollé
entonces delante de él un cuadro completo de la actividad útil del sabio, del médico, en
general del amigo de la humanidad en el mundo, y le causé un verdadero entusiasmo,
puesto que él mismo hablaba de eso calurosamente; a cada momento me aprobaba: «Sí,
hijo mío, sí, Dios te bendiga, estás en lo cierto.» Pero cuando hube terminado, no se
mostró sin embargo completamente de acuerdo: «Está bien eso – suspiró profundamente
-, pero ¿hay muchos que resistan bien y que no se dejen distraer? El dinero no es Dios,
pero es un semidiós, es una gran tentación; y después hay también la mujer, y después la
duda y después la envidia. Se olvida el gran negocio y se pone uno a ocuparse del
pequeño. En el desierto pasa de una manera muy distinta. En el desierto, el hombre se
fortifica para todas las hazañas. ¡Amigo mío! Pero ¿qué pasa en el mundo? – Y exclamó
con un sentimiento extraordinario -. ¿No es solamente un sueño? Coge arena y siémbrala
sobre los guijarros; cuando esa arena amarilla empiece a brotar sobre tus guijarros,
entonces se realizará to sueño en el mundo, así es como se habla entre nosotros. Pero en
Cristo se habla de otra manera: “Ve y distribuye to riqueza y hazte el servidor de todos.”
Y serás más rico que antes, una infinidad de veces; porque no es solamente el alimento ni
los vestidos preciosos, ni el orgullo y la ambición los que dan la felicidad, sino el amor
infinitamente multiplicado. ¡No es una pequeña riqueza, ni cien mil, ni un millón, sino el
universo entero lo que ganarás! Ahora, amasamos sin hartarnos y disipamos locamente;
pero entonces no habrá ni huérfanos ni pobres, porque todos son míos, todos son mis
parientes, a todos los he adquirido, a todos los he comprado desde el primero hasta el
último. Hoy, no es raro que incluso el rico y el grande se muestren indiferentes al número
de sus días, y no sepan ellos mismos qué distracción inventar; pero entonces tus días y tus
horas se multiplicarán por mil, porque tú no querrás ya perder ni un solo minutito y de
cada uno to darás cuenta en la alegría de tu corazón. Entonces adquirirás la sabiduría no
solamente por los libros, porque estarás con Dios mismo cara a cara; y la tierra
resplandecerá más que el sol, y no habrá a11í ni penas ni suspiros, sino únicamente un
paraíso único, sin precio… »
He ahí los accesos de entusiasmo que a Versilov le gustaban, creo, enormemente.
Aquella vez se encontraba precisamente en la habitación.
-¡Makar Ivanovitch! -lo interrumpí yo de repente, caldeado yo mismo sobremanera (me
acuerdo muy bien de aquella velada) -. ¡Pero es el comunismo, un verdadero comunismo
lo que está usted predicando!
Y como él no sabía absolutamente nada de la doctrina comunista, a incluso era aquélla
la primera vez que oía esa palabra, me puse en seguida a explicarle todo lo que yo sabía
de aquello. Confieso que sabía pocas cosas y las sabía mal, a inclúso ahora no soy nada
competente en la materia, pero lo que sabía, lo expuse a pesar de todo con mucho ardor.
Me acuerdo aún con complacencia de la impresión extraordinaria que produje en el
anciano. No era sólo una impresióri, sino más bien una sacudida. Se interesaba
enormemente por los detalles históricos: «¿Dónde? ¿Cómo? ¿Quién lo hizo? ¿Quién lo
dijo?» He observado por lo demás que eso es en general una particularidad del pueblo: no
se contenta con la idea general; desde el momento en que algo le interesa mucho, reclama
con avidez detalles firmes y precisos. Por mi parte, yo me extraviaba entre los detalles, y
como Versilov estaba presente, yo tenía un poco de vergüenza delante de él y me
acaloraba cada vez más. Finalmente, Makar Ivanovitch, todo enternecido, no hacía más
que repetir después de cada palabra: « ¡Sí, sí! », pero visiblemente sin comprender nada y
sin seguir el hilo. Yo estaba irritado por aquello, pero de repente Versilov interrumpió la
conversación, se levantó y declaró que era la hora de irse a acostar. Estábamos todos
reunidos y era ya tarde. Cuando, algunos minutos después, lanzó un vistazo por mi
habitación, le pregunté inmediatamente qué concepto tenía sobre Makar Ivanovitch en
general y qué pensaba de él. Soltó una risa gozosa (no era ni muchísimo menos por mis
errores sobre el comunismo; al contrario, no habló de aquello). Lo repito una vez más: él
estaba literalmente chiflado por Makar Ivanovitch, y yo sorprendía con frecuencia en su
rostro una sonrisa extraordinariamente seductora cuando escuchaba al anciano. Esa sonrisa,
por lo demás, no impedía la crítica.
-Has de tener en cuenta, ante todo, que Makar Ivanovitch no es un mujik, sino un siervo
doméstico – declaró recalcándolo mucho -, un antiguo siervo doméstico y un antiguo
servidor, nacido servidor y de un servidor. Esos siervos y esos domésticos compartían
muchos aspectos de la vida privada, intelectual y espiritual de sus amos, en los viejos
tiempos. Fíjate bien en que Makar Ivanovitch, incluso hoy día, se interesa sobre todo por
los acontecimientos de la vida señorial y aristocrática. Tú no sabes hasta qué punto siente
curiosidad por ciertos sucesos que han ocurrido en nuestro país estos últimos tiempos.
.¿Sabías tú que es un gran político? He ahí a uno a quien no se le puede llevar por una
oreja; hace falta contárselo todo, quién hace la guerra y dónde, y si nosotros la haremos
también… En otros tiempos, con conversaciones de este tipo, le he proporcionado un
auténtico bienestar. Respeta mucho las ciencias, y entre todas las ciencias prefiere la
astronomía. Con todo, se ha creado en sí mismo algo tan independiente, que es imposible
cambiarlo. Hay en él convicciones, firmes y bastante claras… y sinceras. A pesar de su
enorme ignorancia, es capaz de asombrarlo o uno de repente con el conocimiento
inesperado de ciertas nociones que jamás se habrían supuesto en él. Alaba el desierto con
entusiasmo, pero él no irá por nada del mundo ni al desierto ni al convento, porque es
sobre todo « un vagabundo», como lo ha llamado suavemente Alejandro Semenovitch, a
quien, dicho sea de paso, detestas sin motivo alguno. ¿Qué más? Es un poco artista, tiene
una cantidad de frases que son suyas propias, y otras también que no le pertenecen. Su
lógica flaquea un poco. Algunas veces es muy abstracto, con accesos de sentimentalismo,
pero de sentimentalismo puramente popular o, para decirlo mejor, accesos de ese
enternecimiento nacional que nuestro pueblo introduce tan ampliamente en su
sentimiento religioso. Dejo aparte la cuestión de la pureza de su corazón y de su bondad:
no es cosa nuestra ocuparnos de ese tema…
III
Para terminar el retrato de Makar Ivanovitch, reproduciré uno de sus relatos, tomado a
préstamo de su vida privada. El carácter de estos relatos era singular, o más bien no
tenían ningún carácter común; era imposible sacar de ellos ninguna moraleja ni ninguna
tendencïa general, salvo la de que todos eran poco más o menos enternecedores. Pero los
había tanmbién que no lo eran, los había incluso muy alegres y hasta con burlas contra
ciertos monjes descarriados, tanto que al contarlos perjudicaba a su idea, cosa que le hice
observar; pero él no comprendió lo que yo quería decir. Algunas veces resultaba difícil
adivinar qué era lo que lo empujaba a relatar de aquella forma, de modo que yo llegaba
incluso a asombrarme de semejante locuacidad, que atribuía en parte a la senilidad y a un
estado enfermizo.
-Ya no es lo que era – me cuchicheó un día Versilov -. antes no era así, ni pensarlo.
Morirá bien pronto, mucho antes de lo que pensamos, y hay que estar preparados.
Me he olvidado de decir que se había establecido entre nosotros algo así como
«veladas» regulares. Además de mama, que no abandonaba casi nunca a Makar
Ivanovitch, estábamos todos los días en su habitación Versilov y yo, que por lo demás no
tenía otro sitio adonde ir; los últimos días Lisa solía entrar también, aunque más tarde que
los otros, y casi siempre se quedaba silenciosa. Estaba también Tatiana Pavlovna y,
aunque raras veces, el doctor. Yo no sé cómo se hizo aquello, pero bruscamente me había
aproximado al doctor; no de una manera enorme, pero, en todo caso, nada de sofiones
como antes. Lo que me agradaba en él era una cierta simplicidad que le había notado por
fin y una cierta adhesión a nuestra familia, tanto que decidí por fin perdonarle su orgullo
médico y además le enseñé a lavarse las manos y a cuidarse las uñas, puesto que
decididamente le era imposible llevar la ropa limpia. Le hice comprender que no se
trataba de la elegancia ni de las «bellas artes», sino que la limpieza entraba naturalmente
en las funciones de un doctor, y se lo demostré. Finalmente, Lukeria venía a menudo
desde su cocina hasta la puerta y escuchaba por detrás lo que contaba Makar Ivanovitch.
Un día, Versilov la invitó a entrar y a sentarse con nosotros. Aquello me agradó; sin
embargo, ya no volvió. Tenía su carácter.
Inserto aquí uno de esos relatos, al azar, únicamente porque es el que he retenido mejor.
Es una historia de comerciantes, y creo que historias de esa clase, en nuestras ciudades
grandes y pequeñas, las hay a millares, por poco que se sepa observar: El lector es libre
de saltarse el relato, tanto más cuanto que lo cuento en el estilo del pueblo.
IV
Aquello sucedió en nuestro país, en la ciudad de Afinievo. Voy a contaros ahora esta
maravilla. Había una vez un comerciante que se llamaba Rotoboinikov (120) Máximo
Ivanovitch. Era el hombre más rico de toda la comarca. Había construido una fábrica de
indiana y les daba trabajo a varios centenares de obreros. Acabó por endiosarse un poco.
Y, preciso es decirlo, todo el mundo estaba a sus órdenes. Las autoridades no le
presentaban ninguna dificultad, el archimandrita le daba las gracias por su celo; daba
mucho para el convento, y, cuando el humor se lo decía, suspiraba grandemente por su
alma y se preocupaba muchísimo por la vida futura. Era viudo y sin hijos; sobre su
esposa corría el rumor de que él la había mimado muchísimo el primer año y que en su
juventud había sido su esclavo; sólo que de aquello hacía ya muchísimo tiempo; en
cuanto a volver a casarse, no quería ni oír hablar de eso. Tenía también una cierta
debilidad por la bebida, y cuando le daba por ahí, se le veía correr borracho a través de la
ciudad, desnudo y lanzando gritos; la ciudad no es nada grande, y todo se sabe. Pasado el
momento, volvía a ponerse serio y todo lo que él juzgaba estaba bien juzgado, todo lo que
ordenaba estaba bien ordenado. Con la gente arreglaba las cuentas según su fantasía.
Helo aquí que coge su ábaco y se coloca las gafas: «¿Y contigo, Foma, cómo están las
cuentas?» «No he recibido nada desde Navidad, Máximo Ivanovitch; se me deben treinta
y nueve rublos.» «¡Huy, cuantísimo dinero! Es demasiado para ti; tú no los vales; eso no
te conviene en absoluto; vamos, digamos diez rublos de menos, y quedan veintinueve,
toma.» El otro no dice nada; nadie dice una palabra, silencio general.
-Yo sé muy bien cuánto hay que darles. Con esta gente es imposible obrar de otra
manera. La gente de aquí está podrida. Sin mí, hace ya muchísimo tiempo que estarían
todos muertos de hambre, desde el primero al último. Os lo repito, son todos ladrones:
llenan antes el ojo que la barriga y no ponen corazón en el trabajo. Añadid a esto que son
unos borrachos: les dais su paga, se la llevan a la taberna y salen de allí sin camisa,
desnudos como gusanos. Y luego, son unos bribones: van a sentarse sobre una piedra
enfrente de la taberna y hay que oírlos lamentarse: «Mamá querida, ¿por qué me has
puesto en e1 mundo, pobre borracho que soy? ¡Mejor hubiera sido que a semejante
borracho lo hubieses estrangulado al nacer! » ¿Es que puede llamarse a eso un hombre?
Una bestia es, y no un hombre. Hace falta primero educarlo, y luego darle dinero. Yo sé
muy bien cuándo hay que dárselo.
Pues bien, he ahí cómo Máximo Ivanovitch hablaba de la gente de Afinievo. Era una
cosa que estaba mal por su parte, pero era verdad: nuestras gentes eran débiles, sin
firmeza.
Habia en aquella misma ciudad otro comerciante, pero se murió; era un hombre joven y
ligero, había quebrado y perdido todo su capital. El último año se debatía como un pez en
la arena, pero su hora había llegado. Él y Máximo Ivanovitch se llevaban todo el tiempo
disputando; el quebrado le debía montones de dinero. Todavía en su último suspiro maldecia
a Máximo Ivanovitch. Dejó viuda todavía joven y con cinco hijos. Una viuda es
como una golondrina sin refugio; es una dura prueba, y sobre todo con cinco niñitos,
cuando no se tiene nada que darles de comer: su última propiedad, una casa de madera,
Máximo Ivanovitch se la arrebató para cobrarse. Entonces ella puso a todos los hijos
delante de la puerta de la iglesia como una fila de cebollas: el mayor tenía ocho años
cumplidos, un varoncito; las otras eran todas hembras; la de más edad tenía cuatro años y
la más joven mamaba aún. Acabada la misa, he aquí a Máximo Ivanovitch que sale, y todos
los hermanos se arrodillan en cola delante de él (la madre les había enseñado bien la
lección) y cruzan delante de él sus manecitas todos juntos, mientras que detrás de ellos,
con la quinta niña en los brazos, la viuda le hace una inclinación hasta rozar con la tierra,
delante de todo el mundo: «Mi buen señor, Máximo Ivanovitch, ten piedad de los pobres
huérfanos, no les arrebates su último pedazo de pan, no los eches del nido paterno.»
Todos los que estaban allí derramaron lágrimas: ¡ella les había enseñado muy bien la
lección! Ella se decía: delante de la gente, le dará vergüenza y perdonará: «Tú, viuda
joven, lo que quieres es un marido, y no es por los huérfanos por lo que lloras. Tu difunto
me maldijo desde su lecho de muerte.» Y pasó sin devolver la casa. «¿Cómo voy a ceder
a sus tqnterías? Se da el pie y se toman la mano. Todo eso no conduce a nada y no causa
más que quebraderos de cabeza.» Ya corría el rumor de que, cuando aquella viuda era
todavía joven, diet años atrás, él le había ofrecido una gran suma (ella era muy guapa),
olvidando que ese pecado es lo mismo que destruir una iglesia del buen Dios; pero él no
había conseguido nada. Porquerías de aquella clase, él no había dejado de hacerlas en la
ciudad a incluso en toda la provincia. Pero en aquel caso se había pasado de la raya.
La madre lanzó alaridos con sus pequeñuelos. Él expulsó a los huérfanos de la casa, no
solo por maldad, sino porque hay veces en que uno no sabe por qué motivo se empeña en
su idea. Así es que al principio se la ayudó y luego ella empezó a trabajar. Solamente que
¿qué se puede ganar entre nosotros, si no es trabajando en la fábrica? Lavar un suelo aquí,
escardar un jardín a11á, calentar un baño, y encima con una criaturita en brazos, que no
hace más que llorar, y las otras cuatro que están en la calle corriendo en camisa. Cuando
ella había puesto a las criaturas de rodiilas delante de la iglesia, todas tenían todavía sus
zapatitos y sus abriguitos, como hijas que eran del comerciante, al fin y al cabo; mientras
que ahora corrían descalzas: ya se sabe que a los niños no les duran mucho las prendas.
En el fondo, los pequeños no tienen necesidad de nada: están contentos desde que hay
sol, no se dan cuenta de la desgracia, son como pajarillos, repiquetean como campanillas.
La viuda se decía: « El invierno va a llegar, ¿qué haré de vosotros? ¡Si el buen Dios
quisiera llamaros para entonces!» Pero no tuvo que esperar hasta el invierno. Hay en
nuestra comarca una tos infantil, la tos ferina, que se pasa de un niño a otro.
Primeramente murió la niña de pecho, en seguida las otras cayeron enfermas, y las cuatro
hijas, el mismo otoño, fueron llevadas una detrás de otra. Verdad es que una de ellas fue
aplastada en la calle. Pues bien, ¿qué crees que pasó?: las enterró a todas y lanzó gritos;
antes, las maldecía, y cuando Dios las hubo llamado, las lloró muchísimo. ¡Ése es el
corazón maternal!
Le quedaba vivo el mayor, el varoncito, y temblaba por él, no se atrevía ni siquiera a
respirar. Era delgadíto y frágil, una figurita suave como una niña. Ella lo condujo a la
fábrica, a casa de su padrino, que era capataz, y luego ella se quedó como criada en casa
de un funcionario. Un día que el níño corría por el patio, llega Máximo Ivanovitch en su
coche y da la casualidad de que viene borracho. El niño, desde la parte baja de la
escalera, cae directamente sobre él, se resbala y choca con él en el momento en ue bajaba
de su coche. Le pone las dos manos en el vientre. El lo coge por los cabellos gritando:
«¿De quién es? ¡Los látigos! ¡Que lo azoten inmediatamente, delante de mí! » El niño
está muerto de miedo, lo azotan y él grita. «¿Encima vas a gritar? ¡Azótalo hasta que deje
de gritar!» Lo siguieron azotando, no dejó de gritar hasta el momento en que se quedó ya
totalmente inanimado. Entonces se pararon, se asustaron: el niño no respira ya, está
tendido sin conocimiento. Se dijo en seguida que no lo habían azotado mucho, pero que
era muy miedoso. Máximo Ivanovitch se asustó también. « ¿De quién es? », pregunta. Se
lo dicen. « ¡Encargaos de eso! ¡Llevadlo a casa de su madre! ¿Qué tenía él que hacer en
la fábrica?» Dos días más tarde, pregunta: «¿Y el niño?» Las noticias eran malas: estaba
enfermo, acostado en un rincón en casa de su madre, porque con aquel motivo ella había
abandonado su puesto en casa de los funcionarios, y él tenía una congestión pulmonar. «
¡Qué tontería! ¿Y por qué, en definitiva? Si lo hubiesen azotado seriamente, se explica,
pero lo único que se hizo fue meterle miedo. He pegado a todos los demás exactamente
de la misma manera y nunca ha habido ninguna complicación. » Él esperaba que la madre
fuera a quejarse, y se hacía el orgulloso. Solamente que ¿cómo quejarse? Ella no se
atrevió. Entonces él le mandó quince rublos y un médico de su parte. No porque tuviera
miedo, sino así como así, después de reflexionar. En seguida le vino la picada y no dejó
de estar borracho en tres semanas.
Pasó el invierno. El día de Pascua, en plena fiesta, Máximo Ivanovitch pregunta de
nuevo: «A propósito, ¿y aquel niño?» Todo el invierno había estado callado, no había
preguntado nada. Le dicen: « Está curado, está en casa de su madre, y ella, ella hace
faenas.» El mismo día, Máximo Ivanovitch fue a buscar a la viuda, sin entrar en la casa,
pero la hizo llamar desde la entrada, y él estaba en su coche: «Mira, digna viuda, quiero
el bien para tu hijo, quiero ser su verdadero bienhechor y testimoniarle bondades sin
cuento: lo llevo a mi casa a partir de hoy, a mi hogar. Y por poco que simpatice con e1, le
dejaré un capital suficiente; y si me gusta del todo, puedo dejarlo después de mi muerte
heredero de toda nuestra fortuna, como si fuera mi hijo, a condición solamente de que tú
no vengas jamás a mi casa, excepto en las grandes fiestas. Si eso te va bien, entonces,
mañana por la mañana llévame al muchacho; no puede estar siempre jugando a los
huesos.» Dicho esto, se volvió, y la madre se quedó como loca. La gente había
escuchado, y le decía: «Cuando el niño sea grande, te reprochará haberlo privado de una
suerte así.» Toda la noche, ella lloró encima de él, y luego, por la mañana, se lo llevó. El
pequeño estaba más muerto que vivo.
Máximo Ivanovitch lo vistió como a un señorito y contrató a un preceptor, y desde ese
momento lo puso delante de los libros. No le quitaba la vista de encima, siempre estaba a
su lado. En cuanto el niño bostezaba, gritaba él: « ¡Coge tu libro! Estudia: quiero hacer de
ti un hombre.» Pero el niño estaba delicado desde la otra vez, cuando lo del látigo. Tosía.
«Entonces, ¡la vida no es buena en mi casa! » , se asombraba Máximo Ivanovitch. En
casa de su madre corría descalzo, roía cortezas, y he aquí que ahora está más débil que
antes.» Entonces el preceptor le dijo: «Los niños necesitan correr, no pueden estudiar
todo el tiempo, necesitan moverse. . . » Y le explicó todo esto con razones. Máximo
Ivanovitch pensó: «Tiene razón.» Este preceptor era Pedro Stepanovitch – que Dios lo
tenga en su seno -, una especie de inocente. Bebía, y tal vez un poco demasiado; también
lo habían expulsado de todas partes y vivía, en suma, de limosnas, y sin embargo era un
gran cerebro, y estaba fuerte en ciencias. «Éste no es mi sitio – se decía a sí mismo -, yo
debería ser profesor de universidad, mientras que por el contrario estoy aquí en el fango y
“hasta mis costumbres me disgustan”.» He aquí que Máximo Ivanovitch le grita al niño: «
¡Vete a correr! », y el otro respira apenas ante él. Llega incluso a no poder sufrir su voz:
se había puesto a temblar. Máximo Ivanovitch se asombra del todo: «No se sabe nunca lo
que tiene en la barriga. Lo he sacado del fango, lo he vestido con finas ropas, tiene botas
de buen cuero, unu camisa bordada, lo trato como a un hijo de general, ¿y todavía no me
quiere? ¿Por qué tiene que mirarme como un lobezno?» Desde hacía tiempo, nada
asombraba ya que viniera de Máximo Ivanovitch, pero en aquel momento empezaron
nuevamente a asombratse: él no sabía ya qué imaginar, estaba todo pendiente de aquel
pequeño, no podía abandonarlo. « Que me ahorquen, pero le cambiaré el carácter. Su
padre me maldijo desde su lecho de muerte, después de haber recibido la Santa Comunión.
Es su padre clavado.» Ni siquiera una sola vez le hizo dar de latigazos (tenía ya
demasiado miedo, desde la otra vez). El niño vivía en medio del terror, No había
necesidad de latigazos.
Entonces se produjo la cosa. Un día que acababa de salir de la habitación, el niño soltó
su libro para subirse a una silla: su pelota había caído en lo alto de una vitrina. Él quería
cogerla, únicamente que la manga se le enganchó en una lámpara de porcelana que estaba
arriba; la lámpara cae al suelo v se rornpe en mil pedazos. Toda la casa tiembla con el
ruido, y era un objeto precioso, una porcelana de Sajonia. He aquí a Maximo Ivanovitch
que lo oye desde la tercera habitación y que aúlla. El niño, de miedo, pone pies en
polvorosa, se salva por la terraza, atraviesa el jardín y, por la puerta de atrás, desemboca
derechamente en el muelle. Hay a11í un bulevar, con viejos cítisos, en una palabra un
sitio alegre. Corrió hasta el agua, las gentes lo vieron, estiró los brazos, justamente en el
sitio donde atraca el transbordador, y luego quizá tuvo miedo delante del agua, y se
quedó clavado en el sitio. Aquella parte es ancha, el río rápido, las gabarras pasan , al
otro lado, tiendas, una plaza, una iglesia, con cúpulas doradas que brillan. Justamente la
coronela Ferzing bajaba del transbordador con su hija: teníamos en la ciudad un
regimiento de infantería. La niña, ella también de ocho años, con su vestidito blanco,
mira al muchachito y se ríe; ella llevaba en la mano una jaulita de madera y dentro un
erizo. « ¡Mira, niamá, cómo ese niño mira mi erizo! » «No – dice la coronela -, solamente
es que ha tenido miedo de alguna cosa.» «¿Por qué has tenido tanto mied